lunes, 28 de septiembre de 2009

Son Viento de Libertad

Este texto se ha publicado en Gara:

Jesus Valencia | Educador Social

A los muertos que nunca mueren


Durante este intenso fin de semana, Euskal Herria ha recordado a sus gudaris y el internacionalismo vasco a sus mártires. Recordatorios especialmente oportunos en estos tiempos plomizos; cuando el PSOE detenta el priorato de la Inquisición y el PNV, reunido en Foronda, ejerce de buhonero. Aquéllos, pretenden emular al franquismo; éstos, vuelven a ofrecer a España la antigualla de un nuevo Pacto de Ajuria Enea obsoleto y fracasado.

El acto de Arrasate -en el 25 aniversario de la muerte de Pakito Arriaran- ha sido un elogio a la solidaridad. Una relectura de la epopeya colectiva que han ido escribiendo tantas paisanas y paisanos. Protagonistas anónimos cuyos nombres conformarían un listado largo de enumerar pero cuyo trabajo es imposible de borrar. Hay demasiados vestigios y testimonios que lo acreditan. En esta constelación solidaria brillan con luz propia nuestros mártires. Los que se acercaron a los conflictos ajenos creyendo que podrían contribuir a superarlos y perdieron la vida en el intento. No actuaron por inconsciencia sino impelidos por una ejemplar lucidez. Variados fueron sus estilos y métodos. Común fue la intuición de que merecía la pena arriesgar la vida por los oprimidos.

Siguiendo un orden cronológico, sólo citaré a algunos de los que me vienen a la memoria. Txiki, el vasco de Zalamea de la Serena, llegó a Euskal Herria como emigrante; acabó su corta vida -como gudari- en el paredón de Cerdanyola; en las horas que precedieron a su fusilamiento apeló a la fraternidad de los pueblos de España. Pakito Arriaran, el que prefirió quitarse la vida antes que entregarla -con cruciales informaciones- al ejército de la oligarquía; soñaba con entrar victorioso en San Salvador y consiguió cruzar, con su única pierna, el umbral de la historia. Ambrosio Mogorrón, conquense y vasco; minero y sanitario; especialista en la distintas ramas en las que lo doctoraron los campesinos; la bomba que Reagan había colocado en un camino de Bocay acabó con su vida. Alejandro Labaka, el capuchino de Beizama que se hizo huaorani para defender a este colectivo amenazado. Cuando murió alanceado en la inmensidad de la selva, se consideraba vasco y «hombre amazónico». Ellacuría y Moreno, dos de los jesuitas de la UCA que hicieron de su actividad académica una apelación al diálogo; los mataron porque se empeñaron en hurgar en las causas del conflicto salvadoreño y buscar soluciones a tanta desigualdad. Begoña, alargó su estancia en El Salvador para salvar otras vidas y perdió la suya; médica que fue ejecutada sin juicio ni sentencia. Marta, también médica, asumió el nombre y la tarea de su amiga Begoña y, como ella, fue asesinada en una Noche que se presumía Buena. Iñigo, viajó al Chocó colombiano para conocer los atropellos a los derechos humanos y poder denunciarlos. Los paramilitares, con su habitual impunidad, quisieron darle un escarmiento y lo ahogaron.

Todos ellos proyectan un sereno e intenso resplandor en estos tiempos grises. A su lado, resulta grotesca la ostentosa crueldad de los socialistas españoles y el eterno servilismo de la burguesía vascongada.


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