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sábado, 16 de julio de 2022

Egaña | A Por Ellos

El granito de arena que Iñaki Egaña aporta al tema del momento, el 25 aniversario luctuoso de Miguel Ángel Blanco, ocasión que aprovechó el españolismo más rancio (desde Felipe Borbón y Franco hasta altos representantes del PSOE y del PP) para poner una pica en Ermua.

Lean por favor:


A por ellos

Iñaki Egaña

El secuestro y muerte de Miguel Ángel Blanco, ahora hace 25 años, nos conmocionó en unos meses tremendos, con la muerte asimismo de cuatro presos políticos vascos por suicidio (José Mari Aranzamendi, Juan Carlos Hernando, Unai Salanueva y Eugenio Aranburu), la abuela de un preso en accidente de tráfico cuando iba a visitarle (Antxoni Hernández) y otros dos presos excarcelados por su salud (Santiago Díez y Jean Louis Maitia). Unas semanas después de la muerte de Blanco, la guardia civil emboscaba y mataba a José Miguel Bustinza y Gaizka Gaztelumendi en la calle Amistad de Bilbo y en México, en lo que la familia calificó de secuestro por mercenarios, apareció muerto el refugiado Txipi Salegi. Andrés Barrondo, refugiado también en México, fallecía por enfermedad dos días después del secuestro de Blanco.

La muerte de Miguel Ángel Blanco me llegó haciendo de cicerone a un viejo dirigente tupamaro que había completado más de una decena de años de cárcel en unas condiciones de extremo aislamiento. La película “La noche de 12 años” de Álvaro Brechner recoge su paso por prisión. Había llegado a Donostia para presentar su libro “Memorias del calabozo”.

Los acontecimientos desbordados, liberación de Ortega Lara por la Guardia Civil tras 532 secuestrado por ETA, y el secuestro y crónica de una muerte anunciada de Miguel Ángel Blanco, fueron obviamente temas de conversación. El tupamaro uruguayo nos decía que, a pesar de la descarnada situación carcelaria de los presos vascos, en aislamiento perpetuo, la oposición armada no podía caer en los mismos cenagales que sus enemigos. Que la ética revolucionaria era un valor que no poseía el Estado y que por eso había que cultivarla para mantener el apoyo popular. Se mostró radicalmente contrario al prolongado secuestro de Ortega y al desenlace en el de Blanco y anunció lo que iba a llegar. Acertó de pleno.

El editorial de Egin marcó el sentir de muchos de los nuestros: “Es éste un momento para llamar a la reflexión a todos. La izquierda abertzale debe tomar nota y sacar conclusiones que sirvan para avanzar hacia la democratización de Euskal Herria”.
La movilización por la muerte de Miguel Ángel Blanco concitó el llamado “Espíritu de Ermua” que relanzó un activo Foro de Ermua. Una simplez como la separación entre “demócratas” y “totalitarios”, o lo que es lo mismo constitucionalistas o no, nacionalistas españoles o no, monárquicos o no, para dividir a la arena política. Aquel Foro fue la base para el nacimiento de numerosas asociaciones de víctimas del terrorismo, y en otra medida, del Melitoniun de Gasteiz. El aniversario del secuestro y muerte de Miguel Ángel Blanco ha servido para renovar intenciones y observar quiénes están detrás de semejante propuesta política, entre ellos qué grupos mediáticos alientan el conflicto.
Un conflicto que ya fue lanzado por Victoria Prego en el concierto de apoyo a la propuesta política de Ermua: “A por ellos”. Visualizado in situ, cuando Raimon cantó en catalán y fue abucheado masivamente. Situaciones que, desde la perspectiva, permiten definir más nítidamente quiénes apuestan y apostaron por la guerra. Una cuestión nada baladí. No tanto por réditos coyunturales sino por cohesionar a su comunidad, la española, detallada por una naturaleza supremacista.
El “A por ellos” no afectó únicamente a un sector del pueblo vasco. Fue una campaña generalizada. Empresas como Laboral Kutxa o Eroski tuvieron que variar su estrategia de marketing para superar maniobras de boicot. Aislamiento que sufrieron músicos, escritores, asociaciones, artistas...
Cuando se cumplió el año de la muerte de Miguel Ángel Blanco, un periodista de la revista de mayor tirada de Portugal llegó apresuradamente al aeropuerto de Bilbao. El responsable de política de su semanario estaba enfermo y debió sustituirlo en pleno verano. Con su fotógrafo, tomó un taxi y se dirigió directamente al cementerio de Ermua. Cuando llegó su sorpresa fue enorme. No encontró la tumba de Blanco, que supuso repleta de flores y recuerdos. Una anciana le indicó el lugar: “aquella que tiene una pegatina de un equipo de futbol”.

La primera reflexión que asaltó al despistado periodista fue la misma que nos hubiera atrapado a cualquiera de nosotros. La utilización de las víctimas, en este caso Miguel Ángel Blanco, como ariete para una determinada línea política. La utilización de las víctimas como agentes políticos, por encima de cualquier otra razón. Y esa reflexión le concatenó otras nuevas y otros proyectos periodísticos que profundizaron en el contexto. Hasta que la agencia oficial de noticias española le calificó de “amigo de ETA”. En aplicación paradójicamente del “Espíritu de Ermua”, aquella división de Bush, Aznar y tantos otros: “O conmigo o contra mí”. En un estado no tan matizado por su pasado, el periodista portugués ganó la denuncia judicial contra la agencia que ponía en duda su neutralidad.
Hoy, 25 años después, los acontecimientos de aquel julio de 1997, nos asaltan con la misma crudeza que tuvieron entonces. Con la particularidad de que aquellas muertes son pasado, motivo de duelo, y las intenciones del presente han variado, pero únicamente con cierta relatividad. La política penitenciaria sigue marcando agendas, y la percepción de que el llamado Espíritu de Ermua que supuestamente entró en fase de agotamiento vuelve a la palestra de la mano de los sectores institucionales más ultras y del Estado profundo. En una alianza político-militar avalada por diversos medios.
El “A por ellos”, que nunca ha descansado, ni ha dado muestras de agotamiento, sino más bien de buena salud, se ha diversificado. Ya no son únicamente los vascos, que seguimos en el punto de mira. Sino también catalanes y sectores de izquierdas son demonizados, barbarizados y si hace falta criminalizados. Diariamente. Por ello, es lamentable que aquellos luctuosos acontecimientos hayan traspasado la línea del duelo, para convertirse en señal identitaria de los sectores políticos más retrógrados.

 

 

 

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