viernes, 20 de julio de 2018

Cronopiando | El Problema es la Monarquía

Con todo este asunto de la más que probada corrupción -ojo Llarena, tú que estás taaaaaaaan preocupado por la "malversación" de Puigdemont- de Juan Carlo Borbón Franco, la socialité alemana Corinna y la sumisa actitud de los sociatas bajo el mando de Pedro Sánchez, es recomendable mantener el enfoque en lo que es realmente la raíz del asunto.

De eso se asegura nuestro amigo Koldo con su más reciente Cronopiando:

Koldo Campos Sagaseta

El problema es la monarquía

Antes de que las llamas se extiendan y arda el bosque, ya los grandes partidos del Estado español y los principales medios de comunicación parecen coincidir en que las confidencias grabadas entre el cortesano comisario y la cortesana real que tan mal parado han dejado al rey emérito, son viejos asuntos ya prescritos, que carecen de importancia, y que es mejor no remover las excreciones palaciegas no vaya a ser que salpiquen. El silencio pactado, sin embargo, entre partidos y medios para evitar que el incendio se propague no resuelve el problema porque no se trata de saber si el rey es un vulgar defraudador de Hacienda, que no lo es, o un notable contribuyente del erario público. El problema es la monarquía.

Si el rey tuviera, que no la tiene, la desgraciada muerte de su hermano bajo su conciencia y sí una familia en su memoria; si más que demandas y bastardos, que no los hay, hubiera procreado una descendencia reconocida; si no fuera inviolable su figura, que si así fuera lo es a su pesar, y sí sujeto de ley; si fuera un hipócrita, que tampoco, y sí un hombre sincero; si fuera un necio, que aún lo es menos, y sí un hombre cabal e inteligente; si fuera un canalla, que en absoluto, y sí un hombre decente; si fuera un putero, que para nada, y sí un hombre cristiano y virtuoso; si fuera un chorizo, que sería impensable, y sí un hombre honrado; si fuera un zángano, que no hay quien se lo crea, y sí un hombre laborioso; si fuera un Rey de Copas, o si acaso de Oros, de Bastos o de Espadas, y sí un Saboya, un Austria, un Oldemburgo... el problema es que, en cualquier caso, él seguiría siendo un rey y, en consecuencia, nosotros unos vasallos. Y en ello radica el problema, en que no tenemos vocación de súbditos sino de ciudadanos. Por ello es que no queremos reyes, ni príncipes, ni infantas, ni nobles de cuna, ni cuentos de hadas, ni linajes reales, ni tronos de mugre, ni estirpes de sangre. 






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