¿Qué ocurría en Iruñea en los días previos al levantamiento fascista en contra del gobierno de la Segunda República?
Recordemos que la violencia españolista estalló el 18 de julio, solo unos días después de celebrarse los Sanferminak de 1936, hace noventa años.
Pues bien, para arrojar luz a ese escenario, nada mejor que este reportaje publicado en Naiz:
La fiesta como telón de fondo de la conspiración que desató la matanza
Hace 90 años, los sanfermines se convirtieron en el telón de fondo de la conspiración que desató la matanza de 1936. Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de las fiestas como podían entre tormentas, el general Mola y el director de «Diario de Navarra» terminaban de definir en Iruñea la sublevación para acabar con la Segunda República.
Pello GuerraLos sanfermines de 1936 se convirtieron hace 90 años en el telón de fondo en el que se terminó de definir la conspiración que, nada más terminar las fiestas, iba a desatar una matanza en el frente de guerra y también en la retaguardia, especialmente en el caso de Nafarroa, con más de 3.500 personas fusiladas en cunetas y montes.
Mientras iruindarras y visitantes disfrutaban de los principales actos de las fiestas, que por aquel entonces se extendían del 6 al 18 de julio, el gobernador militar de Nafarroa, el general Mola, y el director de “Diario de Navarra”, Raimundo García, más conocido como “Garcilaso”, se reunían en terrazas, en la plaza de toros o incluso en el claustro de la catedral para preparar la sublevación contra el Gobierno de la Segunda República española.
Cuando unos pocos meses antes, el 14 de marzo, Mola recaló en Iruñea como nuevo gobernador militar, en la sombra era “el Director”, es decir, el responsable de organizar el golpe de Estado con el que varios generales querían acabar con el Ejecutivo del Frente Popular, la coalición de izquierdas que había ganado las elecciones estatales de febrero de ese año.
En ese empeño, en la capital navarra iba a contar con el apoyo incondicional del director de “Diario de Navarra”, al que había conocido en la guerra de Marruecos y que conseguiría sumar a la conspiración militar al carlismo, que se estaba preparando para realizar su propia sublevación desde la misma proclamación de la República en 1931.
Ese apoyo de boina roja, al que se sumó Falange Española, fue uno de los diversos flecos de la conjura que se terminaron de cerrar durante los sanfermines de 1936, unas fiestas que empezaron marcadas por la meteorología.
De hecho, el día 5 estalló una tormenta tan fuerte que generó «desperfectos de gran consideración» en las barracas del Ensanche, hasta el extremo de que tuvieron que cerrar por inundación, según reseñó la prensa de la época.
Cohete a cargo de los Ilundain
Las nubes dieron un respiro la mañana del lunes 6 de julio, lo que permitió lanzar los cohetes que anunciaron el comienzo de las fiestas, una costumbre desarrollada por el estanquero de izquierdas Juanito Echepare.
Sin embargo, según la crónica de “La voz de Navarra”, ese año no se ocupó Echepare de tan celebrada tarea, sino Nicolás Ilundain, operario de la casa Oroquieta, y su hermano Miguel. Ambos dieron inicio a los sanfermines de 1936 en compañía de la chavalería y del exconcejal de Iruñea Javier Ciga; el presidente del Orfeón, Mariano Arteaga; y precisamente del periodista conspirador Raimundo García.
Tras el lanzamiento de los cohetes, varias bandas que estaban concentradas en la plaza Consistorial esperando el momento se diseminaron por la ciudad para animarla con su música.
A la tarde tuvieron lugar las vísperas, a las que asistieron el alcalde y los concejales de derechas, tras un improvisado “Riau-riau” sin corporación oficial, ni maceros, clarines y timbales, aunque sonando de fondo el “Vals de Astrain” y con la presencia de gigantes y cabezudos.
Ya por la noche regresaron las tormentas, que obligaron a suspender el lanzamiento de los fuegos artificiales, previstos, como era habitual, a las 22.00 horas en la plaza de la República (actual plaza del Castillo), al igual que la verbena.
De esta manera arrancaron unas fiestas en las que los encierros empezaban a las 7.00 de la mañana, las corridas de toros a las 16.30 (ese año estaban programadas cuatro y una novillada) y el encierrillo a las 22.30, y que contaban con actuaciones musicales en la citada plaza, en el paseo de Sarasate y en el bosquecillo de la Taconera.
En el Teatro Gayarre, ese año las compañías del María Isabel de Madrid y de Carmen Díaz pusieron en escena obras de Pedro Muñoz Seca y de Quintero y Guillén, mientras se proyectaban películas en el Coliseo Olimpia, el cine Novedades y al aire libre en la plaza del 22 de agosto (actual plaza del Vínculo).
Por su parte, los aficionados podían disfrutar de los partidos de pelota en el Euskal Jai y en el frontón Moderno (antecedente del actual frontón de la Mañueta), y en el Lawn Tenis Club había campeonatos de tiro al pichón. A lo que se sumaban las ya citadas barracas instaladas en el Ensanche y el Americain Cirque, que contaba con «feroces leones», cerdos saltadores, la Mujer Pájaro y los “clown” hermanos Díaz.
Noche «lamentable»
El martes 7 de julio se celebró el primer encierro después de unas animadas dianas, que entonces empezaban a las 6.00 horas. La carrera duró «un poco más de dos minutos», según los cronistas de la época, y al encierro siguió la suelta de media docena de vaquillas.
Los astados no llegaron a ser toreados por la tarde, ya que una nueva tormenta obligó a suspender la corrida, que se aplazó para el viernes día 10. Ese percance meteorológico no supuso ningún problema para la gente que estaba con ganas de juerga y que protagonizó una noche «alborotada y vergonzosa», en la que, según el cronista de “Diario de Navarra”, «las palabras soeces, las blasfemias, la carnavalada chapucera y destrozona fue la nota desagradable. Fue una noche lamentable».
El periodista de “El Pensamiento Navarro” prefirió quedarse con una imagen de «mucha animación», con las terrazas llenas y sonando por todas partes «charangas, chistus y cantos».
El miércoles 8, el encierro fue también especialmente rápido, «unos dos minutos», con los cabestros de Alaiza de nuevo marcando un ritmo endiablado a la manada, que se veía acompañada por «carreristas», según “Diario de Navarra”, y de «korrikalaris», según “La Voz de Navarra”, que en muchas ocasiones participaban en el evento elegantemente vestidos con americana.
Por fin lució el sol después de tres jornadas de «tormentas espantosas que convirtieron el antiguo Ensanche en una laguna», recordaba “El Pensamiento Navarro”.
Mientras la ciudad disfrutaba como podía de las fiestas, el general Mola seguía con sus planes subversivos aparentando la más absoluta normalidad. Se dejaba ver en los encierros, en la corrida de la tarde o en la terraza del Kutz, en la entonces plaza de la República. Pero, en realidad, no descansaba, ya que aprovechaba los encuentros festivos, como los eventos en la plaza de toros, para seguir conspirando con su hermano Ramón o los generales Joaquín Fanjul y Gregorio Benito.
El Carlismo se suma a la sublevación
El jueves 9, el encierro fue protagonizado por seis novillos. Uno de ellos se giró en la Estafeta para descender por el tramo de calle que ya había cubierto y hubo que ir a buscarlo con los mansos para conducirlo hasta la plaza, donde todavía se paró un rato en el coso.
Fue una jornada de frío que la gente que disfrutaba de las fiestas intentaba paliar «redoblando las raciones de churros y chacolí».
Ese mismo día, el claustro de la catedral de Iruñea fue escenario de una reunión trascendental. En ese encuentro participaron el general Mola, el director de “Diario de Navarra” y Tomás Domínguez Arévalo, el conde de Rodezno, destacado líder carlista. Este último se comprometió con el gobernador militar a que el requeté se sumaría a la sublevación militar de “el Director”. Mola acababa de conseguir el respaldo civil que quería para su alzamiento gracias a la decisiva intercesión de Garcilaso.
El viernes 10 no estaba previsto celebrar ni encierro ni corrida y, por ese motivo, se aprovechó el hueco para realizar el festejo que tuvo que ser aplazado el día 7. A las 7.00 corrieron por las calles de la ciudad cuatro de los ocho toros desplazados a Iruñea por la ganadería Albayda, ya que el resto había protagonizado el encierro del día del patrón.
Un corredor terminó con un tobillo roto al caerle sobre la pierna uno de los morlacos en Santo Domingo, mientras que a otro mozo un toro le partió la blusa en la plaza Consistorial. En la plaza de toros, un corredor cogió del rabo a un morlaco para que se volviera cuando ya iba a entrar en corrales, lo que llevó al redactor de “Diario de Navarra” a abogar, de forma expeditiva, por «coger al sujeto de los pelos y colgarlo después».
Ese día, Garcilaso se trasladó a Donibane Lohizune para comunicarle al líder de los carlistas, el regente Javier de Borbón-Parma, el acuerdo alcanzado por el conde de Rodezno con Mola en la catedral. Este fue uno de los varios viajes que realizó el director de “Diario de Navarra” para impartir instrucciones de la conspiración que estaba organizando el general.
Mientras la conjura seguía su curso, el Casino Principal y el Casino Eslava celebraron sus respectivos bailes anuales, que empezaban a media noche y se alargaban hasta más allá del amanecer para, a continuación, acudir los asistentes al encierro.
El sábado 11, el rápido encierro del día se celebró «en familia», ya que «el tiempo inseguro, con mucho frío» y con temporal en el Cantábrico había retraído la llegada de visitantes desde Gipuzkoa y Bizkaia.
El encierro más peligroso
El domingo día 12 se celebró el último encierro de ese año, que fue el más peligroso de las fiestas, ya que varias caídas en la entrada de la plaza dejaron a su paso un herido por asta, José María Istúriz, que fue trasladado a la clínica San Miguel, y 15 heridos leves. En el ruedo, el mayoral Moncayola tuvo que llevar a un toro rezagado a corrales.
Incluso «una espontánea intentó torear a los toros hasta que los agentes la retiraron», según recogía el redactor de “El Pensamiento Navarro”, que se quejaba de que «millares de personas» no habían conseguido acceder a la plaza para ver la carrera, por lo que pedía que se hiciera una mayor para atender a una demanda en aumento.
El 12 de julio fue una de las fechas barajadas por Mola para dar el golpe de Estado, que después pasó al 14, el 15 en el caso de África, y que llegó a retrasar a la madrugada del 21 al 22. Tras esas modificaciones, terminó fijándola para el amanecer del domingo 19.
El lunes 13 los que ocuparon la arena de la plaza de toros fueron los artistas del Americain Cirque, que congregaron a numerosas personas que tras la función, disfrutaron de las barracas o acudieron al teatro.
Ese mismo día, y aunque oficialmente las fiestas se prolongaban hasta el 18 de julio, el alcalde de Iruñea, Tomás Mata y Lizaso, hizo un balance de los sanfermines y se mostró «muy satisfecho por la forma en que han transcurrido». Y como muestra del «movimiento» registrado, destacó que entre el sábado y el domingo habían entrado en Iruñea 4.140 autos de turismo y 267 autobuses.
En cambio, el redactor de “Diario de Navarra” lamentaba «la libertad y tolerancia cada vez más peligrosa que disfrutan ciertas gentes que se creen que venir a Pamplona es a terreno conquistado».
Estos balances coincidieron con la difusión, tras pasar por la censura, de las noticias sobre dos muertes que tensionaron todavía más el panorama político. La noche del 12 de julio, el teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo, de ideología socialista, era abatido por cuatro pistoleros de extrema derecha en Madrid.
En respuesta, esa misma madrugada, un grupo de asalto y miembros de las milicias socialistas fueron a buscar a su domicilio al líder derechista José Calvo Sotelo y, mientras lo llevaban a la Dirección General de Seguridad, le dispararon en la cabeza.
La «palabra de honor» de Mola
Tras dos jornadas marcadas por el eco de esas dos muertes, el jueves 16, y «siguiendo la costumbre de años anteriores», la Comisión de Fomento del Ayuntamiento de Iruñea organizó en la plaza de toros otra función de circo «en beneficio de los niños y de la clase humilde», de tal manera que la entrada era gratuita, salvo las sillas de pista y palco.
Mientras esto ocurría en Iruñea, Mola se reunía con su superior, el general Domingo Batet, en el monasterio de Iratxe, en Lizarraldea. Acudió acompañado de su ayudante, Emiliano Fernández Cordón, y provistos con bombas de mano, por si se trataba de una emboscada, ya que Batet era fiel a la República. Este último le pidió a Mola que aclarase si eran ciertos los rumores de sublevación y este le respondió que de eso no había nada, y le dio su palabra de honor de que no estaba embarcado en ninguna aventura. Hizo estas afirmaciones en el mismo lugar donde se había reunido con varios cabecillas carlistas y falangistas para terminar de perfilar la sublevación. Tras ser informado de esos encuentros, el alcalde de Lizarra, Fortunato Aguirre, denunció lo que estaba ocurriendo al presidente del Consejo de Ministros español y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. Este último, lejos de tomar medidas, le aseguró que «Mola es leal a la República» y no hizo nada.
El viernes 17, y tras disfrutar el día anterior del circo, los chicos acogidos en la Casa de Misericordia pudieron degustar churros gratis en el recinto ferial y después disfrutaron «recorriendo todas las instalaciones de recreo».
El sábado 18, oficialmente último día de las fiestas, los sanfermines terminaron sin un acto especialmente programado, como venía sucediendo desde hacía años. Sin embargo, en esta ocasión se había decidido celebrar una verbena en beneficio de los barraqueros para paliar las pérdidas sufridas a causa de las fuertes tormentas registradas antes y durante las fiestas.
Pero ese baile se vio condicionado por la sublevación diseñada por Mola, que ya había comenzado en los cuarteles de África, aunque la prensa no había recogido la noticia.
Ese sábado, tres aviones aterrizaron en el campo de aviación de Noain. Se trataba de otros tantos pilotos de Cuatrovientos que habían desertado y viajado con sus aparatos a Iruñea para ponerse a las órdenes de Mola. El gobernador civil de Nafarroa intentó quedarse con los aparatos, pero Mola y los suyos les quitaron las hélices y las guardaron en los cuarteles.
Rodríguez-Medel, abatido a tiros
El general golpista se reunió ese día con el comandante de la Guardia Civil en el herrialde, José Rodríguez-Medel, que era fiel al Gobierno republicano y que ya había alertado de los preparativos de la conspiración sin resultado. En ese encuentro, Mola le informó de que iba a sublevarse en unas horas y le animó a sumarse, algo que Rodríguez-Medel rechazó.
Con la evidencia de lo que se avecinaba, el comandante se dirigió al Gobierno Civil, situado entonces en la avenida de Roncesvalles, para anunciar al gobernador, Mariano Menor Poblador, que la sublevación era inminente. Allí se intentó formar una especie de gabinete de crisis con varios líderes de izquierdas.
En ese encuentro, Rodríguez-Medel decidió trasladar a sus efectivos de Iruñea a Tafalla para organizar en esa ciudad la resistencia a la sublevación a la espera de recibir refuerzos de Zaragoza o Madrid.
De inmediato se trasladó al cuartel de la calle Ansoleaga, a donde iban llegando los vehículos para efectuar el traslado. Hizo formar en el patio a los guardias pero, cuando llegó el momento de salir para dirigirse a su destino, comprobó que no le obedecían. Intentó escapar en dirección a la plaza de San Francisco, pero fue abatido por la espalda con seis heridas de arma de fuego.
Su muerte fue un aldabonazo para los partidarios de izquierdas y nacionalistas vascos, que empezaron a escapar de Iruñea, convencidos de que su vida corría peligro. Entre ellos figuraba el gobernador civil, que salió hacia Donostia tras recibir el visto bueno de Mola, quien nombró como su sustituto a Modesto Font.
El nuevo gobernador civil ordenó clausurar todas las sedes de los partidos y sindicatos de izquierda y detener a quienes se encontrasen en esos lugares. La Casa del Pueblo fue asaltada de madrugada por miembros de Falange Española. Gente armada empezaba a recorrer las calles y se producían algunos tiroteos aislados, al mismo tiempo que comenzaban las primeras visitas a domicilios de partidarios de formaciones republicanas para ser detenidos y, en muchos casos, llevados a una cuneta para pegarles un tiro.
«Después de San Fermín nos matamos»
Con esta situación en las calles se llegó al domingo 19 de julio, día fijado por Mola para el golpe de Estado en la península. A las dos de la mañana sonó el teléfono en Capitanía. Era el nuevo presidente del Gobierno español, Diego Martínez Barrio, que acababa de sustituir a Santiago Casares Quiroga.
Quería hablar con Mola para intentar frenar la sublevación ya iniciada en África, pero era demasiado tarde y no tenía nada que hacer, ya que la conspiración llevaba su curso, con los talleres de “Diario de Navarra” imprimiendo en esos momentos el bando de guerra.
Unas horas más tarde, la compañía del Batallón de Cazadores Sicilia salía de su acuartelamiento, al mando del capitán Martín Rubio. Se presentó en la plaza del Castillo y allí, Rubio leyó ese bando de guerra.
A las 10 de la mañana, el propio Mola lo anunciaba a través de los micrófonos de Radio Navarra para después pasearse por la ciudad como amo y señor en compañía de su inseparable director de “Diario de Navarra”. La sublevación que habían terminado de pergeñar durante los sanfermines estaba en marcha y, con ella, la brutal represión ordenada por Mola para implantar una «atmósfera de terror».
Había llegado el momento que el escritor falangista Rafael García Serrano recogió en su novela “Plaza del Castillo”. Con los sanfermines como escenario, en sus páginas se refleja cómo en plenas fiestas, «en un bar, los comunistas proponían a Luis Pérez, jefe local de las milicias falangistas, la tradicional tregua de Baco: “Estamos en San Fermín; vamos a no reñir”. Y contestaba Luis Pérez acariciando la culata de su nueve largo: “Bueno, pero después de San Fermín nos matamos a tiros”».
Y así fue para la gente de izquierda y los nacionalistas vascos, como Juanito Echepare -en la portada de 7K- o Fortunato Aguirre, a los que esperaba la muerte tras las fiestas. Fueron dos de esos enemigos políticos que Mola había ordenado «eliminar sin escrúpulos», porque «no piensan como nosotros», en las directrices secretas del golpe que acabó de diseñar mientras en Iruñea se desarrollaban los sanfermines de 1936, los últimos antes de la matanza.
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