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martes, 27 de agosto de 2019

Gil de San Vicente | Doce Apuntes sobre Marxismo (VI)

Y llegamos a la sexta entrega de las doce con las que Iñaki Gil de San Vicente ha ido dando a conocer sus apuntes sobre Marxismo en la página de La Haine:


Iñaki Gil de San Vicente

El calificativo de «Marxismo»

Hacemos la entrega VI de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. En esta sexta entrega veremos la aparición de términos como «marxista» y «marxismo», y la dialéctica, en cuanto tal, y de cómo se desarrolla en la crítica de la economía política capitalista. Aunque todavía en 1917 había textos fundamentales del marxismo sin conocerse, ya estaba teorizado gran parte de lo necesario para saber qué era el capitalismo y cómo destruirlo. En la entrega VII terminaremos de exponer el reformismo en su unidad, porque es a partir de 1917 cuando adquiere su identidad esencial, como expusimos básicamente en la entrega V, sobre la II Internacional.

Fue entre 1853 y 1854, durante el debate con Weitling (1808-1871), cuando aparece el calificativo de «marxiano» para designarle a Marx y a los «ciegos seguidores»: ya desde entonces se tildaba negativamente a quienes más tarde serían llamados «marxistas» a secas. Y eran peyorativamente definidos como «ciegos», algo así como dogmáticos e incapaces de ver la realidad, la «luz», casi como fanáticos, precisamente por compañeros que en la Liga de los comunistas defendían posiciones utópicas. En aquellos años, Marx no había elaborado aún el núcleo duro de su crítica del capitalismo –la teoría del valor en su pleno alcance, la plusvalía, la moneda, la distinción entre trabajo y fuerza de trabajo, el trabajo abstracto, valor de cambio…-, aunque sí ya tenía una idea básica de la ley del valor, los cimientos de la teoría de la crisis como efecto de la superproducción, una visión mundial del capitalismo, la teoría de la socialización de los medios de producción, la teoría de la revolución permanente, el programa máximo y el programa mínimo, la crítica de Feuerbach y lo que podríamos llamar algo así como «humanismo marxista»…

Aun así, ningún seguidor del comunismo utópico y del anarquismo, habían desarrollado para esa mitad del siglo XIX algo parecido al logro de los «marxianos cegatos», lo que no era óbice para que arraigara tal descalificación. Durante la I Internacional fundada en 1864, los tres grandes bloques se autocalificaban así: colectivistas, al que pertenecía Bakunin; comunistas, al que pertenecía Marx y Blanqui; y socialistas, que integraba a los radicales pequeño-burgueses. Aunque más adelante, Marx y Engels militarían en la social democracia alemana, siempre se identificaron como comunistas. Las disputas en la I Internacional hace que en el término de «marxista» -que todavía no el de «marxismo»-, adquiera en 1869 una connotación más precisa, más teórica y política, pero con una carga determinista y economicista que será combatida por Marx y Engels hasta el final de sus días. Mientras tanto, no desapareció la amplia diversidad de grupos: en la reunión en Ginebra de la I Internacional de ese 1873 se reúnen marxistas, federalistas, aliancistas, centralistas…, sin olvidar que fuera de la AIT estaban los anarquistas en sus varias corrientes y otros movimientos.

Lo que más nos importa ahora es que para 1873 la Comuna de París ya había aportado lecciones positivas y negativas que exigían, al menos, fortalecer alguna unidad teórica y práctica. Además, ya se había publicado el primer libro de El Capital, Teorías de la plusvalía y se acababan de publicar La Guerra civil en Francia y Contribución al problema de la vivienda,  aunque los Grundrisse, La Ideología Alemana, Revolución y contrarrevolución en Alemania y muchos textos y manuscritos sobre El Capital seguían ocultos en aquél tiempo. Sin embargo y pese a esos vacíos y a pesar del reducido grupo de «marxistas», en lo que queda de década de 1870 su militancia se va haciendo notar en los debates y disputas permanentes, de modo que, también con tono polémico, en 1882 ya aparece el término «marxismo» en un panfleto contra esta corriente política dentro de la socialdemocracia que va extendiéndose en Francia.

Significativamente, este panfleto pertenecía a la denominada corriente «posibilista» que, con el tiempo, terminaría integrada en el gobierno imperialista francés durante la guerra de 1914. Guesde, uno de sus principales representantes, empezó siendo «marxista», luego «socialista» y por último imperialista. Como su propio nombre indica, el «posibilismo» buscaba los avances «posibles» aunque para ello tuviera que aceptar el orden burgués. El reformismo de Bernstein era «posibilista», y el pragmatismo filosófico yanqui de finales del siglo XIX –J. Dewey, etc….-, también. La identidad de fondo de estas tesis tan distanciadas en el espacio, pero unidas por la ideología burguesa, se mostraba de muchas formas diferentes, destacando su sistemático rechazo común de la dialéctica materialista. Cuando Marx dijo aquello de que él no era «“marxista”» se refería a expresiones particulares de esta corriente internacional.

Pensamos que hay, al menos, cinco razones que explican este ataque al «marxismo» que penetraba en el movimiento obrero: una y elemental, los efectos de la Gran Depresión iniciada en 1870 que van mostrando paulatinamente a sectores obreros combativos la urgencia de una respuesta política y teórica a la tremenda crisis. Dos, y unido a ello, las limitaciones crecientes de los anarquismos –Malatesta ya había discutido con Bakunin en 1876 precisamente por eso- y del comunismo utópico cada vez más debilitado por la misma razón: militantes blanquistas se van integrando en el «marxismo». Tres, paralelamente el avance de la idea de la necesidad de otra Internacional, la II, que se crearía en 1889. Cuatro, a la vez, el esfuerzo teórico de Marx y Engels con la aparición siquiera en forma de borrador de Crítica del programa de Gotha en 1875, Anti-Dühring en 1878, Del socialismo utópico al socialismo científico en 1880, varias ediciones del Manifiesto Comunista y una enorme correspondencia, por citar algunos textos que serán seguidos por otros posteriores. Y cinco, como síntesis, la alarma que todo lo anterior causaba en el reformismo posibilista y pragmático.

Como vemos, los términos de «marxista» y «marxismo» fueron creados por corrientes no revolucionarias para denigrar a quienes avanzaban de la utopía a la ciencia crítica, al método dialéctico. La degeneración de la II Internacional desde finales del siglo XIX, que hemos expuesto en la entrega V, fue facilitada por la previa denigración del «marxismo» como doctrina cegata, dogmática, autoritaria…, precisamente todo lo contrario a lo que en realidad es la dialéctica recuperada y actualizada por Marx y Engels. También hemos de tener en cuenta otros factores que facilitaron esas descalificaciones porque los dos amigos, presionados por las urgencias, postergaron la explicación de la dialéctica. Por ejemplo, aunque las vitales Tesis sobre Feuerbach, sin las cuales apenas se entiende el método y de la filosofía entera del marxismo en cuanto tal, fueron escritas por Marx en 1845 pero fueron publicadas en 1888 por Engels. El libro III de El Capital, básico para entender la dialéctica de la crisis, publicado en 1894. Los Manuscritos de París en 1922. La Ideologías alemana, en 1932. Los Grundrisse en 1939, redescubiertos casualmente en 1948, pero estudiados a fondo desde en la década de los ‘50. Muchos borradores se quedaron sin publicar y, sobre todo, nunca se iniciaron textos ya previstos.

En entregas anteriores ya hemos hablado de los enormes obstáculos sociopolíticos y represivos que tenía que superar la pequeña corriente marxista dentro del amplio mundo socialista a finales del siglo XIX. Uno de ellos, que luego reaparecerá una y otra vez con distintos ropajes, era la acción política de grupos de notables académicos reformistas que usaban su fama intelectual burguesa para atacar abierta o solapadamente al marxismo. En Alemania por ejemplo, el llamado «socialismo de cátedra», cuyo mayor representante fue Schmoller (1838-1917), reforzaba las tesis de Lassalle ya vistas, criticaba la reaccionaria teoría marginalista de Menger (1840-1921) inconciliable con la ley del valor de Marx, pero no salía en defensa de éste último sino que adelantaba elementos del que luego sería llamado «Estado Social» o «del Bienestar» (¿?), al que volveremos en la VII entrega.

También a finales del siglo XIX surgió en Rusia el «marxismo legal» que empleaba los diminutos resquicios legales del zarismo para combatir al movimiento revolucionario campesino y obrero: en 1894 Struve oficializó la tesis de que había que aprender del capitalismo conquistando primero la democracia burguesa y luego, sobre esa base, avanzar al socialismo. En Italia, el neohegelianismo progresista fuerte en Nápoles tenía una corriente de derechas, A. Vera, y otra de izquierdas, De Sanctis, Spaventa…, que se enfrentó a la dictadura intelectual de la Iglesia; su ambigüedad academicista le imposibilitaba estudiar la lucha de clases entre el capital y el trabajo, lo que propició la aparición de dos líneas antagónicas: la burguesa con dos vertientes, la fascista de Gentile (1875-1944) y la liberal de Croce (1866-1952); y la marxista representada por Labriola (1843-1904).

Nos hemos limitado a Alemania, Rusia e Italia porque los tres fueron escenarios en los que se enfrentarían a muerte el capital y el trabajo en el primer tercio del siglo XX; también en el Estado español y en otros Estados, pero carecemos de espacio. Al margen de las diferencias secundarias, la casta académica progresista fue más un obstáculo que un impulso para la revolución porque rompió la dialéctica entre la lucha política para destruir el Estado burgués y la crítica teórica radical del capitalismo. Uno de los méritos incuestionables de Rosa Luxemburg fue el de recuperar la dialéctica de la lucha política y teórico-crítica por el socialismo, unidad destruida por la II Internacional en general, y por Kautsky dentro de la socialdemocracia alemana. El «marxismo legal» ruso fue combatido por Lenin en este y otros temas, desde sus primeros escritos socioeconómicos y políticos, especialmente en el Qué Hacer de 1902. Liebknecht, antes de ser asesinado por la socialdemocracia junto a Rosa y cientos de obreros rojos, dejó escritos brillantes sobre la esencia político-militar del capitalismo, que podemos resumir en aquella frase de 1907: «La cuestión socialdemócrata –en tanto en cuanto cuestión política– es, en última instancia, una cuestión militar».

Los jóvenes marxistas que iniciaron su lucha contra el reformismo a comienzos del siglo XX, recuperaron la dialéctica de la lucha de clases, esencia del primer marxismo, en una dinámica siempre unida a y dependiente de los vaivenes de la revolución. Como había sucedido con Marx y Engels, también ahora fueron los ascensos, estancamientos y retrocesos de la lucha desde justo finales del siglo XIX en Rusia, de 1905-1906 en Europa, de nuevo desde 1909 y 1912, y por fin desde la recuperación a partir de 1916 hasta el estallido de 1917, los que forzaron avances teóricos sustantivos en los que no podemos extendernos ahora. La autonomía relativa de lo teórico, visible a simple vista durante la «paz» o «normalización social», volvió a demostrar su estrecha dependencia de la materialidad de la lucha cuando resurgían las contradicciones, en especial en 1905 y desde 1914.

El desarrollo teórico-político que se estaba logrando, no sólo abarcó el conjunto de la obra marxista inicial sino que también abrió muy fructíferas vías para el futuro. La totalidad de la civilización del capital fue sometida a la crítica implacable de la dialéctica en acción, empezando a corregirse errores escandalosos como, por ejemplo, la ausencia casi total de Nuestramérica en la izquierda revolucionaria europea hasta la Internacional Comunista. Pero, muy significativa y premonitoriamente, en el área en la que menos se avanzó y en la que más rápidamente se retrocedió después, fue en la concerniente a la dialéctica marxista, pese a los meritorios esfuerzos de Lenin, Trotsky, Rubín, Deborin, Pashukanis en cierta forma, o de Rosa Luxemburg con alguna debilidad en su visión de la dialéctica, o de Plejanov en sus primeros años, aparte de Lukács, Korsch y poco más.

De entre las varias razones que explican este retraso, resaltamos estas cuatro: una, la dificultad del estudio de Hegel y sus ambigüedades interna que se reflejan en la existencia de un hegelianismo conservador y otro revolucionario; dos, el conservadurismo de la casta académica de entonces, que tenía miedo al Hegel crítico, silenciando esta vertiente; tres, el dominio abrumador del kantismo y del positivismo –y de los economistas vulgares burgueses- en el mundo político-sindical y cultural, en la ideología dominante; y cuatro, los ingentes obstáculos que debía superar el primer marxismo en la popularización de la dialéctica, y el error mismo de no intentarlo hasta bastante tarde, como lo reconoció Engels. En la VIII entrega veremos cómo el stalinismo desnaturalizó la dialéctica.

La evolución de Lenin al respecto es paradigmática porque muestra tanto el potencial creativo de su método propio de pensamiento, como las limitaciones que los sucesivos contextos de lucha de clases ponían a ese potencial. En sus primeros textos, hasta Materialismo y empiriocriticismo de 1908-1909, existe en él una brillante capacidad de penetrar en la dialéctica real, material de las luchas concretas, que coexiste con una visión filosófica bastante pobre de la dialéctica marxista. Sin embargo, este libro de 1908, injustamente tratado y que la ciencia crítica valora cada día más, ya tiene una base heurística muy dialéctica, ascenso que se verá confirmado a pesar de sus límites en el textito Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de 1913: Lenin cita a la filosofía materialista, a la dialéctica, y a las aportaciones de Hegel como constitutivas de la primera fuente del marxismo, siendo la ley del valor la segunda, y la tercera, la organización política independiente del proletariado.

La debacle de la II Internacional con la guerra de 1914 le lleva a Lenin a autocriticarse en todos sus errores e incapacidades. En ese 1914 se sumerge en múltiples estudios entre los que destaca nada menos que la lectura de Hegel de manera sistemática. Lenin termina los Cuadernos filosóficos en 1916, llegando a una conclusión impactante: sin leer la Lógica de Hegel es imposible entender El Capital por lo que muy pocos marxistas entendían esa obra basal. Desde esta visión, es totalmente coherente la insistencia postrera de Lenin en que, por todos los medios, se enseñase la dialéctica a la juventud, al proletariado, al pueblo trabajador soviético.

Los Cuadernos fueron publicados en 1933 por lo que hasta ese año se ignoró esa verdad descubierta por Lenin. Aun peor, los Grundrisse, que según Rosdolsky ahorran la dura lectura de la Lógica de Hegel, sólo empezarán a ser estudiados con rigor a finales de la década de los ’50. Quiere decir esto, que hasta la mitad del siglo XX sólo se tenía una visión muy superficial y mecánica del marxismo porque sin la dialéctica se desconoce el potencial revolucionario de la crítica radical del valor, del valor de cambio y de la mercancía, la fuerza emancipadora de la teoría del valor-trabajo y de la plusvalía, también se desconoce aunque se sufra el inhumano poder del fetichismo de la mercancía y la urgencia de echar al basurero de la historia ese Moloch que es el trabajo-abstracto…, en suma, sin la dialéctica se cree que el capital es una «cosa» que tiene aspectos buenos y malos de modo que desarrollando los primeros y reduciendo los segundos podríamos llegar a la «sociedad justa». En realidad, el marxismo nos demuestra que el capital es una relación social de explotación que sobrevive como los vampiros, chupando a la humanidad su trabajo vivo para convertirlo en trabajo muerto, en cadenas.






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jueves, 30 de mayo de 2019

Gil de San Vicente | Doce Apuntes sobre Marxismo (III)

Lo prometido es deuda y antes de que cierre mayo traemos a ustedes la tercera entrega de las doce que Iñaki Gil de San Vicente nos viene compartiendo en La Haine:


Iñaki Gil de San Vicente

Hacemos la entrega III de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, en esta entrega analizaremos el período que va de 1848 a 1871. Avisamos que en la IV trataremos del período que va de la Comuna de 1871 hasta la Segunda Internacional de 1889. En estas dos –III y IV—la exposición del meollo teórico será sucinta porque en la VI expondremos el marxismo en su primera generación más en detalle.

La entrega II exponía los límites del comunismo utópico y la tesis de que el marxismo se constituyó como la matriz teórica de todas las luchas sociales, por muy diferentes que parezcan ser. Tal matriz no se formó instantáneamente, sino que requirió un largo proceso colectivo e individual. Desde mediados del siglo XVIII se forman en Inglaterra las primeras uniones obreras defensivas, sin contenido político de ataque al Estado y menos a la propiedad privada. Entre 1790-91 surgen estas uniones en París; desde 1792 aparecen en Filadelfia, Nueva York, Baltimore…y luego se extienden por donde avanza la industrialización.

Que se sepa, la primera organización clandestina proletaria creada para destruir el poder burgués, se fundó en Glasgow, Escocia, en 1819, dirigiendo la primera huelga política general del mundo en abril de 1820. En 1830 se creó en Lyon una caja de resistencia proletaria, y en 1831 estalló allí la gran huelga de los tejedores que desbordaba la política burguesa y avanzaba hacia la proletaria: así lo entendió la Cámara de Diputados en 1832, reconociendo que lo más peligroso de la huelga era que no se había regido por la política burguesa. Con altibajos, el mismo avance se vivía en el los principales Estados capitalistas: la formación de clubs, ligas y grupos de comunistas utópicos frecuentemente secretos. Entre otras muchas, la huelga general de París de septiembre de 1840, traslucía ya la eficacia del avance político organizativo.

Este contexto de lucha que rozaba ya la estrategia política determinó la evolución primero de Engels y después de Marx entre 1842 y 1845. Pese a su juventud, Engels estudió el capitalismo y abrió la senda por la que luego arrollaría Marx que si bien no tenía la formación económica de su amigo, sí había integrado en su método las tesis de Hegel de 1802 sobre la importancia del trabajo en la historia humana, lo que le permitió ponerse a la altura de Engels en poco tiempo. Para finales de 1843 y comienzos de 1844, Engels ya había descubierto que los desiguales ritmos de Alemania con su filosofía dialéctica, de Francia con su teoría política y de Inglaterra con su teoría económica, eran tres expresiones particulares del capitalismo que entonces sólo ocupaba una pequeña parte de la tierra, pero era imparable.

En el París de 1844 Marx milita en el vórtice del huracán social, entre la huelga general de 1840 y la revolución de 1848, entre las ligas secretas y los debates interminables con las corrientes utópicas. Allí escribe los Manuscritos de París en los que inserta la crítica de la alienación en la crítica superior de la economía política capitalista, que demuestra conocer muy bien gracias a sus estudios de los fundamentales teóricos burgueses. La alienación es un concepto clave que no desaparecerá nunca en la obra de Marx y que dará un salto en calidad crítica con la teoría del fetichismo en El Capital.

En 1845 él y Engels debaten en Londres con la izquierda cartista que se encuentra entre la derrota del pasado y una gran reactivación de la lucha de clases, y en ese clima Engels escribe La situación de la clase obrera en Inglaterra, obra no superada aún por la sociología burguesa. Ese mismo año, ambos amigos redactan La ideología alemana, un adelanto brillante para la época del materialismo histórico; y Marx las vitales Tesis sobre Feuerbach que definen la praxis comunista. Sus esfuerzos por crear un grupo comunista internacional que impulse la conciencia política, en el proletariado chocan de frente con las ideas anarquistas y de parte de comunistas utópicos –Bakunin, Weitling…- que sostienen que no hace falta la militancia paciente y pedagógica entre la clase obrera porque ésta, dicen, ya es radical por la simple dureza de su vida explotada. Surge aquí un debate estratégico entre el marxismo y los reformismos, expontaneísmo y utopismos, que reaparecerá una y mil veces en la lucha de clases.

En 1846 esta discusión adquiría toda su importancia porque se oteaban temporales sociales: por ejemplo, en ese mismo año estalla la insurrección en Cracovia; y en Inglaterra se conquista la jornada laboral de 10 horas en 1847, lo que azuza otras movilizaciones en el continente europeo y en los EEUU. A la vez, aumentan las reivindicaciones nacionales que minan el poder de Estados claves, como Gran Bretaña, Austria-Hungría, Rusia, Alemania, Turquía…, mientras que otros están en decadencia imparable como el Estado español; y el feminismo obrero impulsado por Flora Tristán pese a morir en 1844, penetra poco a poco que la clase obrera, en las utopías socialistas, anarquistas y comunistas, y en lo que más adelante se denominará «marxismo» entre otras cosas gracias a la sistemática tarea de Jenny von Westphalen, Mary Burns y otras tantas revolucionarias que adquiriendo merecida influencia.

Marx y Engels redoblan sus esfuerzos escribiendo el primero de ellos dos textos de combate político urgente y también de profundización teórica en el debate con los utopistas: La miseria de la filosofía en el que hunde al reformismo anarquista, y Trabajo asalariado y capital, destinado a armar teóricamente al proletariado. La decisiva teoría de la plusvalía aún no está desarrollada en estos textos, pero su impacto esclarecedor es innegable. Engels por su parte escribe Principios del Comunismo. Fue durante ese esfuerzo impresionante que en verano de 1847 se reunieron un pequeñito grupo de comunistas en Londres, al que acudió sólo Engels, que redacta un documento de trascendencia histórica porque afirma que la Liga de los comunistas busca destruir el poder burgués, acabar con la propiedad privada y avanzar a una sociedad sin clases sociales. La siguiente reunión fue en noviembre de ese año. Marx explicó con paciencia sus ideas que fueron aceptadas, tomándose la decisión de escribir un Manifiesto.

En enero de 1848, mientras estallaba la insurrección en Nápoles y Sicilia, ambos amigos, con la decisiva ayuda de Jenny, entregaban el Manifiesto Comunista, obra magistral pese a que sus autores todavía no habían desarrollado del todo la crítica radical del capitalismo, esfuerzo que daría sus frutos dos décadas después. El Manifiesto es un paso cualitativo de valor permanente en problemas vitales: la expansión mundial del capitalismo y su dialéctica del desarrollo desde una visión crítica y no mecánica; la lucha de clases como un proceso abierto y no automático; el primer esbozo de la composición orgánica del capital y de la teoría de la crisis; la dialéctica de lo nacional e internacional; la emancipación radical de la mujer; la crítica del reformismo; el papel del Estado burgués; la necesidad de la organización y de la toma del poder; el programa mínimo y el programa máximo….

Pero no dio tiempo a que el proletariado debatiera el Manifiesto para que las aplicara si las aceptase: no es la primera vez ni será la última en la que los pueblos se lanzan a la lucha antes de que la izquierda esté preparara, y casi nunca es un error de precipitación popular, sino casi siempre es incapacidad de la izquierda. En febrero de 1848 estalló la revolución en Francia, en marzo en Alemania, ardiendo como la pólvora por Europa. Marx fue rápidamente a Viena para preparar a las milicias obreras y gastó la herencia familiar en comprar armas. Engels mejoró su estrategia militar en las batallas en Alemania. La oleada revolucionaria fue ahogada en sangre en 1849, precisamente cuando se iniciaba una recuperación de la economía capitalista.

Los dos amigos hicieron un riguroso análisis autocrítico de la derrota. En La lucha de clases en Francia, de enero de 1850 Marx utilizó por primera vez el concepto de «dictadura del proletariado» como única garantía para vencer al capital. En la Circular del Comité Central a la Liga Comunista de marzo de ese año, uno de los textos más odiados por la burguesía, se argumentó la necesidad del proletariado en armas, la independencia política, la desconfianza absoluta hacia la burguesía «democrática», etc., defendiendo la teoría de la revolución permanente. Inquietudes similares latían en La guerra campesina en Alemania de verano de 1850, en Revolución y contrarrevolución en Alemania de 1851-52, y en El dieciocho Brumario de Luís Bonaparte de comienzos de 1852, en donde aparece el decisivo concepto de «nación trabajadora» enfrentada en el mismo país a la nación burguesa dominante: dos modelos inconciliables de nación que corresponden a los dos bloques clasistas antagónicos, el proletariado y el burgués, que se enfrentaban a diario en las calles: entre 1853 y 1855 se realizaron 345 juicios contra huelguistas solamente en el Estado francés. Pura dialéctica de unidad y lucha de contrarios.

En todos los países, una dictadura burguesa de facto, más o menos disimulada, impedía con represiones que se desarrollara el modelo proletario de nación. Como hemos dicho, la economía empezó a recuperarse en 1849. En la pobreza más dura azotando a la familia Marx, éste y Engels –vigilados por las policías- creyeron que pronto volvería la crisis, pero esta se retrasó hasta 1857 aunque su impacto reactivó las contradicciones dormidas y creó otras nuevas. Ya en 1851 Marx tuvo que responder a los compañeros que reducían la importancia de la teoría crítica del capitalismo que él y Engels planteaban como una necesidad. En 1864 se quejaba de la pobreza intelectual de los dos delegados ingleses en la I Internacional. Todavía en mayo de 1868, nueve meses después de publicarse el Libro I de El Capital, los dos amigos comentaban en su correspondencia casi diaria el desdén por la teoría de muchos dirigentes de la izquierda revolucionaria.

Mientras tanto en 1853 estalló la guerra de Crimea obligándoles a analizar los problemas internacionales más en detalle, y en 1857 se produjo la sublevación de la India y la inhumana represión inglesa, lo que unido a la tenaz resistencia argelina a las masacres francesas y a la lucha irlandesa, polaca y otras les llevó a profundizar en la opresión nacional. En 1857 Marx redactó los Grundrisse, un denso borrador imprescindible para entender plenamente El Capital, pero no quedó contento y continuó sus estudios para, en 1859, publicar Una contribución a la crítica de la economía política: poco a poco desarrollaba el contenido y la forma de lo que sería El Capital como se aprecia en los Teorías sobre la plusvalía, de 1862, y en los Manuscritos de 1861-1863, que contienen un poco de todo y más, pero con una visión nueva.

La policía alemana conocía la creciente influencia de Marx y lanzó una campaña de desprestigio contra él acusándole de todo, y contra la izquierda en su conjunto, para reforzar a un reformismo democraticista muy tocado. La respuesta de Marx fue Herr Vogt, texto de 1860, que insufló nuevos bríos al movimiento revolucionario en un momento en el que, por un lado, se cocía en su interior una corriente reformista más peligrosa que la defendida por Vogt: la de Lassalle que anunciaba retrocesos que Bernstein explicaría tres décadas más tarde; por otro lado, crecía la relación entre obreros europeos, sobre todo franceses e ingleses, abriendo la vía para la I Internacional de 1864 e ilegalizada en muchos países; y por último, la emancipación de la esclavitud reforzaba el internacionalismo proletario y exigía profundizar más en la visión mundial del capitalismo y por tanto de la lucha de clases porque aquella guerra, además de plantear lo esencial de la libertad, también afectó negativamente a las condiciones de las clases trabajadoras de Europa.

Aun así, pese a quedar al descubierto la maniobra de intoxicación, la policía alemana infiltraba desde 1863 pacifistas en la dirección del incipiente socialismo, para combatir la influencia creciente del pequeño grupo que seguía a Marx y Engels, pero fracasando. En efecto, además de los escritos sobre la guerra civil en los EEUU, en esos años Marx y Engels militaron intensamente en la organización de la I Internacional, en la lucha sindical, en la lucha contra las opresiones nacionales, etc., buscado cómo divulgar el comunismo: su  Manifiesto Inaugural, redactado por Marx en septiembre de 1864, es brillante. A le vez, no descuidó su crítica de la economía política burguesa como se aprecia en Salario, precio y ganancia de 1865. Se ha dicho con razón que llevaba ya tres intentos de redactar la obra «definitiva», logro que estaba a punto de culminar cuando en 1866 Prusia aplastó a Austria, y en 1867 se extremaron las tensiones franco-prusianas. Por fin en septiembre de este año aparece el Libro I de El Capital pero tampoco será «definitivo». Inmediatamente, un Marx muy agradecido le reconoce a Engels sus importantes aportaciones a la obra que, en sí, es un torpedo bajo la línea de flotación del capitalismo.

La militancia comunista no descansaba porque entre 1866 y 1870 se endurecieron las múltiples expresiones de la lucha de clases. El reformismo organizó en Ginebra en 1867 el primer congreso de la Liga por la Paz y la Libertad, denunciada por Marx que pedía su boicot. En 1868 se reactivaron las disputas entre los anarquistas y el grupo de la I Internacional ya denominado «marxista» lo que no frenó su crecimiento: para comienzos de 1870 actuaba en diez Estados aunque de forma semilegal e ilegal en varios de ellos, y la represión le retrasaba entrar en otros. Si en 1819 se fundó en Glasgow la primera organización política obrera clandestina, en 1869 en Alemania se creó el primer partido con un marxismo muy limitado aún, pero que amenazaba cada vez más a la burguesía porque, entre otras luchas, también dirigía el poderoso rechazo a la guerra contra Francia.

La guerra empezó el 19 de julio de 1870. París, Berlín y otras muchas ciudades vivieron movilizaciones de protesta. Liebknecht y Bebel se abstuvieron de votar el presupuesto militar alemán el 21 de julio de 1870, El primer Mensaje contra la guerra de la I Internacional fue del 23 de julio, redactado por Marx, se tradujo a las lenguas más conocidas y rápidamente llegó a los EEUU. La derrota francesa fue fulminante y Napoleón III se rindió el 2 de septiembre, pero la guerra continuó. La crisis política pre-revolucionaria estalló en París el día 4, derrocando al Imperio e instaurando la Tercera República. El segundo Mensaje fue del 9 de ese mes y era tan duro contra Alemania que Liebknecht, Bebel y otras personas fueron encarceladas hasta marzo de 1871; también llamaba a los obreros ingleses a que apoyasen a Francia, generando una movilización social nunca vista.

El ejército alemán cercó París el 20 de septiembre, exigiendo una rendición casi incondicional que el nuevo gobierno rechazó. Pero el régimen burgués estaba tan podrido que ni pudo ni quiso organizar la resistencia desesperada al invasor y tras fracasar en los pocos intentos que hizo, se postro ante Alemania el 29 de enero de 1871. Mientras, el hambre, el desprecio a la burguesía vendida y el odio al invasor alimentaron la ira popular, campesina y obrera, y el 18 de marzo de 1871 se creó la Comuna de París en la que las mujeres serían fundamentales. Los y las seguidoras de Marx y Engels, eran minoritarias entre el pueblo trabajador, pero tenían la razón…






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sábado, 19 de mayo de 2018

Los Vascos y el '68

1968, el año que cambió al mundo, fue testigo de como nada se movía en el estado español bajo la sofocante bota represiva de los militares así como de los diversos grupos terroristas bajo el mando de Francisco Franco Bahamonde y sus ministros, muchos de los cuáles, diez años después, se transformarían por arte de magia en demócratas de toda la vida. 

En Eukal Herria el asunto estuvo más movido, tal vez por la cercanía con el estado francés, tal vez por su caracter de territorio fronterizo, tal vez por el indómito carácter del pueblo vasco que diez años antes había comenzado a conformar un auténtico movimiento de liberación, mismo que fuese fuertemente combatido por los diferentes estamentos del estado.

Por medio de este reportaje dado a conocer por Deia, traemos a ustedes las vivencias de cuatro vascxs que tuvieron la oportunidad de vivirlo:


Jokin Apalategi, Maite Idirin, Mariasun Landa y Joxean Agirre, que entonces rondaban la veintena, se sintieron inmediatamente cautivados por aquel movimiento que se rebelaba contra una sociedad tradicional y jerárquica.

Marta Martínez | Fotografía: Iker Azurmendi

En 1968, la poesía salió a las calles de París. Lemas como Seamos realistas, hagamos lo imposible, Bajo los adoquines, la playa o Prohibido prohibir marcaron a toda una generación de jóvenes entusiastas con ansias de libertad entre los que se encontraban Jokin Apalategi, Maite Idirin, Mariasun Landa y Joxean Agirre. Los cuatro jóvenes vascos, que entonces rondaban la veintena, se sintieron inmediatamente cautivados por ese despertar universitario que se rebelaba contra una sociedad tradicional y jerárquica. El mayo francés fracasó políticamente, pero el debate se apoderó de cada esquina durante los años siguientes y la sociedad emprendió un camino de no retorno.

Para Jokin Apalategi (Ataun, 1943), apasionado de las ciencias humanas y sociales, fueron los “mejores días” de su “vida”. Su currículo es extenso: licenciado en Filosofía, doctor en Sociología, profesor titular de Antropología en la UPV/EHU y Catedrático honorario en Psicología Social en la misma universidad. Y todo comenzó en París, adonde llegó el 13 de octubre de 1967, tras finalizar su formación en el seminario de Donostia. “Yo no quería ordenarme, así que el rector, José Ignacio Tellechea Idígoras, me envió a Zaragoza para que siguiera con mis estudios y me dio un puesto en la residencia estudiantil de los jesuitas. Duré tres días, aproveché que era el día de la Pilarica para coger un tren rumbo a París, no le dije nada a nadie, ni siquiera a mi familia”, explica entre risas. Cumplía así su sueño. Como cualquier vasco que llegaba en aquella época a la capital francesa, se dirigió a la Euskal Etxea y seis días después ya estaba estudiando Filosofía en la Universidad Católica.

Aprendió francés sobre la marcha. “No podía ir a clases porque tenía que trabajar para pagarme los estudios”. El 3 de mayo de 1968, salía de la universidad cuando vio “a los estudiantes de Nanterre, que habían venido por primera vez a manifestarse a París y llegaron hasta la Sorbona”. “Fue una cosa impresionante, me quedé impactado, yo tenía en mi cabeza todas esas imágenes de lo que había vivido en San Sebastián y tantos amigos que tuvieron que exiliarse, otros que estaban en la cárcel, y ahí estaba pasando eso”, asegura, todavía con entusiasmo, 50 años después.

Su universidad también cerró y durante los días que los estudiantes tomaron la Sorbona, Apalategi y sus amigos acudieron cada día a respirar aquel ambiente único, primero en metro y después, cuando se paralizó la ciudad, andando. “Allí he visto discusiones sensacionales que me han marcado para toda la vida, ver a Jean-Paul Sartre discutiendo con los estudiantes era algo sensacional;cuando daba la palabra se hacía el silencio, se respiraba respeto”, describe Apalategi, quien no intervino en las discusiones “porque no tenía suficiente calidad en francés como para llevar un debate”. “Además, los franceses hablan tan bien que te sientes acomplejado”, interrumpe su esposa, la cantante Maite Idirin (Ugao, 1943). La pareja, residente en Angelu (Lapurdi), se conoció en la Euskal Etxea de París en aquella época. “En el País Vasco no estábamos acostumbrados ni a oír hablar, porque el franquismo no dejaba nada. Pero en París se podía todo, discutían como nosotros no sabíamos discutir, se hablaba muy bien, con mucha educación, daba gusto asistir a esos debates”, añade.

“A nosotros nos daba envidia cómo hablaba cualquier obrero, todo el mundo, qué manera de expresarse. Era un espectáculo, se analizaba todo lo que estaba pasando. Había debate permanente, las 24 horas, en la Sorbona, en los teatros, en los centros de trabajo. En el Teatro del Odeón entraban 1.200 personas y siempre estaba ocupado, de día y de noche, salíamos unos y entraban otros. Estábamos ocupadísimos, contentos, aprendiendo muchísimo de todos los debates, más que en la universidad. Fue una cosa gloriosa, emocionante, un regalo enorme”, recuerda Apalategi.

Todo eso en una ciudad paralizada, en la que no circulaba el transporte público, no se recogían las basuras, con barricadas de adoquines levantadas por los estudiantes, enfrentamientos con la Policía, manifestaciones y una huelga general secundada por diez millones de trabajadores. El conflicto llegó a su fin con la celebración de elecciones anticipadas a finales de junio, que volvió a ganar Chales de Gaulle. Los partidos de izquierdas que habían apoyado la movilización estudiantil fracasaron en su intento de acabar con el general. Sin embargo, el Gobierno y los representantes estudiantiles llegaron a un acuerdo para la creación de una universidad nueva que cumpliera con las exigencias de los jóvenes. Apalategi fue uno de sus primeros alumnos cuando se inauguró en enero de 1969. Luego se sumaron Maite Idirin y Joxean Agirre. “Era una universidad libre, verdaderamente”, explica la cantante, que cursó la licenciatura de Sociología, al igual que su esposo. “Estudié cuatro años en Vincennes más la tesis doctoral y al mismo tiempo estudiaba Sociología con Alain Touraine en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París”, explica Apalategi. “En aquellos tiempos estudiábamos con devoción”, rememora, con cierta nostalgia, quien tuvo el privilegio de escuchar en vivo a Jean-Paul Sartre, asistir a las clases de Alain Touraine y Nicos Poulantzas o manifestarse junto a Alain Geismar, uno de los líderes del mayo francés.

En París, Apalategi conoció también a su esposa, Maite Idirin, quien llegó en el año 1969, tras una breve estancia en Iparralde. Se marchó de su Ugao natal porque “estaba perseguida” y pronto descubrió un mundo fascinante. “En torno a mayo del 68 hay también un resurgir de todas las identidades minoritarias como los corsos, vascos, acitanos, bretones y catalanes, que empiezan a agruparse, a hacer reuniones. En los años 71 y 72 se celebra en París el festival de los cinco pueblos en lucha”, explica Apalategi. Idirin fue una de las cantantes;también Lluís Llach. “Era un ambiente impresionante”, recuerda. Durante tres años estuvo cantando cada noche en la sala La Candelaria, en el Barrio Latino, un local regentado por el donostiarra Miguel Arocena. “Siempre cantaba en euskera y suscitaba mucha curiosidad, mucha gente me preguntaba qué idioma era, había un diálogo continuo, era muy bonito”, sostiene. “Tuve mucha suerte”, reconoce la cantante. Y, aunque entonces la protesta había llegado a su fin, el movimiento, el espíritu y las ideas permanecieron durante los años siguientes. La pareja permaneció en París hasta el nacimiento de su hijo, en diciembre de 1972. “Lo teníamos claro, queríamos volver porque queríamos que el hijo fuera euskaldun, que fuera a la ikastola”, explican. Pero aquella época les marcó de por vida.

Mariasun Landa (Errenteria, 1949) llegó cuando la primavera había dado paso ya al otoño y las protestas habían llegado a su fin, pero recuerda “esa orgía de la palabra” como algo fascinante. “En lugar de conocer a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir o ligar con Daniel Cohn-Bendit, a mí me toca hablar del mundo de una chavala joven de chambre en chambre pasando relativas penurias”, rememora. Landa llegó a París con 19 años con ganas de emanciparse, de vivir, de saber, de aprender idiomas. Comenzó trabajando deau pair y conoció de cerca la realidad de la emigración española en Francia. “En aquella época había 100.000 emigrantes españoles”, cuenta, muchos de ellos mujeres que trabajaban en el servicio doméstico.

La escritora plasmó aquella experiencia en su obra La fiesta en la habitación de al lado.“El título hace referencia a esa sensación que pasa muchas veces, que cuando tú llegas resulta que ya no hay fiesta;pero aunque no había fiesta, había muchas cosas, conocí el mundo de la emigración, del antifranquismo, los grupos clandestinos”, rememora. Landa residió en París cuatro años, aprendió francés y después estudió Filosofía en la universidad. Y aunque no vivió la fiesta del mayo francés, sí asistió a la del feminismo.

“En mayo del 68, la reivindicación era de ruptura de costumbres, de liberación, había algo envejecido en la sociedad, que era la costumbre y una juventud nueva demandaba, para empezar, liberación sexual. Fue la revolución del deseo, el deseo aquí y ahora. Yo comparo aquellos años con los años de la transición aquí. Se abrió la olla a presión”, analiza Landa, quien recuerda una de las principales exigencias de los estudiantes de Nanterre: que se permitiera visitar las habitaciones del sexo contrario en las residencias universitarias, algo que estaba prohibido. “Así era nuestra vida, muy diferenciada”, destaca.

“Todo lo que se dio en Mayo del 68, se dio luego en el movimiento de mujeres”, asegura. Francia era todavía entonces una sociedad muy tradicional y machista. Hasta 1965, las mujeres necesitaban el permiso de sus maridos para abrir una cuenta corriente o viajar, mientras que la ley que autorizaba la contracepción fue aprobada en 1967, “pero no encontrabas a muchos médicos que te recetaran la píldora”, explica Landa. El aborto estaba totalmente prohibido. “Así fui yo a Francia en 1968, no fui a un país liberado. La liberación vino en los años siguientes”, explica Landa.

“Después de mayo del 68, las mujeres se dieron cuenta de que en la izquierda que lideró todo el movimiento también se las postergaba a hacer el bocadillo”, sostiene la escritora. En palabras de la historiadora Bibia Pavard, “ellas estaban en todas partes, excepto en los centros de poder”. Así, en 1970 surge el Movimiento de Liberación Femenina (MLF). “A mí se me caía la baba, porque yo estaba deseando algo así en Euskal Herria”, recuerda Landa.

Llegaron las manifestaciones y el manifiesto de las 343 (abril de 1971). “Un millón de mujeres abortan cada año en Francia. Ellas lo hacen en condiciones peligrosas debido a la clandestinidad a la que son condenadas cuando esta operación, practicada bajo control médico, es una de las más simples. Se sume en el silencio a estos millones de mujeres. Yo declaro que soy una de ellas. Declaro haber abortado. Al igual que reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre”, decía el manifiesto firmado por 343 mujeres, entre ellas Beauvoir y Catherine Deneuve. “Aquello fue un escándalo”, recuerda Maite Idirin, muy involucrada también en el movimiento de mujeres de la época. “Estuve manifestándome al lado de Simone de Beauvoir y la abogada Gisele Halimi en París”, recuerda. Tuvieron que pasar cuatro años más, hasta 1975, para que se legalizara el aborto.

Mariasun Landa ve un hilo invisible entre aquella época con la lucha de las mujeres actual. “Tomar la palabra, transgredir, hablar de lo que hasta ahora no se hablaba, que lo privado también es público, esto último ha sido fundamental para el movimiento feminista, para el movimiento de liberación de las mujeres. El actual Me too es eso también. Es una lucha que no ha conocido fin y que continúa hoy en día”, analiza.

La escritora rememora aquella época con cierta melancolía porque “es un tiempo que ya pasó, que fue nuestra juventud, pero además es un tiempo que no volverá, porque la sociedad ha entrado en otra dinámica”. “A mí me marcó en mi cultura, que es bastante afrancesada, en mi escala de valores, en mi percepción de las relaciones humanas”, señala.

Joxean Agirre (Azpeitia, 1949) llegó en otoño de 1969 para estudiar Sociología en la Universidad de Vincennes. “Para nosotros fue bastante impactante llegar a París y ver aquel ambiente, pasamos el primer año totalmente embobados y en la universidad todavía más, era alucinante”, explica. La universidad respondía a las exigencias del movimiento estudiantil contra la rigidez de la educación, “apertura de la universidad al mundo contemporáneo, mezcla de departamentos, en definitiva, que no fuera todo tan rígido”.

Vincennes funcionó como universidad experimental, “cogías unas asignaturas troncales, pero luego había danza, teatro, estudios feministas, cosas que en aquella época eran muy novedosas;no se hacían exámenes, sino trabajos en grupos pequeños que luego tenían que defender ante el profesor”. El debate era el motor de la enseñanza. Era un ambiente de izquierdas en el que los diferentes grupos y profesores “le daban vueltas y vueltas a las mismas cuestiones”. “Se hablaba continuamente de mayo del 68, era una especie de obsesión. La obsesión era organizar un partido fuerte a la izquierda del Partido Comunista, para ir más allá si se presentaba otra oportunidad”, apunta Agirre. En aquella época, el escritor y periodista guipuzcoano estaba muy interesado en la situación política y por ello “fue una etapa muy importante”. “Nosotros estábamos muy metidos en la vorágine de pensamiento crítico, sobre todo de autores marxistas de todo pelaje. Luego me aburrí y pasé a la literatura. Pero en aquellos momentos, la literatura no me interesaba nada. En esos tiempos, Samuel Beckett solía acudir a una cervecería del barrio latino y se tomaba una cerveza con sus amigos irlandeses. Ahora me hubiera gustado ir allí en vez de tanto marxismo. Claro, no le hubiera saludado, pero estaría mirándole con un embobamiento total. Ahora me parece más interesante Beckett que bastantes profesores que conocí allí”, reconoce.

En una entrevista reciente, el sociólogo Alain Touraine, que en marzo de 1968 tenía como alumnos a Cohn-Bendit y Geisman, aseguraba que “en mayo del 68 inventamos los movimientos sociales”. En la misma línea, según Mariasun Landa, “el espíritu del 68 ha fecundado en la actualidad los movimientos sociales”.

Fechas clave

22 de marzo. Los estudiantes de la Universidad de Nanterre protestan contra las rígidas normas de la universidad.

3 de mayo. La protesta llega al centro de París.

13 de mayo. Los sindicatos convocan una huelga general, se paralizan los transportes, las universidades y los centros de trabajo. Diez millones de trabajadores secundan la convocatoria.

Feminismo

1965. Las francesas alcanzan su “mayoría de edad”: se elimina la ley que exigía a las mujeres el permiso del marido para abrir una cuenta o viajar, entre otras cosas.

1969. Se aprueba la contracepción.

1970. Surge el Movimiento de Liberación Femenina.

1971. Manifiesto de las 343 a favor del aborto libre.

1975. Se legaliza el aborto.

Vincennes

Acuerdo. El Gobierno y los representantes de los estudiantes llegaron a un acuerdo por el que se creó la Universidad de Vincennes.

Objetivo. Respondía a las exigencias del movimiento estudiantil contra la rigidez en la educación.

La Universidad. Abrió sus puertas en enero de 1969, con profesores llegados de todas las universidades del país.





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sábado, 5 de mayo de 2018

El Legado Intelectual de Marx

Que sorpresa nos hemos llevado al encontrar hoy, Bicentenario de su Natalicio, este texto en favor del legado de Marx nada mas y nada menos que en las páginas de The New York Times:


Jason Barker | Profesor adjunto de Filosofía en la Universidad Kyung Hee de Corea del Sur

El 5 de mayo de 1818, en la ciudad sureña de Tréveris, Alemania, ubicada en la pintoresca región vinícola del valle del Mosela, nació Karl Marx. En esa época, Tréveris era diez veces más pequeña que ahora, que tiene una población cercana a los 12.000 habitantes. Según uno de los biógrafos recientes de Marx, Jürgen Neffe, Tréveris es una de esas ciudades donde “aunque no todos se conocen, hay muchas personas que saben bastante de los demás”.

Estas restricciones provinciales no iban con el ilimitado entusiasmo intelectual de Marx. Fueron pocos los pensadores radicales de las principales capitales europeas de su época que no conoció o con quienes no rompió por motivos teóricos, entre ellos sus contemporáneos alemanes Wilhelm Weitling y Bruno Bauer; el “socialista burgués” de Francia Pierre-Joseph Proudhon, como lo etiquetaron Marx y Friedrich Engels en su libro El manifiesto comunista, y el anarquista ruso Mikhail Bakunin.

En 1837, Marx se negó a seguir la carrera de leyes que su padre —quien era abogado— había planeado para él y, en cambio, se sumergió en la filosofía especulativa de Georg Wilhelm Friedrich Hegel en la Universidad de Berlín. Se podría decir que a partir de ahí todo fue de mal en peor. El gobierno prusiano y su conservadurismo profundo no vieron con buenos ojos ese tipo de pensamiento revolucionario (la filosofía de Hegel proponía un Estado liberal racional) y, para inicios de la siguiente década, la trayectoria académica de profesor universitario que Marx escogió había sido bloqueada.

Si alguna vez pudiera haber una argumentación convincente para demostrar los peligros de la filosofía, sin lugar a duda sería el descubrimiento que hizo Marx de Hegel, cuya “melodía grotesca y escabrosa” le causó repulsión en un principio, pero pronto lo tendría bailando delirante por las calles de Berlín. En una carta de noviembre de 1837, escrita con la misma exaltación, Marx le confesó a su padre: “Quería abrazar a todas las personas que estaban paradas en la esquina”.

En este bicentenario del nacimiento de Marx, ¿qué lecciones podríamos obtener de su peligroso y delirante legado filosófico? ¿Cuál sería exactamente la contribución duradera de Marx?

En la actualidad, parecería que su legado está vivo y en buena forma. Desde el inicio del milenio, han surgido una cantidad incalculable de libros, desde trabajos académicos hasta biografías populares, en los cuales se respalda en términos generales la lectura que Marx hizo del capitalismo y su relevancia imperecedera para nuestra época neoliberal.

En 2002, en una conferencia en Londres a la que asistí, el filósofo francés Alain Badiou declaró que Marx se había convertido en el filósofo de la clase media. ¿Qué quiso decir? Creo que su intención fue señalar que, en estos días, la opinión liberal y educada coincide de forma más o menos unánime en que la hipótesis básica de Marx es correcta: el capitalismo es impulsado por una lucha de clases profundamente divisiva en la que la clase minoritaria en el poder se apropia del excedente de mano de obra de la clase trabajadora mayoritaria, a manera de ganancia. Incluso economistas liberales como Nouriel Roubini aceptan que la convicción de Marx de que el capitalismo tiene una tendencia inherente a autodestruirse sigue siendo tan profética como lo fue desde un inicio.

Sin embargo, en este punto se termina la unanimidad de forma abrupta. Aunque la mayoría coincide con el diagnóstico del capitalismo que ofreció Marx, las opiniones para encontrar la manera de tratar su “trastorno” están absolutamente fraccionadas. Además, en este punto radican la originalidad y la gran importancia de Marx como filósofo.

Primero que nada, seamos claros: Marx no llegó a una fórmula mágica para poder abandonar las enormes contradicciones sociales y económicas que conlleva el capitalismo global (según Oxfam, en 2017, el 82 por ciento de la riqueza en el mundo fue a parar en manos del uno por ciento más rico del planeta). No obstante, lo que Marx sí consiguió por medio de su pensamiento materialista fue obtener las armas críticas para socavar la declaración ideológica del capitalismo que lo muestra como la única opción.

En El manifiesto comunista, Marx y Engels escribieron lo siguiente: “La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia”.

Marx estaba convencido de que el capitalismo los convertiría en reliquias. Por ejemplo, los avances que se están logrando en los diagnósticos médicos y las cirugías gracias a la inteligencia artificial corroboran el argumento de El manifiesto… según el cual la tecnología iba a acelerar en gran medida la “división del trabajo” o la desprofesionalización de esas carreras.

Para entender de mejor manera cómo fue que Marx logró un impacto mundial tan duradero —uno que podría ser más importante y tener mayor alcance que el de cualquier otro filósofo anterior o posterior a él—, podemos empezar con su relación con Hegel. ¿Qué tenía el trabajo de Hegel que cautivó de tal forma a Marx? Como le informó a su padre, los primeros encuentros con el “sistema” de Hegel —que se construye a sí mismo mediante la superposición de negaciones y contradicciones— no lo habían convencido en su totalidad.

Marx descubrió que los idealismos de finales del siglo XVIII de Immanuel Kant y Johann Gottlieb Fichte que dominaban el pensamiento filosófico a inicios del siglo XIX daban tanta prioridad al pensamiento mismo, que se sostenía que se podía inferir la realidad por medio del razonamiento intelectual. Sin embargo, Marx se rehusó a respaldar la realidad que proponían esos pensadores. En un giro irónico al estilo hegeliano, era todo lo contrario: el mundo material determinaba todo el pensamiento. Como Marx lo menciona en su carta: “Si los dioses habían habitado antes por encima del mundo, ahora se habían convertido en su centro”.

La idea de que Dios —o los “dioses”— moraban entre las masas, o estaban “en” ellas, por supuesto que no era nada nuevo en términos filosóficos. No obstante, la innovación de Marx fue poner de cabeza la deferencia idealista, no solo ante Dios, sino ante cualquier autoridad divina. Mientras que Hegel no quiso ir más allá de la defensa del Estado liberal racional, Marx dio un paso más adelante: como los dioses ya no eran divinos, no había necesidad de un Estado.

El concepto de la sociedad sin clases y sin Estado definiría las ideas que tenían del comunismo tanto Marx como Engels y, por supuesto, la historia ulterior y atribulada de los “Estados” comunistas (¡qué ironía!) que se materializaron durante el siglo XX. Aún queda mucho por aprender de esos desastres, pero su relevancia filosófica permanece incierta, por decir lo menos.

El factor clave del legado intelectual de Marx en nuestra sociedad actual no es su “filosofía”, sino su “crítica”, o lo que describió en 1843 como “la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder”. Marx escribió en 1845: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

La opresión racial y sexual se han añadido a la dinámica de la explotación de clases. Los movimientos que luchan por la justicia social, como Black Lives Matter y #MeToo, tienen una especie de deuda tácita con Marx por su búsqueda sin remordimientos de las “verdades eternas” de nuestros días. Estos movimientos reconocen, como lo hizo Marx, que las ideas que rigen cada sociedad son las de su clase dirigente y que derrocar esas ideas es fundamental para el verdadero progreso revolucionario.

Nos hemos acostumbrado al mantra entusiasta que señala que para efectuar un cambio social tenemos que cambiar nosotros. Sin embargo, no basta el pensamiento racional o tolerante, pues las estructuras del privilegio masculino y de la jerarquía social ya distorsionaron las normas del pensamiento, incluso el lenguaje que utilizamos. Cambiar esas normas implica cambiar los cimientos mismos de la sociedad.

Citando a Marx: “Un orden social nunca se destruye antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las que es suficiente, y las nuevas relaciones superiores de producción nunca remplazan a las previas antes de que hayan madurado las condiciones materiales para su existencia dentro del marco de la sociedad anterior”.

Podría decirse que la transición hacia una sociedad nueva donde el valor de un individuo finalmente sea determinado por las relaciones interpersonales, y no por las relaciones con el capital, ha demostrado ser una tarea bastante complicada. Como lo he mencionado, Marx no ofrece una fórmula universal para promulgar el cambio social.

No obstante, sí ofrece una poderosa prueba de fuego intelectual para ese cambio. De acuerdo con esto, estamos destinados a seguir citándolo y probando sus ideas hasta que por fin alcancemos el tipo de sociedad que luchó por crear, una sociedad que deseamos cada vez más personas.






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viernes, 4 de mayo de 2018

Marx y el Pensamiento Revolucionario

En vísperas del Bicentenario del Natalicio de Karl Marx, traemos a ustedes este texto de Alan Woods dado a conocer en la página de La Izquierda Socialista:


Alan Woods

Hace doscientos años, el 5 de mayo de 1818, en la ciudad alemana de Tréveris, nació una de las más grandes figuras de la historia de la humanidad. Doscientos años más tarde, a pesar de todos los furiosos ataques, las distorsiones maliciosas y los rencorosos intentos de socavar su imagen como hombre y pensador, Karl Marx ha consolidado su lugar en la historia como un destacado genio en el ámbito de la teoría.

Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diferentes maneras. De lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo. (K. Marx, Tesis sobre Feuerbach)

Tanto si se está de acuerdo o en desacuerdo con él, no hay duda de que Karl Marx llevó a cabo una grandiosa revolución en el pensamiento humano y que cambió por completo el curso de la historia. De hecho, pertenece al gran panteón de pensadores destacados. Su nombre puede estar junto al de los grandes héroes del pasado: Heráclito y Aristóteles, Hegel y Charles Darwin.

Los descubrimientos de Marx en el campo de la filosofía, la historia y la economía política pueden considerarse un monumento colosal por derecho propio. Incluso si el trabajo de su vida hubiese comenzado y terminado con el primer volumen de El Capital, ya hubiese sido en sí mismo un logro lo suficientemente grande. Pero Marx no sólo fue un pensador; fue un hombre de acción, un revolucionario que dedicó por entero su vida a la lucha por la causa de la clase obrera y del socialismo.Una vida tan rica y variada no puede ser descrita adecuadamente en unas pocas líneas. Sin embargo, con motivo del bicentenario de Marx, se hace necesario aportar un boceto conciso, e inevitablemente incompleto, de su vida.

La vida de Marx

Marx nació hace 200 años en Alemania, en lo que entonces era parte de Prusia. Sin embargo, las provincias de Renania a la que la ciudad de Tréveris pertenecía, diferían en muchos aspectos de las atrasadas, semifeudales y reaccionarias tierras prusianas más al este.

Anexionadas por Francia en las Guerras Napoleónicas, sus habitantes habían sido expuestos a nuevas ideas como la libertad de prensa, el derecho constitucional y la tolerancia religiosa. Aunque Renania fue reincorporada a la Prusia imperial en el Congreso de Viena tres años antes del nacimiento de Marx, la huella de aquellos años dejó su marca en el pensamiento progresista de la mayoría de las capas más liberales de la sociedad.

Karl Heinrich fue uno de los nueve hijos de la familia de Heinrich y Henrietta Marx. El padre de Marx era un abogado con una relativa actitud progresista, que leía a Kant y a Voltaire, y abogaba por la reforma del Estado prusiano. La vida familiar era razonablemente próspera. Marx nunca padeció pobreza o privación durante su niñez, ni en los primeros años de su juventud, aunque sí las sufrió en gran medida durante su vida posterior.

Sus padres eran judíos, pero en 1816 a la edad de 35 años, el padre de Karl se convirtió al cristianismo, probablemente como respuesta a la ley de 1815 que prohibía a los judíos el acceso a la alta sociedad. Es significativo que aunque la mayoría de la gente en Tréveris era católica romana, eligió las creencias luteranas, ya que él “equiparaba el protestantismo con la libertad intelectual”. Sin embargo, Heinrich Marx estuvo muy lejos de ser un revolucionario y sin duda se hubiera horrorizado si hubiera tenido conocimiento de la futura trayectoria de su amado hijo Karl.

Al dejar la escuela, Marx se fue a la universidad, donde estudió derecho, y más tarde historia y filosofía. Mientras estudiaba en Berlín, cayó bajo la influencia del gran filósofo Hegel. Vio que, debajo de la corteza superficial de idealismo, la dialéctica de Hegel tenía las más profundas implicaciones revolucionarias. Esta filosofía dialéctica debía formar la base de todo su posterior desarrollo ideológico.

Marx se unió a la tendencia conocida como ‘hegelianos de izquierda’, que sacó conclusiones radicales y ateas de la filosofía hegeliana. Sin embargo, pronto se sintió descontento con el interminable desguace de palabras y malabarismo dialéctico de estos académicos radicales que pronto degeneraron en una mera sociedad de debate. Marx quedó muy impresionado con las ideas de Ludwig Feuerbach, quien, a partir de una crítica a la religión, se movió en la dirección del materialismo. Pero criticó a Feuerbach por su rechazo radical de la dialéctica hegeliana. Marx logró combinar de manera brillante el materialismo filosófico con la dialéctica para producir una filosofía completamente diferente y revolucionaria.

Armado con estas ideas revolucionarias, el joven Marx colaboró con un grupo de hegelianos de izquierda en Renania que había fundado un periódico radical, la Rheinische Zeitung, Gaceta Renana. Como editor del periódico, Marx escribió varios artículos revolucionarios brillantes. El periódico fue un éxito instantáneo, pero pronto atrajo la atención de las autoridades prusianas que lo sometieron a una censura estricta. Sin embargo, el joven Marx, con ingenio brillante, logró evadir el círculo de hierro de los censores. Al final, no tuvieron más remedio que cerrarlo.

En 1836, mientras se volvía más activo políticamente, Marx se comprometió secretamente con Jenny von Westphalen, una hermosa joven de una familia aristocrática que era conocida como la “chica más bella de Tréveris”. Ella era cuatro años mayor que él y de una clase decididamente más alta. Pero ella y Marx habían sido novios desde la infancia y todo lo que sabemos es que se dedicaron totalmente el uno al otro.

El padre de Jenny, el barón Ludwig von Westphalen, alto funcionario del Real Gobierno Prusiano Provincial, era un hombre de linaje doblemente aristocrático: su padre había sido jefe del Estado Mayor durante la Guerra de los Siete Años y su madre escocesa, Anne Wishart, descendía de los condes de Argyll. Por lo tanto, no es de extrañar que mantuvieran su relación en silencio durante tanto tiempo. Tres meses después del cierre de la Rheinische Zeitung, en junio de 1843, se casó finalmente con Jenny von Westphalen, y en octubre se mudaron a París.

Creo que no se le ha prestado suficiente atención a esta notable mujer, que hizo sacrificios colosales para apoyar a su esposo en su trabajo revolucionario. Ella debió sufrir mucho al separarse de su familia, viajar de un país a otro, compartir todas las privaciones de Marx y vivir en las condiciones más difíciles. Ella vio a sus hijos sufrir dificultades, enfermar y morir. Cuando su hijo Edgar murió en Londres, ella y Marx ni siquiera tenían dinero suficiente para pagar el ataúd.

El hermano mayor de Jenny, Ferdinand, más tarde se convirtió en un Ministro del Interior celosamente opresivo en el gobierno prusiano entre 1850 y 1858, es decir durante el apogeo de la reacción europea. Nos enfrentamos así a la paradoja de un hombre comprometido en la obra revolucionaria para subvertir al Estado prusiano desde su exilio londinense, mientras que su cuñado en Berlín estaba a cargo de perseguir a los revolucionarios dentro y fuera de las fronteras de Prusia ¡La historia no conoce situación más irónica que ésta!
En París

En el otoño de 1843, Marx se mudó a París para publicar un periódico radical en el extranjero, junto con Arnold Ruge. En la atmósfera caldeada de París en ese momento, Marx pronto entró en contacto con grupos organizados de trabajadores alemanes emigrados y con varias sectas de socialistas franceses. En este momento, los vientos de la revolución soplaban con fuerza en toda Europa, especialmente en París. No fue la primera vez, ni la última, que París era el corazón político de Europa.

Sin embargo, sólo se publicó un número de esta revista, Deutsch-Französische Jahrbücher, los Anales Franco-Alemanes. La publicación fue interrumpida debido principalmente a la dificultad de distribuirla secretamente en Alemania, y a las diferencias filosóficas entre Marx y Ruge. Marx comenzó entonces a escribir para otro periódico radical, Vorwärts! (¡Adelante!), que estaba vinculado a una organización que más tarde se convertiría en la Liga Comunista.

Por esta época comenzó una de las colaboraciones más extraordinarias de la historia. En septiembre de 1844, un joven llamado Friedrich Engels vino a París por unos días para trabajar como colaborador de la revista. A partir de ese momento, se convirtió en el mejor amigo y colaborador de Marx. Hoy los nombres Marx y Engels son tan completamente inseparables que casi se fusionan en una sola persona.

Durante su tiempo en París, desde octubre de 1843 hasta enero de 1845, Marx vivió en el número 38 de la Rue Vanneau en París. Aquí, Marx participó en un estudio intensivo de la economía política, devorando las obras de Adam Smith, David Ricardo, James Stuart Mill, e incluso de los socialistas utópicos franceses Saint-Simon y Fourier. Contemplamos, pues, el embrión de sus futuros descubrimientos en el campo de la economía.
Bruselas

Las actividades revolucionarias de Marx pronto atrajeron la atención de las autoridades de Berlín. El gobierno prusiano exigió que las autoridades francesas actuaran, lo que a estos últimos les agradó mucho. Expulsado de París a fines de 1844, Marx se mudó a Bruselas, donde se unió a la sociedad de propaganda secreta, la Liga Comunista. A pesar de su traslado, Marx todavía tenía restricciones severas en su actividad. Se había comprometido a no publicar nada sobre asuntos de política contemporánea.

Marx y Engels formaron inmediatamente una estrecha relación en la que los dos hombres reunieron diferentes experiencias y temperamentos para elaborar un conjunto de ideas completamente nuevo y original. Como hijo de un rico fabricante alemán, Engels pudo combinar sus experiencias concretas en la producción capitalista con el trabajo pionero de Marx en el campo de la filosofía. Engels le mostró a Marx su libro recientemente publicado, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya había llegado a la conclusión de que la clase obrera sería el agente más importante del cambio social.

También fue Engels quien comenzó primero a elaborar los principios fundamentales que luego se llevarían a buen término en los tres volúmenes de El Capital de Marx. Pero con la modestia que lo caracterizaba, siempre aceptó la primacía de Marx en el campo de la ideología, reservándose para sí el papel de discípulo humilde y leal, aunque, de hecho, su contribución a la teoría marxista debe estar hombro con hombro con la del propio Marx.

En abril de 1845, Engels se mudó de Alemania a Bruselas para unirse a Marx. Juntos, los dos comenzaron a escribir una crítica a la filosofía de Bruno Bauer, un joven hegeliano con quien Marx había estado antes en relaciones cercanas. El resultado de la primera colaboración de Marx y Engels, La Sagrada Familia, se publicó en 1845. Marcó el comienzo de una ruptura con la tendencia hegeliana de izquierda y el punto de partida para una divergencia completamente nueva.

En 1846, Marx y Engels escribieron La ideología alemana, en la que desde el principio desarrollaron la teoría del materialismo histórico. Esto marcó la ruptura final e irrevocable con los Jóvenes Hegelianos. Marx finalmente abrazó la idea del socialismo como la única solución a los problemas de la humanidad. Lamentablemente, ningún editor estuvo dispuesto a correr el riesgo de publicar La ideología alemana, que, junto con las Tesis sobre Feuerbach, no vieron la luz hasta después de la muerte de Marx.

Marx y Engels emprendieron juntos una lucha implacable contra las ideas confusas del socialismo pequeño-burgués, esforzándose por poner las ideas del socialismo sobre una base científica. En París, en ese momento, las ideas semianarquistas de Proudhon estaban en boga entre algunos grupos revolucionarios. Marx las sometió a una crítica fulminante en 1847 en Miseria de la Filosofía, respaldada por hechos y citas sustanciales de los escritos del propio Proudhon.

A principios de 1846, Marx intentó vincular a los socialistas de toda Europa por medio de un Comité de Correspondencia Comunista. Había estado en contacto con una organización secreta de artesanos de París y Frankfurt llamada “La Liga de los Justos”. Era un grupo pequeño (alrededor de un centenar en París y ochenta en Frankfurt) con ideas muy confusas. Marx los persuadió a abandonar sus métodos clandestinos y operar abiertamente como un partido político de trabajadores. Finalmente, este partido se fusionó con otros para formar la Liga Comunista.

En el Segundo Congreso de la Liga Comunista, celebrado en Londres en noviembre de 1847, Marx y Engels fueron los encargados de elaborar un documento que se dio a conocer como El Manifiesto Comunista. Este documento, el cual marcó una época, fue publicado en 1848.
El Manifiesto Comunista y la Neue Rheinische Zeitung

Hoy parece asombroso que El Manifiesto Comunista fuera escrito cuando Marx y Engels todavía eran jóvenes; Marx aún no tenía 30 años y Engels tres años menos. Sin embargo, este notable documento representa un punto de inflexión en la historia. Es tan fresco y relevante ahora como cuando vio la luz por primera vez. De hecho, su relevancia es aún mayor hoy.

El momento de la publicación de este documento difícilmente podría haber sido mejor. La tinta apenas estaba seca en sus páginas cuando estalló una poderosa ola de revoluciones en toda Europa. La Revolución de Febrero en Francia derrocó a la monarquía de Orleans y condujo a la creación de la Segunda República.

Se da la anécdota de que, habiendo recibido recientemente una herencia sustancial de su padre (retenida por su tío), Marx utilizó una gran parte de ella para comprar armas para los trabajadores belgas que se movían hacia la acción revolucionaria. Si la historia es verdadera o falsa, no lo sabemos, pero el Ministerio de Justicia belga ciertamente la creyó. La usaron como una excusa para arrestarlo.

Marx se vio obligado a huir de regreso a Francia, donde creía que estaría a salvo bajo el nuevo gobierno republicano. Pero esa fue una vana esperanza. Los republicanos burgueses franceses estaban aterrados de los obreros, que comenzaban a avanzar en sus demandas de clase independientes que amenazaban la propiedad privada. En estas circunstancias, lo último que la burguesía francesa necesitaba era la presencia en París de un hombre como Marx.

Marx estaba convencido de que, después de Francia, Alemania estaba en vísperas de una revolución. Se mudó a Colonia, donde fundó un nuevo periódico, la Neue Rheinische Zeitung, Nueva Gaceta Renana, que comenzó a publicarse el 1 de junio de 1848. El periódico presentó una línea democrática radical extrema contra la autocracia prusiana y Marx dedicó sus principales energías a su dirección editorial (la Liga Comunista había sido prácticamente disuelta). Continuó en este puesto desde junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849, cuando el periódico fue suprimido.

La Neue Rheinische Zeitung fue un modelo de periodismo revolucionario y jugó un papel activo en los acontecimientos revolucionarios de 1848-49. Pero la victoria de la contrarrevolución puso fin a esta actividad. Marx fue llevado a juicio por su actividad revolucionaria. Fue absuelto el 9 de febrero de 1849, pero fue expulsado posteriormente de Alemania el 16 de mayo de 1849.

Marx volvió a París. Sin embargo, fue desterrado de Francia después de la manifestación del 13 de junio de 1849. Como Prusia se negó a darle un pasaporte, Marx era ahora un exiliado apátrida y sin dinero. Se trasladó a Londres, que en aquellos días era más tolerante y acogedor con los exiliados políticos de lo que es hoy. Aunque Gran Bretaña también le negó la ciudadanía, permaneció en Londres hasta su muerte. En mayo de 1849 comenzó la “larga e insomne noche de exilio” que duraría el resto de su vida.
Londres

Al llegar a Londres, Marx se mantuvo igual de optimista sobre la inminencia de un nuevo brote revolucionario en Europa. Escribió dos extensos folletos sobre la revolución de 1848 en Francia y sus consecuencias: La lucha de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Concluyó que “una nueva revolución es posible sólo como consecuencia de una nueva crisis” y luego se dedicó al estudio de la economía política para determinar las causas y la naturaleza de la crisis capitalista.

Durante la mayor parte del tiempo que pasó en Londres, Marx y su familia vivieron en condiciones de extrema pobreza. Encontró trabajo como corresponsal para el New York Daily Tribune, una colaboración que duró diez años desde 1852 hasta 1862. Sin embargo, Marx nunca pudo ganar un salario digno con su trabajo periodístico. Durante la primera mitad de la década de 1850, la familia Marx vivió en condiciones miserables en un departamento de tres habitaciones en el barrio del Soho de Londres. Marx y Jenny ya tenían cuatro hijos y dos más venían en camino. De éstos, sólo tres sobrevivieron.

“Bienaventurado el que no tiene familia”, escribió Karl Marx con desidia en una carta a Friedrich Engels en junio de 1854. Tenía treinta y seis años y hacía tiempo que había perdido todo contacto con sus parientes. Su padre había muerto y las relaciones con su madre eran malas. Sólo a través de la generosidad desinteresada de su amigo Friedrich Engels, Marx y su familia pudieron sobrevivir.

La familia Marx tuvo siete hijos, cuatro de los cuales murieron en la infancia o la niñez. A pesar de todas las dificultades, fueron una familia feliz. Marx amaba profundamente a sus hijas, quienes, a su vez, lo adoraban. En sus momentos libres por las tardes jugaba con ellas y leía a los clásicos. Don Quijote fue uno de sus favoritos, pero también interpretaban obras de Shakespeare, con Marx y sus hijas leyendo diferentes partes. “Era un narrador único, incomparable”, recuerda su hija Eleanor.

De las tres hijas supervivientes, Jenny, Laura y Eleanor, dos de ellas contrajeron matrimonio con hombres franceses. Uno de estos hombres, Paul Lafargue, jugó un papel activo en el movimiento marxista y ayudó a establecer el partido socialista en España. Eleanor Marx estuvo activa en el movimiento obrero británico como organizadora sindical combativa. El trabajo de Marx no se limitó sólo a la teoría. Todo el tiempo que estuvo en Londres jugó un papel muy activo en la promoción y el desarrollo del movimiento obrero internacional. Marx ayudó a fundar la Sociedad Educativa de los Trabajadores Alemanes, así como una nueva sede para la Liga Comunista. Pero estaba cada vez más frustrado y alienado por las interminables disputas sectarias de los emigrados y finalmente rompió todas las relaciones con ellos, mientras que siempre mantuvo contacto cercano con los miembros activos del movimiento obrero británico.

Un giro decisivo en la situación ocurrió en 1864. El 28 de septiembre se fundó la Asociación Internacional de los Trabajadores, conocida por nosotros como la Primera Internacional. Desde el principio, Marx fue el corazón y el alma de esta organización, el autor de su primera alocución y de una serie de resoluciones, declaraciones y manifiestos. Durante los años siguientes, gran parte de su tiempo estuvo dedicado a mantener el trabajo de la Internacional. Junto con Engels mantuvo una vasta correspondencia con trabajadores avanzados y copensadores de muchos países, incluida Rusia.

Marx se vio obligado a continuar una lucha implacable contra todo tipo de desviaciones pequeño burguesas dentro de las filas de la Internacional: el socialismo utópico de Proudhon, el nacionalismo burgués del italiano Mazzini, el oportunismo de los dirigentes sindicales reformistas británicos y, sobre todo, las intrigas del anarquista Bakunin y de sus seguidores.

Al final, Marx logró vencer en la lucha ideológica, pero las condiciones en que se estaban formando las fuerzas jóvenes de la Internacional se volvieron en una dirección desfavorable. La derrota de la Comuna de París fue el golpe de gracia final.

Dada la situación desfavorable en Europa, Marx propuso la transferencia de la sede del Consejo General de Londres a Nueva York en 1872 con la esperanza de que la lucha de clases en desarrollo en el Nuevo Mundo brindara a la Internacional nuevas oportunidades. Pero nada podría evitar su declive. El logro más importante de la Primera Internacional fue que proporcionó una firme base ideológica para los acontecimientos futuros. Pero como organización dejó virtualmente de existir.

La salud de Marx se vio socavada por el agotador trabajo en la Internacional y sus estudios y escritos teóricos aún más extenuantes. Continuó trabajando incansablemente en la cuestión de la economía política y en la finalización de El Capital, para lo cual reunió una gran cantidad de material nuevo y estudió varios idiomas, incluido el ruso.
Muerte

Marx nunca cuidó de su propia salud. Su amor por las comidas fuertemente condimentadas y por el vino, junto con el consumo excesivo de cigarros, bien pudo haber contribuido al deterioro de su salud, que fue fatalmente socavada por años de pobreza. En los últimos doce años de su vida, sus enfermedades recurrentes ya no le permitían realizar ningún trabajo intelectual de forma continua.

A pesar de los ataques cada vez más intensos a su mala salud, Marx se lanzó a un estudio monumental de las leyes y de la historia del capitalismo, desarrollando una teoría económica completamente nueva. En preparación para la redacción de El Capital, leyó todos los trabajos disponibles sobre teoría y práctica económica y financiera. Basta leer las extensas notas a pie de página de este gran libro para comprender la asombrosa cantidad de investigación minuciosa que dedicó a su elaboración.

En 1867, publicó el primer volumen de El Capital. Pasó el resto de su vida escribiendo y revisando manuscritos para los volúmenes restantes, que permanecieron incompletos en el momento de su muerte. Los dos volúmenes restantes fueron minuciosamente ensamblados, editados y publicados póstumamente por Engels.

El golpe final a la salud de Marx fue la muerte de Jenny von Westphalen, quien falleció a causa del cáncer el 2 de diciembre de 1881, a la edad de sesenta y siete años. Junto con la muerte de su hija mayor, esta fue una cruel tragedia personal de la que Marx nunca se recuperó. Nubló los últimos años de su vida.

Karl Marx murió de pleuresía en Londres el 14 de marzo de 1883, falleció plácidamente en su sillón. Fue enterrado junto a su esposa en el Cementerio de Highgate en Londres. Cuando murió, se encontró una fotografía de daguerrotipo de su padre en el bolsillo del pecho. Fue colocado en su ataúd y enterrado en el cementerio de Highgate. Su tumba original sólo tenía una piedra modesta, ahora tristemente destrozada e ignorada en gran parte por los visitantes que se congregan en el gigantesco monumento erigido en noviembre de 1954, cuando Marx y su familia fueron enterrados en un nuevo sitio no lejos del anterior.

La nueva tumba, presentada el 14 de marzo de 1956, lleva la inscripción: “¡Proletarios de todos los países, uníos!” Y las célebres palabras de las Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diferentes maneras; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo”.

Pero el verdadero monumento a Marx no está en el cementerio de Highgate. No está hecho de piedra ni de bronce, sino de un material mucho más fuerte y duradero: las ideas inmortales contenidas en los más de cincuenta volúmenes de sus Obras Completas. Ese es el único monumento que Marx hubiera deseado alguna vez. Es la piedra angular del movimiento obrero mundial y la garantía de su futura victoria.






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