jueves, 24 de octubre de 2013

Narbona | Simpatizo con la Izquierda Abertzale

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Por qué simpatizo con la izquierda abertzale

Rafael Narbona | Escritor y crítico literario

Simpatizar con la izquierda abertzale sin ser vasco constituye una temeridad que suele castigarse con la exclusión laboral y la reprobación moral  de una sociedad presuntamente demócrata y tolerante. He perdido amigos, he sufrido el hostigamiento de compañeros de trabajo y he soportado el desprecio de los que se atribuyen una indudable superioridad porque se identifican con el  orden político y social surgido en 1978, cuando los partidos mayoritarios  redactaron una Constitución que garantizaba los privilegios de las oligarquías financieras y la impunidad de los políticos y militares franquistas implicados  en un silenciado genocidio.

El Parlamento español no condenó el golpe de  Estado de 1936 hasta 2002, pero esa condena tardía e insuficiente no ha  implicado la exhumación de las fosas clandestinas del franquismo, donde aún yacen 130.000 víctimas. La izquierda abertzale ha sido demonizada, pero es una  de las escasas fuerzas políticas que mantienen un compromiso real con las clases  trabajadoras desde una perspectiva internacionalista. Su oposición radical al  sistema capitalista y su solidaridad con los pueblos oprimidos es un desafío intolerable para las instituciones españolas, que han empleado la tortura, la manipulación mediática y la deformación histórica de la verdad para desmovilizar a la sociedad y dividir a los trabajadores, consiguiendo que la resignación y la impotencia malogren de raíz cualquier forma de resistencia.

Hace unos  días, pueriles gestiones burocráticas me llevaron al Paseo de la Castellana. Cerca de los juzgados de Plaza de Castilla, un escaparate provocó mi estupor.  Una pequeña librería había llenado todos sus expositores con libros que  ensalzaban a Franco, José Antonio Primo de Rivera y la División Azul. En una  portada, incluso asomaba la sobrecogedora imagen de Hitler, recortándose contra  un cielo wagneriano, con nubes rojas y un sol declinante. La proximidad de los  juzgados sólo acentuó mi asombro. ¿Sería posible algo semejante en París,  Londres, Roma o Berlín? Creo que no, pero no conozco suficientemente esas  ciudades para formular una respuesta contundente.

Ningún país con un pasado  fascista conserva un Mausoleo dedicado a un dictador que desencadenó un  verdadero “Holocausto”, por utilizar una vez más la expresión de Paul Preston.  La derecha española no es una derecha liberal o neoliberal (si es que hay alguna  diferencia entre ambos términos), sino una derecha profundamente reaccionaria que niega los crímenes del franquismo y no esconde su nostalgia de la dictadura. La socialdemocracia española se despojó hace mucho tiempo de cualquier vocación revolucionaria y cortó sus lazos con el marxismo, avergonzándose de sus propias  raíces. El comunismo se transformó en un partido marginal, soportando la  acusación de ser un movimiento totalitario. La corriente antirrevisionista que  surgió más tarde, intentando rehabilitar a Stalin, sólo ha contribuido a  fomentar su desprestigio.

Es una insensatez cuestionar la Gran Purga, el Gulag, la hambruna provocada en Ucrania por los planes quinquenales o la masacre de  Katyn en Polonia. Las evidencias históricas son abrumadoras. Exaltar a Stalin no  es la mejor forma de reactivar a una izquierda con graves problemas de identidad y un porvenir sombrío. Casi ningún intelectual se atrevería a suscribir hoy las palabras de Jean-Paul Sartre, cuando afirma: “Para nosotros el marxismo no es sólo una filosofía. Es el clima de nuestras ideas, el medio en que se alimentan.  No pedimos al marxismo sino que viva”. Lo cierto es que el marxismo es un  pensamiento moribundo, que ha llegado a definirse como “una herejía del cristianismo” (Raymond Aron). La izquierda abertzale no ha renunciado al marxismo, si bien entiende que es necesario actualizarlo y adaptarlo a las necesidades del siglo XXI. La Cuba de Fidel Castro o la Venezuela del recientemente desaparecido Hugo Chávez no son países perfectos, pero es innegable su apuesta por una sociedad igualitaria. Sus logros en educación y sanidad han mejorado notablemente la calidad de vida de los sectores más desfavorecidos. En el caso de Cuba, hay asignaturas pendientes en el capítulo de las libertades, pero la política de acoso mediático y bloqueo económico no ha  favorecido un clima de normalización política, pues Estados Unidos y, en menor medida, Europa nunca han dejado de ejercer un hostigamiento que –en el caso norteamericano- ha incluido actos de sabotaje y terrorismo. La famosa foto del  Che realizada por Alberto Korda se tomó casualmente en La Habana el 5 de marzo  de 1960 durante el entierro de las víctimas del vapor francés La Coubre. El día  anterior el barco había volado por los aires, causando un centenar de muertos y  doscientos heridos. Se trataba de un carguero que transportaba 76 toneladas de municiones belgas desde el puerto de Amberes. El Che se encontraba cerca del  puerto y acudió a atender a los heridos. Treinta minutos después, una segunda  explosión, aún más violenta, mató o malhirió a muchos de los que se habían  acercado espontáneamente a prestar ayuda. Todo apunta hacia la CIA, que  preparaba la invasión de Bahía de Cochinos y pretendía interrumpir el suministro  de armas a la nueva Cuba.

Detesto la violencia, pero entiendo que la  lucha armada es el recurso dictado por la impotencia. En agosto de 1973, el  comando Txikia, responsable del atentado que acabó con la vida del almirante Carrero Blanco, realizó una extensa reflexión sobre sus objetivos políticos,  argumentando que la lucha armada no es “una estrategia tercermundista” ni un  “aventurismo suicida”, sino la única alternativa posible cuando no hay vías  pacíficas para un cambio social efectivo, capaz de poner fin a la economía capitalista, “un modo de producción basado en la explotación del hombre por el hombre”. En un párrafo donde se advierte la lucidez de José Miguel Beñarán  Ordeñana, “Argala”, tal vez uno de los militantes más consecuentes y  carismáticos del movimiento de liberación vasco, se disipa el iluso sueño de una  transformación incruenta: “La oligarquía no va a ceder su posición ni sus  privilegios sin resistencia; de hecho, gasta sumas cada vez mayores en el  mantenimiento y la creación de unidades represivas altamente especializadas y  sin escrúpulos.

Quienes piensan en un cambio sin violencia parecen olvidar lo  que la experiencia cotidiana nos enseña: la oligarquía no duda un instante en  lanzar la potencia de su aparato represivo sobre los trabajadores y el pueblo indefensos cada vez que lo considera necesario”. Han pasado treinta años y la izquierda abertzale ha realizado un giro histórico a favor de la paz y la reconciliación. Sin renunciar a su proyecto socialista e independentista, SORTU pide en sus estatutos “la definitiva y total desaparición de cualquier clase de  violencia, en particular la de la organización ETA”. Me parece que ese giro  refleja madurez, autocrítica y esperanza. Sin embargo, las causas que podrían justificar la violencia no se han desvanecido, pues el Estado español nunca ha abandonado su política represiva, manteniendo la dispersión, la prolongación de  las penas mediante filigranas jurídicas y el régimen de aislamiento de una  legislación antiterrorista concebida para utilizar impunemente la tortura. SORTU  se opone al “sistema capitalista y patriarcal”.

Frente al “modelo neoliberal”,  reivindica “un socialismo del siglo XXI”, que ofrezca “una visión alternativa”  basada en “un modelo económico, político y social creíble y sostenible con una  mayoría social trabajadora como protagonista principal en el logro de una  sociedad justa, igualitaria y progresista”. Suscribo estos planteamientos y  celebro que la legítima aspiración de la independencia coexista con la  solidaridad con todos los pueblos “que sufren la negación de sus derechos  nacionales y la explotación económica y social”. Esa solidaridad se extiende con  especial énfasis a las mujeres, que aún soportan graves discriminaciones de todo  tipo. La violencia de género es hija del patriarcado y “el patriarcado no sólo  permanece y se reproduce, sino que es inherente a la sociedad  capitalista”.

No puedo votar a SORTU ni a la coalición BILDU, pero lo  haría encantado si hubiera nacido o residiera en Euskal Herria. No se me ocurre  ninguna objeción importante contra sus planteamientos. No me gustan los sectores minoritarios que vituperan a Otegi y reivindican la lucha armada. Tampoco me agradan los cantantes de hip-hop que incitan a la violencia, pero reconozco con tristeza que la revolución neoliberal iniciada en los ochenta y radicalizada con  el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la crisis de la deuda invita de nuevo a  la insurrección. Pobreza infantil, familias desahuciadas, desempleo masivo, pérdida de derechos laborales, sanitarios y educativos, superpoblación penitenciaria, nuevas leyes represivas que penalizan hasta la resistencia  pasiva. Al parecer es inaceptable justificar la violencia revolucionaria, pero  reducir a la pobreza al 21’8% de la población, forzar a los más jóvenes a  emigrar, recortar sueldos, pensiones y prestaciones sociales, privar de  asistencia sanitaria a los inmigrantes, amnistiar a los que cometen fraude  fiscal, promover la corrupción a todos los niveles e indultar a los policías  implicados en torturas, no es algo violento ni inmoral. La violencia de ETA se  combatió con todos los recursos del Estado español, sin escatimar torturas, desapariciones y asesinatos extrajudiciales. De hecho, la tortura y la  dispersión continúan. La sociedad española prefirió mirar hacia otro lado y  todavía se indigna cuando alguien se atreve a justificar una insurrección  armada. ¿Seríamos ciudadanos sin la Revolución francesa? ¿Existiría la Unión  Europea si el Ejército Rojo no hubiera derrotado a Hitler en Stalingrado,  Leningrado y Berlín? Sin el miedo a la revolución comunista, ¿habría humanizado  el capitalismo su rostro, creando el Estado del Bienestar? ¿Se puede asegurar  que el pacifismo no ha contribuido a desmovilizar a la clase trabajadora,  fortaleciendo a las oligarquías, libres al fin de peligrosas revueltas? La paz  es un viejo anhelo de la humanidad que no debe confundirse con el orden público.  La paz significa libertad, dignidad, solidaridad, bienestar y yo no advierto  nada de eso en la España actual.






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