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lunes, 13 de julio de 2026

1936: La Batalla por Donostia

Se acerca el 18 de julio y en el estado español se vive un clima de tensión política muy similar al de 1936, con una derecha envalentonada dispuesta a reventar el gobierno de Pedro Sánchez a toda costa.

Ante este escenario, conviene recordar lo ocurrido hace noventa años y lo hacemos por conducto de este magnífico reportaje publicado en Naiz:


Crónica de una victoria popular sobre el fascismo

En 1936, el Ejército español se levantó contra la República con éxito desigual. En Euskal Herria, en Gasteiz e Iruñea se impuso el fascismo sin piedad y con terribles consecuencias: solo en Nafarroa hubo 3.000 fusilados y sin frente de guerra. En Bilbo no se atrevieron a intentarlo. Esperaban que Donostia, antigua ciudad vacacional de la realeza, cayese como fruta madura, algo que no ocurrió con tal facilidad.

Josetxo Otegi Arrugaeta 

Se equivocaron. Donostia se convirtió en campo de batalla que hizo realidad el “¡No pasarán!”. Surgieron muchos nombres propios; siendo imposible recordarlos a todos, no podemos dejar de mencionar a los anarquistas Manuel Chiapuso, Felix Likiniano, Kasilda Hernáez; al comunista Jesús Larrañaga; al abertzale Mario Salegi; al comandante Augusto Pérez Garmendia; al jelkide Manuel Irujo; al socialista Miguel Amilibia… Fueron artesanos de aquella victoria, no exclusivamente donostiarra. Hubo combatientes de Arrasate, Eibar, Hernani, Errenteria, Bergara, Pasaia, Bilbo y alaveses y navarros que habían huido de la represión, sin olvidar a los asturianos, galegos y tantos otros…

Contra todo pronóstico, resistieron con firmeza al fascismo y lo vencieron. Este año se cumplirán 90 años de aquellos acontecimientos que conoceremos de cerca a continuación.

18 de julio, sábado: confusión 

El Ejército español se rebeló en África. “El Diario Vasco” publicó en su portada una curiosa noticia: «Hoy hará buen tiempo». Proporcionaba así la señal para el alzamiento a quienes esperaban la orden. Circularon mil rumores y reinó la confusión. Sin pérdida de tiempo, las organizaciones de izquierda empezaron a organizar a su gente, por si acaso. Bernardino Vega, trabajador de Telégrafos, retuvo un telegrama: lo enviaba desde Iruñea el general Mola al gobernador militar de Gipuzkoa, León Carrasco: Mola le ordenaba que declarase el Estado de Guerra. Bernardino entregó el telegrama a las autoridades. Sin saberlo, ganó un tiempo muy valioso pero, por ello, los franquistas lo fusilaron después en 1938.

Aquella confusión afectó también al PNV, cuya dirección debatía qué hacer en Donostia. Desautorizó a Manuel Irujo, que públicamente ya se pronunció contra el levantamiento, y se decidió la neutralidad del PNV, que se daría a conocer al día siguiente en “El Día”. Sin embargo, tanto Irujo como (José) Lekaroz, director del periódico, decidieron por su cuenta no hacerlo, pues aquella postura era inviable. Desde entonces, Irujo se esforzó en convencer a sus colegas del apoyo a la República.

19 de julio, domingo: tensión y organización

Las inquietantes noticias que llegaban aumentaron la tensión. Hacia las 04:00, el gobernador militar Carrasco convocó en la Comandancia Militar (calle Ijentea, actual Palacio Goikoa) a los tenientes coroneles De la Brena y Vallespín. Estos se dirigieron desde el cuartel de Loiola escoltados por dos vehículos blindados y varios camiones con soldados. En Alde Zaharra la gente estaba alerta. Allí tenían sus sedes PSOE, UGT, PCE, PNV y ANV. Al llegar al Boulevard, dispararon contra el convoy militar, matando a un soldado. Los militares colocaron frente a la Comandancia Militar dos ametralladoras y dos cañones, «por seguridad».

Nadie dormía. De madrugada, un coche amarillo ocupado por fascistas recorría la ciudad tiroteando a los grupos de trabajadores organizados (milicianos) que encontraba. Proliferaron francotiradores aislados, disparando desde las casas a los milicianos. Las armerías fueron asaltadas (por ejemplo, en la calle Hondarribia) y se improvisaron talleres para fabricar armas (los anarquistas fabricaron granadas en Oria y cócteles molotov en Trintxerpe).

El gobernador civil, Jesús Artola, convocó al gobernador militar Carrasco al Gobierno Civil (calle Okendo). Debido a la nula confianza que inspiraron sus respuestas, Carrasco quedó retenido. Ante la gravedad de la situación, se organizó una Junta de Autoridades, formada por el gobernador civil, los cinco diputados a Cortes por Gipuzkoa (los jelkides Manuel Irujo, Rafael Pikabea, Juan Antonio Irazusta y Jose María Lasarte, y el socialista Miguel Amilibia), así como el comandante Pérez Garmendia, uno de los escasos militares leales, que apareció por puro azar. La Junta organizó una columna para liberar Gasteiz. Cientos de voluntarios respondieron a la llamada.

En Egia, en la carretera que conduce a Loiola, se levantó una gran barricada con el material de la fábrica de ladrillos (actualmente el nº 5 de la calle Egia). En Gros, el mencionado coche amarillo fascista apareció a la altura del hospital, que se ubicaba en la actual avenida de Navarra, y los milicianos lo tirotearon. La gran incógnita eran los cuarteles de Loiola. Los anarquistas instalaron un puesto de observación en la casa del cura del hospital de la Misericordia en el alto de Zorroaga. Por la noche, los militares detuvieron a siete vecinos del barrio en los alrededores del cuartel: no querían testigos. Los encerraron durante ocho días, incomunicados, sin luz y apenas comida.

20 de julio, miércoles: dudas y preparativos

Los militares no se movieron. No sabían qué hacer. Todos esperaban. En las calles no se veían fuerzas policiales, solo grupos de milicianos. La Junta de Autoridades solicitó a Loiola la participación de artilleros en la columna que partiría a Gasteiz. El teniente coronel Vallespín llamó por teléfono al Gobierno Civil asumiendo unilateralmente el cargo de Gobernador Militar, y amenazó con bombardear Donostia si el gobernador civil no lo confirmaba en el cargo. Ante esto, el gobernador civil y otras autoridades se fueron a Eibar. Los que se quedaron en Donostia, dejaron el Gobierno Civil y se trasladaron a la Diputación (Plaza de Gipuzkoa) como medida de seguridad.

21 de julio, martes: comienza la partida

A las 10:00 de la mañana, la columna que liberaría Gasteiz se alineó para salir por la carretera general en el Antiguo. Esperaron en vano a los militares de Loiola. La columna la formaban miembros de las milicias populares, guardias civiles repúblicanos, carabineros y mikeletes, en total unas 500 personas. El comandante del Ejército Augusto Pérez Garmendia la encabezaba (destinado en Oviedo, el alzamiento lo sorprendió de vacaciones en Biarritz. Se presentó en el gobierno civil de Gipuzkoa, y comprobada su lealtad, le pidieron que se quedara). La columna se armaría en Eibar, donde se reuniría con una columna de Bilbo, para después dirigirse a Gasteiz por Arrasate.

Hacia el mediodía, el gobernador militar Carrasco fue liberado. Fue al Hotel María Cristina, llamó a la Unión Radio y anunció al locutor que se declaraba el Estado de Guerra. Después, Carrasco marchó al cuartel de Loiola. Los milicianos, sin tardar, tomaron la Unión Radio San Sebastián (en la avenida de la Libertad), interrumpiendo la emisión del comunicado de Carrasco.

Hacia las 17:00, dirigidos por el capitán de la Guardia Civil Adolfo Cazorla, un grupo de falangistas, guardias civiles y guardias de asalto dispararon contra un conjunto de gente y carabineros republicanos reunidos delante del Hotel María Cristina. Mataron a dos personas, tomaron rehenes y se hicieron fuertes en el hotel. Mientras, el Círculo Easonense de la calle Ijentea (actualmente debajo está la pastelería Oiartzun), la Comandancia Militar y la Comandancia de Marina (actual Hotel Lasala Plaza) ya estaban en manos de los sublevados. En el Casino (actual Ayuntamiento) se parapetaron otros soldados, guardias civiles y falangistas.

En Gros, un grupo de francotiradores tomaron el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Ambos edificios permitían dominar las calles Ramón Mª Lili, Usandizaga y Agirre Miramon, y mantenían bajo su fuego el puente del Kursaal. Muy cerca de allí, otro grupo tomó el edificio de La Equitativa, desde allí controlaban el puente de Santa Catalina (paso entre Gros, Egia y el Centro).

Las autoridades republicanas de Donostia ordenaron que volviese la columna que partió hacia Gasteiz. Se encontraba en Arrasate, reforzada con gentes de Eibar, Arrasate y una columna de Bilbo (dirigida por el teniente de Asalto Justo Rodríguez). Entrarían de vuelta en Donostia por distintos sitios, unos en tren, otros en camión.

22 de julio, miércoles: la jornada clave

En la noche del 21 al 22, los militares salieron del cuartel de Loiola por fases. Primero establecieron un perímetro defensivo alrededor del edificio para protegerlo de cualquier ataque. En Egia, 100 soldados dirigidos por un capitán tomaron los caseríos que se encontraban a 150 metros del cementerio de Polloe (actualmente, calle Gabriel Aresti), ya que desde ellos se dominan los cuarteles de Loiola. Además, se apoderaron del convento de las Hermanas de los Pobres en Aldakonea. Entre aquellos soldados había tiradores de élite que causaron numerosos muertos entre los milicianos.

Los caseríos de Egia (Lorenziene Aundi y Txiki, Udaraberri, Etxetxo, Zamarra, Igola, Sibilia Haundi, Otxoki…) formaron un frente de guerra. Todos sufrieron daños materiales y el saqueo de los soldados. La situación estratégica del caserío Txurkoene motivó duros combates por su posesión. Su fachada y muros laterales fueron acribillados a tiros, y en la pared oeste un cañonazo del cuartel de Loiola hizo un gran agujero. En el hoy desaparecido caserío Moskotegi, los militares mataron al joven Miguel Alkiza y robaron a sus residentes. En Sibilia Txiki (hoy desaparecido), al encontrarse atrapado entre dos fuegos sus 22 habitantes -entre ellos 14 niños-, pasaron tres días refugiados en la cocina de la planta baja.

Los militares también tomaron el monte Ametzagaña, detrás del cuartel, donde posicionaron dos cañones de 155 mm y varias ametralladoras. Como les cortaron el suministro de agua, los militares obtuvieron allí el agua necesaria. También en esa zona, los soldados tomaron el asilo de Uba para protegerse de posibles ataques desde Martutene.

En el barrio de Gros, el miliciano Ceferino Rey murió a manos de francotiradores a la altura del nº 10 de la calle Miracruz. No lejos de allí, los milicianos hostigaban a los fascistas situados en el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Les atacaron con botellas incendiarias, quemando las oficinas y el bar del frontón. En la esquina de la calle Iztueta y el paseo de Francia (los jardines de la Estación del Norte), los militares colocaron una ametralladora con la que, además de matar a varios milicianos, impedían el paso de todo vehículo entre Gros y Egia.

El momento decisivo

Hacia las 04:00 de la mañana salió una columna del cuartel de Loiola, dirigiéndose por la orilla del Urumea hacia el centro de la ciudad (el barrio Amara Berri no existía). Los milicianos les dispararon desde la otra orilla. Creyendo que les disparaban desde el caserío Beroiz-enea (actualmente desaparecido, estaba en el recinto actual del campus de Deusto), los soldados les dispararon dos cañonazos y 125 balas, destrozándolo e hiriendo a sus residentes.

Al llegar al barrio de Amara, la columna se dividió. Una parte siguió por el paseo Árbol de Gernika y llegó sin problemas hasta el Hotel María Cristina. Pero la columna que entró en la calle Urbieta chocó con una firme resistencia a la altura de la calle Larramendi, donde tenía su sede (sobre el actual bar El Nido) el sindicato anarquista CNT, que organizó su defensa: cerraron por ambos lados la calle Larramendi con barricadas, se atrincheraron en el convento del Corazón de Jesús situado enfrente y en las Escuelas Públicas de la calle Urbieta. También colocaron vigías en los tejados de las calles Moraza, Urbieta y Larramendi, con explosivos artesanales y botellas incendiarias.

Eran las 04:30 cuando los militares se adentraron en la calle Urbieta. Cerca de la calle Moraza, los milicianos abrieron fuego. Los soldados, al no poder avanzar, entraron en grupos en varios edificios, como el Hotel Correo (esquina de calle Urbieta con calle Larramendi). También intentaron rodear la calle Larramendi por la calle Prim, pero fue en vano. Entonces, la tropa retrocedió hasta la plaza Centenario: desde allí, y desde el portal nº 42 de la calle Urbieta, bombardearon con morteros las barricadas de la calle Larramendi. Con un vehículo blindado ametrallaron los portales donde estaban los milicianos, que utilizaban colchones confiscados en las casas para protegerse. Los militares obligaron a varias personas a retirar las barricadas y a sacar a sus heridos de lugares peligrosos. Dentro de algunas casas hubo combates.

La CNT se estaba quedando sin municiones. Algunos milicianos fueron en un camión blindado improvisado al cuartel de la Guardia Civil de Ondarreta en busca de armas. En el cuartel, que estaba vacío, consiguieron unas cajas de granadas. Tan pronto como entraron en la calle Urbieta, los militares lo alcanzaron con fuego de mortero, destruyendo el camión, pero se salvaron las granadas, y con ellas contuvieron nuevos ataques fascistas.

Pero esas granadas también se acabaron. La situación era dramática. Entonces se produjo un giro inesperado: hacia las 09:00 de la mañana, entró en Amara un tren lleno de milicianos bien armados proveniente de Eibar. Estos no sabían qué encontrarían, pero reaccionaron rápidamente. Bajaron del tren y dispararon sobre los soldados, atrapándolos por la retaguardia por sorpresa. Los militares intentaron repelerlos en la calle Moraza, pero tuvieron que huir a Loiola, abandonando sus armas pesadas.

Dos columnas milicianas más, también procedentes de Eibar, aparecieron por Aldapeta cantando “La Internacional” y por la actual avenida Zumalakarregi en el Antiguo. Los milicianos de la CNT habían resistido durante cinco horas en un combate tan desigual como decisivo para el fracaso del alzamiento fascista en Donostia. El comandante Augusto Pérez Garmendia, al llegar a Donostia, ayudado por el comandante García Larrea, estableció su cuartel general en el nº 47 de la calle Easo.

Paralelamente, los sublevados lograron sabotear unas horas las instalaciones de la antena de la Unión Radio San Sebastián en el monte Igeldo. Los milicianos repararon las averías. Los militares dispararon entonces a la antena con un cañón de 155 mm desde Ametzagaña. No la alcanzaron de lleno por poco.

¿Qué sucedía en Alde Zaharra? Aquella mañana, unos 100 milicianos atacaron la Comandancia de Marina. Tras una breve lucha, la tomaron, pero no sin sufrir bajas. Condujeron a los oficiales de Marina capturados a la sede del UGT (nº 28 de la calle 31 de Agosto). Acto seguido, varios milicianos (entre ellos el abertzale Mario Salegi), armados en su mayoría con pistolas, atacaron el Club Náutico, al cual se acercaron protegiéndose tras un muro; corriendo y disparando a las ventanas, entraron por la planta baja y continuaron la lucha en el interior, apresando a varios guardias civiles. Poco después, se llevaron en txalupas a los prisioneros y a los heridos por las escaleras traseras del Club Náutico hasta el puerto, evitando los disparos del Casino.

Este constituía una posición muy difícil. Se habían realizado varios intentos para tomarlo, sin éxito. Los sublevados tenían tres ametralladoras pesadas apuntando al Boulevard, a la calle Mayor y a la zona del Club Náutico. Además, el Casino estaba rodeado de una valla de hierro, un obstáculo importante.

Aquella misma mañana, en Pasaia, los arrantzales del sindicato Avance Marino tomaron por sorpresa el Torpedero nº3. Obligaron al teniente de navío, Amador González-Posada, a llevarlo hasta Donostia, para ayudar en la lucha contra los fascistas. El militante de ANV José Placer Martínez de Lecea, gasteiztarra, se puso al timón. Hacia el mediodía, el Torpedero nº3 entró en la bahía de la Concha, disparando al Casino. No provocó grandes daños, sus cañones eran de pequeño calibre (47 mm), aunque debilitó la moral de sus ocupantes. Los cañones de 155 mm que los militares tenían en Ametzagaña abrieron fuego contra el torpedero sin alcanzarlo, pero forzándolo a salir de la bahía. El torpedero se situó en la Zurriola y bombardeó el Hotel María Cristina, causando escasos daños, pero desgastando la moral de los sublevados.

Otra columna procedente de Eibar (entre ellos 35 guardias civiles republicanos dirigidos por el comandante García Ezkurra) entró corriendo en el Boulevard por las calles Elkano y Garibai. Cubriéndose tras los árboles, se acercaron al Casino en medio de un violento tiroteo. Otros milicianos se les sumaron en el ataque por las bocacalles de Alde Zaharra. Ayudándose para alcanzar las ventanas, entraron en el Casino. Tras una lucha cuerpo a cuerpo, lo tomaron. Acto seguido, atacaron la Comandancia Militar, que se rindió inmediatamente.

El siguiente objetivo sería el Hotel María Cristina. Se emplearon todos los medios al alcance para someterlo: lo tirotearon (desde el Teatro Victoria Eugenia y alrededores), se utilizó un mortero capturado en Amara y se intentó incendiar el hotel empleando una bomba de los bomberos para lanzar el combustible (el conductor del camión cisterna murió en el tiroteo). Los fascistas colocaron rehenes en las ventanas del hotel para impedir los disparos milicianos. Varios rehenes murieron así, como Anastasio Carro, atrapados entre dos fuegos .

23 de julio, jueves: punto de inflexión

Por la mañana, los militares intentaron un nuevo ataque desde Loiola, pero el puente que une Loiola y Egia estaba prácticamente derruido por los explosivos de los milicianos, frustrando la ofensiva.

Paralelamente, los milicianos atacaron la ametralladora de la calle Iztueta (Gros) con un cañón de montaña desde el final de la calle Iparragirre, causando heridos en la posición. Finalmente, un miliciano lanzó dos bombas de mano por encima de la valla de los jardines y acabó con la ametralladora. Cerca de allí, quince milicianos atacaron a los atrincherados en La Equitativa. Colocaron un cañón enfrente, por detrás de un surtidor de gasolina cercano, mientras les disparaban desde el edificio. Los milicianos, sufriendo cuatro muertos, solo acertaron de lleno un cañonazo y tuvieron que retroceder. Al otro lado del río, hacia el anochecer, los sublevados del Hotel María Cristina se rindieron, al ver que no recibirían ayuda exterior. Los milicianos hicieron cientos de prisioneros. Viendo esto, bajo la presión de los milicianos, los sublevados abandonaron inadvertidamente La Equitativa, el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. No lejos de allí, tras un duro tiroteo, los militares se retiraron del convento de las Hermanas de los Pobres del alto de Aldakonea (Egia).

24 de julio, viernes: comienza el sitio de los cuarteles

Los militares se replegaron al cuartel, abandonando la posición de Ametzagaña, que fue inmediatamente ocupada por los milicianos. Comenzó el asedio de los cuarteles de Loiola. Los milicianos también tomaron posiciones en torno al asilo de Uba. Desde allí disparaban contra los cuatro obuses emplazados en el patio del cuartel apuntando a los fuertes de San Marko (Errenteria) y Txoritokieta (Astigarraga), en manos republicanas, impidiendo que los utilizaran. Era una situación paradójica en la que los sitiados estaban mejor armados que los sitiadores. Los milicianos emplearon todo medio a su alcance: bombardearon el cuartel con una avioneta civil pilotada por el concejal de Gasteiz Sebastián San Vicente, pero con escaso resultado.

Por otra parte, se clausuró “El Diario Vasco” (nº 37 de la calle Garibai) por orden gubernativa y su imprenta fue confiscada por complicidad con el alzamiento fascista. En su rotativa se comenzó a imprimir el periódico “Frente Popular”, publicado diariamente hasta la caída de Donostia en manos fascistas (13 de septiembre).

25 de julio, sábado / 26 de julio, domingo: asedio

Continuó el asedio. Se volvió a bombardear el cuartel: el sábado, con una avioneta civil, y el domingo, con un trimotor republicano procedente de Madrid. Además de causar heridos y daños importantes, debilitó mucho la voluntad de lucha de los soldados.

27 de julio, lunes: asedio

Los milicianos acarrearon un obús de 275 mm desde el fuerte de Guadalupe (Hondarribia). Lo colocaron en el alto de Amara. El primer disparo cayó delante del cuartel; el segundo, pasó por encima; el tercero y el cuarto, dentro. Muchos soldados desertaron. Ignacio Aramendi, soldado que estaba preso en el cuartel, fue enviado por los oficiales a la Diputación con una carta con las condiciones para su rendición.

28 de julio, martes: victoria popular

Tras varias negociaciones, los militares se rindieron oficialmente en el puente de Urdinzu, delante de los cuarteles, quedando completamente vencido el alzamiento fascista en Donostia. Lo hicieron ante una representación de la Junta de Autoridades, pues temían a los milicianos y buscaban la protección de una autoridad oficial. Los diputados Rafael Pikabea (PNV), Juan Antonio Irazusta (PNV), Miguel Amilibia (PSOE), Jose María Lasarte (PNV) y Manuel Irujo (PNV), además del comandante Augusto Pérez Garmendia y Jesús Larrañaga (PCE), representaron en este acto al pueblo.

Mientras, los milicianos anarquistas entraban en el cuartel por el puente de Espartxo (en la parte posterior) y se apoderaron de la mayoría de fusiles. Aquello produjo una crisis entre las fuerzas antifascistas, pero no fue a más. La CNT siempre puso aquellas armas al servicio de la lucha contra los sublevados. Los prisioneros capturados en Loiola fueron trasladados a la Diputación bajo fuerte escolta. Las banderas de los regimientos de artillería e ingenieros fueron colocadas en el balcón principal de la Diputación. Fue una victoria tan cara como efímera: duró hasta el 13 de septiembre. Pero fue, sin duda, una gran victoria popular, que merece ser recordada y celebrada.




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sábado, 7 de febrero de 2026

Olano | Santoña

Desde el portal de Noticias de Gipuzkoa traemos a ustedes este texto acerca de un hito muy particular en el pasado reciente de la lucha del pueblo vasco por su autodeterminación.

Adelante con la lectura: 


Santoña

Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época

Markel Olano | Parlamentario de EAJ/PNV

En el libro Ajuriagerra, el Hermano Mayor, Eugenio Ibarzabal recoge una frase de Orwell que resume a la perfección lo que ocurrió en Santoña en 1937: “Hay que apoyar lo malo frente a lo peor”.

El denominado Pacto de Santoña es un episodio oscuro y ambiguo que ha sido utilizado sistemáticamente para deslegitimar al Partido Nacionalista Vasco. Sin ir más lejos, el propio Javier de Andrés, presidente del PP vasco, exigió recientemente al lehendakari Pradales que pidiera perdón por “la deserción y el abandono a la República española en Santoña en 1937”.

La tesis de determinados autores de extrema izquierda es que EAJ-PNV cometió un acto de traición a la República española al pactar una salida particular a espaldas del Gobierno republicano, provocando la caída del frente del norte.

Por otro lado, la tesis de autores de la derecha viene a decir más o menos lo mismo. Así, Carlos M. de Olazábal, parlamentario del Partido Popular, afirma: “El Pacto de Santoña fue una traición en toda regla al Gobierno de la República”. No obstante, llama poderosamente la atención que la tradición política más ligada al alzamiento fascista contra el Gobierno republicano acuse a EAJ-PNV de traición precisamente a dicho Gobierno. 

Cuando los extremos se ponen de acuerdo en mantener la misma tesis es porque, en el fondo, comparten un mismo marco: que en la Guerra Civil estaba en juego la victoria, en España, del fascismo anticomunista o del comunismo antifascista. Cualquier posicionamiento que se ubicara fuera de ese marco (geográfico e ideológico), más allá de resultar extremadamente incómodo, merecía la calificación de traidor sin ambages. 

Para la derecha fascista española resultaba muy incómodo un Partido Nacionalista Vasco democrático y ligado al catolicismo; y a la izquierda revolucionaria española le resultaba muy incómodo un nacionalismo vasco antifascista y humanista. Para ambos resultaba inadmisible un EAJ-PNV de obediencia vasca y solamente vasca. Por eso, sus herederos políticos simplifican de un modo idéntico un episodio extraordinariamente complejo, con el objeto de ensuciar el comportamiento de las y los nacionalistas vascos en un momento crucial de la historia de nuestro pueblo. 

Pero la realidad no es tan sencilla ni lineal. Sin echar balones fuera ni atribuir a otros la responsabilidad de las decisiones extraordinariamente difíciles que los principales dirigentes de EAJ-PNV asumieron en aquellos tiempos, es importante subrayar una serie de factores fundamentales que nos ayudan a establecer adecuadamente el contexto. 

En primer lugar, la Guerra Civil en Euskadi constató una tremenda desigualdad de medios militares entre los dos bandos, a consecuencia del sistemático incumplimiento del Acuerdo de No Intervención en España −de agosto de 1936− por parte de Alemania e Italia (también de la Unión Soviética en mucho menor grado), y por el embargo que de facto sufrió la República por parte, por ejemplo, de EEUU o del Reino Unido. Este desequilibrio dificultó extraordinariamente la defensa al Ejército vasco y facilitó que la aviación fascista bombardeara sistemáticamente distintas villas y ciudades de Euskadi, masacrando a la población civil ante la terrible impotencia y frustración de los principales responsables políticos vascos. En los momentos más críticos de la ofensiva franquista, el Gobierno Vasco imploró el suministro de armas y aviones al Gobierno de la República y la falta de respuesta adecuada aceleró la caída de Bilbao.  

En segundo lugar, el choque radical entre las agendas de las distintas sensibilidades dentro del bando republicano generó una tensión evidente. Mientras los gudaris nacionalistas mantenían la seguridad de los conventos, los ataques de las milicias anarquistas o comunistas a iglesias y religiosos proliferaron en España a partir de 1931. Mientras los responsables nacionalistas se comprometían con los derechos humanos −incluso de los presos afines al alzamiento−, los ataques de milicianos radicales a distintas cárceles de Bilbao provocaron el asesinato de 224 personas. 

Otra discrepancia de primer nivel giraba en torno a la aplicación o no de la política de “tierra quemada” a la retirada de las tropas de Eusko Gudarostea de suelo vasco. Mientras los máximos responsables nacionalistas se negaron a dinamitar las principales instalaciones industriales vascas, autoridades republicanas de primer nivel dieron órdenes expresas en sentido contrario. 

Es muy esclarecedora la motivación que el Comité Central del Partido Comunista de España ofreció el 15 de noviembre de 1937 para justificar la expulsión del secretario general del Partido Comunista de Euskadi y consejero de Obras Públicas del Gobierno Vasco, Juan Astigarribia: “(...) ha seguido una catastrófica actuación como miembro del Gobierno consistente en supeditar los intereses de las masas y de la revolución a la estabilidad del Gobierno”. Está claro, por lo tanto, que en la mente de muchos milicianos vascos no se priorizaba la defensa de Euskadi y de su población civil, sino la estrategia revolucionaria. Por ello, para el final de la Guerra Civil en Euskadi, la desconfianza entre las distintas sensibilidades políticas dentro del Ejército vasco se había agigantado. 

Tras la caída de Bilbao, la guerra en Euskadi había acabado. Es un momento crítico en el que una parte importante de la Eusko Gudarostea nacionalista mostraba claras intenciones de rendirse para no continuar la lucha en tierra no vasca. Esta cuestión era de gran importancia porque podía poner en peligro la capacidad del Ejército vasco de proteger a la población civil vasca desplazada a Santander y Asturias (unas 50.000 personas). La situación era desesperada.

En ese momento, aprovechando la relación que tenían con el Vaticano, los máximos responsables políticos de EAJ-PNV comenzaron a negociar una rendición con el Gobierno italiano. 

El objetivo fundamental era, en primer lugar, lograr la evacuación de la población civil vasca y, en segundo lugar, preservar la vida de la mayor parte de los cuadros y soldados de Eusko Gudarostea (unos 20.000) que se fueron concentrando en torno a Santoña. 

El Pacto se firmó, pero no se pudo cumplir principalmente por el retraso en la llegada de los barcos, la presencia del lehendakari Aguirre en Santander o el retraso en la llegada de los gudaris a Santoña. 

Era una situación endiablada en la que, como dice el parlamentario Jon Andoni Atutxa, el momento óptimo para los italianos no era el mismo que para los vascos: “Ningún trato con los nacionalistas tendría valor estratégico (para los italianos) cuando todo el frente santanderino se hubiera derrumbado”. 

Sin embargo, para las autoridades del EBB, “con varias decenas de miles de refugiados en Santander y Asturias, rendirse antes implicaba condenarlos a unas más que seguras represalias (por parte de los milicianos republicanos) y en el ánimo de las autoridades nacionalistas estaba la salvaguarda de las vidas de la población civil y de los jóvenes que tomaban parte en la lucha” (Crónica de la Guerra Civil de 1936-1937 en la Euzkadi peninsular). 

Tal y como refleja Eugenio Ibarzabal, Ajuriagerra estaba convencido de que la única salida de unas tropas extenuadas y desmoralizadas era la entrega a las italianas como mal menor. 

Su preocupación era, ante todo, “encajar las piezas de la evacuación de los civiles con la rendición de los militares, justificada como victoria militar de los italianos”. Esto fue Santoña. 

Por lo tanto, en ese momento crítico de la historia del Pueblo Vasco, Juan Ajuriagerra fue leal a su Pueblo, leal a los más vulnerables y leal a la juventud vasca que dio su vida para defender su patria. Ajuriagerra, al final de la guerra, fue consecuente con los motivos que llevaron a EAJ-PNV a participar en la contienda. Él mismo los sugiere ya desde la cárcel: “Solo por razones propias los vascos fuimos a la guerra; no fuimos a ella por ninguna razón de lealtad a ningún gobierno por legítimo que fuera”. 

El 23 de agosto de 1937, Juan Ajuriagerra se despidió en Sara de Joxe Migel Barandiaran (al que dijo: “A mí me toca morir primero”) y embarcó en el aeropuerto de Biarritz para aterrizar en la playa de Laredo. Ese día los miembros del EBB echaron a suertes determinar los burukides que habían de quedarse corriendo la suerte de los gudaris y los que habían de salir al extranjero para proseguir la guerra contra el franquismo. Fueron los únicos líderes políticos del bando republicano que lo hicieron. Su heroísmo les aportó credibilidad y autoridad moral para liderar la lucha antifranquista en las cárceles y en las primeras décadas de la dictadura. 

Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época. En los momentos de polarización extrema surgen situaciones en las que se ponen a prueba elementos nucleares de nuestra tradición política. Ayer como hoy, cuando la polarización hace que la visión autoritaria predomine en los dos extremos, es momento de apostar por los valores democráticos y humanistas. Cuando el enfrentamiento se agudiza en marcos que superan los límites de nuestro país, es momento de preservar los pilares fundamentales de nuestro pueblo para que no se ponga en riesgo su pervivencia futura.





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sábado, 20 de diciembre de 2025

El Legado de un Cráter

Un aniversario más de la acción de ETA que terminó con la vida del delfín de Francisco Franco, el Almirante Luis Carrero Blanco.

Aquí traemos a ustedes este relato publicado en la página de Facebook titulada Storia politica di ETA e dei Paesi Baschi:


El cráter del régimen

El 20 de diciembre de 1973 hacía una mañana gélida en Madrid. A las 9.35, un Dodge Dart negro avanza por la calle de Claudio Coello, en el barrio de Salamanca de Madrid, junto a un edificio de los jesuitas. En su interior se encuentra el presidente del Gobierno y delfín de Franco, almirante Carrero Blanco, acompañado de su chófer y un inspector de policía. A la altura del número 104, el coche se ve obligado a torcer a la derecha porque un Austin en doble fila le obstaculiza el paso. En ese momento, a las 9.36, Jesús Zugarramurdi, Kiskur, da la señal a su compañero José Miguel Beñarán, Argala, que, subido a una escalera y camuflado con un mono de electricista, aprieta el botón.
Al instante, el suelo se abre y el coche de Carrero con sus dos acompañantes se eleva 35 metros, salta por encima del edificio y se estampa en el alero del patio interior del convento. Se produce un gran estruendo, caen cascotes y se levanta una gran polvareda. En medio de la confusión, Kiskur y Argala gritan “¡gas! ¡gas!” mientras salen corriendo en dirección a la calle de Diego de León. En la esquina con Lagasca les espera al volante de un automóvil el tercer miembro del comando, Javier Larreategi, Atxulo. El coche enfila hacia la glorieta de Rubén Darío, y delante de la Escuela de Policía, en la calle de Miguel Ángel, los de la ETA cambian de vehículo y se dirigen a su refugio en la calle del Hogar de Alcorcón (Madrid), donde se esconderán durante varios días.

Mientras, en los alrededores de Claudio Coello el caos es total. Carrero, al que tardan minutos en localizar, muere a las 10.15 en el hospital. Lo mismo sus dos acompañantes. Los servicios de información no confirman la autoría del atentado hasta las cinco de la tarde. A las once de la noche, ETA, en un comunicado emitido por Radio París, lo reivindica, y una hora después lo confirma el vicepresidente del Gobierno, Torcuato Fernández-Miranda.

Los tres militantes de ETA permanecerán escondidos hasta fines de mes en el refugio de Alcorcón, del que les sacará su contacto en Madrid, Eva Forest. Un camión les trasladará luego a Hondarribia (Gipuzkoa). Desde allí alcanzarán Francia tras cruzar el río Bidasoa.

La historia de este atentado se remonta al año 1972. Ángel Amigo, militante de ETA entonces, detenido en 1973 y productor de cine desde 1980, con numerosos documentales y premios a sus espaldas, comenta que Argala, a sus 23 años, se había convertido en persona de confianza de los líderes de aquella ETA: Eustakio Mendizábal, Txikia; Txomin Iturbe e Iñaki Múgica Arregui, Ezkerra. 

Durante 1972 viajaba con frecuencia a Madrid con la triple pretensión de establecer contactos con la izquierda española, montar infraestructuras y tantear las posibilidades de atentar en la capital para quitar presión sobre su organización en Euskadi.

Argala encuentra lo que buscaba en Eva Forest, casada con el dramaturgo Alfonso Sastre, disidentes del Pce. Comparten la simpatía por los movimientos de liberación — en Vietnam, Latinoamérica, Palestina... — y Argala les convence de que ETA está inmersa en esa lucha antiimperialista, dice Amigo.

Eva Forest ofrece a Argala una información muy valiosa: Carrero, el sucesor de Franco, vicepresidente del Gobierno entonces, acude diariamente a misa, a la misma hora, en los jesuitas y solo va acompañado de un escolta. Cuando Argala lo confirma en persona, se queda perplejo.

Amigo recuerda que en 1977 Eva Forest — fallecida hace seis años — le contó que escribió un relato del atentado, Operación Ogro, salpicado de pistas falsas para proteger a los participantes del atentado, entonces en la clandestinidad. Forest lo redactó con la participación de los miembros del comando, tan solo tres meses después del atentado, en la villa de Marc Legasse, en Ciboure (Francia), y lo publicó con el seudónimo de Julen Aguirre. Una de esas pistas falsas contaba que el comando huyó por Portugal cuando la realidad es que permaneció oculto en Madrid varios días.

Ella misma se camufló tras otra pista falsa. Para protegerse, creó un personaje literario al que atribuye la cita con Argala en la cafetería Mindanao, en la calle de San Francisco de Sales de Madrid, y la información sobre las sorprendentes rutinas de Carrero. De ese personaje nace la leyenda de que fue la CIA la que inspiró el atentado. Una leyenda porque en ningún documento de la CIA desclasificado existe referencia alguna al atentado, insiste Amigo. Sin embargo, proliferan los libros que señalan la autoría intelectual de la CIA.

El que fue jefe de los servicios secretos del País Vasco — el embrión del Cesid — entre 1972 y 1979, el general Ángel Ugarte, ya retirado, es rotundo: “El atentado contra Carrero Blanco lo ejecutó ETA con logística de los comunistas españoles”, en alusión a Eva Forest y su red de relaciones de la izquierda en Madrid. “Los etarras no sabían moverse bien en Madrid y fue Forest, muy bien relacionada en la capital, la que les hizo de guía”.

Otro argumento de peso que desmonta la hipótesis de la CIA como inspiradora del atentado es la actitud de ETA, añade Amigo: “Cuando Argala informa a los jefes de ETA — Txikia, Txomin y Ezkerra — de sus pistas sobre Carrero, lo que se plantean no es matarle, sino secuestrarle para conseguir a cambio la liberación de los 150 presos que tenía ETA”.

A fines de 1972, Argala, acompañado de Ignacio Pérez Beotegi, Wilson, y de Javier Larreategi, Atxulo, se instalan en Madrid para preparar el secuestro. Como son conocidos, la dirección de ETA, para justificar su ausencia, dice que están sancionados.

Calculan que para secuestrar a Carrero y neutralizar a su escolta dentro de la iglesia necesitarán tres comandos de cuatro personas. Alquilan casas nuevas y una tienda de ropa próxima al estadio Santiago Bernabéu con la pretensión de retener al secuestrado. Esos movimientos culminan en abril. Pero en abril ETA sufre dos contratiempos. La tienda de ropa es asaltada una noche por unos cacos, lo que les obliga a abandonarla, y Txikia, su jefe, muere en un enfrentamiento con la policía en Algorta (Bizkaia).

Tras el fallecimiento de Txikia, en mayo, la dirección de ETA tiene la osadía de convocar una reunión en Getafe (Madrid) para estudiar sus consecuencias. En esos meses, el trasiego de dirigentes y liberados de ETA a Madrid es constante, cerca de treinta. Así, para sustituir la tienda de ropa, construyen un zulo en un piso en la calle del Hogar de Alcorcón que ha proporcionado Forest, con la pretensión de encerrar allí a Carrero. Con Antonio Durán, albañil y exmilitante del Pce, trabajan en el zulo hasta una decena de militantes con Argala de capataz.

Ugarte, entonces jefe de los servicios secretos en el País Vasco, cree que “hoy sería impensable. La policía y la Guardia Civil tenían entonces un gran desconocimiento sobre ETA. La información era muy elemental y no había coordinación. Se despreciaba el peligro de la banda. Es falso que desde arriba se dejara hacer el atentado. Nadie se enteró de sus preparativos y puedo asegurar que nos cogió desprevenidos a nosotros y al régimen, que entonces estaba preocupado, sobre todo, porque Franco se moría”.

Ángel Amigo confirma, por su propia experiencia, cómo aquella policía solo utilizaba la represión, y no la información. Coincide con Ugarte en que a Txikia lo mataron cuando lo podían haber detenido. Y recuerda una anécdota surrealista cuando le detuvo la Guardia Civil en 1973. Le preguntaron “por dónde venían”, y al contestarles que “indistintamente”, le sacudieron hasta que dijo que “por los dos lados”, porque la respuesta anterior era de “intelectuales”.

El 9 de junio, ETA se encuentra con la sorpresa de que Franco nombra a Carrero presidente del Gobierno, lo que empuja a su dirección a aplazar hasta septiembre su decisión. Deciden que ese mes regrese el comando a Madrid, al que se le bautiza Txikia en homenaje al líder muerto. Wilson se queda en Francia por discrepancias internas y le sustituye Kiskur, que acompañará a Argala y a Atxulo con un nuevo responsable: Josu Urrutikoetxea, Josu Ternera.

El comando confirma que el ascenso de Carrero complica el secuestro al redoblarle la escolta. ETA se inclina por el atentado, pero duda cómo hacerlo. Ezkerra se traslada a Madrid para comunicarlo al comando. Al no ser ya necesaria tanta gente, abandonan todos los pisos menos los de Aluche y Alcorcón. El comando realiza algunas acciones para familiarizarse con Madrid: el 25 de septiembre asalta una armería y el 2 de octubre roba un fusil a un soldado de guardia en la Capitanía de Madrid, en la calle Mayor.

Es Argala quien despeja las dudas sobre cómo ejecutar el atentado. Al inicio de noviembre ve que en el 104 de la calle de Claudio Coello, por la que circula Carrero todos los días, se alquila un bajo. Vio enseguida el tipo de atentado. Excavar un túnel desde dentro hasta el centro de la calle y colocar allí un explosivo que haría saltar a Carrero a su paso. La dirección acepta la propuesta.

Para justificar el ruido para excavar el túnel desde el bajo alquilado. A fines de noviembre, Txomin y Ezkerra se trasladan a Madrid y comunican al comando que se ejecute la acción antes de fin de año. Excavan el túnel, con muchas dificultades, entre el 7 y el 15 de diciembre, aprovechando la experiencia de Argala, que en 1970 excavó en las cercanías de la prisión de Burgos otro túnel para tratar de liberar a los presos etarras. Ezkerra y Txomin traen los explosivos. Fijan la fecha para el 19 de diciembre, pero la retrasan al 20 porque se anuncia que ese día visita Madrid el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, y la Embajada norteamericana está muy cerca del lugar del atentado. Ese cambio hará coincidir el atentado con el inicio del Juicio 2001 contra los líderes de Comisiones Obreras, pero ETA no lo tiene en cuenta. Los días 17 y 18, los tres miembros del comando, que se quedan solos en Madrid, aprovechan para hacer las maletas y realizar un simulacro de la acción.

El 20 de diciembre, a las ocho de la mañana, visitan por última vez el agujero de Claudio Coello para colocar las cargas: 75 kilos repartidos en forma de “T”. Desde las nueve de la mañana, los tres miembros del comando se colocan en su posición para esperar a Carrero. A las 9.35 ven su coche enfilar la calle y un minuto después salta por los aires.





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lunes, 10 de noviembre de 2025

La Pasionaria y el Antifascismo

Continuamos con la cobertura que Público está haciendo del material fílmico de la Revolución Española centrándonos en lo que respecta a Euskal Herria con este recuento acerca de las acciones de Dolores Ibarruri Gómez, nacida en Bizkaia, conocida en la lucha de izquierda como La Pasionaria.

Adelante con la lectura:


Pasionaria, madre del antifascismo

Durante la Guerra de España, Dolores se convirtió en emblema de la defensa republicana. La ‘Juana de Arco comunista’, tal y como es presentada en una película de la Corporación Hearst, pide en una visita a Francia apoyo militar para la República.

Noelia Adánez

De negro siempre. El negro evoca modestia, severidad, luto. Dolores, mujer, camarada y madre, carga consigo una estudiada iconografía. Se sabe imagen y sabe que las palabras que pronuncia cobran una fuerza mayor porque es de su persona de la que emanan. 

Está esperando. Dolores se impacienta y juega a deshacer un ramito de florecillas silvestres que, antes de tomar asiento, le habrá regalado un camarada. Dolores está muy cansada. 

“La lucha por el pueblo español es la lucha por la paz, es la lucha por la libertad, es la lucha por la democracia”. Todo es lucha en la vida de Dolores Ibárruri, Pasionaria.

Cuando durante la guerra de España Dolores Ibárruri viaja a Francia para pedir apoyo militar, para demandar un respaldo activo a la República española, el personaje Pasionaria tiene ya más de tres lustros de vida. En 1918, Dolores firma su primer artículo con ese seudónimo. Lo titula “La hipocresía religiosa” y se publica durante la Semana Santa en El Minero de Vizcaya. 

La hija de minero hubiera querido ser maestra y como no pudo, siguió leyendo por su cuenta. En la Casa del Pueblo de Muskiz leyó prensa obrera y con toda seguridad obras de referencia como el Manifiesto Comunista. Quién sabe si también se asomó con timidez y reverencia a algunas páginas de El Capital. 

La lucha de Dolores

Aquellas lecturas y aquellas experiencias, contribuyeron a decantar la lucha de Dolores hacia el comunismo como una vía distinta al anarquismo y al socialismo en el que ella, junto a quien era su marido desde 1916, había comenzado a militar.

Dolores y Julián Ruíz participaron en la fundación del PCE en 1921, pero Dolores se trasladó sola a Madrid diez años después para trabajar en la redacción de Mundo Obrero. Por el camino, se quedó el padre de sus hijos, de quien se separó, y provisionalmente, Rubén y Amaya. De los seis hijos que Dolores parió murieron cuatro. Alguna tuvo que ser enterrada en un féretro improvisado en un cajón de conservas. Cuatro criaturas muertas y un quinto, Rubén, que perdió la vida con 22 años, en 1942 en la batalla de Stalingrado, el mismo año en el que Dolores es nombrada secretaria general del PCE. Entonces, su pelo oscuro se emblanqueció.

Pasionaria recibió condolencias de multitud de personas, algunas anónimas y otras conocidas. En respuesta a la carta de uno de los principales dirigentes de la Komintern, la hija de mineros, la vizcaína recia acostumbrada a las mayores privaciones y los peores sufrimientos, la camarada que ha conocido la cárcel, la crudeza de la guerra y la desgracia del exilio, se quiebra:

“La muerte de Rubén es el golpe más doloroso que podía recibir. Y aunque hago esfuerzos por sobreponerme, el dolor es más fuerte que mi voluntad. ¡Mi hijo era mi ilusión y ya no le tengo! Parece como si con él se hubiera ido la fuerza que me hacía vivir”.

Pero Dolores continuó viviendo cuarenta y siete años más: otra vida entera. Murió en 1989, tres días después de la caída del Muro de Berlín. Su exilio había terminado en 1977 cuando volvimos a ver “a Dolores caminar por las calles de Madrid”, como cantó Ana Belén.

Su regreso se convirtió en uno más de los tantos capítulos que jalonaron el relato amable de la Transición como un proceso de reconciliación nacional, bajo el que se ocultaron el coste humano y político del exilio, de la represión y de la violencia desatada por el franquismo, un régimen inclemente de vocación totalitaria. Durante el exilio, Pasionaria asumió la crítica a Stalin, dimitió como secretaria de su partido para pasar a detentar un cargo honorífico como presidenta en 1960 y, aunque se alineó con la ortodoxia de Moscú, fue tajante en la condena a la invasión de Checoslovaquia en 1968.

Radio España Independiente

En la Unión Soviética Dolores se encargó de poner en marcha Radio España Independiente, Estación Pirenaica y, como parte de este proyecto, escribió los diálogos de una sección titulada “Ventana a ventana” en la que dos vecinas comentaban la realidad política española sin censura. La Pirenaica fue la voz de la resistencia antifranquista, que los comunistas lograron mantener con vida hasta 1977. Secciones como aquella en la que dos comadres conversaban, antecedieron importantes iniciativas de signo marcadamente feminista, como la que dirigía Pilar Aragón (Josefina López Sanmartín) -la Elena Francis del antifranquismo- quien locutaba la “Página de la mujer”.

La voz de “la Pili”, que oficiaba de amiga en su respuesta a las cartas que recibía, a diferencia de Elena Francis, que siempre respondía desde la posición tutelar propia de una “madre”, imprimió en los españoles que escuchaban La Pirenaica, una huella tan profunda como la que había dejado el “¡No pasarán!” que Dolores Ibárruri pronunció por Unión Radio el 19 de julio de 1936. La “madre” del antifranquismo en España estaba en las antípodas de la “madre” Francis; era caudal político, palabra que emplazaba al combate, igualitarismo democrático, libertad y resistencia.

Durante la Guerra de España Dolores se convirtió en emblema de la defensa republicana. Ya se había significado como diputada, pero tras el golpe, el Partido Comunista llevará a cabo un esfuerzo consciente y constante para convertirla en un símbolo que el tiempo elevará a la categoría de mito.

Dolores se comprometió activamente con los milicianos y soldados republicanos, de quienes intentó estar tan cerca como le permitieron las circunstancias. Su fortaleza moral y su proximidad comenzaron a dotarla de un aura casi taumatúrgica. En el Partido recibían cartas de gentes que le solicitaban su intercesión para la resolución de toda clase de problemas. Sus viajes y sus esfuerzos para conseguir el apoyo internacional a la causa republicana, hicieron que su figura alcanzara una proyección aún mayor.

Sus llamamientos a la unidad de todos los republicanos, su defensa de la democracia frente a los golpistas y al fascismo, eran también una interpelación a la comunidad internacional para evitar lo que terminó ocurriendo: España se convirtió en el ensayo general de la Segunda Guerra Mundial. En su célebre discurso de septiembre de 1936, pronunciado en el Velódromo de invierno de París, Dolores dice:

“Y sin ninguna vacilación, unidos en el mismo sentimiento y con la misma decisión de cerrar el paso al fascismo y defender la República y la democracia, comunistas, socialistas, republicanos, anarcosindicalistas y nacionalistas vascos, nos lanzamos a la lucha dispuestos a toda clase de sacrificios, porque no ignorábamos lo que el fascismo representa y de lo que es capaz la reacción española. (...) Consciente de lo que nuestra lucha significa, el pueblo español prefiere morir de pie a vivir de rodillas.

Al lado de los rebeldes, apoyándolos en su agresión contra la República y contra el pueblo, participan fuerzas fascistas extranjeras, cuyos aviones bombardean las abiertas ciudades españolas.”.

Dolores se desgañita: “Y no olvidéis, y que nadie olvide, que si hoy nos toca a nosotros resistir a la agresión fascista, la lucha no termina en España. Hoy somos nosotros; pero si se deja que el pueblo español sea aplastado, seréis vosotros, será toda Europa la que se verá obligada a hacer frente a la agresión y a la guerra.”

El discurso del Velódromo de invierno es trágicamente premonitorio de lo que ocurrió entre 1939 y 1945. La inacción de Francia y del Reino Unido, la insuficiencia de la ayuda soviética y la intervención de Alemania e Italia en favor del bando sublevado, marcan el curso de los acontecimientos. Cuando las fuerzas republicanas pierdan la guerra de España, el destino de Europa habrá quedado al albur del fascismo.

Ochenta años después de concluída la Segunda Guerra Mundial, la ofensiva ultra, la antidemocracia y la reacción vuelven a amenazar la convivencia y los frágiles consensos que en las últimas décadas han dejado espacio a los discursos de izquierdas. Ahora, como entonces, la justicia social es menos una realidad que una conjetura; ahora, como entonces, las mujeres estamos destinadas a jugar un papel determinante en la contención de la reacción ultra. No pasarán. 

 

 

 

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miércoles, 1 de octubre de 2025

Hablar de Tortura en Madrid

La lucha en contra de la tortura así como el reconocimiento de esta actividad como herramienta en el arsenal represivo al que ha recurrido durante décadas el españolismo en contra del pueblo vasco ha encontrado un espacio de expresión en Madrid... y nada más y nada menos que en el Barrio de Lavapiés.

Aquí lo que se nos reporta desde Naiz:


Debate en Madrid sobre la tortura a detenidos vascos, en el estreno de ‘Arg(h)itzen’

El Teatro del Barrio en Lavapiés acogió anoche la presentación del film y una mesa con personalidades como Martxelo Otamendi y Laura Pego, que repasaron el proceso de documentación de los miles de casos de tortura. Aplausos y emoción en una platea repleta.

Daniel  Galvalizi

«Parafraseando a la presidenta madrileña, habéis invitado a un autobús de kale borroka», suelta Martxelo Otamendi, exdirector de ‘Egunkaria’ y ‘Berria’, bromeando con las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso sobre La Vuelta en Madrid. El auditorio se ríe y el periodista deja el prólogo cómico para adentrarse en un tema delicado e intenso como es la tortura a manos del Estado.

El marco era el primer día de las Jornadas contra la Tortura que se desarrollan estos días en el Teatro del Barrio, la emblemática sala y centro cultural del madrileño Lavapiés, el mismo sitio en el que se anunciaba la fundación de Podemos hace once años.

Junto a Otamendi, sentados en el centro del escenario, también Laura Pego, especialista del Instituto Vasco de Criminología; Ainara Gorostiaga, miembro de la Red de Personas Torturadas en Nafarroa; y Juan Kruz Aldasoro en representación de Mikelatxo Urbi Taldea, impulsor del documental recientemente estrenado en Zinemaldia ‘Arg(h)itzen: torturaz argi hitz egiten, tortura argitzen’.

De hecho, anoche fue el estreno de ese documental en Madrid y antes de los ponentes se exhibió al público su relato, que pone el foco en los 149 casos de tortura y malos tratos sufridos por personas del valle de Sakana y explica el proceso de reconocimiento a las víctimas de la Policía española y la Guardia Civil.

«Queríamos contar la realidad que se había vivido en nuestro valle, contribuir a la memoria colectiva de nuestro pueblo, y somos conscientes de que el relato que se construya no puede ser solo en base a nuestros testimonios, debe ser plural, un relato inclusivo que sirva para construir la convivencia», comenzó diciendo. «Si nuestra historia se quedaba en un relato local no alcanzaba, ahora se ha convertido en referencia para el conjunto de Euskal Herria», añadió.

El director pidió no hablar de la tortura «en pasado» porque «lamentablemente hay cuatro ciudadanos de Sakana que siguen en prisión después de 25 años de cárcel en base a condenas sustentadas en elementos probatorios obtenidos bajo tortura. La tortura sigue operativa al día de hoy».

Seguidamente tomó la palabra Gorostiaga. «Para muchos de nosotros, Madrid es recuerdo de tortura, de pasar por la Audiencia Nacional, el ingreso en prisión...pero estamos agradecidos de venir aquí y proyectar este documental». Recalcó que el trabajo «es esclarecedor» y explicó el proceso de reconocimiento en Nafarroa de los casos de tortura y el origen en 2022 de la Red de Personas Torturadas, impulsada con el objetivo «del reconocimiento, la reparación y las garantías de no-repetición, las tres ‘R’».

«Hemos conseguido en poco tiempo varias cosicas pero ni las leyes ni las investigaciones hablan de los responsables. Detrás de todo esto también están los médicos forenses, los jueces, y algunos medios de comunicación que han hecho la vista gorda. Hay mucho trabajo por hacer en este campo y creo que vamos a ir pudiendo abrir más puertas», concluyó.

Luego fue el turno de Laura Pego. La académica contó con un power point y de pie los dos informes hechos en Euskal Herriko Unibertsitatea a pedido de Lakua, en el marco del Plan de Paz y Convivencia. Explicó desde el origen (la estimación de 5.500 denuncias) hasta el resultado final a la hora de publicar los informes (en un primer bote 4.113 casos de tortura y malos tratos a 3.415 personas, algunas de las cuales denunciaron más de uno). En breve contacto con NAIZ añadió que se sigue trabajando en la investigación y que hay decenas de nuevos casos que se podrían agregar en un nuevo informe.

Cambios de ley

«Voy a divagar después de la clase magistral de Laura, es más propio de periodista hacer eso», bromeó Otamendi, último en coger la palabra. Tras agradecer a los activistas madrileños liderados por Pedro Casas «todo lo que han hecho en Madrid» para dar visibilidad a las violaciones de derechos humanos de detenidos vascos (Casas estaba en el auditorio), el periodista fue directo: «Aprovecho que hay dos legisladores en la sala [el diputado de Sumar y líder del PCE, Enrique Santiago, y el senador Mario Zubiaga de EH Bildu]; voy a proponer dos cambios legales».

«Entiendo que un detenido tenga que tener incomunicación para no avisar a compañeros, pero no entiendo por qué hay incomunicación judicial, por qué dejamos cinco días de impunidad a la Policía, un túnel sin derechos humanos en el que hará todo lo posible para que el detenido declare lo que no ha hecho. Por qué nos empeñamos en dejar en manos de la Policía a un detenido que no quiere declarar, y en muchos casos ni se le permite el aseo, a mí no me dejaron asearme por cinco días», detalló Otamendi.

En ese sentido, opinó que así no se va a poder conseguir «que los policías dejen de torturar, dejen de presionar, dejen de meter miedo». Y añadió que si bien comprende la necesidad de un magistrado de dejar a veces incomunicado a un detenido, criticó que se deje todo en manos policiales. «Esto creo que podría ser posible, supone una revolución y sé que los cuerpos policiales van a montar un golpe si se les quita el poder», ironizó.

En segunda instancia, propuso un cambio que apunta a las responsabilidades: «La persona de mayor alto cargo que puede ser condenada en estos casos sería el jefe del operativo, nunca se llega al general, al jefe del cuerpo. Y el detenido es del juez, no de la Policía, el juez es el que decide alterar la vida de la persona. No puede ser que a un juez le vayan presentando casos y casos y no haga nada, no es posible que se presente alguien con la cara destrozada y el juez no permite ni siquiera que se exprese, no es posible que los magistrados sean testigos directos de narración de torturas y les digan ‘hable con su abogado’. Un magistrado el primer día que le traen a un detenido torturado debería llamar inmediatamente al jefe de la Guardia Civil o Policía».

Cuando se abrió la posibilidad de preguntas al público, el primero en hablar fue el bilbaíno Juan Manuel Olarieta, que vive hace años en Madrid y es abogado penalista (fue defensor de muchos detenidos del Grapo y activistas). Recordó que sufrió unas 16 detenciones («son tantas que no recuerdo todas bien») y la última en 2006, decidida por el actual ministro Grande-Marlaska, duró tres meses y fue archivada. «Si no hay un gran cambio en el Estado y de las fuerzas represivas, que no basta con depuración, la tortura seguirá. A mí me pegaban con la Constitución en la cabeza, me colgaban de la barra con una ikurriña y una bandera de la república», comentó. También dijo haber rechazado todo reconocimiento de todas las instituciones públicas, «porque son todas cómplices».

Pego pidió responderle y dijo que si bien entiende su posición, también recordó que «hay personas que comentan que con solo haber participado del proyecto de investigación les vale, porque a mucha gente ese dictamen oficial y reconocimiento oficial ya les vale».

Antes de acabar las preguntas (que fueron en realidad comentarios) del público, Otamendi quiso citar un ejemplo que merecía atención: «En la época del tripartito en Catalunya, el entonces conseller de Interior, Joan Saura, de ICV, supo de una comisaría de los Mossos que siempre tenía denuncias de tortura y tuvo el coraje de colocar microcámaras y grabaron las torturas a una mujer rumana y las hizo públicas. Los Mossos se quejaron e hicieron una manifestación en contra que CiU apoyó».

Santiago y Zubiaga

En conversación con NAIZ al salir de la sala, el diputado Santiago recordó que viene de un partido político «con más de 10.000 fusilados y decenas de miles de torturados» y opinó que «lamentablemente la tortura ha sido una práctica generalizada en muchos sitios». 

También citó el caso de la Real Casa de Correos, sede del Gobierno madrileño, el cual se opone a colocar una placa que recuerde la tortura acontecida allí cuando era sede de la DGS (asunto que surgió en la ronda de comentarios del auditorio). «La Ley de Memoria Democrática habilita a que haya un procedimiento para que se coloque y está en marcha. Entiendo la frustración de la gente pero una cosa es estar en el Gobierno y otra es estar en el poder. No creo que sea bueno empezar a hablar de responsabilidades porque yo por ejemplo estoy muy enfadado porque diez años después seguimos con la ley Mordaza del PP y los que votaron en contra con el PP todos sabemos quiénes fueron», dijo con algo de ironía, en alusión al voto en contra hace tres años de EH Bildu y ERC.

El senador Zubiaga, en tanto, lamentó la «pulsión autoritaria a escala global que se está trasladando de país a país, con unas derivas autoritarias que hace algunos años muchos no hubieran estado dispuestos a aceptar», y agregó en conversación con NAIZ que «el sistema de valores de las opiniones públicas de Occidente está con menor sensibilidad en derechos y libertades, lo que se puso en marcha en Guantánamo ha ido calando y ha desaparecido el Estado de Derecho a nivel internacional».

Sobre la lucha contra la tortura, opinó que «se puede volver más complicado porque lo que se define como el espíritu del tiempo, el sustrato de este tiempo, es mucho más tolerante a las vulneraciones de derechos y libertades producidas desde el Estado», y celebró que haya «espacios como estos». «Que se vea esto en el centro de Madrid significa que algo se ha movido y que el peligro que mencionaba de la pulsión autoritaria hace que sectores progresistas estén pensando en que hay que organizarse más y establecer lazos y una defensa común», concluyó.

El martes de la semana próxima habrá otra jornada en la misma sala sobre torturas en Euskal Herria, sin documental y con debate abierto. Los efusivos aplausos con los que se despidió a cada ponente y el film fueron el prólogo de conversaciones que siguieron en la calle Zurita entre abrazos e intercambio de contactos. Queda grabada la frase que eligieron para cerrar la primera jornada, con una víctima de tortura: «Nos las han hecho pasar putas, pero ellos no han ganado».

 

 

 

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sábado, 27 de septiembre de 2025

Entrevista a Roger Mateos

Les invitamos a leer esta entrevista que arroja luz sobre los tres integrantes de el FRAP que fueron fusilados en la misma fecha que Anjel Otaegi y Jon Paredes 'Txiki'.

La traemos a ustedes desde Naiz:


«Los fusilamientos contra el FRAP pueden verse como castigo a su fuerza en el franquismo»

El periodista Roger Mateos investiga el caso de Xosé Baena. Asegura no solo que pudo comprobar su inocencia sin la presencia «de una cuarta persona» sin identificar en el atentado que se le imputó. También recalca la potencia, «ninguneada» por los historiadores, del FRAP en los 70.

Daniel Galvalizi 

«Siento la necesidad de darle un brochazo más personal a una historia que me ha obsesionado de manera enfermiza», deja claro Roger Mateos en la introducción a ‘El verano de los inocente’s (Ed Anagrama, 2025). «Este proyecto interminable me ha abducido», añade.

El politólogo y periodista catalán lleva dos décadas estudiando el proceso del PCE marxista-leninista (m-l) y de su creación posterior, el FRAP, del cual tres de sus militantes fueron los últimos fusilados junto a Txiki y Otaegi tras consejos de guerra en la dictadura, hace ya medio siglo. Uno de ellos (el último, precisamente), el vigués Xosé Baena, asegura Mateos que no cometió el crimen que se le adjudica y que el perpetrador fue una cuarta persona que por un pacto de silencio nunca se descubrió.

En entrevista con NAIZ, también señala cómo «la historiografía tradicional de la Transición» se ocupó de soslayar el «papel importante del FRAP» en el fin del franquismo.

¿Es cierto que lleva 20 años investigando el PCE (m-l)?

Sí, empecé a interesarme por ellos cuando empezaba mi carrera profesional, me llamaban mucho la atención los temas de memoria y en especial el PCE (m-l). Era un partido que estaba hermanado con la Albania comunista, que era su gran patrocinador internacional, lo cual era una excentricidad porque era el régimen más aislacionista del este. Y mi interés fue creciendo porque entendí que su posterior invento, que fue el FRAP, tuvo un papel mucho mas relevante de lo que la historiografía oficial antifranquista admite y ha admitido tradicionalmente. El FRAP en la primer mitad de los 70 tuvo mucha visibilidad, mucha hiperactividad en la calle contra la dictadura y los libros de historia no acostumbran a hacerle suficiente caso. En concreto el año 75 es el mejor ejemplo de esto que estoy diciendo. 

Sin ser yo marxista leninista, el tema me ha apasionado siempre. El caso de Albania es una pasión periodística para mi y ademas como está tan poco explorado y estudiado que sentía que pisaba nieve virgen todo el rato. Nadie se ha ocupado de estudiarlo en profundidad.

Comenta que todos los fusilamientos de 1975 fueron hechos horribles pero el caso de Baena fue particular. ¿Por qué?

Más que particular, me llamó la atención lo que me explicó la hermana de Baena, Flor, que contó las ultimas palabras que su hermano le dijo a su padre antes de ser fusilado. Su padre viajó de Vigo a Madrid la última madrugada antes de que lo fusilaran. Llegó a primerísima hora a la cárcel de Carabanchel antes de que se llevaran a su hijo a fusilarlo, acompañado del hijo mayor, Fernando. El padre de Baena le pregunta a Xosé: «Para mi no hay nada peor que maten a mi propio hijo, pero sería mas doloroso si tú no mataste al policía porque eso significaría que además están matando a un inocente». Baena le contestó: «Lo siento papá, pero no puedo darte este consuelo, no lo maté yo».

Estas palabras me impactaron mucho, porque aunque esto no demuestra nada para mí como periodista, sí me espoleó a intentar confirmar la inocencia que Baena le había asegurado a su padre. Y este ha sido mi trabajo, volcarme en acumular pruebas y evidencias de la inocencia de Baena para demostrar que no fue quien dicen que fue, o sea el autor material del primer atentado mortal del FRAP.

Sobre el contexto histórico, hay muchos jóvenes que no conocen nada del FRAP. ¿Qué fue y qué significó en el franquismo?

El FRAP es una de las fuerzas antifranquistas más infravaloradas a nivel historiográfico. Si bien es verdad que después de los fusilamientos la organización estaba hecha trizas a nivel organizativo, quedó mermada por las detenciones en cadena y la desarticulación y pasó a ser una fuerza irrelevante durante la Transición, no fue así en la primera mitad de los 70, cuando llegó a ser una fuerza muy visible en la calle, hiperactiva. Atrajo a muchos jóvenes republicanos, a la oposición más combativa, y llegó a tener un volumen de militancia muy considerable sobre todo en Madrid, València y Catalunya. Quiero matizar: lejos del volumen de militantes del PCE de Santiago Carrillo, pero mucho más relevante de lo que la historiografía suele recoger. El pico de militancia fue en 1973, y aunque es difícil hablar de números, se contaban por miles, entre 3.000 y 4.000 es una estimación posible. Eran organizaciones en la órbita del PCE (m-l), que creó el FRAP como marca política republicana para aglutinar a mas sectores populares antifranquistas mas allá del propio partido.

Se dice con frecuencia que el FRAP era una banda terrorista, pero las siglas nacen en 1971 y no como rama militar, nace como un frente político, conglomerado de organizaciones sectoriales, como un sindicato, una organización de estudiantes, otra de artistas, otra de campesinos, y el PCE (m-l) su matriz política. Nace como frente para desarrollar actividades políticas, como manifestaciones relámpago contra la dictadura, ataques con bombas molotov contra intereses del régimen, pintadas, etc, pero sin la consigna de matar. Eso cambia en 1975 y entonces sí cambia la estrategia y se conforman grupos armados. Hacen tres atentados mortales, dos en Madrid y uno en Barcelona, entre julio y septiembre del 75.

¿Se podría decir que fueron clave en el parto democrático y por ello se explica el escarmiento con los fusilamientos en juicios-farsa?

Sí, fueron clave justo antes de ese parto. Los actos armados los llevó a cabo con muchísima precipitación, sin la infraestructura necesaria para aguantar un choque de trenes con la dictadura. La organización acabó siendo vapuleada por la represión de Franco. Esa represión redujo drásticamente la capacidad política del frente. Y sí, los fusilamientos pueden ser interpretados como un castigo al crecimiento del FRAP porque el régimen temía que si triunfaban en su desafío podía ser una fuerza realmente temible, porque era de alcance estatal y con aspiración no de independencia de un territorio sino que quería barrer a las elites españolas e instaurar una república española comunista.

Era un grupo que quería cambiar el sistema por completo y la dictadura quiso cortar de raíz esa amenaza para su existencia y se empleó con muchísima dureza contra el FRAP y contra ETA, que ya estaba golpeando al régimen muy fuerte. La dictadura hizo sonar el escarmiento más severo para intentar frenar la campaña de atentados que estaba desestabilizando.

¿Temían que el FRAP contagiara de radicalidad al PCE quizás?

Bueno, mas que nada es que el FRAP empezó a matar a policías y guardias civiles, era un nivel superior de lucha que a la dictadura le generó miedo. El FRAP se convirtió en una fuerza temible porque estaba matando y alarmó sobre todo a los estamentos policiales y militares. El gobierno de Arias Navarro tenía la sensación de que podía perder el control de la calle y eso enervó a los sectores mas ultras del régimen, que ya llevaban tiempo tachando a Arias Navarro de blando, de pusilánime. Quiso Arias demostrar ante estos sectores que no era un presidente débil y posiblemente por eso optó por acelerar los procesos judiciales y dictar las penas muerte.

Por lo que ha documentado, ¿cómo fue el rol de un Franco ya agonizante? ¿Se sabe si le preocupaba especialmente el FRAP?

En el verano del 74 Franco había sufrido una enfermedad por la que había tenido que ser hospitalizado y por primera vez había tenido que ceder las riendas del poder al príncipe Juan Carlos. Eso llevó a la sociedad española a pensar que a Franco le quedaban cuatro días. Finalmente superó aquella crisis de salud pero quedó mermado físicamente y su salud se aguantaba con pinzas. Cuando llega el verano del 75, Franco está viviendo sus últimos meses, se está apagando y tiene a un gobierno que se sentía débil ante la presión de la calle. Dictan las penas de muerte y la reacción internacional es fulminante, las condenas internacionales a esos juicios esperpénticos que condenaron a muerte a varios militantes del FRAP y ETA. Esa condena internacional hizo mella, sobre todo la del papa Pablo VI, que el domingo previo a los fusilamientos pidió clemencia. Esa presión del Vaticano a un régimen nacional-católico debió ser difícil de soportar. Aun así, decidió seguir adelante con tres de las condenas a muerte del FRAP mas las dos de ETA y conmutaron al resto.

¿Cree que ha sido ninguneado el FRAP entre los historiadores después de la Transición?

Sí, creo que se debe al estigma del terrorismo. A una parte del antifranquismo le incomoda reivindicar la lucha del FRAP porque implicó muertes. Y solo se circunscribieron a esos meses del verano pero esa actividad armada para una parte del antifranquismo desautoriza al FRAP. Incluso Carrillo en ese verano se manifestó públicamente en contra del “terrorismo individual” del FRAP, e incluso insinuó que detrás de la estrategia terrorista podía haber alguien de las cloacas del estado franquista dirigiéndola, porque esos atentados interpretaba que favorecían a los sectores mas ultras y torpedeaban los intentos de la oposición moderada. Pero mi tesis es que en la cúpula del PCE (m-l) y del FRAP no había infiltrados, lo que sí hubo una toma de decisiones errónea que acabó en catástrofe porque la organización no estaba preparada para aguantar un pulso con la dictadura.

El libro menciona la lectura sesgada de la realidad que tenia la cupula del FRAP, incluso le pronosticaba un pronto cese a ETA, que acabó existiendo muchos años más.

El FRAP intentó colaborar con ETA, porque interpretaban que era una organización que estaba luchando de tú a tú contra la dictadura y le tenían cierto respeto, por jugarse la piel en el campo de batalla. Pero desaprobaban su estrategia terrorista, consideraban que llevaba a cabo atentados indiscriminados y el FRAP no era partidario de colocaciones de bombas. Aun así, intentó colaborar y buscó puentes, se llegaron a celebrar reuniones discretas en el exilio. La propia cúpula de ETA desconfiaba del FRAP por ser una fuerza española. 

Sobre ese desenfoque, esa lectura errónea de que ETA iba a durar poco, se debe a que sus análisis eran muy endogámicos, herméticos, muy poco autocríticos, y entraron en una espiral de autocomplacencia que les llevó a creer sus propios mensajes de que estaban verdaderamente liderando al pueblo español hacia la victoria. Tomaron decisiones en las que sobredimensioan sus fuerzas. Asi como digo que la historiografia los infravalora, también digo que la dirección del FRAP sobredimensionó sus propias fuerzas.

Yendo al caso de Baena. Tras su investigación, usted asegura que hubo una cuarta persona en el atentado por el que lo condenan...

Sí. Es una conclusión a la que he llegado a partir de mi investigación: Baena no fue el autor del atentado por el cual fue fusilado y hubo un cuarto individuo en aquel comando. Y ese cuarto individuo fue el autor material y consiguió escapar a Francia. Ha sido una tarea muy ardua porque los implicados en aquellos acontecimientos son todavía muy reticentes a dar detalles, no es fácil.

¿Ha sido difícil que le cuenten las cosas los que vivieron ese proceso?

Para mí como periodista hablar de estos temas de memoria, de hace ni mas ni menos que 50 años, es algo normal, está todo prescrito y amnistiado además, no entraña excesivos problemas, pero también entiendo que quienes fueron acusados de participar en esos hechos sigan siendo reticentes porque son temas delicados, porque sufrieron muchísimo, sufrieron torturas salvajes en comisarías, detenciones y prisión, condenas a muerte en juicios-farsa, y sufrieron traumas que son difíciles de imaginar. Son reticentes y no puedo hacer otra cosa que respetarlos, aunque considero que tiene todo el sentido reconstruir estos hechos que son muy importantes; fueron los primeros ataques del FRAP, que luego vinieron unos terribles consejos de guerra, con fusilamientos atroces en un año que fue clave para la historia de España.

Otro elemento cotidiano de la dictadura era la tortura y usted deja entrever en el libro que un camarada de Baena lo señaló bajo tormentos policiales.

Sí, lo que hay en el sumario es una declaración policial del primer detenido por el atentado en la calle Alenza, Mayoral, en la cual se señala a Baena. Él dice ‘Daniel’, que era su nombre de guerra en Madrid. Esa declaración policial lo señala como autor pero la tenemos que poner en duda completamente porque lo firmó después de tres días de torturas bárbaras. No sabemos por qué se señala a Baena y después de firmarlo incluso, aunque que Mayoral hubiera señalado lo considero justificable porque en ese momento Baena estaba libre, no había sido detenido, con lo cual quizás tenia esa intención de señalar a quien no podía sufrir consecuencias. Baena, de hecho, también firma declaración autoinculpatoria como autor material, sufrió un infierno de torturas y pudo sacar un escrito de manera clandestina de la cárcel en la DGS de Puerta del Sol en que las denunciaba.

¿Qué pasó con los integrantes del FRAP después de 1975? 

El FRAP estaba noqueado y muchos de ellos en el exilio. Entendieron que no podían continuar con la lucha armada. Aun así, crearon grupos armados pero no para matar sino para cometer atracos, para financiar a la organización, que iba destinado a las arcas del partido. En 1978 uno de esos grupos de atraco fue detenido y ahí toda la estructura quedó desmantelada. Hubo encarcelamientos y torturas. En paralelo el PCE (m-l) ya empezaba a prepararse para su legalización y eso finalmente sucedió y se convirtió en una fuerza que operaba legalmente.

 

 

 

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sábado, 23 de agosto de 2025

A 89 Años de Valcaldera

El sociata Alberto Alonso se ha convertido, tal vez incluso sin quererlo, en el portavoz ya no de Gogora, sino del españolismo franquista más rancio, ese que busca "sanitizar" tanto al dictador genocida Francisco Franco como a su reinado de terror.

Pues bien, para recordar a todos lo que significa en realidad el franquismo, traemos a ustedes esta reseña publicada por Naiz acerca de uno de los crímenes más brutales de los cometidos en suelo vasco:


Valcaldera, 89 años después: memoria de un crimen bendecido por la cruz y el poder golpista

El 23 de agosto de hace 89 años, mientras una procesión franquista recorría Iruñea, 53 presos republicanos eran llevados en autobuses hacia Valcaldera. Allí fueron fusilados. Solo Honorino Arteta logró escapar, convirtiéndose en el único testigo de la matanza.

Ibai Azparren

Aquella calurosa tarde del 23 de agosto de hace 89 años, los presos republicanos de la cárcel de Iruñea hablaban de cosas triviales a la sombra del tejadillo de zinc del patio. La rutina carcelaria se quebró con la llegada de un funcionario de prisiones que leyó, después de ordenar silencio, una lista de nombres para que salieran al exterior. Eran 53 los reclusos que abandonaron la prisión en dos autobuses pensando que salían en libertad. Pero nunca regresaron: fueron fusilados en el corral de Valcaldera, en Cadreita, en una de las matanzas más atroces cometidas por requetés y falangistas tras el golpe del 36.

De aquellos 53 prisioneros solo uno logró burlar la muerte: Honorino Arteta, un joven músico de 24 años, militante de izquierdas. Huyó malherido y se escondió en la copa de un árbol hasta perderse en la inmensidad de las Bardenas. Días después consiguió cruzar la frontera y ponerse a salvo en el Estado francés. Volvería más tarde a Barcelona, convertido en el único testigo directo de aquella matanza.

No obstante, investigaciones recientes de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra en 1936 apuntan a que otro de los reclusos que sacaron de la Cárcel Provincial de Iruñea aquel día, el ciudadano alemán Walter Dierchs, fue conducido al Manicomio Provincial de Navarra.

Con todo, el relato de Honorino Arteta, unido a las memorias de Galo Vierge, obrero anarquista de la CNT que permanecía preso en Iruñea y que dejó escrito ‘Los culpables’, permite hoy reconstruir con precisión casi quirúrgica lo que ocurrió aquella tarde en Valcaldera, cuya matanza ha sido recordada este viernes, 23 de agosto, con los actos habituales en la antigua cárcel de Iruñea y, más tarde, en Cadreita.

Santa María la Real y un engaño mortal

La fecha no fue casual. A la misma hora que los presos eran conducidos a la fosa, en Iruñea se celebraba una multitudinaria procesión en honor a Santa María la Real entre «cánticos a la Virgen, el amor y la caridad hacia el prójimo», recuerda Vierge en sus memorias. Una acto donde desfilaron las autoridades civiles y militares que fue organizado por Eladio Esparza, subdirector de Diario de Navarra.

El historiador Fernando Mikelarena, en conversación con NAIZ, considera clave este paralelismo: «Los golpistas cultivaron la emocionalidad a través de ritos religiosos. La misa del 25 de julio y la procesión del 23 de agosto fueron actos de cohesión litúrgica que buscaban involucrar a todos los militares y aliados civiles en el golpe de estado». De hecho, en aquella jornada el obispo Marcelino Olaechea fue el primer religioso en referirse públicamente a la guerra como una «cruzada», que desembocaría en la eliminación física de más de 3.000 habitantes navarros por sus ideas políticas.

No fue muy distinto el destino de aquellos hombres maniatados en los autobuses que, según relató Vierge, se aferraban «como a un clavo ardiendo» a la idea de que resultaba impensable cometer semejante matanza mientras la imagen de Santa María la Real recorría en procesión las calles de Iruñea. Una esperanza contrastaba con el mensaje publicado en la prensa por Joaquín Baleztena, jefe regional del Carlismo en Navarra, que pidió en una carta en los periódicos que la violencia se ejerciera únicamente en el campo de batalla.

«¿Seremos canjeados por presos franquistas?», se preguntaban los presos mientras avanzaban maniatados en los vehículos que los conducían, setenta kilómetros desde Iruñea, entre trigales, hacia una muerte segura. Al detenerse cerca de la corraliza de Valcaldera, aún se aferraban a las palabras de Baleztena y a la Ley Divina invocada por los sublevados: tenía que ser un canje, no podía ser otra cosa. «Les dijeron que iban a hacer un canje, una idea que cae por su propio peso porque Zaragoza ya estaba dominada», recuerda Mikelarena.

En realidad, las autoridades militares, la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra  y la Junta Provincial de la Falange ya habían dado su visto bueno. Incluso se modificó el recorrido de la procesión religiosa para evitar, con toda probabilidad, que los asistentes vieran pasar los autobuses cargados de prisioneros, señala el historiador. Todo estaba sellado de antemano.

Una saca premeditada y la odisea de una huída

Todo estaba decidido porque, recuerda el historiador, la víspera de los fusilamientos, vecinos afines al golpe cavaron la fosa, y un grupo de sacerdotes acompañó a falangistas y requetés en la matanza. Entre ellos estaba Antonio Añoveros, quien décadas después sería obispo de Bilbao y llegaría a enfrentarse a Franco, que intentó expulsarlo por una homilía en defensa de los derechos del pueblo vasco. «En 1936, sin embargo, sus posturas eran muy distintas, muy combativas», subraya Mikelarena.

«Cuando bajamos en fila para ser confesados comprendimos que íbamos a ser fusilados», relató Honorino Arteta, y «en ese paroxismo de terror», añadió, «sonó una descarga como un trueno (...) y varios echamos a correr por el campo». Solo él logró escapar, el resto fueron cazados como animales.

Tras una acalorada disputa entre falangistas y requetés –estos últimos apremiados por el deseo de llegar a la procesión, pero también empeñados en que los presos se confesaran–, el resto de reclusos fueron finalmente ejecutados en grupos de seis. «Entonces aquellos verdugos manchados de sangre hasta la frente regresaron a Pamplona (...) y aún llegaron para incorporarse a la procesión que entraba de regreso a la catedral», relata Vierge.

Quizá gracias a aquellas prisas piadosas, Honorino Arteta, herido por un disparo en la pierna y oculto entre las ramas de un árbol, no fue perseguido con saña. Inició entonces una odisea: remontó el río Aragón hasta alcanzar el Pirineo, logró pasar al Estado francés y, enfermo y exhausto, fue recogido por unos cazadores que lo cuidaron. Tiempo después regresó a Barcelona y, en un café de la plaza de la Universidad, narró a los exiliados navarros la epopeya de su huida.

Los fusilados y el paradero sus restos

Honorino Arteta completó su testimonio en una carta dirigida a Romana Carlosena Ainciburu, madre de Marino Húder Carlosena, uno de los fusilados, que entonces vivía exiliada en Baiona. El escrito, desconocido incluso para los descendientes del propio Arteta, permaneció más de ochenta años en manos de la familia Yarnoz Húder, que lo conservó durante su largo exilio en Venezuela.

Tras más de ochenta años oculta, la misiva de Honorino Arteta arroja nuevos detalles sobre aquella sofocante jornada de agosto de 1936 y sobre los meses posteriores. Su huida no fue inmediata ni sencilla: duró meses hasta alcanzar Barcelona, donde se alistó en la Columna Ascaso con un objetivo claro: «entrar en Pamplona, vengarme y hacer pagar caro lo que conmigo hicieron».

En su relato precisa que «fusilaban por grupos de seis» y recuerda que junto a él estaban los hermanos Santiago y Natalio Cayuela, este último presidente de Osasuna y militante de Izquierda Republicana, ambos ejecutados. Entre los 53 presos republicanos figuraban también personalidades vinculadas al PSOE y a la UGT, como el periodista Miguel Escobar o José Zapatero, miembro del PCE y de la peña sanferminera La Veleta.

Los restos de aquellos fusilados fueron trasladados en 1959 al Valle de los Caídos, pero se perdió su rastro veinte años después, cuando la cadena de custodia se rompió durante el intento de devolución a Nafarroa. El paraje de Valcaldera fue declarado Lugar de Memoria Histórica y cuenta con un panel explicativo que, como subraya el historiador Fernando Mikelarena, relata los hechos pero omite a los verdugos: requetés y falangistas.

Arteta nunca llegó a regresar a Iruñea. Volvió al Estado francés, donde pasó por un campo de concentración y acabó sus días en el exilio, lejos de la tierra donde escapó de la muerte.

 

 

 

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