Un blog desde la diáspora y para la diáspora

domingo, 18 de enero de 2026

Hartzaren Eguna

Ya que estamos en temporada de festejos carnavalescos, traemos a ustedes este texto desde la página Mythobasque Foundation Mitologia Vasca en Facebook:


El despertar del oso en Euskal Herria

Hartza, el oso, es el personaje central del carnaval vasco y figura fundamental de la mitología de la antigua Europa, que sobrevive misteriosamente en el arte y el folklore, ha sido recuperado en los cuentos infantiles y como metáfora política, en forma de modelo protofeminista e icono contra el calentamiento global.

Entre finales de enero y finales de febrero y más allá de Ituren, Auritz y Zubieta, Hartza hace de las suyas en numerosas localidades: Amaiur, Altasu, Luzaide, Arizkun, Eibar, Antzuola, Segura, Bergara, Auritz-Burguete, Leitza, Markina-Xemein, Hazparne, Beskoitze, Lesaka, Ermua, Azparne, Zalduondo, Salinas de Añana o Elorrio, el Hartzaro en Ustaritze y el Hartzaren Eguna en Donibane-Lohizune. Asombra cómo sobrevive o se ha recuperado —en otras se perdió, como en las Maskaradak de Zuberoa— para disfrute de txikis y aitites. Pero Hartza no es solo patrimonio del folclore vasco: carnavales similares se celebran en numerosos pueblos de los Pirineos y de la cornisa cantábrica —como la espectacular Vijanera cántabra— y en zonas montañosas de toda Europa. ¿Cuál es el secreto para que este plantígrado en riesgo de desaparición mantenga su aura?

Ya no quedan osos pardos autóctonos (Ursus arctos) en nuestro territorio. El último cazado en Bizkaia —un macho de 95 kilos— fue abatido por fusiles carlistas en 1871, y su piel disecada con fiero gesto se expone en el Centro de Interpretación del Parque de Urkiola. Hubo, sin embargo, un tiempo en que los bosques estaban repletos y se pagaban sustanciosos sueldos a los cazadores. Sancho IV fue asesinado en 1039 en Peñalén (Funes) mientras cazaba osos…

Pero, antes de ser una codiciada pieza de caza, el oso fue el centro simbólico de la Europa antigua, que lo consideraba una suerte de dios ancestral, inspiración del basajaun, y progenitor de una raza de seres mitad ser humano, mitad animal. El animal más anatómicamente semejante al ser humano, junto al simio de otras latitudes, representó, en tanto que estadio intermedio, un vínculo sagrado entre la naturaleza y la civilización, que en la cultura vasca ha sobrevivido al cristianismo.

Txomin Peillen recoge a finales del siglo XX el testimonio de Pette Prebende de Sainte-Engrâce (Zuberoa): “Lehenagoko hüskaldün zaharrek erraiten zigüen gizuna hartzetik jiten zela. Bai gizuna hartzetik fabrikatürik düzü” (Los antiguos vascos decían que descendían de los osos. Sí, el hombre proviene del oso). Y ya en La rama dorada, el pionero tratado antropológico de 1890, J. G. Frazer anota la creencia vasca sobre las almas intercambiables de humanos y osos: “La creencia primitiva en la posibilidad de tal cambio se patentiza en la historia de un cazador vasco que afirmó haber sido muerto por un oso, pero que el oso, después de matarle, le insufló su propia alma dentro del cuerpo de modo que el oso quedó allí muerto y él era el oso mismo, ya que estaba animado por el alma del oso”.

El folclorista Juan Antonio Urbeltz en Bailar el caos. La danza de la osa y el soldado cojo ha estudiado el folclore vasco en torno al oso como maestro y señor de los animales, rescatando las danzas ursinas como Hamalau yautziak, y relacionándolo con carnavales de Alpes, Tatras, Cárpatos, Balcanes o Cáucaso. Folclore que ha sido vinculado a su vez con la centralidad de la cultura ursina entre lapones, pueblos siberianos o inuits e, incluso, en las remotas Diabladas de Oruro (Bolivia), en el personaje del Jukamari, el oso andino

Por su parte, la vascóloga norteamericana Roslyn M. Frank, estudiosa pionera de los sarobes y quien más en profundidad ha investigado su presencia en la psique vasca a través de la figura de Hamalau o Hartzkume, le confiere un papel todavía activo en nuestro inconsciente colectivo. Este hijo de oso y mujer, de extraordinaria fuerza, es el testimonio de una cosmovisión ursina de carácter chamánico, propia de pueblos cazadores-recolectores, en la que reinaba como criatura intermediaria entre el ser humano y los animales, sobre algunos de los cuales ejercía su influencia directa. Y lo más inquietante: aún hoy en día se nos aparece en ciertas pesadillas, relacionadas con el fenómeno de la sleep paralysis o parasomnia.

Testigo elocuente de esta cosmovisión son las constelaciones de la Osa mayor y la Osa menor, vinculadas a las leyendas protagonizadas por Juan el Oso, que el folclorista Antonio Rodríguez Almodóvar califica como “el cuento más antiguo de Europa”. En las versiones euskaldunes, Joan Hartza, fruto de rapto de una muchacha por un oso, conserva la fuerza del padre y la inteligencia de la madre. Un emblema de la fertilidad primordial, sin descartar su aspecto sexual, y que evoca el delicado clásico erótico Oso, de Marian Engel.

La cultura ursina ha ido desvelándose también como cultura protofeminista, que ya estudiara Marija Gimbutas en la cultura Vinca en relación a la Diosa Madre y al controvertido matriarcalismo. Entre los númenes ursinos destacan las diosas del bosque y de los animales como  AMALUR , Artemisa/Diana, Artio, Artahedeo, Arduino, Freya u Orsel; papel que heredan las santas cristianas, amansadoras de osos, como Santa Úrsula, Santa Odilia o Santa Orosia, con numerosas ermitas en nuestra tierra.

Hay que recordar que los santuarios griegos de Artemisa en Braurón o el célebre de Artemisa Brauronia junto a la Acrópolis ateniense, estaban dedicadas a la protección de las mujeres embarazadas y del parto, y acogían a las ‘ositas’, las servidoras de la diosa en su proceso de iniciación. El oso, según recoge el experto en bestiarios Ignacio Malaxecheverría, es un animal lunar, maternal y femenino —según Jung, symbole terrifiant de la madre—, del cual se “quiere ocultar lo terrible del sentido profundo”. En este sentido, Txema Hornilla coincide que los disfraces de piel de oso revelan procesos iniciáticos, de regreso al útero, “una epifanía de la Gran Madre”. La cultura ursina es, en verdad, cultura de la osa, feminista avant la lettre, que también se muestra primariamente queer, ya que reivindica el salvajismo dionisiaco de las ménades y su hirsutismo freak, estudiado por la escritora Pilar Pedraza, y vinculado explícitamente a la cultura de los peludos ‘osos gays’. ¿Qué es el feminismo si no un deseo de ser osa: salvaje, sin depilar y rugiendo por sus derechos, libre de la cadena del patriarcado?

 

 

 

🐻 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario