domingo, 16 de marzo de 2014

¿Justicia? No... Venganza

La política carcelaria colonialista española está diseñada para causar el mayor daño posible tanto a los presos políticos vascos como a su entorno social. Algo que Urkullu en particular y el PNV en general prefieren obviar.

Les invitamos a leer este artículo de Gara para entender lo dicho en el párrafo anterior:


Sufren enfermedades graves o han cumplido 70 años -o lo harán próximamente- pero siguen presos y, en muchos casos, muy lejos de casa. La iniciativa de EPPK ha comenzado por ellos, por su situación límite y urgente, una auténtica cuenta atrás. Cuatro familiares de otros tantos prisioneros de este turno de peticiones de excarcelación explican su situación y sus expectativas.

Nerea Goti

Esti Gorostiaga, hija de Pablo Gorostiaga: «Sigue en primer grado, dispersado y rehén del inmovilismo y la venganza»

Pablo Gorostiaga, condenado dentro del sumario 18/98 por su relación con el diario «Egin», es uno de los presos mayores de 70 años que cumple por partida doble las condiciones de excarcelación atendiendo a la legislación penitenciaria española. «Aita cumplió las tres cuartas partes hace ya un año y medio, y además cumplió 70 años hace ya dos años y cuatro meses», explica su hija, Esti. «Pero sigue en primer grado, dispersado y como rehén de esta nueva situación política en la que el inmovilismo, la venganza y la ilegalidad es la seña del Gobierno español para con los presos vascos, pues con otros bien que encuentra vías legales para ponerles en la calle», comenta. Según explica, «aita está a 600 kilómetros de casa; cada visita nos supone 1.200 de viaje. Son 12 horas de coche, y con niños más, y la mayoría de las veces tenemos que dormir en el camino, con lo cual solemos necesitar dos días para hacer las visitas».

Recuerda un episodio especialmente doloroso en esta cuenta atrás, que tiene que ver con la muerte de su madre, a quien la lejanía de Herrera le hizo tener que desistir de visitar a su compañero. «No vimos la más mínima voluntad ni humanidad cuando aita solicitó permiso para ver a ama por última vez y la Junta de Tratamiento -la misma que tiene que responder a esta famosa petición de excarcelación- le negó esta posibilidad», resalta, por lo que se pregunta «qué podemos esperar ahora».

Tampoco entiende que se hable en algunos medios de «escenificación» de los pasos: «Debe resultarles incómodo que se avance, ojalá estuvieran escenificando otros sucesos quienes tienen que dar algún paso», señala Esti Gorostiaga, quien da por hecho que, ante las respuestas a las solicitudes, «consumirán los plazos, los meses, habrá negativas, recursos... más de lo mismo, de lo único».

Mantiene que «incumplen la ley, alargan las condenas ilegalmente, mantienen retenidos o secuestrados a personas en sus prisiones y no se les cae la cara de verguenza», por lo que las declaraciones de Iñigo Urkullu «no tienen nombre». «Que nos explique de qué tiene que arrepentirse aita. No tengo ni idea y creo que Urkullu tampoco», comenta. Y añade que «Urkullu sabe bien que también ha estado en manos de su partido evitar que el sufrimiento se haya prolongado tanto».

Begoña Zenarruzabeitia, compañera de Patxo Murga: «Tiene 72 años y cumplidas las tres cuartas partes»

Más de seis horas de viaje en coche, ida y vuelta tres veces al mes es el periplo que enfrenta Begoña Zenarruzabeitia para visitar a su marido, Patxo Murga, preso en Mansilla de las Mulas (León). Ambos tienen 72 años, Patxo cumplirá en julio 73 y hace año y medio que cumplió las tres cuartas partes de la condena de ocho años impuesta por ser miembro del Consejo de Administración de Orain, la empresa editora del diario «Egin». Andoni Murga, hijo de la pareja, está también preso en Texeiro (A Coruña), lo que añade a la agenda de visitas otro viaje aún más largo, 600 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, «y yo tengo 72 años», recuerda como ejemplo de lo que pesa la edad en ese ir y venir al que no renuncia cada semana.

Días atrás, el mismo Patxo, como su hermano Isidro, con el que comparte módulo en la prisión, cumplimentaron su petición de traslado a Euskal Herria y excarcelación. La solicitud generó expectación en los responsables del centro, que quisieron saber en qué momento iban a formularlas, según comenta. Tal y como subraya, esas peticiones no recogen más que la realidad y las condiciones objetivas por las que los presos como Patxo Murga ya deberían estar en libertad.

«Tengo miedo por todo, no solo por la hipertensión que padece. Con 72 años te puede pasar cualquier cosa y, si te ocurre algo allí, para cuando reacciona la dirección de la cárcel...», comenta sobre cómo se vive el día a día. En cualquier caso, no espera Begoña una pronta resolución de esas solicitudes. «Pienso que lo van a dilatar todo lo que puedan», indica, dada la vivencia que acumulan los familiares en lo que respecta a la aplicación de la política penitenciaria al colectivo de presos vascos.

Lo que le indigna especialmente es que quien se presenta más cercano asumir la vulneración de derechos en las cárceles españolas, como el lehendakari Iñigo Urkullu, declarase recientemente que, junto a las peticiones personales, los presos deben reconocer además el daño causado. «¿Qué daño ha causado mi marido? ¿a quién?», pregunta Begoña, recordando seguramente la clausura de «Egin» y la detención de su compañero junto a otros responsables de la dirección del diario.

«Esto va a ser muy largo, cada día salen con una nueva exigencia y algunos han hecho ya el ejercicio de reconocer el daño que han causado», mientras otros tienen aún que «reconocer el daño que están haciendo».







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