Un blog desde la diáspora y para la diáspora

lunes, 28 de junio de 2021

Gil de San Vicente | Organizarse (I de II)

Solo el pueblo organizado podrá salvar al pueblo, reza el adagio.

Para ampliar en el concepto, traemos a ustedes la primera parte de este texto de Iñaki Gil de San Vicente que nos ha compartido en el portal de Rebelión.

Lean.... y a organizarse:


Organizarse frente a lo que se avecina (I de II)

Iñaki Gil de San Vicente

«Hallarse por un momento en minoría con un programa correcto –en tanto organización– es mejor que tener un gran número de seguidores, que sólo nominalmente pueden ser considerados como partidarios» ~ Friedrich Engels

La pandemia cortó de raíz un proceso de debates internacionalistas entre izquierdas de naciones oprimidas que avanzaba poco a poco. Desde hace un tiempo, se han retomado los contactos nunca rotos y, como es lógico, los cambios habidos desde finales de 2019 han añadido nuevas cuestiones sobre las que reflexionar en una ronda que empezará a mediados de julio en Galiza. En el artículo que ahora se presenta, que será seguido por otro, se propondrán algunas ideas a debatir sobre la crisis en su generalidad, sobre la situación estatal y las dos grandes opciones del capital, y el papel que en ellas juegan las diferentes fuerzas ultraderechistas y fascistas, girando todas ellas alrededor de un punto crítico: el problema de la organización revolucionaria. El segundo artículo intentará explorar los principales retos a superar por esas organizaciones independentistas en la fase post pandémica.

Hemos citado arriba a Engels no sólo porque está siendo redescubierto como una de las mentes más brillantes del siglo XIX, sino porque además hace casi 140 años, a finales de 1882, recordó una lección que ya para entonces había adquirido el rango de teoría y que desde entonces vuelve con dramática frecuencia: la necesidad de la organización para prevenir severas derrotas. Lo hizo en medio de ásperos debates sobre estrategia y táctica sostenidos entre varios bloques políticos: posibilistas, marxistas, socialistas, anarquistas, etc. La Comuna de 1871 fue la excusa para golpear con más fuerza a las izquierdas. La primera Gran Depresión iniciada en 1873 endureció las represiones como se vio en 1878 con las leyes antisocialistas alemanas. En 1876 se clausuró la I Internacional y habría que esperar hasta 1889 para que surgiera la Segunda. Las persecuciones sólo lograban retrasar por un tiempo la organización de grupos obreros.

La crisis forzaba la introducción de nuevas industrias para derrotar a la clase obrera y destruir empresas obsoletas, por lo que la lucha de clases entraba en una nueva fase impulsada también por las reivindicaciones nacionales y anticoloniales, y de las mujeres trabajadoras. Los crímenes del colonialismo eran denunciados por la mayoría de las izquierdas que a la vez exigían el desmantelamiento de los ejércitos. Estos y otros cambios se reflejaban en la elaboración teórica del marxismo. Fue en este contexto en el que Engels volvió a defender la necesidad de una organización revolucionaria diferenciada de las posibilistas, reformistas, radicales, utopistas…, pero siempre inserta en la complejidad de las luchas concretas y nunca aislada de las masas. Era un criterio éste defendido siempre por ambos amigos.

En 2021 resurge en naciones oprimidas este debate urgente ante la nueva etapa en la crisis abierta por la tercera Gran Depresión de 2007 agravada desde 2020. Mientras, la lucha de clases rebrotó con fuerza y el imperialismo multiplicó sus salvajadas contra los pueblos; desde 2014-15 se agudizaron las pugnas entre el imperialismo y el bloque de potencias emergentes; desde 2016 los fugaces y débiles repuntes económicos volvieron a caer; la pandemia de inicios de 2020 supuso un cambio cualitativo en la historia de las crisis del capital; según el informe de abril de 2021 del FMI la pandemia había supuesto una caída de -3,3% del PIB mundial, que por el efecto rebote se recuperaría al 6,0% en 2021 para caer al 4,4% en 2022… Pero las perspectivas para el Sur Global son demoledoras, y las del proletariado del Norte son muy duras. Pero quienes más lo sufrimos y sufriremos somos las clases explotadas de los pueblos oprimidos porque, al impedírsenos por la fuerza crear Estados propios, la indefensión nos hunde en el fondo del temporal.

Desde los ‘50 el capitalismo sufre una caída de la productividad del trabajo, desde la década los ‘70 una caída de la tasa media de ganancia y una caída en las inversiones en fuerzas productivas o activos fijos, así como una sobreabundancia de capital ficticio y un aumento de la llamada «economía criminal» para compensar con ganancias especulativas de alto riesgo e ilegales la caída de los beneficios. A esta senil decrepitud se le suma ahora un inquietante aumento de la inflación; un encarecimiento exponencial de las nuevas tecnologías; una crisis socioecológica, sanitaria y de recursos al límite; un aumento salvaje de los precios de los alimentos básicos: un 40% en la última década y el agua ya es el «oro azul», un empobrecimiento al alza y una concentración y centralización de la propiedad mundial en poquísimas personas, como lo confirma el reciente informe del Credit Suisse.

El capitalismo español ha acrecentado sus debilidades en 2015/21 enfrentándose a un «escenario severo». Vuelve a correr el riesgo de caer de la semiperiferia a la periferia de la UE, condenado a la dependencia del turismo y de los servicios, a ser base de segunda de la OTAN por el pacto entre EEUU y Marruecos, a una lenta desindustrialización y a perder competitividad mundial… La última vez que se manifestó este peligro recurrente fue en la crisis de 1968-78/82. A comienzos de los ’70 la burguesía estaba a la defensiva frente a las luchas de las clases y de las naciones oprimidas. La facción burguesa menos franquista pasó al ataque ayudada por el imperialismo, y la genuflexión del reformismo duro y de la izquierda blanda, más la solidez de las anclas irracionales forjadas por siglos de autoritarismo y cuarenta años de franquismo, dieron la vuelta a la tortilla en 1978/82. La estructura del franquismo quedó intacta sosteniendo con la monarquía militar la «democracia constitucional». La izquierda estatalista empezó a disolverse, manteniendo la lucha, sobre todo, aquellas que, inconciliables con el imperialismo español, tenían una estrategia político-organizativa y ética inasimilable por la monarquía militar: la independencia socialista de sus pueblos trabajadores.

La victoria burguesa de 1978-82 fue incapaz de «modernizar España» de modo que la tercera Gran Depresión mostró al «rey desnudo», nunca mejor dicho. Los golpes dados a las clases y naciones oprimidas para contener la crisis fueron tan duros que para 2010-11 se estaban fusionando las reivindicaciones socioeconómicas y laborales con las estrictamente políticas, abriendo una etapa de movilizaciones que se sumaban a las internacionales. Pero a diferencia de 1968-1978/82, en 2010, exceptuando meritorios colectivos revolucionarios, no existía una izquierda político-sindical y sociocultural de tal nombre en Estado, y la izquierda abertzale también giraba rápidamente al pacifismo parlamentario siguiendo el sendero abierto a finales del siglo XIX, readaptado en la década de 1970 por el eurocomunismo y los reformismos post.

Sí existían grupos mayoritariamente jóvenes de la pequeña burguesía, de la llamada «clase media» –fuerza de trabajo con salarios altos–, franjas progres del funcionariado, «trabajadores de la cultura», autoexplotados, etc., golpeados por la crisis y con sus certezas e ilusiones tan destrozadas que ansiaban la luz de un líder que les prometiese todo sin exigirles militancia revolucionaria alguna. Las clases proletarias, debilitadas desde la década de 1980 por los reiterados golpes y traiciones del reformismo aguantaban como podían en medio de un silenciamiento mediático de sus luchas. La casta intelectual se esforzaba al máximo por demostrar lo indemostrable: que el «ciudadano» había suplantado al proletario y que los derechos nacionales eran resolubles por la monarquía militar.

Asistíamos al fin de una larga fase de lucha de clases y al inicio muy dificultoso de otra. El reformismo debe olvidar la historia o tergiversarla tanto que sea imposible extraer de ella lecciones críticas. Se nos aseguraba que todo era tan novedoso que los «viejos dogmas» estaban superados por la frescura del pragmatismo posibilista y del sentido común: lo decisivo son los votos y el «juego parlamentario». Contra tanta ceguera, en la coyuntura de 2011 se dieron debates aún minoritarios sobre la organización revolucionaria, cuyo objetivo no es otro que la destrucción del Estado burgués y la creación del Estado obrero, dinámica en la que la organización ha de combatir contra al menos ocho tremendas fuerzas que sostienen al capital:

1) La credulidad social en las promesas burguesas como efecto del fetichismo y de la alienación. 2) La efectividad del machismo, del racismo, del opio religioso, etc., para reforzar al capital con su terror material y simbólico. 3) La omnipresente manipulación mediática. 4) Los límites de la mera protesta más o menos espontánea sin estrategia política ni sostén teórico. 5) La capacidad burguesa para pudrir esas luchas en el pantano parlamentario. 6) La tendencia al reformismo burocrático de los partidos parlamentaristas. 7) La tendencia al pactismo economicista del sindicalismo. 8) La efectividad de las multifacéticas represiones y violencias del Estado y de la «sorda coerción del capital».

Fueron debates entonces minoritarios porque aún se mantenían vivas las esperanzas surgidas al calor de las movilizaciones en 2010/15 y de las promesas reformistas. La ley del desarrollo desigual y combinado se volvió a demostrar cierta: la prensa burguesa reconocía asustada que, por ejemplo, aumentaba el estudio de textos revolucionarios clásicos; en el Estado francés, en 2010 hubo intensas movilizaciones; en Grecia, Syriza parecía tocar el cielo con los dedos pocos instantes antes de su traición en 2015; en EEUU resurgieron grupos críticos; en Euskal Herria se realizaron varias huelgas generales; los resultados electorales de Unidas-Podemos estaban a la vista pero ocultaban un cáncer que ya empezaba a pudrirla internamente; en los Països Catalans el independentismo cobraba fuerza…

Pero los grandes recursos del capital lograron que la desilusión e indiferencia empezaran de nuevo a debilitar a muchos de los movimientos sobre todo allí donde no existían luchas independentistas. Si tras 1982 surgió el «desencanto» en la izquierda estatalista, que dejó la vía libre al socio liberalismo del PSOE, a su terrorismo, a su aceptación de la OTAN…; si fue así entonces, ahora, a partir de 2015 la desilusión empezó a cundir en las bases al ver cómo la burocracia evitaba el choque frontal con la burguesía. El reformismo blando apoyó las Marchas por la Dignidad hasta 2014, año del canto del cisne de la «indignación». Las marchas y otras movilizaciones reflejaban la potencia ciega de las masas no autoorganizadas fuera de la burocracia reformista. En Grecia sucedió lo mismo, por citar un solo ejemplo de cómo por sí mismas las famosas «condiciones objetivas» para el estallido de la rebelión apenas sirven de mucho si no van internamente unidas a las no menos célebres «condiciones subjetivas», entre las que destaca la organización revolucionaria.

En este contexto, hay que hacer especial mención a tres de los ocho soportes del poder que se recrudecieron desde esa época. El punto 2), el aumento del terror patriarcal, del racismo y de los fascismos, que por otras vías reforzaban el miedo provocado por el punto 8), las represiones del Estado como la ley Mordaza que paraliza con multas a las ya empobrecidas clases trabajadoras y en especial a su precarizada juventud rebelde, la represión dura sobre Catalunya desde octubre de 2017, etcétera.

Y el punto 5) va cobrando fuerza conforme la corrupción histórico-estructural golpea al bloque de clases dominante sobre todo en Madrid, pero también en Catalunya, Euskal Herria, Castilla, Andalucía… Se dice que el llamado «régimen del ‘78» está en crisis, cuando en realidad ocurre que el capitalismo español vuelve a estar en riesgo de desplome. La insistencia en la crisis del «régimen del ‘78» desvía a las clases y naciones explotadas del verdadero problema, engañándolas para amansarlas en el redil parlamentario. La monarquía militar se asfixia en su inmoralidad, y el Partido Podrido deja el gobierno en verano de 2018. El reformismo se lanza a crear esperanzas en el Parlamento como vía única para superar el «régimen del ‘78» y mediante una «segunda transición» construir una «democracia plena».

A inicios de 2020 se constituye el gobierno PSOE-UP y los reformismos, también los soberanistas, se lanzan a salvar la democracia española ante el peligro fascista al alza. Una facción del capital ha logrado así recuperar el poder del gobierno para defender sus intereses cuando, como hemos visto, la tercera Gran Depresión vuelve a agravarse desde 2016. Y al muy poco tiempo, estalla la pandemia. Para entonces las bases con visión estatalista estaban desactivadas en casi todas las luchas prácticas, limitándose a votar cuando sonase la campana, y de la pequeña y honrosa izquierda estatal se escinde una ramita nacionalista que niega o restringe al máximo los derechos de los pueblos no españoles, y hasta niega Euskal Herria, Països Catalans, Galiza… seamos naciones: sólo existe España. Se retrocede así al nacionalismo republicano del PC de España triunfante desde la primavera de 1937.

Pero Catalunya resiste la represión; Euskal Herria comienza a recuperar la izquierda que no se ha pacificado; colectivos que luchan por los derechos de Galiza, Andalucía, Castilla y otros pueblos responden de diversos modos, algunos desaparecen de facto, pero otros son capaces de iniciar debates internacionalistas cortados bruscamente por la pandemia y ahora recuperados. Y en barrios empobrecidos y precarizados resurgen resistencias pese a la dura represión: la propaganda primero las oculta, luego intenta desacreditarlas como negacionistas, delincuentes e irresponsables. El polivalente arsenal represivo, el fervor mediático y la pusilanimidad reformista imponen un clima de pasividad con dosis de colaboracionismo delator del pueblo contra sí mismo. Se infunde miedo e insolidaridad. A la derecha se le permite saltarse sus propias leyes, que, a su vez, machacan a los y las proletarias con el visto bueno del «gobierno progresista». Las elecciones autonómicas en Vascongadas, Galiza y Catalunya muestran diferencias con la media estatal, y la abstención muestra el hastío crítico de sectores populares.

Al desastre económico causado por la impotencia de la burocracia estatal para superar la pandemia se le suma la crisis que volvía a agravarse desde antes de 2020 de modo que, otra vez, ulula el fantasma del desplome español en la jerarquía imperialista. Pero a diferencia del pánico de los ’70 y de 2007, ahora el contexto mundial es otro. El FMI venía advirtiendo desde al menos 2015 que las crecientes desigualdades lastraban la economía y con ella se multiplicaba el riesgo de estallidos sociales, como ya ocurría. Sus advertencias fueron cada vez más alarmantes hasta la de comienzos de 2021: hay que suavizar algo insustancial del neoliberalismo y conceder alguna «justicia social» para salvar Occidente, amenazado también por el auge euroasiático.

Pese a sus diferencias, los planes de EEUU y Bruselas para evitar el desastre tienen en común: una intensa propaganda en la nueva «era de justicia» para recuperar la credulidad pasiva de las clases explotadas; una gigantesca inversión pública a fondo perdido en nuevas tecnologías e infraestructuras básicas que beneficiarán a la gran burguesía y a la casta militar-policíaca sobre todo en EEUU; una adaptación del sistema educativo y político para crear una fuerza de trabajo altamente productiva y obediente; un ligero aumento del control del fraude fiscal, del lavado de dinero, de los privilegios de las grandes corporaciones y de los paraísos fiscales; un impulso limitado al capitalismo verde; un control más estricto de los Estados débiles para que obedezcan a los fuertes; un intenso desprestigio de Eurasia y una potenciación del occidentalismo para justificar la provocación de guerras locales y regionales de saqueo, y normalizar el clima de terror subyacente si se endurece la tercera guerra fría con Eurasia.

La derecha sabe que si parte de esos planes llegan al Estado, se esfumarán muchas de sus posibilidades de llegar al gobierno, por eso hace de las elecciones autonómicas de Madrid la punta de lanza para derribar al PSOE. Este se guía por una estrategia centrada en obedecer a Bruselas para recibir esa masa de euros que modernizarán el capitalismo español según dicen; negociar con los apoyos reformistas algunas medidas que contenga el empobrecimiento galopante para desactivar previsibles protestas populares; negociar con las burguesías regionalistas el reparto de un trozo del pastel europeo para evitar que giren hacia el PP; reintroducir a Catalunya en la democracia española suavizando un poquito la represión con los indultos y ganándose a la pequeña burguesía con otro trocito; fortalecer el gobierno y la monarquía militar para, en su momento, aplicar las severas restricciones negociadas en secreto con Bruselas; rearmar al ejército y fortalecer su papel en la OTAN; y ver la posibilidad de echar a Unidas-Podemos agradeciéndole sus servicios al rey y a la patria. Entre otros principios irrenunciables destacan la negativa fanática a todo referéndum y a toda Amnistía.

Por ahora parece que se están logrando los objetivos fundamentales: la burguesía feliz porque sabe que se va a quedar con la mejor parte de la tarta, la Iglesia comprada como Judas con las treinta monedas de las inmatriculaciones, el Ejército contento con el rearme, y hasta el rey para agradecer el trato exquisito que recibe su padre, han aceptado los indultos, dejando en ridículo a la derecha; las fuerzas soberanistas reiteran una y mil veces su «compromiso con la democracia»; Bruselas empieza a abrir el grifo de euros y el gobierno guarda silencio sobre las condiciones de pago de la deuda, también silencia las nuevas claudicaciones ante la OTAN y las bases yanquis; retrasa todo lo posible las reformas tantas veces prometidas como inmediatas y urgentes como los desahucios; se nota la recuperación económica del efecto rebote aunque se centre en los servicios y apenas en la industria; las resistencias obreras y populares están tardando un tiempo en reactivarse si tomamos como referencia la oleada de 2010/15.

El gobierno espera que el rebote económico, la lluvia de euros, la represión, la propaganda y el reformismo, apaguen las chispas sociales antes de que se propaguen como incendios. Para reforzar la imagen de una seriedad y visión estratégica que no existe en la derecha, el PSOE ha publicitado su España 2050 astutamente ambiguo en su contenido que el vocero oficioso del socialiberalismo ya ha empezada a escribir ditirambos y sugerencias «críticas» para reforzar la precampaña electoral. Uno de sus objetivos es que estas medidas, la represión sobre todo, impidan el crecimiento de organizaciones revolucionarias y dificulten la aparición otras nuevas. Como hemos visto, el problema de la organización es ahora más grave que en 1882, en especial para las naciones oprimidas, tema que trataremos en el siguiente artículo.

EUSKAL HERRIA, 24 de junio de 2021 




°

No hay comentarios.:

Publicar un comentario