viernes, 16 de febrero de 2007

La Caída del Führer de Bolsillo

Ahora que el juicio contra los responsables del ataque del M-11 en Madrid ocupa la atención internacional, vale la pena recordar la estrepitosa caída de José María Aznar y los que lo acompañaron en su ataque kamikaze en contra de Euskal Herria, nombres entre los que está incluido Juan José Ibarretxe.

Aquí tienen este escrito:

Aznar quiso convertir a Euskal Herria en la víctima final y cayó él

Sorprendido por el mayor atentado de la historia del Estado español en el último asalto de su mandato, José María Aznar quiso convertir a Euskal Herria en la víctima final de las bombas en los trenes. Acabó noqueado por sus mentiras, pero si no se hubieran descubierto a tiempo... Las declaraciones de Arnaldo Otegi pusieron muy nervioso al Gobierno español por el enorme eco internacional que estaban teniendo y eso aceleró los patinazos de Aznar y sus ministros.

Iñaki Iriondo

El PP y José María Aznar no tuvieron ni tienen escrúpulos en hacer de la llamada «lucha antiterrorista» un arma electoral. La emplearon en su día para desgastar al Gobierno de Felipe González y para ello ni siquiera les importó acabar con el consenso del Pacto de Ajuria Enea. Hicieron de su intransigencia divisa durante ocho años de Gobierno, identificando como enemigo al conjunto del nacionalismo vasco. Y cuando Aznar se disponía a dejar la Moncloa para pasar a la historia entre laureles, en seis minutos diez bombas explotaban en cuatro trenes de cercanías que llegaban a Madrid. El resultado: 191 muertos y 1.824 heridos. El abanderado del «antiterrorismo», el guardián de las esencias, sufría el golpe del mayor atentado de la historia del Estado español. La falta de escrúpulos demostrada durante los años anteriores alcanzó a partir de ese momento un punto de no retorno al mentir sobre la autoría de la matanza.

Si a finales de 2004 se escucha que ha explotado una bomba en un tren de cercanías de Madrid lleno de trabajadores se puede pensar que un artefacto colocado por ETA ha estallado en un momento no previsto por la organización armada, puesto que nunca ha atentado de esta forma contra la población civil. Pero tras conocer la magnitud de la masacre, se comprueba de inmediato que no encaja con la forma de actuar de ETA. Esto está al alcance de cualquier persona. Pero, además, los gobernantes españoles disponían desde los primeros momentos de indicios que apuntaban hacia el islamismo yihadista. Sin embargo, el entonces titular de Interior, Angel Acebes, no tuvo empacho alguno en asegurar que «las Fuerzas de Seguridad y el Ministerio no tienen ninguna duda de que ETA está detrás». A la misma hora, el propio presidente, José María Aznar, llamaba a los directores de varios periódicos para asegurarles que los atentados eran obra que la organización armada vasca.

Su gurú demoscópico, Pedro Arriola, había vaticinado que «si se confirma la autoría de ETA, el PP va a barrer, pero si al final los atentados los han cometido los terroristas islámicos, entonces gana el PSOE». El Ejecutivo del PP trató de mantener la versión de ETA o al menos la duda hasta el día 14, cuando se celebraban las elecciones generales. Pero las evidencias y la población que se sentía engañada se volvieron en su contra antes de tiempo. La víspera de los comicios se produjo una revuelta popular contra el Gobierno sin precedentes en el Estado español y las urnas expulsaron al PP de la Moncloa.

Todavía hoy, pese a los cien mil folios del sumario sin ningún indicio de participación de ETA, el PP e influyentes medios de la derecha española siguen alentando la duda. De haber ganado las elecciones del 14 de marzo de 2004, se habría producido una verdadera razzia contra la izquierda abertzale y no es descabellado pensar que, además, el PP se hubiera atrevido -como ya se comentaba entre dirigentes políticos- a suspender la autonomía de la CAV y quién sabe a qué más. Atribuir a ETA semejante matanza les habría permitido llevar a cabo durante el tiempo que durara la ira y la conmoción popular todas las operaciones contra Euskal Herria que siempre habían deseado en su fuero interno. Afortunadamente, José María Aznar cayó noqueado en el intento.

Arnaldo Otegi fue quien le dio el primer izquierdazo en la mandíbula.

La mañana del 11 de marzo de 2004, en plena campaña electoral, Arnaldo Otegi tenía concertada una entrevista con Mariano Ferrer en Herri Irratia para las nueve de la mañana. Fue allí donde por primera vez afirmó públicamente que la izquierda abertzale no barajaba «ni como hipótesis» la autoría de ETA y atribuyó el atentado a sectores de la «resistencia islamista». Pero, a buen seguro, lo servicios de información tendrán grabada también la conversación sobre las ocho con Joseba Permach en la que le expresaba la misma convicción.

En un primer momento las palabras de Otegi fueron acogidas con cierto excepticismo. El propio Mariano Ferrer recordaba en una entrevista posterior con GARA que cuando le escuchó pensó: «qué listo es este tío que como no puede asumir para ETA semejante horror se lo atribuye a los islamistas». Pero el paso de tiempo y los hechos fueron dando la razón a Otegi. Y para cuando a mediodía Batasuna ofreció una rueda de prensa oficial, el dirigente independentista ya disponía de datos certeros -como la aparición de la furgoneta- que confirmaban su intuición inicial.

Las declaraciones de Arnaldo Otegi pusieron muy nerviosas a las autoridades españolas, pues estaban teniendo un enorme eco internacional. En la comisión de investigación del Congreso, el entonces ministro de Interior, Angel Acebes, aseguró que había puesto «énfasis» en atribuir a ETA el atentado para «evitar que los proetarras consiguieran su propósito, evidente en aquellas horas, de desviar la atención y crear confusión». La ministra de Exteriores, Ana Palacio, vio a Otegi en la CNN haciendo unas declaraciones «a las que se les dio mucha publicidad». Sus palabras estaban provocando que los medios extranjeros solicitaran información a las embajadas. Pese a que el Gobierno español siempre ha negado credibilidad a la izquierda abertzale, resulta evidente que la comunidad internacional creía las palabras del líder de Batasuna. Por ello, el Ministerio de Exteriores envía un telegrama a las embajadas -«específicamente para salir al paso de lo que está diciendo Arnaldo Otegi», según explicó Ana Palacio al Congreso- en el que se les ordena que «deberán aprovechar todas las ocasiones que se les presenten para confirmar la autoría de ETA de estos brutales atentados, ayudando así a disipar cualquier duda que ciertas partes interesadas puedan hacer surgir».

La actuación del PP en esos días no sólo le llevó a perder la Moncloa, sino también a malgastar crédito internacional. Patinazos como obligar al Consejo de Seguridad de la ONU a atribuir las explosiones a ETA no se olvidan fácilmente. «Le Monde» publicó una caricatura de José María Aznar columpiándose con una nariz de Pinocho.

También patinó el lehendakari y Balza no le frenaba.

Juan José Ibarretxe sintió el impulso de ser el primer responsable institucional en comparecer en público para atribuir los atentados a ETA y llamar «alimañas» a sus militantes. En medio del despropósito que supuso la actuación del Gobierno español, la intervención de Lakua ha pasado más desapercibida, pero es preciso recordar que en la tarde-noche, cuando ya había pruebas que apuntaban al islamismo yihadista, desde el Departamento de Interior se transmitía la idea de «no os dejéis engañar. Ha sido ETA».

Una vez más, en las horas duras, el PNV aparecía como aliado del Gobierno español contra la izquierda abertzale. Pero si el PP hubiera ganado, eso no le habría salvado de la furia que la derecha española preveía desatar contra Euskal Herria.



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