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lunes, 13 de julio de 2026

1936: La Batalla por Donostia

Se acerca el 18 de julio y en el estado español se vive un clima de tensión política muy similar al de 1936, con una derecha envalentonada dispuesta a reventar el gobierno de Pedro Sánchez a toda costa.

Ante este escenario, conviene recordar lo ocurrido hace noventa años y lo hacemos por conducto de este magnífico reportaje publicado en Naiz:


Crónica de una victoria popular sobre el fascismo

En 1936, el Ejército español se levantó contra la República con éxito desigual. En Euskal Herria, en Gasteiz e Iruñea se impuso el fascismo sin piedad y con terribles consecuencias: solo en Nafarroa hubo 3.000 fusilados y sin frente de guerra. En Bilbo no se atrevieron a intentarlo. Esperaban que Donostia, antigua ciudad vacacional de la realeza, cayese como fruta madura, algo que no ocurrió con tal facilidad.

Josetxo Otegi Arrugaeta 

Se equivocaron. Donostia se convirtió en campo de batalla que hizo realidad el “¡No pasarán!”. Surgieron muchos nombres propios; siendo imposible recordarlos a todos, no podemos dejar de mencionar a los anarquistas Manuel Chiapuso, Felix Likiniano, Kasilda Hernáez; al comunista Jesús Larrañaga; al abertzale Mario Salegi; al comandante Augusto Pérez Garmendia; al jelkide Manuel Irujo; al socialista Miguel Amilibia… Fueron artesanos de aquella victoria, no exclusivamente donostiarra. Hubo combatientes de Arrasate, Eibar, Hernani, Errenteria, Bergara, Pasaia, Bilbo y alaveses y navarros que habían huido de la represión, sin olvidar a los asturianos, galegos y tantos otros…

Contra todo pronóstico, resistieron con firmeza al fascismo y lo vencieron. Este año se cumplirán 90 años de aquellos acontecimientos que conoceremos de cerca a continuación.

18 de julio, sábado: confusión 

El Ejército español se rebeló en África. “El Diario Vasco” publicó en su portada una curiosa noticia: «Hoy hará buen tiempo». Proporcionaba así la señal para el alzamiento a quienes esperaban la orden. Circularon mil rumores y reinó la confusión. Sin pérdida de tiempo, las organizaciones de izquierda empezaron a organizar a su gente, por si acaso. Bernardino Vega, trabajador de Telégrafos, retuvo un telegrama: lo enviaba desde Iruñea el general Mola al gobernador militar de Gipuzkoa, León Carrasco: Mola le ordenaba que declarase el Estado de Guerra. Bernardino entregó el telegrama a las autoridades. Sin saberlo, ganó un tiempo muy valioso pero, por ello, los franquistas lo fusilaron después en 1938.

Aquella confusión afectó también al PNV, cuya dirección debatía qué hacer en Donostia. Desautorizó a Manuel Irujo, que públicamente ya se pronunció contra el levantamiento, y se decidió la neutralidad del PNV, que se daría a conocer al día siguiente en “El Día”. Sin embargo, tanto Irujo como (José) Lekaroz, director del periódico, decidieron por su cuenta no hacerlo, pues aquella postura era inviable. Desde entonces, Irujo se esforzó en convencer a sus colegas del apoyo a la República.

19 de julio, domingo: tensión y organización

Las inquietantes noticias que llegaban aumentaron la tensión. Hacia las 04:00, el gobernador militar Carrasco convocó en la Comandancia Militar (calle Ijentea, actual Palacio Goikoa) a los tenientes coroneles De la Brena y Vallespín. Estos se dirigieron desde el cuartel de Loiola escoltados por dos vehículos blindados y varios camiones con soldados. En Alde Zaharra la gente estaba alerta. Allí tenían sus sedes PSOE, UGT, PCE, PNV y ANV. Al llegar al Boulevard, dispararon contra el convoy militar, matando a un soldado. Los militares colocaron frente a la Comandancia Militar dos ametralladoras y dos cañones, «por seguridad».

Nadie dormía. De madrugada, un coche amarillo ocupado por fascistas recorría la ciudad tiroteando a los grupos de trabajadores organizados (milicianos) que encontraba. Proliferaron francotiradores aislados, disparando desde las casas a los milicianos. Las armerías fueron asaltadas (por ejemplo, en la calle Hondarribia) y se improvisaron talleres para fabricar armas (los anarquistas fabricaron granadas en Oria y cócteles molotov en Trintxerpe).

El gobernador civil, Jesús Artola, convocó al gobernador militar Carrasco al Gobierno Civil (calle Okendo). Debido a la nula confianza que inspiraron sus respuestas, Carrasco quedó retenido. Ante la gravedad de la situación, se organizó una Junta de Autoridades, formada por el gobernador civil, los cinco diputados a Cortes por Gipuzkoa (los jelkides Manuel Irujo, Rafael Pikabea, Juan Antonio Irazusta y Jose María Lasarte, y el socialista Miguel Amilibia), así como el comandante Pérez Garmendia, uno de los escasos militares leales, que apareció por puro azar. La Junta organizó una columna para liberar Gasteiz. Cientos de voluntarios respondieron a la llamada.

En Egia, en la carretera que conduce a Loiola, se levantó una gran barricada con el material de la fábrica de ladrillos (actualmente el nº 5 de la calle Egia). En Gros, el mencionado coche amarillo fascista apareció a la altura del hospital, que se ubicaba en la actual avenida de Navarra, y los milicianos lo tirotearon. La gran incógnita eran los cuarteles de Loiola. Los anarquistas instalaron un puesto de observación en la casa del cura del hospital de la Misericordia en el alto de Zorroaga. Por la noche, los militares detuvieron a siete vecinos del barrio en los alrededores del cuartel: no querían testigos. Los encerraron durante ocho días, incomunicados, sin luz y apenas comida.

20 de julio, miércoles: dudas y preparativos

Los militares no se movieron. No sabían qué hacer. Todos esperaban. En las calles no se veían fuerzas policiales, solo grupos de milicianos. La Junta de Autoridades solicitó a Loiola la participación de artilleros en la columna que partiría a Gasteiz. El teniente coronel Vallespín llamó por teléfono al Gobierno Civil asumiendo unilateralmente el cargo de Gobernador Militar, y amenazó con bombardear Donostia si el gobernador civil no lo confirmaba en el cargo. Ante esto, el gobernador civil y otras autoridades se fueron a Eibar. Los que se quedaron en Donostia, dejaron el Gobierno Civil y se trasladaron a la Diputación (Plaza de Gipuzkoa) como medida de seguridad.

21 de julio, martes: comienza la partida

A las 10:00 de la mañana, la columna que liberaría Gasteiz se alineó para salir por la carretera general en el Antiguo. Esperaron en vano a los militares de Loiola. La columna la formaban miembros de las milicias populares, guardias civiles repúblicanos, carabineros y mikeletes, en total unas 500 personas. El comandante del Ejército Augusto Pérez Garmendia la encabezaba (destinado en Oviedo, el alzamiento lo sorprendió de vacaciones en Biarritz. Se presentó en el gobierno civil de Gipuzkoa, y comprobada su lealtad, le pidieron que se quedara). La columna se armaría en Eibar, donde se reuniría con una columna de Bilbo, para después dirigirse a Gasteiz por Arrasate.

Hacia el mediodía, el gobernador militar Carrasco fue liberado. Fue al Hotel María Cristina, llamó a la Unión Radio y anunció al locutor que se declaraba el Estado de Guerra. Después, Carrasco marchó al cuartel de Loiola. Los milicianos, sin tardar, tomaron la Unión Radio San Sebastián (en la avenida de la Libertad), interrumpiendo la emisión del comunicado de Carrasco.

Hacia las 17:00, dirigidos por el capitán de la Guardia Civil Adolfo Cazorla, un grupo de falangistas, guardias civiles y guardias de asalto dispararon contra un conjunto de gente y carabineros republicanos reunidos delante del Hotel María Cristina. Mataron a dos personas, tomaron rehenes y se hicieron fuertes en el hotel. Mientras, el Círculo Easonense de la calle Ijentea (actualmente debajo está la pastelería Oiartzun), la Comandancia Militar y la Comandancia de Marina (actual Hotel Lasala Plaza) ya estaban en manos de los sublevados. En el Casino (actual Ayuntamiento) se parapetaron otros soldados, guardias civiles y falangistas.

En Gros, un grupo de francotiradores tomaron el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Ambos edificios permitían dominar las calles Ramón Mª Lili, Usandizaga y Agirre Miramon, y mantenían bajo su fuego el puente del Kursaal. Muy cerca de allí, otro grupo tomó el edificio de La Equitativa, desde allí controlaban el puente de Santa Catalina (paso entre Gros, Egia y el Centro).

Las autoridades republicanas de Donostia ordenaron que volviese la columna que partió hacia Gasteiz. Se encontraba en Arrasate, reforzada con gentes de Eibar, Arrasate y una columna de Bilbo (dirigida por el teniente de Asalto Justo Rodríguez). Entrarían de vuelta en Donostia por distintos sitios, unos en tren, otros en camión.

22 de julio, miércoles: la jornada clave

En la noche del 21 al 22, los militares salieron del cuartel de Loiola por fases. Primero establecieron un perímetro defensivo alrededor del edificio para protegerlo de cualquier ataque. En Egia, 100 soldados dirigidos por un capitán tomaron los caseríos que se encontraban a 150 metros del cementerio de Polloe (actualmente, calle Gabriel Aresti), ya que desde ellos se dominan los cuarteles de Loiola. Además, se apoderaron del convento de las Hermanas de los Pobres en Aldakonea. Entre aquellos soldados había tiradores de élite que causaron numerosos muertos entre los milicianos.

Los caseríos de Egia (Lorenziene Aundi y Txiki, Udaraberri, Etxetxo, Zamarra, Igola, Sibilia Haundi, Otxoki…) formaron un frente de guerra. Todos sufrieron daños materiales y el saqueo de los soldados. La situación estratégica del caserío Txurkoene motivó duros combates por su posesión. Su fachada y muros laterales fueron acribillados a tiros, y en la pared oeste un cañonazo del cuartel de Loiola hizo un gran agujero. En el hoy desaparecido caserío Moskotegi, los militares mataron al joven Miguel Alkiza y robaron a sus residentes. En Sibilia Txiki (hoy desaparecido), al encontrarse atrapado entre dos fuegos sus 22 habitantes -entre ellos 14 niños-, pasaron tres días refugiados en la cocina de la planta baja.

Los militares también tomaron el monte Ametzagaña, detrás del cuartel, donde posicionaron dos cañones de 155 mm y varias ametralladoras. Como les cortaron el suministro de agua, los militares obtuvieron allí el agua necesaria. También en esa zona, los soldados tomaron el asilo de Uba para protegerse de posibles ataques desde Martutene.

En el barrio de Gros, el miliciano Ceferino Rey murió a manos de francotiradores a la altura del nº 10 de la calle Miracruz. No lejos de allí, los milicianos hostigaban a los fascistas situados en el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Les atacaron con botellas incendiarias, quemando las oficinas y el bar del frontón. En la esquina de la calle Iztueta y el paseo de Francia (los jardines de la Estación del Norte), los militares colocaron una ametralladora con la que, además de matar a varios milicianos, impedían el paso de todo vehículo entre Gros y Egia.

El momento decisivo

Hacia las 04:00 de la mañana salió una columna del cuartel de Loiola, dirigiéndose por la orilla del Urumea hacia el centro de la ciudad (el barrio Amara Berri no existía). Los milicianos les dispararon desde la otra orilla. Creyendo que les disparaban desde el caserío Beroiz-enea (actualmente desaparecido, estaba en el recinto actual del campus de Deusto), los soldados les dispararon dos cañonazos y 125 balas, destrozándolo e hiriendo a sus residentes.

Al llegar al barrio de Amara, la columna se dividió. Una parte siguió por el paseo Árbol de Gernika y llegó sin problemas hasta el Hotel María Cristina. Pero la columna que entró en la calle Urbieta chocó con una firme resistencia a la altura de la calle Larramendi, donde tenía su sede (sobre el actual bar El Nido) el sindicato anarquista CNT, que organizó su defensa: cerraron por ambos lados la calle Larramendi con barricadas, se atrincheraron en el convento del Corazón de Jesús situado enfrente y en las Escuelas Públicas de la calle Urbieta. También colocaron vigías en los tejados de las calles Moraza, Urbieta y Larramendi, con explosivos artesanales y botellas incendiarias.

Eran las 04:30 cuando los militares se adentraron en la calle Urbieta. Cerca de la calle Moraza, los milicianos abrieron fuego. Los soldados, al no poder avanzar, entraron en grupos en varios edificios, como el Hotel Correo (esquina de calle Urbieta con calle Larramendi). También intentaron rodear la calle Larramendi por la calle Prim, pero fue en vano. Entonces, la tropa retrocedió hasta la plaza Centenario: desde allí, y desde el portal nº 42 de la calle Urbieta, bombardearon con morteros las barricadas de la calle Larramendi. Con un vehículo blindado ametrallaron los portales donde estaban los milicianos, que utilizaban colchones confiscados en las casas para protegerse. Los militares obligaron a varias personas a retirar las barricadas y a sacar a sus heridos de lugares peligrosos. Dentro de algunas casas hubo combates.

La CNT se estaba quedando sin municiones. Algunos milicianos fueron en un camión blindado improvisado al cuartel de la Guardia Civil de Ondarreta en busca de armas. En el cuartel, que estaba vacío, consiguieron unas cajas de granadas. Tan pronto como entraron en la calle Urbieta, los militares lo alcanzaron con fuego de mortero, destruyendo el camión, pero se salvaron las granadas, y con ellas contuvieron nuevos ataques fascistas.

Pero esas granadas también se acabaron. La situación era dramática. Entonces se produjo un giro inesperado: hacia las 09:00 de la mañana, entró en Amara un tren lleno de milicianos bien armados proveniente de Eibar. Estos no sabían qué encontrarían, pero reaccionaron rápidamente. Bajaron del tren y dispararon sobre los soldados, atrapándolos por la retaguardia por sorpresa. Los militares intentaron repelerlos en la calle Moraza, pero tuvieron que huir a Loiola, abandonando sus armas pesadas.

Dos columnas milicianas más, también procedentes de Eibar, aparecieron por Aldapeta cantando “La Internacional” y por la actual avenida Zumalakarregi en el Antiguo. Los milicianos de la CNT habían resistido durante cinco horas en un combate tan desigual como decisivo para el fracaso del alzamiento fascista en Donostia. El comandante Augusto Pérez Garmendia, al llegar a Donostia, ayudado por el comandante García Larrea, estableció su cuartel general en el nº 47 de la calle Easo.

Paralelamente, los sublevados lograron sabotear unas horas las instalaciones de la antena de la Unión Radio San Sebastián en el monte Igeldo. Los milicianos repararon las averías. Los militares dispararon entonces a la antena con un cañón de 155 mm desde Ametzagaña. No la alcanzaron de lleno por poco.

¿Qué sucedía en Alde Zaharra? Aquella mañana, unos 100 milicianos atacaron la Comandancia de Marina. Tras una breve lucha, la tomaron, pero no sin sufrir bajas. Condujeron a los oficiales de Marina capturados a la sede del UGT (nº 28 de la calle 31 de Agosto). Acto seguido, varios milicianos (entre ellos el abertzale Mario Salegi), armados en su mayoría con pistolas, atacaron el Club Náutico, al cual se acercaron protegiéndose tras un muro; corriendo y disparando a las ventanas, entraron por la planta baja y continuaron la lucha en el interior, apresando a varios guardias civiles. Poco después, se llevaron en txalupas a los prisioneros y a los heridos por las escaleras traseras del Club Náutico hasta el puerto, evitando los disparos del Casino.

Este constituía una posición muy difícil. Se habían realizado varios intentos para tomarlo, sin éxito. Los sublevados tenían tres ametralladoras pesadas apuntando al Boulevard, a la calle Mayor y a la zona del Club Náutico. Además, el Casino estaba rodeado de una valla de hierro, un obstáculo importante.

Aquella misma mañana, en Pasaia, los arrantzales del sindicato Avance Marino tomaron por sorpresa el Torpedero nº3. Obligaron al teniente de navío, Amador González-Posada, a llevarlo hasta Donostia, para ayudar en la lucha contra los fascistas. El militante de ANV José Placer Martínez de Lecea, gasteiztarra, se puso al timón. Hacia el mediodía, el Torpedero nº3 entró en la bahía de la Concha, disparando al Casino. No provocó grandes daños, sus cañones eran de pequeño calibre (47 mm), aunque debilitó la moral de sus ocupantes. Los cañones de 155 mm que los militares tenían en Ametzagaña abrieron fuego contra el torpedero sin alcanzarlo, pero forzándolo a salir de la bahía. El torpedero se situó en la Zurriola y bombardeó el Hotel María Cristina, causando escasos daños, pero desgastando la moral de los sublevados.

Otra columna procedente de Eibar (entre ellos 35 guardias civiles republicanos dirigidos por el comandante García Ezkurra) entró corriendo en el Boulevard por las calles Elkano y Garibai. Cubriéndose tras los árboles, se acercaron al Casino en medio de un violento tiroteo. Otros milicianos se les sumaron en el ataque por las bocacalles de Alde Zaharra. Ayudándose para alcanzar las ventanas, entraron en el Casino. Tras una lucha cuerpo a cuerpo, lo tomaron. Acto seguido, atacaron la Comandancia Militar, que se rindió inmediatamente.

El siguiente objetivo sería el Hotel María Cristina. Se emplearon todos los medios al alcance para someterlo: lo tirotearon (desde el Teatro Victoria Eugenia y alrededores), se utilizó un mortero capturado en Amara y se intentó incendiar el hotel empleando una bomba de los bomberos para lanzar el combustible (el conductor del camión cisterna murió en el tiroteo). Los fascistas colocaron rehenes en las ventanas del hotel para impedir los disparos milicianos. Varios rehenes murieron así, como Anastasio Carro, atrapados entre dos fuegos .

23 de julio, jueves: punto de inflexión

Por la mañana, los militares intentaron un nuevo ataque desde Loiola, pero el puente que une Loiola y Egia estaba prácticamente derruido por los explosivos de los milicianos, frustrando la ofensiva.

Paralelamente, los milicianos atacaron la ametralladora de la calle Iztueta (Gros) con un cañón de montaña desde el final de la calle Iparragirre, causando heridos en la posición. Finalmente, un miliciano lanzó dos bombas de mano por encima de la valla de los jardines y acabó con la ametralladora. Cerca de allí, quince milicianos atacaron a los atrincherados en La Equitativa. Colocaron un cañón enfrente, por detrás de un surtidor de gasolina cercano, mientras les disparaban desde el edificio. Los milicianos, sufriendo cuatro muertos, solo acertaron de lleno un cañonazo y tuvieron que retroceder. Al otro lado del río, hacia el anochecer, los sublevados del Hotel María Cristina se rindieron, al ver que no recibirían ayuda exterior. Los milicianos hicieron cientos de prisioneros. Viendo esto, bajo la presión de los milicianos, los sublevados abandonaron inadvertidamente La Equitativa, el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. No lejos de allí, tras un duro tiroteo, los militares se retiraron del convento de las Hermanas de los Pobres del alto de Aldakonea (Egia).

24 de julio, viernes: comienza el sitio de los cuarteles

Los militares se replegaron al cuartel, abandonando la posición de Ametzagaña, que fue inmediatamente ocupada por los milicianos. Comenzó el asedio de los cuarteles de Loiola. Los milicianos también tomaron posiciones en torno al asilo de Uba. Desde allí disparaban contra los cuatro obuses emplazados en el patio del cuartel apuntando a los fuertes de San Marko (Errenteria) y Txoritokieta (Astigarraga), en manos republicanas, impidiendo que los utilizaran. Era una situación paradójica en la que los sitiados estaban mejor armados que los sitiadores. Los milicianos emplearon todo medio a su alcance: bombardearon el cuartel con una avioneta civil pilotada por el concejal de Gasteiz Sebastián San Vicente, pero con escaso resultado.

Por otra parte, se clausuró “El Diario Vasco” (nº 37 de la calle Garibai) por orden gubernativa y su imprenta fue confiscada por complicidad con el alzamiento fascista. En su rotativa se comenzó a imprimir el periódico “Frente Popular”, publicado diariamente hasta la caída de Donostia en manos fascistas (13 de septiembre).

25 de julio, sábado / 26 de julio, domingo: asedio

Continuó el asedio. Se volvió a bombardear el cuartel: el sábado, con una avioneta civil, y el domingo, con un trimotor republicano procedente de Madrid. Además de causar heridos y daños importantes, debilitó mucho la voluntad de lucha de los soldados.

27 de julio, lunes: asedio

Los milicianos acarrearon un obús de 275 mm desde el fuerte de Guadalupe (Hondarribia). Lo colocaron en el alto de Amara. El primer disparo cayó delante del cuartel; el segundo, pasó por encima; el tercero y el cuarto, dentro. Muchos soldados desertaron. Ignacio Aramendi, soldado que estaba preso en el cuartel, fue enviado por los oficiales a la Diputación con una carta con las condiciones para su rendición.

28 de julio, martes: victoria popular

Tras varias negociaciones, los militares se rindieron oficialmente en el puente de Urdinzu, delante de los cuarteles, quedando completamente vencido el alzamiento fascista en Donostia. Lo hicieron ante una representación de la Junta de Autoridades, pues temían a los milicianos y buscaban la protección de una autoridad oficial. Los diputados Rafael Pikabea (PNV), Juan Antonio Irazusta (PNV), Miguel Amilibia (PSOE), Jose María Lasarte (PNV) y Manuel Irujo (PNV), además del comandante Augusto Pérez Garmendia y Jesús Larrañaga (PCE), representaron en este acto al pueblo.

Mientras, los milicianos anarquistas entraban en el cuartel por el puente de Espartxo (en la parte posterior) y se apoderaron de la mayoría de fusiles. Aquello produjo una crisis entre las fuerzas antifascistas, pero no fue a más. La CNT siempre puso aquellas armas al servicio de la lucha contra los sublevados. Los prisioneros capturados en Loiola fueron trasladados a la Diputación bajo fuerte escolta. Las banderas de los regimientos de artillería e ingenieros fueron colocadas en el balcón principal de la Diputación. Fue una victoria tan cara como efímera: duró hasta el 13 de septiembre. Pero fue, sin duda, una gran victoria popular, que merece ser recordada y celebrada.




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lunes, 6 de julio de 2026

Guerra | La Fiesta como Telón de Fondo

¿Qué ocurría en Iruñea en los días previos al levantamiento fascista en contra del gobierno de la Segunda República?

Recordemos que la violencia españolista estalló el 18 de julio, solo unos días después de celebrarse los Sanferminak de 1936, hace noventa años.

Pues bien, para arrojar luz a ese escenario, nada mejor que este reportaje publicado en Naiz:


La fiesta como telón de fondo de la conspiración que desató la matanza

Hace 90 años, los sanfermines se convirtieron en el telón de fondo de la conspiración que desató la matanza de 1936. Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de las fiestas como podían entre tormentas, el general Mola y el director de «Diario de Navarra» terminaban de definir en Iruñea la sublevación para acabar con la Segunda República.

Pello Guerra

Los sanfermines de 1936 se convirtieron hace 90 años en el telón de fondo en el que se terminó de definir la conspiración que, nada más terminar las fiestas, iba a desatar una matanza en el frente de guerra y también en la retaguardia, especialmente en el caso de Nafarroa, con más de 3.500 personas fusiladas en cunetas y montes.

Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de los principales actos de las fiestas, que por aquel entonces se extendían del 6 al 18 de julio, el gobernador militar de Nafarroa, el general Mola, y el director de “Diario de Navarra”, Raimundo García, más conocido como “Garcilaso”, se reunían en terrazas, en la plaza de toros o incluso en el claustro de la catedral para preparar la sublevación contra el Gobierno de la Segunda República española.

Cuando unos pocos meses antes, el 14 de marzo, Mola recaló en Iruñea como nuevo gobernador militar, en la sombra era “el Director”, es decir, el responsable de organizar el golpe de Estado con el que varios generales querían acabar con el Ejecutivo del Frente Popular, la coalición de izquierdas que había ganado las elecciones estatales de febrero de ese año.

En ese empeño, en la capital navarra iba a contar con el apoyo incondicional del director de “Diario de Navarra”, al que había conocido en la guerra de Marruecos y que conseguiría sumar a la conspiración militar al carlismo, que se estaba preparando para realizar su propia sublevación desde la misma proclamación de la República en 1931.

Ese apoyo de boina roja, al que se sumó Falange Española, fue uno de los diversos flecos de la conjura que se terminaron de cerrar durante los sanfermines de 1936, unas fiestas que empezaron marcadas por la meteorología.

De hecho, el día 5 estalló una tormenta tan fuerte que generó «desperfectos de gran consideración» en las barracas del Ensanche, hasta el extremo de que tuvieron que cerrar por inundación, según reseñó la prensa de la época.

Cohete a cargo de los Ilundain

Las nubes dieron un respiro la mañana del lunes 6 de julio, lo que permitió lanzar los cohetes que anunciaron el comienzo de las fiestas, una costumbre desarrollada por el estanquero de izquierdas Juanito Echepare.

Sin embargo, según la crónica de “La voz de Navarra”, ese año no se ocupó Echepare de tan celebrada tarea, sino Nicolás Ilundain, operario de la casa Oroquieta, y su hermano Miguel. Ambos dieron inicio a los sanfermines de 1936 en compañía de la chavalería y del exconcejal de Iruñea Javier Ciga; el presidente del Orfeón, Mariano Arteaga; y precisamente del periodista conspirador Raimundo García.

Tras el lanzamiento de los cohetes, varias bandas que estaban concentradas en la plaza Consistorial esperando el momento se diseminaron por la ciudad para animarla con su música.

A la tarde tuvieron lugar las vísperas, a las que asistieron el alcalde y los concejales de derechas, tras un improvisado “Riau-riau” sin corporación oficial, ni maceros, clarines y timbales, aunque sonando de fondo el “Vals de Astrain” y con la presencia de gigantes y cabezudos.

Ya por la noche regresaron las tormentas, que obligaron a suspender el lanzamiento de los fuegos artificiales, previstos, como era habitual, a las 22.00 horas en la plaza de la República (actual plaza del Castillo), al igual que la verbena.

De esta manera arrancaron unas fiestas en las que los encierros empezaban a las 7.00 de la mañana, las corridas de toros a las 16.30 (ese año estaban programadas cuatro y una novillada) y el encierrillo a las 22.30, y que contaban con actuaciones musicales en la citada plaza, en el paseo de Sarasate y en el bosquecillo de la Taconera.

En el Teatro Gayarre, ese año las compañías del María Isabel de Madrid y de Carmen Díaz pusieron en escena obras de Pedro Muñoz Seca y de Quintero y Guillén, mientras se proyectaban películas en el Coliseo Olimpia, el cine Novedades y al aire libre en la plaza del 22 de agosto (actual plaza del Vínculo).

Por su parte, los aficionados podían disfrutar de los partidos de pelota en el Euskal Jai y en el frontón Moderno (antecedente del actual frontón de la Mañueta), y en el Lawn Tenis Club había campeonatos de tiro al pichón. A lo que se sumaban las ya citadas barracas instaladas en el Ensanche y el Americain Cirque, que contaba con «feroces leones», cerdos saltadores, la Mujer Pájaro y los “clown” hermanos Díaz.

Noche «lamentable»

El martes 7 de julio se celebró el primer encierro después de unas animadas dianas, que entonces empezaban a las 6.00 horas. La carrera duró «un poco más de dos minutos», según los cronistas de la época, y al encierro siguió la suelta de media docena de vaquillas.

Los astados no llegaron a ser toreados por la tarde, ya que una nueva tormenta obligó a suspender la corrida, que se aplazó para el viernes día 10. Ese percance meteorológico no supuso ningún problema para la gente que estaba con ganas de juerga y que protagonizó una noche «alborotada y vergonzosa», en la que, según el cronista de “Diario de Navarra”, «las palabras soeces, las blasfemias, la carnavalada chapucera y destrozona fue la nota desagradable. Fue una noche lamentable».

El periodista de “El Pensamiento Navarro” prefirió quedarse con una imagen de «mucha animación», con las terrazas llenas y sonando por todas partes «charangas, chistus y cantos».

El miércoles 8, el encierro fue también especialmente rápido, «unos dos minutos», con los cabestros de Alaiza de nuevo marcando un ritmo endiablado a la manada, que se veía acompañada por «carreristas», según “Diario de Navarra”, y de «korrikalaris», según “La Voz de Navarra”, que en muchas ocasiones participaban en el evento elegantemente vestidos con americana.

Por fin lució el sol después de tres jornadas de «tormentas espantosas que convirtieron el antiguo Ensanche en una laguna», recordaba “El Pensamiento Navarro”.

Mientras la ciudad disfrutaba como podía de las fiestas, el general Mola seguía con sus planes subversivos aparentando la más absoluta normalidad. Se dejaba ver en los encierros, en la corrida de la tarde o en la terraza del Kutz, en la entonces plaza de la República. Pero, en realidad, no descansaba, ya que aprovechaba los encuentros festivos, como los eventos en la plaza de toros, para seguir conspirando con su hermano Ramón o los generales Joaquín Fanjul y Gregorio Benito.

El Carlismo se suma a la sublevación

El jueves 9, el encierro fue protagonizado por seis novillos. Uno de ellos se giró en la Estafeta para descender por el tramo de calle que ya había cubierto y hubo que ir a buscarlo con los mansos para conducirlo hasta la plaza, donde todavía se paró un rato en el coso.

Fue una jornada de frío que la gente que disfrutaba de las fiestas intentaba paliar «redoblando las raciones de churros y chacolí».

Ese mismo día, el claustro de la catedral de Iruñea fue escenario de una reunión trascendental. En ese encuentro participaron el general Mola, el director de “Diario de Navarra” y Tomás Domínguez Arévalo, el conde de Rodezno, destacado líder carlista. Este último se comprometió con el gobernador militar a que el requeté se sumaría a la sublevación militar de “el Director”. Mola acababa de conseguir el respaldo civil que quería para su alzamiento gracias a la decisiva intercesión de Garcilaso.

El viernes 10 no estaba previsto celebrar ni encierro ni corrida y, por ese motivo, se aprovechó el hueco para realizar el festejo que tuvo que ser aplazado el día 7. A las 7.00 corrieron por las calles de la ciudad cuatro de los ocho toros desplazados a Iruñea por la ganadería Albayda, ya que el resto había protagonizado el encierro del día del patrón.

Un corredor terminó con un tobillo roto al caerle sobre la pierna uno de los morlacos en Santo Domingo, mientras que a otro mozo un toro le partió la blusa en la plaza Consistorial. En la plaza de toros, un corredor cogió del rabo a un morlaco para que se volviera cuando ya iba a entrar en corrales, lo que llevó al redactor de “Diario de Navarra” a abogar, de forma expeditiva, por «coger al sujeto de los pelos y colgarlo después».

Ese día, Garcilaso se trasladó a Donibane Lohizune para comunicarle al líder de los carlistas, el regente Javier de Borbón-Parma, el acuerdo alcanzado por el conde de Rodezno con Mola en la catedral. Este fue uno de los varios viajes que realizó el director de “Diario de Navarra” para impartir instrucciones de la conspiración que estaba organizando el general.

Mientras la conjura seguía su curso, el Casino Principal y el Casino Eslava celebraron sus respectivos bailes anuales, que empezaban a media noche y se alargaban hasta más allá del amanecer para, a continuación, acudir los asistentes al encierro.

El sábado 11, el rápido encierro del día se celebró «en familia», ya que «el tiempo inseguro, con mucho frío» y con temporal en el Cantábrico había retraído la llegada de visitantes desde Gipuzkoa y Bizkaia.

El encierro más peligroso

El domingo día 12 se celebró el último encierro de ese año, que fue el más peligroso de las fiestas, ya que varias caídas en la entrada de la plaza dejaron a su paso un herido por asta, José María Istúriz, que fue trasladado a la clínica San Miguel, y 15 heridos leves. En el ruedo, el mayoral Moncayola tuvo que llevar a un toro rezagado a corrales.

Incluso «una espontánea intentó torear a los toros hasta que los agentes la retiraron», según recogía el redactor de “El Pensamiento Navarro”, que se quejaba de que «millares de personas» no habían conseguido acceder a la plaza para ver la carrera, por lo que pedía que se hiciera una mayor para atender a una demanda en aumento.

El 12 de julio fue una de las fechas barajadas por Mola para dar el golpe de Estado, que después pasó al 14, el 15 en el caso de África, y que llegó a retrasar a la madrugada del 21 al 22. Tras esas modificaciones, terminó fijándola para el amanecer del domingo 19.

El lunes 13 los que ocuparon la arena de la plaza de toros fueron los artistas del Americain Cirque, que congregaron a numerosas personas que tras la función, disfrutaron de las barracas o acudieron al teatro.

Ese mismo día, y aunque oficialmente las fiestas se prolongaban hasta el 18 de julio, el alcalde de Iruñea, Tomás Mata y Lizaso, hizo un balance de los sanfermines y se mostró «muy satisfecho por la forma en que han transcurrido». Y como muestra del «movimiento» registrado, destacó que entre el sábado y el domingo habían entrado en Iruñea 4.140 autos de turismo y 267 autobuses.

En cambio, el redactor de “Diario de Navarra” lamentaba «la libertad y tolerancia cada vez más peligrosa que disfrutan ciertas gentes que se creen que venir a Pamplona es a terreno conquistado».

Estos balances coincidieron con la difusión, tras pasar por la censura, de las noticias sobre dos muertes que tensionaron todavía más el panorama político. La noche del 12 de julio, el teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo, de ideología socialista, era abatido por cuatro pistoleros de extrema derecha en Madrid.

En respuesta, esa misma madrugada, un grupo de asalto y miembros de las milicias socialistas fueron a buscar a su domicilio al líder derechista José Calvo Sotelo y, mientras lo llevaban a la Dirección General de Seguridad, le dispararon en la cabeza.

La «palabra de honor» de Mola

Tras dos jornadas marcadas por el eco de esas dos muertes, el jueves 16, y «siguiendo la costumbre de años anteriores», la Comisión de Fomento del Ayuntamiento de Iruñea organizó en la plaza de toros otra función de circo «en beneficio de los niños y de la clase humilde», de tal manera que la entrada era gratuita, salvo las sillas de pista y palco.

Mientras esto ocurría en Iruñea, Mola se reunía con su superior, el general Domingo Batet, en el monasterio de Iratxe, en Lizarraldea. Acudió acompañado de su ayudante, Emiliano Fernández Cordón, y provistos con bombas de mano, por si se trataba de una emboscada, ya que Batet era fiel a la República. Este último le pidió a Mola que aclarase si eran ciertos los rumores de sublevación y este le respondió que de eso no había nada, y le dio su palabra de honor de que no estaba embarcado en ninguna aventura. Hizo estas afirmaciones en el mismo lugar donde se había reunido con varios cabecillas carlistas y falangistas para terminar de perfilar la sublevación. Tras ser informado de esos encuentros, el alcalde de Lizarra, Fortunato Aguirre, denunció lo que estaba ocurriendo al presidente del Consejo de Ministros español y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. Este último, lejos de tomar medidas, le aseguró que «Mola es leal a la República» y no hizo nada.

El viernes 17, y tras disfrutar el día anterior del circo, los chicos acogidos en la Casa de Misericordia pudieron degustar churros gratis en el recinto ferial y después disfrutaron «recorriendo todas las instalaciones de recreo».

El sábado 18, oficialmente último día de las fiestas, los sanfermines terminaron sin un acto especialmente programado, como venía sucediendo desde hacía años. Sin embargo, en esta ocasión se había decidido celebrar una verbena en beneficio de los barraqueros para paliar las pérdidas sufridas a causa de las fuertes tormentas registradas antes y durante las fiestas.

Pero ese baile se vio condicionado por la sublevación diseñada por Mola, que ya había comenzado en los cuarteles de África, aunque la prensa no había recogido la noticia.

Ese sábado, tres aviones aterrizaron en el campo de aviación de Noain. Se trataba de otros tantos pilotos de Cuatrovientos que habían desertado y viajado con sus aparatos a Iruñea para ponerse a las órdenes de Mola. El gobernador civil de Nafarroa intentó quedarse con los aparatos, pero Mola y los suyos les quitaron las hélices y las guardaron en los cuarteles.

Rodríguez-Medel, abatido a tiros

El general golpista se reunió ese día con el comandante de la Guardia Civil en el herrialde, José Rodríguez-Medel, que era fiel al Gobierno republicano y que ya había alertado de los preparativos de la conspiración sin resultado. En ese encuentro, Mola le informó de que iba a sublevarse en unas horas y le animó a sumarse, algo que Rodríguez-Medel rechazó.

Con la evidencia de lo que se avecinaba, el comandante se dirigió al Gobierno Civil, situado entonces en la avenida de Roncesvalles, para anunciar al gobernador, Mariano Menor Poblador, que la sublevación era inminente. Allí se intentó formar una especie de gabinete de crisis con varios líderes de izquierdas.

En ese encuentro, Rodríguez-Medel decidió trasladar a sus efectivos de Iruñea a Tafalla para organizar en esa ciudad la resistencia a la sublevación a la espera de recibir refuerzos de Zaragoza o Madrid.

De inmediato se trasladó al cuartel de la calle Ansoleaga, a donde iban llegando los vehículos para efectuar el traslado. Hizo formar en el patio a los guardias pero, cuando llegó el momento de salir para dirigirse a su destino, comprobó que no le obedecían. Intentó escapar en dirección a la plaza de San Francisco, pero fue abatido por la espalda con seis heridas de arma de fuego.

Su muerte fue un aldabonazo para los partidarios de izquierdas y nacionalistas vascos, que empezaron a escapar de Iruñea, convencidos de que su vida corría peligro. Entre ellos figuraba el gobernador civil, que salió hacia Donostia tras recibir el visto bueno de Mola, quien nombró como su sustituto a Modesto Font.

El nuevo gobernador civil ordenó clausurar todas las sedes de los partidos y sindicatos de izquierda y detener a quienes se encontrasen en esos lugares. La Casa del Pueblo fue asaltada de madrugada por miembros de Falange Española. Gente armada empezaba a recorrer las calles y se producían algunos tiroteos aislados, al mismo tiempo que comenzaban las primeras visitas a domicilios de partidarios de formaciones republicanas para ser detenidos y, en muchos casos, llevados a una cuneta para pegarles un tiro.

«Después de San Fermín nos matamos»

Con esta situación en las calles se llegó al domingo 19 de julio, día fijado por Mola para el golpe de Estado en la península. A las dos de la mañana sonó el teléfono en Capitanía. Era el nuevo presidente del Gobierno español, Diego Martínez Barrio, que acababa de sustituir a Santiago Casares Quiroga.

Quería hablar con Mola para intentar frenar la sublevación ya iniciada en África, pero era demasiado tarde y no tenía nada que hacer, ya que la conspiración llevaba su curso, con los talleres de “Diario de Navarra” imprimiendo en esos momentos el bando de guerra.

Unas horas más tarde, la compañía del Batallón de Cazadores Sicilia salía de su acuartelamiento, al mando del capitán Martín Rubio. Se presentó en la plaza del Castillo y allí, Rubio leyó ese bando de guerra.

A las 10 de la mañana, el propio Mola lo anunciaba a través de los micrófonos de Radio Navarra para después pasearse por la ciudad como amo y señor en compañía de su inseparable director de “Diario de Navarra”. La sublevación que habían terminado de pergeñar durante los sanfermines estaba en marcha y, con ella, la brutal represión ordenada por Mola para implantar una «atmósfera de terror».

Había llegado el momento que el escritor falangista Rafael García Serrano recogió en su novela “Plaza del Castillo”. Con los sanfermines como escenario, en sus páginas se refleja cómo en plenas fiestas, «en un bar, los comunistas proponían a Luis Pérez, jefe local de las milicias falangistas, la tradicional tregua de Baco: “Estamos en San Fermín; vamos a no reñir”. Y contestaba Luis Pérez acariciando la culata de su nueve largo: “Bueno, pero después de San Fermín nos matamos a tiros”».

Y así fue para la gente de izquierda y los nacionalistas vascos, como Juanito Echepare -en la portada de 7K- o Fortunato Aguirre, a los que esperaba la muerte tras las fiestas. Fueron dos de esos enemigos políticos que Mola había ordenado «eliminar sin escrúpulos», porque «no piensan como nosotros», en las directrices secretas del golpe que acabó de diseñar mientras en Iruñea se desarrollaban los sanfermines de 1936, los últimos antes de la matanza.




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jueves, 12 de febrero de 2026

Entrevista a Gabriel Rufián

Gabriel Rufián, como buen independentista catalán, siempre ha sido solidario con el pueblo vasco y con la lucha de otros pueblos en el mundo, como el palestino... o incluso el español.

Solo por eso, merece el beneficio de la duda con respecto al planteamiento que ha presentado para hacer frente al crecimiento de la derecha nostálgica del franquismo.

Es por ello que compartimos con ustedes esta entrevista concedida a El País:


Gabriel Rufián: “Soy independentista, pero tengo miedo como demócrata”

El portavoz de ERC en el Congreso promete hacer “todo lo posible” para frenar a la derecha. Y asume los riesgos políticos: “Si me cuesta el cargo, peores trabajos he tenido”

Sergio C. Fanjul | Xosé Hermida

Gabriel Rufián (Santa Coloma de Gramenet, 44 años) asegura que no pretende saltar a la política nacional ni encabezar una confluencia de todas las izquierdas del Estado. Pero el portavoz de ERC en el Congreso se dice con miedo ante un futuro gobierno de toda la derecha y por eso quiere hacer “todo lo posible” para que las formaciones soberanistas promuevan esa iniciativa. Sin arredrarse por los riesgos que corre: “Si me cuesta el cargo, peores trabajos he tenido”, dice.

Pregunta. ¿Qué es exactamente lo que propone?

Respuesta. Lo vengo diciendo desde el verano: si las fuerzas soberanistas, independentistas, desde Bildu a BNG, Compromís, Adelante Andalucía, ERC, podemos inventarnos algo para no dejar huérfana a la gente progresista del resto del Estado que no quiere votar al PSOE, me parece que es nuestra responsabilidad y casi negligente no hacerlo. ¿Y por qué? Porque lo que viene no es lo de siempre. Vienen ilegalizaciones, encarcelamientos, cierres de medios de comunicación, imputaciones a periodistas que no sean de la cuerda… Cosas muy chungas, como estamos viendo en otros sitios. Sé que esto probablemente me quemará, que en Cataluña van a escribir que esto es porque tengo miedo, me van a echar, que no voy a repetir… Pero en la calle se creen lo que digo, porque soy uno de los que tiene miedo. Y quien crea que lo que quiero es hacer de [Íñigo] Errejón o de Yolanda Díaz o no me conoce o me quiere vender como algo que no soy.

P. ¿Hay más gente detrás de esto o es solo una reflexión personal?

R. En los partidos lo habitual es decir “no, hombre, esto se tiene que hablar dentro”. Pero cuando tú hablas de algo fuera, casi siempre primero se habla adentro. Y los partidos muchas veces se mueven en base al ruido que hay afuera. Yo noto cierta lentitud o miopía hacia lo que está pasando. En Cataluña mucha gente no es consciente del peligro que hay. 

P. ¿No es sorprendente que un independentista haya ganado su popularidad en toda España?

R Para mí la clase trabajadora de Cornellá y de Vallecas es la misma. Y si puedo llegar a representar a esa gente, como lo he hecho estos seis años, es un orgullo y no me hace menos independentista. He dicho que nadie debe renunciar a lo que es, ni a sus siglas, ni a su proyecto. Soy catalán, independentista, pero tengo miedo como demócrata. Y voy a intentar hacer todo lo posible para frenar lo que viene. Ha habido un discurso independentista que en un momento dado quizá era excluyente, incluso ofensivo para con el resto. Se aprendió de eso y gente como yo estamos diciendo cosas más positivas.

P. Parece difícil llevar esto a la práctica.

R. Respeto a la gente de Sumar, creo que Pablo Iglesias es el mejor de nuestra generación, que Irene Montero es maravillosa… Pero esto tiene que ser ideado por formaciones soberanistas, no desde un despacho de una universidad de Madrid. Porque siempre ha pasado lo mismo y no funciona. Nosotros ya tenemos firmado un acuerdo de coordinación con BNG y Bildu y nos presentamos a las europeas de forma conjunta. Se trata de intentar avanzar en algo que ya existe. Y cuanto más se hable del cómo o del quién, menos se hablará del qué. O lo hacemos o nos pasan por encima. 

P. ¿Es verosímil en Cataluña una lista conjunta de ERC y Comunes?

R. Joan Tardà [exportavoz de ERC en el Congreso] lo ha verbalizado abiertamente: en Cataluña también tiene que haber una confluencia de fuerzas políticas de izquierdas. El cómo se lo dejo a las cúpulas de los partidos.

P. No parece que ni la dirección de ERC, ni Bildu, ni BNG estén por la labor.

R. A veces la dirección de ERC responde a titulares. En el congreso nacional una facción liderada por [Joan] Tardà presentó enmiendas que se votaron. Y Oriol Junqueras votó a favor. Es exactamente lo que estoy diciendo ahora.

P. No ganó.

R. Pero se votó y lo votó el presidente. Es falso eso de que yo estoy solo. ERC siempre ha tenido esta pulsión. Ya hace 90 años ayudó a otras formaciones de izquierdas del Estado.

P. ¿El reclamo independentista ha perdido fuerza? ¿Necesitan buscar otras banderas?

R. Sería renunciar a lo que somos. Tenemos que seguir defendiendo la autodeterminación de nuestros pueblos, pero entender también que la gente come cada día. Y contrarrestar cierto relato mágico que dice que con la independencia todo se arreglará. Pues depende. Evidentemente, si Cataluña tiene todos los recursos irá mejor. Pero si gobierna un partido de derecha o de ultraderecha y se recorta…

P. Hay quien interpreta que quiere dar el salto a la política estatal y encabezar esa confluencia.

R. Cuanto más diga que no, más se va a decir que sí. Humildemente, creo que he verbalizado lo que está en la calle. Y si me voy a mi casa, ya he hecho mucho más en política de lo que pensaba. Lo que no quiero es irme a casa pensando: “Te dedicaste a leer el argumentario que te pasaban”. Aquí estamos para pensar, aunque nos cueste el cargo. Si me cuesta el cargo esto, peores trabajos he tenido.

P. Una parte del independentismo no lo considera pata negra.

R. La pureza es para el aceite de oliva. Hay un independentismo de derecha, reaccionario, incluso fascista, que reparte carnets de catalán, igual que aquí reparten carnets de español. La diferencia entre Nogueras [Míriam, portavoz de Junts en el Congreso] y Ayuso es la bandera. Pero defienden las mismas políticas reaccionarias. 

P. En Instagram se encuentran todo el rato vídeos suyos, es uno de los grandes oradores ahí ahora mismo. ¿Qué importancia le da a eso?

R. La gente no se lo cree, pero no entro nunca en Instagram. El Twitter sí que lo manejo yo y en TikTok tengo un amigo que me cuelga los vídeos. Para mí el poder digital es el más importante actualmente y el que decanta la balanza, para bien y para mal. Es mucho más poderoso que cualquier otro: mediático, policial, judicial, político. El ejemplo paradigmático es, aparte de toda la mierda que vende la ultraderecha, el nuevo alcalde de Nueva York [Zohran Mamdani], que se declara abiertamente socialista y musulmán, y que gracias al poder digital y tres cosas muy sencillas —transportes públicos y comida y vivienda para todos— ganó las elecciones.

P. Ha destacado como orador, y buena parte de su discurso llega gracias a fragmentos en las redes. ¿Piensa en eso a la hora de escribir un discurso?

R. Yo nunca he hecho un curso de oratoria, ni de teatro. Pero soy obsesivo y pienso constantemente en mi trabajo y en mis discursos, que escribo yo. Me encantaría encontrar a alguien que escribiera como yo, porque me ahorraría mucho trabajo. Durante una época fui comercial y tenía un minuto para explicarme. Igual me viene de ahí. Marc Giró me dijo una cosa maravillosa: “¿Sabes por qué los hombres blancos, heteros y normativos hablan tan lento? Porque nadie nunca os interrumpe”. Yo intento no dar chapas. 

P. Pero le gusta leer grandes discursos de otras épocas.

R. Siempre. Soy un enfermo de la oratoria y he leído toda mi vida discursos de grandes oradores y oradoras. Salvador Seguí, Azaña, en su momento Rubalcaba… y otros de ahora. Me fijo mucho, aunque no esté del todo de acuerdo con las ideas. 

P. ¿Está la política demasiado teatralizada?

R. Creo que siempre ha existido una violencia verbal, mediática, política. A Suárez un poco más y le echan a pedradas de La Moncloa, y a Zapatero. Casi siempre sucede cuando gobierna la izquierda, que es cuando se dice eso de que “nunca hemos estado tan mal”. ¿La teatralización? Tenemos que intentar ser publicistas de lo que decimos, en el mejor sentido. ¿Por qué la derecha puede hablar de “la España que madruga”? Eso lo entiende todo el mundo. Pero nosotros no podemos decir “una familia, una casa”. Vamos a intentar competir en eso, para que se nos entienda. La gente no está para pensar en el fetichismo de la mercancía [de Marx] o para leer los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, sobre todo si tiene a El Xocas diciendo que los impuestos son un robo.

P. ¿Está habiendo una derechización del sentido común que deja poco margen a decir cosas de izquierdas?

R. Estoy de acuerdo con eso, pero creo que hay que ir más allá. La ventana se ha movido. Pero yo creo que está de moda ser un chungo, ser mala gente.

P. El malismo.

R. El hijoputismo. Es lo que está de moda. Y están pasando cosas terribles: la deshumanización que ha generado ver cómo se destripaba a niños en Gaza con bombas… y la gente presumía de ello. Eso se vota. Cuando [Isabel Díaz] Ayuso habla de “plataforma de frustrados” hablando de familiares de las víctimas de las residencias de Madrid, eso se vota. Lo de Trump… Ser mala gente te da votos. Ahora, también es responsabilidad nuestra: es un mal negocio decir a la gente que es idiota o que es fascista. Yo me niego a eso. La izquierda ha sido incapaz de darle un horizonte de futuro a la gente y la gente cuando no vota futuro, vota pasado, aunque sea un pasado inventado.

P. ¿Qué ofrecer a tantos jóvenes varones que optan por la ultraderecha?

R. La vivienda es clave, creo que muchos chavales que viven en una habitación que les cuesta lo mismo que a su padre el piso hace 10 años se van a poner a ver al youtuber de turno que les va a decir que la culpa la tiene su vecino, no su casero. El hecho de que la izquierda no solo no haya puesto fin, sino que haya fomentado esta especulación salvaje, explica muchas cosas. Mamdami ha ganado las elecciones con tres cosas muy sencillas. Hay que ir a la raíz del problema: que se deje especular con la vivienda y con la comida. 

P. Ha decidido tratar al agitador Vito Quiles con ironía, conversando por la calle… ¿Es el modo de enfrentarse a la ultraderecha mediática?

R. Es mera supervivencia. Quizás sea la persona que más les tiene encima. Si no les sale el primer vídeo bien, te siguen persiguiendo. Yo hice la reflexión y me puse en el lugar de mis compañeros del cole, progres, que no tienen ni pajolera idea de quién es Javier Negre, Bertrand Ndongo, ni Vito Quiles… Mal negocio sería tirarle el micro, agredirle o insultarle. Me dirían que por qué trato mal a ese chaval. Es justo lo que buscan. La gente no tiene tiempo de tener la información que nosotros tenemos. He tratado con mucho fascista en mi vida, así que entendí que la ironía y el sarcasmo era lo que les jodía. Como decía la Pantoja: “Dientes, dientes”.

P. Se le ha acusado de ser muy duro en las comisiones de investigación.

R. La primera vez que interrogué a Aznar, en 2017, un periodista, con el que ahora tengo buena relación, dijo: “Tiene la mirada de los asesinos del ISIS justo antes de degollar a un occidental en el desierto”. Ahí ya entendí de qué iba esto. Yo había estado frente a corruptos, ladrones, pero nunca había estado frente a alguien por cuya irresponsabilidad había muerto gente, como [Carlos]Mazón. En esa comisión yo venía de estar con mucha carga emocional, por haber estado hablando con familiares de las víctimas, y le tenía que decir lo que era: un negligente y un psicópata. Entonces, ¿soy duro? Pues muchísima más dura es la realidad. Y conozco el coste: artículos diciendo que soy tarado, hablando del decoro parlamentario…

P. ¿Qué es hoy ser de izquierdas y qué tendría que hacer la izquierda para salir adelante frente a la ola reaccionaria?

R. Me dijeron el otro día una frase maravillosa: ser de izquierdas es que la gente crea que si se cae por la calle, tú le vas a coger. Si piensas en Abascal, en Feijóo o en Ayuso… es que te van a pisar. Al final ser de izquierdas, tampoco hace falta filosofar mucho, es pensar en el otro. Igual que ser patriota: pensar en el otro. El otro es la patria.

P. ¿En términos políticos?

R. Si tú no garantizas unas mínimas condiciones vitales, de qué te sirven los grandes datos macroeconómicos. Si quieres comprar una vivienda que no sea para vivir, que te frían a impuestos para quitarte esas ganas de hacerte el rico con un derecho. Si usted se quiere hacer rico, compre otra cosa, no compre una vivienda. Frenar también los precios a según qué alimentos. Deberíamos haber legislado sobre eso. Y si no lo hacemos, pues nos iremos al carajo.

P. ¿Se puede parar esa ola reaccionaria?

R. Soy pesimista, que al final es una forma de realismo. Sería extraterrestre por mi parte decir que no están a las puertas y que es posible frenar a una perspectiva de voto de 200 y pico diputados. Pero mi responsabilidad es intentarlo. También me da la sensación de que hay mucha gente que quiere que sus proyectos políticos crezcan en base al sufrimiento que conllevará la entrada a esa gente. Yo me niego. Por ejemplo, al independentismo le iría mejor con un gobierno de PP y Vox. Sí, pero yo me niego a crecer en base al sufrimiento de la gente. Y ese “cuanto peor, mejor” no es solo patrimonio del independentismo. 

 

 

 

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sábado, 7 de febrero de 2026

Olano | Santoña

Desde el portal de Noticias de Gipuzkoa traemos a ustedes este texto acerca de un hito muy particular en el pasado reciente de la lucha del pueblo vasco por su autodeterminación.

Adelante con la lectura: 


Santoña

Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época

Markel Olano | Parlamentario de EAJ/PNV

En el libro Ajuriagerra, el Hermano Mayor, Eugenio Ibarzabal recoge una frase de Orwell que resume a la perfección lo que ocurrió en Santoña en 1937: “Hay que apoyar lo malo frente a lo peor”.

El denominado Pacto de Santoña es un episodio oscuro y ambiguo que ha sido utilizado sistemáticamente para deslegitimar al Partido Nacionalista Vasco. Sin ir más lejos, el propio Javier de Andrés, presidente del PP vasco, exigió recientemente al lehendakari Pradales que pidiera perdón por “la deserción y el abandono a la República española en Santoña en 1937”.

La tesis de determinados autores de extrema izquierda es que EAJ-PNV cometió un acto de traición a la República española al pactar una salida particular a espaldas del Gobierno republicano, provocando la caída del frente del norte.

Por otro lado, la tesis de autores de la derecha viene a decir más o menos lo mismo. Así, Carlos M. de Olazábal, parlamentario del Partido Popular, afirma: “El Pacto de Santoña fue una traición en toda regla al Gobierno de la República”. No obstante, llama poderosamente la atención que la tradición política más ligada al alzamiento fascista contra el Gobierno republicano acuse a EAJ-PNV de traición precisamente a dicho Gobierno. 

Cuando los extremos se ponen de acuerdo en mantener la misma tesis es porque, en el fondo, comparten un mismo marco: que en la Guerra Civil estaba en juego la victoria, en España, del fascismo anticomunista o del comunismo antifascista. Cualquier posicionamiento que se ubicara fuera de ese marco (geográfico e ideológico), más allá de resultar extremadamente incómodo, merecía la calificación de traidor sin ambages. 

Para la derecha fascista española resultaba muy incómodo un Partido Nacionalista Vasco democrático y ligado al catolicismo; y a la izquierda revolucionaria española le resultaba muy incómodo un nacionalismo vasco antifascista y humanista. Para ambos resultaba inadmisible un EAJ-PNV de obediencia vasca y solamente vasca. Por eso, sus herederos políticos simplifican de un modo idéntico un episodio extraordinariamente complejo, con el objeto de ensuciar el comportamiento de las y los nacionalistas vascos en un momento crucial de la historia de nuestro pueblo. 

Pero la realidad no es tan sencilla ni lineal. Sin echar balones fuera ni atribuir a otros la responsabilidad de las decisiones extraordinariamente difíciles que los principales dirigentes de EAJ-PNV asumieron en aquellos tiempos, es importante subrayar una serie de factores fundamentales que nos ayudan a establecer adecuadamente el contexto. 

En primer lugar, la Guerra Civil en Euskadi constató una tremenda desigualdad de medios militares entre los dos bandos, a consecuencia del sistemático incumplimiento del Acuerdo de No Intervención en España −de agosto de 1936− por parte de Alemania e Italia (también de la Unión Soviética en mucho menor grado), y por el embargo que de facto sufrió la República por parte, por ejemplo, de EEUU o del Reino Unido. Este desequilibrio dificultó extraordinariamente la defensa al Ejército vasco y facilitó que la aviación fascista bombardeara sistemáticamente distintas villas y ciudades de Euskadi, masacrando a la población civil ante la terrible impotencia y frustración de los principales responsables políticos vascos. En los momentos más críticos de la ofensiva franquista, el Gobierno Vasco imploró el suministro de armas y aviones al Gobierno de la República y la falta de respuesta adecuada aceleró la caída de Bilbao.  

En segundo lugar, el choque radical entre las agendas de las distintas sensibilidades dentro del bando republicano generó una tensión evidente. Mientras los gudaris nacionalistas mantenían la seguridad de los conventos, los ataques de las milicias anarquistas o comunistas a iglesias y religiosos proliferaron en España a partir de 1931. Mientras los responsables nacionalistas se comprometían con los derechos humanos −incluso de los presos afines al alzamiento−, los ataques de milicianos radicales a distintas cárceles de Bilbao provocaron el asesinato de 224 personas. 

Otra discrepancia de primer nivel giraba en torno a la aplicación o no de la política de “tierra quemada” a la retirada de las tropas de Eusko Gudarostea de suelo vasco. Mientras los máximos responsables nacionalistas se negaron a dinamitar las principales instalaciones industriales vascas, autoridades republicanas de primer nivel dieron órdenes expresas en sentido contrario. 

Es muy esclarecedora la motivación que el Comité Central del Partido Comunista de España ofreció el 15 de noviembre de 1937 para justificar la expulsión del secretario general del Partido Comunista de Euskadi y consejero de Obras Públicas del Gobierno Vasco, Juan Astigarribia: “(...) ha seguido una catastrófica actuación como miembro del Gobierno consistente en supeditar los intereses de las masas y de la revolución a la estabilidad del Gobierno”. Está claro, por lo tanto, que en la mente de muchos milicianos vascos no se priorizaba la defensa de Euskadi y de su población civil, sino la estrategia revolucionaria. Por ello, para el final de la Guerra Civil en Euskadi, la desconfianza entre las distintas sensibilidades políticas dentro del Ejército vasco se había agigantado. 

Tras la caída de Bilbao, la guerra en Euskadi había acabado. Es un momento crítico en el que una parte importante de la Eusko Gudarostea nacionalista mostraba claras intenciones de rendirse para no continuar la lucha en tierra no vasca. Esta cuestión era de gran importancia porque podía poner en peligro la capacidad del Ejército vasco de proteger a la población civil vasca desplazada a Santander y Asturias (unas 50.000 personas). La situación era desesperada.

En ese momento, aprovechando la relación que tenían con el Vaticano, los máximos responsables políticos de EAJ-PNV comenzaron a negociar una rendición con el Gobierno italiano. 

El objetivo fundamental era, en primer lugar, lograr la evacuación de la población civil vasca y, en segundo lugar, preservar la vida de la mayor parte de los cuadros y soldados de Eusko Gudarostea (unos 20.000) que se fueron concentrando en torno a Santoña. 

El Pacto se firmó, pero no se pudo cumplir principalmente por el retraso en la llegada de los barcos, la presencia del lehendakari Aguirre en Santander o el retraso en la llegada de los gudaris a Santoña. 

Era una situación endiablada en la que, como dice el parlamentario Jon Andoni Atutxa, el momento óptimo para los italianos no era el mismo que para los vascos: “Ningún trato con los nacionalistas tendría valor estratégico (para los italianos) cuando todo el frente santanderino se hubiera derrumbado”. 

Sin embargo, para las autoridades del EBB, “con varias decenas de miles de refugiados en Santander y Asturias, rendirse antes implicaba condenarlos a unas más que seguras represalias (por parte de los milicianos republicanos) y en el ánimo de las autoridades nacionalistas estaba la salvaguarda de las vidas de la población civil y de los jóvenes que tomaban parte en la lucha” (Crónica de la Guerra Civil de 1936-1937 en la Euzkadi peninsular). 

Tal y como refleja Eugenio Ibarzabal, Ajuriagerra estaba convencido de que la única salida de unas tropas extenuadas y desmoralizadas era la entrega a las italianas como mal menor. 

Su preocupación era, ante todo, “encajar las piezas de la evacuación de los civiles con la rendición de los militares, justificada como victoria militar de los italianos”. Esto fue Santoña. 

Por lo tanto, en ese momento crítico de la historia del Pueblo Vasco, Juan Ajuriagerra fue leal a su Pueblo, leal a los más vulnerables y leal a la juventud vasca que dio su vida para defender su patria. Ajuriagerra, al final de la guerra, fue consecuente con los motivos que llevaron a EAJ-PNV a participar en la contienda. Él mismo los sugiere ya desde la cárcel: “Solo por razones propias los vascos fuimos a la guerra; no fuimos a ella por ninguna razón de lealtad a ningún gobierno por legítimo que fuera”. 

El 23 de agosto de 1937, Juan Ajuriagerra se despidió en Sara de Joxe Migel Barandiaran (al que dijo: “A mí me toca morir primero”) y embarcó en el aeropuerto de Biarritz para aterrizar en la playa de Laredo. Ese día los miembros del EBB echaron a suertes determinar los burukides que habían de quedarse corriendo la suerte de los gudaris y los que habían de salir al extranjero para proseguir la guerra contra el franquismo. Fueron los únicos líderes políticos del bando republicano que lo hicieron. Su heroísmo les aportó credibilidad y autoridad moral para liderar la lucha antifranquista en las cárceles y en las primeras décadas de la dictadura. 

Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época. En los momentos de polarización extrema surgen situaciones en las que se ponen a prueba elementos nucleares de nuestra tradición política. Ayer como hoy, cuando la polarización hace que la visión autoritaria predomine en los dos extremos, es momento de apostar por los valores democráticos y humanistas. Cuando el enfrentamiento se agudiza en marcos que superan los límites de nuestro país, es momento de preservar los pilares fundamentales de nuestro pueblo para que no se ponga en riesgo su pervivencia futura.





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jueves, 1 de enero de 2026

Cuadra | The Exterminator

Desde el portal de Periodismo Alternativo traemos a ustedes el artículo de opinión que Sabino Cuadra le dedica al muy españolista exterminador Javier de Andrés.

Aquí lo tienen:


Javier de Andrés (PP): The Exterminator

Cuando De Andrés habla de exterminar, sabe a qué se refiere. Los orígenes de su partido se remontan a la creación en 1976 de Alianza Popular (AP), de la que el PP fue su heredero

Sabino Cuadra

Javier de Andrés, presidente del PP de la CAV, lo afirmó sin siquiera despeinarse. Fue en el pleno del Parlamento de Gasteiz del 18 de diciembre pasado al referirse a EH Bildu: “Más pronto o más temprano será exterminada de Euskadi como fuerza política”. A estos efectos, el diccionario de la RAE define el verbo exterminar como “matar o eliminar por completo de un lugar un conjunto de seres vivos”. Sus sinónimos son: “aniquilación, destrucción, genocidio, masacre, matanza”.

Más tarde, De Andrés rectificó lo dicho afirmando que “quizá la palabra exterminio no fue la más acertada”, pero la corrección fue tan solo cuantitativa, no cualitativa. No hubo disculpa ni retractación alguna. Por su parte, el Parlamento (PNV, PSE-EE) rechazó amonestar o sancionar al dirigente del PP. Todo quedó en un llamamiento a la responsabilidad de los grupos a la hora de hacer sus intervenciones. Adivina, adivinanza: ¿qué hubiera pasado si una frase similar la hubiera dicho EH Bildu?

A De Andrés no se le escapó lo que dijo sin haberlo pensado antes. Él es licenciado en Ciencias de la Información y ha tenido responsabilidades importantes en esta materia en la Diputación de Araba y en su propio partido. Es decir, sabe perfectamente medir sus palabras cuando habla. Es su oficio. Por otro lado, caso improbable de que hubiera sido un desliz, esto no sería sino señal de que su materia gris está infectada de virus nazis.

Cuando De Andrés habla de exterminar, sabe a qué se refiere. Los orígenes de su partido se remontan a la creación en 1976 de Alianza Popular (AP), de la que el PP fue su heredero. La fundaron los denominados “siete magníficos”, presididos por Manuel Fraga Iribarne, de los que seis habían sido exministros franquistas y espadas destacadas de aquella criminal dictadura. A esta sí que sentaban como un guante los sinónimos comentados: aniquilación, destrucción, exterminación, masacre, matanza. Pero no, no fue un lapsus linguae.

Esto de exterminar, de todas formas, viene de lejos. Así, en la propia Biblia (Éxodo 12:23), al relatar la última de las plagas que Yahvé envió contra el faraón, se menciona al ángel exterminador que éste envió para dar muerte a espada a todos los primogénitos de las familias egipcias. Algo parecido al actual Netanyahu, enviado también por Yahvé para acabar, no solo con los primogénitos, sino con todo el pueblo palestino.

Unos pocos miles de años después, en julio de 1936, otro enviado celestial (“Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de dios”, se leía en las monedas en curso), fue entrevistado por el periodista Jay Allen. Éste le preguntó cuánto duraría aún aquella matanza, a lo que el invicto contestó: “Salvaré a España a cualquier precio”. El periodista insistió: “¿Significa eso que tendrá que matar a media España?”, y Franco, sonriente, afirmó: “Le repito, a cualquier precio”. Su colega en aquella sarracina, Emilio Mola, tenía la misma opinión: “Habrá que eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Esa ideología criminal atravesó la transición de los 70 y ha llegado hasta nuestros días con todas sus desvergüenzas. Hace cinco años, el general retirado del Ejército del Aire, Francisco Beca Casanova, envió un watshapp a un amplio grupo de ex colegas de su XIX promoción, en el que afirmaba: “No queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de rojos, niños incluidos”. Nadie del grupo le recriminó nada, sino todo lo contrario. Alguien apostilló: “¡Que Franco fusiló a mucha gente en la guerra y los años siguientes!. Mi respuesta es que fueron muy pocos viendo la catadura de estos hijos de puta”. Remitido el chat al Tribunal Supremo por ser considerado como un posible delito de odio, éste se archivó por entenderse que aquello eran simples opiniones dadas “en la confianza de estar entre amigos… sin que exista voluntad alguna de publicitarlas fuera de ese ámbito privado”.

En lo concreto, si bien es imprevisible saber cómo será el futuro inmediato, lo cierto es que el avance político, social e institucional de una ideología racista, gran española, recortadora de libertades y derechos sociales, machista, autoritaria y belicista es indudable. Ante ello, de poco vale la estrategia de afirmar “que viene el lobo”, pues a la vista está (Extremadura…) que de poco está sirviendo. No solo eso, sino que, si la respuesta se queda ahí, sin intentar generar dinámicas sociales, esta solo servirá para atemorizar a la población, favorecer su pasividad y extender el sálvese quien pueda, sin que importe para ello dar codazos a la de al lado o deslizarse hacia la derecha a fin de conseguir una vacuna que nos inmunice ante los virus fascistas que llaman a nuestra puerta.

Es preciso apostar por levantar muros sociales de contención y espacios de respuesta frente a lo que viene y ya tenemos aquí. Los aires reaccionarios que soplan en el marco internacional, europeo y estatal afectan también a Euskal Herria. El termómetro debe medir no solo lo que dicen las encuestas electorales, sino tomar en primer término la temperatura de los problemas vividos en los distintos ámbitos sociales: precariedad, vivienda, euskera, libertades, machismo, violencia…

Euskal Herria sabe mucho de esto. Las pasadas luchas contra la central nuclear de Lemoiz, nuestro rechazo mayoritario a la OTAN, el ser capital mundial de la insumisión frente al ejército y el militarismo, la permanente pelea por la oficialidad y normalización del euskera, o las recientes y masivas movilizaciones feministas, en solidaridad con Palestina y el movimiento de las personas jubiladas marcan el camino. Se trata de que, una vez más, los bueyes tiren del carro, y no al revés. Es preciso levantar muros sociales lo más amplios posibles que huyan de la propia autoafirmación, pero también de la vaciedad de las grandes declaraciones que flotan en el aire sin bajar a la calle. Claro está, esto es muy fácil decirlo y no tanto hacerlo. Pero esa es la apuesta.

 

 

 

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domingo, 28 de diciembre de 2025

Estévez | Las Matxinadas en Euskal Herria

Desde las páginas de Deia traemos a ustedes este texto de Xosé Estévez que abunda en un tema que ya se ha tocado anteriormente en este blog, el de las insurrecciones conocidas como Matxinadas. Pero el tema no queda ahí, Estévez lo extrapola a la situación que se vive actualmente en el mundo.

Aquí la información:


Las Matxinadas en Euskal Herria

Xosé Estévez

Me he decidido resumir esta obra editada por Txalaparta para hacerla divulgativamente asequible, con sabor de actualidad.

La sociedad vasca de la Edad Moderna presentaba paralelismos con otras sociedades del entorno, pero también ofrecía singularidades no sólo en virtud de la estructura económica, de su configuración social, de su evolución demográfica y de su trayectoria histórica, sino especialmente debido a su peculiaridad político-administrativa-institucional, la foralidad, de su cultura original, principalmente la lengua euskerica, de la persistencia del derecho pirenaico, de la resistencia a conquistas y dominaciones y de su situación dependiente de dos Estados. 

No convendría tampoco olvidar que esa sociedad vasca, aparentemente estable, mostraba una situación engañosa. Bajo el manto falazmente igualitario de la hidalguía universal se escondían desigualdades sociales. Es indubitable la existencia de campesinos con escasos predios o ninguno, sirvientes, morroi e incluso collazos. En la propia familia se podían producir diferencias entre el ostentador/a del mayorazgo y el resto de los hermanos, obligados a elegir la clerecía, la burocracia, el ejercicio de las armas, la emigración o la supeditación al jauntxo. Por otra parte, no cabe negar la existencia de una oligarquía dirigente, progresivamente detentadora del poder. Es interesante mencionar también los fuertes lazos de solidaridad comunal existentes en las poblaciones vascas. Y no deberíamos ignorar la lucha por el poder entre grupos oligárquicos en determinadas zonas.

Cualquier sociedad, por el hecho de serlo y estar conformada por seres vivos, incluye siempre una tensión latente. Si está veteada por una gran desigualdad y las posibilidades de superación de esa situación o de ascenso están bloqueadas o no existen canales neutrales para encauzar las disparidades, injusticias y reivindicaciones por las vías pacíficas (pleitos, concordias, acuerdos), los conflictos aparecen ineludiblemente. A veces los enfrentamientos se dirimían en los tribunales, pero no era lo habitual. Para que estallase un conflicto solapado en violencia abierta era preciso no solo un caldo estructural de cultivo, sino que, además, emergiesen precipitantes coyunturales y algún detonante, a veces anecdótico, para la eclosión final. Si añadimos que Euskal Herria estaba constreñida y dividida entre dos Estados, aún contando con la foralidad, que la dotaba de un margen notable de autogobierno, muchas tensiones derivaban o se originaban en motivaciones políticas. Por ello, los conflictos en Euskal Herria son muy complejos.

Sería pertinente establecer una triple gradación, tanto en la conceptuación como en la terminología. Las revueltas, motines, algaradas, levantamientos etc. formarían parte de un primer estadio, “de baja intensidad”, caracterizado por ser estallidos sociales, momentáneos, espontáneos, breves, que protestan contra un hecho concreto (impuesto, carestía, subida de precios....). La rebelión o la sedición supondría un levantamiento más persistente, dirigido contra las autoridades con el fin de dar un giro parcial al sistema de gobernar o sustituir algún cargo malquerido. Por último, la revolución conllevaría el intento consciente de transformar radicalmente el sistema social y de gobierno.

También sería necesario advertir que la explosión violenta de un conflicto precisa de un triple proceso secuencial. En primer lugar, unos condicionamientos estructurales de avasallamiento persistente. A ello habría que añadir algún fenómeno acosador coyuntural: malas cosechas, epidemias, precios altos de las subsistencias básicas etc., que actúan como engendradores e incrementadores del cabreo generalizado. Finalmente, un incidente azuza como catalizador y detonante del estallido violento. 

No es despreciable analizar el rumor y el pasquín como potencia histórica, puesto que actuaba como amplificador y difusor del conflicto, con fake news incluidas, como las actuales.

Nadie se lanza al ruedo de la disputa por espíritu de aventura, por afán de protagonismo o por avidez de esparcimiento. Cuando alguien inicia el camino de la contienda, es porque se halla impelido por ineludibles condicionamientos y por poderosísimas razones de toda índole.

En mi larga trayectoria como docente siempre apliqué a la hora de analizar cualquier acontecimiento histórico una metodología sencilla y lógica. Influyó en mi la metodología derivada de la escuela marxista heterodoxa inglesa y la integral de la Escuela Francesa. El procedimiento analítico adquirido integraba tres elementos a examinar: contexto o causas, desarrollo y consecuencias. Las primeras incluían las precondiciones estructurales de largo alcance, los factores coyunturales de medio e inmediato plazo y el detonante. El segundo paso contenía el desarrollo del conflicto que implicaba estudiar sus fases, objetivos, protagonistas, papel de los líderes, reivindicaciones, rumores etc. El último elemento a considerar eran las consecuencias: demográficas, económicas, sociales, políticas, ideológicas, logros, cambios, represión, damnificados, beneficiados etc.

En Euskal Herria durante los siglos XVI y XVII los conflictos en general se mantuvieron dentro de unos límites soportables en gran parte debido a lo que el historiador Thompson ha denominado “la economía moral de la multitud”, es decir, la existencia de una norma no escrita tradicional, según la cual los precios de los productos de primera necesidad, especialmente los cereales, debían ser justos y razonables.

En el siglo XVIII, sin embargo, se produjeron cambios notables que alteraron la situación. Entre ellos los siguientes:

La oligarquización creciente de los ayuntamientos y Diputaciones.

La venta y privatización de los bienes comunales concejiles, de los que disfrutaban libremente los vecinos mediante roturaciones, pastizaje, leña y carbón.

La liberalización de los precios de los cereales en 1765, que benefició a los especuladores y perjudicó a las clases más menesterosas.

Los enfrentamientos internos entre los diferentes grupos oligárquicos, principalmente la burguesía mercantil e industrial costera y los jauntxos rurales.

El paulatino endeudamiento y aumento de la presión fiscal por parte de los Ayuntamientos para realizar pagos extraordinarios, sobre todo los provocados por las guerras.

El intervencionismo centralista de las dos Coronas borbónicas, la española particularmente.

El control del contrabando, una importante fuente de ingresos para los habitantes de los territorios vascos, por parte de las Hacienda Real.

La eclosión revolucionaria de 1789 que penetró con mal pie en Euskal Herria en la Guerra de la Convención (1793-95). Los revolucionarios galos entraron a sangre y fuego en Iparralde. Invadieron por las armas gran parte de Hego Euskal Herria alardeando de ser ciudadanos libres e iguales. De la sorpresa se pasó a la confrontación.

Euskal Herria ha hecho gala, tanto en su fina epidermis como en el núcleo duro de su dilatado proceso histórico, de una afilada sensibilidad frente a injusticias, y agravios. Se ha dotado de una contumaz rebeldía ante cualquier intento de conculcación de sus derechos y ha hecho frente a las tentativas de dominación, conquista e imposición.

Este libro puede suponer un aviso a navegantes actuales, pues la historia suministra claves para entender el presente y encauzar el futuro. El caldo de cultivo de una algarada, revuelta o revolución es un mar en calma aparente. Pero, si bajo la superficie deambulan acechantes estos cuatro tiburones: desigualdad, opresión, pobreza e injusticia, y la coyuntura es idónea, cualquier detonante provoca la violenta respuesta. De todas maneras, en las democracias actuales, con unas clases medias enojadas e inermes ante los retos actuales y con un humor social exasperado, las alteraciones son mucho más complejas y más difíciles de analizar en su etiología, sintomatología, morfología. El fascismo contamina tanto que hasta los pobres quieren ser fascistas. Hay algo peor que vivir explotado y es votar por el explotador. Ciertamente el ascenso de neofascismos excluyentes, de liderazgos infamantes, de izquierdismos desorientados, de imperialismos agresivos, de colonialismos expoliadores, de neoliberalismos depredadores, de pseudodemocracias autocráticas, de teocracias solapadas, de nacionalismos subestatales ninguneados, de diferencias sociales crecientes y de democracias debilitadas existe un caldo de cultivo preocupante. El trumpismo es el nuevo covid infeccioso, de tal manera que la combinación de intimidación legal y extralegal, la subversión de la legitimidad, la exclusión institucional, el incremento del militarismo y el culto a la personalidad configuran un ecosistema donde la información crítica es tratada como sedición. Semeja que en el mundo actual hay dos modelos: o avanzar para atrás o retroceder para adelante.

 

 

 

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miércoles, 3 de diciembre de 2025

Lakua Pisoteó a Sobrevivientes de Gernika

Unos se dicen nacionalistas vascos, otros, insisten en que son socialistas y obreros españoles.

La realidad es que tanto unos como otros son lacayos de La Zarzuela, politiqueros de tercera funcionales al franquismo en su derivación borbónica.

Solo así se puede entender esto ocurrido durante la profanación con su sola presencia de Felipe Borbón y Grecia a la memoria de las víctimas del régimen del que él es heredero y que se denuncia en Naiz:


Acusan a Lakua de acallar a una víctima en el acto de Gernika

Monika Aperribai ha denunciado que los organizadores del homenaje a las víctimas del bombardeo de Gernika trataron de acallar a su padre, un superviviente del ataque fascista que «no olvidará lo que le han hecho aquellos a los que se les llena la boca cuando hablan de reconciliación y perdón».

El pasado 28 de noviembre, el cementerio de Zallo acogió un homenaje a los supervivientes del Bombardeo de Gernika. Un acto al que acudieron el presidente de la República Federal de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, que realizó una petición de perdón ante el brutal crimen fascista, y el monarca español, Felipe de Borbón, que se limitó a guardar silencio, inmóvil a unos metros. 

Allí estaba Emilio Aperribay, un superviviente del ataque al que los organizadores del evento, entre ellos el Gobierno de Lakua y el Ayuntamiento de Gernika, trataron de acallar, tal como ha denunciado su hija Monika Aperribai en una carta publicada en NAIZ. 

«Lo que hicieron con un hombre nonagenario no tiene ninguna justificación», ha destacado, haciendo hincapié en que su padre cuenta «con una trayectoria de reivindicación, defensor nato de la paz, de la verdad, la justicia, de la reparación. Una víctima que acude y se implica en casi todos los actos relacionados con la Memoria Histórica y se preocupa por transmitirla, alguien que padeció una guerra, un exilio, silencio, miedo, una dictadura, alguien que se emociona porque tiene sentimientos».

Ha señalado que en el acto solo había tres supervivientes, dos mujeres y su padre; «y hubo algunos, muy pocos son los que quedan ya, que quisieron asistir y no se les permitió». «Pues bien, a Emilio le invitaron finalmente desde el Gobierno Vasco la víspera del acto a última hora de la noche porque yo, su hija, llevaba quince días gestionando para que él acudiera al acto y entregarle al presidente de Alemania un mensaje de agradecimiento por volver a manifestar su empatía con la Villa y repulsa por lo que sucedió hacía 88 años», ha apuntado.

Y ha censurado que «esto es lo que pasó porque lo pensaron así: Bueno, te invitamos, Emilio, eso es lo que quieres y creemos que te lo mereces, pero tú confórmate con ir, nada más porque no contábamos contigo. Eso sí, que no se te vea, tú no existes, no tienes voz y no eres nadie».

«A Emilio se le ninguneó, se le arrinconó», ha señalado, y ha criticó que el viernes «quedó claro lo que ya, por desgracia, sabemos. Hay categorías  de víctimas. Hay víctimas importantes, y las hay invisibles. Hay víctimas que no hacen sombra a los políticos y otras que pueden ser incómodas».

«A Emilio aquel día de 1937 unos pilotos nazis, con la connivencia del dictador, le quisieron aniquilar con bombas como al resto de los habitantes de la Villa. Este pasado viernes, unos señores con traje y corbata, algunos de ellos a los que él da su voto porque confía en ellos, le aniquilaron con balas directas al alma. Qué poca humanidad, qué poca moral», ha subrayado antes de advertir de que «Emilio no olvidará lo que le han hecho aquellos a los que se les llena la boca cuando hablan de reconciliación y perdón». 

«Sería coherente que los que fueron conocedores y permitieron aquello reflexionaran, aunque sea en su fuero interno, aunque eso suponga no ser capaces de verbalizarlo ni reconocerlo abiertamente. Que fueran conscientes de que lo que hicieron fue un error, una torpeza y una carencia de valentía por parte de alguno de ellos que no fue capaz de imponer justicia e igualdad».


Aquí la carta íntegra:


Homenaje a los supervivientes Bombardeo de Gernika 

Monika Aperribai

El viernes pasado, 28 de noviembre del presente, en el cementerio de Zallo (Gernika) se homenajeaba a los supervivientes del Bombardeo de la Villa.

La presencia del presidente de la República Federal de Alemania, D. Frank-Walter Steinmeier, fue un hecho muy significativo.

Iba a renovar el gesto que en 1997 tuvo su homólogo Roman Herzog, al pedir perdón por la masacre que la Legión Cóndor de la Alemania nazi realizó sobre Gernika el 26 de abril de 1937.

También apareció por allí, con cara de póquer y sin despegar los labios, el hijo del emérito y heredero del franquismo.

No sabemos a qué vino..., ¿a provocar? ¿A ver qué pasaba? ¿A lavar la imagen de la monarquía? ¿A pasearse? 

En fin, sin más.

El caso es que la organización del evento, entre ellos el Goberno Vasco y el Ayuntamiento, cometieron una gran torpeza y una gran falta de educación y respeto. Lo que hicieron con un hombre nonagenario, Emilio Aperribay, superviviente del bombardeo de Gernika, no tiene ninguna justificación.

Una víctima de aquel cruel ataque con una trayectoria de reivindicación, defensor nato de la paz, de la verdad, la justicia, de la reparación. Una víctima que acude y se implica en casi todos los actos relacionados con la Memoria Histórica y se preocupa por transmitirla, alguien que padeció una guerra, un exilio, silencio, miedo, una dictadura, alguien que se emociona porque tiene sentimientos.

En el acto solo había tres supervivientes, hubo algunos, muy pocos son los que quedan ya, que quisieron asistir y no se les permitió. Dos mujeres encantadoras y Emilio.

Pues bien, a Emilio le invitaron finalmente desde el Gobierno Vasco la víspera del acto a última hora de la noche porque yo, su hija, llevaba quince días gestionando para que él acudiera al acto y entregarle al presidente de Alemania un mensaje de agradecimiento por volver a manifestar su empatía con la Villa y repulsa por lo que sucedió hacía 88 años.

Este mensaje se lo hizo llegar, finalmente, al presidente Alemán, el cónsul de Alemania, Michael John Voss, que se portó como un señor desde el comienzo de las gestiones y al que estamos muy agradecidos.

Y esto es lo que pasó porque lo pensaron así: Bueno, te invitamos, Emilio, eso es lo que quieres y creemos que te lo mereces, pero tú confórmate con ir, nada más porque no contábamos contigo.

Eso sí, que no se te vea, tú no existes, no tienes voz y no eres nadie.

Es más, en el cementerio, además de haber cantidad de gente, también había unos quince jóvenes, algunos eran alemanes y otros euskaldunes que pertenecían a un grupo de intercambio cultural.

Es decir, se había decidido invitar a personas más importantes que a los pocos supervivientes que se quedaron fuera.

Pues así fue, en este caso, a Emilio se le ninguneó, se le arrinconó.

Quedó claro lo que ya, por desgracia, sabemos. Hay categorías  de víctimas. Hay víctimas importantes, y las hay invisibles.

Hay víctimas que no hacen sombra a los políticos y otras que pueden ser incómodas. 

A Emilio aquel día de 1937 unos pilotos nazis, con la connivencia del dictador, le quisieron aniquilar con bombas como al resto de los habitantes de la Villa. Este pasado viernes, unos señores con traje y corbata, algunos de ellos a los que él da su voto porque confía en ellos, le aniquilaron con balas directas al alma.

Qué poca humanidad, qué poca moral.

Sería coherente que los que fueron conocedores y permitieron aquello reflexionaran, aunque sea en su fuero interno, aunque eso suponga no ser capaces de verbalizarlo ni reconocerlo abiertamente.

Que fueran conscientes que lo que hicieron fue un error, una torpeza y una carencia de valentía por parte de alguno de ellos que no fue capaz de imponer justicia e igualdad.

Emilio no olvidará lo que le han hecho aquellos a los que se les llena la boca cuando hablan de reconciliación y perdón. 

 

 

 

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