Una cultura desaparecidaEn la época en la que se construyó ese conjunto tumulario, los habitantes de Euskal Herria no escribían; todavía tardarían otro medio milenio en hacerlo. Estos son los años en los que fenicios y los pioneros griegos asentaban sus colonias en la costa mediterránea y daban las primeras referencias de los habitantes de la península. Pero no se conoce ninguna inscripción en la que hablen de tan tierra adentro.
Por los restos arqueológicos que nos han quedado, se intuye que la de aquella época era una sociedad marcada por la violencia. Siglos antes, en los tiempos del Bronce, los pobladores de la zona habitaban casas construidas con maderos, pajas y manteados de adobe. Demasiado frágiles y saqueables. Ahora que se ha impuesto el hierro como el metal para forjar armas, los clanes han subido a montes y riscos y han invertido enormes esfuerzos y recursos en fortificarlos.
Santa Cecilia debió de despoblarse unos dos siglos antes de la llegada de los romanos y, por tanto, de que estos denominaran vascones a los habitantes de la zona. Es lo que se intuye -explica Zuazua- de los precarios estudios que se han hecho a partir de los materiales hallados en la superficie interior de las murallas, y que seguirán sin tocarse en esta campaña.
Estamos, por tanto, ante un poblado que se corresponde con una cultura prácticamente ignota. La conocemos únicamente por la forma en que construían. Las murallas nos hablan del miedo que se tenían entre ellos. Y las casas interiores, por su similitud las unas con las otras en formas y tamaños, nos hacen pensar que constituían una cultura bastante igualitaria.
Por eso, entre otras cosas, el hallazgo de los túmulos de Garinoain es maravilloso, pues además de su espectacularidad, tiene el potencial de describirnos a sus líderes o a las personas que más prestigio alcanzaban, porque las diferencias que no se apreciaban entre ellos en vida sí emergen tras el fallecimiento. Unos merecieron un tratamiento más imponente que otros. ¿Por qué?
Los túmulos circulares, como es obvio, también ofrecen pinceladas sobre sus creencias sobre la muerte. Estamos en un momento en que no se entierra, sino que se quema. Cuando los habitantes de Santa Cecilia morían, sus vecinos y parientes construían piras con maderos y les prendían fuego hasta que las llamas se comían la carne. Pero su rito mortuorio no terminaba ahí.
Cuando la hoguera se apagaba, volvían a acercarse y cogían parte de los huesos ya mondos (no está claro aún cuáles serían las partes predilectas). Algunos los rompían para hacerlos caber en unos pequeños receptáculos de adobe que estaban en el punto central de esos túmulos circulares de piedra menuda. Probablemente, usarían algún recipiente de madera u otro vegetal para transportarlos de una parte a otra, pero el paso de 2.500 años a la intemperie, y luego bajo campos de labranza, ha hecho que desaparezcan por completo.
Los diecisiete enterramientosNo se trata de casetas derruidas, pues nunca tuvieron un techo y paredes. Simplemente, son acumulaciones de piedras con esa forma redonda, montones de areniscas con diámetros que van desde los siete hasta los dieciocho metros, varios de ellos perimetrados después con lajas que marcan la entrada a un espacio que, para esas gentes, era distinto al resto.
No es seguro tampoco -advierte el director de la excavación- que en su día se vieran como concentraciones de piedra desnuda; pudieron cubrirlas después con otros elementos. El equipo de Tesela Arqueología informa a 7K que van a llevarse a cabo estudios de polen y semillas que quizá aporten algo de luz aquí y también aclaren si realmente se daba una reutilización de estos nichos centrales. Porque, aunque no parecen tener entradas nítidas, sí hay sospechas de que la estructura no era para una sola persona, o no siempre. En el centro del círculo aparecen, en ocasiones, los restos de un individuo. En otras, aparentan ser varias personas.
Ahora los fragmentos de huesecillos, algunos parcialmente carbonizados, los están sacando e introduciendo en bolsas para su análisis. «Nos ha salido un hueso con cabeza, pero no sabemos siquiera si se trata de una tibia o un fémur. El estado de conservación tras un proceso de cremación y tanto tiempo es muy precario», explica Zuazua.
Aún así, no pierden la esperanza de que las pruebas de ADN puedan aportar algo más de información sobre los restos humanos. Lo más llamativo sería determinar el sexo para ver si el lugar de honor era algo reservado para los hombres, para las mujeres o si aparecen de los dos tipos. Si hallan restos lo suficientemente bien conservados, quizá se pueda determinar también si había alguna conexión familiar entre unos y otros.
En el centro de los túmulos no solo han aparecido huesos, también pequeños ajuares compuestos por fíbulas (broches), brazaletes que debieron de adornar el bíceps del fallecido y hasta un fragmento de una torques (collar rígido formado por una única barra metálica doblada). Todos en bronce. No son demasiado elaborados, no era un poblado rico. Los túmulos de Garinoain no describen la vida de la realeza, sino la del pueblo llano.
«Antes se deducía en función de estos ajuares si el cuerpo era de mujer o de un hombre si aparecían armas, pero se ha comprobado después que se cometían muchísimos errores. La premisa de que solo los hombres usaban armas es falsa. Ahora mismo no nos inclinamos ni por una cosa ni por otra», indica Zuazua.
La mística del círculoA la a espera de pruebas estratográficas más precisas, ha sido la tipología de las fíbulas aparecidas en el yacimiento lo que apunta la cronología concreta. Los túmulos los conectaban con su mundo místico, su religiosidad. Una de las estelas del gran túmulo, añade una pista más, pues aparecen varios símbolos. El más repetido lo componen unos círculos concéntricos -otra vez el círculo como elemento central-, que es común a otros yacimientos similares y que tradicionalmente se ha relacionado con el Sol. El otro resulta más intrigante, pues a falta aún de una mayor documentación y estudio, no han dado aún referencias de que haya aparecido en ninguna otra parte. «No sabemos qué son, tienen forma de pétalos de flor», dice el arqueólogo.
No son los únicos túmulos que han aparecido en Nafarroa correspondientes a esta etapa. Sí los mejor conservados y más grandes, lo que permitirá estudiarlos como nunca antes. «Esta necrópolis tiene sus paralelos en la Atalaya, en Kortes o Castejón. Fuera de este herrialde, podemos encontrarlas en el Valle del Huecha en Aragón… Las más similares, quizás, sean las que se han encontrado en el Corral de Mola y Arroyo Vizcarra, ambas en la comarca de Cinco Villas», asegura Marina Rodríguez. En concreto, los túmulos de Arroyo Vizcarra quedaron anegados por el pantano de Esa y solo afloran en tiempo de sequía.
«Nos han salido fíbulas que por su tipología y características son de este periodo y también unas pinzas de depilar que se corresponden con esta época», comenta la directora de campo del yacimiento. En todo lo que se ha excavado a lo largo del Valle del Ebro, en necrópolis que recuerdan a esta, aparecen los similares materiales y huesos. Esta uniformidad permite calibrar la extensión que tuvo en su momento esta cultura.
Hay que tener en cuenta que poblados de la Edad del Hierro similares a la de Santa Cecilia son muy comunes en la Zona Media de Nafarroa y Erribera. La Dirección General de Patrimonio tiene documentados más de cien. Los trabajos en el monte de Garinoain permitirán entender mejor todos ellos.
Una de las cosas que llaman la atención de estas tumbas es que se despliegan en horizontal, no en vertical. Recuerdan mucho a los crómlech, pero la distancia temporal es abismal, pues los característicos círculos neolíticos de piedra que coronan las crestas de las sierras vascas son estructuras que se construyeron entre el 3500 y el 1500 antes de Cristo. Esto es, el último crómlech es mil años más viejo que los túmulos de Garinoain.
Por otro lado, no son los 17 túmulos lo único que ha aparecido en el entorno del enclave. Junto a ellos han asomado también distintos hoyos, agujeros en forma de tinaja correspondientes a la Edad del Bronce, horadados por los pueblos seminómadas que habitaron Nafarroa entre el cuarto y el segundo milenio antes de Cristo. Concretamente, hay 80 de estos hoyos en los alrededores y el plan es excavar uno de cada cinco, ya que finalmente el trazado del TAV no los arrasará.
Asimismo, en el lado sur han surgido los restos de lo que aparenta ser un pequeño asentamiento granjero tardoantiguo, de la época del Bajo Imperio, que incluye un pozo.
Aunque tras el proceso de excavación se aprecian bien los túmulos cuando uno se acerca, lucen aún más a vista de dron. O, como antes no había estos aparatos, destacan sobre todo cuando se los mira desde lo alto del recinto amurallado que remata hoy la ermita. Quizá estuvieran pensados así para dialogar con el cielo, pero quienes habitaron la fortificación tenían a sus muertos y sus líderes muy presentes. Era lo primero que veían.
Es aquí cuando hay que volver al extraño vínculo entre el pueblo de Garinoain y las ruinas perdidas en ese monte con paisaje en mosaico de fincas de secano y llecos de coscojas y robles quejigos (a unos cientos de metros se encuentra uno de los 47 árboles monumentales de Nafarroa, un quejigo de 16 metros de altura). Los garinoaindarras acuden a la fortificación y luego la olvidan un año entero hasta que les toca volver. Hoy, por supuesto, esta es una costumbre cristiana y quizá sea solo eso. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Por qué vuelven cada año? ¿Les atraen las ruinas o recuerdan a los habitantes perdidos? Porque creer que inconscientemente peregrinan a las grandes tumbas de viejos líderes ancestrales es una completa locura, ¿verdad?