Les compartimos este texto de Iñaki Gil de San Vicente dado a conocer por Kaos en la Red:
Iñaki Gil San Vicente
Ponencia base para el debate sobre el mismo tema a realizar el 29 de junio a las 19H en el local de CSA “EL CARGOL” (C/ Menorca nº 3 en el barrio de La Granja).
1.- Crisis política del Imperialismo
Parece que los “técnicos en economía” –FMI, FED, BM, BCE, etc.- han decidido insuflar un poco de optimismo sobre el futuro inmediato de los negocios capitalistas, diciendo o insinuando que, por fin, se ve cerca la salida del túnel de 2007. Se aferran a ciertos indicios prometedores que aparecen en las economías imperialistas –término científico-crítico elemental abandonado también por los reformismos-, los aíslan y los magnifican, descontextualizándolos de la totalidad de la situación mundial. Incluso han llegado a decir hace muy poco que los peligros ciertos de empeoramiento de la crisis afectan sobre todo a los llamados «países emergentes», por lo que las burguesías imperialistas pueden respirar bastante más tranquilas.
Los “técnicos en economía” son conscientes de la crisis de dirección política que azota a buena parte de los Estados imperialistas: Trump no es el único caso. En sus recientes visitas, Trump se ha enemistado con todos, excepto con sus siervos más masoquistas; está posibilitando una guerra comercial con Alemania y el Estado francés, fundamentalmente, y ha agudizado las tensiones en la OTAN, por no hablar de los brutales recortes sociales en EEUU y su provocadora política en el mundo entero. Su triunfalismo económico ha fracasado en dos terceras partes. Algunos políticos yanquis están boquiabiertos y desconcertados, otros piensan ya en como echarlo de la Casa Blanca, siendo por el contrario apoyado por el poderosísimo complejo industrial-militar y el no menos poderoso lobby judío.
La burguesía británica lleva varios años cometiendo errores mayúsculos porque se ha roto su unidad de clase como se ha visto en el debate sobre el Brexit, lo que unido a otros problemas agudiza el estancamiento del país. En Alemania, los länder más enriquecidos exigen reforzar el centralismo para no tener que pagar ellos más que los länder empobrecidos; la ultraderecha toma el poder del derechista partido AfD a la vez que se descubren redes nazis dentro del ejército alemán y Merkel se presenta como la lideresa de la UE con la ayuda de Macron. Es seguro que Merkel sabia con antelación a junio de 2017 que Bruselas había propuesto que la UE envíe tropas a las regiones en los que estén en peligro los intereses europeos pudiendo hacer «operaciones de alto nivel».
Los poderes subterráneos del Estado francés han tenido que crear de la nada un partido basado en la imagen televisiva y en el vacío ideológico para salir del barrizal cada vez más denso y pegajoso, lo que ha provocado una abstención masiva, superior al 50% del censo. Además, la corrupción ya golpea a su primer gobierno aún no estrenado. El centro reformista italiano en el gobierno se ha roto esta primavera, el racismo avanza y la burguesía ya piensa en adelantar las elecciones para otoño. Japón, después del trompazo con Trump sobre el eje-asiático, sigue adelante con el Tratado comercial con el Pacífico, que quiere integrar a 11 países, ahora que la economía japonesa goza de 15 meses de recuperación, algo desconocido en los últimos 120 meses, mientras se rearma intensamente en medio del auge del nacionalismo militarista. ¿Y el Estado español? Sigue retrocediendo en la jerarquía imperialista, perdiendo estructura industrial y sumiéndose en el atraso tecno-científico y cultural.
La civilización del capital se sustenta en la irracionalidad inherente al valor de cambio, inherente al fetichismo de la mercancía, en la explotación consustancial a la ley del valor y a la extracción de plusvalía. Esa irracionalidad estructural, esencial, puede ser mínima y transitoriamente controlada por los sectores menos obtusos de la burguesía mundial, los que en ese período poseen la hegemonía imperialista mundial, logrando cortas fases de un muy inestable e incierto equilibrio en el filo de la navaja. Pero siempre, tarde o temprano, la irracionalidad de fondo inseparable de la propiedad burguesa vuelve a la luz exigiendo más sacrificios humanos. La actualidad del comunismo, su “necesidad” –véase Debates sobre comunismo, a libre disposición en la Red- se sustenta en la inevitable recurrencia objetiva de la irracionalidad del capital.
Un ejemplo más lo encontramos en las crisis políticas que azotan a las burguesías –y aquí nos hemos limitado a unos pocos ejemplos- como efecto del agotamiento del orden imperialista que los EEUU impusieron en primera instancia en Bretton Wood y que fue remodelando posteriormente según sus necesidades. La sinergia de problemas de toda índole que lastran la acumulación ampliada de capital en el último medio siglo, sinergia que estalló definitivamente en 2007, ha terminado desbordando la muy limitada racionalidad de la casta política burguesa en su conjunto.
Es en este contexto en el que intervienen las consoladoras palabras de los “técnicos en economía” que aunque no ofrecen garantías serias de credibilidad si insuflan algo de ánimo en unos círculos de poder que han visto fracasar a medio plazo todas y cada una de las medidas aplicadas desde comienzo de los ’70 para abrir otra larga fase expansiva del capitalismo. El único éxito de la brutalidad neoliberal ha sido el de llevar al paroxismo la ley dialéctica de la unidad y lucha de contrarios; por un lado, creando la ficción del capitalismo bueno, perfecto, durante dos décadas en las que intensificó la concentración y centralización de capitales hasta niveles insoportables: si en 2015 sólo 8 personas tenía más riqueza que la mitad de la población del mundo, a finales de 2016 esa inmensa iniquidad se concentró sólo en 6 hombres, y a mediados de 2017 se centraliza y concentra en únicamente 5 criminales. Y por el lado antagónico, tal irracionalismo se ha generalizado a costa de postergar todos los problemas para comienzos del siglo XXI, cuando se han fusionado creando la “crisis perfecta”.
No hace falta decir que las fortunas de este quinteto criminal, más las de una pequeña escuadra de piratas que le sigue en el escalafón, están esencialmente unidas al imperialismo occidental dirigido por los EEUU en sus decisiones estratégicas, al margen de sus riñas familiares con euroalemania. La crisis de dirección política de este minúsculo grupito responde a tres de los grandes efectos causados por el final del imperialismo que tuvo en Bretton Wood en 1944-45, en la derrota del patrón-oro bajo Nixon en 1971 y en el Consenso de Washington de 1989-90 sus momentos estelares. Los tres son: el fracaso en el aplastamiento definitivo de las resistencias de las clases y pueblos; el fracaso de la política de desintegración y balcanización de Rusia y China Popular; y el fracaso en el inicio de otra nueva fase expansiva en el capitalismo occidental.
Además de otros efectos, los tres fracasos citados se han vuelto contra el imperialismo que flota con el agua al cuello en el océano de la inconmensurable masa de capital ficticio y de impagable deuda mundial que casi sumerge al planeta cada vez más empequeñecido y agotado: ¿Quién se acuerda ahora del triunfalismo del «final de la historia», o sea, del final eterno de la lucha de clases? ¿Quién sigue afirmando que tras 1991 Rusia, China Popular y una larga lista de pueblos y Estados iban a convertirse en otros tantos patios traseros de Washington durante el eterno «siglo americano» que empezaba? ¿Quién imaginaba entonces que el estancamiento de Japón desde la década de 1990 era debido a muchas de las características de la Gran Crisis de 2007 que aún perdura…?
Las burguesías occidentalizadas tienen razón para su histeria nerviosa, tanto más cuanto que el eje euroasiático está integrando a Irán, es aplaudido por Siria, atrae a importantes sectores de Pakistán e India y a países decisivos en Asia Central, tiene las simpatías de sectores sociales de Asia, África y Nuestra América, y empieza a aparecer como el defensor de Catar y de los pueblos humillados por Arabia Saudí, los EEUU e Israel. Al margen de otras consideraciones que podríamos hacer a este respecto, como la del mal menor relativo que el eje euroasiático supondría para muchos de estos pueblos en comparación al mal mayor absoluto que es el imperialismo, etcétera, sí hay que decir que el miedo de Occidente frente al resto de la humanidad tiene cuatro grandes razones: la abrumadora desproporción poblacional y de recursos; la tendencia al final de la dictadura del petrodólar y del ordenamiento internacional imperialista; el rápido aumento de la tecnociencia no occidental; y la lucha de clases interna a Occidente.
Una de las salidas del imperialismo es la de pactar con facciones burguesas no occidentales para romper la unidad del «enemigo externo», algo parecido a lo que logró Kissinger azuzando al máximo las tensiones entre la URSS y China Popular en su tiempo, pero ya no estamos en el mismo contexto. Otra es la de apoyar fuerzas ultra reaccionarias con métodos de todo tipo incluidos la logística militar, la interacción entre provocaciones fascistas y golpes internos y «ayudas democráticas» externas; en fin, lo que es imaginable dentro de la caja de los horrores que es la llamada guerra de cuarta generación, sin olvidar el recurso a las guerras regionales y a toda serie de amenazas, presiones y crímenes siempre negados. Desde esta perspectiva es fácil descubrir la identidad de fondo que une a las estrategias imperialistas contra Siria, muy avanzadas ya, con las iniciales que se están aplicando contra Venezuela.
En cuanto al orden interno a Occidente, la solución la padecemos con el retroceso de las libertades, el ataque a los derechos sociales, la restricción de la misma democracia burguesa, la militarización creciente, el auge del neofascismo, las cloacas que conectan los servicios secretos con determinados terrorismos islámicos… Pero también la padecemos en otro sentido más agresivo y peligroso: la aplicación dentro de la UE y de los EEUU de las mismas estrategias y tácticas arriba descritas que se lanzan contra los pueblos no occidentales.
El cerco militar en aumento contra Rusia en el este de la UE, el apoyo público al fascismo ucraniano como punta de lanza de ese cerco… también golpean moral y políticamente a la clase trabajadora europea. Más aún, el ambiente de guerra que se va extendiendo en el este europeo, unido a los recortes de las libertades con la excusa de «seguridad o libertad» azuzan los peores sentimientos conservadores de sectores sociales que, como en el Estado español, salen en defensa de su nacionalismo imperialista y en contra de los derechos democráticos de las naciones oprimidas, como veremos sucede en los Països Catalans y en Euskal Herria.
2.- La importancia de el capital
Dicho básicamente, el imperialismo actual, la base objetiva de lo que acabamos de leer, es el decisivo «criterio de la práctica» que confirma la veracidad de la ley general de la acumulación capitalista, expuesta por Marx en la sección séptima, capítulo XXIII del Libro I de El Capital, que viene a decir que cuanto más se desarrolla el capital más se desarrolla la alienación; cuanto más se desarrolla la riqueza de unos pocos más aumenta la pobreza en la mayoría; cuanto más se desarrolla el potencial emancipador de la ciencia y de la técnica más aumentan los controles burgueses que frenan ese potencial. La ley de la acumulación dice, en suma, que el crecimiento del capitalismo exige y conlleva el crecimiento de las fuerzas que pueden y quieren destruirlo. La lógica dialéctica es imprescindible para comprender el decisivo calado histórico de esta ley: sin la dialéctica materialista esta decisiva ley tendencial, como todas las demás, es incomprensible.
Ahora bien, esta ley sólo muestra la tendencia a la agudización de las contradicciones, al margen de sus ritmos desiguales y combinados que dependen fundamentalmente de los resultados de la lucha de clases a escala mundial. En este sentido, el imperialismo actual también es el reflejo de la evolución de las contradicciones analizadas sobre todo en el capto XX sobre la reproducción simple y en menor medida en el XXI sobre la ampliada del Libro II de El Capital. No podemos extendernos aquí en los debates suscitados por los esquemas de reproducción.
Sí nos interesa resaltar su importancia en lo que toca a la reproducción de la fuerza de trabajo y, en su dinámica interna, a la explotación del trabajo doméstico de la mujer, en la permanente lucha del imperialismo para sobreexplotar a los pueblos, multiplicar la transferencia de valor, destrozar los sectores resistentes de las clases campesinas y obreras, del pueblo trabajador en su conjunto, con el terrible deterioro de las condiciones de vida de las mujeres, etc. La evolución del imperialismo desde inicios del siglo XX conlleva el empeoramiento relativo de las condiciones de vida de la mujer trabajadora. Esta cuestión central, ya expuesta por el feminismo marxista en las décadas de ’60 y ’70 del siglo pasado en base a la relectura de El Capital y en especial de su Libro II, es sin embargo ocultada por el feminismo reformista que huye espantado de cualquier alusión a la objetividad del imperialismo como una de las expresiones más brutales del sistema patriarco-burgués.
La forma actual del imperialismo es, por tanto y además de otras causas, también efecto de la sobreexplotación de la mujer, y a la vez incrementa la explotación patriarcal que es una de las que pueden garantizar el aumento de los beneficios en estos largos años de estancamiento. Pero siendo cierto esto, debemos profundizar aún más en las fuerzas internas que dan forma al imperialismo actual: nos referimos a los cambios en la lucha de clases mundial, en las estrategias y tácticas de los grandes Estados capitalistas para contrarrestar la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, expuesta en la sección tercera del Libro III de El Capital.
Es sabido que Marx se centró en las seis causas «más generalizadas» que contrarrestan esta ley tendencial:
~ Aumentar el grado de la explotación del trabajo, es decir y dicho en términos sencillos, aumento del ritmo e intensidad del trabajo pero también de su tiempo manteniendo el mismo salario; aumento de la explotación de la mujer en el trabajo invisible, doméstico, etc., pero sin retribución alguna, etc.; aumento de la explotación infantil y de la tercera edad aunque sea sin salario, etc., o sea, sobreexplotación de toda la fuerza de trabajo que de manera directa o indirecta genera plusvalía y ganancia.