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viernes, 22 de abril de 2022

Egaña | Ruanda

Con su particular estilo Iñaki Egaña aborda la situación creada por el infumable Boris Johnson con su política de expulsión de migantes.

Lean ustedes:


Ruanda

Iñaki Egaña

Pauline Mankongo tenía apenas 16 años cuando acompañó a su hermano Samuel hasta la capital. Vivían en una chabola en las afueras de Ngaoundéré, apiñados con la familia. El éxodo masivo de la ciudad se dirigía hacia el este, Bertoua. Pero Samuel le dijo que al oeste las posibilidades de encontrar “algo” eran mayores, en Yaundé. La capital de Camerún. Eran poco más de 400 kilómetros, por carreteras repletas de agujeros, cabras, polvo y arena. En camiones y autobuses, alcanzaron su objetivo en una semana. Samuel gastó unos cuantos de los francos que había ahorrado para un viaje que se debería alargar en varios miles de kilómetros.

En Yaundé, Pauline, que únicamente hablaba fulfulde, encontró esa descripción que había oído relatar a los mayores. El mundo era extraordinariamente descomunal, y a una distancia menor de la que le separaba de su ciudad, se encontraba un mar, también enorme, en cuya otra orilla se realizaban la mayoría de las películas que había visto en televisión. Se asentaron durante unas semanas en casa de un pariente, hasta que, en una amanecida de otoño, trotaron en un camión que les transportó hasta Nigeria.

El viaje de Pauline a Europa se demoró tres años. Cruzó el estrecho que separa ambos continentes en una patera con 19 años y un embarazo que le salvó de ser expulsada de inmediato. En Nassarawa, en Nigeria, la pareja de hermanos, junto a un grupo de burkineses, había sido asaltada por unos bandidos que les robaron las pocas pertenencias que llevaban, incluidos los ahorros para el viaje. Pauline fue violada repetidamente, al igual que lo sería dos años más tarde en Oujda, ya en Marruecos. Había abortado espontáneamente, y únicamente la ayuda de una mujer con el semblante agrietado que le acogió en su vivienda de barro, le salvó la vida.

De las violaciones de Oujda engendró una vida que nació en un hospital de Granada. Sustituyó a la de su hermano Samuel, que falleció en el asalto de Nassarawa. No tuvo siquiera fuerzas para llorarlo más allá de los primeros días. A su hijo le llamó Samuel, en recuerdo de su hermano. Con 20 años recién cumplidos y un bebé a cuestas, llegó una mañana de marzo a Irun. Para entonces ya chapurreaba árabe, inglés, francés y castellano. Intentó cruzar, junto a otros subsaharianos, la muga del Bidasoa. Una y otra vez fue detenida y devuelta en el puente de Santiago, hasta que una mañana alcanzó Hendaia. Horas más tarde, buscando leche para su hijo en una farmacia, fue detenida por una patrulla de gendarmes que, en esta ocasión, la internaron en el CRA de la localidad lapurtana.

En el Centro de Retención, Pauline conoció a gente de decenas de países africanos. Sabía ya que el mundo era anchísimo. Y que para entrar o viajar por Europa todos los países africanos, sin excepción, necesitaban visado. Ella ni siquiera tenía papeles de identidad. En Hendaia tomó la decisión más dolorosa de su vida. En noviembre de 2019, se sumó a una fuga masiva del CRA. Su hijo quedó dentro. Algún día se rencontrarían. Mientras, la vida para el pequeño Samuel sería mejor que la suya hasta entonces. Sin duda.

Pauline sobrevivió en Burdeos primero y más tarde en París. Trabajó a destajo, siempre sin papeles, limpiando casas, gracias a una pequeña red de cameruneses que tenía una asociación en las cercanías de la Porte de Clingnacourt. Allí conoció a Thomas, natural de una pequeña población al borde del lago Mbakaou, también en Camerún. Unos años mayor que ella, la convenció para viajar juntos a Inglaterra, donde residían, legalmente, unos primos de su padre.

Era ya verano de 2022 cuando Thomas y Pauline, gastados sus ahorros en un nuevo viaje, fueron detenidos en los bajos de un camión que había atravesado el Canal de la Mancha bajo el mar. Junto a dos docenas de subsaharianos, de Malí, Ghana Benín y Senegal, fueron trasladados a un Centro de Retención y ella separada del resto, hombres. Unos días, más tarde, en una furgoneta enrejada fue llevada al aeropuerto de Stansted, en las cercanías de Londres.

Era la primera vez que iba a volar. El vuelo, repleto de migrantes “ilegales”, partió tras completarse. Llegó a Kigali, en Ruanda, siete horas más tarde. Una fuerza militar impresionante esperaba la llegada. Y en esa misma tarde, sin siquiera tomarles filiación, eso sí, esposados con cinta adhesiva y encordados como esclavos, fueron conducidos al campamento de Kamunanda, en realidad una prisión a cielo abierto.

Ruanda, un estado fallido donde el gobierno hutu alentó el genocidio tutsi hace casi dos décadas, ahora aliado de Inglaterra y de su gobierno dirigido por Boris Johnson. En la segunda noche de su estancia, sorprendida en su jergón de hierbas agujereado, y en unas inmundas letrinas, Pauline fue violada por enésima vez desde que dejó Ngaoundéré.

La historia que he contado en los párrafos anteriores es una ficción. Pero como desgraciadamente sabemos, la realidad supera, en la mayoría de los casos, a la ficción. La naturaleza humana es capaz de las mayores perversiones. Depravaciones que ninguna otra especie animal depara siquiera a sus competidores por la supervivencia. La carrera colonialista, el esclavismo, el holocausto… son pasajes de esas inmoralidades.

La última, la de Boris Johnson, un sátrapa que maneja del destino de al menos 65 millones de personas y que, entre fiesta y fiesta, entre borrachera y borrachera, ha decido deportar a “decenas de miles” de migrantes detenidos en las fronteras de su país. A un estado corrupto, Ruanda, en medio de la nada, con la única referencia de que es uno más de los de ese continente llamado África.

La decisión de Johnson es de una magnitud descomunal, como el planeta que imaginó Pauline. Racista, xenófoba, supremacista y en línea de aquellas grandes deportaciones que ordenó el III Reich hacia los campos de exterminio, Franco a los de concentración o Adolphe Thiers con los comuneros de París a Nueva Caledonia. Hoy le llaman populismo democrático. Una nueva muesca en la ignominia de la historia de la humanidad.

 

 

 

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