sábado, 21 de abril de 2018

Deconstruyendo el Übernacionalismo Español

El nacionalismo español está vivito y coleando.

Se ha manifestado en el juzgado de Henares donde pende cual Espada de Damocles sobre ocho jóvenes vascos de Altsasua.

Se ha manifestado hoy en un estadio de futbol donde ha requerido que los catalanes se despojaran de cualquier prenda o accesorio de color amarillo.

Lo peligroso del nacionalismo español es que su formato expansionista y de caracter netamente genocida lo diferencia de los nacionalismo orgánicos al calzarse la armadura de imperialismo, misma que ha mantenido durante siglos y que ha sido la causa del exterminio de civilizaciones enteras. 

La desesperación con la que se niega su existencia por parte de supuestos intelectuales hace aún más patente su naturaleza retrógrada. He ahí el por qué esos mismos intelectuales insisten en descalificar a los nacionalismos históricos.

Dicho lo anterior, les invitamos a leer esta reflexión publicada en las páginas de la Revista Contexto:


El patriotismo español es multiforme, pero aún no ha resuelto la cuestión de cuáles son sus límites de aceptación de la diversidad cultural y nacional interna

Xosé M. Núñez Seixas

¿Existe el nacionalismo español? Para sus detractores es una realidad evidente; para sus defensores sería inexistente: mera lealtad a un Estado constituido y a su ley fundamental, un patriotismo cívico y virtuoso. En el fondo late una cuestión: a qué llamamos nacionalismo. ¿La aspiración a la homogeneización etnocultural de un colectivo territorial? Entonces concluiríamos que muchas de las facetas del discurso que identifica a España como nación no son nacionalistas. ¿O la afirmación en el espacio público de que un colectivo territorialmente delimitado es sujeto de derechos políticos colectivos, y por tanto titular de la soberanía? Entonces sí existe un nacionalismo español, heterogéneo como todo nacionalismo: bajo la afirmación de España como nación, coexisten quienes la conciben como un todo culturalmente homogéneo y centralizado, y quienes consideran que esa nación es culturalmente plural, y políticamente descentralizada. Son patriotas, pero devienen en nacionalistas al subir el tono, o hacerse visibles en coyunturas de enfrentamiento político (o bélico): pues el patriotismo también supone la preexistencia de una nación, con leyes y contenidos afectivos.

Existen varios discursos nacionalistas españoles. Todos ellos comparten la indivisibilidad de la soberanía y la convicción de que la polis, la comunidad política española, no tiene acta fundacional en la Constitución de 1978, ni en la de 1812, sino que posee fundamentos históricos y culturales anteriores. Todas las variantes acatan la Constitución de 1978 como una base legítima de la definición territorial de España como nación, aun si se muestran abiertas a reformas. Los partidarios del españolismo constitucional también insisten en su carácter cívico, desde los defensores de la “nación de naciones”, basada en una débil distinción entre nación política y nación cultural, aderezada con la música del patriotismo constitucional de Habermas, hasta la versión más descafeinada que fue importada por el Partido Popular a principios del siglo XX, pasando por el concepto zapaterista de la “España plural”, y su prolongación embrionaria en la España como “país de países” que emerge en el discurso de Podemos, que también resucita el concepto republicano del “patriotismo popular”, viendo al pueblo como la encarnación de lo mejor de la patria.

Desde la óptica del nacionalismo/patriotismo español, los nacionalismos subestatales serían esencialistas y tendencialmente totalitarios, por aspirar a hacer prevalecer el etnos sobre la polis, o por imponer a los ciudadanos idiomas inútiles y horizontes mentales aldeanos e incompatibles con un tiempo de globalización. Es una imagen del adversario forjada en el combate contra ETA y sus adláteres políticos. Sin embargo, el soberanismo catalán contemporáneo supone otro desafío, frente al que parece aplicarse una receta semejante. Pues también los discursos patrióticos españoles –con la posible excepción del discurso predominante en la izquierda postcomunista– incluyen en dosis variables elementos orgánico-historicistas, como la historia, la cultura o el idioma castellano. Y los soberanismos contemporáneos tampoco son reducibles a una sola matriz culturalista o historicista: consisten en combinaciones diversas de elementos volitivos y orgánico-historicistas u objetivos, de intereses sociales y pasiones identitarias.

Ante la evidencia de que los discursos soberanistas pueden ser pacíficos, multiculturales y hasta postnacionales, la respuesta del españolismo es similar a la mayoría de los nacionalismos de Estado. Insiste así en la defensa de la legalidad vigente; en el big is beautiful; en la unidad europea como proyecto incompatible con provincialismos; y en el recuerdo de los vínculos históricos, culturales o sociales que unirían el todo a la parte que se quiere ir. A estos eslóganes se han añadido otros: la secesión es la vuelta a la Edad de Piedra, la salida de la UE y del euro; es un acto ilegal y, por tanto, ilegítimo y anárquico; y supone división y riesgo de conflicto ciudadano. Con todo, al comparar la respuesta del nacionalismo británico ante el desafío escocés en 2014, la del canadiense ante los dos referéndums en Québec (1980 y 1995), y la del nacionalismo español a la reivindicación soberanista en Cataluña, apoyadas en todos los casos en un amplio respaldo social y en discursos mayormente cívicos, sorprende la asimetría de las reacciones. Ottawa y Londres aceptaron la celebración de referéndums vinculantes, y enarbolaron discursos más proactivos que catastrofistas, que insistían en los beneficios de la unión, así como en sus lazos afectivos. La negativa del Gobierno de Madrid y de la mayoría de las fuerzas políticas estatales a admitir consultar a la ciudadanía catalana, con las condiciones que se negocien, se ha combinado con un discurso de índole reactiva. Si algo ha faltado son argumentos proactivos; han imperado el tono de coerción y amenaza, la confusión entre legalidad y legitimidad.

Esa respuesta pone en evidencia varios de los defectos de funcionamiento del sistema político español, y suscita la cuestión irresuelta de cuáles son los límites de la aceptación, por parte del nacionalismo español, de la diversidad cultural y nacional interna. También muestra una radicalización de algunos de sus postulados y variantes, sobre todo en la derecha conservadora y liberal, paralela a la normalización social de símbolos antes discutidos, como la bandera rojigualda –sería un error identificar automáticamente como fachas a todos los que la cuelgan en los balcones. Y, finalmente, expresa que en el ámbito de la izquierda, faltan propuestas innovadoras para repensar España como comunidad política, más allá de la mecánica vuelta de Pedro Sánchez a la “nación de naciones” o las apelaciones al patriotismo de la gente. Si algo parece imperar en sus principales variantes, es una búsqueda de un futuro en el pasado.






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