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viernes, 9 de mayo de 2025

Torturada, Encarcelada y... Absuelta

Les presentamos el análisis que Ramon Sola hace del caso Iratxe Sorzabal, torturada hace un cuarto de siglo y absuelta por la Audiencia Nacional después de 10 años encarcelada y tras haber atravesado una ordalía que debe de quedar registrada en los anales de la historia como evidencia de la estrategia represiva del estado español en contra del pueblo vasco.

Aquí la información directo desde Naiz:


Torturas a Sorzabal: 24 años insistiendo y muchas vistas judiciales hasta admitir lo evidente

La sentencia de la AN que reconoce las torturas a Sorzabal es inédita pero, a la vez, obvia. Y es que las imágenes que acreditan los electrodos fueron ordenadas por sus propios forenses. Pese a ello, ha hecho falta insistir con múltiples testimonios y en diferentes espacios para certificarlo.

Ramon Sola

La aplicación de electrodos a Iratxe Sorzabal en marzo de 2001 suena este viernes novedosa en el Estado español. Pero no en Euskal Herria, puesto que lo ocurrido –con sus pruebas gráficas– se difundió ya hace casi un cuarto de siglo, desde apenas unas semanas después de que se produjeran las torturas. La detención por la Guardia Civil se consumó en marzo y fue en octubre de aquel año cuando se mostraron públicamente por vez primera las señales de descargas eléctricas, decenas de descargas.

Torturaren Aurkako Taldea incidió en la difusión del caso desde el inicio. Y es que en pocas ocasiones se disponía de pruebas gráficas evidentes de la aplicación de tormentos a partir de que, a mediados de los 80, las FSE impusieran la «tortura blanca», que no deja huellas y cuya expresión más habitual en Euskal Herria ha sido «la bolsa».

En aquellos inicios de siglo, en cualquier caso, el de Sorzabal no fue el único caso que dejó marcas para quien las quisiera ver: también hubo restos patentes en el rostro de Unai Romano o la cabeza de Juan Karlos Subijana.

En febrero de 2002, el propio TAT difundió un auto de la jueza de instrucción de Madrid que no negaba las lesiones de Sorzabal pero rebajaba la posible calificación a «amenazas y vejaciones», y por tanto no imputaba delito penal a los guardias civiles. Sobra casi decir que el caso quedó impune.

«Quería morirme, pero no puedes»

Se da la circunstancia de que Sorzabal quedó libre entonces por decisión del juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno. Y apenas dos meses después dio una entrevista al periodista Eneko Bidegain desde Bruselas, en la que ya contaba las torturas y lo que supusieron, en términos muy claros y duros: «Yo no tenía miedo a morir, tenía ganas de morir –explicó en euskara–. Solo pasa que no puedes... Pero si hubiera podido, tenía ganas de morirme».

Explicó entonces que en el periodo de incomunicación recibió la visita de los médicos de la AN pero «la primera vez no creí que fuera el forense, pensaba que era un guardia civil más. En aquel momento yo estaba muy mal, saltaba cada vez que se me acercaba, diciéndole que no me tocara... Estaba en una silla, temblando».

Esta entrevista no llegó a difundirse al parecer, pero sería recuperada para el documental ‘Bi arnas’ presentado en 2022.

El caso es que la denuncia pública vía TAT resultó totalmente desatendida, como era norma, tanto en la esfera política como en los tribunales. El tema no desapareció de la memoria colectiva vasca pero sí entró en un paréntesis durante más de una década, hasta que Sorzabal fue detenida en 2015 en Baigorri y se activaron las euroórdenes y juicios en su contra.

El informe de Duterte

La posibilidad de hablar con ella tras los años de clandestinidad abrió la puerta a que expertos forenses pudieran abordar el caso de modo directo. Entre otros, Pierre Duterte en el Estado francés y Benito Morentin en Euskal Herria.

Duterte elaboró un informe que fue presentado públicamente en la sede de la Liga de los Derechos Humanos en París en 2019. Concluía que las secuelas que se advertían en Sorzabal eran «altamente compatibles» con su denuncia de tortura, tras analizarlas a la luz del Protocolo de Estambul. El informe había sido encargado por el Tribunal de Apelación de París encargado de dictaminar si Sorzabal debía ser entregada o no al Estado español para ser juzgada. Duterte expresó su estupor por que se le hubiera encomendado el dictamen pero luego no se le hiciera caso.

París también ha hecho caso omiso en estos años, por tanto, ante lo que ahora se acepta en Madrid. Entregó a Iratxe Sorzabal al Estado español en 2022 para que fuera juzgada por diversas acusaciones. Con todo, una de las cuatro euroórdenes planteadas sí fue rechazada en 2020 por el tribunal parisino, aceptando que no podía descartarse que hubiera sufrido torturas. La contradicción quedaba a la vista. O la voluntad de los tribunales franceses de jugar con distintas barajas.

Denuncia de la madre: tortura premeditada

Siguiendo con el repaso, en este momento en que se consuma la extradición, en una entrevista a GARA muy potente, la madre de Sorzabal, Nieves Díaz, remarca esa contradicción: «Los tribunales franceses reconocen que fue torturada, pero luego se lavan las manos y ejecutan la entrega. Nos queda la fuerza que da saber que contamos con avales importantes, con unos informes de tal calidad que en cualquier Estado democrático imposibilitarían que Iratxe fuera juzgada».

Díaz añade además en la entrevista nuevos datos sobre la premeditación de las torturas en 2001, que merecen ser releídos ahora. Explicó que por las noches recibía llamadas antes del arresto en que «la persona que estaba al otro lado del teléfono me decía: ‘lo que más ilusión me haría sería poder quitarle las braguitas a su hija’. ¿Qué podía esperar como madre? Lo peor. Y ocurrió lo peor».

«Alguna madre me dirá que peor es ver a un hijo muerto –proseguía Nieves Díaz–. Lo comprendo, claro está, pero yo creo que no se trata de poner medidas al sufrimiento. Todo es dolor de madre. Una madre siempre cree que puede salvaguardar a sus hijos. Desde que nacen les proteges todo lo que puedes. Para que no se hagan daño. Y lo que le pasó a Iratxe fue tan terrible que, inevitablemente, te dices que tú no has podido hacer nada por evitarlo. Querías haber estado en su lugar y no has podido. Es una impotencia terrible».

El Constitucional lo pasa por alto

El primer juicio en la Audiencia Nacional, en febrero de 2022, dio pie al fin que Iratxe Sorzabal pudiera contar de viva voz, y en retransmisión en directo por streaming, lo que padeció 21 años atrás. Y lo que contó en la sala de juicios fue coherente con todo lo que se había denunciado en su momento: que se le habían aplicado electrodos sin parar, hasta gastar las pilas de la máquina. «El segundo día estaba tan destrozada que pensaba que más de lo que me estaban haciendo no podían hacerme. Le enseñé las marcas, en carne viva, y al verme vio que debía ir al hospital».

También reiteró que en un primer momento, en aquel escenario pavoroso, ni siquiera creyó que fuera el forense quien la visitaba: «Era en un cuartucho al lado de donde me torturaban. Pensaba que era un guardia civil que se hacía pasar por forense para ver qué decía. No me fiaba. No le dejé ni tocarme. Estaba aterrorizada».

El caso es que este testimonio tampoco fue atendido por el tribunal. En la condena a 24 años de cárcel por un atentado de ETA en Xixón que no produjo víctimas, la Sala despachó el tema indicando que «la tortura no queda plenamente acreditada». Es más: ante las iniciativas de la defensa, el Tribunal Supremo avaló esa condena y el Tribunal Constitucional cerró la puerta a su revisión hace solo unos meses, inadmitiendo el recurso de amparo.

Estas instancias quedan ahora señaladas por el dictamen rotundo de la Audiencia Nacional conocido este jueves, y que establece por unanimidad que «existe la evidencia de que fue sometida a la aplicación de electrodos por parte de aquellos funcionarios que la custodiaban».

También queda interpelado el tribunal anexo que se encargó del segundo juicio a que ha sido sometida Sorzabal en Madrid, en este caso por una bomba en el aeropuerto de Alacant que no llegó a estallar. El fallo resultó absolutorio por falta de pruebas, pero no hizo alusión alguna a su denuncia de torturas.

Este tribunal presidido por Alfonso Guevara interrumpió constantemente el testimonio de Sorzabal y también del forense Benito Morentín, dando a entender que ya había oído lo suficiente sobre el tema. Ahora, la tercera sentencia dictada en la Audiencia Nacional asume al fin la realidad de los hechos. Y subraya: «La pericial realizada en el acto del juicio es nítida: las lesiones dérmicas se producen por la aplicación de electrodos, excluyendo de forma tajante otras posibles etiologías, y ello en base a la biopsia que se le practicó al ser reconocida durante su detención en el Hospital San Carlos».

Sorzabal tenía 29 años cuando la torturaron. Hoy suma 53 y lleva presa los últimos diez.

 

 

 

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domingo, 4 de agosto de 2024

Alonso | Régimen de Excepción

En Euskal Herria ha quedado más que claro que en el estado español nunca hubo una transición democrática y que el Régimen del '78 es en realidad la continuidad de la dictadura franquista pero maquillada para satisfacer las exigencias de una Europa que estaba obsesionada con decirle al mundo que eran el faro de los derechos humanos en una noche tormentosa de conflictos bélicos y de represión política.

Con la figura del monarca atendiendo los intereses del IBEX 35 desde La Zarzuela, poco importaba realmente quien ocupase la poltrona en La Moncloa. Tanto peperos como sociatas seguían a pie juntillas el mismo guión, sobre todo en lo referente a perpetuar el dominio sobre las colonias europeas; EUskal Herria, los  Països Catalans, Galiza y Andalucía.

El cosmopaletismo de la Guerra Fría les funcionó de maravilla para absorber a los troskos y demás fauna de pseudo izquierda llevando a muchos vascos, catalanes, gallegos y andaluces a militar alegremente en las filiales locales del PSOE, restando fuerza a las verdaderas opciones de izquierda en sus respectivas naciones históricas.

En el caso de Euskal Herria, esto también sirvió para ponerle un cerco a la izquierda abertzale.

En ese contexto, traemos a ustedes este reportaje centrado en el 2002, mismo que ha sido publicado por Gara:


Régimen de excepción

Una de las grandes magias del sistema está en introducir el abuso en el régimen jurídico y legitimarlo. Si la persecución política y la proscripción de ideas quedan recogidas en ese marco, ya solo es necesario disponer de jueces sin pudor ni vergüenza para poner en marcha la maquinaria, políticos que lo alienten y medios de difusión que lo aplaudan y blanqueen.

Fernando Alonso

El acuerdo entre el PP y el PSOE contra el independentismo vasco fue el inicio de una ofensiva general para perseguir a la izquierda abertzale y expulsarla de la vida política, incluso de la sociedad.

Sobre ese propósito el juez Baltasar Garzón ya se venía destacando, pero en bastantes ocasiones los casos que instruía se quedaban en la nada. Así pues, el CGPJ, máximo órgano de los jueces y cuyos componentes son elegidos por el poder político, suspendió a los magistrados que cuestionaban las resoluciones. Para que todo tomara el rumbo marcado era imprescindible, además, institucionalizar la excepcionalidad dotándola del correspondiente marco jurídico.

Así, en febrero de 2002, PP y PSOE se reunieron para acordar las bases de una actuación conjunta dirigida a modificar las leyes de cara a eliminar cualquier expresión política de la izquierda abertzale y ahogarla económicamente.

El PNV se mantuvo a profiláctica distancia de los pactos de Estado, aunque luego puso un particular empeño policial y político en cumplir con lo emanado desde Madrid. Josu Jon Imaz garantizó a Aznar la lealtad del Gobierno de Lakua al marco jurídico español.

En este clima de colaboracionismo, en junio perpetraron la nueva Ley de Partidos, con un objetivo tan obvio que IU se opuso advirtiendo de que se ilegalizaría a una parte de la población y que entrañaba medidas propias de un estado de excepción permanente. El PNV también se mostró en contra, aunque no puso objeción alguna a su cumplimiento. Es más, Imaz afirmó que beneficiaba a la izquierda abertzale. Al parecer, estar en el punto de mira de la represión iba en beneficio de Batasuna.

Con la nueva Ley de Partidos la persecución política quedaba legalizada por el régimen y la lucha por la soberanía nacional vasca tipificada y en el punto de la mira de la represión. Se abría la veda.

Todas las caras de la represión

Pero Garzón ya estaba de partida desde el inicio del año, cuando citó a los directores de GARA y “Egunkaria” por una entrevista con ETA. En febrero ilegalizó Segi y Askatasuna, dictó auto contra 27 jóvenes de Jarrai y Haika y en reuniones anduvo conspirando contra EKHE, la empresa editora de este diario. En marzo imputó a 21 personas más, y avisaron a medios afectos para que no se perdieran el momento. Al mes siguiente los detenidos fueron de Batasuna.

Entonces llegaron los embargos y bloqueos de cuentas de Batasuna que, a juicio de Garzón, era «una gran empresa más de ETA» y las herriko tabernas una fuente de financiación. Poco después también consideró a Batasuna responsable civil de las acciones de ETA.

Hubo incluso actuaciones con carácter retroactivo, pues en octubre imputó a 24 antiguos miembros de Gestoras pro-Amnistía y en noviembre a veinte mahaikides de HB de los dos decenios anteriores.

Mientras, en el Parlamento Europeo agentes españoles lograban introducir en la lista de «organizaciones terroristas» a Askatasuna, un organismo de apoyo a los prisioneros.

El protagonismo de Garzón fue de tal calibre que decretó la suspensión de actividades de Batasuna cuando en las Cortes aún preparaban la ilegalización. Un adelantado a su tiempo.

Inmediatamente a la firma de la suspensión, la Policía española irrumpió en algunos locales y la Ertzaintza prometió cumplir la ley. Lo hizo con fruición al mismo día siguiente, cuando asaltaron con violencia sedes para desalojar a la fuerza a quienes se encontraban en el interior.

La violencia policial se hizo particularmente notoria en septiembre, que se inició con manifestaciones reprimidas sin miramientos. Cargaron hasta contra familiares de prisioneros en Arantzazu; aunque ya lo habían hecho meses antes frente a Sabin Etxea.

Pero el mayor exponente de ello se vivió el 14 de septiembre, cuando actuaron contra una impresionante manifestación que recorría pacíficamente las calles de Bilbo con el lema “Gora Euskal Herria”. La Ertzaintza arremetió con todo tipo de material contra una multitud de 40.000 personas sentadas sobre el asfalto de la calle Autonomía. No solo utilizaron porras y pelotas de goma, sino incluso dos camiones cisterna que proyectaban chorros de agua a presión.

La intervención provocó decenas de heridos, algunos de gravedad. Una persona perdió un ojo por el impacto de una pelota y otra, un testículo.

La represión no solo se enfocó hacia el cumplimento de las instrucciones de Garzón. Durante 2002 fueron numerosos los operativos contra ETA y la kale borroka, que se saldaron con decenas de arrestados. Abundaron las denuncias por torturas y agresiones sexuales durante la detención.

También se repitieron los relatos sobre alucinaciones y extraños estados de confusión mental de arrestados por la Ertzaintza. Sobre el tema, Josu Jon Imaz se revolvió y TAT le recordó que la ONU tenía recogidos 17 casos de torturas por parte de la Ertzaintza.

Y en semejante contexto, había quien intercedía para que Baltasar Garzón fuera Nobel de la Paz.

El 23 de septiembre murieron en Basurto, Bilbo, los militantes de ETA Hodei Galarraga y Egoitz Gurrutxaga, al explosionar el artefacto que manipulaban. Justo dos meses después se quitó la vida en Legazpi Ramón Gil Ostolaza, puesto en libertad condicional unos días antes. Su liberación, perfectamente legal al superar tres cuartas partes de la condena, desató una auténtica cacería en su contra por parte de PP, PSOE y medios de difusión, que le acosaron hasta la muerte.

Por parte de ETA la actividad armada fue intensa, con numerosos ataques con bomba y cinco víctimas mortales.

La situación que se vivía no impidió que la izquierda abertzale siguiera trabajando iniciativas para la resolución del contencioso. En enero, Batasuna presentó una propuesta y en abril ahondó en ello con otra sobre transición hacia un marco democrático.

La Iglesia vasca se mostró contraria a las ilegalizaciones y José María Aznar lo consideró una «perversión moral». La Conferencia Episcopal coincidió con él; y fue más allá incluso, cuestionando la moralidad del derecho a decidir.

Precisamente ese derecho lo ejercieron en Gibraltar, al preguntar a sus ciudadanos si querían compartir soberanía con España. Casi el 99% lo rechazó.

En julio, un grupito de militares marroquíes colocaron su bandera en Perejil, un islote deshabitado. España lo tomó como un ataque a su integridad territorial y emprendió la hazaña militar “Rescatar Soberanía” para recuperar un peñasco donde había doce infantes con seis armas y un par de cabras.

En Perejil se lanzaron «al alba y con tiempo duro de levante», pero en Gibraltar se achantaron ante la Royal Navy.

El ministro de Defensa era Federico Trillo, el mismo que tras el hundimiento del “Prestige” en noviembre y después de visitar una zona de absoluto desastre ecológico dijo: «Las playas estaban limpias y esplendorosas; la visión era magnífica. No es el apocalipsis que nos han descrito».

Luego vendrían ocurrencias como la de Álvarez Cascos de bombardear el barco o los «hilillos de plastilina» de Rajoy.

En abril Hugo Chávez sufrió un intento de golpe de Estado que duró tres días, pues reasumió la Presidencia de Venezuela durante la madrugada del 14 de abril.

La atención de Putin estaba en Chechenia. En octubre un grupo checheno irrumpió en un teatro de Moscú y retuvo a quienes allá se encontraban. Tres días después, fuerzas del Ejército ruso expandieron un gas desde los conductos de aire y mataron a más de doscientas personas, rehenes y chechenos.

Durante 2002 Israel llevó a cabo tres asedios contra la Mukata, sede de la ANP y residencia de Arafat, que permaneció en su interior mientras arrasaban el complejo. Los ataques siguieron durante el año siguiente.

El 19 de agosto murió en Donostia Eduardo Chillida.

Los vientos de excepción que azotaban Euskal Herria en 2002 necesitaban algo más que un peine.

 

 

 

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sábado, 26 de marzo de 2022

Miles de Torturados

Desde Naiz traemos a ustedes este artículo que nos hace recordar la crudeza de la ocupación española; las miles de víctimas de tortura, víctimas no reconocidas, víctimas que son silenciadas, ocultadas y lo pero de todo, sistemáticamente negadas.

Vergüenza debiera de darles a los que sacan a relucir "los casos sin resolver" cada vez que se pone sobre la mesa aquello que hace falta por atender en el proceso de paz y reconciliación iniciado hace ya una década.

Por el momento, les dejamos con la información:


Etxeberria: «Tenemos 5.000 torturados y los que no pueden decirlo, porque es muy duro»

La crudeza de la tortura se encarna en Esteban Muruetagoiena, el médico de Oiartzun muerto hace 40 años, apenas tres días después de salir en shock, «con alucinaciones», de diez días de incomunicación. Y esa dureza sigue condicionando saber hoy el número exacto de víctimas.

Ramon Sola

Oiartzun hace justicia y memoria estos días respecto a su médico, Esteban Muruetagoiena, muerto hace cuatro décadas a consecuencia de la tortura. Un caso muy duro y demasiado silenciado precisamente por eso, como indicaba su hija Tamara el jueves en Radio Euskadi recordando el ejemplo familiar. Una crudeza agudizada por la impunidad posterior y que hace que en 2022, pese a la incipiente implicación institucional, siga habiendo muchas víctimas que no pueden contarlo.

De ello se ha hablado este viernes tarde en el Salón de Plenos municipal, donde el forense Paco Etxeberria, al frente del equipo del Instituto Vasco de Criminología que realizó el informe para Lakua, ha detallado que «en la CAV tenemos más 4.000 personas torturadas y en Nafarroa no ha empezado el trabajo pero pueden ser unos mil casos. Son 5.000 por tanto, pero 5.000 que han tenido a bien decir que fueron torturadas, porque otras no han podido, se han descompuesto. Una persona se quiso suicidar la noche en que le citamos a declarar para ese trabajo. Y es que esto es muy duro, no es fácil de manejar».

La sicóloga Olatz Barrenetxea ha recordado cómo en aquellos años 80 el impacto de la tortura era tremendo, no había recursos siquiera para recoger todos los testimonios que generaban las incesantes redadas. Hubo que conformar una red que luego dio pie a Torturaren Aurkako Taldea.

«En los 90 nuestro trabajo ya fue sobre todo intentar buscar apoyos internacionales, porque aquí había un laberinto que tenía todas las puertas cerradas y eso aumentaba la impotencia de las personas torturadas. Recuerdo que en 1992 fie a un congreso de derechos humanos con toda la documentación del año anterior y en Argentina, Uruguay o Paraguay les impactaba cómo podía estar pasando eso en un ‘Estado democrático’ como España». Y más tarde, cuando conocieron el centro especializado de Copenhague para personas torturadas, «nos preguntaban cómo no habíamos montado en Euskal Herria un centro de rehabilitación, con tantos casos como teníamos».

«Pasó entonces con Esteban porque esa una cosa que ocurría en esos tiempos –ha remarcado Etxeberria–. Sabemos la metodología, sabemos en qué parte de la comandancia de Gipuzkoa estaba la bañera. Cuando ves una persona que te hace un croquis y otra después que te hace el mismo…», ha citado como prueba.

Sobre el caso concreto de Muruetagoiena, estremece oírlo aunque hayan pasado 40 años: «Salió con un cuadro de alucinaciones, totalmente perdido después de diez días de incomunicación. Y luego lo que se le hizo no fue autopsia, no valía ni siquiera en aquellos tiempos». El detalle más elocuente quedó escrito, cuando una forense danesa preguntó a aquel médico por qué no había analizado el corazón del fallecido, y su respuesta fue: «Como cristiano que soy, lo más adecuado es no andar haciendo más cosas. Yo lo que quiero es que el corazón de este compañero suba cuanto antes al cielo».

Ante esto tan tremenbundo, no resulta extraño que se haya extendido «la falta de conciencia de haber sido torturado» por parte de muchas personas, como ha expuesto la criminóloga Laura Pego. «Suelen poner en duda si han sido suficientemente torturados como para formar parte de nuestra investigación», ha recordado la coautora del informe del IVAC. Barrenetxea ha confesado que ella a veces hasta se enfada, «con cariño», con estas personas torturadas que no se reconocen como tales. Y Etxeberria ha añadido que también hay policías que creen no haber torturado cuando no han sido suficientemente sádicos.

Verdades oficiales, aunque no judiciales

Hoy día en la CAV está en marcha el proceso de reconocer y reparar estos casos, aunque aún con escasos resultados, y pronto lo estará en Nafarroa. «Nosotros ya estamos acostumbrados, pero los casos de torturas que llegan son tan contundentes y tan duros que en la comisión se llevan las manos a la cabeza», ha asegurado el forense.

De momento se han reconocido solo 36 casos de violencia estatal (torturas y otros supuestos), que son realmente muy pocos entre las más de 700 solicitudes presentadas (una vez quitadas las 500 fraudulentas de guardias civiles). No obstante, para Paco Etxeberria es muy importante porque rompe la lamentable farsa de solo 20 condenas entre más de 4.100 casos censados. «Y es que tan oficial es la investigación del Gobierno Vasco como la de las tribunales –ha argumentado–. Esto es algo muy interesante, porque ahora tenemos dos verdades oficiales sobre la muerte de Mikel Zabalza, que no coinciden. Se han reconocido los 36 primeros casos, y después vendrán un montón», ha augurado.

Esta certificación oficial llega después del informe de 2014 basado en el Protocolo de Estambul que ha detallado Barrenetxea, porque llegado ya este siglo sentían auténtica necesidad de «medir la credibilidad» de estos casos, que tanto eco tenían en el ámbito médico internacional pero tan férreamente se negaban en el Estado español. Y se niegan.

 

 

 

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jueves, 24 de febrero de 2022

Tortura Día a Día

El mismo estado que incomunicó y torturó a Iratxe Sorzabal es el que ahora ha procedido a juzgarla por un caso en el que la represaliada política vasca se autoinculpó como resultado de esa tortura. Y como era de esperarse, le han encontrado culpable y le han sentenciado. Suponemos que ahora la devolverán al estado francés, cómplice de este esperpento.

Pues bien, desde Naiz traemos a ustedes la cronología de lo ocurrido a Iratxe mientras estuvo en manos de esos agentes encargados de torturarla en sintonía con la estrategia represiva desplegada por Madrid en contra del independentismo vasco.

Lean:


¿Por qué esas marcas y esas secuelas? Esto es lo que pasó Sorzabal en manos de la GC

Ocurrió entre el 30 de marzo y el 3 de abril de 2001. Electrodos, «la bolsa», abusos sexuales, golpes y amenazas componen la narración detalladísima de Iratxe Sorzabal sobre su incomunicación en manos de la Guardia Civil. Una denuncia ante la que 20 años después se sigue haciendo la vista gorda.

Pese a la coherencia absoluta entre la denuncia pública de torturas de Iratxe Sorzabal y las secuelas físicas y sicológicas, acreditada por diferentes expertos, la Audiencia Nacional española ha establecido que no está «plenamente acreditado» que sufriera ese tormento. En las últimas semanas algunos extractos de su «infierno» en manos de la Guardia ya han alcanzado gran eco público tanto por su declaración en la Audiencia Nacional como por la entrevista realizada en 2001 y aparecida ahora. Pero es en el libro ‘Tortura en Euskal Herria 2001’, publicado por Torturaren Aurkako Taldea hace dos décadas, donde explicitó en primera persona y con todo detalle lo que ocurrió aquellos cinco días y noches. NAIZ lo reproduce ahora íntegro, tras un fallo judicial que vuelve a dejar sin reconocimiento, y obviamente impune, todo lo ocurrido:

«30/03/2001, viernes: La detención se produjo a las 9.10 h. de la mañana, cuando salía de casa. Se me acercaron tres personas, sacaron la placa, se identificaron y me metieron en un coche. Me dijeron que íbamos a Intxaurrondo: ‘¿Ya sabes adonde vamos? ¡A Intxaurrondo! Ya sabes lo que eso quiere decir, ¿no?’.

Llegamos a Intxaurrondo (todo el trayecto en coche me obligaron a llevar a la cabeza agachada), me metieron un un edificio y me colocaron un antifaz en los ojos que me impedía la visión. Me cogieron las huellas, pero no sé en qué papel las pondrían al tener la visión impedida. Vino una mujer y comenzó a cachearme. Había dos hombres al lado mío y me obligaron a quitarme el sujetador mientras me desnudaban de cintura para arriba. Entonces los dos hombres comenzaron a sobarme los pechos, mientras decía ‘mira qué tetas’ y cosas del estilo. Yo forcejeaba y comenzaba a tener arcadas, ellos empezaron a reírse y medio gritando me decían que no hiciese teatro (...)

Sobre las 15.00 h., nada más meterme en el coche comenzó el traslado a Madrid. En el coche íbamos cinco personas, cuatro guardias civiles y yo. Yo iba detrás de dos de ellos. Pude ver la cara de los dos que iban delante y del de mi izquierda. Nada más entrar en el coche el jefe me dijo ‘bueno, aquí se han acabado las mariconadas de derechos, jueces y mierdas, de aquí en adelante vas a saber lo que es bueno. ¿Has oído hija de puta?’. Y me golpeó en la cabeza. De aquí en adelante me pusieron el antifaz y se sucedieron los golpes en la cabeza, los insultos y las amenazas. Menos el conductor, los otros tres me golpeaban fuertemente en la cabeza.

El que estaba a mi derecha sacó un aparato que llevaba entre las piernas y comenzó a darme descargas en el costado derecho. Mientras, el que iba a mi izquierda cogió una bolsa de plástico y me la puso en la cabeza impidiéndome la respiración y casi hasta asfixiarme. Los golpes en la cabeza que me daba el que iba delante eran continuos. Y además, el que iba a mi derecha me sobaba el pecho.

Todo ello, los electrodos, la bolsa, las sobadas y los golpes eran continuos entre gritos, insultos y amenazas. Perdí el conocimiento en dos ocasiones y me oriné encima. Antes de llegar a perder el conocimiento, rompí en un par de ocasiones la bolsa con los dientes y entonces me colocaban otra. Al final, y al ver que rompía las bolsas, decidieron ponérmelas de tres en tres.

Me decían que lo que estaban haciendo era muy suave, que cuando llegásemos a Madrid iba a saber lo que era sufrir, que los de allí eran unos animales. El de mi derecha dijo que se le habían acabado las pilas del aparato, las cambió y comenzó de nuevo con las descargas. En un par de ocasiones le pasó el aparato al que estaba a mi izquierda y  este también me aplicó descargas, en la parte izquierda (...)

Uno de ellos me dijo que me iban a hacer lo mismo que a Geresta o que le habían hecho a Basajaun, que me llevarían a un monte y me iban a matar. Pararon el coche (me dijeron que estábamos en el monte) y me colocaron una pistola en las manos. Yo no la quería coger y me seguían golpeando mientras me obligaban a cogerla, me dijeron que saliese del coche y que echase a correr, que entonces ellos me dispararían, me matarían y luego dirían que como había intentado escapar me habían tenido que disparar y que por eso me habían matado. Me obligaron a coger la pistola y bajar del coche. Me gritaron que corriese, pero yo no me podía ni mover, y no corrí. Me volvieron a meter en el coche mientras uno de ellos decía ‘vamos, vamos al coche, que viene gente, métete en el coche que viene gente. De buena te has librado, zorra, porque venía gente, que si no te matamos aquí mismo’.

De aquí en adelante pusieron el coche en marcha y más de lo mismo: la bolsa, electrodos, tocamientos, gritos, golpes, amenazas... Me decían de todo, entre otras cosas ‘hija de puta, gorda, te hemos dejado cebarte:.. ¿Cuánto pesabas hace un año, 38 kilos? Mira, mira cómo te has puesto... y esto es solo el principio... ya verás cuando lleguemos a Madrid... te vas a cagar... allí será mucho peor... los compañeros que te esperan allí son unos animales... ya verás.... aquí en el coche no se puede trabajar cómodo, pero ya verás allí que hay sitio de sobra y espacio y tiempo para trabajar a gusto... te vamos a matar poco a poco’.

Llegamos a Madrid. Más tarde sabría que estábamos en la jefatura superior de la GC. Me metieron por un pasillo, y entre seis o siete guardias civiles me dieron una paliza impresionante. Me dijeron que era ‘mi bienvenida’. Mientras me golpeaban (fueron golpes en la cabeza sobre todo) se me movió el antifaz y pude ver que eran seis o siete hombres, los que me habían trasladado hasta allí y otros dos o tres que iban con pasamontañas. La paliza fue brutal, pero en un periodo de tiempo muy corto, duraría unos 20 segundos. Me golpearon con las manos y con algo duro (...)

Antes de meterme en la habitación me quitaron el antifaz. Había un hombre que me dijo que era el médico forense, me enseñó un carné. Pero yo estaba muy nerviosa y no le creí. Creo que es un guardia civil y que está haciendo teatro. Me pregunta si quiero que me reconozca, pero cada vez que se acerca yo me sobresalto por el miedo que tengo. Estoy temblando y no puedo hablar, estoy llorando y temblando... Intenta tranquilizarme pero no le creo, tengo mucho miedo. Estoy como una media hora en aquella habitación, sentada en una silla, temblando, sin poder hablar y llorando.

Sobre las 19.30 se va el forense (más tarde sabría que era médico de verdad) y a mí me bajan al piso de abajo. Nada más irse el forense me colocan de nuevo el antifaz. Desde ese momento hasta el mediodía del día siguiente, es esto lo que sucede (son 16 horas seguidas, sin descanso): Me meten en una habitación que denominan ‘habitación A’, donde hay muchos hombres, unos diez calculo. Y se van turnando todos para torturarme. Me colocan bolsas por la cabeza hasta mi asfixia continuamente... Para ello uno de ellos me sujeta por detrás y cada vez que pierdo el conocimiento no me caigo al suelo, los golpes en la cabeza son continuos (con la mano, con un listín telefónico –me dicen ellos lo que es–, con una revista enrollada –esto lo puedo ver–...)

Me atan las muñecas y los pies, me colocan goma espuma para que no me queden marcas. Entonces me enrollan con una manta y me inmovilizan con precinto. Me tumban en el suelo boca arriba (solo tengo la cabeza al aire) y un guardia civil se coloca sobre mí y me asfixia una y otra vez con la bolsa. Me introduce la bolsa por la boca hasta la garganta y me tapa la nariz, hasta provocarme el vómito. Se van turnando para hacerlo, en realidad se turnan para hacerme de todo.

Me desnudan (lo hacen ellos de forma muy violenta porque yo ya no tengo fuerzas) y se colocan en círculo, dejándome a mí en medio. Me obligan a hacer flexiones de dos tipos, Unas subiendo y bajando el cuerpo, y las otras subiendo y bajando los brazos. Mientras realizo las flexiones me golpean en la cabeza, y comienzan a tocarme el cuerpo, en especial el pecho, el culo y el pubis. Me colocan un palo en las manos y me dicen que me lo van a meter por el culo, me obligan a colocarme a cuatro patas en el suelo sobre la manta, me dan sopapos... (...)

Constantemente me amenazan con que van a violarme. Uno de ellos se quita el cinturón y se baja la bragueta (yo, como estoy con el antifaz, no lo veo pero lo siento) y me dice ‘ahora me vas a comer la polla’. Mientras tanto los demás me dicen ‘ahora te vamos a echar un polvo uno a uno, nos vamos a turnar’.

También son constantes las amenazas contra mi familia, que va a detener a mi hermana, a mi madre también y la van a violar. Uno de ellos hace que habla por teléfono dando la orden de detener a mi madre y llevarla allí (más tarde sabría que era mentira). Oigo gritos y me dicen que es una amiga y que también la están torturando (luego me enteraría de que era mentira). Me dicen que me van a sacar de allí en helicóptero y que me van a tirar de allí, me dicen que tengo que aprender lo que ellos me digan, que si no van a seguir así hasta matarme (...)

31/03/2001, sábado: Sobre las 12 del mediodía me llevan al calabozo y al de un cuarto de hora más o menos me llevan al piso de arriba, adonde el médico forense. Todavía tengo dudas respecto a él, no sé si será médico de verdad, pero estoy destrozada y me arriesgo a contarle el trato de que estoy siendo objeto, creo que si de verdad es médico me va a ayudar, y si no lo es, pues la verdad, es imposible que me hagan algo peor... Tengo mucho miedo, pero ya no aguantaba más... Tenía la cabeza que parecía que me iba a explotar, un dolor de cuello terrible, un agotamiento físico extremo, y comencé a enseñarle las marcas que me habían dejado los electrodos. Al verme me dijo que me iba a llevar al hospital, salió de la habitación y entró otro médico que dijo que era médico de la Guardia Civil, pero no pudo oponerse y me llevaron al hospital a urgencias (...)

Cuando salimos del hospital me llevan de nuevo a la comisaría de la Guardia Civil. Nada más bajar del coche, uno de ellos me dice al oído ‘¡te vas a cagar!’ (...) El jefe me dice que están muy enfadados conmigo. Me dice que en adelante tengo que hacer lo que ellos me manden y que tengo que declarar palabra por palabra lo que me manden. Me dice que tengo tres opciones: si no realizo la declaración policial, van a seguir como hasta entonces, es decir, torturándome sin parar: la bolsa, electrodos, golpes... que el jefe que está por encima de él conoce bien el trato que me están dando y que no tienen ningún problema por ese lado; si subo a prestar declaración, pero no digo palabra por palabra lo que ellos me dicen que tengo que decir, el trato va a ser peor que el que hasta entonces venía sufriendo, que en los tres días que quedaban me iban a hacer sufrir hasta matarme; si realizo la declaración como ellos me han dicho, no me iban a poner una mano encima y me iban a dejar dormir hasta la declaración (...)

1/4/2001, domingo: Por la mañana tengo un interrogatorio que duraría unas cuatro horas en la ‘habitación B’. Me obligan a aprender cosas nuevas y me dicen que esa tarde tengo que realizar otra declaración. De nuevo me dan las tres mismas opciones del día anterior, entre amenazas... Me llevan al calabozo y me dan una pastilla para el dolor. La tomo porque son insoportables el dolor de cabeza y de cuello que tengo (...)

Por la tarde realizo la segunda declaración policial. Como ellos me han obligado, digo lo que me han hecho aprenderme. El abogado de oficio se da cuenta de que me encuentro mal, porque para levantarme de la silla me tienen que ayudar entre dos guardias civiles, y pregunta si me pasa algo. Pero uno de los guardias civiles le dice que estoy bien y no me pasa nada. Me lo pregunta directamente a mí, y como estoy aterrorizada le digo que estoy bien, aunque creo que no podía estar peor (...)

Los últimos días soy torturada sicológicamente, mediante amenazas, etc. El domingo, cuando estoy en el calabozo entran dos guardias civiles gritando y me golpean la cabeza, pero quitando eso en los tres días restantes no me torturan físicamente».




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sábado, 4 de diciembre de 2021

Egaña | Hipocresías y Mordaza

Tal como acostumbra, Iñaki Egaña vuelve a poner los puntos sobre las íes a quienes gustan tergiversar todo lo ocurrido en Euskal Herria. El tema en cuestión tiene dos facetas, por un lado el de la tortura practicada de manera institucional por el estado español mientras que por el otro, el mecanismo del cual se vale para silenciar a quienes osan denunciar los excesos de un régimen que ha recurrido al terrorismo de estado sistemáticamente desde por lo menos el año de 1936.

Lean esto que ha compartido en su perfil de Facebook:


Hipocresías y mordaza

Iñaki Egaña

Cuando apareció el cadáver de Mikel Zabalza, ahogado en el Bidasoa al huir de la Guardia Civil según el relato oficial aún vigente, torturado hasta la muerte en el cuartel de Intxaurrondo como supuso el pueblo honrado, el ministerio del Interior español intentó soltar lastre. Y anunció, con el peso que daban las portadas de los grandes medios, que “a partir de ahora a los detenidos no se les colocará bolsas de plástico ni capuchas en la cabeza durante los interrogatorios”.

José Barrionuevo, entonces ministro y responsable de la versión asombrosa de la huida de Zabalza, no tuvo reparo ni vergüenza en realizar semejantes declaraciones, mostrándolas como un avance socialista para la gestión de los derechos humanos en cuarteles y comisarías. Su credibilidad era nula, condenado años más tarde a una década en prisión por el secuestro de Segundo Marey de los que apenas cumplió tres meses, pero era la de un ministro del Interior. El de la seguridad de un estado entonces de 38 millones de habitantes. Bolsas de plástico y capuchas siguieron utilizándose hasta el siglo XXI, a pesar de la aseveración de Barrionuevo.

Cuatro antes, en 1981, otro chaparrón había caído sobre la cabeza de Juan José Rosón, también ministro del Interior, cuando sus subordinados mataron a golpes en el interior de una comisaría de Madrid a Joxe Arregi. La evidencia fue tan notoria que, hasta el partido ultra de entonces, Fuerza Nueva, liderado por un fascista de pro como Blas Piñar, reconoció que en España se torturaba. Y entonces, Rosón, como Barrionuevo más tarde, abrió las compuertas a las novedades democráticas. Y difundió por todos los medios, con orden de dar prioridad, a una nota de la USP (Unión Sindical de Policías) en la que se pedía que “se erradique toda conducta que suponga vejación y tortura física o mental”.

¿Se erradicó la tortura? La pregunta ya lleva intrínseca una respuesta evidente. En las siguientes, se torturó aún más que en épocas previas, según recoge el trabajo del IVAC para la Comunidad Autónoma Vasca. Entre nosotros, la cadencia de las detenciones fue disminuyendo desde que ETA avanzó su desaparición en 2010. También la de los malos tratos. El TAT (Torturaren Aurkako Taldea) dejó de existir haca ya unos años.

Sin embargo, ni la tortura ni los malos tratos han desaparecido. Como las bolsas de plástico y las capuchas. En 2011, el Defensor del Pueblo hispano recomendó la instalación de cámaras de televisión en circuito cerrado interno, en las comisarías. Otro ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, anunció años después que iban en camino. Cuando le recriminaron su lentitud y pocas ganas de hacer transparentes los calabozos, señaló que había “dificultades técnicas”. Un sarcasmo en un estado que cuenta con centenares de miles de cámaras en todos los rincones de sus ciudades.

En junio de 2016, el Parlamento de Gasteiz denunció que la Ley Orgánica 4/2015, la de Protección de la Seguridad Ciudadana según denominación oficial, Ley Mordaza como supone el pueblo honrado por sus connotaciones represivas y de indefensión del estado llano, vulneraba derechos fundamentales y que “estando la mayoría de la Cámara autonómica en contra de esta ley, se adopta el compromiso de que no se aplique”.

¿Sucedió lo que deseaban los representantes elegidos por los votantes de la CAV? ¿Dejó la Policía Autonómica dirigida por Estefanía Beltrán de Heredia en la legislatura posterior y por Josu Erkoreka en la última, de aplicar la Ley Mordaza? Pregunta retórica a estas alturas. La respuesta es obvia. No sólo no lo hizo, sino que incrementó su aplicación. Miles y miles de nuevas denuncias, algunas tan retorcidas como la del promotor de la manifestación contra la Ley Mordaza en Bilbo en 2018. La Ertzaintza le aplicó precisamente la Ley Mordaza, como a varias de las participantes de la huelga feminista del 8M de 2019.

Y de la tortura, ¿qué resultó? Entre 2013 y 2019 se registraron en el Estado español 448 condenas por tortura, según los informes estadísticos anuales del Consejo del Poder Judicial. ¿No anunciaban en 1981 los sindicatos policiales la erradicación de la tortura? Entre 2015 y 2019, según datos ofrecidos por la Dirección de Instituciones Penitenciarias, se abrieron 504 procedimientos por torturas y malos tratos en las prisiones españolas. Desconozco cuantos concluyeron en condena, pero la cifra ya es suficientemente significativa.

La Ley Mordaza, gestionada y cocinada por aquel ministro de infausto recuerdo llamado Jorge Fernández Díaz que en su delirio concedió la medalla al mérito policial a un fetiche conocido con el nombre de la Virgen del Amor, fue aplaudida por la mayoría de sindicatos policiales. Porque agrandaba la impunidad de sus afiliados. Y elevaba su protagonismo de categoría.

Y hoy, ante el anuncio del debate sobre la derogación de la Ley, aquellos mismos sindicatos han salido a la calle, en Bilbao y en Madrid, para avalar la Mordaza. Lo han hecho con la ultraderecha xenófoba y machista, junto a la caspa franquista. Sindicatos, como el mayoritario ErNE en la Ertzaintza, que negó la mayor cuando el informe encargado sobre su propio Gobierno detectó más de 300 casos de tortura en los cuarteles autonómicos. Sindicatos que exigen ser actores de un modelo histórico que se alarga desde la noche de los tiempos cuando ser agente de policía era la razón suprema para el sostenimiento del régimen, de la dictadura.

La hipocresía, la doble moral, mantiene en pie actuaciones injustificables. Denunciadas a veces en otras latitudes como antidemocráticas, y estrujadas como valedoras de los derechos humanos en casa. Siendo idénticas. La Ley Mordaza fue un revolcón extraordinario del estado profundo para mantener y avanzar en su estatus excluyente. Que ahora los servidores de esa naturaleza injusta imploren mantenerla, sugiere que lacayos, cipayos, serviles, escuderos y Tíos Tom no son sólo expresiones literarias, sino también formas de entender un modelo coercitivo obsceno.

 

 

 

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jueves, 18 de enero de 2018

Aztnugal y la Tortura Institucional

Desde Naiz traemos a ustedes esta actualización del Caso Aznugal:


Cuando se cumplen cinco años desde que Jon Patxi Arratibel, Gorka Mayo, Iker Moreno, Iñigo González y Gorka Zabala fueron detenidos por la Guardia Civil, los cinco encausados que serán juzgados a partir de abril han solicitado a la ciudadanía «un esfuerzo colectivo, social e institucional» para acabar con la tortura. A lo largo del mes de febrero, dentro de la campaña Aztnugal, llevarán a cabo conciertos, charlas y exposiciones.

@aagirrezabal

Iker Moreno, Jon Patxi Arratibel, Gorka Zabala y Gorka Mayo han comparecido delante de la Comandancia de la Guardia Civil de Iruñea, el día en el que se han cumplido cinco años desde que fueron detenidos por el Instituto Armado. Los procesados en el sumario 4/2014, que serán juzgados en la Audiencia Nacional española a partir del 14 de abril, han señalado que «es necesario un esfuerzo colectivo, social e institucional» para acabar con la tortura. A los presentes en la comparecencia de hoy se debe sumar a Iñigo González, que será juzgado junto a ellos.

Los ciudadanos navarros han recordado que hoy hace cinco años «alguno estaba siendo sometido a intensas sesiones de asfixia mediante una bolsa en la cabeza, otro recibiendo golpes y amenazas mientras era obligado a hacer flexiones hasta la extenuación, otro sufriendo vejaciones sexuales y otros en el calabozo, sin luz, escuchando los gritos de los compañeros y aterrorizados ante los ruidos de pasos acercándose a la celda». De esta forma, han denunciado que fueron torturados «con total impunidad, en el centro de la capital española, por guardias civiles encapuchados».

Las torturas quedaron reflejadas en el grito de ayuda de Arratibel, que en su declaración, en lugar de firmar con su apellido, firmó con la palabra Aztnugal (“ayuda”, al revés, en euskara). En este sentido han subrayado que la propia Audiencia Nacional española y las instituciones del Estado han hecho caso omiso de las sentencias y requerimientos internacionales, subrayando que «han ninguneado» la sentencia de mayo de 2015 de TEDH de Estrasburgo que condenó al Estado español por no haber investigado la denuncia del vecino de Etxarri-Aranatz.

Por ello, han exigido que Madrid elimine «todos y cada uno de los estamentos que posibilitan la impunidad de las fuerzas del Estado», haciendo especial hincapié en el régimen de incomunicación. Por lo que ha pedido que cumpla la Convención contra la tortura de la ONU.

13 de febrero, charlas contra la tortura y Aztnugal Rock

En el marco de la campaña Aztnugal que pusieron en marcha el pasado noviembre, los encausados han preparado diversos eventos para febrero. El próximo 13 de febrero, que se celebra el Día Contra la Tortura en Euskal Herria, el Palacio Condestable de Iruñea acogerá a partir de las 11:00 una conferencia sobre la tortura. En ella participarán el antropólogo y forense Paco Etxeberria, el portavoz de la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura, Jorge del Cura, y la abogada de Torturaren Aurkako Taldea, Lorea Bilbao.

Asimismo, por la tarde, a partir de las 19:30 horas, el frontón Askatasuna de Burlata acogerá la segunda edición de Aztnugal Rock, donde Kop, Kaotiko, Mc Onak, Tximeleta y DJ Bull se sumarán al grito contra la tortura. Por otra parte, desde el 8 al 26 de febrero, Katakrak acogerá diversas actividades culturales.






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jueves, 9 de marzo de 2017

Contra la Lacra de la Tortura

La tortura es una de las muchas prácticas represivas implementadas por el régimen español en contra del pueblo vasco, no la única, pero sí la más utilizada.

Establecido lo anterior, les compartimos este texto al respecto publicado en El Hurón:


Balserorentzat eta torturatu dituzten guztientzat

Iñaki Gil de San Vicente

«La memoria histórica, acompañada de una brizna de sentido crítico, siempre ha hecho temblar a los paladines del orden público. Además hay que constatar que la memoria es inútil y poco rentable en una sociedad basada en el dinero y el consumo.

El trabajo de la memoria conlleva normalmente la crítica en su seno: la historia nos enseña que lo que hoy parece inmutable no lo es siempre. La historia nos enseña que nada está fijo y que ninguna sociedad, ningún imperio es eterno.

Prohibiendo y privando a la juventud de este trabajo de memoria algunos tratan también de ocultar este aspecto. En su obra Prisonniers de guerre Alleg nos dice: “Lo que les molesta no es la tortura sino que se sepa que se practica”»

Presentación

Antes de seguir es conveniente saber que los casos de tortura probados en Euskal Herria suman ya 5.657 según Euskal Memoria y que la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura (CPDT) en su Informe de 2015 documenta 232 casos de tortura en el Estado español. A finales de 2014 la CPDT constató que entre 2004 y 2014 hubo 6.621 denuncias por tortura y tratos denigrantes, 833 personas muertas bajo custodia del Estado, y que, sin embargo, entre 2001 y 2012 las condenadas por diversos hechos de violencia institucional son 752, la mitad de ellas como delito de faltas. Hay que tener en cuenta que no se denuncian todas las torturas por razones varias, la fundamental es el miedo a las represalias.

Dicho esto, podemos pasar a la definición de la Convención contra la Tortura, en su resolución 39/46 de 10 de diciembre de 1984, en el artículo 1, dice así:

A los efectos de la presente Convención, se entenderá por el término «tortura» todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas.

Para los fines de nuestra ponencia esta definición de la tortura, siendo válida en su denuncia del papel del Estado en general, tiene sin embargo una limitación que iremos descubriendo en las páginas que siguen. Nos referimos a que en la vida diaria, en las explotaciones y opresiones de todo tipo, es muy sutil y traspasable la frontera que separa a un amplio y creciente conjunto de presiones, amenazas, chantajes, malos tratos, etc., psicológicos y físicos, visibles e invisibles, con efectos destructores no inmediatos sino mediatos y hasta a largo plazo, para terminar en las mil formas de tortura no reconocidas oficialmente.

Decimos esto porque, por debajo de los acuerdos internacionales entre Estados, existen otras realidades más oscuras, amargas y trágicas, en las que operan múltiples violencias frecuentemente sentidas por sus víctimas como torturas. Son ellas las que hacen de las reflexiones críticas sobre las torturas «una fuente de pensamiento» como dice Alfonso Sastre. Porque es cuestión de pensamiento, vamos a emplear un concepto dialéctico de tortura que nos permita movernos por los infiernos de las torturas, en plural, y de las profesiones e instituciones que facilitan su práctica: Hay psicólogos que son torturadores activos con sus consejos especializados, no son pasivos sino que forman parte del proceso entero de la tortura; también los médicos intervienen directa o indirectamente en las torturas, como volvió a confirmarse en Estados Unidos tras los atentados del 11-S de 2001.

La mejora de las técnicas de tortura es tan vieja como ella misma y responde al hecho de que pese a toda su violencia destructora, siempre ha habido personas que la han aguantado, al menos no «confesando» lo fundamental. Una de las mejoras introducidas por el capitalismo tenía y tiene el objetivo de llevar la tortura al interior de la persona, a sus más íntimos sentimientos para romper su identidad: este es el papel de la psicología, de la psiquiatría, del psicoanálisis y de la medicina en general antes, durante y después de las sesiones de tortura. Aun así, no siempre triunfan.

Un poco de historia

Las torturas se han ido endureciendo y multiplicando en sus contenidos y formas según lo exigían las necesidades de las clases explotadoras. Una de las primeras prácticas sistemáticas en este sentido decisivo es la del Antiguo Egipto. P. Reader nos explica la quíntuple importancia que tuvo el faraón Keops (-2589 a -2566) en el muy racional y pensado salvajismo de las torturas.

Una lección consiste en la actualidad de muchos de sus métodos ya que una de las torturas que se aplicaban en el Egipto Antiguo a los esclavos fuertes y rebeldes era de la atarlos y azotarles las manos y las plantas de los pies: esta misma tortura sigue practicándose tras más de 4606 años, como lo hemos experimentado en la práctica y lo confirman cientos de declaraciones. Quiere esto decir que por debajo de las sucesivas «mejoras» en las torturas, estas mantienen sin embargo una identidad esencial: hacer daño, causar dolor, provocar sufrimiento en la persona torturada, y atemorizar, generar el miedo a sufrirlas en las personas que le conocen o que se enterarán que ha sido sometida a tormentos.

Dos, Keops torturaba a los esclavos de manera sofisticada porque intentaba que no murieran bajo los tormentos ya que le eran más útiles como fuerza de trabajo viva, más rentables, hasta que morían por puro agotamiento, hambre o enfermedad. En la historia de las torturas española ha habido fases en este sentido: durante la Inquisición las muertes por torturas no importaban mucho, ni tampoco durante las dictaduras; en la llamada democracia los torturadores deben andar con más cuidado. Pero la lección fundamental de Keops es que las sociedades que tienen poca fuerza de trabajo explotable, o pocas esclavas y esclavos han de mantenerlos vivos en la medida de lo posible para exprimirles hasta el último aliento. Las torturas no debe destruir la fuerza de trabajo porque serían ruinosas.

Tres, las torturas también servían a la proto-ciencia del momento ya que los esclavos sufrían trepanación para investigar sus cerebros a fin de sanar los dolores de cabeza de sus amos. Esta práctica, como veremos, fue de nuevo recuperada en el capitalismo por los nazis y los militaristas japoneses, y más tarde por la CIA para intentar aplastar a Vietnam y producir asesinos mentalmente programados mediante electrodos introducidos en su cerebro; ahora también se pueden introducir detectores a distancia en el cuerpo del torturado para, una vez drogado, dejarlo en libertad y seguir sus pasos. Con ciertas diferencias, estas torturas en su forma mortal también se aplican contra niños y niñas de los países empobrecidos extirpándoles órganos que luego se venderán en el mercado de la salud privada capitalista.

Cuatro, Keops elaboró un variado sistema represivo: si un esclavo atacaba a un veedor o capataz, otros cien recibían veinticinco latigazos, de este modo lograba que se espiasen y delatasen entre ellos. Es un método represivo adaptado a las escuelas franquistas para perseguir la lengua vasca: la niña o niño pillado hablando euskara recibía un aro que se convertía en castigo al final del día si no se lo pasaba a otra niña o niño al que oía hablar su lengua materna, así se vigilaban, reprimían y delataban para no sufrir el castigo.

Y cinco, las torturas dosificadas para mantener vivos a los esclavos se convertían en exterminio masivo cuando estos se sublevaban: entonces no había piedad ni perdón. Tras aplastar una rebelión el general Mel-Ra torturó hasta la muerte a diez de sus dirigentes con una crueldad inhumana pero muy meditada porque se obligó a otros esclavos a participar en los tormentos hasta que los dirigentes morían. El más conocido, Zagah, duró veintidós días. Esta quinta característica es una constante en la historia: las torturas y otras formas de violencia se aplican con cierta mesura, incluso se practica el palo y la zanahoria pero hasta un límite insalvable: las torturas se convierten en masacre masiva cuando los oprimidos quieren romper sus cadenas.

En la época de Keops la mayoría inmensa de esclavas y esclavos provenían de los pueblos invadidos. La sofisticación egipcia del sistema represivo y de la tortura indica, al menos, dos cosas: una, que Egipto encontraba dificultades para disponer de más esclavos para sustituir a los que morían, lo que podría indicar la fuerte resistencia de los pueblos a la ocupación egipcia; y otra que, además, esa sofisticación era necesaria porque las esclavas y esclavos debían intentar rebelarse colectiva o individualmente con alguna frecuencia a pesar de los tormentos: por tanto, aun estando muy desarrollados no debían ser todopoderosos.

Salvando las distancias espacio-temporales, las lecciones del Egipto Antiguo son válidas para el presente, sobre todo la de los límites de la efectividad de la tortura. Como también puede serlo el del proceso de formación de policías y torturadores. Los egipcios «sintieron cierta repugnancia a emplear nacionales para este ingrato oficio», como lo indica que el nombre que daban a la «policía», ya en una época tardía como el imperio nuevo, era el mismo con el que designaban a tribus sudanesas, aunque más adelante, «en la última época parece que había también egipcios». Parece que no fue el único pueblo que se resistió a emplear torturadores y policías de su misma nacionalidad, por ejemplo los griegos.

Tal vez la razón fuera que todavía no se habían desarrollado plenamente las clases sociales y perviviera aun cierta identidad colectiva que no aceptaba policías autóctonos. En Roma, por ejemplo, solo podían ser torturados los esclavos, no los ciudadanos por muy campesinos empobrecidos y rebeldes que fueran: a estos se les mataba rápidamente. En la Comunidad Autónoma Vasca o «Euzkadi» también se han practicado torturas «autóctonas» prefiriendo los «métodos que no dejan marca […] su pericia en la aplicación de métodos psicológicos», como veremos más adelante. Es la expansión de la propiedad privada a costa de la propiedad colectiva o común la que hace que las clases dominantes recurran a las peores brutalidades, torturas y violencias. Y como la primera forma de propiedad fue la que convirtió a la mujer en propiedad privada del hombre, eso explica que la tortura sexual fuera simultánea al triunfo de la propiedad privada:

Las denominadas naciones y pueblos civilizados han utilizado la ferocidad sexual como medio para atormentar y disciplinar psicológicamente a los pueblos ocupados de todo el mundo. El español violó y mató a cientos de miles de seres humanos, al igual que Alejandro Magno. Los romanos emplearon sistemáticamente actos de violencia erótica como un medio para penalizar y perseguir a los plebeyos. De hecho, los imperios deben controlar a sus súbditos, tanto en casa como en el extranjero.

Sin mayores precisiones ahora, casi al mismo tiempo se desarrolló la propiedad privada dentro de un mismo pueblo, escindiéndose en clases explotadoras y explotadas. Para seguir con Egipto las primeras luchas de clases internas a la sociedad egipcia aparecen al inicio de la Dinastía V entre el -2494 y el -2345, poco después del faraón Keops, que había aplastado revueltas de pueblos esclavizados, pero que no podía acabar definitivamente con sus resistencias. Estaban así dadas las bases para que la lucha de clases en todos sus contenidos –patriarcal, etno-nacional y social– se agudizaran al son de las contradicciones y con ellas las torturas y represiones. Las clases explotadoras aprendieron de la historia: tras el exterminio de más de 100.000 personas en Guatemala por un golpe militar organizado por la CIA en 1954 para impedir la reforma agraria dirigida por un gobierno democráticamente elegido, un general declaró que: «Basta con matar al 30% de la población para obtener la paz», sin embargo la resistencia popular y la lucha guerrillera volvieron a recuperarse.

Hay que decir que existe una diferencia sustancial entre las torturas de los pueblos mal llamados primitivos y las torturas de los pueblos «civilizados», como la Inquisición, por ejemplo, para la que era muy importante obtener información de la persona torturada. Carlos Tupac lo explica así:

N. Davies muestra cómo la tortura europea tenía un significado «más profundo» que el que tuvo la tortura que practicaban los iroqueses, por ejemplo, ya que la europea buscaba «arrancar confesiones», lo que le llevaba a alargar los tormentos durante periodos «muchísimos más prolongados», además de que justificaba esas atrocidades basándose muchas veces en la más mínima insinuación, sospecha o prueba. Demuestra cómo los Autos de Fe de la Inquisición no estaban en modo alguno limitados, como lo estaban los sacrificios aztecas, por un calendario ritual que impedía realizar más de uno al mes, mientras que en la civilizada Europa bastaba que se hubiera reunido a un número de sospechosos para torturar, juzgar y, con toda probabilidad, quemarlos; es decir, era un acto de masas más frecuente y normalizado que el azteca. Además, resulta casi decisivo constatar que muchas de las técnicas de torturas de los pueblos americanos provienen de los invasores europeos, que las importaron y las enseñaron con su práctica, como quemar vivas a las personas. En la sublevación de 1597 de los indios Huale, de Georgia, contra los españoles por el mal trato que recibían, fue hecho prisionero un fraile al que se le sometió a una parodia de hoguera inquisitorial, pero los indios no prendieron fuero a la madera.

En la Edad Media, las torturas y todas las formas de violencia, miedo e intimidación eran cotidianas. Según Newark, el clima de miedo e intriga en las cortes medievales, era: «El caudillo mantiene su poder mediante la amenaza de muerte y destrucción […]. Sobrevivir y triunfar en la corte de un caudillo significa competir en un ruedo de terror perpetuo. Se necesita ser una persona extraordinaria. Algunos son inteligentes, algunos son duros y algunos están locos». Más espeluznante aún es esta descripción: «En las costumbres medievales eran corrientes los castigos corporales horrorosos. Procedían de la tradición germana y romana, y fueron reforzados por la poca frecuencia del encarcelamiento a principios de la Edad Media, y por la amplia publicidad que se daba a las ejecuciones públicas como medio para reprimir el crimen.

Pero la lucha contra la tortura también existió en la Edad Media. En la rica Florencia de finales del siglo XIV se libraron ásperas luchas de clases que anunciaban ya algunas de las constantes que se desarrollarían posteriormente. El norte de Italia fue la cuna principal del capitalismo incipiente, y las clases patricias y burguesías comerciales aplicaban las torturas para destruir las organizaciones populares del movimiento Ciompi. La tenaz lucha de los Ciompi consiguió acabar con las detenciones arbitrarias y con las torturas, además de otras conquistas socioeconómicas y culturales.
Horst Herrmann describe con detalle los instrumentos de tortura de la Edad Media, y añade: «Son millones las mujeres que fueron quemadas –¡algunas en hornos episcopales!– o tan maltratadas por los verdugos “que el sol traslucía a través de ellas”». Entendemos mejor la ferocidad de estas prácticas al haber leído páginas antes que frecuentemente se aplicaba a la víctima la tortura psicológica que le fue aplicada a Galileo en el siglo XVII:

A las víctimas les eran mostrados los aparatos de tortura antes de que los verdugos entrasen en acción. Este proceder –recomendado por la Inquisición como territio– surtía efectos muy a menudo. Es un método de comprobada eficiencia y se practica hoy en día en muchas salas de tortura. Ver, comprender y temer.

Territio quiere decir intimidación, o sea: tortura psicológica preventiva que intenta aterrorizar a la persona, destrozar su conciencia, anular su voluntad de resistencia haciéndole que colabore. Este método ya era empleado en la China Antigua, en la que los torturadores hablaban antes con las víctimas. Galileo, que sabía cómo el jesuita Belarmino había ordenado quemar vivo a Giordano Bruno años antes, claudicó de palabra ante la terrible efectividad de la territio, renunció durante un breve tiempo a la verdad científica y se libró de las torturas físicas y tal vez de la muerte en la hoguera, para continuar luego con sus investigaciones.

Las torturas masivas de la Inquisición no consiguieron acabar ni con el librepensamiento e ideología burguesa, ni con las resistencias de las mujeres campesinas acusadas de brujería. Fue el ascenso burgués el que desbordó la inhumanidad medieval mientras que sustituía sus ya obsoletas formas de explotación por otras más adecuadas. Una tortura inhumana que ha sido abandonada es la del despedazamiento, muy utilizada por la Inquisición española; pero gracias a la tecnociencia del tormento, buena parte de sus efectos se logran de forma «limpia y barata» como veremos más adelante. Por no extendernos, existen muchas torturas desde la Antigüedad que utilizan el agua, y la modernización de esta tortura por Estados Unidos ha dado pie a un profundo debate que se ha agudizado al salir Trump en defensa de esa forma de tortura.

La experiencia acumulada por la Inquisición fue un verdadero fondo de sabiduría para los sistemas represivos imperialistas. Incluso un diario español de derechas ha reconocido la importancia que tuvo para la CIA la «degenerada tortura» inquisitorial, y ha sintetizado en diez las torturas actuales que guardan alguna relación con las de la Inquisición, como la del agua:

1) encerrar a una persona en solitario; 2) la amenaza de sufrir dolor es más efectiva que el dolor mismo; 3) las amenazas de muertes son inútiles; 4) si quiere sobrevivir el torturado debe confesar; 5) el dolor excesivo puede llevar a confesiones falsas; 6) es muy efectivo cambiar la percepción del tiempo; 7) forzar posiciones incómodas; 8) hay que amenazar con torturar a sus familiares, 9) hay que evitar momentos de «tregua» y llevarlos a la extenuación, y 10) las amenazas funcionan mejor cuando son explicadas «racionalmente».

La dinámica socioeconómica que explica esta evolución no es otra que el lento ascenso de la burguesía y el lento retroceso del feudalismo, como hemos dicho. Son conocidas suficientemente las tesis de Foucault sobre el origen de la vigilancia, la prisión y el castigo, así que no nos extendemos sobre ellas ni en sus limitaciones. P. Reader detalla el proceso de I+D+i, por llamarlo así, de la invención de la guillotina durante la revolución burguesa francesa. Todavía en 1784 se torturaba públicamente hasta la muerte en París, pero ya se debatían entre los círculos progresistas algunas ideas para acabar con los descuartizamientos y otras torturas. Solo muy pocos años después ya funcionaba la guillotina, el método científico desarrollado desde el siglo XVII fue mejorado con la guillotina: se emplearon cadáveres para hacer las pruebas porque se quería que tuviera la máxima calidad instrumental el día de su estreno.

La lógica capitalista del terror controlado y supeditado a otros medios de coerción sorda, de cooptación y de apariencia democrática, se iba imponiendo. La tortura no desapareció sino que, como se verá, fue revisada bajo la racionalidad tecnoeconómica. Marx lo expresó así en el libro I de El Capital, editado en 1867:

Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema de trabajo asalariado. No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbres, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la existencia constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y de la demanda de trabajo a tono con las necesidades de explotación del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales.

Debemos entender que Marx habla de la excepcionalidad de la violencia directa en una obra dedicada fundamentalmente a la crítica de la economía política y no tanto al análisis de la lucha de clases en su esencia política. Cuando Marx y Engels hacen estos análisis prestan más atención al papel de la violencia directa en la historia, de modo que su carácter excepcional desaparece bajo una aplastante realidad de violencia reaccionaria. Quiere esto decir que la lucha de clases real, la que tiene como objetivo la destrucción del poder burgués y la colectivización de sus propiedades, es una realidad abierta o latente, pero una realidad. Dicho de otro modo: las masacres, torturas, cárceles y destierros no garantizan la victoria definitiva del capital sobre la humanidad explotada.

Dos de los casos «excepcionales» a los que se refería Marx fueron las luchas de liberación de Cuba y Filipinas. No podemos exponer ahora la situación socioeconómica de ambos pueblos a finales del siglo XIX, pocos años después de publicarse El Capital, así que nos centramos en la excepcionalidad de las dos luchas y en el papel de la violencia directa, extraeconómica, del terrorismo y de la tortura. Durante la guerra de independencia cubana que concluyó en 1898, murieron aproximadamente 300.000 personas de todas las edades y sexos; de ellas solo 12.000, un 4% del total, pertenecían al Ejército Libertador, mientras que el 96% restante, unas 288.000, eran personas civiles, desarmadas, de las cuales 260.000 murieron de tortura, malos tratos, hambre y enfermedad en los campos de concentración españoles siguiendo la estrategia de Reconcentración ideada por el general Weyler y que se adelantó a los campos de exterminio nazis.

En cuanto a Filipinas, se calcula que murieron 600.000 personas de aquel país en la guerra de 1898-1910 contra la ocupación norteamericana, que siguió a la larga ocupación española. Las torturas españolas habían sido estremecedoras contra los pueblos de Cuba y Filipinas, como contra las demás naciones ocupadas, pero no lograron derrotar sus luchas de liberación.

La tortura como metáfora

El período que va de la revolución bolchevique de 1917 a la derrota del nazi-fascismo en 1945 acelera la dinámica que llegará a la situación presente en la que la modernización tecnociencia de las torturas no hace sino reforzar la tesis de Naomi Klein de «la tortura como metáfora» del capitalismo contemporáneo, definido por esta autora como «capitalismo del desastre».

De hecho, la metáfora ya era real en el nazismo: sus expertos en tortura sabían bien cómo seleccionar en los campos de exterminio a fieles colaboradores que les simplificaban y ahorraban el trabajo. Existe una descripción estremecedora de alguien que ha estudiado detenidamente esta situación, y que debe aparecer escrita en todos los textos de ética y dignidad humana:

Y tú, pobre prisionero, te doblegas y empuñas el bastón para golpear a tus semejantes, a los miserables como tú, para merecer el honor de un puntapié por parte de tu patrón y una rebanada de pan sucio, humillándote como un perro, pensando que aquel mundo no ha de acabar nunca, dando implícitamente la razón a quienes te oprimen.

Sin embargo, la metáfora tenía una debilidad interna: dentro de muchos campos de exterminio se crearon organizaciones clandestinas que aguantaron todas las brutalidades y hasta prepararon fugas e insurrecciones. Del mismo modo, la ciencia de la tortura nazi no arrasó la resistencia de los pueblos ocupados. Tampoco lo consiguió la inhumanidad japonesa, que usaba a los prisioneros como blancos de tiro, carne viva para aprender a manejar la espada y la bayoneta, a cientos de miles de mujeres como esclavas sexuales, como chivos expiatorios de las frustraciones y agresividades de las tropas: se trataba de maximizar su explotación hasta la muerte para ahorrar en todos los sentidos.

En su sentido básico, la tortura pasó de su fase empírica y artesanal a su fase científica durante la Segunda Guerra Mundial y, a partir de aquí, el largo imperialismo no ha hecho sino enriquecerla. Un ejemplo lo tenemos en la mejora –en el sentido instrumental e inhumano– en el empleo de los electrodos, las descargas eléctricas, el electroshock, etc. El imperialismo francés los utilizó masivamente en las atrocidades que cometía contra las naciones que luchaban por reconquistar su libertad en Indochina y Argelia, Xabier Makazaga lo ha explicado con rigor, sobre todo entre 1945 y 1962:

Los franceses convirtieron la tortura en su principal arma durante sus guerras coloniales, no solo para arrancar información a los detenidos sino también para controlar a toda la población. Su doble discurso provocaba que, mientras que sus soldados torturaban impunemente a los colonizados, las autoridades de la República negaban a sus ciudadanos el empleo de estas técnicas.

La cita con la que encabezamos esta ponencia está extraída de una de las aportaciones de 2010 al librito La question de 1957, rápidamente prohibido y retirado de las librerías francesas. Su autor, Henri Alleg, era militante comunista francés en Argelia torturado por los paracas de su país. Describe así el efecto de las descargas: «la mordedura salvaje de una bestia que me arrancaba la piel a tiras». Uno de los técnicos en electroshock fue hasta 1945 torturador nazi, protegido y reciclado desde entonces por el ejército francés, lo mismo que otra torturadora nazi que trabajaba para Estados Unidos y Alemania Federal.

Pero los nazis no eran los únicos en desarrollar la ciencia del electroshock, Estados Unidos también experimentó con los electrodos durante ese período aparentemente con fines «curativos»: «La psiquiatría yanqui aprendió mucho durante la Segunda Guerra Mundial al tratar a los heridos psíquicos, a los desmoralizados y con los nervios agotados. Los psiquiatras trabajaban intensamente porque «en la medida de lo posible, los enfermos mentales debían regresar a la tienda, a la fábrica o al frente». Además de este objetivo económico y militar, también se desarrollaría al poco tiempo el específicamente represivo: los electrodos no solo como tortura sino como manipulación de la personalidad a distancia.

Dentro de su programa MK-Ultra de 1953, los métodos de la CIA para que el lavado de cerebro fuera efectivo exigían de «una presión psicológica cuidadosamente calculada. Esto incluía el uso de la repetición, el hostigamiento y la humillación», y también se probaron los efectos de drogas –«LSD, mescalina, cocaína e incluso nicotina»– no solo en las investigaciones en Estados Unidos sino también en Gran Bretaña y Alemania Federal. Precisamente en Berlín, la CIA contaba con varios prostíbulos para obtener información de los clientes.

Para esta época el Estado francés instruía sobre torturas a regímenes latinoamericanos y a Estados Unidos. Al menos desde finales de la década de 1950, y manifiestamente desde 1959, expertos franceses enseñaban métodos de tormento comprobados en Argelia e Indochina, pero que hundían sus raíces en la larga experiencias colonialista –recordemos la denuncia de Ho Chi Minh a las torturas francesas en 1925– y en las lecciones nazis, de modo que desde 1961 los yanquis aprendían de torturadores franceses dentro de un plan que llegaba hasta Argentina país en el que todavía en 1980 actuaban los expertos galos.

La ayuda francesa fue decisiva para que en 1963 la CIA dispusiera del primer manual de tormento denominado Kubark. Lo necesitaba para reprimir más efectivamente las crecientes luchas antiimperialistas que recorrían el mundo. El colonialismo francés sabía desde comienzos del siglo XIX, por la experiencia represiva del general Bugeaud, que con la mera violencia torturadora era imposible sojuzgar a un pueblo y que era necesario complementarla con acciones culturales, de cooptación y de alianzas con sectores sociales enriquecidos. En la inmensa mayoría de los casos, las torturas y otras violencias han sido el palo que refuerza la eficacia de la zanahoria. Pero cuando la segunda falla, las torturas y otras violencias se descubren como los únicos métodos para «aterrar a la población […] Los medios silencian la violencia o caracterizan como terrorismo las acciones de los opositores».

Para entonces la CIA experimentaba con cientos de lobotomías, y en esas fechas comenzó una estrategia de terror contra Vietnam con el objetivo de asesinar a cuantos más guerrilleros mejor, pero también con el de «matar a quienes los socorrían». El plan buscaba exterminar a un mínimo de mil guerrilleros al mes y capturar a dos mil para someterlos a «interrogatorios». Los civilizados torturadores yanquis anestesiaban al prisionero antes de trepanarle el cráneo e instalar electrodos en el cerebro bajo una luz insuficiente que tuvo que ser reforzada con más lámparas. Rápidamente se llenaron todas las camas destinadas a las trepanaciones, electrodos y lobotomías realizadas sobre prisioneras y prisioneros anestesiados. Gottlieb, científico y alto responsable de la CIA, trabajaba según el método Taylor-fordista:

Trasladaban a los hombres a una sala vacía contigua y allí los dejaban en el suelo para que fueran recuperándose. A media noche el suelo estaba lleno de prisioneros en diverso estado de recuperación. Gottlieb circuló entre los hombres y colocó una bayoneta junto a cada uno de ellos. Después se dirigió a una habitación contigua y empezó a manipular los interruptores de una caja negra para transmitir señales a los electrodos implantados […] quería que los electrodos estimularan la violencia en los hombres hasta el punto que utilizaran las bayonetas para atacarse entre sí. Gottlieb dijo que, si lo lograba, habría creado asesinos por encargo […] la caja negra podía mejorarse hasta tener un alcance de un kilómetro y medio. A esa distancia sería posible infiltrar un asesino en la zona de un blanco desprevenido y ordenarle que matara. […] Los prisioneros se limitaron a sentarse, tocándose las heridas de la cabeza, sin dar muestras de violencia. El científico ordenó a los vigilantes que se los llevaran. Después les pegaron un tiro y quemaron sus cadáveres.

Más tarde, el director de la CIA en 1977, el almirante Turner, declaró que la agencia había realizado 149 estudios sobre el control de la mente entre los años 50 y 60, con la participación 200 científicos de 44 universidades, 3 prisiones, 12 hospitales, 12 fundaciones y otros institutos, con unos gastos de 25 millones de dólares. Durante la invasión de Vietnam y más tarde en la guerra sucia de 1984 en Beirut, el doctor Gottlieb explicaba que para matar a una persona «el accidente fortuito es la técnica más eficaz. Cuando se ejecuta bien, causa poco revuelo y se investiga superficialmente». Además, la CIA aconsejó al presidente Reagan que hiciera una campaña de propaganda internacional diciendo que todos los países «enemigos» de Estados Unidos –Cuba, URSS, Irán, etc.– torturaban a su disidencia.

Hay que saber que como siempre en la historia de los imperialismos, la tortura sexual era una parte esencial de la estrategia terrorista:

En Vietnam, la violación se usaba comúnmente como un arma de guerra. En su trabajo brillante y completo Mata lo que se mueva: la verdadera guerra estadounidense en Vietnam, Nick Terse nos recuerda el legado brutal de violencia sexual en el sudeste asiático dejado por los Estados Unidos. Soldados estadounidenses violaron a miles de niños; algunos fueron asesinados, sus cadáveres mutilados. Mujeres vietnamitas eran comúnmente sometidas a violaciones en grupo, tortura sexual y asesinato. En algunas ocasiones, las tropas estadounidenses atacaron sexualmente a mujeres vietnamitas mientras obligaban a sus hijos a mirar, para eventualmente asesinar a ambos.

Torturas en Euskal Herria

Los métodos de tortura del Estado español han sido muy bien estudiados aunque sus conclusiones demoledoras son poco conocidas entre otras razones por la estricta política de silencio informativo. Xabier Makazaga fecha en 1988 el inicio de una estrategia de ocultación de las torturas porque las movilizaciones populares y la existencia de organismos de denuncia y esclarecimiento estaban superando la censura y el silencio mediático. Para ocultar las torturas, el Estado empezó a trasladar a las prisioneras y prisioneros a Madrid. Los medios de prensa también ayudaban en la ocultación: en 1992 el TAT hizo un estudio de la política informativa de los grandes medios sobre la tortura llegando a la conclusión que los diarios El País, el Correo Español y Deia, este último el vocero del PNV, silenciaban la realidad de las torturas.

El mismo estudio fue realizado una década más tarde, en 2002, pero con una variante, se comparó el espacio dedicado en la prensa diaria a la denuncia de las torturas espeluznantes sufridas por Unai Romano, conocidas por la difusión de unas fotografías que mostraban su cuerpo, con la tala de dos de los pinos del bosque de Oma en Bizkaia, árboles pintados por Agustín Ibarrola. Los resultados del estudio mostraban que «quedaba muy claro que el caso del bosque de Oma tuvo muchísima más importancia en la prensa de mayor difusión que el caso Romano, aunque en el primero fueran unos pinos los que sufrieron la agresión y en el segundo una persona de carne y hueso».

A la efectividad del muro de plomo que oculta las torturas, malos tratos, vejaciones, etcétera, hay que sumarle la eficacia de la resistencia psicológica y emocional de franjas sociales a aceptar las innegables evidencias de la tortura, ya que de inmediato surgen preguntas: ¿llegará a golpearnos la tortura? ¿Son «los nuestros» los que torturan? ¿Es justificable la tortura frente a los «terroristas» y «separatistas, y en qué grado? Veremos que uno de los objetivos de la tortura es producir miedo, pasividad atemorizada. Gabriel Kessler ha investigado sobre los sentimientos de temor e inseguridad en la Argentina todavía impactada por la dictadura ante el aumento de los delitos: las fuerzas conservadoras piden la vuelta del autoritarismo estatal «sin límite alguno». Lo básico de su estudio sirve para todo el capitalismo: la violencia institucional refuerza la inseguridad paralizante, efecto que sólo puede ser superado por el avance de los derechos democráticos.

Pues bien, esta inseguridad emocional y política, este miedo a la verdad, más la ideología conservadora hace que sectores sociales se nieguen a aceptar las torturas realizadas por la Ertzaintza, policía «autonómica» prestada por el Estado español al Gobierno Vasco. Frente a esto, la conclusión de G. Kessler de avanzar en los derechos se vuelve una necesidad urgente. Para esclarecer la realidad y acelerar el avance democrático, Xabier Makazaga ha detallado las torturas físicas y psicológicas infringidas a un prisionero por este cuerpo represivo en 1996. En su Informe sobre la tortura en 2001, Tortutaren Aurkako Taldea (TAT) constataba sobre la Ertzaintza que «habría que destacar que se decanta por la utilización de la tortura psicológica […] de todos modos casi en la mitad de los casos combinan métodos físicos y psicológicos». Más adelante describía los efectos psicológicos de la tortura:

1) Reexperimentación del trauma. El sujeto revive el trauma, es decir, no lo recuerda, sino que vuelve a experimentarlo.
2) Evitación con dos tipos de síntomas: a) Los síntomas de la evitación propiamente dichos: se evitan las personas, los lugares, etc., que recuerdan el hecho. b) Los de carácter disociativo: a través de ellos se consigue un embotamiento psíquico. Serían los siguientes: incapacidad de recordar algo relacionado con el hecho traumático, pérdida de interés en actividades que antes eran significativas, sensación de despego con respecto a los demás, incapacidad de experimentar sentimientos positivos/afectivos y sensación de futuro desolador y desesperanza.
3) Hiperactivación. La hiperactivación consistiría en estar siempre «en guardia» para evitar la repetición del hecho traumático. El sujeto nunca se siente seguro. Los síntomas incluyen trastornos del sueño, dificultades de concentración, irritabilidad, hipervigilancia y reacciones exageradas.

El Informe sigue explicando que los efectos de la tortura apenas se guardan en la memoria explícita o narrativa, que puede verbalizarlos, sino en la memoria implícita o emocional que no recuerda sino que revive en silencio, sin poder expresarlo. El Informe concluye así: «Por eso al trauma se le llama también terror sin palabras».

De la misma forma en que hablamos de terror sin palabras al definir a la tortura psicológica también podemos llamarla herida sin sangre, e igualmente puede decirse que la tortura «es lo que queda dentro». Prácticamente la generalidad de los estudios sobre las torturas coinciden en las consecuencias negativas que tiene en el ánimo y en la conciencia del pueblo el terror sin palabras, las heridas sin sangre, lo que se lleva dentro sin poderlo verbalizar y comunicar al entorno. Lo que busca la tortures es, como dice Teresa Cáceres, imponer y extender el «miedo a la palabra y la imposibilidad de nombrar»60, de decir la verdad, de explicar lo que sucede.

Hemos dicho al comienzo, al hablar del 11-S de 2011, que la medicina en general aporta sus conocimientos al sistema represivo. G. Thomas explica detalladamente cómo los psiquiatras de la CIA discuten con los psicoanalistas de la misma organización sobre la efectividad de sus correspondientes teorías para aumentar los resultados de la tortura61. Las investigadoras Lurdes Moraza y Mertxe Basterra, muestran cómo son las «batas blancas» las que mejoran las técnicas de tortura que aplican los funcionarios del Estado, las responsables de que se inventen:

[…] técnicas de tortura que parecen «no-tortura» […] el dolor es una estructura compleja, subjetivamente percibida y psicológicamente condicionada […] Pero la sofisticación o cientifización, no solo se refiere a las técnicas de tortura dirigidas a infligir intencionadamente dolor físico, sino también –y aquí entramos en lo más temido, en el terror, pues es desconocido para la inmensa mayoría y causa un poco de miedo adentrarse en estas profundidades– dolor psíquico infligido intencionadamente por medio de métodos estudiados y comprobados científicamente sin utilizar técnicas de tortura física, es decir, métodos psicológicos de tortura.

La imposibilidad de comunicar el terror sufrido que nos ha extirpado las palabras, esta «no tortura», este silenciamiento total corta de raíz la continuidad y la actualización de la memoria popular. Susana G. Kaufman explica cómo es la dinámica que avanza de la angustia para llegar al terror pasando por el miedo y cómo ese desarrollo determina la subjetividad social. En su estudio sobre los efectos del trauma causado por la tortura sobre la memoria, María I. Mudrovcic sostiene que:

El stress post-traumático es fundamentalmente un desorden de la memoria. Debido a las fuertes emociones de terror y sorpresa por ciertos eventos, la mente se disocia: es incapaz de registrar la herida de la psique porque los mecanismos ordinarios de conciencia y cognición están destruidos, por lo que dichos acontecimientos no son incorporados al espacio de experiencia del individuo […] El duelo social se realiza cuando el grupo logra integrar el evento traumático en una narración compartida, en definitiva, cuando puede narrar el miedo.

Una de las formas más eficaces que tiene el sistema torturador, sea estatal, para estatal o extra estatal, para impedir o minimizar que el pueblo sistemáticamente torturado pueda narrar el miedo, hablar y superar la paralización política y ética que impone el trauma en sectores sociales, es la de no castigar a los torturadores, e incluso recompensarlos con el tiempo. La impunidad de los torturadores, sus muy livianas condenas o, peor, cuando la tortura es legitimada y protegida66 directa o indirectamente, entonces sus víctimas siguen padeciendo el terror sin palabras, y la sociedad torturada sigue padeciendo el miedo a hablar por el terror a que vuelvan los torturadores. Se trata, en suma, de seguir produciendo miedo:
La producción de «miedo oficial» era –y es– la clave de la eficiencia del poder. El poder terrenal no venía –no viene– al rescate de los seres humanos presos del miedo, pero hacía –hace– por convencer a sus súbditos que sí lo hace. Para que el poder se congraciase y se ganase su lealtad al ser duro con lo que aquéllos temían, primero debía producir el «capital del miedo». Para que el poder dure, hay que hacer a los seres humanos vulnerables, inseguros y temerosos, y mantenerlos en dicha situación […] Volver a la gente insegura y sumisa fue la tarea que más ocupados tuvo a la CIA y al FBI tras los atentados del 2001.

El miedo que produce la tortura se suma a otros miedos generados por los diversos sistemas de intimidación que tiene el capitalismo, sin olvidarnos de su poder alienador. Tiene también razón P. Brückner cuando no duda en decir que «la prohibición colectiva de buscar o preguntar fuera del campo de los problemas abiertos (los que están permitidos por los estilos educativos autoritarios) provoca miedo en el que se atreve a hacerlo, si es que ha llegado ya a proyectar sobre sí mismo aquellas exigencias de prohibición; incluso las desviaciones de un método establecido, llegan a producirle intranquilidad. Aquí es donde termina la formación y comienza la obediencia social».

El miedo a la palabra, el terror sin sangre en realidad es pánico a la razón, al pensamiento libre y crítico. El irracional miedo a la libertad destroza el sentido racional de la revolución y fortalece la patología de la obediencia. Según Terri Eagletton: «Las revoluciones tienden a estallar en el momento en que casi cualquier alternativa parece preferible al estado presente. En esa situación, no rebelarse es irracional». Pero ocurre, como hemos visto, que el trauma de la tortura crea una sumisión pasiva tal que logra mutar la obediencia irracional en racional aceptación de la obediencia: la revolución se volvería así impensable, ilógica e imposible, ella sería lo irracional en sí.

Es innegable que un sector social cree que la lucha revolucionaria es pura irracionalidad y otro sector cree que siendo racional es imposible o que exige un sacrificio tan alto que no merece la pena realizarlo. Pero existe otra parte que no piensa así, que sabe que la lucha revolucionaria no solo es racional sino que a la vez y por ello mismo es necesaria; y en los momentos de crisis estructural este grupo llega a ser mayoritario a pesar de las torturas y represiones que ha sufrido. ¿Por qué han fallado entonces las torturas? Después responderemos con más detalle, ahora debemos decir que la razón del fallo último de las torturas es que al ser irracionales en sí mismas chocan frontalmente con todos los sentimientos y valores humanos.

Las personas torturadas por defender derechos políticos y democráticos tienen por lo general conciencia del riesgo que asumen, por lo general no se callan sino que en la medida de sus posibilidades dicen lo que han padecido y hasta lo denuncian. Más temprano que tarde, la sociedad, el pueblo se entera de las torturas que padecen quienes luchan contra la tiranía. Aunque exista una dictadura o un régimen aparentemente democrático que en realidad oculta una dictadura de facto contra los derechos básicos, o una impunidad represiva avalada por la «democracia», si en estos contextos se ha creado un movimiento popular de denuncia de la tortura, es probable que la verdad supere el miedo, aislamiento y silencio, y es probable que sus denuncias e informes lleguen al exterior. Semejante paso no garantiza la victoria de la verdad y el fin de las torturas, pero es un avance sentido por los torturadores como una amenaza muy grave para ellos.

Las personas con conciencia revolucionaria que sufren tormento tienen, por lo general, la cultura política suficiente para, además de resistir las torturas en la medida de sus fuerzas, también saber que el conocimiento público de sus sufrimientos es una de las garantías imprescindibles para que otras compañeras y compañeros no sean torturados en el futuro. En realidad, se trata de la lucha de la racionalidad de la persona y de la sociedad torturada contra la irracionalidad del sistema torturador.

El Informe 2002 del TAT denuncia y detalla: golpes, extenuación física, bolsa, bañera, electrodos, impedimento de visión, amenazas, gritos, humillaciones, agresión sexual, simulacro de ejecución, policía bueno versus policía malo, constantes interrogatorios y la obligación de oír los gritos de otras personas que están también detenidas y/o familiares o amigos. Ahora, por su incuestionable importancia, veamos qué es la agresión sexual:

Este año hemos comprobado por los diferentes relatos que nos han hecho llegar las personas detenidas, que las agresiones y vejaciones sexuales han aumentado considerablemente tanto en los casos de las mujeres como de los hombres. Es norma habitual que a la persona detenida se le obligue a desnudarse parcial o totalmente y, en ocasiones, a mantener posturas vejatorias, y es entonces cuando se suceden las amenazas y las vejaciones o humillaciones sexuales, de tipo oral (amenazas, vejaciones, insultos, amenazas de violación), mediante la violencia contra los órganos sexuales (golpes o la colocación de electrodos), la desnudez obligatoria, tocamientos, movimientos obscenos contra sus cuerpos, llegando este año a la violación en comisaría mediante la introducción de un palo en el ano en el caso de diferentes hombres, e introducción lo que una detenida cree que era un pene de uno de sus torturadores en su boca.

Los efectos de las torturas sexuales nunca serán suficientemente denunciados en su infinita complejidad y larga duración si por sexualidad entendemos la libido y el principio del placer, o eros. Desde esta perspectiva, la correcta, toda tortura tiene un elemento sexual porque ella misma es el tanatos o principio de muerte. Como veremos, la tortura posibilita satisfacer deseos sexuales, fantasías sadomasoquistas o exhibicionistas, u obtener sobreganancias narcisistas. En su forma masculina, la tortura de violación anal es un ejemplo.

Pero fundamentalmente contras las mujeres, en las formas «suaves» de torturas y violencias patriarcales cotidianas –la «violencia oculta» que agrede a un tercio de las mujeres en el Estado español– es donde más se aprecia su poder destructor al cabo del tiempo: el acoso y explotación sexual en el trabajo aumenta un 40% en los dos últimos años. A una escala más amplia, la tortura sexual como expresión de la «cultura de la violación» está dentro de los crecientes feminicidios y raptos de mujeres, niñas y niños dentro de la trata esclavista moderna.

El Informe sobre la tortura 2002 del TAT dedica un espacio al análisis de las torturas realizadas por la Ertzaintza, policía de la CAV inserta en las fuerzas represivas españolas, indicando el salto cualitativo realizado al pasar de las torturas psicológicas a las físicas, combinando ambas. Lo más significativo es que esta policía española en Vascongadas, que también aplica la agresión sexual, desarrolla métodos que no aparecen en el listado anterior como cambios de temperatura y: «Les daban algo para beber que no era agua, en algunos casos les producía una especie de mareo, llegando más de uno a sufrir alucinaciones: ver humo que salía de las paredes, imágenes que salían de las paredes como ventanas…».

En el Informe del TAT correspondiente a 2003, después de recordarnos qué es la tortura según la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, definición con la que comenzábamos este escrito, pasa a enumerar los objetivos fundamentales de la tortura que aplica el Estado español:

1. Forzar una autoinculpación o inculpación de terceras personas […] No importa que la prueba sea verídica.

2. Castigar a la persona torturada por un acto que no ha cometido o se sospecha que ha cometido, pero también como represión de una forma determinada de actuación política o social.

3. La tortura va dirigida especialmente a la destrucción de la personalidad, a la negación de la dignidad humana, persigue su desintegración psicológica, doblegar su identidad, humillarla, degradarla.

4. Intimidar y atemorizar a la persona torturada, y por extensión paralizar a toda la sociedad, generar una situación de terror tanto a la víctima como a su entorno, acrecentar una situación de inseguridad y difundir el terror.

Después de enumerar muy sucintamente los métodos físicos de tortura, el Informe 2003 del TAT expone con más detalle sus métodos psicológicos: 1) Impedimento de visión. 2) Restricción o supresión de las necesidades básicas. 3) Amenazas. 4) Humillaciones, insultos, descalificaciones. 5) Juego de policía bueno-policía malo. 6) Obligatoriedad de elegir entre los distintos métodos de tortura, departir sobre la tortura. 7) Tortura sexual. 8) Apelación a la imaginación. 9) Crear sentimientos de culpabilidad. 10) Simulación de tortura. 11) Exponer a la persona detenida a los gritos/ver otras personas detenidas que están sufriendo torturas. 12) Cambios bruscos de temperatura. 13) Utilización de drogas. 14) Agresiones sonoras. 15) Agresiones de luz.

Ya hemos hablado arriba sobre el punto 6: mostrarle a la persona los instrumentos de tortura; explicarle su funcionamiento y sus efectos, obligarle a que escoja cual «quiere» que se le aplique, etc. Galileo sufrió esta tortura psicológica, tan frecuente en la China Antigua. La persona que va a ser torturada se imagina el dolor que va a padecer y lo multiplica en sus miedos pudiendo caer en el pánico. Pero lo peor es que ese desplome puede hacer que se entregue mentalmente al policía «bueno» para evitar que el «malo» le torture. La efectividad de esta tortura psicológica aumenta cuando la persona está aislada, incomunicada, sin poder contar a nadie lo que sucede. El aislamiento penitenciario es una forma de tortura «blanca», ya que, en realidad, la pena de cárcel es una forma de tortura.

Xabier Makazaga nos recuerda que el Informe 2003 del TAT se hacía eco de un problema muy grave por su papel en las torturas: los informes de los médicos forenses. El autor hace un poco de historia explicando cómo el Comité para la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa (CPT) había instado repetidas veces a las autoridades españolas a que garantizase el derecho de las personas detenidas a ser visitadas por un médico de su elección y cómo se recomendó esto en 1999. Amnistía Internacional y otros organismos internacionales también han cuestionado a los forenses oficiales que en 2007 se negaron a que un médico externo avalara el informe oficial con la excusa de que ese informe externo les «ponía en cuestión»:

Estas palabras demuestran que su labor consiste en avalar el «buen» estado de salud de los detenidos y no en acreditar su estado de salud, sea este bueno o malo y, en el caso de que sea «malo», describirlo (lesiones, dolencias…) e indicar sus causas. Al rechazar y denunciar la ayuda de otros médicos dejaron claro que la función que interiorizan estos médicos forenses es la de encubrir posibles violaciones de los derechos humanos que puedan realizarse bajo su jurisdicción.

El oficio de torturador

Aunque las torturas facilitan el exterminio de organizaciones enteras, o su debilitamiento práctico en grado sumo, y también producen miedo colectivo e impiden de alguna manera la renovación de la memoria popular, a pesar de estas y otras consecuencias positivas para el poder explotador, no es el instrumento definitivo para mantener el poder indefinidamente. El debate sobre la eficacia de la tortura se ha reabierto en Norteamérica tras las declaraciones de Tramp a favor de reinstaurarla: se analizan sus costos políticos a medio y largo plazo, la deslegitimación que debilita al Estado torturador, la calidad de la información que se arranca mediante el tormento, etcétera. Este debate venía dándose desde que el Senado norteamericano reconociese que las brutales torturas de la CIA no habían sido eficaces para evitar atentados inminentes. Aun así, según las necesidades represivas, se seguirá recurriendo a ella: Un juez brasileño autorizó la tortura para forzar el desalojo de una escuela ocupada por estudiante.

La efectividad de las torturas está sujeta, o si se quiere es parte subordinada a la efectividad superior del sistema y doctrina de contrainsurgencia en la que se encuadra. Sin duda, las brutales torturas y desapariciones del Plan Cóndor con 80.000 personas muertas y desaparecidas, 400.000 detenidas, y miles de exiliadas, condicionaron mucho el desarrollo posterior de las luchas de liberación en Nuestramérica, pero no las abortó. Las derrotas de los procesos revolucionarios responden a una interacción de complejas causas que no podemos exponer aquí. Una de ellas es que las izquierdas no valoran correctamente el significado de la represión en la lucha sociopolítica por la destrucción del Estado burgués y la socialización de la propiedad privada de las fuerzas productivas, no tomando las medidas organizativas suficientes de acuerdo con la coyuntura y contexto revolucionario.

La burguesía sí conoce la gran importancia que puede llegar a tener la tortura, y por eso presta mucha atención al entrenamiento de sus torturadores. Se ha escrito mucho y se debatirá siempre sobre la personalidad de los torturadores, si son sádicos y perversos o «normales». Basándose en el libro de M. Rosencof y E. Fernández Huidobro en el que entre otras cosas debaten sobre si el torturador «nace o se hace», Carlos Tupac escribe que:

En un momento intercambian sus opiniones sobre si los torturadores eran «normales» o «anormales», sádicos y psicópatas o buenos padres de familia, amigos y compañeros, así como oficiales responsables que cuidan a sus soldados. No coinciden en todo y tienen sus diferencias, pero les une la insistencia en que la ideologización contrarrevolucionaria, anticomunista y fascista era permanente y masiva en el ejército argentino, tanto que había creado un clima interno en el que la tortura y los malos tratos a los presos eran tan «normales» como la amistad y camaradería entre soldados y oficiales. Y señalan una cosa significativa: que el ejército buscaba con esa estrategia de participación colectiva en las torturas el que ningún soldado u oficial pudiera echarse para atrás, negarse, resistirse a torturar a un semejante, y sobre todo buscaba crear una responsabilidad colectiva que impidiera que alguien denunciase y/o hiciese público tanto horror inhumano, imponiendo así el silencio cómplice y egoísta.

Intereses reaccionarios muy precisos han querido zanjar este debate defendiendo la justificación de que por «instinto», por «programación genética» los seres humanos somos asesinos y torturadores en potencia. Por ejemplo, se ha querido encontrar una tendencia genética a la depresión en mujeres que han sido violadas, echadas del trabajo, sufrido traumas, etc., de modo que se extienda la creencia de que las violaciones, el desempleo y otras formas de violencia y tortura pueden tener algún remoto origen genético88, con lo que desaparecería o disminuiría sobremanera la responsabilidad criminal del sistema patriarco-burgués. También se ha buscado en los primates el origen de los «asesinatos», sosteniendo que «Caín está en nuestras raíces», sin tener en cuenta otras muchas demostraciones de la solidaridad y ayuda mutua entre ellos; y sobre todo las mejoras introducidas a los descubrimientos de Kropotkin sobre la ayuda mutua.

La tesis de Stanley Milgram se basaba en supuestos «métodos científicos» que demostraría que cualquier persona es torturadora en potencia, que todas y todos llevamos dormido en nuestra psique al monstruo torturador dispuesto a despertarse en cualquier momento. Investigaciones científico-críticas han demostrado que no es cierta la tesis de Milgram, que su «método científico» es tramposo, que los sujetos utilizados en la investigación desarrollaban formas sutiles de resistencia y rechazo al experimento de tortura sobre terceras personas.

Muchas experiencias demuestran que surgen negativas, resistencias y críticas a cumplir órdenes criminales en estructuras altamente jerarquizadas y disciplinadas. Sin ir más lejos, en el caso del ejército nazi J. Bogatsvo en un capítulo brillante sobre la personalidad psicopática y sociopática de Heydrich –«entre la bestia y el ángel»– narra protestas de mandos, oficiales y soldados del ejército alemán al comienzo de la Segunda Guerra Mundial por las brutalidades que les obligaban a realizar. Más tarde y a pesar de que el nazismo endureció la disciplina hasta niveles extremos, el malestar latía en sectores de tropa de origen obrero y popular y en sectores de la suboficialidad y oficialidad de origen pequeñoburgués, pero: «las continuas sanciones hicieron que los soldados ni siquiera pudiesen airear su rabia ante las calamidades de la guerra».

Lo que da valor demostrativo a estas prácticas internas a una parte del ejército alemán que niegan con antelación la tesis de Migram publicada en 1963, es que se hiciesen dentro de una máquina de terror como el ejército nazi, que a su vez era parte de una sociedad en la que dominaba el llamado «terror aleatorio», el que golpea a cualquiera en cualquier momento inesperado, sin razón alguna y en la total indefensión. Pero el «terror aleatorio» se cebó fundamentalmente en las izquierdas, contra los sindicatos y contra las clases explotadas, lo que no impidió que resurgieran resistencias en las fábricas96 y que desde 1944 aparecieran grupos armados antinazis formados en buena medida por jóvenes. El Estado burgués es una «máquina de obediencia», pero su plasmación en la Alemania nazi no pudo acabar con las resistencias a pesar del terror y de las torturas.

Contra la evidencia histórica, la tesis de Milgram legitimó las torturas en América Latina y en todos los pueblos sometidos al imperialismo y a la explotación de sus burguesías respectivas, porque se basaba en el supuesto falso de una imaginaria predisposición a la «obediencia al mal» que «pudo llegar a ser utilizada para justificar en las organizaciones de carácter represivo, con férreos sistemas de horizontalidad (policías, fuerzas armadas, etc.,) que los subordinados, por lo general, se permitieran ejecutar actos aberrantes y crímenes de lesa humanidad, amparados en las órdenes recibidas de sus superiores». La excusa de la «obediencia debida» en la que se basan quienes perdonan a los torturadores, se niegan a que sean juzgados y condenados por sus crímenes de lesa humanidad, y los igualan de hecho a sus víctimas torturadas, etcétera, se remiten en último análisis a la tesis falsa de Migram.

J. M. Biurrun ha resumido los cinco puntos del entrenamiento para la tortura analizados por Pérez Arza: 1) deshumanización del enemigo; 2) habituación a la crueldad; 3) obediencia automática; 4) oferta de impunidad, y 5) oferta de poder. Y a estos puntos, Biurrun añade otros como el pensamiento maniqueo, el narcisismo instrumental, la experiencia del dolor, la humillación y el miedo, el sadomasoquismo, ideas megalomaníacas o paranoides.

Muchos o bastantes de estos puntos están presentes de algún modo en el funcionamiento de las dinámicas de control, vigilancia y represión característicos de las disciplinas laborales, cotidianas, etc., es decir, en los procesos de explotación básicos en toda sociedad basada en la propiedad privada de las fuerzas productivas.

Capataces, jefes y jefecillos, controladores, novios, maridos, padres y hermanos mayores, suboficiales y mandos, sacerdotes y en general todos aquellos sujetos que aseguran la continuidad de la explotación social en todas sus formas, asumen y practican en su cotidianeidad algunas de estas características.

J. M. Biurrun divide las «condiciones laborales» del trabajo del torturador en cinco aspectos:

1) la exposición a la pérdida de los privilegios del torturador si, arrepentido, abandona su trabajo, y a la inversa, la garantía de que los mantendrá si continúa torturando;

2) el resentimiento social y de vindicaciones del torturador contra la sociedad, lo que le permite sentirse alguien más importante sobre todo cuando la persona que tortura está más valorada socialmente, y este resentimiento es también genérico e imaginario;

3) la implicación en el crimen de la tortura, lo que le lleva a involucrarse más y más en su práctica y en la defensa de las estructuras que la practican;

4) la inculcación de un dispositivo circular autoconfirmador por el cual siempre se encuentran argumentos que demuestran que el torturado es el mal y el torturador el bien, que el mal debe ser torturado por el bien torturador;

5) «la satisfacción de necesidades no confesadas. La tortura proporciona la posibilidad de legalizar y satisfacer deseos sexuales, fantasías sadomasoquistas o exhibicionistas, u obtener sobreganancias narcisistas.

Las aportaciones de Biurrun muestran el rigor metódico con el que la burguesía cuida la fidelidad de sus fuerzas represivas, de terror y de tortura. Sin embargo, y como venimos insistiendo, no garantizan su total e incondicional apoyo a la clase explotadora. Vicente Romano ha escrito que:

Por lo demás, solo los esclavos son aptos para la represión. Como se sabe, los atenienses solo emplea­ban esclavos en la policía. Quien practica la repre­sión como oficio tiene que ser él mismo un reprimi­do ejemplar. Esta es la causa profunda de que la obediencia ciega y los ejercicios absurdos de ins­trucción desempeñen un papel tan importante en el ejército y en la policía. Quien se ha acostumbrado a hacer preguntas es un mal represor y, por lo tanto, un mal vigilante. ¿Cómo va a golpear, clavar la espa­da y la bayoneta o disparar a trabajadores y mani­festantes, como exigen las leyes de emergencia en ciertos casos, alguien que reflexione sobre la validez de las reglas de juego existentes? En la instrucción actual de la policía y del ejército se repite el adiestramiento de los esclavos que traicionaban a sus compañeros. Entre los vigilantes más fieles y seguros de los campos de concentración nazis estaban los propios prisioneros. La democratización del ejército no redujo nunca su fuerza de combate en caso de defensa nacional, contra el enemigo exterior; pero sí lo hizo en caso de ataque a otro pueblo. La democra­tización del ejército reduce la fuerza de combate sobre todo cuando se emplea contra el propio pueblo.

Aquí tenemos el secreto de la lucha victoriosa contra las torturas: la democracia en su radical y pleno sentido socialista.

Vencer a las torturas

No hay que hacerse ilusiones. Las torturas no desaparecerán mientras exista la propiedad privada en cualquiera de sus formas: la mujer como propiedad del hombre, el pueblo ocupado como propiedad del Estado ocupante y la clase trabajadora como propiedad del capital; en síntesis: mientras exista la propiedad privada de las fuerzas productivas, teniendo en cuenta que la mujer y luego el hombre son la fundamental fuerza productiva.

No desaparecerán porque en los tres casos, y en otros «menores», el recurso a las violencias va en aumento como, por la parte contraria, aumentan la emancipación de la mujer, de los pueblos y de las clases explotadas, es decir, la emancipación del trabajo. En la creciente lucha de contrarios, las violencias del explotador van encrespándose, las torturas tienden a intensificarse aunque no se vean, estén ocultas en la soledad del domicilio, en el silencio de la opresión nacional y en la invisibilidad mediática del terrorismo empresarial en todas sus formas.

Bajo las presiones populares, las democracias burguesas pueden permitirse el lujo de prohibir oficialmente las torturas y malos tratos en comisarías y cuarteles, incluso pueden condenar por poco tiempo a algunos torturadores; pueden hacer leyes contra los malos tratos, violaciones y torturas sexuales machistas, pueden conceder algunas reformas y derechos a los pueblos y a las clases explotadas, pero no pueden ni en realidad quieren acabar con los otros malos tratos, con las pequeñas o grandes violencias de todo tipo que se practican a diario, y no dudarán a emplear las cloacas del Estado, el «Estado profundo» o mafias y empresas de seguridad para ejecutar «trabajos sucios».

Hay que tener en cuenta que la clase burguesa tiene diferentes opciones sociopolíticas, sexuales, culturales, religiosas y estéticas, de manera que la cultura de la violencia, de la ética del «todo vale», de la misoginia y del racismo, adquiere muchas formas prácticas e ideológicas que ocultan sus barbaridades o las legitiman. Y hay que tener en cuenta que, como clase social, funciona en base a la explotación lo que le lleva a condenar solo de boquilla las violencias de su sistema. Por último, hay que tener en cuenta que la burguesía crea organizaciones, colectivos y medios de prensa para reforzar su poder ideológico entre las clases explotadas, organizaciones que convencen, manipulan, cooptan y sobornan.

Comprendemos así que en países capitalistas enriquecidos resurjan en muy poco tiempo, de la noche a la mañana, muchas prácticas reaccionarias, de malos tratos y violencias patriarcales y racistas. Resurgen a la superficie porque latían ya en el subsuelo, en el interior de la explotación cotidiana, y en la conciencia muy lúcida de la clase burguesa que espera siempre el momento para recortar los derechos conquistados por las clases y pueblos explotados, por las mujeres… Para constatar esta tendencia, veamos tres ejemplos muy recientes que nos remiten a las violencias, torturas y muertes:

Uno, las dificultades de todo tipo que pone el Gobierno Vasco para que se investiguen las torturas de la Ertzaintza y en concreto la muerte de Iñigo Cabacas, el significativo «caso Cabacas». Otro, la reducción de las penas casi al mínimo contempladas en las leyes que protegían a las mujeres rusas de la violencia patriarcal. Y, por último, los Estados europeos pueden denegar el visado de asilo a quienes lo piden por correr el riesgo de ser torturadosen su país. La ocultación de torturas y muertes, las facilidades para la violencia y tortura sexual cotidiana y la denegación de asilo a quienes pueden ser torturados. La burguesía, sea vasca o rusa, o europea en general –de la yanqui no hace falta decir nada– aprovecha cualquier situación para ampliar sus propiedades, ocultar sus violencias y reforzar sus instrumentos represivos.

Nos encontramos en medio de una larga ofensiva capitalista mundial contra los elementales derechos de la humanidad trabajadora, ofensiva que está tejiendo una urdimbre de leyes nuevas que anulan las muy pocas que anteriormente defendían a los pueblos. Esta nueva «contrarreforma» multiplica las impotencias de la izquierda domesticada. Las dificultades para luchar contra las torturas surgen en parte también de la densidad del entrelazamiento de las dinámicas de violencia; pero también, por otra parte, de las deficiencias de la izquierda para penetrar en esas selvas; y, por último, de la tarea del reformismo que con su incondicional apuesta por la legalidad a ultranza termina asfixiando casi todas las iniciativas a favor de los derechos concretos.

En el Estado español el reformismo y la izquierda domesticada cumplen un nefasto papel en la lucha contra las torturas policiales sobre todo cuando las sufre la militancia independentista de las naciones oprimidas y la emigración. Pero también ha sido y es responsable de la prácticamente inexistente movilización de masas por la memoria histórica, por la recuperación de las decenas de miles de asesinados por el franquismo, por la exigencia de las responsabilidades criminales de la dictadura y de los torturadores de entonces, de la «transición» y de ahora, etc. Es imposible erradicar las torturas sin una masiva acción popular y esta es imposible sin memoria y sin perspectiva histórica.

La izquierda revolucionaria, por último, se enfrenta a la ofensiva mundial con un largo y heroico historial de resistencia a las torturas y a todas las formas de violencia. Debe publicitarlo, debe darlo a conocer, el pueblo trabajador y la militancia joven deben saber los sacrificios impresionantes realizados por sus compañeras y compañeros de lucha. Pero la memoria de las represiones no sirve apenas de nada si no se extraen fuerzas para resistir en situaciones idénticas que pueden reaparecer dependiendo de las circunstancias. La experiencia indica que la concienciación política basada en el conocimiento teórico y en la ética revolucionaria es la mejor arma para vencer a las torturas, a los malos tratos, a las vejaciones e insultos, a las presiones psicológicas, a las amenazas de todo tipo, a los chantajes y/o intentos de soborno y colaboración…

¿Qué significa vencer a las torturas? Antes de responder hay que saber que ellas son partes de un sistema complejo, multifacético e interactivo y en permanente adaptación y mejora: por esto su derrota, la victoria y el triunfo de la libertad nunca debe ser entendida como definitiva, sino como un paso adelante, un avance más que puede ser detenido y vencido, hecho retroceder, si caemos en el triunfalismo.

En base a este criterio, para concretar más qué significa vencer a la tortura debemos antes sintetizar los objetivos que busca: primero, obtener información por lo que vencerla supone dar la mínima información posible o ninguna, o en el peor de los casos, retrasarla: la persona debe saber que tiene el derecho a no declarar más que delante de un juez y asistido por un abogado, y eso si quiere hacerlo. Parece mentira, pero conocer estos derechos refuerza mucho la capacidad de resistencia.

Segundo, muchas veces la persona torturada recibe propuestas de colaboración y el triunfo consiste en rechazarla, en negarse, y en demostrar que no ha sido derrotada como ser humano mediante un simple acto de denunciar delante del juez el trato sufrido, con pelos y señales. Vencer a la tortura significa aquí vencer al miedo que nos han metido a golpes, denunciándola públicamente.

Tercero, la tortura busca destrozar mental, anímica y políticamente a la persona, y por esto muchas veces sigue aplicándose después de haberle «estrujado», no para sacarle más información o para hundirla en el lodazal de colaborador, sino para terminar de aniquilarla como ser humano dotado de capacidad de pensamiento crítico y acción liberadora. Vencer a la tortura significa seguir en la militancia revolucionaria. Nunca se debe menospreciar esta importante victoria, solo la desprecian quienes no han padecido tormento.

Y cuarto, dado que la tortura busca atemorizar al pueblo mediante la pedagogía del miedo: la victoria sobre ella significa aquí aportar la experiencia propia ayudando a su denuncia masiva, ayudando a los movimientos populares y a los organismos que defienden los derechos humanos y combaten la irracionalidad del tormento. En este sentido, se vence a la tortura en cada acto por la libertad y los derechos por pequeño que sea.

Como se aprecia, vencer a la tortura implica una praxis permanente, una movilización continua, tanto más cuanto que se parte del doble principio de que, uno, las torturas están en función de la propiedad privada, subsistiendo y reapareciendo en la medida de los peligros que sienta la burguesía y, otro, son muchas las formas e intensidades de la tortura, sus conexiones procesuales con los malos tratos y otras violencias, de modo que el combate contra ellas dura lo mismo que su propia existencia.

Desde esta perspectiva podemos decir que el pueblo trabajador está venciendo a la tortura.





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