Se acerca el 18 de julio y en el estado español se vive un clima de tensión política muy similar al de 1936, con una derecha envalentonada dispuesta a reventar el gobierno de Pedro Sánchez a toda costa.
Ante este escenario, conviene recordar lo ocurrido hace noventa años y lo hacemos por conducto de este magnífico reportaje publicado en Naiz:
Crónica de una victoria popular sobre el fascismo
En 1936, el Ejército español se levantó contra la República con éxito desigual. En Euskal Herria, en Gasteiz e Iruñea se impuso el fascismo sin piedad y con terribles consecuencias: solo en Nafarroa hubo 3.000 fusilados y sin frente de guerra. En Bilbo no se atrevieron a intentarlo. Esperaban que Donostia, antigua ciudad vacacional de la realeza, cayese como fruta madura, algo que no ocurrió con tal facilidad.
Josetxo Otegi ArrugaetaSe equivocaron. Donostia se convirtió en campo de batalla que hizo realidad el “¡No pasarán!”. Surgieron muchos nombres propios; siendo imposible recordarlos a todos, no podemos dejar de mencionar a los anarquistas Manuel Chiapuso, Felix Likiniano, Kasilda Hernáez; al comunista Jesús Larrañaga; al abertzale Mario Salegi; al comandante Augusto Pérez Garmendia; al jelkide Manuel Irujo; al socialista Miguel Amilibia… Fueron artesanos de aquella victoria, no exclusivamente donostiarra. Hubo combatientes de Arrasate, Eibar, Hernani, Errenteria, Bergara, Pasaia, Bilbo y alaveses y navarros que habían huido de la represión, sin olvidar a los asturianos, galegos y tantos otros…
Contra todo pronóstico, resistieron con firmeza al fascismo y lo vencieron. Este año se cumplirán 90 años de aquellos acontecimientos que conoceremos de cerca a continuación.
18 de julio, sábado: confusión
El Ejército español se rebeló en África. “El Diario Vasco” publicó en su portada una curiosa noticia: «Hoy hará buen tiempo». Proporcionaba así la señal para el alzamiento a quienes esperaban la orden. Circularon mil rumores y reinó la confusión. Sin pérdida de tiempo, las organizaciones de izquierda empezaron a organizar a su gente, por si acaso. Bernardino Vega, trabajador de Telégrafos, retuvo un telegrama: lo enviaba desde Iruñea el general Mola al gobernador militar de Gipuzkoa, León Carrasco: Mola le ordenaba que declarase el Estado de Guerra. Bernardino entregó el telegrama a las autoridades. Sin saberlo, ganó un tiempo muy valioso pero, por ello, los franquistas lo fusilaron después en 1938.
Aquella confusión afectó también al PNV, cuya dirección debatía qué hacer en Donostia. Desautorizó a Manuel Irujo, que públicamente ya se pronunció contra el levantamiento, y se decidió la neutralidad del PNV, que se daría a conocer al día siguiente en “El Día”. Sin embargo, tanto Irujo como (José) Lekaroz, director del periódico, decidieron por su cuenta no hacerlo, pues aquella postura era inviable. Desde entonces, Irujo se esforzó en convencer a sus colegas del apoyo a la República.
19 de julio, domingo: tensión y organización
Las inquietantes noticias que llegaban aumentaron la tensión. Hacia las 04:00, el gobernador militar Carrasco convocó en la Comandancia Militar (calle Ijentea, actual Palacio Goikoa) a los tenientes coroneles De la Brena y Vallespín. Estos se dirigieron desde el cuartel de Loiola escoltados por dos vehículos blindados y varios camiones con soldados. En Alde Zaharra la gente estaba alerta. Allí tenían sus sedes PSOE, UGT, PCE, PNV y ANV. Al llegar al Boulevard, dispararon contra el convoy militar, matando a un soldado. Los militares colocaron frente a la Comandancia Militar dos ametralladoras y dos cañones, «por seguridad».
Nadie dormía. De madrugada, un coche amarillo ocupado por fascistas recorría la ciudad tiroteando a los grupos de trabajadores organizados (milicianos) que encontraba. Proliferaron francotiradores aislados, disparando desde las casas a los milicianos. Las armerías fueron asaltadas (por ejemplo, en la calle Hondarribia) y se improvisaron talleres para fabricar armas (los anarquistas fabricaron granadas en Oria y cócteles molotov en Trintxerpe).
El gobernador civil, Jesús Artola, convocó al gobernador militar Carrasco al Gobierno Civil (calle Okendo). Debido a la nula confianza que inspiraron sus respuestas, Carrasco quedó retenido. Ante la gravedad de la situación, se organizó una Junta de Autoridades, formada por el gobernador civil, los cinco diputados a Cortes por Gipuzkoa (los jelkides Manuel Irujo, Rafael Pikabea, Juan Antonio Irazusta y Jose María Lasarte, y el socialista Miguel Amilibia), así como el comandante Pérez Garmendia, uno de los escasos militares leales, que apareció por puro azar. La Junta organizó una columna para liberar Gasteiz. Cientos de voluntarios respondieron a la llamada.
En Egia, en la carretera que conduce a Loiola, se levantó una gran barricada con el material de la fábrica de ladrillos (actualmente el nº 5 de la calle Egia). En Gros, el mencionado coche amarillo fascista apareció a la altura del hospital, que se ubicaba en la actual avenida de Navarra, y los milicianos lo tirotearon. La gran incógnita eran los cuarteles de Loiola. Los anarquistas instalaron un puesto de observación en la casa del cura del hospital de la Misericordia en el alto de Zorroaga. Por la noche, los militares detuvieron a siete vecinos del barrio en los alrededores del cuartel: no querían testigos. Los encerraron durante ocho días, incomunicados, sin luz y apenas comida.
20 de julio, miércoles: dudas y preparativos
Los militares no se movieron. No sabían qué hacer. Todos esperaban. En las calles no se veían fuerzas policiales, solo grupos de milicianos. La Junta de Autoridades solicitó a Loiola la participación de artilleros en la columna que partiría a Gasteiz. El teniente coronel Vallespín llamó por teléfono al Gobierno Civil asumiendo unilateralmente el cargo de Gobernador Militar, y amenazó con bombardear Donostia si el gobernador civil no lo confirmaba en el cargo. Ante esto, el gobernador civil y otras autoridades se fueron a Eibar. Los que se quedaron en Donostia, dejaron el Gobierno Civil y se trasladaron a la Diputación (Plaza de Gipuzkoa) como medida de seguridad.
21 de julio, martes: comienza la partida
A las 10:00 de la mañana, la columna que liberaría Gasteiz se alineó para salir por la carretera general en el Antiguo. Esperaron en vano a los militares de Loiola. La columna la formaban miembros de las milicias populares, guardias civiles repúblicanos, carabineros y mikeletes, en total unas 500 personas. El comandante del Ejército Augusto Pérez Garmendia la encabezaba (destinado en Oviedo, el alzamiento lo sorprendió de vacaciones en Biarritz. Se presentó en el gobierno civil de Gipuzkoa, y comprobada su lealtad, le pidieron que se quedara). La columna se armaría en Eibar, donde se reuniría con una columna de Bilbo, para después dirigirse a Gasteiz por Arrasate.
Hacia el mediodía, el gobernador militar Carrasco fue liberado. Fue al Hotel María Cristina, llamó a la Unión Radio y anunció al locutor que se declaraba el Estado de Guerra. Después, Carrasco marchó al cuartel de Loiola. Los milicianos, sin tardar, tomaron la Unión Radio San Sebastián (en la avenida de la Libertad), interrumpiendo la emisión del comunicado de Carrasco.
Hacia las 17:00, dirigidos por el capitán de la Guardia Civil Adolfo Cazorla, un grupo de falangistas, guardias civiles y guardias de asalto dispararon contra un conjunto de gente y carabineros republicanos reunidos delante del Hotel María Cristina. Mataron a dos personas, tomaron rehenes y se hicieron fuertes en el hotel. Mientras, el Círculo Easonense de la calle Ijentea (actualmente debajo está la pastelería Oiartzun), la Comandancia Militar y la Comandancia de Marina (actual Hotel Lasala Plaza) ya estaban en manos de los sublevados. En el Casino (actual Ayuntamiento) se parapetaron otros soldados, guardias civiles y falangistas.
En Gros, un grupo de francotiradores tomaron el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Ambos edificios permitían dominar las calles Ramón Mª Lili, Usandizaga y Agirre Miramon, y mantenían bajo su fuego el puente del Kursaal. Muy cerca de allí, otro grupo tomó el edificio de La Equitativa, desde allí controlaban el puente de Santa Catalina (paso entre Gros, Egia y el Centro).
Las autoridades republicanas de Donostia ordenaron que volviese la columna que partió hacia Gasteiz. Se encontraba en Arrasate, reforzada con gentes de Eibar, Arrasate y una columna de Bilbo (dirigida por el teniente de Asalto Justo Rodríguez). Entrarían de vuelta en Donostia por distintos sitios, unos en tren, otros en camión.
22 de julio, miércoles: la jornada clave
En la noche del 21 al 22, los militares salieron del cuartel de Loiola por fases. Primero establecieron un perímetro defensivo alrededor del edificio para protegerlo de cualquier ataque. En Egia, 100 soldados dirigidos por un capitán tomaron los caseríos que se encontraban a 150 metros del cementerio de Polloe (actualmente, calle Gabriel Aresti), ya que desde ellos se dominan los cuarteles de Loiola. Además, se apoderaron del convento de las Hermanas de los Pobres en Aldakonea. Entre aquellos soldados había tiradores de élite que causaron numerosos muertos entre los milicianos.
Los caseríos de Egia (Lorenziene Aundi y Txiki, Udaraberri, Etxetxo, Zamarra, Igola, Sibilia Haundi, Otxoki…) formaron un frente de guerra. Todos sufrieron daños materiales y el saqueo de los soldados. La situación estratégica del caserío Txurkoene motivó duros combates por su posesión. Su fachada y muros laterales fueron acribillados a tiros, y en la pared oeste un cañonazo del cuartel de Loiola hizo un gran agujero. En el hoy desaparecido caserío Moskotegi, los militares mataron al joven Miguel Alkiza y robaron a sus residentes. En Sibilia Txiki (hoy desaparecido), al encontrarse atrapado entre dos fuegos sus 22 habitantes -entre ellos 14 niños-, pasaron tres días refugiados en la cocina de la planta baja.
Los militares también tomaron el monte Ametzagaña, detrás del cuartel, donde posicionaron dos cañones de 155 mm y varias ametralladoras. Como les cortaron el suministro de agua, los militares obtuvieron allí el agua necesaria. También en esa zona, los soldados tomaron el asilo de Uba para protegerse de posibles ataques desde Martutene.
En el barrio de Gros, el miliciano Ceferino Rey murió a manos de francotiradores a la altura del nº 10 de la calle Miracruz. No lejos de allí, los milicianos hostigaban a los fascistas situados en el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. Les atacaron con botellas incendiarias, quemando las oficinas y el bar del frontón. En la esquina de la calle Iztueta y el paseo de Francia (los jardines de la Estación del Norte), los militares colocaron una ametralladora con la que, además de matar a varios milicianos, impedían el paso de todo vehículo entre Gros y Egia.
El momento decisivo
Hacia las 04:00 de la mañana salió una columna del cuartel de Loiola, dirigiéndose por la orilla del Urumea hacia el centro de la ciudad (el barrio Amara Berri no existía). Los milicianos les dispararon desde la otra orilla. Creyendo que les disparaban desde el caserío Beroiz-enea (actualmente desaparecido, estaba en el recinto actual del campus de Deusto), los soldados les dispararon dos cañonazos y 125 balas, destrozándolo e hiriendo a sus residentes.
Al llegar al barrio de Amara, la columna se dividió. Una parte siguió por el paseo Árbol de Gernika y llegó sin problemas hasta el Hotel María Cristina. Pero la columna que entró en la calle Urbieta chocó con una firme resistencia a la altura de la calle Larramendi, donde tenía su sede (sobre el actual bar El Nido) el sindicato anarquista CNT, que organizó su defensa: cerraron por ambos lados la calle Larramendi con barricadas, se atrincheraron en el convento del Corazón de Jesús situado enfrente y en las Escuelas Públicas de la calle Urbieta. También colocaron vigías en los tejados de las calles Moraza, Urbieta y Larramendi, con explosivos artesanales y botellas incendiarias.
Eran las 04:30 cuando los militares se adentraron en la calle Urbieta. Cerca de la calle Moraza, los milicianos abrieron fuego. Los soldados, al no poder avanzar, entraron en grupos en varios edificios, como el Hotel Correo (esquina de calle Urbieta con calle Larramendi). También intentaron rodear la calle Larramendi por la calle Prim, pero fue en vano. Entonces, la tropa retrocedió hasta la plaza Centenario: desde allí, y desde el portal nº 42 de la calle Urbieta, bombardearon con morteros las barricadas de la calle Larramendi. Con un vehículo blindado ametrallaron los portales donde estaban los milicianos, que utilizaban colchones confiscados en las casas para protegerse. Los militares obligaron a varias personas a retirar las barricadas y a sacar a sus heridos de lugares peligrosos. Dentro de algunas casas hubo combates.
La CNT se estaba quedando sin municiones. Algunos milicianos fueron en un camión blindado improvisado al cuartel de la Guardia Civil de Ondarreta en busca de armas. En el cuartel, que estaba vacío, consiguieron unas cajas de granadas. Tan pronto como entraron en la calle Urbieta, los militares lo alcanzaron con fuego de mortero, destruyendo el camión, pero se salvaron las granadas, y con ellas contuvieron nuevos ataques fascistas.
Pero esas granadas también se acabaron. La situación era dramática. Entonces se produjo un giro inesperado: hacia las 09:00 de la mañana, entró en Amara un tren lleno de milicianos bien armados proveniente de Eibar. Estos no sabían qué encontrarían, pero reaccionaron rápidamente. Bajaron del tren y dispararon sobre los soldados, atrapándolos por la retaguardia por sorpresa. Los militares intentaron repelerlos en la calle Moraza, pero tuvieron que huir a Loiola, abandonando sus armas pesadas.
Dos columnas milicianas más, también procedentes de Eibar, aparecieron por Aldapeta cantando “La Internacional” y por la actual avenida Zumalakarregi en el Antiguo. Los milicianos de la CNT habían resistido durante cinco horas en un combate tan desigual como decisivo para el fracaso del alzamiento fascista en Donostia. El comandante Augusto Pérez Garmendia, al llegar a Donostia, ayudado por el comandante García Larrea, estableció su cuartel general en el nº 47 de la calle Easo.
Paralelamente, los sublevados lograron sabotear unas horas las instalaciones de la antena de la Unión Radio San Sebastián en el monte Igeldo. Los milicianos repararon las averías. Los militares dispararon entonces a la antena con un cañón de 155 mm desde Ametzagaña. No la alcanzaron de lleno por poco.
¿Qué sucedía en Alde Zaharra? Aquella mañana, unos 100 milicianos atacaron la Comandancia de Marina. Tras una breve lucha, la tomaron, pero no sin sufrir bajas. Condujeron a los oficiales de Marina capturados a la sede del UGT (nº 28 de la calle 31 de Agosto). Acto seguido, varios milicianos (entre ellos el abertzale Mario Salegi), armados en su mayoría con pistolas, atacaron el Club Náutico, al cual se acercaron protegiéndose tras un muro; corriendo y disparando a las ventanas, entraron por la planta baja y continuaron la lucha en el interior, apresando a varios guardias civiles. Poco después, se llevaron en txalupas a los prisioneros y a los heridos por las escaleras traseras del Club Náutico hasta el puerto, evitando los disparos del Casino.
Este constituía una posición muy difícil. Se habían realizado varios intentos para tomarlo, sin éxito. Los sublevados tenían tres ametralladoras pesadas apuntando al Boulevard, a la calle Mayor y a la zona del Club Náutico. Además, el Casino estaba rodeado de una valla de hierro, un obstáculo importante.
Aquella misma mañana, en Pasaia, los arrantzales del sindicato Avance Marino tomaron por sorpresa el Torpedero nº3. Obligaron al teniente de navío, Amador González-Posada, a llevarlo hasta Donostia, para ayudar en la lucha contra los fascistas. El militante de ANV José Placer Martínez de Lecea, gasteiztarra, se puso al timón. Hacia el mediodía, el Torpedero nº3 entró en la bahía de la Concha, disparando al Casino. No provocó grandes daños, sus cañones eran de pequeño calibre (47 mm), aunque debilitó la moral de sus ocupantes. Los cañones de 155 mm que los militares tenían en Ametzagaña abrieron fuego contra el torpedero sin alcanzarlo, pero forzándolo a salir de la bahía. El torpedero se situó en la Zurriola y bombardeó el Hotel María Cristina, causando escasos daños, pero desgastando la moral de los sublevados.
Otra columna procedente de Eibar (entre ellos 35 guardias civiles republicanos dirigidos por el comandante García Ezkurra) entró corriendo en el Boulevard por las calles Elkano y Garibai. Cubriéndose tras los árboles, se acercaron al Casino en medio de un violento tiroteo. Otros milicianos se les sumaron en el ataque por las bocacalles de Alde Zaharra. Ayudándose para alcanzar las ventanas, entraron en el Casino. Tras una lucha cuerpo a cuerpo, lo tomaron. Acto seguido, atacaron la Comandancia Militar, que se rindió inmediatamente.
El siguiente objetivo sería el Hotel María Cristina. Se emplearon todos los medios al alcance para someterlo: lo tirotearon (desde el Teatro Victoria Eugenia y alrededores), se utilizó un mortero capturado en Amara y se intentó incendiar el hotel empleando una bomba de los bomberos para lanzar el combustible (el conductor del camión cisterna murió en el tiroteo). Los fascistas colocaron rehenes en las ventanas del hotel para impedir los disparos milicianos. Varios rehenes murieron así, como Anastasio Carro, atrapados entre dos fuegos .
23 de julio, jueves: punto de inflexión
Por la mañana, los militares intentaron un nuevo ataque desde Loiola, pero el puente que une Loiola y Egia estaba prácticamente derruido por los explosivos de los milicianos, frustrando la ofensiva.
Paralelamente, los milicianos atacaron la ametralladora de la calle Iztueta (Gros) con un cañón de montaña desde el final de la calle Iparragirre, causando heridos en la posición. Finalmente, un miliciano lanzó dos bombas de mano por encima de la valla de los jardines y acabó con la ametralladora. Cerca de allí, quince milicianos atacaron a los atrincherados en La Equitativa. Colocaron un cañón enfrente, por detrás de un surtidor de gasolina cercano, mientras les disparaban desde el edificio. Los milicianos, sufriendo cuatro muertos, solo acertaron de lleno un cañonazo y tuvieron que retroceder. Al otro lado del río, hacia el anochecer, los sublevados del Hotel María Cristina se rindieron, al ver que no recibirían ayuda exterior. Los milicianos hicieron cientos de prisioneros. Viendo esto, bajo la presión de los milicianos, los sublevados abandonaron inadvertidamente La Equitativa, el Hotel Príncipe de Saboya y el frontón Urumea. No lejos de allí, tras un duro tiroteo, los militares se retiraron del convento de las Hermanas de los Pobres del alto de Aldakonea (Egia).
24 de julio, viernes: comienza el sitio de los cuarteles
Los militares se replegaron al cuartel, abandonando la posición de Ametzagaña, que fue inmediatamente ocupada por los milicianos. Comenzó el asedio de los cuarteles de Loiola. Los milicianos también tomaron posiciones en torno al asilo de Uba. Desde allí disparaban contra los cuatro obuses emplazados en el patio del cuartel apuntando a los fuertes de San Marko (Errenteria) y Txoritokieta (Astigarraga), en manos republicanas, impidiendo que los utilizaran. Era una situación paradójica en la que los sitiados estaban mejor armados que los sitiadores. Los milicianos emplearon todo medio a su alcance: bombardearon el cuartel con una avioneta civil pilotada por el concejal de Gasteiz Sebastián San Vicente, pero con escaso resultado.
Por otra parte, se clausuró “El Diario Vasco” (nº 37 de la calle Garibai) por orden gubernativa y su imprenta fue confiscada por complicidad con el alzamiento fascista. En su rotativa se comenzó a imprimir el periódico “Frente Popular”, publicado diariamente hasta la caída de Donostia en manos fascistas (13 de septiembre).
25 de julio, sábado / 26 de julio, domingo: asedio
Continuó el asedio. Se volvió a bombardear el cuartel: el sábado, con una avioneta civil, y el domingo, con un trimotor republicano procedente de Madrid. Además de causar heridos y daños importantes, debilitó mucho la voluntad de lucha de los soldados.
27 de julio, lunes: asedio
Los milicianos acarrearon un obús de 275 mm desde el fuerte de Guadalupe (Hondarribia). Lo colocaron en el alto de Amara. El primer disparo cayó delante del cuartel; el segundo, pasó por encima; el tercero y el cuarto, dentro. Muchos soldados desertaron. Ignacio Aramendi, soldado que estaba preso en el cuartel, fue enviado por los oficiales a la Diputación con una carta con las condiciones para su rendición.
28 de julio, martes: victoria popular
Tras varias negociaciones, los militares se rindieron oficialmente en el puente de Urdinzu, delante de los cuarteles, quedando completamente vencido el alzamiento fascista en Donostia. Lo hicieron ante una representación de la Junta de Autoridades, pues temían a los milicianos y buscaban la protección de una autoridad oficial. Los diputados Rafael Pikabea (PNV), Juan Antonio Irazusta (PNV), Miguel Amilibia (PSOE), Jose María Lasarte (PNV) y Manuel Irujo (PNV), además del comandante Augusto Pérez Garmendia y Jesús Larrañaga (PCE), representaron en este acto al pueblo.
Mientras, los milicianos anarquistas entraban en el cuartel por el puente de Espartxo (en la parte posterior) y se apoderaron de la mayoría de fusiles. Aquello produjo una crisis entre las fuerzas antifascistas, pero no fue a más. La CNT siempre puso aquellas armas al servicio de la lucha contra los sublevados. Los prisioneros capturados en Loiola fueron trasladados a la Diputación bajo fuerte escolta. Las banderas de los regimientos de artillería e ingenieros fueron colocadas en el balcón principal de la Diputación. Fue una victoria tan cara como efímera: duró hasta el 13 de septiembre. Pero fue, sin duda, una gran victoria popular, que merece ser recordada y celebrada.
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