Un blog desde la diáspora y para la diáspora

viernes, 6 de diciembre de 2019

El Miliciano Feliciano Novoa

Una perla de la memoria histórica y la lucha antifascista del pueblo vasco que nos llega desde las páginas de El Diario:


Asociación Sancho de Beurko

¡¡¡No caigas en el error de considerar como un sueño lo que puedes conseguir!!! (1)

No siempre puede el investigador tener la suerte de trabajar con las fuentes orales y las memorias, que para nosotros han sido siempre de consulta obligada para abordar nuestros estudios en la Asociación Sancho de Beurko. Uno de los riesgos de acudir a la memoria es, en primer lugar, la falta de precisión de esta, cuando no la deformación interesada. Siempre ha habido y habrá, porque es condición humana, personas interesadas en construirse una ficción que con los años se convierte en realidad, incluso para ellos mismos. Pero muy pocas veces tenemos la fortuna de encontrarnos con un relato tan honesto como el de Feliciano Novoa, pues parece escrito con ánimo de congraciarse con su vida (a pesar de que solo tuviese 30 años, pero muy intensos, cuando las escribió), aunque sobre todo ello lo que planea en realidad es la esperanza de servir a los fines de un mundo mejor. Un idealismo que no solo es reflejo de su propia inquietud intelectual —que sin duda mantuvo toda su vida, alimentada por muchas lecturas y su propio compromiso político, profundamente izquierdista, si bien alejado de todo protagonismo, confesando un marcado desprecio por la clase política-, sino que entronca con la visión que del mundo tenía toda su generación, la que creció en el periodo de entreguerras, en el que la vieja Europa, y concretamente la España de 1936 a 1939, se convirtió en el campo de batalla de todas las ideologías y en el refugio de todos los intelectuales (2).

"Quiero hacer constar los pensamientos que desde hace largos años guardo dentro de mí, sin otra pretensión que la de reflejarlos sobre el papel, a la vez que deseoso de que fuesen aprobados y compartidos por la innúmera legión de los que todo lo sufren y que reportasen algún beneficio o utilidad y luz a cuantos parece que hemos nacido destinados a ser la mercancía que colme el insaciable apetito de esos pocos que no se ven satisfechos por más y más manjares".

Sin embargo, no creemos que Novoa, que era muy reacio a hablar de la guerra, pensase realmente en publicar este extenso relato redactado en el año 1945 (un total de 176 páginas absolutamente inéditas) en el que hay apuntes biográficos, pero no se trata de unas memorias en sentido estricto, pues se detiene en hacer una suerte de geografía humana de todos aquellos que, bajo su prisma de izquierdas, reprimen al hombre libre (el clero, el capital, el ejército, los gobiernos, las dictaduras) y aboga por la nacionalización de la industria y de la banca, criticando el papel negativo que para las personas con iniciativa e ingenio tienen los gobiernos de corte capitalista —inventores como lo era él mismo-, compara la situación del obrero con la de los esclavos africanos, aboga por una prensa al servicio de la verdad, etc. Se trata de un análisis de la realidad de su tiempo realizado con un agudo espíritu crítico, pues nos encontramos ante una persona muy inteligente y con honda preocupación social, si bien la lectura es difícil por la densidad de lo tratado. La familia no sabía nada de estos escritos (que transcribió posteriormente con gran esfuerzo) y se encontró con ellos de manera casual cuando se vendió el piso de los abuelos, por lo que no consta en modo alguno que hiciese nada por divulgarlos o sacarlos de su plano estrictamente íntimo, lo que otorga credibilidad a todo su relato, especialmente al describir aquello que vivió en primera persona, como cuando cuenta los hechos que sucedieron en el puerto vizcaíno de Urkiola el día 5 de abril de 1937. Cobran aquí todo su sentido las palabras de Corvisier cuando dice que no debe confundirse “sinceridad y exactitud, como tampoco exactitud y precisión. Igualmente debe distinguir(se) entre testimonios voluntarios y testimonios involuntarios. Estos últimos son generalmente los más sinceros, sino los más exactos” (3).

Pero los blogs como este son hijos de su tiempo y deben adecuarse a ciertas servidumbres, una de ellas es atenerse a la actualidad, que nosotros solemos hacer coincidir con la llegada de los aniversarios o la publicación de determinadas cuestiones relacionadas con la memoria de los vascos entre 1936 y 1945. Recientemente, Iban Gorriti publicaba en Deia un artículo sobre la excursión que devino en tragedia de unos aviadores alemanes y su traductor en el puerto de Urkiola el día 5 de abril de 1937, durante la pasada Guerra Civil, haciendo referencia a que historiadores de la UPV-EHU “sacaban a la luz” este suceso, cuando en realidad ya había sido tratado por uno de los autores de este blog, Guillermo Tabernilla, para el libro 'Saibigain, el monte de la sangre' (Asociación Sancho de Beurko, 2002). Las fuentes a las que se hacía referencia en el citado artículo son de carácter hemerográfico (la prensa de la época) y en algún caso bibliográfico, y no haremos objeción alguna, pues las conocemos bien, dejando a criterio del lector cuestiones de otro tipo de las que ya hemos hablado en otras ocasiones y que tienen que ver con el protagonismo que de un tiempo a esta parte han adquirido en la prensa vasca personas muy vinculadas al llamado movimiento memorialístico y de cómo se contrastan estas informaciones, pero hoy no toca tratar de estos temas sino de la vida de Novoa y su relación directa con estos hechos.

Tabernilla ya tuvo ocasión de entrevistar en el año 2001 en su casa de Muskiz a un protagonista de aquella historia llamado Lorenzo Galaz Zorrilla, un miliciano del batallón UGT nº3 'González Peña' que se encontraba en un puerto de Urkiola atestado de tropas vascas en retirada tras la debacle sufrida por el Ejército de Euzkadi en Otxandio. Galaz relató cómo se encontraba formando parte de un control de carretera junto a otros compañeros de su batallón apoyados por un carro blindado cuando vinieron hacia él en un coche cuatro alemanes, que al no detenerse ante las indicaciones de los milicianos vascos fueron tiroteados, a consecuencia de lo cual falleció uno de ellos (el oficial Von Harling), mientras que el intérprete Paul Freese, que había vivido en Zarautz y hablaba el castellano fluidamente, sufrió heridas de gravedad de las que fallecería poco después. Los otros dos, apellidados Kienzle y Schulze-Blanck, fueron hechos prisioneros y trasladados a Bilbao. Y así, de modo trágico, terminó una suerte de loca Road Movie en la que unos aviadores de la Legión Cóndor fuera de servicio se pasaron de frenada con ánimo de ver el campo de aviación que las autoridades vascas estaban finiquitando en Dima y en vez de girar a la izquierda en Otxandio tiraron para delante, introduciéndose de lleno en el puerto de Urkiola, adonde se había retirado todo el Estado Mayor del comandante Juan Ibarrola.

También se encontraba en Urkiola tras varios días de combate en un frente que se desmoronaba totalmente, Feliciano Novoa. Había nacido en Badarán (La Rioja) en 1915 y había venido a Bilbao siendo apenas un niño para estudiar en la Escuela de Trabajo (donde estuvo cuatro años, hasta 1932; se casó muy joven y en 1935 ya tenía una hija), incorporándose voluntario a la 1ª Compañía del batallón Azaña de Vizcaya (Izquierda Republicana, IR) al comienzo de la Guerra Civil. Se trataba de un batallón veterano de la batalla de Villarreal que ya había formado parte de la columna de Ibarrola, por lo que sus hombres conocían de sobra el sector Ochandiano-Aramayona cuando comenzó la gran operación militar del ejército rebelde para romper el frente vasco (que la historiografía ha registrado como Ofensiva de Mola) del 31 de marzo de 1937. Ese día, tras una intensísima preparación artillera y aérea que fue general a todos los sectores del frente atacado en el norte de Araba, el Azaña se batió con valentía en la defensa del Asensiomendi, frenando hasta bien entrada la tarde el ataque de los requetés de los tercios de Ntra. Señora de Begoña y Oriamendi, lo que retrasó bastante las operaciones en el valle de Aramaiona. El Azaña permaneció en primera línea hasta el 4 de abril, el día en que se produjo la debacle del Ejército Vasco en Otxandio, siendo trasladado al puerto de Urkiola (4), donde nuestro hombre tendría el encontronazo con los aviadores de la Cóndor. El valor de su relato, hasta día de hoy desconocido, nos hace incluirlo en su casi totalidad:

"El día 5 de abril, sobre sobre las diez de la mañana, el alto mando nos ordenó que ocupásemos la línea principal de resistencia, que se extendía a lo largo del monte perpendicular y sito hacia la mitad de la carretera Urquiola-Ochandiano, dando cara a esta última localidad. Como no habíamos llevado más municiones que las dotaciones reglamentarias de cada militante en la unidad, el teniente me ordenó que, con dos mulos y la compañía de otro soldado, bajase al polvorín, instalado en las inmediaciones del Santuario de Urquiola, a fin de que trasportase explosivos de varias clases".

"Obedecida la orden, nos pusimos en marcha los cuatro componentes (el soldado, los dos semovientes y yo) y apenas habíamos alcanzado la carretera y sí llevábamos andando por ella cinco minutos, cuando de nuestra línea de fuego procedía el ruido de un motor. Cualquiera en estas circunstancias, y más a sabiendas de que no había ningún vehículo nuestro en la corta distancia que llevábamos recorrida, hubiese imitado mi actitud o la curiosidad le habría hecho mirar hacia donde procedía el extraño. Acaso instintivamente o por desconocer lo que aquel ruido traía consigo, lo cierto es que hice un algo y volví la cabeza para percatarme de lo que significaba".

"Mientras tanto, semovientes y mi semejante proseguían la marcha, según me di cuenta después, y la distancia que nos separaba sería de unos cincuenta metros. Siendo leal a mí mismo, he de confesar que lo que vieron mis ojos, aunque me sorprendió, no llegó a influir en nada mi ánimo o no lo excitó. A unos cien metros se apareció a mi vista un coche, aparentemente de paseo, blindado y camuflado con diversidad de pinturas, un fusil ametrallador emplazado por encima del parabrisas, unos círculos blancos acogiendo en su interior la esvástica nazi y cuatro ocupantes".

"Por entonces, los soldados íbamos protegidos con un “poncho” engomado que nos preservaba de las lluvias, cubría nuestro cuerpo y ocultaba el uniforme y las armas que bajo él se llevasen. Los ocupantes del coche, según comprobé más tarde, eran un teniente coronel, un capitán y dos tenientes, uno conducía el coche, todos ellos pertenecientes a la aviación y jefes, según dijeron, del campo de Vitoria".

"Desde que les ofrecí mi mirada hasta que se situaron y pararon frente donde estaba, permanecía quieto y solo bajo el “poncho” y, sin que ellos lo advirtiesen, moví mi mano derecha para agarrar y disponer la pistola, tanto por si tenía que aprovechar uno de sus proyectiles para que no me cogiesen prisionero como por si me veía forzado a hacer frente a los insurgentes. Pero todo quedó reducido, en aquel primer momento, a una simple precaución".

"Cuando hicieron alto frente a mí, el teniente coronel [Freese], que hablaba muy bien nuestra lengua (dijeron más tarde los “sabihondos” que vivía en Zarauz cuando empezó la guerra, seguramente destacado por Hitler desde tiempos antes para colaborar en el levantamiento) y que, además de su cargo, debía ejercer el de intérprete de sus otros compañeros y subordinados alemanes, me espetó las preguntas siguientes: 'Aquellas fuerzas que se ven allí (en Urquiola estaban acantonadas varias unidades republicanas y el cuartel general del sector), ¿son todas nuestras?' .A lo que contesté: 'Sí. Son todas nuestras'. 'Entonces, ¿todo esto está ocupado por nosotros?' Asentí: 'Todo”.

"Destacaré que en los breves momentos en que conversamos, el 'buen señor' se mostró risueño y complaciente. Cuando dimos por terminado el diálogo y sin nada que denotase prisa, pusieron en marcha el coche, al que miré hasta que una curva lo ocultó a mi vista".

"Lo chocante de todo esto es que, al traspasar la línea de fuego, no se disparó ni un solo tiro que denunciase la presencia de los oficiales nazis y que pusiese en alerta a cuantos estábamos en las filas del Ejército Popular. Desde luego que así tuvo que ser para que, los que, en plan de inspección, se metieron en la 'ratonera' no se diesen cuenta y sin “queso” ni “tocino” quedasen apresados en ella".

"Tan pronto como dejé de verlos, corrí en varias direcciones y grité para poner sobre aviso a mis compañeros más cercanos a fin de que ayudasen a no dejarles escapar cuando, era de prever, se diesen cuenta de dónde estaban e intentasen desandar lo andado".

"No sé ciertamente el tiempo que pasó (a mí se me antojaron segundos), pero es el caso que antes de que amigos míos se diesen por enterados, venía hacia donde me encontraba el capitán “extraviado” [Harling], corriendo velozmente y sin que los accidentes del terreno hiciesen mella a sus plantas. Cuando nos separaba una distancia de veinte metros poco más o menos, le eché el 'alto', apuntándolo con la pistola ametralladora que llevaba, y tal hizo".

"En su, para mí, lengua difícil de entender, aprecié que me decía que “era de Franco”. A ello le replicaba “que nada de eso importaba y que se diese preso”. Aunque acaso no comprendiese mis palabras, la actitud que observaba le debió hacer comprender lo que pretendía y el mal terreno en que se asentaba ya que, tras insistir varias veces en eso de que 'era de Franco', y yo contestarle en términos parecidos a la frase anterior, dio por terminada nuestra ininteligible e inesperada conversación. Metió la mano (que las tenía en alto por haberle obligado a ello el temor del arma que le apuntaba) en el bolsillo de su abrigo, con una velocidad 'endemoniada' y, para cuando me percaté de lo que su movimiento significaba, tenía una pistola en su diestra y me disparó un tiro, que representó la iniciación de nuestro duelo. Instintivamente di un salto y apreté el gatillo de mi pistola".

"Los tiros que nos cruzamos debieron oscilar entre siete y ocho. A cada disparo, nos cruzábamos palabras análogas a las ya citadas y él procuraba distanciarse de mí y ganar la carretera, posiblemente como último recurso para rectificar el error que le había de traer la muerte. La agilidad que demostré entonces es muy posible que superara a la de los mejores atletas de circo, pero es lo cierto que, entre charla y charla y ante la inflexible actitud de los dos, hacíamos uso de los elementos bélicos, los saltos y posturas que adopté debieron ser de lo más cómico. Respecto a la puntería, innecesario es decir que fue mala, acaso motivada por el estado de nerviosismo en que nos encontrábamos. Como decía, su afán visible estribaba en alejarse de mí y situarse en la carretera. Lo último lo logró… pero demasiado tarde. Cuando en ella estaba, advertí que por la rodilla derecha echaba sangre en abundancia y que ya solo una pierna le hacía servicio".

"¿Cuánto tiempo pasó en esta circunstancia? ¡No lo sé! Lo único que puede decir es que, cuando su sangre empezó a regar el suelo, empezaron a acercarse a mí algunos compañeros que, en actitud hostil hacia él, claro es, secundaron mi labor y le disparaban tiros de fusil. Entonces se le presentó al nazi su último pensamiento y de pie, cual fiera retadora pero acosada sin solución, levantó el brazo derecho, apoyó el cañón de la pistola en su sien y dio gusto al dedo índice de su mano por última vez: se disparó el proyectil que quedaba en el cargador. Cuando le vimos hacer el movimiento descrito, dos de los que se habían situado junto a mí y yo nos abalanzamos hacia él, pero llegamos tarde; ¡el fiel servidor de Hitler había dejado de existir!"

"Como ocurre siempre en casos de estos, enseguida fue registrado y (si la memoria no me es infiel) se le encontró un papel en el que se le asignaba haber batido el récord en vuelo Sevilla-Vitoria; un carné con el título de ingeniero; otros que atestiguaban su grado de capitán del cuerpo de aviación alemán; un lápiz tinta y varios billetes del Banco de España emitidos por los “nacionales”, en el país del que estaba inerte ante nosotros. De todo eso solicité me dieran, para recuerdo, el lápiz y un billete de cincuenta pesetas que, por cierto, estaba manchado de sangre".

"Hecho esto, recomendé a los que allí estábamos que no perdiésemos tiempo admirando a la infeliz víctima y nos lanzamos a campo traviesa en busca de los otros que, era de suponer, por instinto de salvación, habrían imitado al ya muerto. No puedo decir a qué obedeció el que mi cuerpo se precipitase tan rápidamente, pero sí que, a los pocos momentos, estaba muy distante del lugar en que yacía la primera víctima y que, sin advertirlo, el segundo de los que intentaban escapar estaba muy cerca de mí".

"Indescriptibles son los apurados momentos que pasé. De todas partes venían tiros cuyos proyectiles silbaban muy cerca de mis oídos. Cuál sería mi situación que, sin hacer caso a los presuntos fugitivos, me puse a gritar con toda la fuerza que poseía y accionando violentamente: “¡Eh! ¡No disparéis! ¡Que soy rojo!”, con insistencia indeclinable".

"Pronto renació la calma pues, a corta distancia de donde estaba y en un pequeño montículo que le permitía ocultarse a mi vista, fue detenido el segundo de los aviadores. Ni que decir tiene que, para entonces, todo estaba lleno de fuerzas que se habían puesto en movimiento, ante el incidente que tenía lugar desde hacía rato".

"Renacida la calma, es cuando noté el esfuerzo que había realizado; estaba agotado físicamente. En un tanque ligero que se situó cerca de donde estaba, me ayudaron a subir y fui trasladado al cuartel general donde, en el momento que llegué, estaban registrando al tercero de los equivocados e interrogándole. El cuarto (que era el teniente coronel con quien primero hablé) me dijeron que resultó herido cuando, al llegar al primer puesto de vigilancia (guarnecido por guardias de asalto mandados por un sargento), al darse cuenta de su gran error, intentaron dar la vuelta al coche en la carretera y, como consecuencia de la acción violenta del viraje y de un cañonazo disparado por un tanque, volcó en la cuneta. Describir el momento de mi llegada no es fácil, ya que todos me acosaban a preguntas. Entre otras, recuerdo la que me hizo el jefe del sector, Sr. Ibarrola, y que era esta: '¿Ha pasado usted miedo?' A lo que repliqué que no me era fácil dar satisfacción a sus palabras, puesto que no dejaron pensar en tal cosa la rapidez de los acontecimientos".

El periplo de Feliciano Novoa durante la guerra no terminaría ni mucho menos con este incidente (que le dejó profunda huella, hasta el punto de que fue de las pocas cosas que contó de lo que vivió entre 1936 y 1939), sino que continuó hasta la debacle final del Norte republicano en Asturias de octubre de 1937. Por insistencia de un brigada de su batallón, ingresó en una segunda tanda de la escuela de oficiales de Euzkadi, que se convertiría en Escuela Popular de Guerra n.º 6 durante el verano de 1937, de la que saldría como teniente de infantería tras tres meses de estudios. Evacuado por mar a Burdeos, adonde llegó el día 27 de octubre de 1937, regresó a la España republicana por Cataluña. En Barcelona tuvo ocasión de ver al comandante Ibarrola, quien le conminó a presentarse en la jefatura de la 217ª Brigada Mixta en el Castillo de Figueras. Allí fue asignado primero a la sección de información y después como teniente ayudante de uno de sus batallones, con el que pasó por los frentes de Teruel, Toledo y Extremadura. Llegó a ser jefe de Estado Mayor de la brigada, cargo que ocupó hasta el final de la guerra, encuadrada en el Ejército de Levante. Durante aquel tiempo tuvo ocasión de desarrollar sus grandes dotes organizativas, destacando la elaboración de planes quincenales que mantuvieron la moral alta en un frente que permaneció estabilizado hasta el final de la guerra. Después pasó por la plaza de toros de Valencia (convertido en campo de clasificación de prisioneros republicanos) y al cabo de unos meses consiguió librarse del fusilamiento y puesto en libertad, reuniéndose en Bilbao con su mujer, que se había refugiado en Cenicero (La Rioja) al comienzo de las hostilidades.

A comienzos de los años 40 comenzó sus actividades clandestinas formando parte de una célula del Partido Comunista en Bilbao de la que no conocemos ni siquiera los nombres de las personas que la formaban (aunque abunda en datos sobre su génesis y da detalles de algunas reuniones), pues siempre fue muy discreto con aquellas cuestiones, y más teniendo en cuenta las responsabilidades que había asumido durante la guerra, llegando a ser incluso reconocido, por lo que la familia tuvo que moverse para impedir que reingresara en prisión. Por aquel tiempo diseñó un aparato que llamó “Avión sin piloto”, una suerte de cohete con carga explosiva del que, desgraciadamente, no se ha conservado plano alguno y que fue ofrecido, en virtud de su militancia antifascista, a norteamericanos y británicos, comenzando un periplo de consulado en consulado que tuvo que ser muy frustrante para él, pues no le hicieron caso. Se incorporó a la plantilla del Banco Popular de Bilbao a finales de los años 40, donde comenzó de cajero y ascendió hasta jefe de informes. Falleció en 1984, sin llegar a cumplir los 70 años, cuando aún tenía tantas cosas que decir para mejorar el mundo, un mundo en el que entrásemos todos, como él quería.

(1) Así terminaba Feliciano Novoa sus memorias inéditas (cortesía de su nieto Asier Peña Novoa).


(3) A. Corvisier. (1980). Sources et méthodes en histoire sociale. Citado en G. Thuillier y J. Tulard, Como preparar un trabajo de historia, trad. J. Garcia-Bosch, Barcelona, Oikos-Tau, 1988, cita en p. 99.

(4) Josu Aguirregabiria y Guilermo Tabernilla: “Seis días de guerra en el norte de Álava. Comienza la ofensiva de Mola (31 de marzo-5 de abril de 1937)” en Saibigain n.º 6 (2018).






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