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sábado, 5 de diciembre de 2020

Egaña | La Transformación

Una vez más Iñaki Egaña arroja el reflector de la verdad histórica sobre el retorcido relato del españolismo.

Lean su texto inspirado en la macro redada efectuada en contra de los jóvenes de Segi hace ya más de una década, mismo que ha sido dado a conocer por Gara:


La transformación

Iñaki Egaña

Una mañana, tras despertar de un sueño intranquilo, Gregor Samsa se vio en su cama transformado en un insecto. Es el inicio de una breve historia contada por Franz Kafka a la que puso el título de “Die Verwandlung”. Aunque la traducción literal del título alemán sería la de “La transformación”, los editores al castellano aplicaron el más atractivo de “La metamorfosis”. Al igual que al euskara, “Metamorfosia”.

¿Qué me ha pasado?, no es un sueño, suspiró Gregor. La conmoción transmitida por las letras del escritor bohemio quedó para la posteridad, en un relato secundario que, por razones inescrutables, se ancló entre los clásicos. Kafka apenas dio importancia a “La Metamorfosis”, escrita en menos de tres semanas. Un tiempo en el que su mayor producción se la llevó su tarea epistolar, trasladando amores a su querida Felice, Felice Bauer. Otra mañana, tras despertar de un plácido sueño convertido en pesadilla por unos hombres embozados, Eñaut, o quizás Ander, Marisa, Peru o Ainara, se vieron en sus camas convertidos en proscritos. Sus nombres son lo de menos, decenas, cientos, miles según esas frías estadísticas que nos acogotan cuando los libros describen nuestro pasado cercano. Nombres que hace décadas evocaban a los del santoral, en las últimas extraídos de calendarios como el de Seaska.

Hace ahora exactamente once años, los nombres tomaron nuevamente relevancia, Amaia, Eihar, Irati, Zumai, Aritz, Mikel… hasta 35. ¿Qué nos está pasando?, no es un sueño, suspiraron. Estudiantes en su mayoría, trabajadores precarios. Anónimos en esa gran avenida por la que discurren hombres, mujeres, niñas, entre susurros, cánticos y conversaciones esparcidas. Anónimos hasta entonces, cuando un juez, hoy ministro del Interior, rompió sus personalidades incógnitas.

La criminalización de Amaia, Eihar, Irati, Zumai, Aritz, Mikel… hasta 35, llegó de inmediato. Continuando un manual escrito y difundido en tiempos remotos, en tiempos tan rancios que el “Cara al sol” era de entonación obligada, los jóvenes estudiantes fueron embreados con el estigma de la culpabilidad. Un manual manoseado y acogido en los estantes de los cuarteles beneméritos, en las bibliotecas de las tribunales especiales, en los anaqueles de los despachos de los diarios y revistas de cabeceras hispanas. Y una culpabilidad heredada de sus antecesores, haber nacido en Euskal Herria.

No hubo nota oficial, pero la televisión pública española abrió sus informativos con un elocuente, “Descabezada la cantera de ETA”. Le siguieron sus acólitos, con lindezas semejantes, mientras en sótanos tenebrosos, la picana hacía estragos con impunidad. Centenares de “Billy el Niño” han campado a sus anchas por las cloacas del poder, con la impunidad de quien se siente protegido. Y en esta ocasión no hubo excepción. La aplicación de la normalidad ahondaba en la transformación. Secuelas de por vida.

Cinco años más tarde, aquella redada que fue moldeada con el apelativo más dócil de “contra la dirección de Segi” fue impugnada. Los entonces 41 juzgados recibieron en sentencia un “No se le atribuyen actos de violencia callejera ni se ha acreditado que militara en Segi”. Absueltos todos ellos. Con acusaciones explicitas contra el juez que dirigió el operativo en 2009: «Porque la libertad de declaración resulta comprometida cuando el inculpado afirma que su voluntad ha sido forzada». Grande-Marlaska, como tantos otros que le precedieron, había vuelto la mirada hacia ese infinito en el que se refugian los cobardes. Complicidad.

Enrique Eymar, Manuel Ordovás, Baltasar Garzón, Fernando Grande-Marlaska… apenas dedicaron unos días, como Kafka, a dictar las metamorfosis de quienes pasaban por su escritorio. Condenados o absueltos, iban a ver modificadas sus vidas perpetuamente. Una y otra vez serían tildados de proscritos, criminales hasta el día del juicio final.

Erri de Luca, ese extraordinario autor italiano, veterano de mil batallas, acaba de ver editada en castellano la traducción de su último trabajo, Impossible. Y en su libro aborda precisamente esa dualidad. La primera cuestión relacionada con la detención de un antiguo militante 40 años después de ingresar en la cárcel, cumplir la pena y conseguir la libertad. Detenido por su currículo, sospechoso eternamente. La segunda sobre la figura de quien le juzga. El libro en su conjunto, del tamaño en caracteres de “La Metamorfosis”, es un debate entre el militante afianzado en sus convicciones, y el juez que le interroga, que «no conoce siquiera el lugar en el que encierra a sus investigados. Un juez que tiene el poder de decisión incluso sin conocer. Esa es la perfecta meta del poder, alcanzar el mayor grado de incompetencia y decidir acerca de todo». De Luca se agranda con el contenido de sus letras, con su visión de la notoriedad: «la celebridad que nos vuelve memorables a nosotros, las personas anónimas, es el registro de por vida en los archivos de la policía. Allí metidos somos indelebles y perpetuos. Yo lo soy desde hace décadas. Ya tengo celebridad, somos muchos los que la tenemos».

Al comienzo de la década de 1980, Xabi pasó varios meses en la prisión de Carabanchel. Años más tarde, tras superar las pertinentes oposiciones, entró de técnico en un ente estatal. Cuando supieron de su pasado, fue puesto de patitas en la calle. A Ofelia le cortaron el pelo en Navarra, le obligaron a beber aceite de ricino. Dicen que en cierta ocasión había gritado «Viva la República». Los señoritos de la vivienda que limpiaba en la Avenida del Ejército (Catalina de Foix para los demócratas) de Iruñea le echaron cuando un miembro de Falange les filtró su ficha.

¿Qué me ha pasado? No es un sueño, suspiraron Gregor, Eñaut, Ainara, Zumai, Xabi y Ofelia. La transformación, la conversión de un humano en insecto, la metamorfosis inducida de un simple y decente ciudadano en un facineroso se produce todos los días con premeditación y alevosía. Endulzada, con literatura, permítanme el recurso, kafkiana.

 

 

 

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