lunes, 28 de diciembre de 2009

No Hay Tiempo Que Perder

Este texto ha sido publicado en Gara:

Tomas Trifol | Profesor

La obligación de decidir

En la primera quincena del mes de julio 2009 se celebraba en París la Asamblea de los parlamentarios francófonos de todo el Planeta. Y es que no hay ningún país, salvo alguna excepción, claro, que no ame, proteja y trate de salvaguardar su propia lengua y cultura. A primera vista se podría pensar que allí se reunieron belgas, franceses o canadienses. La verdad es que, aparte de los mencionados, había desde egipcios hasta catalanes, pasando por camboyanos y caboverdianos. No hace falta decir que ninguno de esos países es francófono. No habría nada que objetar si a todos estos parlamentarios la República francesa, organizadora del encuentro, les hubiera puesto al tanto de la cicatería y desprecio que institucionalmente ha observado históricamente con las lenguas de su hexágono, entre ellas el catalán y el euskara. Los egipcios, los croatas, los vietnamitas y otros electos habrían tenido otra ocasión para admirarse en un espejo cóncavo que esconde y deforma la verdad.

Seguro que este comentario mío es un comentario de mal gusto para bastantes personajes, amantes también por supuesto de mi francofonía, que es consciente de que quien sigue objetando y cicateando el uso de la lengua vasca, por mucho perdón histórico que hubiera pedido, no merece que le respeten ni un ápice de sus ilusiones linguísticas.

En el entre tanto la portavoz del Gobierno español se vanagloriaba malamente de un pretendido millón de publicaciones diarias en ese bello idioma. Malamente, por que metió en el saco hasta la guía de teléfonos del Paraguay, amén de calendarios de humanos en cueros pasando por todas las revistas y periódicos de corazón y finanzas de eventos y entrepiernas. La gloria vana de la ministra, cuidadosamente vehiculada por los medias, produjo su efecto instantáneo. El nacionalismo glorioso, y por tanto español, había subido medio punto.

Un viaje reposado por la mayoría de las naciones europeas nos haría cambiar de opinión sobre muchas cuestiones relacionadas con nacionalismos pretendidamente superados. El desconocimiento de un idioma común a nivel convivencial por una amplia mayoría de los ciudadanos europeos es no sólo el actual fruto de muchas desavenencias y aislamientos históricos, sino que también forma parte de una ideología en alza entre la población de muchos países del Este y del Oeste. Se reafirma la caverna y las únicas salvedades que se producen no son más que la moneda corriente de la industria turística. El nacionalismo manda en Europa hasta tal punto que esta Europa es la que muchos estados no pudieron conseguir durante decenas de años de unidad política y económica exclusivas. Y he aquí la gran paradoja. Los pretendidos nacionalistas, vascos, catalanes, gallegos, alsacianos, bretones... son los menos nacionalistas de entre todos los nacionalistas.

Hace mucho tiempo, varias decenas de años, le preguntaron a J. L. Alvarez Enparantza Txillardegi qué sería Euskal Herria sin euskara. Cuando pensábamos que la respuesta haría referencia a un pretendido futuro, nos mandó al pasado y escuetamente dijo: «La Rioja». Sí, un territorio no bien membrado, amplio y amalgamado, con un pasado ocultado y otro resplandeciente, uno legal y glorioso, el otro ilusorio y hereje, pretendido crisol de esos de encrucijada que tanto gusta a los nacionalistas españoles como modelo histórico de tolerancia, donde históricamente aparecen los unos con harta profusión mientras los otros sólo en descuidos y donde hasta su capital es compendio de ley y de herejía: «En el lugar de Goroño», en el «Loc Goroño». Claro que sólo las fábulas tienen un comienzo mítico y un final predestinado, es decir, la Euskal Herria que pretendidamente nunca existió.

La realidad es que ningún nacionalismo con estado cede en su hegemonía lingüística. Su nación es su coto particular.

Así que la democracia trajo cierto número de licencias de caza para aquellos que no teníamos títulos nobiliarios; sólo quedan ya unas pocas por usar. El error fue consentir que la tierra libre fuera un coto. Pero nadie está libre de meter la pata aunque sea una y otra vez.

El problema de los vascos, el problema político, cultural y lingüístico de los vascos, no es que jugando a las siete y media unos se planten con un tres y otros quieran seguir jugando con un siete. Tampoco fue su principal problema que los unos hayan estado venteando durante años los valores patrios, esa lengua y esa cultura de hormigón muy propia de ellos, esa histórica marginación de los mejores profesionales euskaldunes que no controlaban, transformando así gran parte de los medias euskaldunes en la agansada voz de su amo. A diferencia del estado de al lado, el francés, nunca entendieron al igual que sus homónimos del sur en qué consistía la libertad de expresión ni que toda la izquierda extrapesoe no era ETA.

Tampoco fue el principal problema de los vascos que otros vascos construyeran un dogma internacional metafísico sobre las cenizas de la identidad nacional, ni que de esto se nutriera la lucha armada, ni que ésta continuara languideciendo por la irresponsable indefinición de la política. El problema de los vascos tampoco es hoy ese estado de cosas, esa perplejidad irresoluta donde vas viendo qué bonitamente, qué admirablemente, qué concienzudamente los hijos del fraude pretenden borrarte de la faz de tu tierra con sus nuevas políticas ideológicas. Desgraciadamente para ellos, este pueblo tiene mayor formación política y nivel cultural que el de los que están acostumbrados a tratar, lo cual tampoco constituye un antídoto permanente.

El problema de los vascos, y lo han dicho desde todos los condicionamientos ideológicos, es que no saben lo que quieren, y no exclusivamente porque no les dejan decidir, sino porque son incapaces de aunar objetivos y realizar estrategias a corto y medio plazo basadas en la realidad actual, actuaciones que definan el qué, el cómo y el para qué, al menos en los ámbitos de la realidad nacional de Euskal Herria, que no es sólo y principalmente el «derecho» a decidir. Y esa indefinición, esa no concreción, de seguir por los mismos derroteros acabará con ellos; es decir, con nosotros.


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