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martes, 13 de enero de 2026

El Bronce del Príncipe

Aprendamos detalles interesantes de la historia del Reino de Navarra recurriendo a este reportaje que nos ofrece una visión más clara de la estatua del Carlos de Trastámara, el Príncipe de Viana, en Eriberri.

Aquí lo traemos a ustedes desde las páginas de Naiz: 


Los enigmas de la escultura de bronce del Príncipe de Viana en Erriberri

El Príncipe de Viana es la figura más singular del independentismo navarro. Un hombre de letras llamado a encarnar la pena de la pérdida del reino. Erriberri ha colocado su retrato en bronce junto al Palacio. Un viejo profesor le ha dado forma y lo ha cargado de enigmáticos símbolos.

Aritz Intxusta

La plaza de Erriberri tiene un viandante más, una figura broncínea de metro ochenta que viste ropajes renacentistas y que lleva en una mano un libro y en la otra, una máscara de carnaval. También lleva un galgo, una extraña cruz con flores de lys y un curioso símbolo en el gorro. Parece –y lo está siendo– un atractivo turístico más, pero lo más interesante es cómo y por qué llegó hasta ahí. 

Primero, lo prosaico. La alcaldesa de Erriberri Maite Garbayo (2019-2023) tanteó a Jesús Ukar sobre la posibilidad de una estatua así, después de ver el busto a Sancho Garcés que el escultor tiene en Villamayor de Monjardín. La escultura ha costado 40.000 euros, 10.000 de los cuales han salido del ayuntamiento y el resto, de una enmienda presupuestaria de Geroa Bai.

A partir de aquí, lo interesante. Todo ese dinero se ha destinado a la compra de materiales y, principalmente, a la fundición. El escultor ha trabajado gratis.

Lo significativo es que el representado nunca fue el gran señor del palacio que tiene detrás, pues quien engrandeció el castillo y lo convirtió en sede real es Carlos III. La escultura se corresponde con la del Príncipe de Viana, Carlos de Trastámara y Évreux, nieto del anterior y que también habitó el palacio.

Ukar nunca había esculpido una figura realista tan grande. La de Villamayor es a tamaño natural también, pero solo un busto, no una figura de cuerpo entero.

El encargo suponía un reto, pero el artista tenía tablas. Estudió escultura en Valencia, pero pronto se sacó las oposiciones como profesor de Instituto y, ocho años después, la cátedra. Luego vino una tesis doctoral sobre estelas discoideas y una especialidad en Leioa en Conservación y restauración.

Las clases le llevaron al instituto de Barañain, Iturrama, Zangoza, Martzilla, ocho años como inspector de Educación y, después, la Escuela de Arte de Iruñea. Finalmente, la jubilación. 

En este tiempo, Ukar había ido dejando de lado los cinceles por las pinturas. «La escultura es un lenguaje bastante caro. Cualquier cosa necesita una infraestructura bastante grande. Si quieres trabajar en tamaño real, fíjate lo que tienes que invertir solo en materiales. Aunque sea piedra, ya necesitas una gran nave, un puente grúa...», comenta el escultor.

De ahí que, para expresar algo, los artistas recurran al pincel. En el caso de Ukar, la realista o hiperrealista con alguna que otra excepción (el citado Sancho Garcés, un busto de Einstein para el instituto de Marcilla...). Porque la escultura de gran formato, prácticamente, solo se ejecuta cuando hay un encargo. 

Dando por bocetados artista y propuesta, lo primero que hizo fue documentarse. «Tuve que estudiar a fondo al personaje, conocerlo bien. Hay que elegir un momento vital y despreciar otras situaciones: puede ser un joven, un niño. La decisión es difícil». 

Carlos nunca fue rey de Nafarroa, pues a la muerte de su madre, Blanca, su padre se lo impidió para poder continuar como monarca consorte. El Príncipe de Viana tardó en plantar cara a su padre, Juan II el Usurpador, y cuando por fin reclamó el trono, perdió la guerra civil entre partidarios de uno y de otro.

Nafarroa inició así un declive que acabaría facilitando la conquista del reino por parte, precisamente, del hijo de la segunda esposa del Usurpador, Fernando el Católico.

«El Príncipe de Viana tenía una biblioteca con más de 120 libros, que es un dato altísimo para la época. Era un gran lector y, además, tradujo 'Ética de Artistóteles'», indica Ukar que se sirvió, entre otros trabajos, de 'El hombre que pudo reinar' de Mikel Zuza o las investigaciones de Manuel Iribarren y Eloísa Ramírez. 

La figura de este humanista desgraciado, su mujer murió joven y sin dejarle descendencia, siempre ha fascinado a los amantes de la historia, pues encarna ese trágico final de la independencia navarra. Murió a los 40 años, supuestamente envenenado por su propio padre. 

El proceso escultórico nació, tras los primeros diseños, en forma de esqueleto de acero corrugado que, con la ayuda y apoyo del herrero Carlos Pascual, sostuvo la malla sobre la que surgió, en arcilla, el Príncipe. 

La figura se llevó a Madrid, donde una fundición especializada hizo por partes un segundo Carlos de Evreux, pero en cera. Para ello se crearon dos moldes, interior y exterior, para verter sobre ellos el bronce líquido. Porque la figura está hueca.

El bronce derritió a la cera y dio así origen a la figura que, desde el 11 de diciembre, simula pasear por la plaza de Erriberri. 

Ukar lo ha reivindicado al príncipe-rey con algunos de los elementos que lo distinguen. Lleva un libro en la mano derecha que lo señala como intelectual. Viste un traje renacentista trabajado al detalle, pues el de Nafarroa no es un reino que se extinguiera en el medievo. «Cuando muere Carlos, Leonardo da Vinci tiene nueve años», precisa el autor. 

En lugar de corona, lleva la cabeza cubierta con un gorro con el símbolo que le gustaba emplear, el lazo eterno.

Otro detalle que revela el artista es el del lebrel que luce en una cinta bajo un escudo pomelado. Era común que se le representara junto a este animal, debido a que su abuelo Carlos III, había creado la orden del Lebrel Blanco. «Sale acompañado de lebreles, pero la mayoría están tumbados. Yo he querido incluir uno, pero que estuviera de pie».

En la parte inferior de esa banda aparece la cruz de una de las monedas que llegó a acuñar, que hoy son codiciadísimas por coleccionistas del mundo entero, pues en ellas no se reivindica como rey, sino como Príncipe y eso es insólito en numismática.

En particular, la escultura de la plaza de Erriberri está pensada para dialogar con el retrato más conocido del Príncipe de Viana, el de Moreno Carbonero.

«Él lo representó sentado, con la vista perdida, cansado, derrotado. Hay un libro delante, en un facistol, pero ni siquiera lo lee. Parece casi al borde de la locura. Artísticamente, a ese retrato no le quito nada, pero es una visión del Príncipe desde Madrid. Casi parece que los navarros deberíamos de dar las gracias a Fernando el Católico por quitarnos de encima un rey así», comenta. 

Frente a un loco alicaído, el Príncipe de bronce de la plaza de Erriberri luce decidido y diferente. Y porta, además, un segundo e intrigante elemento: la máscara. 

«Quizá esta sea la idea más bonita. Sabemos que, con 16 años, hizo una pieza teatral para su madre, Blanca. Los historiadores han encontrado los apuntes de los gastos en los que incurrió. Y sabemos, además, de otra segunda obra teatral. Esta todavía más trascendente», indica Ukar.

«Al morir su madre, invitó a su padre y a su nueva esposa Juana Enríquez [la madre de Fernando el Católico, hija de un almirante castellano] al Palacio Real de Tafalla. Ahí, representó una obra teatral que hablaba de los doce pares de Francia, varios de ellos de la misma sangre que Carlo Magno y familia de la que provenía el propio Príncipe», explica el escultor.

El Usurpador, sin embargo, debió de enfadarse mucho pues, de algún modo, el hijo reivincaba que su sangre real no era la de los Trastámara, sino la navarra, y que estaba por encima de la de Enríquez. «En la guerra no ganó a su padre, pero con el teatro le humilló. La desgracia es que los poderes bélicos siempre se imponen a los culturales».

Queda, pues, solo ya por resolver por qué la máscara del Prínicipe es como es. «Elegí una de las máscaras del carnaval de Unanu, pues se estima que son del siglo XII y, ya que había que elegir una máscara, quise que fuera una que representara la cultura propia».

 

 

 

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jueves, 8 de enero de 2026

Matrimonios Medievales Estratégicos

En ocasiones anteriores, en este mismo blog, hemos expresado nuestro agradecimiento al escritor Mark Kurlansky por haber puesto a Euskal Herria en el mapa con la publicación de su libro "La historia vasca del mundo" (The Basque History of the Wolrd). 

Sin embargo, como también ya hemos hecho antes, volvemos a presentar evidencia histórica con respecto a su aseveración de que los vascos nunca en su devenir han contado con una entidad político-territorial propia.

En expresar lo anterior, el buen Kurlansky se saltó por completo la historia del Reino de Navarra, antes Ducado de Pamplona, constructo político al que diesen vida los vascones, gentilicio con el que se denominaba al pueblo hoy conocido como vascos.

Dicho lo anterior, recomendamos la lectura de este reportaje publicado por Naiz:


Alianzas matrimoniales, la estrategia política de Nafarroa para tener un lugar propio en Europa

Las alianzas matrimoniales que concertaron los últimos reyes de la dinastía Jimena fueron la estrategia política del reino de Nafarroa para encontrar un lugar propio en Europa, según recoge el historiador Francesco Puzzo en la tesis doctoral que ha defendido en la UPNA.

Pello Guerra

Con el objetivo de encontrar un lugar propio en Europa para Nafarroa, los últimos reyes de la dinastía Jimena aplicaron una política de alianzas matrimoniales que les permitió establecer lazos con los reinos de Sicilia e Inglaterra, y el condado de Champaña, según recoge el historiador Francesco Puzzo en la tesis doctoral que ha defendido en la UPNA.

¿Qué empujó a un siciliano a dedicar su tesis a las redes familiares normandas y sicilianas en la monarquía navarra entre los siglos XII y XIII? Según explica a NAIZ, todo comenzó hace nueve años, cuando encontró «por casualidad un artículo de la investigadora siciliana Laura Sciascia sobre la regencia siciliana de Blanca, futura reina de Navarra, entre 1402 y 1415», y que incluía «un breve pero sugerente preámbulo dedicado a una ‘historia en femenino’ de la monarquía siciliana».

En ese texto, Sciascia exploraba «el comienzo de las relaciones históricas entre Navarra y Sicilia a través de la figura de Margarita, hija de García Ramírez ‘el Restaurador’, reina consorte de Sicilia por su matrimonio con Guillermo I de Hauteville y posteriormente regente del reino en nombre de su hijo, Guillermo II, en la segunda mitad del siglo XII».

Siendo Puzzo siciliano y al estar casado con una navarra, «me sentí inmediatamente atraído por el tema y decidí entonces escribir a la profesora Eloísa Ramírez Vaquero, catedrática de la Universidad Pública de Navarra».

Y así se embarcó en una investigación doctoral centrada en las alianzas matrimoniales establecidas por Nafarroa en el periodo que va de 1134 a 1234, es decir, el correspondiente a los reinados de los tres últimos soberanos de la dinastía Jimena: García Ramírez, Sancho VI el Sabio y Sancho VII el Fuerte.

Fue un siglo en el que se establecieron unas alianzas a través de bodas que el historiador considera que tenían «un hilo común: la necesidad del reino de Navarra de encontrar su propio lugar, una razón de ser dentro del contexto ibérico y europeo».

Esa política fue iniciada por García Ramírez, soberano de la Nafarroa que había conseguido separarse de Aragón a raíz de la muerte de Alfonso el Batallador en 1134 y que por ese motivo fue conocido como ‘el Restaurador’.

El nuevo rey «comprendió la dificultad de mantener un equilibrio político con las potencias ibéricas, Castilla y Aragón», y que «el débil reino que gobernaba se presentaba como una presa fácil para las ambiciones territoriales y de prestigio de sus vecinos, entonces en plena expansión».

Ante esa situación, «la única solución viable parecía ser doble. Por un lado, reforzar los vínculos familiares y de vasallaje con las casas reinantes ibéricas, en particular con Alfonso VII de Castilla. Y por otro, proyectar al reino hacia un horizonte más amplio, más allá de los equilibrios locales, que legitimara la autonomía de Pamplona y su papel dentro de un marco europeo y mediterráneo».

Un matrimonio diseñado por Rotrou de Perche

En ese empeño, Puzzo señala que «la proximidad geográfica y familiar de García Ramírez con el mundo ultrapirenaico, ya que su primera esposa era la noble normanda Margarita de L’Aigle, sobrina del tenente de Tudela Rotrou II, conde de Perche, orientó naturalmente esa apertura hacia el reino franco, de donde también procedían los nuevos señores de Sicilia, los normandos Hauteville». Y de ese entramado, nació «la vocación ‘europea’ del reino de Navarra».

Siguiendo ese modo de proceder, García Ramírez casó a su hija Margarita con Guillermo, hijo del rey siciliano Roger II de Hauteville. Un matrimonio que el historiador considera que «no fue fruto de una simple coincidencia dinástica, sino la culminación de una estrategia cuidadosamente diseñada y cuyos orígenes se remontan a la figura de Rotrou de Perche».

¿Quién era el cerebro de esa operación? El historiador explica que este noble normando, tío político del rey, «actuó como su principal aliado y artífice del proyecto que permitió restaurar la monarquía pamplonesa en 1134, tras la muerte sin herederos de Alfonso I de Aragón».

Rotrou había combatido en la Primera Cruzada y mantenía una red de contactos con los linajes normandos establecidos en el sur de Italia, los Hauteville. Y comprendió que «la supervivencia de la monarquía restaurada dependía de su capacidad para tejer alianzas que garantizaran protección y reconocimiento, tanto en la península como en el ámbito europeo».

De ahí que, siguiendo sus consejos, la política matrimonial de García Ramírez tuviera una doble lógica. Por un lado, consolidar lazos con Castilla, a través de los matrimonios de sus hijos Sancho y Blanca con descendientes de Alfonso VII. Y por otro, «el matrimonio de Margarita Garcés con Guillermo de Sicilia respondía a una segunda estrategia, profundamente anclada en los equilibrios dinásticos del momento».

Este matrimonio de la princesa Margarita reportaba grandes ventajas a la Corona navarra, ya que «Sicilia, convertida en reino por concesión papal en 1130, gozaba de la protección de la Santa Sede y de una posición privilegiada en el Mediterráneo». Y para García Ramírez, estrechar lazos con Palermo,  «significaba acercarse a Roma, que había negado la legitimidad de su acceso al trono navarro. Así, el matrimonio de su hija no solo fortalecía la dinastía Jimena, sino que también devolvía a Navarra un papel activo en el tablero político europeo».

La operación diplomática de la boda de Berenguela

Cuando Sancho VI el Sabio se hizo con el trono de Nafarroa en 1150 como sucesor de García Ramírez, mantuvo esa política de alianzas matrimoniales internacionales casando a su hija Berenguela con Ricardo Corazón de León, duque de Aquitania y rey de Inglaterra.

Puzzo destaca que este enlace fue el punto culminante de «un largo proceso de acercamiento entre la monarquía navarra y la casa Plantagenet, que compartían intereses estratégicos en la frontera pirenaica y en el suroeste francés», ya que en esa época, los dominios continentales de Londres llegaban hasta la muga navarra.

Así que la unión de Ricardo, duque de Aquitania antes que soberano inglés, con la princesa navarra «ofrecía una oportunidad única para asegurar la estabilidad en las tierras de Ultrapuertos y garantizar el reconocimiento navarro en la gran política europea».

En virtud de la misma, «Navarra ofrecía apoyo militar y control sobre los pasos pirenaicos —clave para la defensa de Aquitania—, mientras que Ricardo aportaba prestigio y protección internacional. No es casual que la dote de Berenguela incluyera precisamente los castillos de San Juan de Pie de Puerto y Rocabruna, símbolo tangible de la autoridad navarra en Ultrapuertos».

Por todo ello, el historiador considera que la alianza alcanzada a través de ese matrimonio fue «una operación diplomática cuidadosamente calculada que situó de nuevo al pequeño reino pirenaico en el centro de la política europea y marcó la entrada definitiva de Navarra en el juego de las grandes potencias europeas del siglo XII».

Un enlace para acercarse a Francia

Como en los casos de su abuelo y su padre, Sancho VII el Fuerte, cuando se hizo con las riendas del reino en 1194, continuó con los enlaces políticos. En su caso, se trató de su hermana Blanca, que terminó casándose con el conde Teobaldo III de Champaña, un matrimonio que Puzzo apunta que «debe entenderse dentro del nuevo equilibrio político europeo tras la muerte de Ricardo Corazón de León», ocurrida en 1199.

Ese fallecimiento conllevó «la inestabilidad de Aquitania y el progresivo debilitamiento del poder angevino en el continente», lo que obligó a Nafarroa «a reorientar su diplomacia hacia Francia, que bajo Felipe II Augusto se había consolidado como la potencia hegemónica».

Esa alianza matrimonial con Champaña ofrecía múltiples ventajas, según explica el historiador. En primer lugar, «acercaba la monarquía navarra a la órbita francesa sin romper del todo los lazos con la casa de Aquitania, ya que Teobaldo era nieto de Leonor de Aquitania y, por tanto, mantenía viva la conexión con la red político-familiar que Sancho VI había cultivado».

Y en segundo lugar, «la unión reforzaba el prestigio internacional de Navarra al vincularla con uno de los condados más prósperos, cohesionados y culturalmente influyentes del reino de Francia». Por lo tanto, fue «un movimiento diplomático prudente y visionario».

Tras conocer los motivos políticos de los enlaces, queda por analizar qué papel llegaron a jugar esas princesas navarras en sus respectivos dominios. Y al respecto, Puzzo explica que «no fue pasivo. Al contrario, trataron de influir directamente en la escena política, dentro de los límites que se les impusieron, contribuyendo a la construcción de una ‘memoria familiar de la realeza’ en la que la reivindicación de sus orígenes ocupaba un lugar destacado. Su influencia en la política y sociedad de los territorios a los que fueron destinadas parece mucho mayor de lo que dejan entrever las fuentes directas».

La llegada de ‘reyes de lejanas tierras’

Aunque a través de estos matrimonios Nafarroa logró situarse en el tablero europeo, esta política tuvo un efecto especialmente directo y que fue la llegada a la monarquía navarra de ‘reyes de lejanas tierras’. Así se acuñó el advenimiento de la dinastía de Champaña a Iruñea tras fallecer Sancho VII el Fuerte en 1234 sin un heredero directo. Así que «lo que inicialmente fue una política de fortalecimiento internacional, terminó facilitando la entrada de una nueva dinastía extranjera en el trono navarro».

El historiador considera que la llegada de los Champaña y posteriormente de los Evreux «reforzó la influencia francesa en la corte y en la administración del reino», lo que «limitó la autonomía de Navarra, que pasó a verse cada vez más implicada en los intereses y conflictos de la política francesa, alejándose en parte de sus propias dinámicas internas y de su entorno ibérico».

Sin embargo, tuvo como efectos positivos no solo fortalecer la posición de Nafarroa en el continente, sino que favoreció «los intercambios culturales y económicos, contribuyendo a una cierta apertura del reino hacia Europa occidental».

Por lo tanto, los cien años que van entre 1134 y 1234 supusieron «el inicio de un proceso político y cultural hacia Europa» al situar al reino de Nafarroa en «una red de relaciones internacionales más amplias que comenzó a reflejarse también en la vida cultural» y que le integró, además, «en las corrientes comerciales del mundo mediterráneo».

 

 

 

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miércoles, 23 de octubre de 2024

Opresores Victimistas

Opresores jugando a ser víctimas para así manipular a su antojo la percepción acerca de sus desmanes en el panorama internacional, logrando así la complicidad de tirios y troyanos.

Lean lo que nos reporta Naiz en su especiales dedicados a la hemeroteca de Egin:


«Síndrome del Norte»: Patologías policiales a la carta

La situación de guardias civiles y policías españoles en Euskal Herria fue un tema recurrente en los 80 y 90. Hasta se intentó teorizar sobre un «Síndrome del Norte» que acabó justificando toda actuación de cualquier agente que hubiera pasado por tierras vascas.

Beñat Zaldua

Un grupo de mujeres de Policías españoles se encerró tal día como hoy de 1987 en la sede de su asociación en Donostia para denunciar que vivían «en ghettos como los judíos en sus tiempos», pedir al Gobierno español que dejase de tratar a sus maridos «como subnormales» y reclamar su traslado fuera de Euskal Herria.

La pieza del 'Egin' también recoge otros reclamos de las mujeres de policías destinados en tierras vascas, como que se reduzca su presencia en Euskal Herria y «que la policía autónoma tome las competencias que le corresponden».

La noticia no paró ninguna rotativa, pero sirve para traer a colación un tema recurrente durante los años 80 y 90: la situación de guardias civiles y policías españoles en Euskal Herria en lo más crudo del conflicto armado. La imagen de unos agentes abandonados a su suerte en tierra hostil fue ampliamente reproducida en medios españoles, los mismos en los que no había sitio para exponer las razones que explicaran semejante rechazo.

Este discurso victimista tuvo su máxima expresión en un esfuerzo por patologizar y particularizar las consecuencias psicológicas que tenía para las fuerzas de seguridad españolas desempeñar su trabajo en Euskal Herria. Se le llamó «Síndrome del Norte» porque llamarlo «Síndrome del País Vasco» hubiera implicado evocar operaciones en tierra ajena –caso del «Síndrome de Vietnam» o «Síndrome del Golfo»– y sirvió de cajón de sastre para justificar las conductas de cualquier agente del orden que hubiera pasado por Euskal Herria. Para muestra, dos botones.

Primero. Según investigaciones académicas que, con cuarenta años de retraso, tratan hoy de recuperar el término en la batalla por el relato, la primera vez que se menciona el «Síndrome del Norte» en la prensa española es en 1985. La noche del 30 de abril de aquel año, tres jóvenes buscaban caracoles con linternas en el municipio de Auñón, Guadalajara. Dos guardias civiles les dieron el alto y, sin mediar palabra, uno de ellos comenzó a disparar, matando a uno de ellos. El gobernador civil de Guadalajara lo achacó a que el agente estuvo destinado en Donostia seis meses antes: «Es una suposición, pero tal vez ocurrió lo que algunos llaman síndrome del norte. El guardia civil, al ver la luz, puede que reviviera alguna situación de tensión anterior, y disparó. La verdad es que no tiene una explicación lógica».

Segundo. Según el mismo artículo académico, firmado por los investigadores de la Universidad Complutense de Madrid Jesús Sanz y María Paz García-Vera, la primera vez que un médico reconoció dicho «Síndrome del Norte» fue en julio de aquel mismo año, como explicación a una muerte que los autores del texto califican sorprendentemente de «inexplicable».

Los hechos: «En la medianoche del 14 de abril de 1985, un guardia civil, de 25 años, contactó con un travesti en una zona de prostitución de Barcelona. El travesti subió al coche del guardia civil y, poco después, este le disparó a quemarropa en la cabeza causándole la muerte. Horas más tarde, el cuerpo sin vida del travesti, envuelto en una manta y atado de pies y manos, fue encontrado en otra zona de Barcelona».

El informe médico encargado por el juez apuntó que el victimario había estado destinado unos meses en Euskal Herria y que padecía el «Síndrome del Norte» a consecuencia de la «tensión psicológica que viven las fuerzas de Seguridad del Estado» en tierras vascas, lo que había hecho que «la situación psicológica y emocional del encausado no era normal».

Escaso recorrido

Para cerrar la historia cabe añadir que el juez no aceptó aquel supuesto atenuante y condenó a 11 años al guardia civil por homicidio doloso. Esa fue la tónica general. Los jueces apenas aceptaron la existencia de aquel síndrome. Tampoco lo hicieron los responsables de esos agentes.

Una nota de Europa Press de 1987 recogía que los directores de la Policía española y de la Guardia Civil afirmaban que los estudios encargados sobre el tema concluían que «no existía dicho síndrome» y que «el porcentaje de suicidios y dolencias psíquicas en los policías destinados en el País Vasco y Navarra es similar al que se da en otras regiones, como Andalucía o Castilla».

Los investigadores de la Complutense, que tratan ahora de dar la vuelta a la tortilla, reconocen que «solo se han encontrado dos trabajos empíricos dirigidos específicamente a examinar la existencia del síndrome del norte, y los dos negaban su existencia».

El «Síndrome del Norte» fue sobre todo un producto mediático que sirvió, por un lado, para mejorar las condiciones laborales de los agentes destinados en Euskal Herria –ahora se da la situación exactamente contraria, con complementos salariales y sin amenazas– y, por otro, para justificar cualquier comportamiento homicida o suicida de agentes destinados en algún momento en tierras vascas.

El contraste, en este punto, resulta delator: cualquier desajuste psicológico de la parte española es consecuencia de la acción de ETA y la hostilidad del pueblo vasco; por contra, síntomas similares en militantes de ETA y otros activistas vascos solo se vinculaban a su intrínseca debilidad y a unas decisiones vitales erróneas.

Es obvio que prestar servicio en un país en conflicto pudo acarrear consecuencias psicológicas a algunos agentes. Pero el «Síndrome del Norte» nunca tuvo como objetivo profundizar en ellas. De lo contrario, se hubieran visto obligados a contestar la pregunta obvia: ¿Por qué sufrían los agentes destinados en Euskal Herria situaciones y síntomas equiparables a los de soldados en tierra ajena?




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jueves, 15 de agosto de 2024

Ocho Siglos de Continuidad Política

Si algo hay que reclamar a Mark Kurlansky por su obra de amor al pueblo vasco fue el no haberse atrevido a desafiar a Madrid y a París, afirmando en su libro 'The Basque History of the World' que los vascos (vascones) nunca habían gozado de autonomía política en toda su historia, negando así la existencia del Ducado de Vasconia y el Reino de Pamplona/Navarra.

Para enderezar ese entuerto tan conveniente al nacionalismo colonialista español traemos a ustedes este texto publicado en Naiz precisamente en el aniversario de la batalla que abriría la posibilidad a los vascos de gozar de un territorio en el cual desarrollarse política y culturalmente.

Adelante con esta interesante lectura:


Los vascones iniciaban hace 1.200 años en Nafarroa ocho siglos de Estado independiente

En el año 824, hace 1.200 años, los vascones conseguían crear el reino de Iruñea, más adelante llamado de Nafarroa, y que iba a tener una trayectoria como Estado de ocho siglos. Esta es la historia de una lucha permanente por la independencia.

Pello Guerra

Hace 1.200 años, en el 824, los vascones conseguían sacudirse el dominio de sus vecinos francos y del emirato de Córdoba para crear el reino de Iruñea, más adelante de Nafarroa, que terminaría perdurando durante ocho siglos, hasta que fue conquistado en su mayoría por los españoles en el siglo XVI e incorporada su parte norte por la Corona francesa en 1620.

Estos últimos años se vienen recordando los quinientos años de la conquista española de Nafarroa y aunque ese hecho armado ha supuesto cinco siglos de dominación, lo cierto es que el viejo reino tuvo una trayectoria como Estado independiente muy superior, de un total de 800 años.

Se considera que esos ocho siglos arrancaron a raíz de la segunda batalla de Orreaga, ocurrida en el año 824 de nuevo ante los francos y que supuso que los vascones lograran sacudirse definitivamente el dominio que sobre ellos venían ejerciendo sus poderosos vecinos.

De esta manera se conformaba el reino de Iruñea, al frente del cual se puso en sus comienzos la dinastía Aritza, iniciada por Eneko y al que sucederían en el trono su hijo García Iñiguez y su nieto Fortún.

Ese nuevo Estado independiente arrancaba con unos dominios que, aproximadamente, se extendían desde las actuales Elizondo a Altsasu, pasando por Tafalla y Zangoza, hasta territorios ahora en Aragón, con Iruñea como capital.

Tras conseguir mantener vivo ese incipiente reino de Iruñea durante casi un siglo, en el año 905 se produjo un relevo abrupto en el trono. No está claro si fue decisión de Fortún o una especie de golpe de Estado, pero ese año se hacía con las riendas del territorio Sancho Garcés I, iniciando la dinastía Jimena.

Entonces comenzó una expansión a costa de los dominios musulmanes de Córdoba, que, a pesar de atacar el reino en varias ocasiones y de llegar a arrasar Iruñea en el año 924, no consiguió frenarla.

De hecho, cien años más tarde y bajo el reinado de Sancho el Mayor, el reino de Iruñea alcanzó la máxima extensión territorial de su historia. Cuando ascendió al trono en el año 1004, su Estado iba desde los Pirineos hasta las inmediaciones de Lizarra, incluyendo Gipuzkoa, Bizkaia y Araba, el condado de Aragón y la tierra najerense riojana. Naiara era la capital del reino.

La política de enlaces matrimoniales de el Mayor hizo que al finalizar su reinado en el año 1032, fuera monarca «en Pamplona y Aragón, en Sobrarbe y en Ribagorza y en toda Gascuña y en toda Castilla, además de todo esto, imperando en León y Astorga por la gracia de Dios», según se recoge en una donación al monasterio de Leire de esa época.

Unión con Aragón

Al fallecer, esos dominios fueron distribuidos entre sus hijos, aunque con el mayor, García el de Nájera, como soberano de todos ellos. Sin embargo, algunos hermanos de García no asumieron esa situación y de ese territorio conjunto terminarían surgiendo cuatro reinos.

Castilla pasó a ser el principal enemigo del reino de Iruñea y sus soberanos estuvieron implicados, en mayor o menor medida, en las muertes violentas de García el de Nájera y su sucesor, Sancho el de Peñalén, que supusieron la pérdida de las tierras riojanas y la unión con el reino de Aragón en el año 1076 a través de Sancho Ramírez, respectivamente.

La unión con Aragón se mantuvo hasta 1134, cuando las noblezas iruindarra y aragonesa no aceptaron el testamento de Alfonso el Batallador, que otorgaba a las órdenes militares cristianas unos reinos que había expandido recuperando territorios ante Castilla y a costa de los reinos de taifas musulmanes.

Gracias a ese proceder de los nobles, Iruñea volvía a contar con su propio soberano en la figura de García Ramírez el Restaurador y sus sucesores, Sancho VI el Sabio y Sancho VII el Fuerte.

Pese a su fama de gran guerrero, uno de los reyes navarros más conocidos de la historia perdió la Nafarroa marítima a manos de la insaciable Castilla en 1200 a pesar de los esfuerzos bélicos de su padre el Sabio, que fundó durante su reinado Vitoria, en el emplazamiento de Gasteiz, y Donostia. Este último soberano además cambió el nombre al reino, que pasó a llamarse Nafarroa, y que compensó sus pérdidas territoriales ante Castilla extendiendo su zona de influencia al norte de los Pirineos.

Bajo dominio francés

Con la muerte de Sancho el Fuerte sin hijos en 1234 terminaba la dinastía Jimena y comenzaba el reinado de la casa de Champaña, con la que había emparentado la monarquía navarra. Supuso la llegada al trono de soberanos «de extraño lugar y extraño lenguaje» a través de los dos Teobaldos y de Enrique I.

La hija de Enrique, Juana, terminó casándose con el rey galo Felipe el Hermoso, lo que hizo que Nafarroa estuviera bajo dominio francés entre 1274 y 1328 bajo el cetro también de los hijos de Juana: Luis el Hutin (el Obstinado), Felipe el Largo y Carlos el Calvo. Los dos últimos se proclamaron reyes de Nafarroa a pesar de que la verdadera heredera de Luis era su hija Juana, usurpándola en el trono.

La muerte de Carlos sin descendencia masculina y sin hermanos facilitó la separación de la corona navarra de la francesa, aunque también influyó el empeño de los navarros por tener su propia reina.

La hija de Luis I finalmente fue izada en el pavés en la catedral de Iruñea, convirtiéndose en Juana II e iniciando la dinastía Evreux, que viviría un reinado especialmente convulso con Carlos II y otro mucho más pacífico de Carlos III el Noble. Bajo su cetro y como en el caso de la casa de Champaña, Nafarroa vería incrementados sus territorios con los dominios de sus soberanos en el actual Estado francés, aunque perdiendo algunos ante la Corona gala.

Un reino roto

Entonces también se sentaron las bases de una división nefasta para el devenir del reino. Carlos III dotó a los diversos bastardos de los Evreux de unas prebendas que terminaron generando dos bandos rivales: los beaumonteses y los agramonteses.

Esa fractura fue aprovechada por Juan II, esposo de la reina Blanca, sucesora de Carlos III, para impedir el acceso al trono de su hijo Carlos, príncipe de Viana y heredero de su madre, escudándose en un polémico testamento de su consorte. De esa manera se apropió de un trono que no le correspondía.

Ese contrafuero hizo que terminara estallando en 1451 una guerra civil entre padre e hijo que desgarró el reino y en la que al final se impuso Juan II con el apoyo de los agramonteses. En 1461 moría bajo sospecha de envenenamiento el príncipe de Viana, como posteriormente sucedió con su hermana Blanca.

Después de utilizar y romper Nafarroa para defender sus intereses personales en Castilla y Aragón, Juan II moría el 19 de enero de 1479 tras 52 años de gobierno. Le sucedió su hija Leonor, que solo reinó quince días, entre el 28 de enero y el 12 de febrero.

El reino lo heredó su nieto Francisco Febo, que llegó al trono navarro con 11 años y que tan solo cuatro años más tarde fallecía en el castillo de Pau, en los dominios de su abuelo Gastón de Foix, bajo la sombra de haber sido envenenado. Las miradas se dirigían hacia Fernando de Aragón, hermanastro de su abuela Leonor, tan maquiavélico o más que su padre Juan, y que ya tenía sus miras puestas en Nafarroa.

Sucedió a Francisco su hermana Catalina de Foix, que se casó con Juan de Albret, incrementando más los dominios navarros por el actual territorio francés. El conde de Lerín se convirtió en su pesadilla con el apoyo de los Reyes Católicos, hasta que la muerte de Isabel de Castilla en 1504 puso fin a la tutela que venían ejerciendo sobre los monarcas navarros y estos consiguieron pacificar el reino expulsando al levantisco Luis de Beaumont.

Pero el rey de Aragón volvió a hacerse con las riendas de Castilla tras morir su yerno Felipe el Hermoso, otra vez bajo sospechas de haber sido envenenado, y apartar de la corona a su hija Juana por loca. Entonces es cuando Fernando el Católico decidió invadir una pacificada Nafarroa.

Entre 1512 y 1524 se prolongó esa conquista militar debido a la resistencia de los navarros fieles a Catalina y después a su hijo Enrique II, el Sangüesino, que mantuvo vivo el Estado independiente en Nafarroa Beherea y el Bearne. Ese reino amenazado por los soberanos españoles Carlos V y Felipe II fue gobernado también por Juana III y su hijo Enrique III, que terminó convirtiéndose en soberano de Francia como Enrique IV en 1589.

Este último mantuvo separadas las coronas navarra y francesa, pero tras morir apuñalado en 1610 en París por un ultra católico de nombre Ravaillac, su sucesor, Luis XIII, forzó diez años después la incorporación de la Nafarroa todavía independiente a Francia.

Con esa decisión del monarca galo y la conquista española del siglo anterior, se ponía fin a una trayectoria de Nafarroa como reino independiente de ocho siglos. Una historia que sigue muy presente en la sociedad actual, que mira hacia el futuro recordando ese rico pasado que comenzó en Orreaga hace 1.200 años.

 

 

 

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sábado, 17 de junio de 2023

Extranjerizar Al Ándalus

Desde la página de Facebook de Antonio Manuel traemos a ustedes esta publicación que demuele los cimientos mismos sobre los que se construyó el mito españolista, ese nacionalismo sobre el que pasan de puntitas tantos "intelectuales".

Lean ustedes:


Prueba de agudeza intelectual: ¿Qué tienen en común las expresiones "romanización", "llegada de los godos", "invasión islámica", "reconquista" y "descubrimiento de América"?

El mismo razonamiento que toma por españoles a Carlos I o a Felipe V pero no a Abderramán III o Hixem II: La extranjerización de Al Ándalus, la negación de su historia como propia de la península, y la construcción identitaria nacional católica española contra ella. De esta manera, España existiría antes y después de Al Ándalus, y sólo durante en los reinos del Norte. De esta manera, españoles ya serían Séneca, Osio, Recaredo, Sancho de Navarra, Alfonso de Aragón pero no Boabdil aunque fuera rubio con los ojos azules.

Con este falaz argumento, cualquier sustrato cultural no andalusí puede ser considerado hispano y, en consecuencia, romaniza, llega, reconquista o descubre... pero nunca invade. Los romanos no invaden, romanizan. Los godos no invaden, llegan. Los reinos castellanos o aragoneses no invaden, reconquistan. Los españoles no invaden América, la descubren. Porque para esta visión sectaria de nuestra historia sólo invaden "árabes" o "musulmanes", es decir, no españoles aunque hayan nacido en Córdoba de padres y abuelos cordobeses, a diferencia de godos, austrias o borbones que sí son considerados españoles por católicos, aunque hayan nacido en Gante o Versalles y se mueran sin pronunciar una palabra en castellano.

Mientras esta percepción adoctrinadora y esencialista no cambie en nuestros libros de primaria, secundaria y universidad, me temo que seguiremos sin reconocernos en el espejo.

 

 


 

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lunes, 17 de abril de 2023

Antisemitismo Castellano en Nabarra

En el Diario de Navarra se ha publicado este artículo en el que se habla de la presencia de comunidades judías en el Reino de Nabarra y de como, el antisemitismo castellano-aragonés terminó imponiéndose por la fuerza militar, teniendo como resultado la expulsión de dichas comunidades seis años después de haberse visto forzadas a dejar atrás Castilla y Aragón.

Lean con atención:


La expulsión de la población judía protagoniza la microexposión de abril en el Archivo de Navarra

En la muestra se exhibe, entre otros documentos, una ketubá (carta matrimonial) entre dos personas judías de Tudela

Cuando se cumplen 525 años de la expulsión del Reino de Navarra de la población judía que no aceptara convertirse al cristianismo, ocurrida en 1498, el Archivo Real y General de Navarra dedica su microexposición de abril a exponer al público algunos de los documentos que custodia relacionados con aquel evento. En concreto, se exhibe una ketubá o contrato matrimonial en escritura hebrea, una carta del concejo de Tafalla a la ciudad de Tudela conviniendo la postura ante la llegada a Navarra de judíos expulsados de Castilla o una copia del padrón de los judíos vecinos de Tudela convertidos al cristianismo.

La microexposición '525º Aniversario de la Expulsión de los judíos del Reino de Navarra (1498)' es una muestra de pequeño formato, de acceso libre y gratuito, que permanecerá abierta en la galería baja del Archivo de Navarra todos los días del mes de abril de 10:00h. a 14:00h. y de 17:00h. a 20:00h.

Las aljamas judías

La presencia de comunidades judías en Navarra había sido floreciente durante la Edad Media, época en la que recibieron frecuentemente la protección y apoyo de la Corona. De su vitalidad, muy especialmente en el caso de la judería tudelana, la mayor del Reino, son exponente tanto la existencia de figuras de renombre como el escritor y viajero Benjamín de Tudela, como el legado documental hebraico custodiado en el Archivo Real y General de Navarra, entre el que sobresalen varios “ketubot” (en singular, ketubá), los contratos matrimoniales propios de la religión judía, que se redactaban en escritura hebrea. Precisamente la muestra se abre con la ketubá del enlace entre dos personas judías tudelanas que contrajeron matrimonio en el año 1300.

El clima de prosperidad de las juderías navarras empezó a quebrarse en el siglo XIV, momento en que los sentimientos antijudíos ya eran muy comunes en Europa Occidental, donde ya se había dispuesto su expulsión de, entre otros, de los reinos de Inglaterra y Francia. En este sentido, en 1328 se documenta el sangriento asalto a varias comunidades judías de la merindad de Estella y, así mismo, a fines del siglo XV, en atención a una petición de las Cortes, Gabriel de Albret, lugarteniente general del reino, prohibió a los judíos salir de sus juderías los domingos y días de fiesta religiosa antes del mediodía (la hora de la misa mayor), en lo que puede entenderse como una manera de proteger a esta población de altercados que pudieran sufrir con la población cristiana.

La expulsión de la población judía

Así las cosas, cuando en 1492 se dispuso la expulsión de Castilla y Aragón de la población judía que no aceptara convertirse, la suerte de los judíos navarros pareció echada. Inicialmente Navarra fue el destino elegido como nuevo hogar por muchos judíos castellanos y aragoneses, pero la enorme influencia política alcanzada por los Reyes Católicos sobre los demás reinos peninsulares, así como el difícil equilibrio político intentado mantener por los reyes navarros entre Francia y Castilla-Aragón, llevó a estos últimos en 1498 a replicar en Navarra, tal y como había hecho en Portugal un año antes el rey Manuel I, la medida de expulsión.

Aunque la disposición de expulsión de los judíos navarros aparentemente no se ha conservado, se tiene noticia cierta de su existencia por un buen número de documentos que se refieren a ella y que permiten deducir tanto su cronología en los primeros meses de 1498, como su autoría por parte de los propios reyes Juan III y Catalina I. Esta medida no sólo puso fin a la longeva y floreciente historia de las comunidades judías en Navarra, sino que, dado que en 1492 medidas similares habían sido dictadas para los judíos residentes en las coronas de Castilla y Aragón y un año antes, en 1497, para los de Portugal, supuso el punto final de la presencia de comunidades hebraicas en los reinos hispánicos.

Pese a todo, el grado de arraigo e integración social que tenían los judíos navarros hizo que, al igual que había ocurrido con los judíos de los demás reinos hispánicos, una gran parte de ellos decidiera convertirse al cristianismo para no tener que abandonar su tierra. De este modo, la micromuestra se cierra precisamente con una copia del padrón de judíos vecinos de Tudela convertidos al cristianismo elaborado en 1510. Con todo, a pesar de su conversión para evitar la expulsión del reino, la población judía tuvo que hacer frente a las acusaciones de falsa conversión y de seguir practicando en secreto la fe judía.

 

 

 

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sábado, 19 de noviembre de 2022

Quinto Centenario Luctuoso de Pedro de Navarra

Ahora que el hallazgo de las inscripciones en euskera antiguo en el adorno ya conocido como 'la mano de Irulegi' ha despertado el interés de los españolistos en la historia de los vascos, desde Naiz traemos a ustedes este texto que ahonda en uno de sus hitos más cruciales, la muerte del Mariscal Pedro de Navarra.

Lean ustedes:



El 24 de noviembre se cumplirán quinientos años de la muerte del mariscal de Nafarroa, el líder agramontés que combatió por la independencia del reino ante la conquista de 1512. Seis años después de ser hecho prisionero, apareció muerto en su celda. ¿Se había suicidado o le habían ejecutado?

Quinientos años después, todavía sigue abierto el debate de cómo fue la muerte del mariscal de Nafarroa: ¿se suicidó, como sostiene la versión oficial, o fue ejecutado por muerte oculta ante la imposibilidad de conseguir que jurara fidelidad a los reyes españoles y como había ocurrido con otros casos parecidos?

Con una muerte rodeada de esas brumas finalizaba la vida de un caballero que era descendiente de Leonel, hijo bastardo del rey Carlos III el Noble, y a cuya familia se le adjudicó el nuevo título de mariscal del Reino de Nafarroa en el año 1428. En 1471 y en medio de las disputas banderizas, el mariscal también llamado Pedro de Navarra terminó muriendo en un frustrado intento agramontés de acceder a Iruñea, dominada por los beaumonteses, a través de una puerta que pasó a denominarse desde entonces de la Traición.

Ese primer Pedro se había casado con Inés de Lacarra, con la que tuvo dos hijos: Felipe y Pedro. Si lo ocurrido con su progenitor había supuesto un mazazo para la familia, no lo fue menos la muerte de Felipe tan solo nueve años más tarde, en 1480, cuando le mató el conde de Lerín por no casarse con una hija suya. A causa de esta cadena de defunciones, Pedro de Navarra terminó convirtiéndose en mariscal.

No conocemos la fecha de su nacimiento, aunque debía de ser muy joven cuando irrumpió en la vida pública del reino. Su nombre aparece en la documentación relacionada con la coronación del rey Francisco Febo, celebrada el 21 de noviembre de 1481. El día anterior a ese acto, Pedro de Navarra había sido armado caballero en presencia del nuevo soberano.

Tras el efímero reinado de Febo, Pedro de Navarra se puso al servicio de su hermana y sucesora, la reina Catalina de Foix, y su marido Juan de Albret, para los que, además de mariscal, fue embajador durante dos décadas, en especial ante los Reyes Católicos.

Sus ingentes esfuerzos diplomáticos no consiguieron impedir que Fernando de Aragón terminara invadiendo Nafarroa en julio de 1512. Una vez iniciada la conquista, Pedro de Navarra estaba dispuesto a acompañar a sus soberanos al norte de los Pirineos, pero el rey Juan le conminó a regresar a su casa, ya que estaba decidido a regresar lo antes posible con un ejército para liberar el reino de los invasores españoles.

Ese retorno se produjo en octubre y el mariscal se escapó de la Corte de Logroño, donde le retenía Fernando el Católico, para incorporarse a la ofensiva, que terminó fracasando tras haber puesto cerco a Iruñea a lo largo del mes de noviembre.

Durante los siguientes años, Pedro de Navarra retomó sus tareas diplomáticas para pedir la devolución del reino a sus legítimos soberanos.

El 23 de enero de 1516 fallecía Fernando de Aragón, una muerte que fue el detonante de un estallido de inestabilidad en el reino que había creado a base de política y guerra. El momento resultaba especialmente propicio para intentar recuperar Nafarroa de nuevo.

El mariscal se puso al frente de una operación militar que fue abortada prácticamente nada más iniciarse por el coronel Villalba, quien consiguió hacer prisionero al mariscal y sus capitanes en una emboscada cerca de Izaba. Pedro de Navarra y sus lugartenientes fueron trasladados de inmediato a Castilla, siendo encerrados en el castillo de Atienza, rodeados de las máximas medidas de seguridad.

Unos meses más tarde, los prisioneros capturados en Izaba fueron puestos en libertad, salvo el mariscal, a pesar de que su suegro, el duque de Alburquerque, se ofreció como valedor. Los reyes de Nafarroa y los de Francia también pidieron su liberación en repetidas ocasiones al sucesor de Fernando el Católico, Carlos I, que se negaba una y otra vez, porque así «las cosas de Navarra están en gran paz y quietud» y porque no convenía «usar de piedad donde no se debe, ni con quien no se lo merece».

Fiel a sus reyes y a su patria

En 1517, Pedro de Navarra fue trasladado de Atienza a Barcelona, desde donde había requerido su presencia Carlos I. El rey español le pidió que le jurase como soberano de Nafarroa y a cambio le pondría en libertad y le restituiría su estado, honras, oficios y otros favores y mercedes. Pero el mariscal le respondió que no podía jurarle conforme a su honra, porque ya lo había hecho con los reyes Catalina y Juan, y tenía «determinado morir como siempre había vivido».

Tras fracasar en su intento, el rey español ordenó encerrar a Pedro de Navarra en el castillo de Simancas. En Valladolid volvería a probar suerte con el mariscal en marzo de 1520 ofreciéndole las mismas prebendas. Y el navarro le respondió que «por no haber nacido en España ni ser de la casa real de Castilla», como buen hidalgo, permanecería «fiel al juramento que había prestado a Juan de Albret y Catalina, los verdaderos reyes de Navarra, y jamás renegaría de su patria».

El mariscal fue devuelto a su celda, de donde los dirigentes agramonteses y el rey de Francia planearon su fuga, según ha recogido en sus trabajos el historiador Pello Monteano. El plan se habría pergeñado en el monasterio de La Oliva y en el mismo participaba el afamado Pedro Navarro, que fue enviado a Simancas para evaluar la posibilidad de minar los muros del castillo, tarea en la que era todo un experto, como había demostrado en las guerras de Italia.

Finalmente, el plan no se llevó a cabo porque la situación política vivía unos momentos convulsos. En Castilla estalló la revuelta de los comuneros, que quería ser aprovechada por Enrique II, rey de Nafarroa desde la muerte de su madre Catalina en 1517, y Francisco I de Francia para lanzar un tercer intento de recuperación del reino en mayo de 1521.

En su celda, Pedro de Navarra recibió noticias del fracaso de ese intento tras perder la batalla de Noain el ejército legitimista. También fue informado de la nueva incursión franco-navarra de setiembre de ese mismo año y de la resistencia en el castillo de Amaiur, que terminó con la rendición de los navarros que lo defendían en julio de 1522. A finales de ese año, tan solo Hondarribia se mantenía firme ante los españoles. En este contexto tuvo lugar la polémica muerte del mariscal.

El 24 de noviembre de 1522, Pedro de Navarra fallecía en su celda del castillo de Simancas. En los días previos, su criado de confianza, Felipe de Bergara, fue enviado a Valladolid y se le puso como sustituto a Pedro de Frías. Este aseguró, en el posterior proceso judicial, que ese día, el mariscal le envió a buscar a otro criado y a su vuelta, encontró a Pedro de Navarra herido de muerte con un cuchillo que le había pedido anteriormente. Poco después, el mariscal moría. En base a ese testimonio, se certificó su muerte como suicidio. Pero, ¿Pedro de Navarra realmente se quitó la vida?

Pello Monteano da por buena la versión del suicidio, que sería consecuencia de la cadena de malas noticias recibidas desde Nafarroa, que le habrían sumido en «una profunda desesperación». Además, considera que como, desde un punto de vista religioso, resultaba difícil de asumir que se hubiera quitado la vida, «muchos prefirieron creer que había sido víctima de un asesinato muy bien preparado».

En cambio, Pedro Esarte pone el acento en que la muerte del mariscal «estuvo rodeada de flagrantes contradicciones, como la desaparición del testamento y su correspondencia, la inexistencia de noticias sobre la entrega del cadáver y objetos personales, así como la falta de oficios religiosos de rigor».

Además, previamente, el mariscal había expresado varias veces sus temores a que le quitaran la vida. Un miedo comprensible si se tiene en cuenta que no sería la primera vez que prisioneros incómodos de Carlos I aparecían muertos en sus celdas, como había ocurrido con el alcaide de Amaiur, Jaime Vélaz de Medrano, y su hijo Luis, o el conde de Salvatierra.

De hecho, los monjes del monasterio de Leire, cuyo abad era un destacado agramontés, señalaron en su calendario la fecha de la muerte de Pedro de Navarra como la del estrangulamiento del mariscal.

Los restos del fallecido líder legitimista fueron enterrados en el convento franciscano de Abrojo, en Valladolid, para en 1523 ser inhumados en la iglesia de San Pedro de la Rúa de Lizarra, en la Cripta de los Mariscales. Aunque en el desaparecido convento de La Merced de Iruñea existía la lápida de una tumba que recordaba al mariscal y a su esposa, Mayor de la Cueva, hija del duque de Alburquerque.

Esa lápida desapareció al ser derribado el convento en 1945 y en las excavaciones en la Cripta de los Mariscales de Lizarra no se ha localizado el emplazamiento exacto de la tumba de Pedro de Navarra, pero el recuerdo de su figura sigue muy presente, ya que incluso se van a colocar dos monumentos en su memoria con motivo de los quinientos años de su muerte.

Dos monumentos para recordar su figura

Uno de ellos será inaugurado en Uharte este sábado 19 de noviembre en un acto institucional que comienza a las 11.00 horas. Quedará instalado en un espacio ajardinado situado junto a la iglesia de la localidad, en un lateral de la plaza San Juan, y que pasará a ser conocido como el Txoko del Mariscal.

Su autor es Pello Iraizoz, que lo realizó hace diez años, «con ocasión del 500 aniversario de la conquista de Navarra. Me lo encargaron varios colectivos culturales de Estella, pero a la hora de conceder el correspondiente permiso para instalarlo, el Ayuntamiento de UPN, al que no le interesaba el personaje, pasó el tema a la Institución Principe de Viana, que se sacó la excusa de que se iba a colocar en el casco histórico, debajo de la Iglesia de San Pedro de la Rúa, para decir que no tenía cabida y al final se denegó la colocación».

Tras conservar Iraizoz la obra en su casa durante una década, «el Ayuntamiento de Uharte ha querido instalarla» en un espacio dedicado al mariscal, tal y como había pedido el escultor para contextualizarla.

Se trata de un monolito creado a partir «de una piedra de cuatro metros de altura que se cortó por la mitad. Una parte se convirtió en el monolito instalado en el camino de acceso al castillo de Amaiur y la otra es la del monumento al mariscal. Los dos son almas gemelas y tienen un contexto histórico de independencia y resistencia».

En el monolito ubicado en Uharte aparece el escudo del mariscal junto al texto «Al mariscal Pedro de Navarra. Nafarroako Pedro mariskalaren omenez». A continuación se puede ver un caballero medieval a caballo con la espada en ristre y portando el escudo de Nafarroa bajo el que figura la inscripción: «Muerto por la defensa de Navarra. 24-11-1522. Nafartar zintzo eta leiala».

Una semana después de la inauguración del monolito de Uharte, el 26 de noviembre tendrá lugar la puesta de largo del monumento en memoria de Pedro de Navarra en Tafalla, que será instalado ante la Casa de los Mariscales, la actual sede de la Biblioteca de la localidad.

Realizado a iniciativa del Grupo Cultural Altaffaylla y financiado a través de una colecta popular que sigue abierta a recaudar fondos, se trata de una gran estatua de hierro de más de cuatro metros de altura y en la que la figura del mariscal «se apoya en tres puntos: el suelo que defendió, el escudo de Navarra y la punta de su espada», según explican sus promotores.

De esta manera, el monumento será «un lugar lleno de alegorías para los amantes de la libertad de nuestra tierra y un homenaje a cuantos han dado su vida por ella».

Pello Iraizoz destaca que después de 500 años y de que tengan un monumento «enemigos de Navarra como Ignacio de Loyola o Roldán, por fin se le van a hacer dos homenajes al mariscal Pedro de Navarra».

 

 

 

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jueves, 11 de agosto de 2022

Euskal Herria Plurilingüe

Les recomendamos la lectura de este artículo de opinión publicado por Naiz:


Euskal Herria, un país plurilingüe

Para mí, como para muchas otras vascas que no han nacido esta tierra, la condición de vasca nos la ha dado el vivir, trabajar, amar y llorar en los pueblos y comarcas de estos siete herrialdes, independientemente de cuál sea nuestra lengua materna, nuestro credo o nuestro lugar de nacimiento.

Pedro A. Moreno Ramiro

Hablar de Euskal Herria es hablar de pluralidad y diversidad, y hacerlo implica tener en cuenta que en esta tierra se han utilizado diversas lenguas desde épocas inmemoriales. A día de hoy a esta pluralidad pasada y presente se suman factores, como por ejemplo, no poder aseverar a ciencia cierta la procedencia del euskara o de cómo se arraigó en las diferentes zonas de Euskal Herria. Una de las hipótesis que se barajan de cómo llegó la lengua vasca a la actual Comunidad Autónoma Vasca, consiste en afirmar que Gipuzkoa, Bizkaia o Araba fueron territorios vasquizados tardíamente por los vascones allá por la antigüedad tardía o a principios de la Edad Media. Esta teoría, defendida primeramente por Arnaud Oihenart, ha sido desarrollada por otros autores como Claudio Sánchez Albornoz o Jon Juaristi. Es importante destacar en este punto y por mucho que actualmente la acepción de vasco se vincule principalmente con la CAV, que en esas tierras vivían pueblos como los várdulos, caristios, autrigones y berones. Por su parte, los vascones se ubicaban en la época prerrománica en la actual Nafarroa, la comarca guipuzcoana de Oarsoaldea, la zona más occidental de Aragón y en la parte más oriental de La Rioja.

Como alternativa a esta hipótesis y según otros estudios como los de lingüista navarro Koldo Mitxelena, los pueblos várdulos, caristios y autrigones hablarían lenguas «protoeusquéricas». Algo diferente ocurría con los berones, pueblo que se extendía por la península desde La Rioja hasta la zona central de la actual Castilla. Según relata el historiador navarro Eneko del Castillo en su libro “Atlas Histórico de Navarra”, en su localización más norteña –actual Rioja– los berones asumirían el euskara como lengua y también la identidad vasca. Como digo al principio de este texto, es importante recordar que todas estas teorías (entre otras existentes) no están del todo claras, por lo que habría que ser cuidadoso a la hora de hacer afirmaciones tajantes y absolutas en relación con esta temática. Lo que es evidente es que podemos aseverar, sin miedo a equivocarnos, que desde épocas prerrománicas ya se hablaban diferentes lenguas en Euskal Herria e incluso que los pueblos de la época, muy seguramente, vivían en comunidades mixtas étnica y lingüísticamente.

También hablar de Euskal Herria en el siglo XXI significa hablar de pluralidad, ya que hacerlo significa ser conscientes de que son mínimo tres las lenguas vehiculares que se hablan en los pueblos vascos (castellano, francés y euskara batua). Digo «vehiculares» porque el castellano sirve en Hegoalde para comunicarse entre aquellas personas que su lengua materna es el euskara, con aquellas que su lengua materna es el castellano, de igual forma que el francés sirve en Iparralde para entenderse entre aquellas gentes que su lengua materna es el euskara o el occitano gascón, con aquellas otras que no hablan ninguna de estas dos lenguas pero sí la lengua gala. Por último, el euskara batua sirve de lengua vehicular entre todas aquellas personas que utilizan cotidianamente los diferentes euskalkis de Hego e Ipar Euskal Herria.

Aparte de las lenguas vehiculares, existen lenguas como el occitano gascón que se habla en catorce municipios de Iparralde o los diversos dialectos eusquéricos minorizados que existen o han existido a lo largo y ancho del país. Hacer mención a los euskalkis, implica tener en cuenta los seis euskalkis principales en el norte y sur de Euskal Herria con sus diversas particularidades internas. Estos serían: el vizcaíno, el guipuzcoano, el navarro, el bajonavarro, el suletino y el labortano. Desgraciadamente, algunas variedades del bajo navarro como el aezcoano o el salaceno están prácticamente extintas, peor suerte corre el roncalés, el cual ya está extinto.

Aparte de estas variedades eusquéricas que menciono, en Nafarroa y entre los siglos X y XVII se habló en el sur, centro y este de nuestra tierra una lengua romance-latina emparentada con el aragonés y el riojano: el romance navarro. Desafortunadamente, esta lengua se perdió en Navarra en el siglo XVII por el impulso, apoyo e imposición del castellano que vino derivado de la conquista del Reino de Navarra.

Explico todo este contexto histórico-lingüístico porque como ecologista social no puedo entender la realidad de este país desde una perspectiva homogénea y nacionalista. Cuando hablo de nacionalismo, hablo del nacionalismo que encarnan UPN, PSOE, PP o Vox en nuestra tierra y es que, ver la animadversión que tienen por el euskara es irritante y a un servidor le provoca rabia y vergüenza el escuchar o leer opiniones tan inmovilistas y tan contrarias respecto a la normalización lingüística que necesita este país y muy especialmente territorios como los de Nafarroa e Iparralde. Pero también me refiero y me gustaría hacer mención a aquellas personas que se encuentran en ámbitos euskaltzales y que propugnan un discurso homogéneo y poco creíble, o mejor dicho aplicable, con la realidad actual de nuestro territorio. Sea como fuere, veo como una estrategia homogeneizadora y reduccionista la postura de colectivos y movimientos como por ejemplo el «Mugimendu Sozialista», el cual ha optado por llevar a cabo su acción política íntegramente en euskara –de vez en cuando sacan algún cartel o documento en erdera, pero es residual– y me parece homogeneizador y reduccionista, como antes he indicado, por el simple hecho de que esta forma de participar en la sociedad vasca es excluyente y no se corresponde con la realidad de Euskal Herria, la cual es mucho más rica, plural y diversa que como la perciben los militantes del «Mugimendu Sozialista».

Estas decisiones políticas, las cuales personalmente considero un error, las tienen muy claras y superadas en el seno de la izquierda abertzale, donde y en palabras de su secretario general, Arnaldo Otegi, «se puede ser vasco sin saber euskara» y es que, de la misma manera –esto lo añado yo– que en Irlanda solamente un 5% de la población adulta habla gaélico y nadie cuestiona su sentimiento irlandés, en esta zona del sur de Europa debería de suceder lo mismo con relación al euskara y al sentimiento de pertenencia. Decir y defender esto no significa que no sea importante y determinante establecer los mecanismos suficientes para que el euskara sea una lengua de amplio uso y en la que una persona se pueda expresar desde Encartaciones a Tudela, pasando por Maule. Afirmar esto quiere decir que es imprescindible entender la pluralidad lingüística del país y asumir que a día de hoy todas son lenguas del pueblo vasco, ya que todas son habladas en nuestro territorio y por nuestra gente. Lenguas autóctonas a las que habría que sumar todas las lenguas que han introducido y con las que viven muchos migrantes en este pequeño país.

Desde mi punto de vista, llegar a esta conclusión implica construir un relato de país amplio, flexible y abierto, que intenta integrar y construir desde la diferencia, pero sin olvidar la historia y la cultura común que contienen otras expresiones de «comunión colectiva» aparte de la lengua como pueden ser: las prácticas comunitarias compartidas, los lazos sociales y toponímicos, la gastronomía, los símbolos comunes o el folklore.

En definitiva, hablar de Euskal Herria implica hablar de nuestra casa común, una casa que a muchas no nos la ha otorgado el «derecho de nacimiento», los apellidos o el arraigo familiar. Para mí, como para muchas otras vascas que no han nacido esta tierra, la condición de vasca nos la ha dado el vivir, trabajar, amar y llorar en los pueblos y comarcas de estos siete herrialdes, independientemente de cuál sea nuestra lengua materna, nuestro credo o nuestro lugar de nacimiento –esto no implica renunciar a tu origen, sino incorporar al mismo un «apellido»–. Por lo que seremos nosotras, como personas independientes que formamos parte de una sociedad común, las que decidiremos la manera en la que construir la realidad vasca del futuro con el euskara, castellano, francés y occitano gascón como piezas fundamentales de un puzzle diverso y rico que algunos llaman Euskal Herria, otras llaman País Vasco y que para algunas, como para mí, es simplemente mi hogar.

 

 

 

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miércoles, 29 de junio de 2022

Rememorar un Imposible

Ahora que se ha vuelto a poner la Batalla de San Marcial hace 500 años en las inmediaciones de Irun retornamos con el escritor Iñaki Sagredo y su lectura de la Batalla de Amaiur.

Aquí la reseña por parte de Naiz:


Iñaki Sagredo rescata en su último libro sobre Amaiur la historia perdida de un imposible

El investigador ha recogido en su última publicación la visión de aquellos hombres que resistieron en el castillo de Amaiur e intentaron defender «un imposible». A través de diversos documentos como cartas narra la historia de los perdedores, con los que la historia habitúa a ser «cruel».

Oihane Larretxea

El autor Iñaki Sagredo (Irun, 1967) lleva a sus espaldas el estudio y la investigación de los castillos del Reino de Nafarroa en todos sus territorios históricos, y su empeño en sacar a la luz un libro tras otro constata que aún hay mucho por conocer. Ese es el objetivo de su labor, que ha enriquecido con un nuevo título: ‘La batalla de Amaiur. La historia perdida de Navarra’ (Pamiela).

La obra ha sido presentada este miércoles en Donostia y, según ha explicado Sagredo, el fin principal es contar lo que ocurrió cinco siglos atrás en aquel castillo. Tal y como ha explicado a NAIZ, es un trabajo que va relacionado con la fortificación desde la Edad Media, pasando por la conquista de Nafarroa y la batalla de 1522. «Pretendo demostrar lo que sucedió a través de documentos y otros documentos gráficos, para intentar transmitir esas viejas teorías de defensa de los valores, de la defensa de un pensamiento, en definitiva».

Para el autor, lo que «realmente» fue Amaiur fue «un símbolo», un símbolo «de una gente que intentó defenderse de un imposible». Eso viene a demostrar a través de documentos. «No es una opinión mía sesgada», ha remarcado.

Para apuntalar esta afirmación, Sagredo aporta también lo que dijeron los protagonistas a través de sus cartas. «Todos los movimientos que hubo del Ejército castellano y también del navarro, de cómo se preparó la defensa, y cómo al final paso lo inevitable», dice.

Altavoz de los perdedores

El hecho de que en el mismo título Sagredo hable de una «historia perdida», invita a preguntarse qué parte de la historia no nos ha llegado o si nos ha llegado, si está manipulada o edulcorada.

«Nos ha llegado lo que al final fue un intento de mostrar una fidelidad, aunque se perdió, porque los perdedores no tienen posibilidad de mostrar. La historia es así, es cruel con los que pierden, solo es apta para los que ganan».

El libro, en cierta forma, quiere hacer de altavoz de los perdedores, «mostrar lo que ellos querían mostrar a través de su ejemplo de su lucha, y lo que fue esa historia y que no ha sido contada hasta que hace unos años empecé a investigar. Es el concepto de la historia perdida», ha lamentado.

En cualquier caso, también se recogen otras visiones, porque también se muestra la historia incluso a través de los ojos de los capitanes castellanos que participaron, si bien el interés «sobre todo» es transmitir lo que sucedió en la conquista de Nafarroa y «lo que pudo sentir esa gente en el castillo para defender sus ideales».

«Cuando 200 hombres están rodeados por más de siete mil, cuando ves que están colocando cañones, y van a destrozar parte del castillo, y aún así aguantan… cuando sabes que resisten día tras día pese a que se están colocando unas cargas explosivas en los muros… es porque quieren mostrar algo. Y ese es el interés de este trabajo. No solo centrarme en la parte histórica, sino intentar transmitir esas sensaciones que pudieron vivir».

La publicación también va relacionada «con lo que perdimos», dice Sagredo, esto es, «con las posibilidades que perdimos si Navarra llega a ser un Reino independiente y ahora fuera un Estado independiente no sabemos en que fórmula».

En su opinión, «posiblemente un lugar con un concepto cultural como se estaba desarrollando en la Baja Navarra, que fue la última parte del Reino antes de su pérdida en 1620. Donde se reflejaba una cultura y un avance mental respecto a lo que eran los reinos de alrededor. Y eso, posiblemente, hubiera afectado a nuestro territorio. Y no solamente lo que podemos considerar la Navarra actual con la Baja Navarra, también lo que fueron las zonas occidentales de Gipuzkoa, Bizkaia y Álava. De lo que pudo ser si todo hubiera sido como tenía que ser», desliza.

El libro, además, propone varias rutas por los alrededores del castillo de Amaiur para aproximarse a la historia de otra manera.





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A Cinco Siglos de San Marcial

Ya se ha dicho anteriormente, el Alarde de Irún y Hondarribia tiene su origen en un hito histórico que poco tiene que celebrarse y mucho que conmemorarse pues fue el epitafio de la insurrección navarra en contra de las coronas de Castilla y Aragón, ese intento por recuperar la soberanía que nos ha dejado gestas como las batallas libradas en Noain, en Donibane Garazi y en Amaiur. O sea, en Irun y Hondarribia los vascos no fuimos los vencedores, fuimos los vencidos... ¿de que se alardea?

Por lo anterior, les recomendamos la lectura de este reportaje histórico publicado por Naiz:


Batalla de San Marcial, 500 años de la derrota franco-navarra que dio origen al Alarde de Irun

El 30 de junio se cumplirán 500 años de la batalla de San Marcial, librada dentro de la guerra por la independencia de Nafarroa y que se saldó con una derrota franco-navarra que hoy en día se sigue conmemorando en el Alarde de Irun.

Pello Guerra

El 30 de junio se cumplen 500 años de la batalla de San Marcial, la derrota franco-navarra que dio origen al Alarde de Irun.

En ese choque de armas se dirimía la posesión del castillo de Behobia, una fortaleza que había sido construida en 1518 por orden de Fernando el Católico para impedir el paso por el río Bidasoa de una posible ofensiva desde el norte.

Ese ataque terminó produciéndose en octubre de 1522 dentro de la ofensiva franco-navarra lanzada por los reyes Enrique II de Albret y Francisco I de Francia para liberar Nafarroa del dominio español, diez años después de iniciada la conquista del reino pirenaico.

Ese ejército consiguió recuperar Nafarroa Beherea y el norte de la Alta Nafarroa, con el castillo de Amaiur como principal referencia. A continuación, se dirigió hacia Gipuzkoa para tomar Hondarribia.

En su camino se encontraba el castillo de Behobia, que debía tomar para proseguir su ofensiva. Ante las tropas del almirante de Francia, el señor de Bonnivet, aparecía en lo alto de una colina la fortaleza diseñada por Diego de Vera con una peculiar planta triangular, con una torre circular en cada vértice.

Cada una de sus caras tenía 22 metros de largo y los muros contaban con una altura de diez metros y un grosor de 4,70 metros. Disponía de troneras para la artillería a bajo nivel y a unos seis metros de altura, y el acceso se realizaba por una puerta en la cara meridional.

El 4 de octubre, los cañones del ejército franco-navarro estaban frente al castillo. Bonnivet envió a un trompeta para conminar a rendirse a la guarnición, que estaba integrada por un centenar de soldados al mando de Pérez de Iartza, un vizcaíno veterano de la guerras españolas en Italia. Su respuesta fue que no conocía al rey de Francia y a Bonnivet mucho menos.

Ante esa negativa, comenzó el bombardeo del castillo, que iba generando bajas entre los defensores, y poco después, la fortaleza de Behobia se rendía. El general franco-navarro escribió al rey de Francia que al mismo alcaide de la fortaleza que aseguraba no conocerles «muy poco después le he hecho hablar francés». En su lugar fue nombrado un lapurtarra de Azkain.

A continuación, el ejército franco-navarro se dirigió a Hondarribia, que terminó ocupando el 18 de octubre tras varios días de cerco.

La toma de la estratégica plaza disparó todas las alarmas españolas, cuyas autoridades no conseguían reunir tropas con las que dar la vuelta a la situación. Circunstancia a la que se sumó la meteorología, con un otoño que pasó a la historia como uno de los más lluviosos del periodo en toda Europa, según apunta el historiador Peio Monteano. Ese mal tiempo también frenó cualquier otra posible operación militar del ejército franco-navarro, así que la guerra quedó paralizada de facto hasta que llegara el buen tiempo.

Esos meses dieron margen a los españoles para prepararse y organizar una ofensiva con la que querían reconquistar todos los territorios perdidos e incluso adentrarse en la Guyena.

Demolición fallida del castillo

Conocedor de esos movimientos de tropas, el gobernador de Baiona, el señor de Saint André, decidió concentrar su fuerzas en Hondarribia para defenderla y evacuar el castillo de Behobia, posición que consideraba complicada de conservar. Para que este último no cayera en manos del enemigo, ordenó su demolición.

La mayoría de la guarnición abandonó la fortaleza tras recoger armas y vituallas,  mientras varios hombres se encargaban de disponer cargas explosivas para derribar los muros del castillo. Tras prender las mechas, se retiraron a la espera de la explosión.

Pero sus movimientos estaban siendo vigilados por unidades de infantería castellana y milicias guipuzcoanas, que penetraron en el castillo y apagaron las mechas, impidiendo su destrucción y haciéndose así con él, según explica el historiador Pedro Esarte.

La fallida demolición del castillo suponía un serio revés para los intereses franco-navarros, ya que las tropas de Carlos V habían recuperado el control del paso del Bidasoa, complicando el abastecimiento por tierra de Hondarribia.

Ante ese giro de la situación, el alcaide de la plaza en nombre del rey de Nafarroa, el señor de Luda, solicitó a Saint André la recuperación del castillo, convencido de que no sería difícil expulsar al centenar de hombres que la ocupaban y que estaban dirigidos por el capitán Otxoa de Asua.

El 28 de junio partían de Hondarribia y Lapurdi las tropas destinadas a reconquistar la fortaleza de Behobia, integradas por unos 3.500 infantes al mando del señor de Senpere y unos 1.000 mercenarios alemanes (los temidos lansquenetes), reforzados con cuatro piezas de artillería.

Este contingente intentó cruzar el río, pero fue rechazado por la guarnición del castillo y las milicias de Irun. Esa misma noche volvieron a intentarlo aguas arriba y consiguieron situarse en el alto de San Marcial. A continuación, emplazaron la artillería de espaldas al castillo.

Tras conocerse su presencia, los capitanes Juan Pérez de Azcue y Miguel de Ambulodi, que comandaban 400 soldados cada uno, plantearon al capitán general de Gipuzkoa, Beltrán de la Cueva, la posibilidad de atacarles. Este se mostró favorable y sumó a los hombres de los dos capitanes, la mayor parte de los 2.000 infantes y 200 jinetes que tenía a su mando.

A esas tropas se unieron 1.500 infantes y 150 jinetes de Errenteria, otros 24 jinetes a las órdenes de Ruy Díaz de Rojas y 700 hombres más asentados en Irun y Oiartzun.

Aprovechando la noche siguiente, esas tropas imperiales se acercaron al campamento de la infantería lapurtarra para atacarle.

Para facilitar esa operación y como maniobra de distracción, se hizo creer a los atacantes que el ejército de Carlos V se desplazaba por el camino real, entre Errenteria y Oiartzun. Para ello, el capellán Pedro de Irizar, que actuaba de abastecedor de tropas, repartió varios centenares de hachas luminosas entre mujeres y muchachos, que realizaron ese camino con ellas encendidas como si se trataran de los soldados, según recoge Esarte citando a Moret.

Mientras, las auténticas tropas de Carlos V se lanzaron sobre los lapurtarras, que, ante el ataque, empezaron a huir. En la persecución no hubo muchas bajas, pero el señor de Senpere fue hecho prisionero junto a treinta de sus hombres.

Muere uno de los principales capitanes legitimistas

Acto seguido y sin que hubiera llegado a amanecer, los soldados imperiales sorprendieron a los lansquenetes, que demostraron su preparación militar contraatacando en dirección al alto de San Marcial.

Les dirigía el capitán legitimista navarro Juan Ramírez de Baquedano, señor de San Martín de Amezkoa, «quien animaba a los mercenarios en alemán», según señala el historiador Monteano. No habían llegado a la cumbre, cuando el señor de San Martín cayó muerto junto al alférez de los lansquenetes.

Al ver llegar a la caballería imperial y huir a la francesa que les debía proteger, los mercenarios alemanes se retiraron monte abajo, perseguidos por los jinetes, que dieron muerte a 200 y capturaron a otros tantos. Estos prisioneros fueron liberados poco después tras solicitar el papa Adriano su incorporación a su guardia personal.

El resto del contingente tuvo suerte y consiguió llegar a Donibane-Lohitzune y Hondarribia sin haber sufrido grandes pérdidas y con toda la artillería.

La derrota ante el castillo de Behobia era un nuevo revés para las fuerzas franco-navarras, pero sobre todo supuso una enorme pérdida para la causa legitimista. Con la muerte del señor de San Martín, desaparecía uno de los navarros que más había combatido por la independencia del reino.

Ramírez de Baquedano había sido uno de los líderes del levantamiento de Lizarra de 1512 contra la ocupación española y había caído preso junto al mariscal de Nafarroa en 1516, durante el segundo intento de recuperación del reino.

Posteriormente, fue el vencedor en la batalla de Zegarrain, librada poco antes de la batalla de Noain, en la que también combatió. Posteriormente participó en la defensa de Donibane Garazi y finalmente en la conquista de Hondarribia.

Poco después de la batalla de San Marcial, un emisario llegó a la zona para recabar información sobre el paradero del bravo capitán navarro. Al confirmarse su muerte, buscaron su cuerpo en el campo de batalla y tras ser localizado, fue trasladado a Lapurdi, donde fue enterrado.

En su casa de Amezkoa, «quedaban su esposa y su hijo Diego, un chaval que acababa de cumplir diez años y al que apenas había tenido tiempo de conocer», señala Monteano.

La batalla de San Marcial se libró exactamente un año después de la de Noain, aunque las diferencias entre una y otra son muy notables, tanto por la repercusión de lo ocurrido, como por el número de fallecidos en el choque.

De hecho, a pesar de la derrota, Hondarribia siguió en poder franco-navarro hasta febrero de 1524, casi dos años después de lo sucedido en Behobia.

Sin embargo, los vencedores hicieron «gran fanfarria» con lo sucedido, como vaticinó Saint André. Por un lado, el historiador guipuzcoano Garibay llegó a afirmar que 2.800 alemanes habían muerto por las armas o ahogados cuando trataban de huir cruzando el Bidasoa, por únicamente dos fallecidos en el bando imperial. Y la llegó a calificar de «señalada victoria a mucha honra de la nación guipuzcoana».

Tiempo después se levantó en el monte una ermita dedicada a San Marcial en recuerdo de la batalla y este choque de armas está en el origen del Alarde de Irun, que cinco siglos después sigue celebrando lo ocurrido aquel 30 de junio de 1522.

 

 

 

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