domingo, 14 de diciembre de 2014

Egaña | Protagonistas Invisibles

Desde Gara traemos a ustedes este texto con el que Iñaki Egaña, de manera magistral, le pone enmienda la plana a ciertos agoreros:


Iñaki Egaña

Me duele sobremanera la desatención que en ocasiones se hace desde nuestra propia casa a las iniciativas locales, a las dinámicas colectivas sin eco televisivo, a la organización plural autónoma, incluso a las propuestas de entidades institucionales menores o no tanto, bajo la impresión de que no sirven en el avance revolucionario, si quieren político. Me duele porque precisamente gracias a estos escenarios hemos podido sobrevivir en los tiempos del cólera y en los de los vientos favorables hemos estado en disposición de tejer una red comunitaria original.

Durante años, siglos, la mujer ha sido la protagonista invisible de nuestra historia y, a pesar de su intangibilidad, la transmisión de los valores que nos conforman hoy en día como pueblo siguen vigentes, convirtiéndonos en una de las excepcionalidades de la Europa industrializada, incluida la posdemocrática. Pongamos en valor su ejemplo, para dar solidez a un cambio de matices que se me antoja necesario.

Nos concentramos en hitos, que juegan para la cohesión nacional y/o social y para presentar músculo (concentración propresos de enero en Bilbo, Gure Esku Dago, marchas a favor de las ikastolas, declaraciones institucionales en Gasteiz o Ginebra, comunicados como los de Altsasu o Gernika) que provienen de dinámicas inmateriales. Las primeras serían impensables sin las segundas. Todas son necesarias, evidentemente, pero las cotidianas imprescindibles, como aquella cita de Bertolt Brecht a la que nos asimos con frecuencia.

Esta concentración de la política en acontecimientos, en el éxito o no coyuntural, siempre provisional, es el producto más notorio de una inercia constante en la arena de las sociedades modernas, acogotadas por los «minutos de gloria informativa», por la victoria de los equipos de comunicación sobre el resto. Desgraciadamente, el tiempo va unificando tendencias que hace décadas eran antagónicas. Tenemos mucho que aprender de experiencias baldías relativamente recientes para evitar su resonancia.

La riqueza de nuestro país, la incredulidad exterior a resultados electorales, a movilizaciones masivas, incluso a recepción y apoyo sostenido a nuestros represaliados, proviene precisamente de ese tejido invisible que nos hace fuertes en las atmósferas que pasan inadvertidas para quienes se mueven en otros niveles. Es cierto que somos número de estadística, disposición transitoria o balance anual. No podemos evadir la contabilidad.

Pero también es cierto que en la cercanía, los números se convierten en letras, las letras en sensaciones, iniciativas, y éstas en tejido. Sin tendones y ligamentos, los músculos desaparecerían. Quedaría únicamente el hueso, una estructura inútil para avanzar. So pena de crear una élite sin necesidad de reproducción asistida. Y somos un cuerpo complejo con infinidad de gamas.

Euskal Herria, su pueblo, sus comunidades, se ha forjado con dinámicas plurales y transversales. Nos quisieron vender el falso lema de «enfrentamiento entre comunidades» que caló en sociedades ajenas a la nuestra. En casa, la contaminación mutua ha sido permanente. Formamos comunidades, pero un único pueblo. Fruto de esas manipulaciones, un informe de la Unión Europa de finales del siglo XX decía que los vascos éramos los más odiados en España, por detrás de los gitanos, y en Francia por detrás de los magebríes. Peor para ellos.

Esta visión, alentada por los estrategas de la confrontación, era tan errónea como el mito creacionista que alimentan los fundamentalistas cristianos o las sectas pseudoreligiosas. Nuestros barrios y pueblos, tenían y tienen otros mimbres, de esos que ahora se llaman intangibles y que quieren aunar únicamente en distracciones como la tamborrada donostiarra o los sanfermines navarros. No me refiero a ellos. No quiero escribir sobre Hollywood, sino sobre hombres y mujeres cercanos, comprometidos con la transformación.

A principios de la década de 1980 se produjo un breve pero intenso debate en el seno de la izquierda abertzale sobre la conveniencia de abrir sedes sociales, al estilo de las que ya tenían los grupos tradicionales, batzokis y casas del pueblo. Queríamos ser como el resto. La Audiencia Nacional, pendiente del recurso, ha cerrado e incautado aquellas sedes surgidas al calor de una supuesta normalización. No nos dejan ser como el resto. El debate ha sido capado, sin solución de continuidad. Ahora se trata de defender el patrimonio. Y lo haremos. Como entonces, cada txoko, cada casa local fue erigida con un esfuerzo extraordinario. Particular y colectivo. Un balance titánico.

Pero en aquella ocasión, con toda la humildad de saber que la verdad absoluta es dominio único de los imbéciles, sostuve que era más correcto que aquellos hombres y mujeres comprometidos con los ideales independentistas y socialistas se imbricasen en la sociedad vasca, como lo estaban hasta entonces, a partir de los escenarios ya existentes, que abrir nuevos círculos que, a la postre, sirven mayoritariamente, y con excepciones por supuesto, para alimentar la autocomplacencia. La sociedad vasca nos debe contaminar, en la misma medida que nosotros a ella. Y para ello, la guetización, perdónenme la expresión pero no he encontrado otra más adecuada, no es buena consejera.

Los valores del trabajo invisible, de las dinámicas sostenidas, del compromiso sobre detalles, sobre problemas puntuales, sobre peleas ciudadanas, sobre crónicas que no llegan a acontecimientos, son la base humana e ideológica de ese concepto tan usado y tan poco desarrollado que llamamos «construcción nacional». Esta llamada construcción nacional, incluida la social, no ha surgido, como algún ingenuo lo pueda creer, desde una ponencia o una reflexión. La construcción nacional se pierde, con mayor o menor intensidad, en la noche de los tiempos.

«No importa que los comienzos sean modestos. De semillas casi imperceptibles nacen árboles que alcanzan largos años de existencia y prestan sombra a diversas generaciones», escribía cien años atrás Karmelo Etxegarai. Si podemos dar lecciones, precisamente, es de esta materia. No todo lo que hacemos cotidianamente se puede valorar en términos economicistas o de rédito mediático o incluso electoral.

Hace unos años, una vieja asociación en la que trabajo en cuestiones relacionadas con la memoria contrató a un gerente con la intención de optimizar su organigrama y su eficacia. Los objetivos seguían siendo los mismos. El elegido, después de un escrupuloso proceso de selección, tachó de la lista decenas de proyectos porque su rendimiento económico era dudoso. Aquel gerente, que llegaba del mundo empresarial brillantemente, aplicó el abecé de un ámbito ajeno a otro también real y dinámico, pero que se extendía en atmósferas intangibles. No superó el periodo de prueba.

Hace unos días, viajando en coche, recuperé la voz de Ibon Areso, alcalde de Bilbo, que hablaba en una emisora sobre las cuestiones que intento abordar en este artículo. En síntesis, decía que lo pequeño está bien como atractivo romántico, pero que cualquier proyecto necesita de una «masa crítica» (elevada, según sus palabras) para salir adelante. Tiene parte de razón. Pero ese despecho a lo pequeño, a lo invisible, me intranquilizó. ¿Cómo llegamos a esa «masa crítica»? ¿Por decreto? ¿Subimos o bajamos? Desdeñando lo local, lo intangible, jamás llegaremos a ella.

Mi reflexión vuelve al inició de la página. Estamos atrapados en una vorágine coyuntural que, como en la vida privada, parece exigir rendimientos inmediatos. Cuando esa exigencia se convierte en objetivo, el medio se tambalea. Pero cuando se muda a ser el único objetivo, las posibilidades de desastre aumentan de manera exponencial. Siempre he tenido la impresión de que somos corredores de fondo. Y no la he perdido.

Nuestros mimbres históricos han estado sujetos a miles de protagonistas invisibles, de compromisos y dinámicas colectivas que no sólo nos han permitido sobrevivir, sino avanzar. Ha sido nuestro activo más importante. Sin ellos nada sería igual. El secreto de nuestra fortaleza que ni Madrid ni París han logrado jamás entender, ni siquiera aplacar. No pido, tampoco soy nadie para hacerlo, volver a estas raíces. Porque creo que jamás las hemos abandonado.






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