martes, 15 de agosto de 2017

El Legado de Orreaga

En un día como hoy allá en el año 778, el diminuto pueblo vascón lograba su autodeterminación con respecto a los poderes político militares de la época, asegurando así un lugar en el mapa y en la historia europeas. Es algo que los vascos de hoy no debemos ni podemos olvidar. 

Les compartimos este escrito dado a conocer en Naiz:


Kepa J. Anabitarte | Miembro de Orreaga Taldea

Es el día de la libertad. La batalla de Orreaga (778-824). Como cualquier año precedente, pretendemos, desde luego, homenajear con nuestro recuerdo la gesta de nuestros antepasados, destacando su extraordinario valor político.

Es el resultado de una estrategia perfecta que culminó en el siglo IX con el logro de los objetivos, nada menos que la creación, desarrollo, institucionalización y puesta en marcha de una organización política soberana (actualmente, Estado) que ha ejercido plenamente sus funciones hasta bien entrado el siglo XVI (inicio de las invasiones totalitarias) y sigue hoy reconocido, aunque diezmado, en los organismos internacionales (ONU, etc.) por lo que afirmamos su vigencia y actualidad.

«Oroimena iraganaren euskarri, etorkizunaren oinarri» (La memoria fundamento del pasado, base del futuro). Para salir al paso de cualquier interpretación interesada del valor de la historia, nada mejor que recordar las palabras de Winston Churchill cuando decía: «El político que ignore la historia puede ir dedicándose a cualquier cosa, no a la política».

Con esta claridad, quienes tenemos decidido vivir en esta tierra, con este pueblo, participando en su gobernación propia, imitando a nuestros antepasados de los siglos mencionados, en sus valores estratégicos, ofreceremos el mejor homenaje que se merecen y, con su mismo espíritu de libertad y gran visión política, nos constituiremos inexorablemente como parte activa del futuro de nuestro pueblo.

Porque habrá que repetirlo hasta la saciedad y, quizás, nunca será suficiente, la libertad es fundamental para el desarrollo general de los pueblos, un factor infraestructural insustituible en cualquier ámbito, sea económico, cultural o político. Es la capacidad de decidir. No es casualidad que todos los países más libres, en principio, sean los más y mejor desarrollados.

Sin embargo, «soplan» malos vientos para quienes aspiramos a ser libres. Es cada día más evidente la pérdida de espacios de libertad. Los gobiernos de los estados dominantes, por su naturaleza ejecutiva, invaden violentamente, cada vez con menos disimulo, el campo de la sociedad, pero también es bien conocido que, para ello, se camuflan detrás de una verborrea incontenible con pretensiones ideológicas.

A mayor abundamiento, la inmoralidad de tales «ideologías», en uso y abuso de sus monopolios de propaganda, violentamente ejercida, proyectan y refuerzan sus planes con un bombardeo mediático sin precedentes históricos sobre los pueblos indefensos. Una de sus «perlas» es la negación de los sujetos políticos colectivos, es decir, pueblos versus los derechos de los «ciudadanos», ocultando maquiavélicamente que los derechos individuales únicamente se consagran en tanto cuanto forman parte de una comunidad. El individuo aislado, políticamente es nada.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la única contradicción no recuperada por el imperialismo franco-hispano es la de los problemas nacionales. Son el único conflicto serio que existe actualmente (Catalunya, Euskal Herria…).

Rematar lo anterior, es afirmar que «la primera cuestión social es la cuestión nacional y la cuestión nacional es, sobre todo, una cuestión social».

No partir de esta afirmación, nos condena a continuar con resultados negativos para el futuro, implorándose a la falta de unidad como su causa principal para no caer en el derrotismo de pensar que somos un pueblo incapaz de unirse. Pero la unidad está en función de la estrategia, si esta no existe aquella está de sobra.

La libertad es sinónimo de libre determinación y puerta abierta hacia la independencia, la soberanía, en definitiva a ejercer como sujeto político. Debe entenderse como una, no existe dos o más libertades, que significa que no hay libertad individual sin libertad nacional, como tampoco hay libertad nacional sin libertad individual.

Cualquier otro nivel por debajo de lo dicho, léase autonomías, federalismos, etc., en sus distintas variedades nunca alcanzará el listón estratégico que hace libres a los pueblos. Uno no puede ser «uno» si se lo impide el otro.

Como se está demostrando en los tiempos actuales de crisis económica mundial, todo nuestro patrimonio, desde el material, económico, paisajístico, identidad, cultura, lengua, etc., absolutamente todo, está en peligro con estos tan dueños como pésimos gestores de nuestro futuro, su único objetivo es sacarnos de la historia… pero todavía no lo han conseguido.

La autodeterminación no es un derecho, es el derecho. En todo caso, es el primero de todos y de él se derivan todos los demás.

Recurrimos en este sentido, al trabajo de nuestros intelectuales haciendo referencia a una mínima parte de sus valiosas aportaciones:

«El derecho internacional de los pueblos, es un derecho consuetudinario formalmente reconocido, no constituido, por las Naciones Unidas y sus Estados miembros. Es el derecho fundamental, inherente, incondicional e irrenunciable de independencia inmediata frente al imperialismo, condición de todos los derechos humanos y constitutivo de toda democracia, inseparable del derecho de legítima defensa inherente a todos los pueblos, y exigencia y reserva positiva de todos los Estados» y «El derecho de autodeterminación, como todos los derechos fundamentales e inherentes, no depende de elecciones, de mayorías o minorías convencionales» (Publicaciones Iparla).

Bueno será, en este sentido, que nos empeñemos en la organización de un liderazgo social, es decir, una clase política patriota y capaz, con visión estratégica y un rechazo a cualquier tentación cortoplacista o personalista. Estamos hablando de una masa social crítica suficiente, en fin, de pueblo.

Es prioridad estratégica imprescindible, aquí y ahora, reactivar el Estado de Nabarra. Y, ¿por qué? Simplemente, porque es necesario, no hay escapatoria. Si no tienes un Estado tienes el otro… pero una vez más, vayamos a la fuentes de nuestros intelectuales comprometidos:

«En la actualidad un hombre puede llevar una vida razonablemente satisfactoria, sin familia, ni lugar fijo de residencia, ni confesión religiosa… pero sin estado no es nada. Carece de derechos y de garantías y sus posibilidades de desarrollar una actividad útil son pocas. Estamos a favor de nuestro propio Estado, al que deberemos también, sin embargo, vigilar y controlar si queremos mantener la libertad… Porque es siempre preferible un estado nacional a uno foráneo… La liberación nacional no es, en ninguna circunstancia, un regalo envenenado».

«Nos asiste la legitimidad de un Estado vivo, no disuelto jamás por el pueblo vasco. Además, podemos asegurar que «…los distintos territorios que integran Euskal Herria no han gozado ya de otra independencia que la que les ha conferido y garantizado el hecho de haber formado parte del Estado del Pueblo Vasco, cima de nuestro proceso de institucionalización del poder político» (punto 4º “Bases mínimas para una andadura común” de Orreaga Iritzi Taldea). Reactivarlo, sin más demora, debe ser el compromiso de los vascos que quieran ser libres» (Pueblo y Poder).

Por último, no basta tener ideas, aunque sean buenas. Si no hay acumulación social y medios materiales, sobre todo financieros, no es posible formular una estrategia eficaz. A ello, claro está, debemos comprometernos.







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