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lunes, 20 de septiembre de 2004

Roitman | Un 11 de Septiembre

Ahora que el criminal de guerra José María Aznar ha decidido arremeter una vez más en contra de la verdad retomando la tesis de su gobierno con respecto a la autoría de los atentados del 11 de marzo en Madrid, intentando sibilinamente vincular a la organización antifascista vasca ETA, recomendamos la lectura de este esclarecedor texto publicado en La Jornada:


Todos los días del año tienen un 11 de septiembre

Marcos Roitman Rosenmann

No voy hablar de la muerte injusta, traumática, que deja sin aliento y sobrecoge, propia del terrorismo primitivo. Pero tampoco quiero olvidar el maniqueísmo a la hora de conceptualizar el terrorismo. Recordemos la cantidad de organizaciones consideradas terroristas que posteriormente han jugado papel destacado en los procesos de paz en sus respectivos países. Baste recordar el caso del FMLN en El Salvador. Las historias son múltiples y los ejemplos variados: Irlanda, Guatemala, Argentina, Italia o España. La calificación de organización terrorista es aleatoria y está sometida a juicio político no exento de arbitrariedad ideológica de los gobiernos de turno. Por ello es necesario separar la definición de lo que podemos considerar un acto terrorista realizado desde cualquier estructura del orden social. Su característica diferencial: el uso irracional de la violencia.

Ahora quisiera fijar la atención en una particularidad, motivo de este artículo. Llamo la atención sobre un elemento presente en el acto terrorista y que creo comparten otras acciones políticas consideradas legítimas, y que a mi juicio pueden ser catalogadas igualmente de actos de terrorismo en su vertiente política, económica, social o simplemente terrorismo de lesa humanidad. Acciones siniestras que pueden ocasionar la muerte o dejar secuelas síquicas irreversibles. Aunque si se establecen las mediaciones oportunas se pierden los orígenes del problema. Estrategia utilizada por los nazis en los campos de exterminios. La administración transformaba a las personas en números y con ello nadie mataba personas, sólo se procedía a clasificar expedientes, nadie llevaba a nadie a las cámaras de gas.

Weber, aquel buen sociólogo siempre condicionado por Marx a la hora de explicar el desarrollo del capitalismo, tuvo claras las distancias que separaban el uso de la violencia irracional, terrorismo, de su uso racional, en el cual la violencia se transforma en competencia: "debe entenderse que una relación es de lucha cuando la acción se orienta por el propósito de imponer la propia voluntad contra la resistencia de la otra u otra parte. Se denominan pacíficos aquellos medios de lucha en los que no hay violencia física efectiva. La lucha 'pacífica' llámase 'competencia' cuando se trata de la adquisición formalmente pacífica de un poder de disposición propio sobre probabilidades deseadas también por otros".

En otras palabras, el terrorismo explica actos descarnados de violencia física irracional. Hoy la violencia de género se conceptualiza como terrorismo doméstico. Pero no olvidemos que Weber reservó al Estado el uso legítimo y monopólico de la violencia racional e irracional, abriendo las puertas a la práctica del terrorismo en su forma institucional, al menos sociológicamente hablando. El problema se torna difícil, si no queremos caer en la vulgaridad del "terrorismo de Estado".

No resulta fácil adscribir el calificativo de actos terroristas cuando hablamos de violación de los derechos humanos practicados de facto o cuando se despide a miles de trabajadores por políticas económicas de reconversión industrial realizadas por gobiernos legítimos. Tiranos o presidentes electos esconden su arbitrariedad aplicando la razón de Estado. Thatcher, Reagan, Pinochet, Duvalier, Putin, Bush, Blair, González, Aznar representan variantes de lo dicho. Todos, en algún momento, han ejercido o ejercen la violencia física como solución a problemas políticos provocando la muerte y causando secuelas síquicas irreversibles a miles de personas. Aunque ellos no lo crean, en términos relativos pocas diferencias hay entre aplicar la doctrina de la seguridad nacional, la razón de Estado o las guerras preventivas y de baja intensidad. El objetivo es el mismo: matar al enemigo interno.

Analicemos por un momento decisiones políticas, hechos cotidianos en los cuales la violencia irracional ejercida contra las personas suele camuflarse, haciéndonos pensar que no existe. Sin el miedo pánico, antesala y cuna del terrorismo social, no hay razón para pensar en vínculos directos entre políticas económicas y actos terroristas. ¿Qué tienen en común los atentados de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, o el 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 11 de septiembre de 1973 en Chile, con la firma solemne en consejo de ministros de promover el despido libre, de privatizar el acceso a la salud y la atención medica? ¿Qué semejanza guardan con reducir el servicio de prestaciones sociales? La respuesta: el desprecio a la vida y la dignidad humana. En todos ellos el común denominador es ejercer la violencia irracional al extremo de causar la muerte o daños irreversibles. Niños en los hospitales se mueren porque un ministro con nombre y apellido firmó una ley en la cual la atención primaria dejó de ser prioritaria y no hay medicamentos. En beneficio del déficit cero ese niño murió. ¿Quién es el responsable? Un padre fue despedido porque el despido libre permite al empresario con nombre y apellido, Romo o Slim, por ejemplo, reducir plantilla y para ello contó con sus amigos en el gobierno. El hombre, con más de 50 años, sin grandes opciones, con depresión, se suicidó. Deja cinco hijos, le quitan su casa y, desde luego, nadie es responsable. Así podríamos seguir con actos de violencia irracional, terrorismo social ejercido por individuos que se sienten libres de responsabilidades porque, según ellos, no hay nada que los una a semejantes historias de vida. Todos los días,gobiernos ejercen una violencia irracional, un terrorismo de lesa humanidad. Son miles, cientos de miles, las personas que sufren su particular 11 de septiembre, sólo que lo viven en silencio. Por nuestra parte, nos hemos acostumbrado al terrorismo espectáculo, cuyas víctimas saltan por los aires ante las cámaras de televisión. Las procedentes de la economía de mercado hace ya mucho tiempo que han dejado de ser víctimas del terrorismo social y económico y político. Estas categorías se muestran subversivas si se trata de criticar el orden realmente existente. Llamar terroristas a banqueros, empresarios y gobernantes es, hoy por hoy, una verdad ética, aunque muchos prefieran seguir el camino de sus intereses y negar esta evidencia. Cada uno con su conciencia. 




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