Vamos a agregarle sal y pimienta al ahora cancelado proyecto del segundo museo Guggenheim en Euskal Herrria, este ya no en los predios del dilapidado pasado industrial de Bilbo sino en el corazón de la Reserva Natural de Urdaibai.
Y para ello recurrimos a este texto publicado en la página de Zain Dezagun Busturialdea, mismo que pertenece a la autoría de nuestro buen amigo Edorta Jiménez, avecindado en Mundaka, también dentro del espacio delimitado por la Reserva. Pues es que vaya, resulta que los del PNV se iban a deshacer de un espacio estrechamente vinculado a nadie más y nadie menos que Sabino Arana.
Lean ustedes:
Sabino Arana de alquiler
Edorta JimenezSabino Arana Goiri murió estando viviendo de alquiler en la casa de lo alto de la cuesta de Arrospe, en Sukarrieta, nombre creado por el mismo para referirse al antiguo Pedernales. Su viuda, Nikolasa Atxikallende Iturri, a la que él en vida llamaba Nikole, guardó el luto y se volvió a casar. Esto fue en 1915 y en iglesia basílica de Begoña. Su primer matrimonio se había llevado a cabo en la ermita de Abina, junto a su caserío natal. Fue una mañana temprano a primeros de febrero de 1900. No tuvieron hijos.
Igual que del primero, de aquel segundo esposo, Eugenio Alegría Bilbao, que durante casi tres años, mientras ella estuvo casada con el primero, había vivido a escasos cien metros de ella, también quedó viuda. Fue un día de 1918, en plena epidemia de gripe, cerca de Xixón, Asturies. De este matrimonio tampoco tuvo hijos, y no se volvió a casar, por lo que ya basta de que los tuvo con un guardia civil o con un carabinero, tres o no se sabe cuántos. Como todo eso es un invento, cualquiera puede apuntarse a creer una u otra cosa, incluso las dos. En plan sí o sí.
Pasado el tiempo Nikolasa Atxikallende vendió parte de los pertenecidos del caserío Abina y de lo que el primer marido le hubiese dejado en herencia. A Ramón Sota, ni más ni menos. Ella, por su parte, se hizo construir un chalet anexo al antiguo caserío, que fue fonda y allí conoció a Sabino. Con el chalet cumplía uno de los sueños de su primer marido, quien en su segunda estancia en la cárcel de Larrinaga diseñó la casa de sus sueños, incluyendo un bosque cubierto al que llamó Estaldi-Basoa. Tenía intención de montar una granja, no hay más que repasar los bocetos que dejó hechos en sus cuadernos de cárcel.
Volviendo a Sota, éste, dicen que por influencia de una de sus hijas, muy de hacer buenas obras ella, proyectó para el lugar una casa de retiro para marinos, o algo así, y encargó el proyecto al arquitecto Ricardo Bastida.
En su proyecto Ricardo Bastida se atuvo a las características del lugar y a lo que los marinos retirados habrían deseado. Buscaría el calor y la luz, que se pudieran tumbar mirando al Oiz, viendo salir el sol por el Este y ponerse por el Oeste. Bien sabía que aquellos marinos virtuales, que nunca se sentarían allí, hubieran preferido ver el mar en su plenitud. Simplemente no se podía. El viento dominante era y es el Noroeste, así que nada de mirar al Norte, que, por cierto, la vista del mar aún así habría sido imposible. Salvo que hubieran construido en lo alto de la pequeña colina, allá atrás. Un disparate habría sido.
Así iban las cosas cuando he aquí que aquella hija murió y el padre vendió lo ya hecho a una entidad de ahorro. De la mano de aquella nacieron las Colonias Marítimas de Nuestra Señora de Begoña. Miles de niñas y niños de la clase obrera fundamentalmente, pudieron allí recuperar en parte su salud, incluso librarse de una muerte prematura.
Por su parte Nikolasa se hizo construir una segunda casa, llegó la guerra, en abril de 1937 los fascistas y resto de sublevados ocuparon los terrenos de las colonias, más los del caserío y chalet de ella, la detuvieron, la juzgaron, la tuvieron un mes en la cárcel donde había estado su Sabin y la soltaron. Volvió a aquella segunda casa, enferma, y desde allí pudo ver lo que pasaba en sus otras propiedades, una de estas convertida por los usurpadores en hospital militar para presos de guerra. Murieron unos cuantos, fueron a la fosa común, no hay sitio para más detalles. Hasta que pudo volver.
El chalet era tan hermoso, tenía unos cristales tan bonitos, que las niñas de Busturia los domingos solían ir a tirarles piedras, de los niños nada sé. Un camino vecinal con derecho de paso separaba el chalet y el caserío, con sus pertenecidos, del entorno de las colonias.
Murió la mujer un 19 de marzo 1951 y a partir de ahí poco puedo decir. Un día desaparecieron caserío y chalet, otro día cerraron el camino, montaron piscinas, ya los niños venían en tecnicolor y con mejor salud, la cosa iba viento en popa, se montó una granja escuela o algo así, en fin, todo lo que ellos saben y no quieren contarnos, o nos lo cuentan mal.
A modo de ejemplo imagínense si pueden qué más dijo aquel arquitecto que contrataron en 2008 para decir que lo de los Sota, etcétera, no solo no tenía valor arquitectónico. Pues nada, que afirmó, o así lo recogió el plumilla de encargo, lo siguiente:
«El arquitecto barcelonés –se refiere a un tal Montaner, buenísimo− llega a calificar incluso su emplazamiento como «poco afortunado» porque se encuentra orientado hacia el sur, algo que «entorpece la conservación y revalorización del entorno paisajístico». En definitiva, cree que puede resultar un obstáculo para la construcción del museo».
Pues nada, que lo que Sabino Arana esbozó en sus cuadernos de cárcel era peor, pues miraba al este, como el antiguo caserío Abina y todos los del mismo lado de la ría. No tuvo suerte el hombre, que murió viviendo de alquiler y a partir de entonces y hasta hoy ni un recuerdo suyo en el entorno de lo que en un plazo indeterminado a partir de 2008 iba a ser el Guggenheim de Urdaibai. Por cierto, ¿el edificio iba a mirar al Norte? Desde la casa en la que murió Sabino estando de alquiler se hubiera podido ver el mar, aunque no lo tengo muy claro, nunca he estado. Para la próxima échenle un vistazo.
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