miércoles, 29 de agosto de 2007

Esperando la Tibia Primavera

Este escrito llega a nosotros gracias al buen quehacer de nuestro amigo Txabi.

CONTINÚA EL INVIERNO
Iñigo Saldise Alda

Desde que el Reino de Navarra dejó de existir en los mapas políticos, primero europeos y posterior- mente mundiales, los navarros y navarras, generación tras generación, estamos inmersos en un frío y crudo invierno, al menos en cuanto a ser una sociedad soberana. Las continuas agresiones militares, que fueron amputando poco a poco el territorio del Reino vasco(n), se completaron con la incorporación a una Corona como la castellana, al Reino de España.

Los monarcas de dicha corona juraron repetidas veces nuestros fueros, pero con la misma celeridad de jurarlos se apresuraban a no respetarlos. Durante casi un siglo en la Navarra al norte de los Pirineos floreció nuestro estado, cual alegre y tenaz primavera. Todos esos soberanos navarros legítimos reclamaron una y otra vez la devolución de los territorios ocupados por el ejército español, por parte de la Corona de Castilla.

Ante la posible llegada de la primavera en 1540, 28 años después de la invasión española, en la capital de Reino, por el posible enlace matrimonial entre la princesa Juana de Albret o Labrit y el príncipe Felipe, hijo del emperador Carlos V, los beaumonteses realizaron un memorándum recordando al soberano Enrique II El Sangüesino, rey de Navarra, donde detallaban cuáles eran algunas tierras navarras que debía reclamar, a las que llegaría de nuevo la primavera, en forma de soberanía navarra.

«Quanto a lo que pertenesce a V. Alteza, según lo que solía extender este Reyno antiguamente como es pública voz y fama que era señor de Guipúzcoa, Vizcaya y Alaba y mucha parte de Rioja, hasta el holmo de Burgos; como por la sepultura que antiguamente los reyes de Navarra tenían en Nájera y otras ciudades y villas que hoy en día parescen las armas de Navarra; anssí como en Logroño y en otros lugares y de poco acá se han borrado.(... )»

Desde entonces han sido varios los pasajes de rebeldía en que nuestro pueblo ha creído vislumbrar la hermosura de la primavera. Pero el invierno se ha ido recrudeciendo. La desaparición del Reino de Navarra a ambos lados del Pirineo sumergió en un invierno inhóspito al pueblo vasco(n). La falta de soberanía ha sido patente a lo largo de estos fríos años, de estos siglos helados.

En la actual C.F. de Navarra, en la Navarra reducida, los nubarrones invernales tapan cualquier espacio al sol. Cubren por completo cualquier atisbo que pueda dar paso a la tan ansiada primavera. Son nubarrones que llegan del sur, desde Madrid. En la capital del Reino que nos invadió militarmente y que con sus leyes intenta someternos políticamente, se decide el futuro de esa pequeña comunidad. Pero nuestro pueblo es uno de ésos que describió Pierre Narbaitz, y antes Lacarra:

«Para los pueblos que no quieren morir, no existe un invierno definitivo».

Continuemos «luchando» para que la soberanía vuelva a nuestro estado. Ese estado cuyo nombre es Navarra. Esa soberanía que traerá la primavera a nuestro país. Y con ella vendrá la alegría de decidir por nosotros mismos el rumbo económico, político, lingüístico y cultural
para nuestro pueblo.


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