Un blog desde la diáspora y para la diáspora

martes, 11 de mayo de 2021

Albin Entrevista a Otegi

Desde el portal de Público traemos a ustedes esta entrevista realizada por nuestro amigo Danilo Albin a Arnaldo Otegi:



EH Bildu acaba de cumplir diez años. Hace ahora una década, sus promotores aguardaban el nacimiento entre nervios: su futuro estaba en manos del Tribunal Constitucional. Los jueces no pusieron trabas y el proyecto político del soberanismo vasco de izquierdas inició entonces su andadura. Mientras la gente celebraba en el Arenal de Bilbao, Arnaldo Otegi no pudo dar abrazos ni ofrecer discursos: estaba preso en la cárcel de Logroño. Seis años y dos meses después de recuperar la libertad, este histórico dirigente abertzale acaba de ser reelegido por la militancia como coordinador general de la coalición.

¿Cuál va a ser la hoja de ruta de EH Bildu a partir de este congreso?

Girará sobre tres grandes ejes. El primero, la batalla de ideas que hay que dar en torno a estos conceptos: la acumulación de capital frente a la vida y el autoritarismo frente a la libertad. Creo que la izquierda debe hacer una reflexión sobre la libertad para que la derecha y la ultraderecha no se apoderen de ese concepto. La libertad no es tomar cervezas en las terrazas, es mucho más. Sobre esa batalla de ideas tendremos que articular un discurso ideológico en términos ofensivos. Por otro lado, nuestro independentismo es también internacionalista, por lo que seguimos pensando que lo mejor para las clases populares de nuestro país es formar una república propia. También hablamos de la transformación social, poniendo en el centro el reparto de la riqueza. Asimismo, el otro gran reto es consolidar la convivencia y buscar un relato incluyente, que garantice la no repetición y la memoria inclusiva.

¿Hay espacios posibles de colaboración entre las izquierdas para hacer frente a la ultraderecha?

Sí. Creo que en esta época que nos ha tocado vivir sobran los infantilismos y las frivolidades. Hay que tener en cuenta que la ultraderecha, en nombre de la libertad burguesa e individual, está poniendo en marcha una revolución cultural e ideológica, y la está consumando. Si la izquierda no entiende que hay que construir frentes amplios sobre programas de mínimos -que a nuestro criterio pasan por el modelo territorial, la resolución democrática del problema nacional, el reparto de la riqueza y la consolidación de un régimen democrático-, no estará cumpliendo su papel histórico. Creo que las izquierdas de las naciones sin Estado junto a las del Estado tenemos un espacio amplio para colaborar.

¿Cuál es la mejor receta para frenar a la ultraderecha? ¿Hay que rebatirles o ignorarles?

Nunca hay fórmulas mágicas ni cerradas. Si les ignoramos, no van a desaparecer. Yo soy más partidario de combatir sus ideas, aunque hay momentos determinados en los que ciertas apreciaciones que puedan hacer en público te deben llevar a mantener una posición firme, como ha ocurrido en algún debate en Madrid. Yo creo que a la ultraderecha se le combate en la batalla por las ideas, en el trabajo paciente, y sobre todo ofertando una alternativa creíble, que otorgue optimismo y confianza a las clases medias y trabajadoras. Las clases medias, que ahora están asustadas, son las que están aupando al autoritarismo tanto en el Estado como en Europa, porque consideran que hay una escalera social en la que siempre les ha tocado subir, y ahora están bajando y proletarizándose. Si no sabemos entender ese miedo y darles una seguridad, esas clases medias votarán de forma reaccionaria. Las izquierdas necesitan recuperar su relato, su narrativa.

¿Qué le ha llamado la atención de las elecciones en la Comunidad de Madrid?

La verdad que no me ha llamado mucho la atención lo que ha ocurrido. Si se realiza un análisis de la situación, un factor fundamental es la gestión del miedo por parte del capitalismo y de las clases medias. Esa gente ha votado porque tiene un comercio, porque es autónoma, y porque alguien le da la posibilidad de luchar por ella y por su familia. Eso es una situación vital que te ha tocado vivir y necesitas salir de ella. Por lo tanto, eliges la receta que consideras que te permite salir más fácilmente. Ahí la izquierda no ha acertado.

¿Qué le parece la decisión de Pablo Iglesias de abandonar la política?

No quiero entrar a valorar una decisión política y personal. Mantengo una buena relación con Pablo Iglesias y no quiero opinar en público: ya le diré en privado lo que pienso. En todo caso, considero que hacerlo esa misma noche electoral fue regalarle el segundo triunfo a la derecha. Pero esto no es una crítica: él ha tomado una decisión, yo la respeto y espero que siga contribuyendo a la política en el Estado, de una manera o de otra.

En el cierre del congreso de EH Bildu, usted citó el acuerdo que se alcanzó con el Gobierno para derogar la reforma laboral. ¿Existen vías para que EH Bildu y el Ejecutivo de coalición mantengan abierto el diálogo?

Sí, sin duda. Nosotros hicimos una interpelación a este gobierno en tres ámbitos: resolución democrática de los problemas nacionales, una política penitenciaria ajustada a la legalidad y propuestas sociales de carácter progresista, de izquierdas, que garanticen a la gente sus derechos básicos. Al final, lo que estamos pidiendo es que cumplan su programa de gobierno. Lo que no puede ser es que cuando gobierna la derecha aplica políticas de derecha y cuando gobierna la izquierda se acompleja y vuelve a hacer políticas de derecha, porque para ese viaje no hacen falta alforjas. Este es el primer gobierno de coalición con un partido a la izquierda del PSOE desde la Segunda República, y eso se tiene que notar. Ahora hay que cumplir, porque arredrarse es despejar el camino a la reacción.

Desde distintos ámbitos destacan que el PNV está preocupado por el papel que ha alcanzado EH Bildu en el Congreso, porque ya no tiene el monopolio de la representación de los intereses vascos en Madrid…

Sin embargo, la izquierda independentista siempre le ha hecho una propuesta al PNV: vamos a ponernos de acuerdo sobre los mínimos que todos podemos defender, pero esto es algo que no acaban de entender. Nosotros vamos a Madrid a sostener una ventana de oportunidad, a parar a la derechona y ver si se avanza en los ámbitos que comentaba antes. Si el PNV cree que Madrid es un espacio para la competencia, es su problema, no el nuestro.

¿Se están produciendo cambios en materia de política penitenciaria?

Digamos que la política penitenciaria se ha ajustado en una pequeñísima parte a la legalidad. Se están produciendo unos ajustes, todavía muy escasos, pero que al menos apuntan en la buena dirección. Lo que pide EH Bildu en esta materia es que se cumpla la ley ordinaria. Aquí hubo un andamiaje que se construyó contra los presos políticos vascos, y eso hay que desactivarlo. Cuando determinadas asociaciones de víctimas -y no me quiero meter con ellas- se refieren a este tema, ¿por qué prefieren que haya un preso en Puerto de Santa María y no en Vitoria, si está igualmente en la cárcel? ¿A quién se castiga con esa medida? A sus familiares.

 

 

 

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lunes, 10 de mayo de 2021

Cronopiando | Club de Canallas

No nos olvidemos de Palestina, ni por un segundo.

Aquí el Cronopiando de Koldo que nos invita a ello:


Club de canallas

Koldo Campos Sagaseta | Cronopiando

El régimen terrorista israelí sigue hostigando, deteniendo, asesinando palestinos, sigue robando sus recursos, su pesca, sus bienes, sus tierras, cuando no arrasando sus cultivos, arruinando sus pozos o destruyendo sus olivos;  sigue desalojando a familias palestinas de sus casas, de sus campos, expulsándolas de su país, vulnerando sus derechos, bloqueando cualquier ayuda que pretenda llegar desde el exterior, sigue colonizando Palestina, sigue convirtiendo a Gaza en la mayor cárcel del mundo y desconociendo, una tras otra, las resoluciones de Naciones Unidas… sin que pase nada.

Como nada pasa cuando, en su violencia terrorista, bombardea hospitales, ambulancias de la Cruz Roja, escuelas y refugios de la ONU, mezquitas, bibliotecas... además de realizar ataques terroristas contra Irán o Siria.

Para la comunidad europea, ese régimen es un estado europeo más que, al margen de la muerte y la destrucción que siga generando, es un”socio preferente” con quien hacer buenos negocios, a quien invitar a participar en todas sus competencias deportivas, también en sus festivales musicales y ferias culturales y a quien, en todo caso, cuando su genocida violencia salpique hasta al disimulo, sugerir entonces  que el terror que desata, sus crímenes y expolios, sean “proporcionales”. Europa no es Europa sino un club de canallas.

(Preso politikoak aske)

 

 

 

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Egaña | Krutwig, el Académico Subversivo

Desde Naiz traemos a ustedes esta semblanza histórica de un vasco muy particular, autoría de Iñaki Egaña.

Lean:


Krutwig, el académico subversivo

Iñaki Egaña

El 15 de mayo se cumplen cien años del nacimiento de uno de los personajes vascos más influyentes del siglo XX, Federico Krutwig Sagredo.

Federico comenzó sus estudios en la escuela francesa y el bachiller, en la alemana. El origen familiar le permitió conocer diversos idiomas en edad temprana. Con 14 años dominaba el euskara. Criado en el ambiente aristocrático de Getxo, realizó estudios mercantiles, de derecho y economía en las universidades de París y Bonn. Con 21 años fue nombrado académico ‘urgazle’ de Euskaltzaindia, y seis años más tarde, ‘académico de número’. El más joven en la historia de la Academia de la Lengua vasca.

Euskaltzaindia fue una excepción durante el franquismo, que sobrevivió de manera discreta gracias a una línea equilibrista. El falangista navarro Juan Miguel Seminario de Rojas, subdirector de ‘El Correo español’ y brazo derecho del gobernador de Bizkaia, Genaro Riestra, fue nombrado miembro de Euskaltzaindia en 1949, lo que acentuó la tolerancia franquista hacia la institución. Krutwig llegó para dinamitar la Academia desde sus cimientos, incluidos los primeros proyectos para la unificación de la lengua escrita, el batua.

Fue el encargado de leer el discurso de bienvenida al franciscano Luis Villasante. Una disertación espectacular para los tiempos que corrían. Provocativa, como era su personalidad: «Destruir en la escuela la lengua materna es destruir inteligencias, crear disminuidos para la vida y abatir una nación». Cuando su alegato fue traducido al castellano por Seminario de Rojas y entregado al gobernador, la respuesta fue inmediata: procesamiento por propaganda ilegal e insulto a las autoridades. Pero Krutwig ya había huido de los 20 años de cárcel que le pediría el fiscal.

El exilio y refugio de Krutwig se prolongó durante 26 años. Marchó a París, donde fue acogido por la diáspora cultural vasca, entre ellos Jon Mirande y Andima Ibiñagabeitia, y luego a Essen (Alemania), donde casó con Johanna Lück, con la que tuvo un hijo que tomó sus dos apellidos: Chandra Alexander Krutwig Sagredo. Seis años más tarde, Federico retornó a Euskal Herria, en 1960, y se asentó en Biarritz, donde la localidad lapurdina conocía el éxodo de una nueva generación surgida en la posguerra.

La presencia de Krutwig entre los exiliados vascos, un aristócrata con formación europeísta, parlante de una decena de lenguas, con un físico extravagante para la época y con ideas demoledoras sobre la actividad antifranquista y los modelos de abordarla, creó respuestas intensas. No hubo indiferencia y se granjeó bloques, a favor y en contra. Krutwig puso patas arriba mitos, referencias y santones del nacionalismo vasco y se entrometió en la arena política con propuestas algunas de ellas que rozaban la frivolidad.

Paradigma de sus provocaciones fue el primer grupo que creó junto a sus dos principales colaboradores, Paco Mingolarra y Marc Legasse. Lo llamaron KLM, por las iniciales de sus apellidos. Krutwig se revertía en Federico Krytwiski, un filólogo polaco-lituano al que Humboldt había hablado de una misteriosa lengua llamada euskara, que Legasse plasmaría 25 años después en la novela ‘Las Carabinas de Gastibeltza’.

Sobre los exiliados que encontró en Ipar Euskal Herria fue tremendamente crítico. Con los de la guerra, liderados por Joseba Rezola, fue implacable. Los acusó de reunirse únicamente para jugar al mus y desconocer el término resistencia del que tanto alardeaban. Con Juan Ajuriaguerra, presidente del PNV, no le tembló la pluma: «A su alrededor se reúnen una serie de mediocres del color gris más indiferenciado que desde su mediocridad pretendían controlar todo como si la patria vasca fuese un coto privado de ellos».

Tuvo también desengaños con Iker Gallastegi, con quien quiso preparar un movimiento armado similar al IRA, antes de entrar en ETA. Su amistad con Gallastegi se vio frustrada cuando hubo que pasar a la acción, pero sus coincidencias ideológicas fueron notables. A los primeros liberados de ETA los llamó ‘ilunpes’ (tinieblas) y a su organización, utilizando el acrónimo, Euskal Tenebrosuen Alkartasuna. Se mofó de sus normas de seguridad y percibió que seguían siendo tan religiosos como los militantes del PNV. Marc Legasse, sin duda, le ayudó en estas percepciones.

De la primera generación de ETA, en especial de los que provenían de Ekin, no tuvo buen recuerdo, incluso de José Antonio Etxebarrieta. En sus inicios, señaló que el nacimiento de ETA ideológicamente era innecesario, ya que su ideario era idéntico al de ANV. Y, según escribió, su referencia era Eli Gallastegi, Gudari, padre de Iker y uno de los disidentes notables de la estrategia jeltzale pre guerra civil.

A instancias de su amigo Mingolarra, ubicado en Lapurdi después de dejar su exilio venezolano, se dedicó a escribir el libro que marcaría su trayectoria vital: ‘Vasconia, estudio dialéctico de una nacionalidad’. Fue un trabajo icónico, como en tiempos pasados, el ‘Bizkaia por su independencia’ de Sabino Arana o en contemporáneos el ‘Harri eta Herri’ de Gabriel Aresti y ‘Quosque Tandem’ de Jorge Oteiza. Con la salvedad de que Krutwig, utilizando retazos históricos, introducía a Euskal Herria en la modernidad y en la ecuación de los movimientos de liberación anticolonialistas.

Krutwig firmó su trabajo con el nombre de Fernando Sarrailh de Ihartza y la edición fue sellada, falsamente, en Buenos Aires, cuando en realidad su impresión se había realizado en Donibane Lohizune. No era algo baldío, ya que cuando se supo la identidad del autor, y bajo presión franquista, el Gobierno francés detuvo y expulsó a Krutwig a Bélgica. Federico no era de ETA y hasta entonces sus críticas hacia la novel organización habían sido frontales. Sin embargo, su expulsión a Bruselas iba a originar que tomase contacto con los nuevos militantes y formase parte de la organización en la que se integraría hasta los prolegómenos de la muerte de Carrero Blanco.

El libro aportaba cinco elementos que se convirtieron precisamente en los que más violentamente desencadenaron el debate con el entorno jeltzale y posaron en la que sería estrategia de ETA: anticlericalismo, antiimperialismo, responsabilidad directa del PNV en la desidia nacional, euskara como eje de un proyecto nacional, y la lucha armada no como base de la resistencia, sino como vehículo para la liberación nacional.

Y sucedió lo que hemos visto en otras ocasiones. Madrid enfocó el libro como si se tratara de la fuente principal ideológica de ETA. La publicidad gratuita, los artículos en diarios y la difusión en los informes de los servicios policiales de sus pautas conformaron el éxito de un trabajo que hasta entonces había pasado desapercibido. Todavía hace unos meses, en 2020, el histórico ultraderechista Jaime Ignacio del Burgo escribía sobre ‘Vasconia’: «Federico Krutwig reformula el nacionalismo vasco y lo inserta en el marco de la lucha de clases y de la revolución proletaria. El castellano es el idioma de los burgueses vizcainos y demás opresores del pueblo trabajador vasco. Y la liberación de la opresión es un derecho y un deber del pueblo trabajador vasco. Marxismo y nacionalismo se abrazan. El euskara se convierte así en el elemento esencial de la lucha por la independencia».

Aportaciones

La edición original de ‘Vasconia’ contaba con dos partes bien diferenciadas. La primera de ellas era ‘la parte teórica’ y la segunda reflejaba, a través de diversos anexos, algunos aspectos parciales de la historia vasca más reciente. El cuerpo ideológico constaba de siete partes: étnica, oeconómica (sic), dynámica, histórica, política, bellica y dialéctica.

Krutwig hizo acopio de distintas aportaciones en boga, desde el anarquista Prouhdon hasta los clásicos marxistas e insurgentes de actualidad como Ho Chi Min, Che Guevara y en especial Mao Zedong, cuya revolución había triunfado recientemente, modificando el repertorio de la izquierda extraparlamentaria europea. Y creó un léxico propio, un tanto extravagante desde la perspectiva actual: hirurkos (comandos) y plastikolaris (expertos en explosivos). Y una liturgia bélica de raigambre carlista: «La guerrilla de asfalto solo puede ser preparación a la de monte. En los lugares inaccesibles de la montaña de Vasconia deberán organizarse reductos y bases de operaciones».

Tuvo semejante impacto en los cubículos del Estado franquista que Xabier Arzalluz se sorprendió cuando, en la negociación del Estatuto de Autonomía de 1979, la parte española asistió a las primeras reuniones suponiendo que la correspondiente vasca reivindicaba un territorio desde La Rioja y Cantabria hasta Burdeos, como Krutwig había marcado en su libro. José Manuel Pagoaga, Peixoto, recordaba en una entrevista que en la formación ideológica de los militantes de ETA se les ofrecía la lectura de dos libros: el ‘Vasconia’ de Krutwig y el de ‘Los condenados de la tierra’ de Franz Fanon.

La expulsión de Krutwig de Biarritz se materializó en mayo de 1964. Se ubicó en Amberes y luego en Bruselas, donde recibió la propuesta de integrarse en ETA a través de Osane Belaustegogoitia, hija del exilio de una familia de raigambre aristócrata también, refugiada en México. Osane había sido, a su manera, una revolucionaria en su tiempo, olvidada por la historia. Cuando llegó a Bilbo, a comienzos de la década de 1960, hablaba euskara perfectamente, a pesar de haber nacido en México, mientras que el grupo fundador de ETA apenas chapurreaba unas palabras en la lengua vasca. Fue pareja de Julen Madariaga.

Desde Bruselas, Krutwig viajó clandestinamente a Biarritz, donde se alojó en casa de Agurtzane Arregi y Juanjo Etxabe, hasta la segunda parte de la V Asamblea en la que su Informe Verde y su propuesta organizativa marcarían el futuro de ETA. Los cuatro frentes clásicos, siguiendo la estela del vietnamita Truòng Chinh, fueron su aportación: político, económico, cultural y militar.

Fue elegido miembro de la dirección de la organización y volvió a Bélgica de nuevo. Había redactado dos nuevos trabajos, ‘La Cuestión Vasca’ y ‘Nacionalismo Revolucionario’, este último sobre los ejes ideológicos de la Revolución cubana, de gran impacto interno. Con una idea central que ha llegado hasta nuestros días: «El combate nacional vasco es algo con personalidad propia y que, aun cuando tiene que desarrollarse en el marco de los estados español y francés, su estrategia no puede subordinarse a las necesidades generales de los partidos de estos estados».

Vivió el Proceso de Burgos y el secuestro del cónsul Beihl desde Roma, y negoció directamente con el secretario del canciller alemán Willy Brandt la suerte del diplomático. En la capital italiana, como en Bélgica, logró contactos con organizaciones insurgentes, así como con traficantes de armas, por lo que la dirección de su organización lo envió a Argel. Una experiencia que completó con numerosas entrevistas en las embajadas de países asiáticos para lograr apoyos a la causa vasca.

Sin embargo, seguía siendo un escritor impenitente: «Al igual que para cualquier teórico de la guerrilla o guerra revolucionaria, por cada kilo de pólvora hay que emplear de diez a cien kilos de papel impreso». Cuando abandonó Argelia, con una impresión pobre de la situación, apuntando que habían logrado la independencia de Francia, pero no así la revolución, se encontró con problemas para enviar su equipaje a Roma. Nada menos que media tonelada de papeles y libros.

Tras casi cinco años entre Italia y Argel, volvió a Bélgica, donde se casó nuevamente, con Agnes Caers. Fue entonces, por esa razón y por lo que consideró “infiltración marxista” en ETA, que abandonó la organización. Narró en cierta ocasión que en su alejamiento «les recordé aquel principio de von Clausewitz de que vale más perder una batalla dentro de la propia estrategia, que ganar una dentro de la estrategia del enemigo, puesto que las guerras se ganan por estrategia y no por táctica».

Federico Krutwig siguió escribiendo, traduciendo textos de diversas lenguas y dedicándose a su pasión, la fotografía. En algún desconocido lugar se encontrará su inmenso archivo fotográfico si no es que fue vendido a su muerte. Tras su regreso al sur de Euskal Herria, se ubicó en Zarautz y más tarde, en Bilbo, trabajando casi en exclusiva para Euskaltzaindia, y desde 1985 en la asociación helenística Jakintza Baitha, en compañía de Josu Lavin, Alfonso Irigoyen y Manu Erzilla, entre otros.

La obra ingente de Krutwig no fue únicamente la que abarcó sus ‘Años de peregrinación y lucha’ que comprende bajo ese título su autobiografía política. Algunos de sus trabajos, como ‘Garaldea’, que incidía en la tesis de un pueblo preindoeuropeo que hablaba euskara y se extendía desde Sumeria hasta las islas Canarias con alusiones al mito de la Atlántida, rozaron la excentricidad. Otros, como ‘Computer shock Vasconia año 2001’, en línea de ciencia ficción.

Los escritos de Krutwig, tanto en sus libros como en ‘Gernika’, ‘Egan’, ‘Euzko Gogoa’, ‘Branka’, ‘Egin’ o ‘Deia’, fueron de un estilo directo, en ocasiones insultante, marcados con cierta altanería.

Desde el pedestal de su sabiduría enciclopédica

Semejante imagen a través de sus párrafos a veces hirientes, no se correspondía con su estilo de vida, abierto al diálogo y a la compañía permanente. No soportaba la soledad. En ETA le pusieron el mote de ‘El baúl’ porque era incapaz de trasladarse por su cuenta. Siempre le debían llevar de un lugar a otro. Lo suyo era observar, analizar e interpretar. Fue sumamente crítico con los suyos, como había sido con el PNV, con ETA y en particular con Herri Batasuna, pero antes de morir pidió el voto para Euskal Herritarrok.

Falleció un domingo de noviembre de 1998, después de unos meses en los que se había abandonado a su destino. Lo visité en esta última etapa, cuando ya no dejaba siquiera entrar en su vivienda de Bilbo a su asistenta. Vivía de sus recuerdos, y de sus fotografías, obsesionado con ordenar sus miles de apuntes y fichas.

Sus cenizas fueron aventadas en la playa de Laida, en Atenas y en el mar Egeo, en las cercanías de la isla de Creta. Dejó escrito que no somos más que letras y las suyas aún siguen esparcidas por bibliotecas particulares y públicas. De aquella media tonelada de material que trasladó a Roma se perdió parte en los viajes siguientes, pero siguió acumulando historias y reflexiones en su piso de Bilbo. Un pequeño reguero de su producción quedó depositado años más tarde en el Archivo Histórico de Euskadi. Su hijo Chandra se llevó el resto. Cien años después de su nacimiento, Federico Krutwig continúa siendo algo más que unas letras.

 

 

 

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domingo, 9 de mayo de 2021

Memoria del Terror en México

Ahora que, gracias a Colombia, la exigencia del respeto a los derechos humanos se ha puesto de moda en redes sociales, desde El País traemos sobriedad al asunto con este reportaje acerca de lo acontecido en México hace medio siglo:


Los vuelos de la muerte en México: 50 años de impunidad y olvido

Una alianza criminal entre el Ejército y la policía emprendió en los setenta la misma práctica macabra de la guerra sucia en Argentina o Chile. EL PAÍS reconstruye el oscuro episodio con informes oficiales y voces de víctimas

David Marcial Pérez

A principios de los setenta, Apolinar Ceballos era un joven aprendiz de piloto que acababa de llegar a la base aérea militar de Pie de la Cuesta, en la costa de Guerrero. Una tarde, un profesor le acompañó a casa y le dijo que le habían elegido para una misión muy delicada. Le avisó de que vería cosas raras, pero que no preguntara y se limitara a cumplir órdenes, que con el tiempo lo iba a entender. Y lo más importante: prohibido contar nada a nadie. Ni a su familia.

Su primera misión fue de madrugada. Él lleva el avión y su profesor hace de copiloto. Antes de despegar de la base escucha desde la cabina pasos en la parte de atrás. También escucha algunas voces: “Este paquete está pesadito”, “éste está ligero”. Pasada una media hora de vuelo, le ordenan que reduzca la velocidad, descienda lo más posible sobre el mar y espere instrucciones. Ceballos escucha esta vez cómo arrastran los bultos y abren una de las puertas. Después, alguien le grita: “Listo”. La misión había terminado.

Aquellos paquetes, aquellos bultos que Ceballos escuchaba cómo los arrastraban en la parte de atrás del avión, eran los cadáveres de campesinos, maestros, activistas, estudiantes o médicos. Cuerpos que acababan de ser ejecutados por la alianza criminal de la policía y Ejército mexicano y cuyo destino final era la tumba anónima del mar Pacífico. Víctimas de uno de los episodios más oscuros y poco conocidos de la guerra sucia en México, del que este año se cumplen cinco décadas.

En marzo de 1971, arrancaba el llamado Plan Telaraña. “La misión principal será la localización y captura o neutralización, en su caso, de los grupos de maleantes, lo cual se logrará por medio de la constante búsqueda de información”, se lee en el informe secreto, ya desclasificado, al que ha tenido acceso EL PAÍS. El documento está firmado por el máximo representante del Ejército, el secretario (ministro) de la Defensa Nacional, Hermenegildo Cuenca Díaz, y va dirigido a las fuerzas castrenses del Estado de Guerrero.

La sombra de la represión ya se cernía sobre los militares desde la matanza de Tlatelolco en 1968, pero el Plan Telaraña marca el inicio de la persecución sistemática y homicida contra la guerrilla o cualquier disidente como parte de una política de Estado implantada por los gobiernos de hierro del PRI hasta, al menos, finales de los años ochenta. La guerrilla mexicana, que a diferencia de otras experiencias como la cubana, fue protagonizada y liderada por los más pobres y olvidados, ilustra también las contradicciones del particular régimen priista: mientras abría los brazos a los refugiados políticos de las dictaduras chilenas o argentinas, en su propia casa aniquilaba en silencio cualquier intento de contestación social.

Un trauma aún no superado en México, que no ha cumplido con los mínimos estándares internacionales de la llamada justicia transicional, dedicada a responder a violaciones generalizadas a los derechos humanos a través de iniciativas de reconocimiento, memoria y reparación por parte del Estado. Una herida sin cerrar que además ha quedado solapada por la crisis actual provocada por el narcotráfico. Ni siquiera existe una cifra oficial de desaparecidos por la violencia política. La precaria Comisión de la verdad de Guerrero cifró en 2014 el número de desaparecidos en 788. Pero registros más recientes apuntan a más de 900. Más lagunas hay todavía en relación con las víctimas de los vuelos de la muerte, un fenómeno que sigue rodeado de opacidad e imprecisiones. Los testimonios van del centenar de desaparecidos a más de un millar.

En el centro del agujero negro aparece la figura del siniestro general Arturo Acosta Chaparro, aupado a jefe de la policía de Guerrero, epicentro de la guerra sucia. En 2002, fue acusado por un tribunal militar de asesinar y arrojar al océano al menos a 143 personas. Nunca fue condenado en firme. Se retiró con honores y pasó sus últimos días entre acusaciones, esta vez por narcotráfico. Hasta que en 2012 dos sicarios en motocicleta le descerrajaron tres tiros en la cabeza a plena luz del día. Tenía 70 años.

Al sumario de aquel juicio pertenecen los testimonios del aprendiz de piloto Ceballos y de otros militares que trabajaron bajo sus órdenes. Chaparro no solo era el cerebro de la represión. Tenía la costumbre de ejecutar él mismo a sus víctimas. Siempre del mismo modo. Un disparo en la nuca con un revólver calibre 380. Tras la ejecución, se les colocaba sobre la cabeza una bolsa de nailon atada al cuello para evitar que quedaran rastros de sangre. A continuación, metían los cadáveres dentro de costales de lona junto con unas piedras. Después se cosían y eran transportados en carretilla hasta el avión. Chaparro siempre usaba la misma pistola para las ejecuciones, bautizada como La espada justiciera.

El mecánico militar Monroy Candía declaró en el juicio que participó en 15 viajes, cargando un total de 120 cadáveres. Chaparro iba a bordo y era quien daba las órdenes. Una de ellas fue retirar la puerta lateral derecha del avión para facilitar las maniobras. Monroy declaró también que en alguna ocasión los cuerpos dentro de los sacos aún se movían. Eran arrojados vivos al mar. El capitán Roberto Hicochera también reconoció su participación. Según la transcripción de su declaración, desde que llegó “no quiso preguntar ni inmiscuirse en nada, porque había rumores de que el avión Arava se usaba para arrojar gente al mar”. Sólo dijo saber que hacían vuelos de madrugada, mar adentro, y que en un determinado punto disminuían la velocidad y luego regresaban.

Lujo y sangre en Acapulco

Acapulco se había convertido desde los cincuenta en el lugar de recreo de la jet set de Hollywood. Por sus playas era habitual ver a Bette Davis, Rita Hayworth o Cary Grant. Dos décadas después, aún seguían viajando a por sus margaritas Frank Sinatra o John Wayne, que llegó a comprar su propio hotel. Una de las terrazas del Flamingos, elevado entre los riscos, tiene una vista larga que llega hasta la bahía de Pie de la Cuesta y su base área militar. A menos de media hora en coche del refugio dorado de John Wayne, estaba el lugar donde el general Chaparro y sus secuaces cometían sus atrocidades.

La base militar de Pie de la Cuesta fue uno de los centros de detención y tortura, además de la lanzadera para los aviones de la muerte. “Es el lugar donde perdemos la pista de mi mamá. Por eso creemos que pudo desaparecer en los vuelos”, cuenta Alicia de los Ríos, hija de una dirigente guerrillera de la época. Del mismo nombre que su hija, De los Ríos fue detenida en enero de 1978 en el antiguo Distrito Federal por la Brigada Blanca, uno de los grupos especiales contrainsurgentes compuestos por militares y miembros de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía política del PRI.

Su hija, que lleva litigando contra el Estado mexicano desde hace casi 20 años, conoce el último paradero de su madre por las declaraciones de otro detenido, Alfredo Medina Vizcaíno, capturado en Ciudad Juárez el mismo año. El documento, al que ha tenido acceso EL PAÍS, confirma como los detenidos de distintas partes del país eran llevados a la base militar de Pie de la Cuesta, “que está enclavada a orillas del mar”.

Vizcaíno relata el patrón de las torturas -inmersiones en agua, descargas eléctricas, golpes con barras de hierro- y añade que les metieron “en un cuarto de baño donde permanecieron hasta el día siguiente”. Al salir se encontraron con De los Ríos. Era mayo de 1978, tenía 25 años y a partir de ahí nadie sabe nada más. Las fechas coinciden con el periodo en el que se efectuaron los vuelos, según uno de los pocos informes oficiales: 30 vuelos en total entre 1975 y 1979. La misma época en la que en las dictaduras del sur del continente siguieron de manera sistemática la misma práctica.

“Mi mamá vivió un proceso de radicalización muy frecuente en la época. Venía de una familia campesina, empezó con el activismo pero acabó en la lucha armada influenciada por la experiencia cubana o sandinista”, explica su hija. En 1960, Guerrero era el Estado más pobre de México. Más de tres cuartes parte de la población se dedicaba al campo y el 60% era analfabeta.

El germen de las guerrillas en México fue la acción política por las vías institucionales bajo la bandera de la reforma agraria y el acceso a la educación, ideales de la revolución de hacía 50 años secuestrados por el régimen autoritario priista. El profesor Genaro Vázquez, uno de los líderes guerrilleros, llegó a presentarse a las elecciones de 1962, taponadas sin solución por el partido único mexicano. En 1968, los humildes profesores guerrerenses tomaron las armas contra “la oligarquía del PRI, que era juez y parte en los actos electorales”, según sus propias declaraciones recogidas en documentos desclasificados de la DFS.

El secuestro en 1974 del candidato del PRI a gobernador de Guerrero Ruben Figueroa por parte de Lucio Cabañas y su Partido de los Pobres, otro grupo de maestros levantados en armas, intensificó aún más la represión. Asediado en la sierra, Cabañas muere poco después. Y ya con Figueroa como gobernador y Chaparro como su mano derecha, se precipita la creación de otro escuadrón de policías y militares: el Grupo Sangre. Entre sus objetivos estaban “vengar insultos al gobernador, personas que han tenido problemas con el Ejército o traficantes de drogas”, según en informe de la Comisión de la Verdad. La ofensiva incluyó, de acuerdo con otro informe militar, un dispositivo de helicópteros que descargaban munición sobre las comunidades: “Se continúan efectuando reconocimientos precedidos por fuego de morteros sobre cañadas y arroyos”.

El informe de la Comverdad sostiene que las autoridades tuvieron facultades “prácticamente ilimitadas” con el fin de exterminar a la guerrilla. “Entre los detenidos había incluso menores de edad, y algunos de ellos permanecieron ahí solamente por ser familiares de líderes guerrilleros o supuestos simpatizantes”. Los procedimientos de tortura también se extremaron, tal y como subrayan numerosos informes de la Comisión de los Derechos Humanos y confirma la declaración de Medina Vizcaíno a la que ha tenido acceso EL PAÍS: los detenidos “eran amarrados a una tabla y sumergidos en el terrible “pocito” (pila llena de aguas negras) quedando muertos algunos de ellos desangrados. O de la forma más simple, que era la de darles un balazo en la cabeza”. De nuevo, La espada justiciera del general Chaparro.
Cuentas pendientes

“Pensé que a mí también me iba a dar el tiro en la nuca”, recuerda por teléfono desde Acapulco Rogelio Ortega, un profesor de la Universidad Autónoma de Guerrero de 65 años que, de joven, también se cruzó con el siniestro general. En 1977, lo secuestraron cuando salía de casa de su madre. Encapuchado y atado de pies y manos lo llevaron a una de las cárceles clandestinas. En una celda diminuta, en la que no cabía tumbado, con luz encendida las 24 horas y el ruido de una radio a todo volumen, pasó 15 días. Chaparro dirigía los interrogatorios. “Mi celda era la segunda después de la sala de tortura. Me llegaba el olor a sangre”.

Tenía 25 años y había militado en la guerrilla, pero para entonces ya había abandonado la lucha armada. Gracias a la presión de su madre, otra histórica maestra guerrerense, logró que lo soltaran. “Esperaron unos días a que me bajaron los moretones, me sacaron y me subieron en una camioneta”. Cuando iban por la carretera de la costa, Ortega pensó que lo llevaban a Pie de la Cuesta. Y cuando lo bajaron del coche, aún encapuchado y atado, pensó que lo iban a disparar. Antes de soltarlo, Chaparro le hizo una advertencia: “Te vas libre porque hay mucho ruido fuera, pero si eres de la guerrilla me voy a enterar y voy a volver a por ti”.

Chaparro cumplió su amenaza. Menos de un año después, regresó por Ortega, que logró escapar por el tejado de la casa de seguridad donde estaba cobijado. Huyó del país: Nicaragua, París. Hasta que ya en los noventa pudo regresar a Guerrero: “Fue una especie de pacto por el que me dijeron que preferían tenerme en la universidad bien localizado que en la clandestinidad”.

El caso de Ortega, que en 2014 fue nombrado gobernador interino del Estado durante unos meses, ilustra las cuentas pendientes de México con las víctimas de la guerra sucia. “No existe una política seria de esclarecimiento de aquel periodo. No hay ninguna sentencia contra los responsables y el Estado no ha hecho ni un solo reconocimiento público de que el Ejército participó en todo aquello”, apunta el abogado Santiago Aguirre, director del Centro Prodh, una de las organizaciones que lleva años impulsando las denuncias de las víctimas.

Aguirre pone como ejemplo los casos de Argentina, Uruguay o Guatemala, que purgaron su pasado con rigurosas Comisiones de la Verdad. Mientras define como fracasos iniciativas como la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, nacida tras la apertura democrática del 2000, o la Comverdad de Guerrero. Ambas torpedeadas desde otros poderes del Estado -Ejército, Fiscalía- y forzadas a dejar su trabajo a medias.

El abogado señala también otra particularidad mexicana. “El nuevo contexto de la violencia del narcotráfico terminó de diluir que los desaparecidos son cosas del pasado. México necesita medidas extraordinarias para enfrentar una crisis de derechos humanos que hunde sus raíces en la guerra sucia y que no ha cesado desde entonces. Algo sin parangón en el continente”.

Esa línea de continuidad también está encarnada en Rogelio Ortega. Antes de escapar al extranjero, se refugió unos meses en la escuela rural de Ayotzinapa. La misma escuela de donde salieron los 43 estudiantes desaparecidos en 2014 en manos, supuestamente, de una alianza de delincuentes y policías curruptos. La desaparición de los muchachos, pobres, venidos de un mundo rural olvidado y politizado y que derivó precisamente en el fugaz nombramiento de Ortega como gobernador, es considerada como uno de los acontecimientos que con más profundidad ha atravesado emocionalmente a México durante los últimos años y que hoy sigue sin una respuesta clara.

 

 

 

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El 'Ama Begoñakoa'

Euskal Herria no se puede entender sin su profundo vínculo con el mar.

Desde los primeros balleneros en las costas del Norte de América hasta navegantes como Juan Sebastián Elcano, llegando hasta el sacrificio heroico en Cabo Matxitxako, la historia del pueblo vasco ha estado bañada en agua salada.

Para muestra de ello, este reportaje dado a conocer en las páginas de Deia:


Almas de marino

El 'Ama Begoñakoa' fue la materialización del sueño de Ramón de la Sota de contar con un buque escuela que formara a marineros vascos. Tomás Undabarrena fue el capitán de aquel velero que cubrió tres grandes singladuras

Eduardo Araujo

El capitán Undabarrena respiró aliviado al ver que la última de las estachas que mantenía su buque unido a tierra era arrojada al agua e izada a bordo. Bajo sus pies, la Ama Begoñakoa emitió una vibración, una especie de gruñido de baja frecuencia, apenas audible, en el mismo primitivo lenguaje que hubiese empleado un gran cetáceo satisfecho.

Cruzó una mirada con Natalio de Larrekoetxea, que a unas decenas de metros supervisaba la maniobra, y ambos dejaron escapar una media sonrisa de complicidad: "¡Libre!", gritó el oficial, llevándose la mano a la boca a modo de bocina, por la fuerza de la costumbre, aunque su voz se escuchase perfectamente a aquella hora temprana, sin viento ni bramido de tempestad que la apagase.

Everano había llegado también a las frías aguas del Clyde y la industriosa ciudad de Glasgow comenzaba a disfrutar del fresco estío escocés. Dumbarton Rock quedaba ya por la aleta de babor, siendo las altas grúas de los astilleros Arch Mc. Millan & Son Ltd. las últimas en desaparecer de la vista. Tomás Undabarrena esperó a ver la proa de la hermosa embarcación doblar los bajos y alcanzar el canal principal para dejar escapar su imaginación: la mente del marino volaba muchas millas por delante, anticipándose a las jornadas que seguirían, e incluso era capaz de sentir ya en las entrañas el bamboleo de las cortas pero rabiosas olas del mar de Irlanda e, infinitamente más lejanas, las del temido cabo de Hornos, el Fin del Mundo.

La Ama Begoñakoa era un buque escuela y la primera lección que se había propuesto enseñar a su tripulación de veinte jovencísimos cadetes –futuros oficiales y capitanes de la marina mercante vasca– iba a tener como escenario el último y más salvaje confín habitado del planeta: Glasgow-San Francisco, más de 7.500 millas (13.890 kilómetros), con escala en Bilbao. "Yo le doy un mando y veinte muchachos. Devuélvame usted veinte marinos", le había dicho don Ramón de la Sota mientras estrechaba su mano al despedirse. No era la primera vez que Undabarrena sentía la responsabilidad de llevar una carga de un lado al otro del océano, sin embargo, al recibir el sólido apretón de manos, comprendió que lo que custodiaría en aquel viaje era el bien más preciado que jamás podría transportar buque alguno: el sueño de futuro de veinte jóvenes y el de sus familias.

Ramón de la Sota y Llano, había garabateado muchas veces la silueta del Ama Begoñakoa sobre las cuartillas de los balances y cuentas, durante las interminables reuniones de trabajo a las que le condenaba el negocio minero y mercantil que heredó de sus padres, Alejandro y Alejandra, y que él había ampliado hasta convertirlo en una de las empresas más importantes de todos los territorios bajo administración española durante el primer tercio del siglo XX. Como primogénito, se hizo cargo a edad muy temprana de los asuntos familiares –principalmente el comercio con mineral de hierro– de forma que su espíritu de joven idealista, pero con una visión práctica y carácter netamente emprendedor, le llevaban a mezclar su destino como empresario con su profundo amor por la navegación.

De esa simbiosis –espoleada por una alianza con su primo, Eduardo Aznar de la Sota, que era corredor marítimo– surgió un modelo de explotación minera integrada: no solo se efectuaba la extracción del mineral en las minas de las Encartaciones y Cantabria, sino también su acondicionamiento, transporte inicial y embarque, todo ello mediante instalaciones y medios propios que incluían una flota de 25 buques. Aquellos vapores, cargados de las entrañas de los montes y el entusiasmo de Ramón y Eduardo, constituyeron el embrión del que nació, en 1906, la Compañía Naviera Sota y Aznar, entidad que llegó a liderar el tráfico marítimo en el Estado español y que convirtió a Ramón en Caballero del Imperio Británico.

De la Sota conocía la historia de su pueblo y las hazañas de los marinos vascos de antaño –en sus navegaciones de altura tras el bacalao y la ballena, primero, y en la actividad mercante, más tarde– le inspiraban en su afán por encontrar maneras de devolver a la sociedad parte de los beneficios que él obtenía en sus empresas. En aquel entonces, la condición de oficial de marina estaba reservada a los pocos jóvenes que podían costearse los estudios y muy escasas veces los hijos de familias humildes llegaban a serlo. Pero además, el empresario y filántropo bizkaitarra estaba convencido de que la mar –y especialmente la navegación a vela– ayudaban a formar hombres en el mejor y más amplio sentido de la palabra, dotándoles de valores que los convertían en competentes capitanes y en magníficos líderes: el universo salvaje del océano domaba la soberbia y premiaba la constancia, la preparación y la determinación, convirtiendo la necesidad imperiosa de colaborar en la primera ley a bordo.

El capitán

En la mar, el capitán, no es el líder omnipotente, tiránico, caprichoso y cruel que tanto se prodiga en tierra –al menos, si lo es no permanecerá en el cargo mucho tiempo– porque enfrentarse a los peligros y desafíos que comporta navegar exige la voluntad de todos los tripulantes, desde el primero al último, y esta nunca puede simplemente imponerse por la fuerza de forma duradera. Así, en un buque –especialmente en la marina civil– el mando lo ejerce quien acredita competencia, no solo en las técnicas propias de la profesión, sino también en la gestión de las relaciones humanas, dentro de un grupo que, a cada milla y en cada maniobra, debe de confiar su propia vida, ciegamente, al compañero.

Es cierto que sobre la cubierta de un barco no suele reinar la democracia en su apariencia clásica, porque la mar no espera a que todos los tripulantes hayan votado qué rumbo tomar o qué vela arrizar para hacer rolar el viento, ponernos de través y enviarnos al fondo, y la urgencia, la técnica y la experiencia que se exigen a quien toma las decisiones no permiten que estas se tomen en una asamblea, a mano alzada, tras el precedente debate. Pero ejercer la máxima responsabilidad no significa poder hacerlo a capricho: detrás de cada decisión del capitán debe de estar el objetivo de garantizar la seguridad del buque, su tripulación y su carga. Las olas de la mar ejercen sobre el alma de los seres humanos el mismo efecto que el martillo y el yunque sobre el hierro sometido al fuego: o se endurece y queda templado, convirtiéndose en una herramienta formidable, útil y beneficiosa, o se quiebra...

Así que mientras Ramón perfilaba a lápiz el aparejo de cuatro palos –tres de vela cuadra y el mesana con cangreja y escandalosa– de su buque escuela soñado, dos decenas de jovenzuelos comenzaban sus estudios náuticos, sin saber todavía que, para el examen final, la pizarra sobre la que sus profesores se empeñaban en enseñarles trigonometría esférica, sería sustituida por los rociones de las olas del cabo más peligroso del planeta, y el suelo, firme y estable del aula, por la tablazón movediza de un buque lanzado a la carrera sobre la superficie del lejano y hostil Atlántico Sur. Junto a ellos, viajarían otros 33 hombres hasta completar la tripulación necesaria para el gobierno y servicio: capitán y tres oficiales; profesor, con la misión de completar la educación general de los cadetes; dos contramaestres, velero, carpintero, calderetero, nueve marineros profesionales, dos grumetes, ocho mozos, dos cocineros y dos camareros.

Todos ellos iban ahora rumbo a Bilbao, luciendo sus inmaculados uniformes, atendiendo cada uno a su tarea: encaramados al aparejo, aferrándose a los cabos que formaban la jarcia, fija o de labor, con la destreza de los simios de la jungla; sobre cubierta, adujando drizas y cabos de diferentes menas y trabajos, comprobando portillos cien veces revisados; bajo cubierta, trincando la carga con más firmeza, repasando la estiba, o pelando las patatas del marmitako que se preparaba para el temprano almuerzo. Su capitán podía escuchar los mil ruidos que producían con la misma capacidad analítica que el fino y entrenado oído del director de orquesta.

Pero ninguno de los intérpretes de aquella obra sinfónica flotante desafinaba, de momento, así que Tomás Undabarrena seguía en proa, esperando a ver pasar Kempock Point por la amura de babor y fijar su atención en el siguiente obstáculo: los bajos de Gantock, que marcarían el punto en el que un nuevo rumbo les llevaría hasta la desembocadura del Clyde.

Expectación en San Francisco

En cuanto la aguja del compás marcó los 1920, el hombre de mayor responsabilidad a bordo suspiró resignado y decidió que había llegado el momento de dejar de recibir el soplo de la estimulante brisa para sumergirse en el trabajo que le esperaba sobre la mesa de su cabina, apilado en forma de varios montones de papeles. Una de las obligaciones que don Ramón le había encomendado era la tutela de las finanzas de los alumnos. Estos recibían un generoso jornal... que no llegaría a sus manos. El capitán se ocupaba de facilitarles lo justo para los pocos gastos que pudieran tener y administraba el resto para que, a su vuelta a casa, los padres recibiesen casi íntegramente los buenos duros que el esfuerzo de sus vástagos les hubiesen hecho ganar.

Tras 158 días de navegación y una dura travesía por el cabo de Hornos, la embarcación vasca, llegó a San Francisco, siendo recibida con notable expectación por su condición de buque escuela, su magnífico porte y el hecho de que hacía tan solo cuatro años del final de la guerra entre España y los Estados Unidos de América, con la pérdida del grueso de la flota hispana en Cuba. El sueño de Ramón de la Sota de contar con un gran buque escuela a vela se cumplió, aunque duró poco tiempo: la Ama Begoñakoa realizó otras dos grandes singladuras además de la primera inaugural por el cabo de Hornos, entre Glasgow y San Francisco. A su regreso, empleó 125 jornadas desde el puerto californiano hasta Liverpool, también doblando el cabo. En esta travesía perdió a su timonel que cayó al agua y no pudo ser rescatado. Pero el descenso de los fletes y el hecho de que la irrupción del vapor había cambiado ya la forma de navegar y la mentalidad de los futuros marinos, que encontraban demasiado duro el periodo de formación a bordo, precipitó la venta del buque a una naviera londinense en 1910, que lo rebautizó Medway. La hermosa protagonista de esta historia terminó sus días en Japón, en 1933, sirviendo de almacén flotante, y la marina vasca no ha vuelto a contar con ninguna otra embarcación a vela comparable a ella.

Agradecimientos: A Juanmari Rekalde y Roberto Hernández, 'El ilustrador de barcos', sin cuya ayuda no hubiese podido escribir este artículo.

Dedicatoria: A los capitanes, oficiales y tripulantes de la marina civil vasca, que en tiempo de guerra se hicieron a la mar a defender la Libertad.





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viernes, 7 de mayo de 2021

Egaña | Tirar la Toalla

Implacable como acostumbra ser, nuestro amigo Iñaki Egaña hace sudar la gota gorda a más de uno con este texto:


Tirar la toalla

Iñaki Egaña

La pandemia detectada y extendida entre nosotros desde ya hace más de un año, ha mostrado las costuras de un sistema que hace aguas en sus aspectos solidarios con una gestión en la que la improvisación ha superado escandalosamente a la anticipación. Es cierto que, ante situaciones inesperadas que afectan a la sociedad, la gobernanza no tiene asideros previos para preparar una estrategia que consiga atajar la complicación.

Pero también es cierto que, en 14 meses, el tiempo para que los supuestos departamentos de crisis hayan hecho apuestas tanto coyunturales como a medio y largo plazo ha sido suficiente para avanzar posiciones. Sin embargo, estamos como al principio, poniendo parches, dando más importancia a la comunicación que a la solución, remendando noticias, apostando por las multas y pidiendo voluntarios en vez de convocar apresuradamente puestos de trabajo para equilibrar la desequilibrante tendencia a vaciar lo público. Lo que cerca de 5.300 muertos más tarde, es como decir que apenas se han extraído lecciones de un fracaso histórico.

La excusa permanente ha sido la manifestada por el lehendakari Urkullu: “nadie tenía un libro de instrucciones para abordar la pandemia”. No había, efectivamente, experiencias de pandemias modernas, excepto las localizadas en el llamado Tercer Mundo. Pero desde que se atajaron las más mortales, como la peste, el tifus, el cólera o la lepra, hemos llegado a la Luna, hemos descubierto el genoma humano y nos han interconectado en todo el planeta a través de redes económicas y sociales soportadas en satélites que rondan nuestras cabezas o fibras que circulan por los fondos marinos.

La gestión de Lakua de la pandemia ha ido paralela a la de Zaldibar y en ambos casos se reproducen decenas de los tics que han acompañado al mandato de ambos desastres. El derrumbe del vertedero de Zaldibar se produjo el 12 de febrero del pasado año, el primer caso detectado de coronavirus, en Txagorritxu de Gasteiz, poco más de dos semanas después. Frivolidad, despecho, minimización, altanería. Cualquier crítica, por nimia que fuera, era contratacada con una virulencia inusitada. En vez de elegir la forma de abordar la crisis de manera conjunta, agrandando el musculo nacional, el Ejecutivo, pronto en funciones por el adelanto electoral, decidió una huida adelante, en solitario y subcontratando los casos a sus empresas y chiringuitos habituales. Aprovechando la crisis para engordar a los suyos. Hasta la UPV fue aparcada a la espera que los asesores farmacéuticos del PNV eligieran las empresas a contratar.

Un rápido repaso a la hemeroteca nos permite observar la de tonterías que lanzaban los supuestos líderes, ofreciendo un espectáculo lamentable, impropio de un país como el nuestro capaz de tejer históricamente redes solidarias de forma rápida y sostenida. La gestión de las residencias de mayores, las normas contradictorias y tardías, la priorización de ciertos sectores económicos sobre la salud y, sobre todo, la falta de iniciativa para reforzar los servicios públicos imprescindibles, en especial Osakidetza, nos abocaron a convertirnos en vanguardia europea y mundial del caos, en contagiados y en fallecidos.

El mito de una Euskadi (CAV) diferente, emprendedora, activa y con un nivel de autonomía equiparable a algunos estados soberanos se ha ido desinflando. Las imágenes de las trabajadoras de residencias, de sanitarias, de las asalariadas de otros sectores ocupando la calle para denunciar las negligencias del Gobierno vasco han sido crónica diaria. Y lo peor es que la lectura interna que ha hecho el partido y su consorte de Gasteiz, ha tenido que ver exclusivamente con la comunicación. Puso a Aldekoa al frente de ETB, priorizó a Vocento concediéndole prebendas, relevó a sus consejeras cuya locuacidad les perdió, e hizo dimitir a quienes firmando las normas se las habían saltado por su condición VIP, como gesto.

Tengo la impresión, pasados ya no sé cuántos ecuadores anunciados de esta crisis, que la anticipación ha sido definitivamente excluida y que, como en los combates de boxeo, los “cutman” que trabajan en la esquina entre round y round, han arrojado definitivamente la toalla. Y la tengo, la impresión, desde que oí hace ya un mes a Jonan Fernández, chico para todo, minimizar esta cuarta ola, apuntando a que tocaría techo brevemente. Félix Zubia, el jefe de la UCI del hospital Donostia le contestó, negando radicalmente que fuera cierto lo apuntado. Y los datos, desagraciadamente, confirmaron al médico.

La desaparición de los escenarios de Fernández y la graduación en las intervenciones de la consejera Sagardui han dado más protagonismo al lehendakari Urkullu, como si con ello el Ejecutivo autónomo quisiera recuperar la credibilidad perdida. Pero siendo la estrategia la misma, los resultados no podían diferir. Como en la negación de Judas al Cristo católico, Urkullu mintió por tres veces, en la comparación de los contagiados, de los fallecidos y de la administración de vacunas. La CAV está peor que España.

El siguiente paso no deja de ser paradójico. Lehendakaritza se queja de sus pocas competencias para enfrentar a la pandemia, echa balones fuera, cuando se ha pasado el fin de la legislatura anterior y la primera parte de la presente diciendo que le satisface el nivel de autonomía del Tercio Occidental y que el autogobierno actual responde a sus objetivos.

Dentro de esta línea, las próximas semanas asistiremos a un silencio atronador, en la línea del de Zaldibar, en la línea de aquel suceso irregular que acabó con un ertzaina ahogado en el Urumea, a la espera que la vacunación aplaque la nefasta gestión. Pero nuevamente vuelven a errar en su apreciación. Porque entonces comenzará la segunda parte de la crisis que ya está aflorando, la económica. Para abordarla, ya hemos visto los prolegómenos con los trabajadores de Tubacex, entre otros. Y que el Gobierno autonómico “solucionará” esa ola social con porrazos, apaleamientos masivos y pelotas de goma.

 

 

 

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miércoles, 5 de mayo de 2021

Palacios Hosteleros

Lectura recomendada acerca del pasado medieval de Nabarra y las expresiones de ese pasado en la actualidad. Les traemos el texto desde Naiz:

 

Palacios de Iruñerria, un pasado nobiliario con un presente hostelero o incierto

Aunque a lo largo y ancho de Nafarroa se conservan varios inmuebles nobiliarios relevantes, Iruñerria cuenta con tres destacados ejemplos de los llamados palacios de cabo armería. Unos edificios que atesoran curiosas historias y cuyo presente pasa por un uso hostelero o se presenta incierto.

Pello Guerra

El rico pasado medieval de Nafarroa se hace presente a través de los palacios de cabo de armería, de los que en Iruñerria destacan tres inmuebles con un pasado de historias nobiliarias que viven en unos casos un presente de reconversión hostelera y en otros, de futuro incierto.

Sus propietarios o palacianos constituían la base de la nobleza rural navarra. Esos señores eran cabeza de linaje y cabos de los hombres de armas que podían movilizar en los territorios bajo su dominio, de ahí la denominación de estos inmuebles.

Además, gozaban de notables privilegios, ya que estaban exentos del pago de algunos impuestos, tenían derecho a doble porción en los aprovechamientos comunales, incluso de los pastos y aguas; gozaban de lugares de preeminencia en la iglesia y muchos de ellos contaban con asiento en las Cortes de Nafarroa.

En el herrialde llegaron a existir unos 300 palacios de cabo de armería, divididos en cuatro tipos teniendo en cuenta su fisonomía: la torre exenta, la casona señorial y los dos más clásicos: el de dos torres en la fachada y el de cuatro, con una en cada esquina de la planta cuadrangular con patio central. A estos dos últimos modelos corresponden tres de los palacios más destacados de Iruñerria.

Uno de ellos es el de Mendillorri. Situado a «dos o tres tiras de ballesta de distancia» de la capital, como se recoge en los antiguos legajos, el actual barrio iruindarra figura en un documento de principios del siglo XI sobre la cesión hecha por Sancho el Mayor a la catedral de Santa María de Iruñea, otorgando al obispo la propiedad de ciertas tierras y unas viñas en la zona.

En el Libro de Fuegos de 1366 se señalaba que contaba con tres vecinos que participaron en cierta ayuda al rey Carlos II. Casi veinte años más tarde, en 1384, el obispo Martín destinaba una parte de las mil libras recibidas de su clavero o tesorero de Iruñea, Juan de Abarzuza, para reparar la torre de Mendillorri.

A las alturas de 1427, solamente vivía en este lugar Martín Miguel, que residía en el palacio del obispo, donde solía habitar su propietario durante algunos periodos de tiempo.

Las guerras en las que se vio inmersa Nafarroa en la segunda mitad del siglo XV pasaron factura a Mendillorri, hasta el punto de que quedó abandonado. Sin embargo, a finales de la centuria pasaría a vivir en la zona Arnalt de Larrasoaña, que ocupaba el cargo de oidor de la Cámara de Comptos. Él se encargaría de reedificar el palacio. Su presencia hizo que en el año 1507, los reyes Juan de Albret y Catalina de Foix le concedieran el privilegio de nombrar cura o protector para su parroquia.

A principios del siglo XVI, el palacio estaba habitado por caseros, que solían tener ordinariamente dos o tres ‘mozos de soldada’ para el cuidado de su hacienda. Pedro de Burlada declaraba en 1572 que al año siguiente de la batalla de Noain, librada el 30 de junio de 1521, pasó su padre a Mendillorri de casero de Juan de Larrasoaña, hijo y sucesor de Arnalt y padre de Juana de Larrasoaña, que a continuación pasó a ser propietaria del lugar junto a su marido, el abogado Liédena. A los Liédena les sucedieron en la propiedad del palacio la familia de los Vélaz de Medrano, que seguían siendo sus dueños a finales del siglo XIX.

Con el paso de los años, el palacio dejó de estar habitado y en la actualidad está clausurado, a la espera de que se le dé algún tipo de uso.

A unos ocho kilómetros de Iruñea se encuentra el palacio de Olloki, otro inmueble nobiliario cargado de historia, en especial la de los irreductibles familiares de San Francisco de Xabier.

De los García Olloqui u Olloqui a secas se tienen noticias desde el siglo XIV, ya que se encargaron de varias misiones para la Corona navarra.

A comienzos del siglo XIV, el palacio pertenecía a Miguel García de Olloqui, quien estableció en su testamento que para poder ostentar la propiedad del palacio, era imprescindible adoptar el apellido Olloqui y sus armas (su escudo).

En el siglo XV comenzó el vínculo del palacio con los Jaso, la familia de San Francisco de Xabier, a través del matrimonio de Juan de Olloqui, caballerizo mayor del rey, con Margarita de Jaso, tía del santo. De ese enlace nacieron cinco hijos y tres hijas.

En 1497 falleció el señor del palacio y le sucedió su primogénito, también de nombre Juan, quien fue uno de los nobles navarros que más se resistió a la conquista española de Nafarroa, junto a sus hermanos Francés y Remón, haciendo honor al emblema del linaje del palacio, ‘Potius mori quam foedari’ (Antes la muerte que la dehonra).

En esa lucha combatieron junto a sus primos Miguel de Xabier y Juan de Azpilkueta, hermanos de San Francisco, y Juan y Valentín de Jaso, hijos de su tío Pedro.

Juan y Francés figuraban en el grupo de caballeros capturado en 1516 durante el fracasado segundo intento de recuperación del reino lanzado por los legítimos reyes navarros, Juan III y Catalina I. Fueron hechos prisioneros junto al mariscal, aunque, a diferencia de Pedro de Navarra, consiguieron recuperar la libertad para seguir combatiendo en favor de la Nafarroa independiente.

En 1524, tras la rendición de Hondarribia, donde resistían los últimos legitimistas, buena parte de los caballeros navarros que habían defendido los derechos de los Albret frente a la conquista española se acogieron al ‘perdón’ otorgado por Carlos V. Sin embargo, Juan y Remón de Olloqui decidieron seguir fieles a los legítimos reyes de Nafarroa, lo que supuso que se mantuvieran su condena a muerte y la confiscación de sus bienes.

Juan de Olloqui se naturalizó francés y sirvió en el ejército de Francisco I, en cuyas filas ascendió al grado de maestre de campo. Se casó con María Bautista de Miranda y tuvo cuatro hijos: Juan, Miguel, María y Juana.

Mientras, en la Nafarroa ocupada, su madre Margarita de Jaso consiguió evitar la confiscación de su patrimonio, incluso a pesar de que el palacio había llegado a ser entregado por el duque de Alba a un tal Andrés de Barrionuevo. Así que la tía de San Francisco de Xabier siguió viviendo en él.

Veinte años más tarde, en 1544, se presentaron en Olloki María y Juana, las hijas de Juan que se habían criado fuera de Nafarroa. Su padre las enviaba temporalmente con Margarita, mientras combatía al rey de Inglaterra en la campaña de Boulogne.

Ellas acompañaron en sus últimas horas a Margarita de Jaso, quien murió el 21 de marzo de 1545. Ese mismo año, pero el 25 de diciembre, perdía también la vida su hijo Juan en Abbevjlle.

Durante centurias se mantuvo la disposición del siglo XV de que solamente alguien apellidado Olloqui podía ostentar la propiedad del palacio. De hecho, cuando en el siglo XVII le llegó su posesión a un tal Martín de Elorz, este renunció a su apellido original para poder hacerse con el señorío.

Finalmente, el palacio terminó abandonado y se fue deteriorando hasta que recientemente ha sido restaurado y reconvertido en un espacio para grandes celebraciones, como banquetes de boda. Una adaptación a la hostelería que han vivido también otros palacios históricos, como el de Gorraiz.

En el extremo opuesto de las lealtades de los Olloqui se situó en el siglo XVI el palacio más destacado de Iruñerria, el de Arazuri, ya que fue señorío de una de las ramas de los Beaumont que más activamente iba a colaborar con los conquistadores españoles de Nafarroa.

El germen de este palacio podría remontarse hasta el siglo XI, cuando se documenta el linaje ‘Araçur’. En el siglo XV, este inmueble, calificado por algunos expertos como castillo por estar especialmente fortificado, perteneció a Lancelot de Navarra, hijo bastardo del rey Carlos III el Noble y que llegó a ser patriarca y protonotario del Papa Luna y administrador apostólico del obispado de Iruñea. Cuando falleció en 1420, el tesorero Juan de Monreal pasó a ser su palaciano.

Más adelante caería en la órbita de los beaumonteses a raíz del matrimonio de Luisa de Arazuri y Monreal  con Juan de Beaumont y Navarra, hermanastro del conde de Lerín.

Ese vínculo familiar hizo que Juan apoyara la invasión española de Nafarroa en julio de 1512, de tal manera que el día 24 de ese mes acogió al duque de Alba en su camino hacia Iruñea para conquistarla.

Curiosamente, unos meses más tarde, en el otoño de ese año, albergó el cuartel general del legítimo rey Juan III cuando el soberano lanzó su primer intento de recuperación del reino, que terminó fracasando al no conseguir entrar en Iruñea, donde se habían atrincherado el duque de Alba y sus tropas junto a los beaumonteses fieles a Fernando el Católico.

Unos años más tarde, en concreto en 1521, el que pasaría una temporada en el palacio sería André de Foix, señor de Lesparre o Asparrots, el general que había dirigido el ejército franco-navarro derrotado en la batalla de Noain.

Herido durante el combate, Lesparre se rindió al primogénito de Juan, Francés, un joven que había hecho carrera militar en Francia y España, y que había resultado decisivo para que los españoles se impusieran en Noain.

Precisamente durante el siglo XVI se realizaron importantes obras en el palacio, que vinieron a reforzar una estructura tan destacada que fue declarada monumento histórico-artístico el 6 de octubre de 1966.

En la actualidad, alberga una vivienda de uso privado, aunque hay partes en desuso y que presentan cierto abandono.

 

 

 

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martes, 4 de mayo de 2021

Erkoreka Aval de Desokupa

Para variar, el PNV actuando en detrimento de los derechos del pueblo vasco, permitiendo que el cuerpo policíaco español con label euskaldún actúe en contubernio con la derecha.

Lean esto que reporta Gara:


La connivencia Desokupa-Ertzaintza: «Voy a reventar la zona común»

El pasado viernes Josu Erkoreka negó que la Ertzaintza entablase relación alguna con los miembros de Desokupa en el desalojo llevado a cabo el 15 de abril en Abadiño. Un vídeo demuestra que la Policía sí cooperó con el responsable de la empresa ultraderechista.

La semana pasada el consejero de Seguridad de Lakua, Josu Erkoreka, calificó de «patraña» que hubiera algún tipo de relación entre la Ertzaintza y la empresa ultraderechista Desokupa, que el pasado 15 de abril participó en un desalojo en Abadiño.

«Voy a hacer una afirmación rotunda. La Ertzaintza con la empresa Desokupa no tuvo ninguna relación ni antes ni durante ni después de los acontecimientos de Abadiño», señaló en el pleno de control del Parlamento de Gasteiz.

Erkoreka realizó estas declaraciones en respuesta a las preguntas del parlamentario de EH Bildu Julen Arzuaga, que ayer publicó en redes sociales un vídeo que desmonta la versión del consejero de Seguridad.

En el vídeo se puede ver al responsable de la empresa conversando con los agentes de la Ertzaintza, a los que explica cómo van a proceder al desalojo, «reventando la zona común».

La grabación, realizada por la propia Desokupa, demuestra que la Ertzaintza conocía el operativo y cooperó con él, por mucho que Erkoreka insistiese en que «no tuvo ni antes ni durante ni después ningún contacto». «Todo lo que ha circulado a ese respecto es una patraña», dijo.

«En toda la bocaza»

Desokupa publicó ayer el vídeo en el que muestra la actuación en Abadiño y lo promocionó en Instagram con un mensaje en el que se jacta de haber hablado con la Policía autonómica: «Según Bildu y Podemos, nuestra empresa nunca habló con la policía vasca... ¡y no teníamos permisos y utilizamos la violencia! ¡Zaskaaaaa en toda la bocaza!».

Llama la atención la difusión de este mensaje cuando es Lakua quien insiste en que no hubo colaboración y también que sea precisamente el responsable de la empresa, Daniel Esteve, quien ha aportado diferentes versiones de lo ocurrido.

Al principio confirmó que habían «coordinado» el desalojo «con la policía de la zona». Además, después del desalojo, agradeció su apoyo a la Ertzaintza. Sin embargo, al día siguiente se desdijo negando que hubiera coordinación alguna con la Policía. Según sus declaraciones a Radio Euskadi, avisaron al cuerpo policial de la desocupación y la Ertzaintza les pidió que si se producía un altercado de orden público se le informara.

Pero en las imágenes distribuidas por Desokupa se ve que hablaron antes de romper la puerta con un mazo, pese a que había personas en el interior del inmueble, un antiguo estanco del barrio Zelaieta.

Por supuesto que las redes no han esperado mucho para contraatacar:

 





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Huella Geográfica del Euskera

El euskera es el rasgo identitario que distingue al pueblo vasco, aunque no el único pues sus manifestaciones culturales son extensas y variadas. Es por esto que tanto al nacionalismo imperialista español como al francés se les indigesta el que cada vez haya mayor evidencia acerca del alcance geográfico que, incluidas sus variantes, llegó a tener.

En Deia se ha publicado este reportaje que vuelve a los hallazgos llevados a cabo en las cercanías de Soria.

Lean ustedes:


Las fronteras del euskera hace dos mil años

¿Se habló algún tipo de lengua vasca en Soria hace 2.000 años? ¿Y en Aquitania o cerca de Andorra? Investigadores analizarán, en un curso de verano la UPV, el área de extensión lingüística del euskera en la antigüedad

Maite Redondo

Julio Cesar en sus comentarios a la Guerra de las Galias, en el año 50 antes de Cristo, ya hacía una distinción principal al hablar de los pueblos del norte de los Pirineos: "Toda la Galia se encuentra dividida en tres partes: una de estas la habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que se llaman celtas en su lengua y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian entre sí por la lengua, costumbres y leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos". El historiador griego Estrabon también incidía en esta diferencia: "Los aquitanos son completamente diferentes no solo lingüística sino corporalmente".

Parece claro que en el primer siglo de nuestra era había un pueblo diferenciado, con una lengua propia, en Aquitania. Una zona en la que se han encontrado numerosas inscripciones en muchas de las cuales hay nombres perfectamente reconocibles en euskera antiguo.

"En Aquitania se hablaban unas lenguas de tipo vasco, protoeuskericas, que los especialistas lo llaman el aquitano, en las que aparecen claramente nombres que hoy en día nosotros, desde el euskera, los entendemos. Se han encontrado palabras como cis(s)on (gizon), andere, nescato, sahar (zahar)... Todo nos indica que en aquella época había algunos pueblos que hablaban una lengua que tenía ciertas características del euskera actual", explica Anton Erkoreka, director del Museo Vasco de Historia de la Medicina de la UPV/EHU. Erkoreka tiene también otra gran pasión, la etnografía; ha participado desde su fundación por José Miguel de Barandiarán en 1973, en los grupos Etniker Euskalerria y es miembro del Comité Interregional del Atlas Etnográfico de Vasconia desde su creación en 1987.

Junto a Angel Bidaurrazaga, Aitor Anduaga y Mikel Erkoreka han organizado un curso de Verano de la UPV, que los próximos días 15 y 16 de junio, reunirá a diversos investigadores que, desde los campos de la arqueología, la historia y la lingüística, han realizado notables descubrimientos en el ámbito de la extensión geográfica y cultural del euskera. "Últimamente, se han hecho bastantes avances, y nos pareció interesante ver qué pasaba hace 2.000 y 1.000 años en el entorno de lo que ha sido la Vasconia histórica, la parte norte de los Pirineos y la sur llegando incluso a La Rioja y el norte de Burgos. Ese es el objetivo de este curso, en el que participará un grupo de nueve investigadores", explica Erkoreka.

"La aparición de palabras vasconas en estelas romanas en áreas extensas de la antigua Vasconia, su relación con el latín y las lenguas celtibéricas, la toponimia, la etnografía, la cultura y la mitología vasca, son todos ellos temas que queremos exponer al público interesado en nuestros orígenes. Han sido motivo de controversia en estos últimos años distintas interpretaciones de restos arqueológicos, pero han ayudado a profundizar más en el conocimiento de las raíces de nuestro idioma", expone. Entre los ponentes, estará Joaquín Gorrochategui, catedrático de Lingüistica de UPV, que formó parte también en la comisión foral que concluyó que las inscripciones en euskera de Iruña Veleia eran falsas. En las jornadas también participará Juan Karlos Lopez-Mugartza, profesor titular de filología vasca de la UPN-NUP, que abordará el tema del euskera en la vertiente sur del Pirineo: de Ansó a Andorra.

Tierras altas de Soria

Eduardo Alfaro, doctor en arqueología, especialista en pequeñas urbes romanas en el norte de Soria, también participará en estos encuentros, donde explicará todas las novedades de las estelas funerarias que se han encontrado en las Tierras Altas de Soria del siglo I y II después de Cristo con onomástica vascona. En tierras sorianas han aparecido 39 estelas con inscripciones de la época romana, algunas de las cuales son de una cronología más avanzada. "Las que son de onomástica vascona son del siglo I y II. De momento, tenemos una docena de nombres que apuntan al mundo vascón", explicaba recientemente a este periódico este arqueólogo soriano, que ha invertido años de investigación en el Yacimiento Arqueológico de Los Casares y otros ubicados en Tierras Altas.

"Lo verdaderamente singular es que estos documentos pétreos ya de época romana vinculan a las personas por los que fueron erigidos con nombres de origen vascón. Hace dos décadas, el lingüista Joaquín Gorrochategui nos comentó en Salamanca que una de las lápidas tenía un nombre indígena que no era céltico como era de esperar. Era la que hacía referencia a un Antestius Sesenco que debió vivir entre los siglos I o II después de Cristo. Sesenco es una voz que remite al vocablo zezenko que, en euskera, significa torito. Un vocablo transparente en vasco, un nombre que, en su sonoridad, tiene poco que ver con lo celtíbero", mantiene el arqueólogo.

Además de Sesenco, en otras estelas aparecen nombres como Oandissen, derivado posiblemente de oihandi (selva), Oandissen, Onse y su masculino Onso, Buganson, Haurce, Belscon, Agirsen, Arancis, Lesuridantar, Arancis, donde se puede reconocer el componente aran (ciruelo silvestre, espino)€ que trabajos sucesivos han vinculado cada vez con más firmeza al valle del Ebro, incidiendo en su más clara relación con un vasco antiguo, protovasco o vasco-aquitano.

Sacados a la luz estos vestigios, la pregunta es: ¿qué hacían estos vascos a orillas del Ebro? "Desde un punto de vista arqueológico es evidente que es un grupo humano que vivía allí; hay estelas de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones. Una de las hipótesis más plausibles en este sentido viene de pensar en la riqueza básica de la sierra, un territorio de alta montaña cuyo potencial económico son los pastos de verano", precisaba el arqueólogo soriano.

Toponimias

También se van a abordar las toponimias vascas que hay desde Huesca, incluso en el norte de Lérida, que llega hasta Andorra y que también remiten a un euskera antiguo. El profesor de la UPV Julen Manterola hablará, asimismo, sobre las características lingüísticas de la toponimia vasca de Araba, Burgos y Rioja y de qué nos dicen sobre su antigüedad.

Los cursos de verano culminarán con una mesa redonda sobre Cultura y sociedad en Vasconia, Pirineos y Aquitania: euskera, etnografía y mitologia, en la que participarán el profesor y miembro de Euskaltzaindia Xarles Videgain, la profesora Naiara Ardanaz-Iñarga, del Atlas etnográfico de Vasconia, y Anton Erkoreka.

"Hemos conseguido unos ponentes muy interesantes que analizarán las lenguas que se hablaban de tipo vasco fuera de los territorios que consideramos como Vasconia, que son los que hoy en día se habla en euskera, que es la Comunidad foral de Navarra, País Vasco e Iparralde. Pero fuera de este territorio, hace 2.000 o 1.000 años se ha hablado también un tipo de lengua que tiene que ver con el euskera actual. El euskera no es la misma lengua que hablaban estos pueblos por supuesto, sería muy distinto, pero tiene elementos comunes que hoy en día identificamos. Pero aquellos pueblos de Aquitania o Vasconia que hablaban aquellas lenguas de tipo vasco son las que podríamos considerar algunos de nuestros antepasados", finaliza Anton Erkoreka. 




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domingo, 2 de mayo de 2021

Crucita Etxabe y Gernika

Ha pasado una semana desde que se conmemorara el 84 aniversario del brutal ataque aéreo fascista a Gernika y desde Deia traemos a usted esta semblanza de una de las sobrevivientes a esa fatídica jornada.

Lean:


De Gernika en llamas al 'Guernica' en París

La superviviente del bombardeo Crucita Etxabe inauguró el Teatro Nacional Chaillot, construido para la Exposición Universal de 1937 en la que se descubrió la obra de Picasso

Iban Gorriti

Nos cita en la misma cafetería de Gernika-Lumo en la que, años atrás, lo hicieron el hijo del lehendakari Aguirre y el del corresponsal de guerra George L. Steer. Se llama Crucita Etxabe Garro y ayer, Primero de Mayo, cumplió 91 años.

Sus ojos azules de cuento son supervivientes del bombardeo aéreo que la Alemania nazi, la Italia fascista y la España militar golpista causaron contra la villa foral vizcaina el 26 de abril de 1937. De aquel sangriento día bajo las llamas, la grabadora recoge una frase que nunca ha olvidado y que escuchó a su ama: "Giltzak poltsikoan, baina etxerik ez". Es decir, las llaves de casa en el bolsillo, pero sin hogar. Aquella vivienda de la calle Ocho de Enero fue una de las que las bombas incendiarias de apenas 30 centímetros redujeron a polvo, convirtiendo los sueños familiares en pesadillas.

Minutos antes del ataque de la Legión Cóndor y de la Aviazione Legionaria, Crucita vivía una cuenta atrás de seis días para celebrar su séptimo cumpleaños. Estaba feliz. Sin embargo, el ataque aéreo le cambió la vida. "Yo en ese momento estaba con mis amigas y la muchacha que cuidaba a una de ellas merendando en Cuatro Bancos, en sentido a Lumo. Nos metimos en una cuneta y justo pasó mi hermano mayor que era gudari y le dijo a la muchacha que se quitara el delantal blanco que se estaba delatando a los aviones. Recuerdo esto perfectamente, sin embargo no preguntes quién hizo la comunión conmigo".

Mari Cruz es la menor de seis hermanos. "La única viva", levanta el dedo índice. Los dos mayores fueron gudaris: José María y Vitorino. Le seguían por edad María Luisa, María Dolores, Javier –futbolista que militó en el Alavés y el Racing de Santander– y ella es la benjamina.

A escasos metros de la zanja en la que trataban de camuflarse cayó una bomba que "dejó ocho muertos". Al anochecer, volvieron a la villa que estaba ardiendo y humeante. "Era un desaguisado. Te venían preguntando si habías visto a tal persona y tú lo mismo. Horrible. Igual que el cuadro de Picasso", equipara.

El matrimonio compuesto por la tendera aulestiarra Francisca Garro y el carrocero zumaiarra Pello Etxabe partió con su prole a casa de unas primas en Bilbao. De allí, buscarían paz en Gordexola, pero Crucita y sus hermanos María Luisa y Javier la acabarían hallando en París, vía marítima a Burdeos. "Fuimos con Segundo Olaeta que era de Gernika y formamos parte del cuadro artístico infantil Elai Alai, antes de que creara los Ballets Olaeta".

Ella era la segunda más joven. La primera, Lide, hija de Segundo. "Yo tenía recién cumplidos 7 años e inauguramos el Teatro Trocadero". Etxabe hace referencia al denominado Teatro Nacional Chaillot que se construyó para la Exposición Universal de 1937 en la que se dio a conocer el cuadro pintado sobre lienzo de lino y yute, el Guernica de Picasso. Se halla al lado de la Torre Eiffel, en la orilla derecha del Sena. "No recuerdo que nos llevaran a ver el cuadro", duda.

De allí, se asentaron en Bry Sur Marne a 13 kilómetros de la ciudad parisina. "Olaeta era muy religioso y lo primero que hizo es ir a la iglesia a ofrecer que el Elai Alai cantara en misa", evoca quien aprendió francés en aquel enclave. "Estando allí yo hablaba euskera y francés. Ni idea de castellano. Luego perdí el francés, lo que me da pena", valora e incide en sus recuerdos: "Segundo no nos dejaba hablar en castellano bajo la multa de pagar una chiquita por cada palabra".

Permanecieron en Francia dos años y medio. En aquel tiempo conocieron al coro vasco del exilio Eresoinka. "Recuerdo a Matilde Zabalgogeaskoa creo que era, Miren Derteano, a la madre de Plácido Domingo Pepita Enbil que era encantadora y tenía una voz prodigiosa cantando Haurtxo Txikia, o a Luis Mariano, cariñosísimo y que nos comía a besos. ¡Eran todos maravillosos! De hecho, muchos hombres de Eresoinka se echaron novias de Elai Alai", se ríe.

Que no se repita

Y llegó el momento de retornar. "Cuando volvimos a Gernika, el pueblo nos recibió con la banda de música en el andén. Fue muy emocionante", enfatiza. Pasó de vivir en chalets a una chabola que, por suerte, pudo construir su padre con ayuda de unos albañiles. "Tenía una habitación, cocina y la tienda de guarnición y estaba junto a la estación, ante el Banco Hispano Americano. A los hermanos nos mandaban a dormir a dos habitaciones alquiladas".

Con el tiempo, gracias al dinero que iban ahorrando y con el padre trabajando como tasador de montes, lograron una vivienda propia. "Tanto mis hermanos como mi marido, hace cuatro años, han fallecido, pero tengo unos hijos maravillosos", sonríe mientras muestra alegres fotografías de cuando formaba parte de Elai Alai en Francia.

84 años después, el pasado lunes, la ahora cumpleañera participó en el acto de conmemoración oficiado en el cementerio de Zallo junto al también superviviente Paco García, residente en Irun. "Siempre que voy me emociono, no lo puedo evitar. Lloro", dice, y va más lejos: "Esta vez, Urkullu me causó muy buena sensación. Yo siempre he sido muy nacionalista pero cuando la escisión lo pasamos mal y no veíamos bien a Arzalluz. Sin embargo, me alegro de haber votado la última vez a Urkullu porque se me mostró muy cercano y me emocioné cuando me preguntó lo mismo que me has preguntado tú antes: ¿Se murió algún familiar? No. Le dije que no".

Pasando por delante del busto de Steer en Gernika, Crucita mira al futuro. "Es duro hacerse mayor y tengo pena de que cada vez quedamos menos supervivientes. Ahora tenemos que preocuparnos por que la gente joven si lee esto que no viva otro Gernika, que sepan lo que es y que no se vuelva a repetir. ¡Jamás!".

 

 

 

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