domingo, 1 de mayo de 2016

Sindicalismo Soberanista y Democrático

El 1° de mayo y compartir esta editorial en Gara acerca de los retos del sindicalismo vasco está en orden:


El 1º de Mayo supone un momento especial en el calendario político de la clase trabajadora, del sindicalismo y de quienes luchan por la justicia y la igualdad. Además de celebrar las luchas que han logrado la mejora histórica de las condiciones de trabajo y vida, de ensalzar la solidaridad y las experiencias organizativas y militantes más fructíferas y ejemplares, los sindicatos vascos realizan estos días balance del momento sociopolítico. Analizan el avance o retroceso de los derechos, los desequilibrios de poder en el marco de las capacidades de confrontación y negociación y la agenda de prioridades estratégicas de la clase trabajadora.

Lógicamente, en este momento esos análisis están marcados por el desarrollo de la crisis económica, que no solo ha castigado a las capas populares y ha empobrecido a la mayor parte de la sociedad, sino que ha pervertido incluso las reglas de juego tradicionales del capitalismo, mutando sus dogmas sin complejos. La crisis es sistémica, no hay duda. Solo quien tenga intereses particulares o colectivos en que las cosas sigan como están puede negar esta evidencia. La crisis tiene relación directa con la naturaleza y el desarrollo del capitalismo, con sus fallas estructurales. Sin embargo, la alteración de esos dogmas ha posibilitado que, a través de un gran fraude, el sistema no solo resista, sino que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres; que los privilegiados acumulen más mientras el grado y el número de los desfavorecidos se multiplica. En este balance no se vislumbra el cambio de ciclo económico.

A eso hay que sumar una agenda antisindical cada vez más explícita por parte de la patronal –que en el caso vasco además no representa bien el tejido empresarial real del país–. Esta agenda se refuerza con la parcialidad de los gobiernos, que de manera irresponsable se posicionan permanentemente del lado de la patronal, de sus intereses clientelares, con políticas públicas que hipotecan el futuro de las personas y del país.

No cabe obviar tampoco la maldición de la profecía autocumplida de la izquierda. Las cosas han evolucionado en el sentido negativo apuntado desde hace lustros por los sindicatos y, en general, por la izquierda, sin que esta haya sido capaz de frenar o revertir esas tendencias. Los límites de un esquema de resistencia son obvios. Y tener la razón histórica no atenúa la pauperización de las clases populares ni la falta de perspectivas de los precarizados y de las nuevas generaciones.

Retos para la calle, desde la cárcel

En consecuencia, el balance general no puede ser positivo. No obstante, existen indicadores de que la sociedad vasca retiene capacidades sociales que no está acertando a explotar en todo su potencial. El reportaje que hoy publica GARA sobre afiliación sindical en Euskal Herria en el contexto de los países de la OCDE muestra una fuerza que contrasta con la debilidad de otros países del entorno. Sin ir más lejos, de los estados español y francés, con todos los matices. Esa fuerza debe hacerse efectiva, debe ser capaz de articular una estrategia eficaz para la defensa de los derechos de los y las trabajadoras y en la creación de unas estructuras sociales y políticas basadas en la igualdad y en la justicia.

Precisamente en el periódico de ayer el ex secretario general de LAB Rafa Díez establecía claramente tanto el valor del 1º de Mayo como los retos que tiene por delante el sindicalismo vasco. Es obligatorio recordar que actualmente Díez está preso por su liderazgo en el cambio de estrategia de la izquierda abertzale. Arnaldo Otegi tuvo ayer un recuerdo especial para él en el acto del Kursaal y es de justicia decir que el sindicalismo vasco tienen una deuda pendiente con este militante encarcelado. Como en el caso de Otegi, sus palabras destilan no solo un tremendo conocimiento histórico y una gran experiencia militante, sino una clarividencia inusual. En su texto, entre otras cosas, Díez apostaba por compaginar el carácter de contrapoder propio de los sindicatos con la necesidad de crear alternativas inscritas en procesos de cambio. Hacía referencia al conjunto de la clase trabajadora y defendía la unidad de acción de los sindicatos abertzales en clave estratégica, para responder a los desafíos a los que se enfrenta nuestra sociedad.

«Es un momento de reflexión y audacia» afirmaba Díez en referencia al sindicalismo vasco. Ese diagnóstico es extensible a todos los ámbitos de lucha que en este país se inscriben en la izquierda, defienden la soberanía y apuestan por la democracia.






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