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sábado, 30 de octubre de 2021

Orbea y el San Juan

Para los integrantes de la diáspora vasca que están pensando en visitar Euskal Herria en cuanto la pandemia amaine, aquí les dejamos este magnífico reportaje y video publicado por Sport Life y en el que se pone especial atención en la gran labor que están llevando a cabo los integrantes de Albaola. Y ni qué decir de Orbea y su contribución a la gran tradición ciclista vasca.

Lean ustedes:


Los relatos de senderos de Orbea, por el camino del barco San Juan

No te pierdas las historias que nos relata regularmente Orbea con su serie 'Trail Tales', en esta ocasión estrenan 'From Oak to Anchor', del roble al ancla.

Euskal Herria, Euskadi o el País Vasco. Tierra de hierro y robles ancestrales. Tierra de verdes montañas que se alzan firmes frente al salvaje océano Atlántico. El inalterable poder de los antiguos bosques y las profundas vetas de mineral de hierro equilibran al salvaje y caprichoso océano Atlántico, y este equilibrio de energías impulsa la historia del pueblo vasco.

La historia vasca hunde sus raíces en las brumas del pasado y nadie puede asegurar dónde comenzó. Sabemos que el idioma, el euskera, es una lengua inusual, de las pocas de este tipo que existen en el mundo, que ha sobrevivido a numerosos desafíos y que actualmente tiene una amplia comunidad de hablantes. Los vascos eran balleneros e intrépidos marineros, al igual que pastores y agricultores. Desconocemos cuándo comenzaron a cazar ballenas, pero sí sabemos que dominaban el comercio marítimo a finales de la Edad Media. En el siglo XV, aproximadamente un 80% de las embarcaciones que atracaban en Bristol (Reino Unido) eran vascas y llegaban repletas de mineral de hierro, aceite de ballena, lana de Castilla y vino de Burdeos.

Los vascos necesitaban barcos robustos para poder sobrevivir a la brava mar del Golfo de Vizcaya y la tierra suministraba los materiales perfectos para ello. Las montañas vascas contaban con abundantes yacimientos de mineral de hierro, además de bosques para obtener el carbón vegetal necesario para refinarlo. Asimismo, los bosques de robles y hayas proporcionaban una madera de gran resistencia. El azar también intervino y, en algún momento del siglo IX, un encuentro con los vikingos enseñó a los vascos una forma mejor de construir embarcaciones sólidas y rápidas. El aprovechamiento máximo de sus recursos naturales y conocimientos supuso que la tecnología de construcción naval vasca se desarrollara cada año hasta que llegaron a convertirse en dominadores de esta industria a escala mundial.

Por supuesto, una historia industrial de este calibre deja huellas en la tierra y, hoy en día, todavía se pueden recorrer los antiguos caminos que comienzan en lo alto de las montañas que bordean la costa. Los estrechos y sinuosos senderos que transportaban carbón desde las montañas pueden reconocerse fácilmente por las marcas regulares de tierra chamuscada donde se transformó la madera en carbón vegetal a lo largo de los siglos. Los caminos del hierro son más amplios, con suaves curvas y giros, y a menudo atraviesan túneles en las laderas de las montañas. En estos caminos se extraía el mineral de hierro y se transportaba montaña abajo con carromatos y, más adelante, con pequeños ferrocarriles.

Estos senderos continúan utilizándose y manteniéndose por parte de la comunidad ciclista local y ofrecen fantásticas aventuras en las profundidades de las montañas vascas. Los caminos se han ido erosionando a lo largo de los siglos; ofrecen a los ciclistas rutas frondosas parecidas a toboganes que atraviesan los bosques de robles y hayas y descienden hasta la costa. El uso histórico de los caminos les otorga un carácter singular y, si bien es verdad que a muchos ciclistas les interesa más la ruta que la historia, estas diversas características nos ofrecen una mirada al pasado.

Los caminos del hierro y del carbón vegetal confluyen en la costa, donde el mineral se convertía en hierro y acero utilizando el calor del carbón. Sin embargo, no terminan allí. Desde la costa, se abren en abanico y siguen a las rutas balleneras y comerciales a través de la inmensa extensión de un océano sin caminos trazados. Allí resulta más difícil seguir los caminos, pero no es imposible. Los historiadores pueden rastrear los barcos vascos gracias a registros antiguos, y también las huellas que dejó el idioma en los pueblos de países lejanos. De esta manera, sabemos que los vascos se aventuraron en Noruega muy temprano en su historia y, desde allí, se dirigieron a Islandia. En el siglo XVI, los intrépidos marineros vascos ya cruzaban el Atlántico con frecuencia para comerciar con Canadá. A finales de este mismo siglo, se calcula que 5.000 vascos navegaban por el Atlántico cada año, sin cartas náuticas, y comerciaban de forma pacífica con los pueblos indígenas de América. Cabe destacar que los vascos no padecieron escorbuto durante estas travesías, una enfermedad que todavía se llevaba por delante la vida de marineros británicos y franceses 200 años después. Esto se ha atribuido a su abundante consumo de sidra durante los viajes, una tendencia que todavía puede apreciarse en cualquier bar del País Vasco.

Por lo tanto, los caminos que comienzan en lo alto de las montañas desembocan en la costa y, desde allí, se extienden a lo largo del océano Atlántico hasta Canadá. Hoy seguimos uno de estos caminos, el del barco “San Juan”. Este camino probablemente se originó a mediados del siglo XVI, cuando se taló un árbol y se convirtió en tablones de madera. Al mismo tiempo, se extrajo mineral de hierro de la tierra y se produjo carbón vegetal en lo alto de la montaña. Estos tres ingredientes siguieron nuestros caminos por la montaña, atravesando túneles, cruzando puentes y recorriendo los bosques hasta la costa. Allí, algunos de los mejores artesanos del mundo trabajaron estos materiales y así, poco a poco, nació el San Juan. Medía aproximadamente 16 metros de largo, pesaba 240 toneladas y contaba con 3 mástiles y una tripulación de 60 robustos marineros vascos. Zarpó en 1565 para perseguir a la huidiza ballena franca por todo el implacable océano Atlántico hasta llegar a Terranova. Tras atracar allí, los marineros comerciaron con los indígenas de la zona, les enseñaron un poco de euskera y transformaron la grasa de ballena en aceite. Fue en este lugar donde se produjo la tragedia en forma de tormenta que rompió la cadena del ancla y hundió la embarcación en las frías aguas de Red Bay, Terranova. Allí permaneció durante más de cuatro siglos hasta que fue descubierta en 1978. Gracias al agua fría y a la capa de fango, el barco se conservó perfectamente y, a lo largo de los 30 años siguientes, un equipo de científicos trabajó sin descanso para sacar cuidadosamente algunas de sus partes a la superficie, modelarlas y volverlas a colocar en su tumba submarina.

Como dato interesante, la tripulación sobrevivió al completo y regresó al País Vasco, donde presentaron la primera reclamación registrada de seguro marítimo, que fue aprobada y todos recibieron una compensación por su aventura.

Albaola es la fundación vasca creada para reconstruir el San Juan utilizando los métodos tradicionales y materiales locales. Las labores empezaron en 2013 con la selección y tala de árboles locales; el hierro local se transformó en clavos y los artesanos de la zona comenzaron el meticuloso proceso de reconstrucción del San Juan utilizando técnicas ancestrales que habían caído casi completamente en el olvido. Una vez terminado, el barco seguirá de nuevo las antiguas rutas y se adentrará en el otro lado del Atlántico para recrear aquella fatídica travesía de 1565. Mientras tanto, los riders locales seguirán recorriendo los caminos que serpentean desde las cumbres de las montañas vascas hasta la orilla del Atlántico, desde donde surcan las olas hacia costas lejanas adonde no podemos seguirlas.


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