Aprendamos detalles interesantes de la historia del Reino de Navarra recurriendo a este reportaje que nos ofrece una visión más clara de la estatua del Carlos de Trastámara, el Príncipe de Viana, en Eriberri.
Aquí lo traemos a ustedes desde las páginas de Naiz:
Los enigmas de la escultura de bronce del Príncipe de Viana en Erriberri
El Príncipe de Viana es la figura más singular del independentismo navarro. Un hombre de letras llamado a encarnar la pena de la pérdida del reino. Erriberri ha colocado su retrato en bronce junto al Palacio. Un viejo profesor le ha dado forma y lo ha cargado de enigmáticos símbolos.
Aritz IntxustaLa plaza de Erriberri tiene un viandante más, una figura broncínea de metro ochenta que viste ropajes renacentistas y que lleva en una mano un libro y en la otra, una máscara de carnaval. También lleva un galgo, una extraña cruz con flores de lys y un curioso símbolo en el gorro. Parece –y lo está siendo– un atractivo turístico más, pero lo más interesante es cómo y por qué llegó hasta ahí.
Primero, lo prosaico. La alcaldesa de Erriberri Maite Garbayo (2019-2023) tanteó a Jesús Ukar sobre la posibilidad de una estatua así, después de ver el busto a Sancho Garcés que el escultor tiene en Villamayor de Monjardín. La escultura ha costado 40.000 euros, 10.000 de los cuales han salido del ayuntamiento y el resto, de una enmienda presupuestaria de Geroa Bai.
A partir de aquí, lo interesante. Todo ese dinero se ha destinado a la compra de materiales y, principalmente, a la fundición. El escultor ha trabajado gratis.
Lo significativo es que el representado nunca fue el gran señor del palacio que tiene detrás, pues quien engrandeció el castillo y lo convirtió en sede real es Carlos III. La escultura se corresponde con la del Príncipe de Viana, Carlos de Trastámara y Évreux, nieto del anterior y que también habitó el palacio.
Ukar nunca había esculpido una figura realista tan grande. La de Villamayor es a tamaño natural también, pero solo un busto, no una figura de cuerpo entero.
El encargo suponía un reto, pero el artista tenía tablas. Estudió escultura en Valencia, pero pronto se sacó las oposiciones como profesor de Instituto y, ocho años después, la cátedra. Luego vino una tesis doctoral sobre estelas discoideas y una especialidad en Leioa en Conservación y restauración.
Las clases le llevaron al instituto de Barañain, Iturrama, Zangoza, Martzilla, ocho años como inspector de Educación y, después, la Escuela de Arte de Iruñea. Finalmente, la jubilación.
En este tiempo, Ukar había ido dejando de lado los cinceles por las pinturas. «La escultura es un lenguaje bastante caro. Cualquier cosa necesita una infraestructura bastante grande. Si quieres trabajar en tamaño real, fíjate lo que tienes que invertir solo en materiales. Aunque sea piedra, ya necesitas una gran nave, un puente grúa...», comenta el escultor.
De ahí que, para expresar algo, los artistas recurran al pincel. En el caso de Ukar, la realista o hiperrealista con alguna que otra excepción (el citado Sancho Garcés, un busto de Einstein para el instituto de Marcilla...). Porque la escultura de gran formato, prácticamente, solo se ejecuta cuando hay un encargo.
Dando por bocetados artista y propuesta, lo primero que hizo fue documentarse. «Tuve que estudiar a fondo al personaje, conocerlo bien. Hay que elegir un momento vital y despreciar otras situaciones: puede ser un joven, un niño. La decisión es difícil».
Carlos nunca fue rey de Nafarroa, pues a la muerte de su madre, Blanca, su padre se lo impidió para poder continuar como monarca consorte. El Príncipe de Viana tardó en plantar cara a su padre, Juan II el Usurpador, y cuando por fin reclamó el trono, perdió la guerra civil entre partidarios de uno y de otro.
Nafarroa inició así un declive que acabaría facilitando la conquista del reino por parte, precisamente, del hijo de la segunda esposa del Usurpador, Fernando el Católico.
«El Príncipe de Viana tenía una biblioteca con más de 120 libros, que es un dato altísimo para la época. Era un gran lector y, además, tradujo 'Ética de Artistóteles'», indica Ukar que se sirvió, entre otros trabajos, de 'El hombre que pudo reinar' de Mikel Zuza o las investigaciones de Manuel Iribarren y Eloísa Ramírez.
La figura de este humanista desgraciado, su mujer murió joven y sin dejarle descendencia, siempre ha fascinado a los amantes de la historia, pues encarna ese trágico final de la independencia navarra. Murió a los 40 años, supuestamente envenenado por su propio padre.
El proceso escultórico nació, tras los primeros diseños, en forma de esqueleto de acero corrugado que, con la ayuda y apoyo del herrero Carlos Pascual, sostuvo la malla sobre la que surgió, en arcilla, el Príncipe.
La figura se llevó a Madrid, donde una fundición especializada hizo por partes un segundo Carlos de Evreux, pero en cera. Para ello se crearon dos moldes, interior y exterior, para verter sobre ellos el bronce líquido. Porque la figura está hueca.
El bronce derritió a la cera y dio así origen a la figura que, desde el 11 de diciembre, simula pasear por la plaza de Erriberri.
Ukar lo ha reivindicado al príncipe-rey con algunos de los elementos que lo distinguen. Lleva un libro en la mano derecha que lo señala como intelectual. Viste un traje renacentista trabajado al detalle, pues el de Nafarroa no es un reino que se extinguiera en el medievo. «Cuando muere Carlos, Leonardo da Vinci tiene nueve años», precisa el autor.
En lugar de corona, lleva la cabeza cubierta con un gorro con el símbolo que le gustaba emplear, el lazo eterno.
Otro detalle que revela el artista es el del lebrel que luce en una cinta bajo un escudo pomelado. Era común que se le representara junto a este animal, debido a que su abuelo Carlos III, había creado la orden del Lebrel Blanco. «Sale acompañado de lebreles, pero la mayoría están tumbados. Yo he querido incluir uno, pero que estuviera de pie».
En la parte inferior de esa banda aparece la cruz de una de las monedas que llegó a acuñar, que hoy son codiciadísimas por coleccionistas del mundo entero, pues en ellas no se reivindica como rey, sino como Príncipe y eso es insólito en numismática.
En particular, la escultura de la plaza de Erriberri está pensada para dialogar con el retrato más conocido del Príncipe de Viana, el de Moreno Carbonero.
«Él lo representó sentado, con la vista perdida, cansado, derrotado. Hay un libro delante, en un facistol, pero ni siquiera lo lee. Parece casi al borde de la locura. Artísticamente, a ese retrato no le quito nada, pero es una visión del Príncipe desde Madrid. Casi parece que los navarros deberíamos de dar las gracias a Fernando el Católico por quitarnos de encima un rey así», comenta.
Frente a un loco alicaído, el Príncipe de bronce de la plaza de Erriberri luce decidido y diferente. Y porta, además, un segundo e intrigante elemento: la máscara.
«Quizá esta sea la idea más bonita. Sabemos que, con 16 años, hizo una pieza teatral para su madre, Blanca. Los historiadores han encontrado los apuntes de los gastos en los que incurrió. Y sabemos, además, de otra segunda obra teatral. Esta todavía más trascendente», indica Ukar.
«Al morir su madre, invitó a su padre y a su nueva esposa Juana Enríquez [la madre de Fernando el Católico, hija de un almirante castellano] al Palacio Real de Tafalla. Ahí, representó una obra teatral que hablaba de los doce pares de Francia, varios de ellos de la misma sangre que Carlo Magno y familia de la que provenía el propio Príncipe», explica el escultor.
El Usurpador, sin embargo, debió de enfadarse mucho pues, de algún modo, el hijo reivincaba que su sangre real no era la de los Trastámara, sino la navarra, y que estaba por encima de la de Enríquez. «En la guerra no ganó a su padre, pero con el teatro le humilló. La desgracia es que los poderes bélicos siempre se imponen a los culturales».
Queda, pues, solo ya por resolver por qué la máscara del Prínicipe es como es. «Elegí una de las máscaras del carnaval de Unanu, pues se estima que son del siglo XII y, ya que había que elegir una máscara, quise que fuera una que representara la cultura propia».
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