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lunes, 13 de julio de 2026

1936: La Batalla por Donostia

Se acerca el 18 de julio y en el estado español se vive un clima de tensión política muy similar al de 1936, con una derecha envalentonada dispuesta a reventar el gobierno de Pedro Sánchez a toda costa.

Ante este escenario, conviene recordar lo ocurrido hace noventa años y lo hacemos por conducto de este magnífico reportaje publicado en Naiz:


Crónica de una victoria popular sobre el fascismo

En 1936, el Ejército español se levantó contra la República con éxito desigual. En Euskal Herria, en Gasteiz e Iruñea se impuso el fascismo sin piedad y con terribles consecuencias: solo en Nafarroa hubo 3.000 fusilados y sin frente de guerra. En Bilbo no se atrevieron a intentarlo. Esperaban que Donostia, antigua ciudad vacacional de la realeza, cayese como fruta madura, algo que no ocurrió con tal facilidad.

Josetxo Otegi Arrugaeta 

Se equivocaron. Donostia se convirtió en campo de batalla que hizo realidad el “¡No pasarán!”. Surgieron muchos nombres propios; siendo imposible recordarlos a todos, no podemos dejar de mencionar a los anarquistas Manuel Chiapuso, Felix Likiniano, Kasilda Hernáez; al comunista Jesús Larrañaga; al abertzale Mario Salegi; al comandante Augusto Pérez Garmendia; al jelkide Manuel Irujo; al socialista Miguel Amilibia… Fueron artesanos de aquella victoria, no exclusivamente donostiarra. Hubo combatientes de Arrasate, Eibar, Hernani, Errenteria, Bergara, Pasaia, Bilbo y alaveses y navarros que habían huido de la represión, sin olvidar a los asturianos, galegos y tantos otros…

Contra todo pronóstico, resistieron con firmeza al fascismo y lo vencieron. Este año se cumplirán 90 años de aquellos acontecimientos que conoceremos de cerca a continuación.

18 de julio, sábado: confusión 

El Ejército español se rebeló en África. “El Diario Vasco” publicó en su portada una curiosa noticia: «Hoy hará buen tiempo». Proporcionaba así la señal para el alzamiento a quienes esperaban la orden. Circularon mil rumores y reinó la confusión. Sin pérdida de tiempo, las organizaciones de izquierda empezaron a organizar a su gente, por si acaso. Bernardino Vega, trabajador de Telégrafos, retuvo un telegrama: lo enviaba desde Iruñea el general Mola al gobernador militar de Gipuzkoa, León Carrasco: Mola le ordenaba que declarase el Estado de Guerra. Bernardino entregó el telegrama a las autoridades. Sin saberlo, ganó un tiempo muy valioso pero, por ello, los franquistas lo fusilaron después en 1938.

Aquella confusión afectó también al PNV, cuya dirección debatía qué hacer en Donostia. Desautorizó a Manuel Irujo, que públicamente ya se pronunció contra el levantamiento, y se decidió la neutralidad del PNV, que se daría a conocer al día siguiente en “El Día”. Sin embargo, tanto Irujo como (José) Lekaroz, director del periódico, decidieron por su cuenta no hacerlo, pues aquella postura era inviable. Desde entonces, Irujo se esforzó en convencer a sus colegas del apoyo a la República.

19 de julio, domingo: tensión y organización

Las inquietantes noticias que llegaban aumentaron la tensión. Hacia las 04:00, el gobernador militar Carrasco convocó en la Comandancia Militar (calle Ijentea, actual Palacio Goikoa) a los tenientes coroneles De la Brena y Vallespín. Estos se dirigieron desde el cuartel de Loiola escoltados por dos vehículos blindados y varios camiones con soldados. En Alde Zaharra la gente estaba alerta. Allí tenían sus sedes PSOE, UGT, PCE, PNV y ANV. Al llegar al Boulevard, dispararon contra el convoy militar, matando a un soldado. Los militares colocaron frente a la Comandancia Militar dos ametralladoras y dos cañones, «por seguridad».

Nadie dormía. De madrugada, un coche amarillo ocupado por fascistas recorría la ciudad tiroteando a los grupos de trabajadores organizados (milicianos) que encontraba. Proliferaron francotiradores aislados, disparando desde las casas a los milicianos. Las armerías fueron asaltadas (por ejemplo, en la calle Hondarribia) y se improvisaron talleres para fabricar armas (los anarquistas fabricaron granadas en Oria y cócteles molotov en Trintxerpe).

El gobernador civil, Jesús Artola, convocó al gobernador militar Carrasco al Gobierno Civil (calle Okendo). Debido a la nula confianza que inspiraron sus respuestas, Carrasco quedó retenido. Ante la gravedad de la situación, se organizó una Junta de Autoridades, formada por el gobernador civil, los cinco diputados a Cortes por Gipuzkoa (los jelkides Manuel Irujo, Rafael Pikabea, Juan Antonio Irazusta y Jose María Lasarte, y el socialista Miguel Amilibia), así como el comandante Pérez Garmendia, uno de los escasos militares leales, que apareció por puro azar. La Junta organizó una columna para liberar Gasteiz. Cientos de voluntarios respondieron a la llamada.

En Egia, en la carretera que conduce a Loiola, se levantó una gran barricada con el material de la fábrica de ladrillos (actualmente el nº 5 de la calle Egia). En Gros, el mencionado coche amarillo fascista apareció a la altura del hospital, que se ubicaba en la actual avenida de Navarra, y los milicianos lo tirotearon. La gran incógnita eran los cuarteles de Loiola. Los anarquistas instalaron un puesto de observación en la casa del cura del hospital de la Misericordia en el alto de Zorroaga. Por la noche, los militares detuvieron a siete vecinos del barrio en los alrededores del cuartel: no querían testigos. Los encerraron durante ocho días, incomunicados, sin luz y apenas comida.

20 de julio, miércoles: dudas y preparativos

Los militares no se movieron. No sabían qué hacer. Todos esperaban. En las calles no se veían fuerzas policiales, solo grupos de milicianos. La Junta de Autoridades solicitó a Loiola la participación de artilleros en la columna que partiría a Gasteiz. El teniente coronel Vallespín llamó por teléfono al Gobierno Civil asumiendo unilateralmente el cargo de Gobernador Militar, y amenazó con bombardear Donostia si el gobernador civil no lo confirmaba en el cargo. Ante esto, el gobernador civil y otras autoridades se fueron a Eibar. Los que se quedaron en Donostia, dejaron el Gobierno Civil y se trasladaron a la Diputación (Plaza de Gipuzkoa) como medida de seguridad.

21 de julio, martes: comienza la partida

A las 10:00 de la mañana, la columna que liberaría Gasteiz se alineó para salir por la carretera general en el Antiguo. Esperaron en vano a los militares de Loiola. La columna la formaban miembros de las milicias populares, guardias civiles repúblicanos, carabineros y mikeletes, en total unas 500 personas. El comandante del Ejército Augusto Pérez Garmendia la encabezaba (destinado en Oviedo, el alzamiento lo sorprendió de vacaciones en Biarritz. Se presentó en el gobierno civil de Gipuzkoa, y comprobada su lealtad, le pidieron que se quedara). La columna se armaría en Eibar, donde se reuniría con una columna de Bilbo, para después dirigirse a Gasteiz por Arrasate.

Hacia el mediodía, el gobernador militar Carrasco fue liberado. Fue al Hotel María Cristina, llamó a la Unión Radio y anunció al locutor que se declaraba el Estado de Guerra. Después, Carrasco marchó al cuartel de Loiola. Los milicianos, sin tardar, tomaron la Unión Radio San Sebastián (en la avenida de la Libertad), interrumpiendo la emisión del comunicado de Carrasco.

Hacia las 17:00, dirigidos por el capitán de la Guardia Civil Adolfo Cazorla, un grupo de falangistas, guardias civiles y guardias de asalto dispararon contra un conjunto de gente y carabineros republicanos reunidos delante del Hotel María Cristina. Mataron a dos personas, tomaron rehenes y se hicieron fuertes en el hotel. Mientras, el Círculo Easonense de la calle Ijentea (actualmente debajo está la pastelería Oiartzun), la Comandancia Militar y la Comandancia de Marina (actual Hotel Lasala Plaza) ya estaban en manos de los sublevados. En el Casino (actual Ayuntamiento) se parapetaron otros soldados, guardias civiles y falangistas.

En Gros, un grupo de francotiradores tomaron el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Ambos edificios permitían dominar las calles Ramón Mª Lili, Usandizaga y Agirre Miramon, y mantenían bajo su fuego el puente del Kursaal. Muy cerca de allí, otro grupo tomó el edificio de La Equitativa, desde allí controlaban el puente de Santa Catalina (paso entre Gros, Egia y el Centro).

Las autoridades republicanas de Donostia ordenaron que volviese la columna que partió hacia Gasteiz. Se encontraba en Arrasate, reforzada con gentes de Eibar, Arrasate y una columna de Bilbo (dirigida por el teniente de Asalto Justo Rodríguez). Entrarían de vuelta en Donostia por distintos sitios, unos en tren, otros en camión.

22 de julio, miércoles: la jornada clave

En la noche del 21 al 22, los militares salieron del cuartel de Loiola por fases. Primero establecieron un perímetro defensivo alrededor del edificio para protegerlo de cualquier ataque. En Egia, 100 soldados dirigidos por un capitán tomaron los caseríos que se encontraban a 150 metros del cementerio de Polloe (actualmente, calle Gabriel Aresti), ya que desde ellos se dominan los cuarteles de Loiola. Además, se apoderaron del convento de las Hermanas de los Pobres en Aldakonea. Entre aquellos soldados había tiradores de élite que causaron numerosos muertos entre los milicianos.

Los caseríos de Egia (Lorenziene Aundi y Txiki, Udaraberri, Etxetxo, Zamarra, Igola, Sibilia Haundi, Otxoki…) formaron un frente de guerra. Todos sufrieron daños materiales y el saqueo de los soldados. La situación estratégica del caserío Txurkoene motivó duros combates por su posesión. Su fachada y muros laterales fueron acribillados a tiros, y en la pared oeste un cañonazo del cuartel de Loiola hizo un gran agujero. En el hoy desaparecido caserío Moskotegi, los militares mataron al joven Miguel Alkiza y robaron a sus residentes. En Sibilia Txiki (hoy desaparecido), al encontrarse atrapado entre dos fuegos sus 22 habitantes -entre ellos 14 niños-, pasaron tres días refugiados en la cocina de la planta baja.

Los militares también tomaron el monte Ametzagaña, detrás del cuartel, donde posicionaron dos cañones de 155 mm y varias ametralladoras. Como les cortaron el suministro de agua, los militares obtuvieron allí el agua necesaria. También en esa zona, los soldados tomaron el asilo de Uba para protegerse de posibles ataques desde Martutene.

En el barrio de Gros, el miliciano Ceferino Rey murió a manos de francotiradores a la altura del nº 10 de la calle Miracruz. No lejos de allí, los milicianos hostigaban a los fascistas situados en el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Les atacaron con botellas incendiarias, quemando las oficinas y el bar del frontón. En la esquina de la calle Iztueta y el paseo de Francia (los jardines de la Estación del Norte), los militares colocaron una ametralladora con la que, además de matar a varios milicianos, impedían el paso de todo vehículo entre Gros y Egia.

El momento decisivo

Hacia las 04:00 de la mañana salió una columna del cuartel de Loiola, dirigiéndose por la orilla del Urumea hacia el centro de la ciudad (el barrio Amara Berri no existía). Los milicianos les dispararon desde la otra orilla. Creyendo que les disparaban desde el caserío Beroiz-enea (actualmente desaparecido, estaba en el recinto actual del campus de Deusto), los soldados les dispararon dos cañonazos y 125 balas, destrozándolo e hiriendo a sus residentes.

Al llegar al barrio de Amara, la columna se dividió. Una parte siguió por el paseo Árbol de Gernika y llegó sin problemas hasta el Hotel María Cristina. Pero la columna que entró en la calle Urbieta chocó con una firme resistencia a la altura de la calle Larramendi, donde tenía su sede (sobre el actual bar El Nido) el sindicato anarquista CNT, que organizó su defensa: cerraron por ambos lados la calle Larramendi con barricadas, se atrincheraron en el convento del Corazón de Jesús situado enfrente y en las Escuelas Públicas de la calle Urbieta. También colocaron vigías en los tejados de las calles Moraza, Urbieta y Larramendi, con explosivos artesanales y botellas incendiarias.

Eran las 04:30 cuando los militares se adentraron en la calle Urbieta. Cerca de la calle Moraza, los milicianos abrieron fuego. Los soldados, al no poder avanzar, entraron en grupos en varios edificios, como el Hotel Correo (esquina de calle Urbieta con calle Larramendi). También intentaron rodear la calle Larramendi por la calle Prim, pero fue en vano. Entonces, la tropa retrocedió hasta la plaza Centenario: desde allí, y desde el portal nº 42 de la calle Urbieta, bombardearon con morteros las barricadas de la calle Larramendi. Con un vehículo blindado ametrallaron los portales donde estaban los milicianos, que utilizaban colchones confiscados en las casas para protegerse. Los militares obligaron a varias personas a retirar las barricadas y a sacar a sus heridos de lugares peligrosos. Dentro de algunas casas hubo combates.

La CNT se estaba quedando sin municiones. Algunos milicianos fueron en un camión blindado improvisado al cuartel de la Guardia Civil de Ondarreta en busca de armas. En el cuartel, que estaba vacío, consiguieron unas cajas de granadas. Tan pronto como entraron en la calle Urbieta, los militares lo alcanzaron con fuego de mortero, destruyendo el camión, pero se salvaron las granadas, y con ellas contuvieron nuevos ataques fascistas.

Pero esas granadas también se acabaron. La situación era dramática. Entonces se produjo un giro inesperado: hacia las 09:00 de la mañana, entró en Amara un tren lleno de milicianos bien armados proveniente de Eibar. Estos no sabían qué encontrarían, pero reaccionaron rápidamente. Bajaron del tren y dispararon sobre los soldados, atrapándolos por la retaguardia por sorpresa. Los militares intentaron repelerlos en la calle Moraza, pero tuvieron que huir a Loiola, abandonando sus armas pesadas.

Dos columnas milicianas más, también procedentes de Eibar, aparecieron por Aldapeta cantando “La Internacional” y por la actual avenida Zumalakarregi en el Antiguo. Los milicianos de la CNT habían resistido durante cinco horas en un combate tan desigual como decisivo para el fracaso del alzamiento fascista en Donostia. El comandante Augusto Pérez Garmendia, al llegar a Donostia, ayudado por el comandante García Larrea, estableció su cuartel general en el nº 47 de la calle Easo.

Paralelamente, los sublevados lograron sabotear unas horas las instalaciones de la antena de la Unión Radio San Sebastián en el monte Igeldo. Los milicianos repararon las averías. Los militares dispararon entonces a la antena con un cañón de 155 mm desde Ametzagaña. No la alcanzaron de lleno por poco.

¿Qué sucedía en Alde Zaharra? Aquella mañana, unos 100 milicianos atacaron la Comandancia de Marina. Tras una breve lucha, la tomaron, pero no sin sufrir bajas. Condujeron a los oficiales de Marina capturados a la sede del UGT (nº 28 de la calle 31 de Agosto). Acto seguido, varios milicianos (entre ellos el abertzale Mario Salegi), armados en su mayoría con pistolas, atacaron el Club Náutico, al cual se acercaron protegiéndose tras un muro; corriendo y disparando a las ventanas, entraron por la planta baja y continuaron la lucha en el interior, apresando a varios guardias civiles. Poco después, se llevaron en txalupas a los prisioneros y a los heridos por las escaleras traseras del Club Náutico hasta el puerto, evitando los disparos del Casino.

Este constituía una posición muy difícil. Se habían realizado varios intentos para tomarlo, sin éxito. Los sublevados tenían tres ametralladoras pesadas apuntando al Boulevard, a la calle Mayor y a la zona del Club Náutico. Además, el Casino estaba rodeado de una valla de hierro, un obstáculo importante.

Aquella misma mañana, en Pasaia, los arrantzales del sindicato Avance Marino tomaron por sorpresa el Torpedero nº3. Obligaron al teniente de navío, Amador González-Posada, a llevarlo hasta Donostia, para ayudar en la lucha contra los fascistas. El militante de ANV José Placer Martínez de Lecea, gasteiztarra, se puso al timón. Hacia el mediodía, el Torpedero nº3 entró en la bahía de la Concha, disparando al Casino. No provocó grandes daños, sus cañones eran de pequeño calibre (47 mm), aunque debilitó la moral de sus ocupantes. Los cañones de 155 mm que los militares tenían en Ametzagaña abrieron fuego contra el torpedero sin alcanzarlo, pero forzándolo a salir de la bahía. El torpedero se situó en la Zurriola y bombardeó el Hotel María Cristina, causando escasos daños, pero desgastando la moral de los sublevados.

Otra columna procedente de Eibar (entre ellos 35 guardias civiles republicanos dirigidos por el comandante García Ezkurra) entró corriendo en el Boulevard por las calles Elkano y Garibai. Cubriéndose tras los árboles, se acercaron al Casino en medio de un violento tiroteo. Otros milicianos se les sumaron en el ataque por las bocacalles de Alde Zaharra. Ayudándose para alcanzar las ventanas, entraron en el Casino. Tras una lucha cuerpo a cuerpo, lo tomaron. Acto seguido, atacaron la Comandancia Militar, que se rindió inmediatamente.

El siguiente objetivo sería el Hotel María Cristina. Se emplearon todos los medios al alcance para someterlo: lo tirotearon (desde el Teatro Victoria Eugenia y alrededores), se utilizó un mortero capturado en Amara y se intentó incendiar el hotel empleando una bomba de los bomberos para lanzar el combustible (el conductor del camión cisterna murió en el tiroteo). Los fascistas colocaron rehenes en las ventanas del hotel para impedir los disparos milicianos. Varios rehenes murieron así, como Anastasio Carro, atrapados entre dos fuegos .

23 de julio, jueves: punto de inflexión

Por la mañana, los militares intentaron un nuevo ataque desde Loiola, pero el puente que une Loiola y Egia estaba prácticamente derruido por los explosivos de los milicianos, frustrando la ofensiva.

Paralelamente, los milicianos atacaron la ametralladora de la calle Iztueta (Gros) con un cañón de montaña desde el final de la calle Iparragirre, causando heridos en la posición. Finalmente, un miliciano lanzó dos bombas de mano por encima de la valla de los jardines y acabó con la ametralladora. Cerca de allí, quince milicianos atacaron a los atrincherados en La Equitativa. Colocaron un cañón enfrente, por detrás de un surtidor de gasolina cercano, mientras les disparaban desde el edificio. Los milicianos, sufriendo cuatro muertos, solo acertaron de lleno un cañonazo y tuvieron que retroceder. Al otro lado del río, hacia el anochecer, los sublevados del Hotel María Cristina se rindieron, al ver que no recibirían ayuda exterior. Los milicianos hicieron cientos de prisioneros. Viendo esto, bajo la presión de los milicianos, los sublevados abandonaron inadvertidamente La Equitativa, el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. No lejos de allí, tras un duro tiroteo, los militares se retiraron del convento de las Hermanas de los Pobres del alto de Aldakonea (Egia).

24 de julio, viernes: comienza el sitio de los cuarteles

Los militares se replegaron al cuartel, abandonando la posición de Ametzagaña, que fue inmediatamente ocupada por los milicianos. Comenzó el asedio de los cuarteles de Loiola. Los milicianos también tomaron posiciones en torno al asilo de Uba. Desde allí disparaban contra los cuatro obuses emplazados en el patio del cuartel apuntando a los fuertes de San Marko (Errenteria) y Txoritokieta (Astigarraga), en manos republicanas, impidiendo que los utilizaran. Era una situación paradójica en la que los sitiados estaban mejor armados que los sitiadores. Los milicianos emplearon todo medio a su alcance: bombardearon el cuartel con una avioneta civil pilotada por el concejal de Gasteiz Sebastián San Vicente, pero con escaso resultado.

Por otra parte, se clausuró “El Diario Vasco” (nº 37 de la calle Garibai) por orden gubernativa y su imprenta fue confiscada por complicidad con el alzamiento fascista. En su rotativa se comenzó a imprimir el periódico “Frente Popular”, publicado diariamente hasta la caída de Donostia en manos fascistas (13 de septiembre).

25 de julio, sábado / 26 de julio, domingo: asedio

Continuó el asedio. Se volvió a bombardear el cuartel: el sábado, con una avioneta civil, y el domingo, con un trimotor republicano procedente de Madrid. Además de causar heridos y daños importantes, debilitó mucho la voluntad de lucha de los soldados.

27 de julio, lunes: asedio

Los milicianos acarrearon un obús de 275 mm desde el fuerte de Guadalupe (Hondarribia). Lo colocaron en el alto de Amara. El primer disparo cayó delante del cuartel; el segundo, pasó por encima; el tercero y el cuarto, dentro. Muchos soldados desertaron. Ignacio Aramendi, soldado que estaba preso en el cuartel, fue enviado por los oficiales a la Diputación con una carta con las condiciones para su rendición.

28 de julio, martes: victoria popular

Tras varias negociaciones, los militares se rindieron oficialmente en el puente de Urdinzu, delante de los cuarteles, quedando completamente vencido el alzamiento fascista en Donostia. Lo hicieron ante una representación de la Junta de Autoridades, pues temían a los milicianos y buscaban la protección de una autoridad oficial. Los diputados Rafael Pikabea (PNV), Juan Antonio Irazusta (PNV), Miguel Amilibia (PSOE), Jose María Lasarte (PNV) y Manuel Irujo (PNV), además del comandante Augusto Pérez Garmendia y Jesús Larrañaga (PCE), representaron en este acto al pueblo.

Mientras, los milicianos anarquistas entraban en el cuartel por el puente de Espartxo (en la parte posterior) y se apoderaron de la mayoría de fusiles. Aquello produjo una crisis entre las fuerzas antifascistas, pero no fue a más. La CNT siempre puso aquellas armas al servicio de la lucha contra los sublevados. Los prisioneros capturados en Loiola fueron trasladados a la Diputación bajo fuerte escolta. Las banderas de los regimientos de artillería e ingenieros fueron colocadas en el balcón principal de la Diputación. Fue una victoria tan cara como efímera: duró hasta el 13 de septiembre. Pero fue, sin duda, una gran victoria popular, que merece ser recordada y celebrada.




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lunes, 6 de julio de 2026

Guerra | La Fiesta como Telón de Fondo

¿Qué ocurría en Iruñea en los días previos al levantamiento fascista en contra del gobierno de la Segunda República?

Recordemos que la violencia españolista estalló el 18 de julio, solo unos días después de celebrarse los Sanferminak de 1936, hace noventa años.

Pues bien, para arrojar luz a ese escenario, nada mejor que este reportaje publicado en Naiz:


La fiesta como telón de fondo de la conspiración que desató la matanza

Hace 90 años, los sanfermines se convirtieron en el telón de fondo de la conspiración que desató la matanza de 1936. Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de las fiestas como podían entre tormentas, el general Mola y el director de «Diario de Navarra» terminaban de definir en Iruñea la sublevación para acabar con la Segunda República.

Pello Guerra

Los sanfermines de 1936 se convirtieron hace 90 años en el telón de fondo en el que se terminó de definir la conspiración que, nada más terminar las fiestas, iba a desatar una matanza en el frente de guerra y también en la retaguardia, especialmente en el caso de Nafarroa, con más de 3.500 personas fusiladas en cunetas y montes.

Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de los principales actos de las fiestas, que por aquel entonces se extendían del 6 al 18 de julio, el gobernador militar de Nafarroa, el general Mola, y el director de “Diario de Navarra”, Raimundo García, más conocido como “Garcilaso”, se reunían en terrazas, en la plaza de toros o incluso en el claustro de la catedral para preparar la sublevación contra el Gobierno de la Segunda República española.

Cuando unos pocos meses antes, el 14 de marzo, Mola recaló en Iruñea como nuevo gobernador militar, en la sombra era “el Director”, es decir, el responsable de organizar el golpe de Estado con el que varios generales querían acabar con el Ejecutivo del Frente Popular, la coalición de izquierdas que había ganado las elecciones estatales de febrero de ese año.

En ese empeño, en la capital navarra iba a contar con el apoyo incondicional del director de “Diario de Navarra”, al que había conocido en la guerra de Marruecos y que conseguiría sumar a la conspiración militar al carlismo, que se estaba preparando para realizar su propia sublevación desde la misma proclamación de la República en 1931.

Ese apoyo de boina roja, al que se sumó Falange Española, fue uno de los diversos flecos de la conjura que se terminaron de cerrar durante los sanfermines de 1936, unas fiestas que empezaron marcadas por la meteorología.

De hecho, el día 5 estalló una tormenta tan fuerte que generó «desperfectos de gran consideración» en las barracas del Ensanche, hasta el extremo de que tuvieron que cerrar por inundación, según reseñó la prensa de la época.

Cohete a cargo de los Ilundain

Las nubes dieron un respiro la mañana del lunes 6 de julio, lo que permitió lanzar los cohetes que anunciaron el comienzo de las fiestas, una costumbre desarrollada por el estanquero de izquierdas Juanito Echepare.

Sin embargo, según la crónica de “La voz de Navarra”, ese año no se ocupó Echepare de tan celebrada tarea, sino Nicolás Ilundain, operario de la casa Oroquieta, y su hermano Miguel. Ambos dieron inicio a los sanfermines de 1936 en compañía de la chavalería y del exconcejal de Iruñea Javier Ciga; el presidente del Orfeón, Mariano Arteaga; y precisamente del periodista conspirador Raimundo García.

Tras el lanzamiento de los cohetes, varias bandas que estaban concentradas en la plaza Consistorial esperando el momento se diseminaron por la ciudad para animarla con su música.

A la tarde tuvieron lugar las vísperas, a las que asistieron el alcalde y los concejales de derechas, tras un improvisado “Riau-riau” sin corporación oficial, ni maceros, clarines y timbales, aunque sonando de fondo el “Vals de Astrain” y con la presencia de gigantes y cabezudos.

Ya por la noche regresaron las tormentas, que obligaron a suspender el lanzamiento de los fuegos artificiales, previstos, como era habitual, a las 22.00 horas en la plaza de la República (actual plaza del Castillo), al igual que la verbena.

De esta manera arrancaron unas fiestas en las que los encierros empezaban a las 7.00 de la mañana, las corridas de toros a las 16.30 (ese año estaban programadas cuatro y una novillada) y el encierrillo a las 22.30, y que contaban con actuaciones musicales en la citada plaza, en el paseo de Sarasate y en el bosquecillo de la Taconera.

En el Teatro Gayarre, ese año las compañías del María Isabel de Madrid y de Carmen Díaz pusieron en escena obras de Pedro Muñoz Seca y de Quintero y Guillén, mientras se proyectaban películas en el Coliseo Olimpia, el cine Novedades y al aire libre en la plaza del 22 de agosto (actual plaza del Vínculo).

Por su parte, los aficionados podían disfrutar de los partidos de pelota en el Euskal Jai y en el frontón Moderno (antecedente del actual frontón de la Mañueta), y en el Lawn Tenis Club había campeonatos de tiro al pichón. A lo que se sumaban las ya citadas barracas instaladas en el Ensanche y el Americain Cirque, que contaba con «feroces leones», cerdos saltadores, la Mujer Pájaro y los “clown” hermanos Díaz.

Noche «lamentable»

El martes 7 de julio se celebró el primer encierro después de unas animadas dianas, que entonces empezaban a las 6.00 horas. La carrera duró «un poco más de dos minutos», según los cronistas de la época, y al encierro siguió la suelta de media docena de vaquillas.

Los astados no llegaron a ser toreados por la tarde, ya que una nueva tormenta obligó a suspender la corrida, que se aplazó para el viernes día 10. Ese percance meteorológico no supuso ningún problema para la gente que estaba con ganas de juerga y que protagonizó una noche «alborotada y vergonzosa», en la que, según el cronista de “Diario de Navarra”, «las palabras soeces, las blasfemias, la carnavalada chapucera y destrozona fue la nota desagradable. Fue una noche lamentable».

El periodista de “El Pensamiento Navarro” prefirió quedarse con una imagen de «mucha animación», con las terrazas llenas y sonando por todas partes «charangas, chistus y cantos».

El miércoles 8, el encierro fue también especialmente rápido, «unos dos minutos», con los cabestros de Alaiza de nuevo marcando un ritmo endiablado a la manada, que se veía acompañada por «carreristas», según “Diario de Navarra”, y de «korrikalaris», según “La Voz de Navarra”, que en muchas ocasiones participaban en el evento elegantemente vestidos con americana.

Por fin lució el sol después de tres jornadas de «tormentas espantosas que convirtieron el antiguo Ensanche en una laguna», recordaba “El Pensamiento Navarro”.

Mientras la ciudad disfrutaba como podía de las fiestas, el general Mola seguía con sus planes subversivos aparentando la más absoluta normalidad. Se dejaba ver en los encierros, en la corrida de la tarde o en la terraza del Kutz, en la entonces plaza de la República. Pero, en realidad, no descansaba, ya que aprovechaba los encuentros festivos, como los eventos en la plaza de toros, para seguir conspirando con su hermano Ramón o los generales Joaquín Fanjul y Gregorio Benito.

El Carlismo se suma a la sublevación

El jueves 9, el encierro fue protagonizado por seis novillos. Uno de ellos se giró en la Estafeta para descender por el tramo de calle que ya había cubierto y hubo que ir a buscarlo con los mansos para conducirlo hasta la plaza, donde todavía se paró un rato en el coso.

Fue una jornada de frío que la gente que disfrutaba de las fiestas intentaba paliar «redoblando las raciones de churros y chacolí».

Ese mismo día, el claustro de la catedral de Iruñea fue escenario de una reunión trascendental. En ese encuentro participaron el general Mola, el director de “Diario de Navarra” y Tomás Domínguez Arévalo, el conde de Rodezno, destacado líder carlista. Este último se comprometió con el gobernador militar a que el requeté se sumaría a la sublevación militar de “el Director”. Mola acababa de conseguir el respaldo civil que quería para su alzamiento gracias a la decisiva intercesión de Garcilaso.

El viernes 10 no estaba previsto celebrar ni encierro ni corrida y, por ese motivo, se aprovechó el hueco para realizar el festejo que tuvo que ser aplazado el día 7. A las 7.00 corrieron por las calles de la ciudad cuatro de los ocho toros desplazados a Iruñea por la ganadería Albayda, ya que el resto había protagonizado el encierro del día del patrón.

Un corredor terminó con un tobillo roto al caerle sobre la pierna uno de los morlacos en Santo Domingo, mientras que a otro mozo un toro le partió la blusa en la plaza Consistorial. En la plaza de toros, un corredor cogió del rabo a un morlaco para que se volviera cuando ya iba a entrar en corrales, lo que llevó al redactor de “Diario de Navarra” a abogar, de forma expeditiva, por «coger al sujeto de los pelos y colgarlo después».

Ese día, Garcilaso se trasladó a Donibane Lohizune para comunicarle al líder de los carlistas, el regente Javier de Borbón-Parma, el acuerdo alcanzado por el conde de Rodezno con Mola en la catedral. Este fue uno de los varios viajes que realizó el director de “Diario de Navarra” para impartir instrucciones de la conspiración que estaba organizando el general.

Mientras la conjura seguía su curso, el Casino Principal y el Casino Eslava celebraron sus respectivos bailes anuales, que empezaban a media noche y se alargaban hasta más allá del amanecer para, a continuación, acudir los asistentes al encierro.

El sábado 11, el rápido encierro del día se celebró «en familia», ya que «el tiempo inseguro, con mucho frío» y con temporal en el Cantábrico había retraído la llegada de visitantes desde Gipuzkoa y Bizkaia.

El encierro más peligroso

El domingo día 12 se celebró el último encierro de ese año, que fue el más peligroso de las fiestas, ya que varias caídas en la entrada de la plaza dejaron a su paso un herido por asta, José María Istúriz, que fue trasladado a la clínica San Miguel, y 15 heridos leves. En el ruedo, el mayoral Moncayola tuvo que llevar a un toro rezagado a corrales.

Incluso «una espontánea intentó torear a los toros hasta que los agentes la retiraron», según recogía el redactor de “El Pensamiento Navarro”, que se quejaba de que «millares de personas» no habían conseguido acceder a la plaza para ver la carrera, por lo que pedía que se hiciera una mayor para atender a una demanda en aumento.

El 12 de julio fue una de las fechas barajadas por Mola para dar el golpe de Estado, que después pasó al 14, el 15 en el caso de África, y que llegó a retrasar a la madrugada del 21 al 22. Tras esas modificaciones, terminó fijándola para el amanecer del domingo 19.

El lunes 13 los que ocuparon la arena de la plaza de toros fueron los artistas del Americain Cirque, que congregaron a numerosas personas que tras la función, disfrutaron de las barracas o acudieron al teatro.

Ese mismo día, y aunque oficialmente las fiestas se prolongaban hasta el 18 de julio, el alcalde de Iruñea, Tomás Mata y Lizaso, hizo un balance de los sanfermines y se mostró «muy satisfecho por la forma en que han transcurrido». Y como muestra del «movimiento» registrado, destacó que entre el sábado y el domingo habían entrado en Iruñea 4.140 autos de turismo y 267 autobuses.

En cambio, el redactor de “Diario de Navarra” lamentaba «la libertad y tolerancia cada vez más peligrosa que disfrutan ciertas gentes que se creen que venir a Pamplona es a terreno conquistado».

Estos balances coincidieron con la difusión, tras pasar por la censura, de las noticias sobre dos muertes que tensionaron todavía más el panorama político. La noche del 12 de julio, el teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo, de ideología socialista, era abatido por cuatro pistoleros de extrema derecha en Madrid.

En respuesta, esa misma madrugada, un grupo de asalto y miembros de las milicias socialistas fueron a buscar a su domicilio al líder derechista José Calvo Sotelo y, mientras lo llevaban a la Dirección General de Seguridad, le dispararon en la cabeza.

La «palabra de honor» de Mola

Tras dos jornadas marcadas por el eco de esas dos muertes, el jueves 16, y «siguiendo la costumbre de años anteriores», la Comisión de Fomento del Ayuntamiento de Iruñea organizó en la plaza de toros otra función de circo «en beneficio de los niños y de la clase humilde», de tal manera que la entrada era gratuita, salvo las sillas de pista y palco.

Mientras esto ocurría en Iruñea, Mola se reunía con su superior, el general Domingo Batet, en el monasterio de Iratxe, en Lizarraldea. Acudió acompañado de su ayudante, Emiliano Fernández Cordón, y provistos con bombas de mano, por si se trataba de una emboscada, ya que Batet era fiel a la República. Este último le pidió a Mola que aclarase si eran ciertos los rumores de sublevación y este le respondió que de eso no había nada, y le dio su palabra de honor de que no estaba embarcado en ninguna aventura. Hizo estas afirmaciones en el mismo lugar donde se había reunido con varios cabecillas carlistas y falangistas para terminar de perfilar la sublevación. Tras ser informado de esos encuentros, el alcalde de Lizarra, Fortunato Aguirre, denunció lo que estaba ocurriendo al presidente del Consejo de Ministros español y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. Este último, lejos de tomar medidas, le aseguró que «Mola es leal a la República» y no hizo nada.

El viernes 17, y tras disfrutar el día anterior del circo, los chicos acogidos en la Casa de Misericordia pudieron degustar churros gratis en el recinto ferial y después disfrutaron «recorriendo todas las instalaciones de recreo».

El sábado 18, oficialmente último día de las fiestas, los sanfermines terminaron sin un acto especialmente programado, como venía sucediendo desde hacía años. Sin embargo, en esta ocasión se había decidido celebrar una verbena en beneficio de los barraqueros para paliar las pérdidas sufridas a causa de las fuertes tormentas registradas antes y durante las fiestas.

Pero ese baile se vio condicionado por la sublevación diseñada por Mola, que ya había comenzado en los cuarteles de África, aunque la prensa no había recogido la noticia.

Ese sábado, tres aviones aterrizaron en el campo de aviación de Noain. Se trataba de otros tantos pilotos de Cuatrovientos que habían desertado y viajado con sus aparatos a Iruñea para ponerse a las órdenes de Mola. El gobernador civil de Nafarroa intentó quedarse con los aparatos, pero Mola y los suyos les quitaron las hélices y las guardaron en los cuarteles.

Rodríguez-Medel, abatido a tiros

El general golpista se reunió ese día con el comandante de la Guardia Civil en el herrialde, José Rodríguez-Medel, que era fiel al Gobierno republicano y que ya había alertado de los preparativos de la conspiración sin resultado. En ese encuentro, Mola le informó de que iba a sublevarse en unas horas y le animó a sumarse, algo que Rodríguez-Medel rechazó.

Con la evidencia de lo que se avecinaba, el comandante se dirigió al Gobierno Civil, situado entonces en la avenida de Roncesvalles, para anunciar al gobernador, Mariano Menor Poblador, que la sublevación era inminente. Allí se intentó formar una especie de gabinete de crisis con varios líderes de izquierdas.

En ese encuentro, Rodríguez-Medel decidió trasladar a sus efectivos de Iruñea a Tafalla para organizar en esa ciudad la resistencia a la sublevación a la espera de recibir refuerzos de Zaragoza o Madrid.

De inmediato se trasladó al cuartel de la calle Ansoleaga, a donde iban llegando los vehículos para efectuar el traslado. Hizo formar en el patio a los guardias pero, cuando llegó el momento de salir para dirigirse a su destino, comprobó que no le obedecían. Intentó escapar en dirección a la plaza de San Francisco, pero fue abatido por la espalda con seis heridas de arma de fuego.

Su muerte fue un aldabonazo para los partidarios de izquierdas y nacionalistas vascos, que empezaron a escapar de Iruñea, convencidos de que su vida corría peligro. Entre ellos figuraba el gobernador civil, que salió hacia Donostia tras recibir el visto bueno de Mola, quien nombró como su sustituto a Modesto Font.

El nuevo gobernador civil ordenó clausurar todas las sedes de los partidos y sindicatos de izquierda y detener a quienes se encontrasen en esos lugares. La Casa del Pueblo fue asaltada de madrugada por miembros de Falange Española. Gente armada empezaba a recorrer las calles y se producían algunos tiroteos aislados, al mismo tiempo que comenzaban las primeras visitas a domicilios de partidarios de formaciones republicanas para ser detenidos y, en muchos casos, llevados a una cuneta para pegarles un tiro.

«Después de San Fermín nos matamos»

Con esta situación en las calles se llegó al domingo 19 de julio, día fijado por Mola para el golpe de Estado en la península. A las dos de la mañana sonó el teléfono en Capitanía. Era el nuevo presidente del Gobierno español, Diego Martínez Barrio, que acababa de sustituir a Santiago Casares Quiroga.

Quería hablar con Mola para intentar frenar la sublevación ya iniciada en África, pero era demasiado tarde y no tenía nada que hacer, ya que la conspiración llevaba su curso, con los talleres de “Diario de Navarra” imprimiendo en esos momentos el bando de guerra.

Unas horas más tarde, la compañía del Batallón de Cazadores Sicilia salía de su acuartelamiento, al mando del capitán Martín Rubio. Se presentó en la plaza del Castillo y allí, Rubio leyó ese bando de guerra.

A las 10 de la mañana, el propio Mola lo anunciaba a través de los micrófonos de Radio Navarra para después pasearse por la ciudad como amo y señor en compañía de su inseparable director de “Diario de Navarra”. La sublevación que habían terminado de pergeñar durante los sanfermines estaba en marcha y, con ella, la brutal represión ordenada por Mola para implantar una «atmósfera de terror».

Había llegado el momento que el escritor falangista Rafael García Serrano recogió en su novela “Plaza del Castillo”. Con los sanfermines como escenario, en sus páginas se refleja cómo en plenas fiestas, «en un bar, los comunistas proponían a Luis Pérez, jefe local de las milicias falangistas, la tradicional tregua de Baco: “Estamos en San Fermín; vamos a no reñir”. Y contestaba Luis Pérez acariciando la culata de su nueve largo: “Bueno, pero después de San Fermín nos matamos a tiros”».

Y así fue para la gente de izquierda y los nacionalistas vascos, como Juanito Echepare -en la portada de 7K- o Fortunato Aguirre, a los que esperaba la muerte tras las fiestas. Fueron dos de esos enemigos políticos que Mola había ordenado «eliminar sin escrúpulos», porque «no piensan como nosotros», en las directrices secretas del golpe que acabó de diseñar mientras en Iruñea se desarrollaban los sanfermines de 1936, los últimos antes de la matanza.




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sábado, 7 de febrero de 2026

Entrevista a Ramón Zallo

Les recomendamos la lectura de esta entrevista a Ramón Zallo publicada en el portal de Viento Sur:


“Retrovisor y bisturí. Memoria crítica de una resistencia”

Begoña Zabala González

[La editorial Alberdania acaba de publicar el libro cuyo título encabeza este artículo. Un libro, el último por ahora, de Ramón Zallo, que es, efectivamente, la memoria de una resistencia. Una memoria personal, pero, como dice su autor, también, “una contribución a la memoria colectiva crítica de mi generación, una generación de izquierda y abertzale”, aunque esa experiencia militante “es distinta a la de la izquierda abertzale convencional desde la ruptura de 1970”.

Ramón Zallo ha sido y es un activista político y social, un revolucionario, con un sólido pensamiento crítico, libre y creativo que es la auténtica forma de serlo. Y ha sido y es, trabado con ello, un intelectual radicalmente democrático. Su actividad intelectual es su faceta pública más conocida, llena de conferencias, libros y artículos de los que en el libro se recogen referencias (desde que en 1995 escribió, junto a Pedro Ibarra, Comunidad, nación y federalismo, ha sido un colaborador muy habitual en  viento sur). Un intelectual con el que es indispensable reflexionar y conversar, sobre el pasado, el presente y las miradas al futuro de Euskal Herria, a sus debates y a sus compromisos, a sus confrontaciones y a sus encuentros, e incluso más allá de Euskal Herria. Conversación indispensable, también, sobre la(s) cultura(s) y las políticas culturales, territorios en los que su análisis riguroso y su pensamiento crítico, son una referencia muy importante.

De todo eso va la memoria de una resistencia vital, vivida con pasión, de Ramon Zallo que en este libro lo cuenta y analiza utilizando para ello el retrovisor y el bisturí. Habla de todo ello aquí conversando con Begoña Zabala.]

Begoña Zabala. De entrada, preséntanos el libro: qué te ha llevado a escribir este libro de memoria crítica personal y colectiva.

Ramón Zallo. Las circunstancias. Nunca tuve la intención de escribir unas memorias. Es más, decía que nunca las escribiría. Pero como escribí algunas páginas para tres grabaciones que me requirieron un testimonio y todo lo preparo por escrito, pensé en completarlas al constatar que una parte de mi generación política carecía de testimonios públicos explicativos sobre sus trayectorias especialmente en los años 70 y 80. Así pretende ser una memoria personal, pero también una contribución a la memoria colectiva crítica de mi generación, una generación de izquierda y abertzale. Especialmente la militante es bastante desconocida, y distinta a la de la izquierda abertzale convencional desde la ruptura de 1970. Tiene bastante de memoria política personal con retratos y debates de época. Por fuerza conjugo en primera persona, lo que me es completamente inhabitual. También le he añadido un tono de humor en algunos temas.

B.Z. Como género literario parece que cabalga entre la memoria y el pensamiento crítico, dentro de lo que se conoce como temas de ensayo. Pero no es un libro de historia, esto lo tienes claro.

R.Z. No es un libro de historia. Solo se trae a colación la vinculada a mi memoria. Es una peculiar intersección entre lo biográfico y lo ensayístico, incluyendo ocasionalmente artículos de prensa de antaño al hilo de la narrativa. También menciono cosas de mi vida en el campo -40 años- huertas, plantas y jardines, perros y gatos, txakoli, monte y la identificación de los pájaros. Mas rural que urbano en forma de vida, fui más urbano que rural en pensamiento.

En lo que se refiere a la estructura y contenido, está dividido en dos partes. La primera, desde 1965 a 1985, relata los años de militancia organizada. Fui detenido en varias ocasiones, con sus consiguientes maltratos, tuve varios juicios y viví un tiempo en la clandestinidad. En 1985, abandoné la militancia política organizada, pero no el activismo de las ideas y movimientos: universidad, por la paz, sistema mediático. En esa segunda larga etapa, desde el 85 hasta hoy, primero publiqué mi tesis doctoral y después me impliqué mucho más en la construcción democrática, progresista y euskaldun de la Euskal Herriko Unibertsitatea (Universidad del País Vasco). Se había fundado no hacía mucho: 1980. En 1990 volví a escribir sobre política.

Aunque los 20 primeros años fueron más duros y me marcaron más, los 40 siguientes fueron más fructíferos. Mi vuelco sobre la academia con 40 años de trabajos en ciencias sociales ha absorbido más dedicación, y el libro, al ser más de biografía y temática política, no lo enfatiza. Mis campos han sido la Economía de la Comunicación y la cultura y las Políticas Culturales y Comunicativas, sin abandonar por ello el análisis político en artículos, medios o libros.

De hecho, la militancia política organizada la sustituí en 1985 -tras el fracaso electoral de Auzolan, que no de Batzarre- por una militancia social e ideológica. En mi labor no había tema de actualidad que no analizara en los media. Era un francotirador, pero se hizo cierta escuela en la Universidad, o en la corta experiencia en el diario El Mundo del País Vasco (1994-1996), o en Elkarri. Me leían, veían u oían tirios y troyanos en Radio Euskadi o ETB. Me vi a mí mismo más como un educador y un militante social sin privarme de apoyar organismos (Elkarri) o montarlos (Elkarbide, Erabaki) estructuras que plasmaban esas ideas. El libro Euskadi o la Segunda Transición” (Erein, 1997) fue mi aportación de época, así como el libro que coordiné El País Vasco en sus encrucijadas: diagnósticos y propuestas (Ttarttalo 2008) con 32 universitarios/as robando la supuesta supremacía del españolismo en el pensamiento universitario. Dediqué mucho esfuerzo a teorizar el “tercer espacio”, un espacio de paz a través del dialogo y la negociación para acabar con la violencia y canalizar la cuestión nacional. Hay un momento en que ese pensamiento fue mayoritario. De alguna manera el acuerdo de Lizarra primero, y el preacuerdo de Loiola después, tienen un eco de aquellas tesis. La apuesta por el soberanismo con una relectura a la vasca de la experiencia y doctrina quebequesa, también llegó en esos años 2000.

B. Z. Sin duda, te ha servido, en parte, para hacer algo de balance de tu vida. ¿Sería un balance positivo, satisfactorio contigo mismo?

R. Z. No me puedo quejar, he tenido una vida rica, moralmente gratificante y sencilla; he hecho lo que tenía que hacer y mi libertad de pensamiento ha sido lo que más he protegido. Gracias a eso, aprendí a dialogar y a ser pluma de una inteligencia colectiva. Habré escrito más de 100 borradores de manifiestos colectivos que, luego, había que pulir colectivamente. Esa dedicación intensiva la han pagado en falta de atención a la vida familiar Maite y Doltza.

B. Z. En tu libro relatas dos luchas destacadísimas de Euskal Herria en el ámbito ecologista, como son la de la central nuclear de Lemoiz y el macroproyecto cultural Guggenheim Urdaibai. La primera se sitúa casi en las primeras luchas ecologistas en Euskal Herria protagonizadas por un naciente y potente movimiento ecologista, y la segunda, de ahora mismo, donde el movimiento reivindicativo y de defensa de la tierra también ha sido central. ¿Quieres hacer paralelismos, distancias, discordancias y protagonismos de estos dos hitos movimentísticos?

R. Z. Hay continuidad en el propósito de defensa de la tierra y de la vida, y en el logro de parar ambos, pero hay mucha discontinuidad por contextos, tipo de conflictos, dimensión y madurez.

Lemoiz cabalgó el franquismo y la Transición, una democracia incipiente que no sabía manejarse, con una oposición muy masiva en Euskal Herria a la Central Nuclear, que era entendida como una amenaza colectiva para los núcleos urbanos próximos, incluido el Gran Bilbao, de imposible evacuación en caso de emergencia. Era una defensa elemental. De ahí que se apuntara ETA con atentados mortales y sabotajes, con el contradictorio efecto de reducir los apoyos sociales, pero, en cambio, asustó a las élites. Con todo, en el libro introduzco la hipótesis de que para cuando el presidente español Felipe González mandó parar (1984), a las eléctricas ya no les interesaba la sobreoferta de energía. Lo dijo Eguiagaray: que les salía más a cuenta cobrar indemnizaciones que continuar.

En cambio, la lucha contra el proyecto Guggenheim Urdaibai, se produce en el contexto de una democracia madura en normas e instituciones, en pleno rendimiento y sin marcos de violencias. El conflicto ha sido más territorial (Busturialdea) aunque con ecos para toda Euskal Herria. Aquí, la amenaza ha sido menos a la vida humana como a la naturaleza protegida -la Ley de Urdaibai (1988) suministraba una panoplia de normas para la defensa de eventuales desmanes- y a un modo de vida. En cambio, las aportaciones del movimiento opositor -ya que debate no ha habido al rehuirlo las instituciones- han sido especialmente ricas al combinarse las dimensiones ecológicas, económicas, urbanísticas, la legislación protectora de estuario, fauna y flora, la cuestión de los accesos, el estado del estuario, la financiación, la situación de okupa del Astillero… Aún no ha acabado (recuperación de la marisma y de la zona del astillero, Plan económico comarcal..) a pesar de la cancelación institucional declarada del proyecto por presión popular. Las “explicaciones” argüidas por las instituciones las desmonté, punto a punto, en esta misma revista.

B. Z. Aparece de forma recurrente en el libro el tema de los movimientos sociales, especialmente los nuevos movimientos, como se les llamó, pero también de las luchas sindicales. Destacas la importancia que han tenido en tu trayectoria y práctica política y social y también en los años de militancia, especialmente en la LKI. ¿Puedes comentarnos un poco el papel de los movimientos en Euskal Herria y su importancia para la transformación social y la estrategia política?

R. Z. Euskal Herria ha sido pródiga en crear movimientos sociales y sindicales con poder de influencia y de negociación, cuya influencia desbordaba el ámbito militante en el que operaban. Generaron una cultura política multisectorial (vecinal, feminismo, vivienda, ecología, internacionalista, movimientos por la paz, gobernanza…) y colectiva que empapó a todos los partidos, y a la ciudadanía. Fueron educadores colectivos y condicionado los programas y argumentaciones de todos los agentes. Junto a los nacionalismos, también el éxito de los movimientos, explica la marginalidad del fascismo por estos lares. Hicieron mucha pedagogía; contaban con cuadros y militantes formados, en aprendizaje permanente con las luchas y el seguimiento de las experiencias internacionales, dedicando a eso su energía. Su procedencia mayoritaria era la izquierda radical que, de forma temprana, se quedó fuera de las competiciones electorales y muchos prefirieron no dar el salto a los partidos con votos, para zambullirse en crear tejido social progresista y arraigado.

B. Z. Aunque midiéndolo en tiempo de años, has estado más años de independiente (con respecto a los partidos concretos) que de militante, los años de militancia aparecen con mucha enjundia en la historia, quizás por la época, o por la relativa importancia de las organizaciones, ETA, ETA VI y LKI. Coméntanos cómo ves el papel de estas organizaciones en esos tiempos, hasta que LKI se disuelve.

R. Z. Las veo como adelantadas e innovadoras en pensamiento político, que va calando en otros programas, especialmente en la Izquierda Abertzale con la que se tenían relaciones privilegiadas y de unidad de acción, ­de hecho, una alianza implícita bastante estable­ al margen del discurso sobre la coyuntura o sobre el rol de las violencias. La influencia sobre la Izquierda Abertzale en una visión democrática nacional de la cuestión vasca en claves de autodeterminación fue clara, así como en los discursos sociales que tardaron algo más en manifestarse en tanto la corriente se había monotemizado en la cuestión nacional y encajonado estratégica y tácticamente por la persistencia de ETA y el obligado esfuerzo antirrepresivo.

Se abrió paso la conciencia de que la legitimidad en una cuestión nacional viene de la democracia y de que la extensión de un proyecto nacional significa ir más allá de los perfiles culturales, idiomáticos o ideológicos de sus bases tradicionales, para ahondar en el patriotismo político que hunde sus raíces en el apoyo social, la voluntad mayoritaria y un proyecto ilusionante que, de todos modos, serían imposibles sin la base de una herencia cultural y territorial movilizadora y compartida.

B. Z. Con el tiempo que ha pasado ya desde el abandono de la lucha armada por parte de ETA y la evolución que han seguido EH-Bildu y Sortu, el análisis de las diferencias con la izquierda abertzale, y especialmente el análisis de la violencia política, desde tu perspectiva y la de la izquierda radical a la que haces referencia, parece que se puede relatar con más tranquilidad. Cómo ves desde esta perspectiva las diferencias que separaron a estos dos mundos y la supervivencia del tercer espacio, o algo parecido. O si no, más sencillo: Uno de los elementos de diferenciación de tus posicionamientos y los de tu corriente, fue esencialmente la violencia política dentro del conflicto vasco y su utilización, no solo por ETA sino por el Estado. ¿Puedes hacer una referencia a estas disidencias?

R. Z. ETA (VI) abandonó la lucha armada en 1970 aunque no las acciones puntuales de propaganda armada o de financiación. Apostó por la organización de cuadros y estructuras de los movimientos, o sea, la estructuración del tejido social de oposición al franquismo, para lo que las organizaciones armadas de acción intensa eran un inconveniente para la acción, organización y reclutamiento, pues una organización armada urbana requiere mucha militancia y entorno durmiente con mucha militancia durmiente no implicada en luchas. Tanto ETA Militar como ETA Político-Militar eran de la trinchera antifranquista, así que podías criticar o alabar una acción u otra, pero entendíamos su legitimidad como defensiva contra el tirano más allá de la utilidad, crueldad, proporcionalidad o impacto de cada acción. Tenía un efecto propagandístico de empoderamiento popular vicario: un “sí se puede”. Nuestro enfoque crítico con las acciones y la estrategia no era de denuncia de las organizaciones –eran del bando antifranquista- , y había cobijo para las escapadas de sus huidos; pero a partir de que se acaban la institucionalización vasca y la Transición, homologado el régimen del 78, con elecciones sucesivas de representantes, la entrada en Europa, incluido el triunfo del PSOE y desaparecida ETA (PM) en 1982 …- hay un punto de deslegitimación creciente de la lucha armada que viene acompañada de hitos duros como el asesinato de Yoyes o la bomba de Hipercor (indicando crueldad y falta de evaluación de las consecuencias), y de un mal cálculo sobre lo que se podía esperar de las conversaciones de Argel con la oposición añadida de todo el arco vasco alrededor de la Mesa de Ajuria Enea.

El Régimen del 78, como ya era evidente en los 90, no era un neofranquismo aunque estuviese trufado de dominación y violencia. Los 90 podían haber sido los del cierre, ya sea con paz por negociación (ahí estaba Elkarri) o, en el peor de los casos, paz por presos. La espiral que siguió fue, en cambio, de fuga hacia adelante con acciones más limitadas pero duras, traumáticas, contra electos, periodistas, y de más impacto emocional social. Se entra en un terrorismo selectivo. Yo ya no militaba en LKI. Personalmente respecto a ETA, ya no tengo solo un desacuerdo sobre la estrategia y su horizonte, sino que sus acciones tampoco pasan los filtros (justicia, proporcionalidad, ética, oportunidad, alternatividad, utilidad, acumulación de fuerzas). El sentido mismo de ETA estaba en cuestión. Mí crítica se globalizó sin dejar por ello de denunciar con igual énfasis los abusos del poder, torturas o la involución política o de facilitar una salida política. La pinza PP-PSOE puso en riesgo al nacionalismo entero, con dos momentos para una salida digna: el acuerdo de Lizarra (1998) para afrontar el antinacionalismo (desaprovechado) y el interesantísimo preacuerdo de Loiola (2006). Ambos rechazados por ETA. Quería más sin tener relación de fuerzas para ello.

B. Z. ¿Y el momento actual?


R. Z. Vivimos un unilateral y ya avanzado proceso de paz sustentado sobre renuncias de ETA (cese el fuego, entrega de armas y disolución), sí, pero también en el más que mejorado peso social de la Izquierda Abertzale. Hubo un armisticio por abandono, eso sí, forzado (o, si se quiere, por impasse militar y fracaso estratégico). El último y mejor cartucho se gastó en Loiola. Ahora el país se centra ya más en sanar heridas tras 40 años de violencias y que se construye sobre la triple vía del reconocimiento y reparación de las víctimas, la sanación de dolores vivos –presos, presas y exilio– y la construcción de discursos sobre lo ocurrido con pretensiones de fijarse en la memoria colectiva. Es el tiempo de la verdad, la justicia y la reparación para todas las victimas producidas en este largo conflicto y la canalización de la situación de las personas encarceladas. Queda pendiente un balance crítico y autocrítico de la trayectoria estratégica de todas las fuerzas políticas, especialmente desde la Transición. Tampoco fracasó el imaginario de base: la emancipación nacional. Al contrario, con la paz, recobró vida y margen social. Su corriente más afín, EH Bildu, no solo sigue siendo una parte poderosa, votada e imprescindible del país, sino que tiene un proyecto, y hace un esfuerzo de respetabilidad institucional.

Ahora se está de nuevo al alcance de un hipotético acuerdo entre las fuerzas vascas un “nuevo estatus político” – tengo casi terminado un libro sobre el soberanismo y el nuevo estatus desde el punto de vista político y jurídico- pero ese acuerdo no parece tener tiempo de consolidación y habilitación ante el ascenso de la derecha extrema y la extrema derecha que tienen vetado el tema. ¡Ojalá me equivoque!

B. Z. Has tenido una experiencia gubernativa con el tripartito, cuando menos interesante, que hace un paréntesis en tu dedicación universitaria. Da la impresión de que limitaste mucho tu quehacer en los temas a tu especialidad de cultura y medios de comunicación.  ¿Haces un balance positivo de ello?

R. Z. Así es. Fueron 7 años intensos. Los que nos hemos educado en una cierta izquierda no entramos en gobiernos que no sean de izquierdas El de Ibarretxe era de centro (PNV y EA) y de izquierda (Izquierda Unida/Ezker Batua), o sea de centro izquierda pero de una gran valentía en temas democráticos. Aunque mi puesto era de asesor (de cultura), y aunque tenía categoría de viceconsejero, exigí no estar en la línea ejecutiva y decisional. Y así fue. Trabajé en mi especialidad: políticas culturales y comunicativas. Todo un campo para aplicar mis tesis y propuestas. Preparé informes, decretos, resoluciones, leyes, el Plan Vasco de Cultura, la coordinación permanente interinstitucional, normativa audiovisual que sentó precedentes hasta hoy, decreto y concurso de Televisión Digital Terrestre Local (incluido Hamaika). En general me hicieron caso y si algunas cosas no salieron fue por cortocircuitos del PNV, no del gobierno. El balance, aunque agridulce, es positivo. Ayudé en los ratos libres a la apuesta soberanista. En esa etapa también eché una mano apoyando el Plan Ibarretxe o en el caso del diario  Egunkaria. Me volví a la Euskal Herriko Unibertsitatea a tiempo, estaba cambiando todo el sistema de comunicación con el alumnado y la docencia. Conseguí, con cierta torpeza, adaptarme.

B. Z. Y también te metes en el diario El Mundo del País Vasco en un momento de una política editorial en el medio muy favorable a tesis negociadoras en el conflicto vasco.

R. Z. El Mundo del País Vasco se fundó en 1991. Tres años después lo dirigía Melchor Miralles quien, mandatado por Pedro Jota Ramírez y siguiendo las 100 ideas para la regeneración democrática de Javier Ortiz (subdirector de la edición central del diario) era partidario de la consulta democrática para el País Vasco y de la negociación para la paz.  Entramos entre otros Mariano Ferrer, Pedro Ibarra, Iñaki Lasagabaster y yo al Consejo Editorial de El Mundo de País Vasco de 1993 a 1995. Los editoriales y artículos pasaron a ser favorables al derecho a decidir y a la negociación con ETA para la paz. Duró la experiencia dos años y pico, con un éxito imponente y un pico de ventas de 28.000 ejemplares en Euskal Herria. Hasta que el comandante Pedrojota mandó parar y se alió del todo con Aznar. Nos fuimos porque cambió la línea y la autonomía del medio. Ya solo era látigo del PSOE de González con el asunto GAL y otros, dejándole un poco de margen, poco, a la Izquierda Unida de Anguita.

B. Z. Hay un tema en el que estás muy implicado que es el de las presas y presos políticos vascos. Y te implicas marcando la decepción por la continuidad de las medidas excepcionales contra estas personas. ¿Cómo ves el tema de las cárceles y la actuación del gobierno central y de los autonómicos afectados? Y claro unido a esto, están los temas de verdad, justicia y reparación.

R. Z. Me apunté como colaborador de SARE desde el principio. Entiendo que la salida de las personas presas es central para la pacificación y convivencia del país y que el modo en que se produjo el final de ETA, por desestimiento, autodesarme y sin negociación por no haber interlocución, ha tenido que derivar en que sea la sociedad la que facilite el proceso, echando mano de la movilización y de la negociación así como de los recursos jurídicos de reducción de penas y de beneficios penitenciarios que la ley ordinaria habilita. Es un tema que va para largo. El primer éxito fue el fin de la dispersión y del alejamiento. Todas las personas presas están en Eukal Herria, salvo 2 en Lannemezan (Francia). Hay 120 presos y presas. Aunque los terceros grados son numerosos, y el cumplimiento de penas desde casa (37) también. Hay otras 36 a las que pudiendo aplicárseles los beneficios del tercer grado no se los aplican. Las resistencias están en las derechas, que se engorilarán en las siguientes elecciones. Por su parte, no ayudan, más bien lo contrario, las asociaciones de víctimas de ETA – creyentes en la ley del talión– y mucho menos la mayoría de los aparatos de Estado y judicial que instalados en la vendetta, impugnan o retrasan las decisiones técnicas de las Juntas de Tratamiento.

 

 

 

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jueves, 22 de enero de 2026

Agur eta Ohore María

La localidad de Adamuz se ha colocado en el mapa dada la tragedia ferroviaria ocurrida en horas pasadas.

Desde Naiz nos hacen saber que entre las víctimas mortales se encuentra quien, en su momento, visibilizó a personas represaliadas allá en 1936.

Aquí la información:


La fotógrafa María Clauss, entrevistada por Zazpika, entre las personas fallecidas en Adamuz

La fotoperiodista María Clauss, entrevistada por Zazpika en 2024, y su pareja, el periodista Óscar Toro, son dos de las víctimas mortales del accidente ferroviario registrado ayer en Adamuz. Con su trabajo, Clauss puso rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36.

María Clauss, fotoperiodista que puso rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36, figura entre las personas que han fallecido en el accidente ferroviario de Adamuz, en el que también ha perdido la vida su pareja, el periodista Óscar Toro. Clauss fue entrevistada en Zazpika en 2024.

La muerte del matrimonio, que regresaba de Madrid en este último tren que tenía parada final en Huelva, ha sido confirmada oficialmente este lunes y ha dejado un importante vacío en el sector de la comunicación onubense.

Precisamente, la hija de ambos fue una de los familiares que anoche se acercó hasta la estación de Huelva para tratar de recabar alguna información sobre el paradero de sus padres.

Óscar Toro era doctor ‘cum laude’ en Comunicación por la Universidad de Huelva y un referente en el estudio de la comunicación para el cambio social.

Director de la Fundación Xul e impulsor de la editorial Voces del Sur, Toro dedicó más de dos décadas a la defensa de los derechos humanos y la sensibilización ciudadana; también desarrolló una importante labor docente en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA).

Una mirada comprometida

Y María Clauss, licenciada por la Universidad Complutense, era una de las miradas más lúcidas y comprometidas de la fotografía contemporánea. Su talento fue reconocido recientemente con el prestigioso Premio de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña 2023.

Más allá de su labor en medios como ‘El País Semanal’ o el ‘Diario Huelva Información’, era un pilar cultural en la provincia: directora creativa de WofestHuelva, vicepresidenta del Ateneo de Huelva y fundadora de la Asociación INvisible.

Clauss fue entrevistada en 2024 para la revista Zazpika por Xole Aramendi, que firmó un artículo en el que se recordaba el trabajo de una fotógrafa que ponía rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36 en Huelva, realizando una labor de reconstrucción de la memoria histórica.

Ese trabajo, condensado en la muestra ‘Donde no habite el olvido’, se había podido ver por esas fechas en el centro cultural Okendo de Donostia. Y en el mismo, recorría a través de sus imágenes los espacios de represión en la provincia de Huelva, recuperando los objetos aparecidos en las fosas y haciendo visibles a las personas represaliadas a través de sus hijos e hijas.


Aquí recuperamos la entrevista:


María Clauss pone rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36

Huelva. Mujeres y hombres que siendo niños sufrieron en carne propia la devastación provocada por la sublevación de los fascistas. La fotografía como vía para la reconstrucción de la memoria histórica. María Clauss da su lugar, a través de sus hijos e hijas, a miles de personas invisibilizadas.

Xole Aramendi

Antonio Villanueva Pozuelo. 86 años. Estuvo varios meses viviendo en la prisión de Huelva junto a su madre, Andrea Pozuelo, después de que su padre fuera fusilado. A ella la encarcelaron por el delito de estraperlo. Él sueña con vivir lo suficiente para sacar a su padre de la fosa común del cementerio y se conforma con que le den un solo hueso de su progenitor para poder enterrarlo dignamente.

Dominga Aparicio Márquez. 84 años. En la Iglesia de la Zarza, convertida en cárcel, tuvieron encerrado a su padre Domingo Aparicio la noche antes de su fusilamiento el 22 de agosto de 1936. Lo mataron frente a la puerta, sin juicio previo. Obligaron a la gente que iba de paso a detenerse y presenciar el fusilamiento. No se dejó que le vendaran los ojos, ni volteó el rostro. «Los hombres se matan cara a cara», dijo Domingo Aparicio.

Juan García Rivera. 87 años. Perdió a su abuelo, a su padre y a su hermano entre el 15 y 19 de agosto de 1936. Su padre fue fusilado en un campo a las afueras de Villalba del Alcor, y se cree que está enterrado en una fosa común en la Palma del Condado, cerca de la estación de ferrocarril.

Juana Ramayo Pachecho. 93 años. Su hermana Catalina era adolescente cuando la fusilaron el mismo día en que las tropas sublevadas entraron en Nerva, el 26 de agosto de 1936. La detuvieron porque supuestamente había ido a ver una manifestación. Juana, a sus 93 años, sigue teniendo miedo. Nunca ha dejado a sus hijos ir a una manifestación.

Francisca González Madeiro. 87 años. En el plazo de diez días, en agosto de 1936, perdió a su padre y a su madre. Se los llevaron de su casa sin dar explicaciones y nunca más volvieron. Ella tenía dos años y se quedó sola junto a su hermana. Continúa viviendo en la casa familiar.

Los hermanos Juan y Manuel Rodríguez Castilla. En el cementerio de Hinojos, junto a la actual capilla del Cristo del Perdón, se encuentra la fosa donde está enterrado su padre. A su madre le pidieron firmar un documento que reportaba a su marido como desaparecido o muerto en la guerra, pero ella no lo hizo y por ello no pudo recibir una pensión de orfandad para sus hijos.

Todos ellos son protagonistas de la muestra “Donde no habite el olvido”, de María Clauss. El centro cultural Okendo, en el barrio donostiarra de Gros, acoge hasta el 15 de junio parte del proyecto de la fotógrafa onubense. Nueve imágenes en color y una en blanco y negro. Son diez fotografías las que componen la serie galardonada -«fue dolorosísimo elegir», reconoce- en el 26º Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, promovido por Médicos del Mundo. Junto a la ganadora, fueron seleccionados como finalistas Nazik Armenakyan, Santi Palacios y Federico Ríos, más la mención especial para Sáshenka Gutiérrez, cuyos trabajos fotográficos también se pueden ver en la capital guipuzcoana. Médicos Mundi valoró 733 candidaturas procedentes de 94 países.

Clauss es la primera mujer en obtener este prestigioso galardón de fotografía. «El día que recibí el premio, y aunque es echarme tierra sobre mi propio tejado, dije que me honra y hasta me da vergüenza ser yo la primera mujer. Creo que hay fotógrafas infinitamente mejores que yo. Las fotógrafas de provincias no estamos en el top 10 de las fotógrafas documentalistas españolas, pero este premio nos permite estar e incluso ganar, además. Ha sido un regalazo. Así se lo dije a un compañero fotógrafo que en el momento en que decidí volver a mi tierra me dijo: ‘no te vayas a Huelva, quédate en Madrid’», cuenta con una sonrisa de satisfacción.

Gracias al premio de Médicos del Mundo, el proyecto continúa realizando su camino. «El premio ha sido un regalo. Y venir a San Sebastián también. Las fotografías se han visto hasta en Nueva York, me parece impresionante», señala.

Proyecto de envergadura

Las imágenes -realizadas en 2021 y 2022- son una pequeña parte del ambicioso proyecto llevado a cabo por María Clauss. “Donde no habite el olvido”, respaldado por el Comisionado de la Memoria Democrática de la Diputación de Huelva, fue ganando dimensión poco a poco.

La autora recorre a través de sus fotografías los espacios de represión en la provincia de Huelva, recuperando los objetos aparecidos en las fosas y haciendo visibles a las personas represaliadas a través de sus hijos e hijas. Propone un viaje a un pasado no tan lejano, a la vez que invisibilizado. Lo que genera sufrimiento en cientos de familias cuyo daño está latente, sin ser reparado aún. La fotografía como instrumento para poner el foco a los invisibles, como herramienta para recuperar la memoria y que no exista el olvido.

En el germen del proyecto radica el interés de Clauss por mirar atrás en el tiempo. «Yo no vengo de familia de represaliados, he tenido la suerte de que no me haya tocado. Me encanta trabajar temas del pasado. Empecé a sentir la necesidad de abordar el tema de la memoria histórica. En este caso tenía la posibilidad de trabajarlo también en el presente», recuerda.

La fotoperiodista cree firmemente en que, cuando una se embarca en un proyecto así, es para aprender. «Yo era una gran desconocedora del tema. Me di cuenta de ello cuando empecé a informarme», se sincera. Para Clauss ha sido clave la colaboración de los investigadores locales en su proyecto. La lista es larga: Francisco Espinosa Maestre, Concha Morón Hernández, Guillermo Molina, Manuel Reyes Santana, Omar Romero de la Osa y Rafael Moreno, entre otros muchos. «Contacté con ellos para que me dieran información y, sobre todo, para que fueran mis aliados, porque yo no tenía capacidad de hacer la investigación por mi cuenta. Solo tenía nueve meses -el plazo fijado por la Diputación- para llevar a cabo el proyecto. En un trabajo anterior, ‘Mi abuelo el espía’, me di cuenta de que se trabaja de una manera muy cómoda con los investigadores; te permite tener esos pivotes que hacen que aumente tu conocimiento, es muy interesante», indica.

En primera persona

El primer paso fue ir a ver las catas arqueológicas que estaban en marcha. Fue testigo de la exhumación que estaba en curso en Nerva. Se calcula que en el pueblo minero podrían encontrarse los restos de hasta 800 personas. El arqueólogo Andrés Fernández ha sido su gran aliado en el camino realizado. En Huelva existen más de 120 fosas, reflejo del impacto que tuvo el alzamiento en el territorio.

De pronto lo vio claro. «Decidí cuál era mi meta final: los hijos e hijas de represaliados. ‘Son pocos, se van a morir ya y necesito que sean ellos quienes cuenten a viva voz su experiencia vital. No hay marcha atrás, es ahora o nunca’, pensé. Ese fue mi reto. Fue muy complicado. Algunos no querían participar, otros, muy generosos, me decían que sí. Había otros que habían fallecido o se encontraban mal de salud. Fueron apareciendo nietos, sobrinos... pero preferí no incluirlos, al final me desvirtuaba lo que para mí era el proyecto. Yo soy muy emocional y necesitaba ese vínculo directo», aclara.

Se decantó por los testimonios orales en primera persona. El eslabón de la historia entre progenitores y descendientes. Realizó entrevistas a 16 personas, todas ellas hijos e hijas. Solamente en uno de los casos es la hermana quien habla. «Saben poquísimo, algo que te sorprende. Saben más los nietos y sobrinos que sus propios hijos. Muchos tienen sus recuerdos de lo que sucedió, otros eran bebés... lo poquito que se cuenta en la familia». El proyecto de Clauss ha servido para que los descendientes de los represaliados por el franquismo consigan tener documentación histórica. «De las personas que he incluido en la serie premiada, solamente uno, Antonio [Villanueva Pozuelo], tiene algo de documentación. Existe, pero no la tenían, no sabían dónde tenían que ir a pedirla. Hay que tener en cuenta que ninguno de los antepasados de las personas entrevistadas tuvo juicio sumarísimo. Cuando empiezo a buscar documentación, los investigadores me ayudan a que esas familias tengan documentos. Me parece el mayor regalo que les hicieron. Conocí a una señora a la que le daba miedo ir al cementerio de Río Tinto, nunca le hice fotos, y el investigador le dio pruebas escritas de todo lo que le había ocurrido a su padre. Fue super bonito. Se me ponen los pelos de punta -se emociona-. Me parece bestial, valoro tanto la labor de los investigadores, que de esa manera tan generosa lo daban todo...», continúa.

Las personas y sus testimonios guiaron a Clauss a los escenarios de la represión. «Las fotografías que hice al principio no me transmitían lo que yo necesitaba. Me di cuenta de que tenía que hacerlas en los lugares de represión», cuenta.

Testigos mudos de la atrocidad

El callejón del cementerio de Higuera de la Sierra. Allí fusilaron a 16 mujeres, todas ellas del municipio de Zufre, el 4 de noviembre de 1937. La tapia del cementerio de Huelva. Más de 1.000 personas fueron fusiladas tras el golpe militar en la capital. Son los dos espacios incluidos en la exposición que visita Donostia, y a los que se añaden el cementerio de La Soledad, la antigua prisión provincial de Huelva, Nerva, Río Tinto, Higuera de La Sierra, San Juan del Puerto... en el proyecto general. Testigos mudos de la atrocidad.

«Los lugares tienen memoria de lo que sucedió. A mí me imponen. La tapia del cementerio o la cárcel de Huelva, o el callejón al que llevaron a las mujeres de Zufre y donde las mataron... todos esos lugares para mí también eran importantes. Yo había decidido que mi línea documental eran esos sitios de represión. Fotografié a cada uno de los entrevistados en su lugar de represión. Antonio (Villanueva Pozuelo) estuvo en la cárcel de Huelva con su madre. En el caso de Dominga (Aparicio Márquez), a su padre lo tuvieron en la iglesia de la Zarzala la noche antes de fusilarlo, estuvimos en el descampado donde está enterrado su padre. Francisca (González Madeiro) es la única a la que he fotografiado en su casa, porque a su padre y a su madre los cogieron presos allí. En el caso de Juana (Ramayo Pachecho) no se podía mover de su casa y neutralicé el espacio dejando un fondo negro», explica.

En dos casos, Clauss se sirve de proyecciones. Uno es el del poeta Miguel Hernández. «‘¿Cómo hago para que los muertos estén presentes en los lugares de represión?’, me pregunté. Me planteé llevarme a la cárcel de Huelva -me dieron permiso para entrar- un grupo electrógeno para hacer proyecciones. Era la manera de hacerlos presente y de recuperarlos», cuenta. Pasado y presente unidos.

El visitante también puede ver la proyección de una foto de Balbina Sánchez en la Prisión Provincial de Huelva (2021). Era maestra de primaria de Villanueva de los Castillejos. Fue la única mujer de los 21 maestros fusilados en la provincia. Catalina Gómez, antigua alumna suya, todavía conserva fotografías y cartas que le envió a la cárcel.

La fotoperiodista recalca su obsesión por tener todo el proceso documentado. «No se trataba de limitarme a hacer una fotografía de Miguel Hernández, por ejemplo. Previamente contacté con el investigador que más sabe sobre él. Quería tener el máximo de documentación, que todo estuviese documentado. No sé para qué, pero lo necesitaba -sonríe-. La cantidad de archivos que guardo es bestial», dice.

Asimismo, ha recopilado infinidad de pequeños retratos de los álbumes fotográficos familiares. «‘Estoy fotografiando los espacios, ¿y si le doy una vuelta más?’, pensé. Busqué las fotografías de los represaliados. Recuerdo ir a la cata de Río Tinto y ver llegar a tantas personas con su pequeña foto del familiar fallecido en la mano... Yo aprovechaba para recogerlas con mi cámara. Hice más de cien, quería tener muchas fotografías de las personas represaliadas. La gente venía a mí con una carta, con una foto... una señora me dio una carta de su tío. Quiere que la tenga, pero yo se la quiero devolver», explica.

Elevarlos de la tierra

Los habitantes de la provincia de Huelva han tenido conocimiento del camino recorrido por Clauss gracias a la exposición realizada allí. La fotógrafa tiene previsto exponerlo en Mieres -cuenca minera de Asturias-, en la que será su primera salida de la provincia. En la exposición que muestra el proyecto en su totalidad, junto a las imágenes, tienen una presencia especial los objetos hallados en las excavaciones arqueológicas. «Creé una especie de fosa. Trajimos tierra de la cata y la pusimos en la sala. Dentro, unas peanas negras con unos metacrilatos, donde puse los objetos más interesantes que había fotografiado. Cuando alguien se muere, te agarras a algo físico como si fuera lo más, pero en muchos casos no tenían ese objeto de vínculo. Los objetos hallados en las fosas representaban mucho más que un mechero o una moneda, eran esos objetos preciosos que te vinculan con tu ser querido. Aquellos objetos que estaban bajo tierra los convertimos en joyas gracias a unas peanas. Me pareció una manera de elevarlos de la tierra en la que han estado. Arriba, en el techo, coloqué fotografías antiguas para que llevaran el peso de todo lo sucedido», señala.

La muestra se completa con un audiovisual -en versión reducida en Donostia- que pone voz al sufrimiento de los represaliados en la Guerra del 36. «El audiovisual dura una hora. Hice lo que pude, nunca he hecho nada parecido, soy fotógrafa. Cuando empecé a recabar los testimonios, volvía a mi casa y, al ver las notas, me preguntaba: ‘¿me lo voy a quedar solo para mí?’. Decidí compartirlos con el público. ‘¿Te importaría que te grabe?’, les preguntaba. Tú no sabes la cantidad de veces que he ido a verlos... -sonríe-. Ya estaba a punto de hacerse la exposición cuando me llamaban mostrando su interés por participar en el proyecto, y los incluí en el vídeo. Estoy contenta, la verdad. Ha sido una experiencia super interesante. Ahora me provoca continuar por ese camino del audiovisual en mis futuros proyectos».

Reto y reflexión

«Fotografiar el presente es muy duro, los trabajos fotográficos de todos mis compañeros son espectaculares» -comenta refiriéndose a los compañeros presentes en la muestra-, pero dirigir la mirada al pasado me provoca un reto, a la vez que me genera reflexión. Sí, creo que a través de la fotografía se pueden sacar emociones y traértelas al presente, porque al final para mí la fotografía es emoción; si no consigo engancharte a ti mis fotografías, no tienen sentido».

Las familias de los entrevistados han sido partícipes en el proyecto. «El día que recogí el premio, se vino Antonio con toda su familia, ya que vive en Madrid. En todas las fotos que he hecho, exceptuando alguna muy puntual, la familia ha estado presente. No te digo que lo vayas a engañar, pero a un anciano lo puedes enredar a tu conveniencia. Hay que ser muy honesto y tiene que haber alguien velando por ellos. Sus hijos han estado presentes en todos nuestros encuentros porque así lo he querido», explica.

Muchos de los entrevistados no han podido cumplir el deseo de enterrar a sus allegados. «Algunos han fallecido y lo que más deseaban todos ellos era recuperar a sus familiares, a su padre o a su madre. Por ejemplo, Valeriana Martín Barrero, de 91 años -no está en la exposición pero sí en el proyecto- es la única que ha recuperado los huesos de su padre. Para ella fue el día más feliz de su vida, cuando pudo enterrarlo. El resto de la familia ya no estaba, pero sintió estar viviendo el día más importante de su vida. La gran mayoría nada, muchos no saben ni dónde están los restos de sus allegados».

Ha puesto su granito de arena en la reconstrucción de la memoria histórica. «Muy chiquitito», dice con humildad.

Al preguntarle cómo le ha afectado este proyecto personal y profesionalmente, reconoce que este trabajo es «un antes y un después». «Yo antes llegaba a un sitio, hacía fotos y me iba. En proyectos centrados en temas como la prostitución o la inmigración, por ejemplo. Sabía el nombre del entrevistado -a veces ni eso-, pero no lo conocía. Tenía una charla amigable, me quedaba con una impresión de la persona y ella de mí. Se quedaba ahí la relación. Con este proyecto no, me he quedado. Sí ha cambiado mi forma de trabajar. Y ahora ya no quiero empezar un proyecto en el que no me pueda quedar. Necesito dar un paso más. No es que me cueste despegarme de los proyectos. No soy fría, pero sí tengo esa capacidad. Ahora siento miedo ante lo nuevo. Acabo de comenzar un nuevo proyecto centrado en mujeres migrantes en los asentamientos, y he estado un año en la casilla de salida, sin poder avanzar. Quiero conocer bien a las protagonistas porque forman parte del proyecto... Ahora me exijo más a mí misma y el proyecto en sí también me lo pide», confiesa a 7K.

Tras Sevilla, Huelva es la segunda provincia andaluza más castigada en la Guerra del 36. Trabajadores, campesinos, mineros, pescadores. Y, sobre todo, personas afiliadas a partidos de izquierda fueron objeto de represión. «En la zona rural fue donde más represión hubo», subraya Clauss. Un segundo puesto que también ostenta -tras Granada- en número de víctimas (ascienden a más de 10.000). El 18 de julio de 1936 Huelva y la mayor parte de la provincia se mantuvieron fieles a la República. El 29 de julio las tropas sublevadas entraron para controlar el puerto y evitar que la escuadra, fiel a la República, pudiera dominar el Atlántico y asegurar tanto la desembocadura del Guadalquivir como la comunicación con la Portugal de Salazar, favorable a los golpistas desde el primer momento. “La Guerra Civil en Huelva”, de Francisco Espinosa Maestre, es un título de referencia para quienes desean conocer la realidad que vivió Huelva tras el golpe franquista y la posterior represión. El libro sacó a la luz el pasado oculto aportando numerosos detalles de lugares y nombres de víctimas.

Amenaza seria

El historiador ha solido destacar que esta provincia fue la única que planteó una amenaza seria a Gonzalo Queipo de Llano y sus hombres a menos de veinticuatro horas del inicio de la sublevación, un movimiento iniciado en la zona minera. Todo esto acabó a las puertas de Sevilla, en La Pañoleta, «tras la traición de la Guardia Civil, cuyo responsable, Haro Lumbreras, fue nombrado poco después gobernador militar». Fue responsable directo de la terrible represión ejercida sobre la provincia. Queipo de Llano declaró a mediados de 1937 el estado de guerra en la mitad de la provincia. La represión no acabó hasta 1938, cuando se dio por finalizada la operación con la eliminación de más de 600 huidos documentados hasta la fecha.

En Huelva no hubo guerra civil, sino un plan de exterminio perfectamente organizado desde la cúpula militar golpista. Las cifras son elocuentes. En una provincia que en 1936 tenía poco más de 370.000 habitantes, la represión letal alcanzó -por lo que se ha podido documentar hasta la fecha- a más de 6.000 personas. Sin olvidar el afán por ocultar los crímenes, lo que ha complicado mucho la identificación de víctimas enterradas.

Los fallecidos en la zona no son consecuencia del combate, sino de la represión ejercida por las fuerzas fascistas. Huelva fue un territorio que, a pesar de caer en manos de los sublevados desde el comienzo de la guerra, conoció una represión inusitada. «No hubo combate. Normalmente entraban a un pueblo, en algunos casos había algún escarceo y en otras se alzaba la bandera blanca directamente. Incluso en Nerva. En los pueblos lo tuvieron muy fácil para entrar, no había nadie que los defendiera. Fue todo tan rápido que no les dio tiempo a pensar. No fue el caso de Valencia ni Madrid, en Huelva fue un paseo militar. La gran mayoría de los muertos son represaliados», incide Clauss.

Donde sí hubo cierta resistencia fue en la sierra, debido a la tradición sindicalista de los mineros. «Se lo pusieron más difícil a los sublevados», dice. «A los mineros de la columna que defendían la democracia y que tomaron presos en la Pañoleta les hicieron un juicio y los fusilaron para que la gente supiera lo que les podía pasar si levantaban la cabeza contra el nuevo Estado. Mataron a todos menos a uno, menor de edad. Casi todos procedían de la Cuenca Minera, la zona más sindicalista, y algunos de San Juan del Puerto. El resto, los que quedaron vivos, volvieron a casa corriendo», señala.

Rencillas personales

«Uno piensa que solo es ideología, pero entraban en juego las rencillas personales. Así me lo han transmitido. La alumna de Balbina me contó que un tío suyo fue de los que se montaron en camiones para hacer las matanzas. Su familia lo dejó de lado, nunca le volvieron a hablar. Jamás en la vida. Les pareció de un nivel de maldad bestial. Todos, de alguna u otra manera, estaban vinculados al dolor. Uno nunca sabe qué puede ocurrir hasta que sucede. Yo estoy hablando del pasado, pero mira ahora en Bucha (Ucrania) lo que está pasando. Y no es ni noticia, por desgracia. Ya hemos pasado a Gaza», reflexiona.

En todas las contiendas es la población civil la más damnificada. Y sobre todo las mujeres. Clauss asiente. «En muchos casos las madres fueron las grandes perjudicadas. Algunas perdieron la vida, otras se quedaron sin pareja, y se encontraron con que su sustento había desaparecido y que quedaban señaladas de por vida. Tenían que sacar adelante a su familia en ciudades y pueblos donde no había muchos recursos. Eso es muy complicado. Muchas se dedicaron al estraperlo, porque no tenían formación. En España las mujeres en aquella época no tenían nivel para poder trabajar. La madre de Dominga sí, fue la excepción, entró a servir en casa de unos señores ingleses. El resto se dedicó al estraperlo, con el consiguiente riesgo de que las metieran en la cárcel. Precisamente por eso estaba en prisión Antonio con su madre».

Triple represión ejercida contra las mujeres 

Sobre la mujer existió una triple represión. Una, igual que en los hombres, por su actividad política o sindical durante la República; otra por su relación familiar con hombres significados políticamente que habían sido ejecutados o habían huido; y una tercera por el simple hecho de ser mujeres. «Los hombres huyeron y nadie pensó que la soledad expusiese a las mujeres a hechos tan graves», manifiesta Espinosa Maestre.

Clauss ha creado unos lazos estrechos con las personas a las que ha dado luz a través de su proyecto. Al preguntarle por lo más duro, no duda. «Verlos llorar como niños. Creo que hemos llorado ellos y yo en todas las entrevistas. Muchos de los entrevistados se emocionaban mucho al hablar de sus madres. Guardan un gran dolor. Tú los ves como ancianos, pero yo los veo como niños. Son huérfanos con historias terribles», recalca. ¿Y lo más gratificante? «Que hayan visto que se les da su lugar». Es lo que logran iniciativas como “Donde no habite el olvido”.

 

 

 

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