Un blog desde la diáspora y para la diáspora

viernes, 19 de marzo de 2021

Gil de San Vicente | Ley de Valor, Militarización y Guerras (IV de V)

Lo prometido es deuda y aquí con ustedes tienen el cuarto de los cinco fragmentos en que hemos dividido el texto titulado 'Ley de valor, militarización y guerras justas e injustas' que Iñaki Gil de San Vicente ha dado a conocer en su espacio habitual en el portón de Rebelión:

 

Ley de valor, militarización y guerras justas e injustas

Iñaki Gil de San Vicente

4.- Militarización y propiedad comunista de la vida, el cielo y el sol

«Se trata de saber a quién pertenecerán las casas, los palacios, las ciudades, el sol, el cielo: si pertenecerán a las gentes del trabajo, a los obreros, a los campesinos, los pobres, o a la burguesía y los terratenientes, los cuales han intentado de nuevo, dominando el Volga y el Ural, dominar al pueblo obrero»

Trotsky: «La significación de la toma de Kazán en el curso de la guerra civil». Escritos Militares. Ruedo Ibérico. París 1976. Tomo 1, p. 253

Trotsky hizo esta arenga a las tropas del Ejército Rojo poco antes de una de las batallas decisivas que aseguró la victoria de la revolución bolchevique. Si nos abstraemos del espacio-tiempo, vemos que su arenga sirve prácticamente para cualquier guerra defensiva, para cualquier defensa violenta de las clases y pueblos atacados. Podemos imaginarnos incluso, a pesar de la muy escasa información disponible, que la indómita tribu qutu de Mesopotamia, «un pueblo que no toleraba control alguno» como indica F. Lara Peinado, se identificaba con esas palabras. Una arenga tanto más valiosa cuanto más se complejizan las relaciones socioeconómicas, políticas y militares.

Por ejemplo, «la gran conflagración de 1200 a.C.» que afectó a pueblos y Estados de una amplia zona, algunos de los cuales recurrieron a presiones económicas como los hititas con su bloqueo comercial total contra los asirios, ordenando al rey de Amurru, Sausgamuwa, lo siguiente: «Que tus mercaderes no vayan a Asiria y no admitas a sus mercaderes en tu país. Que ni siquiera transiten. Si alguno va, a pesar de todo, debes detenerlo y enviármelo». Siempre en palabras de Carlos Moreu en su estudio sobre la guerra de Troya. Si avanzamos 2700 años y nos trasladamos al actual México, topamos con la tenaz resistencia zapoteca a la aplastante presión azteca entre finales del siglo XV y comienzos del XVI. Impresionado, V. W. von Hagen, los definió así: «los zapotecas formaban una tribu india muy orgullosa y arisca. Los habían conquistado dos veces y dos veces se habían revelado, matando a los gobernantes aztecas».

Dejando de lado las armas paleolíticas del pueblo qutu y zapoteca y las de bronce ya empleadas en la «gran conflagración» del siglo –XIII, las razones de fondo que impulsaban a las guerras justas e injustas eran las mismas, como también lo eran las feroces resistencias de los pueblos de África ante las invasiones europeas en el siglo XIX. La máquina de vapor, la sanidad y las armas de precisión permitieron a «soldados, comerciantes y misioneros» arrasarlo todo como una plaga bíblica, lo que «provocó fuertes estallidos de guerra y violencia, así como migraciones de trabajadores forzados, y los indígenas se vieron expuestos a enfermedades a las que no eran inmunes, de modo que su número disminuyó tal vez en una cuarta parte» tal y como explican J. R. McNeill y William H. McNeill. Para estos pueblos el sol se oscureció y el cielo se cubrió de sangre y muerte.

Anthony Pagden ha seguido la estela de horror dejada por la civilizadora y criminal Columna de Pioneros de Rhodes que partió de El Cabo en 1890, se apropió de rebaños y tierras con matanzas, fundó Rhodesia del Sur aplastando sin compasión las sublevaciones del ndebele en 1893-94 y la de ndebele y los shonas en 1896-97. Fue en la primera de estas masacres, también denominada como de Matabèle, cuando el imperialismo británico utilizó por primera vez la ametralladora Maxim de 7,7 mm.: 50 soldados de la Rhodesian Charter Company derrotaron con 4 ametralladoras Maxim a 5000 guerreros nativos, según William Reid. En 1898 las armas británicas aniquilaban en Omdurmán, empleando el mismo «modo griego» –feroz, atroz y breve– que, en Rhodesia, a los pueblos sudaneses dirigidos por el Mahdi. La industria de la matanza de hombres rendía así inmediatos beneficios a los asesinos de Londres, pero a medio y largo plazo fue un desencadenante del hundimiento del imperio.

B. Alden Cox define como «terrible terror inglés» al colonialismo británico, pero de igual modo debemos calificar las ordalías de sangre desde los asirios y definitivamente desde las falanges, legiones, cruzadas, esclavitud, horror español en Potosí, aniquilación de las naciones indias con plagas, alcohol y hambre, el español Weyler en Cuba, torturas en Argelia, Plan Cóndor, Departamento de Estado, napalm contra Vietnam, torturas en Abu Ghraib, hambruna en Irak, destrucción de Libia, Guantánamo y los vuelos secretos, etc., hasta terminar, por ahora, en el Premio Nobel de la «paz» a Obama, las «excentricidades» de Trump y el bombardeo de Siria y el estrujamiento a Venezuela por el estrenado Biden, alias «el demócrata». Esta listita tan reducida de crímenes de la civilización burguesa hubiera sido imposible sin los Estados y ejércitos, sin la militarización.

Pero la ley de la contradicción también pudre la aparente invencibilidad imperialista. Desde el origen de la propiedad, la historia humana es la historia de la lucha de clases en la que, como estamos viendo, la irracionalidad de las minorías opresoras hace que las fuerzas productivas devengan en fuerzas destructivas, pudiendo llegar el momento en el que esa lucha de clases no concluya con la victoria de una de ellas sobre la otra, sino en el exterminio mutuo de ambas. La clase dominante es como un brujo que no puede dominar las fuerzas infernales que ha desatado con los conjuros de su codicia, como se nos advertía en el Manifiesto Comunista. Sólo la clase explotada puede vencer al monstruo.

La dialéctica entre la irracionalidad de la ley del valor y sus violencias injustas, y la racionalidad de la lucha popular y su justa violencia, es la que, en último acto, determina que se imponga una de esas tres posibilidades. Muchas civilizaciones han desaparecido porque se ha impuesto la tercera salida, el exterminio mutuo, por múltiples causas parciales que nos remiten a la dialéctica citada. La humanidad oprimida ha desarrollado impresionantes capacidades creativas de autodefensa vencer a la enorme superioridad cuantitativa y cualitativa de la violencia injusta.

Una de ellas es aprender en poco tiempo las tácticas militares de los opresores y superarlas con otras cualitativamente mejores para su situación concreta. Cuando hace 4000 o 5000 años los pueblos no podían resistir a los carros de combate de los grandes Estados e imperios, luchaban donde éstos no pudieran desplegarse y frente a sus costosos arcos compuestos, maravilla de la técnica, utilizaban hondas, armas simples y muy efectivas para matar depredadores. Cuando no podían con la cantidad recurrían a la táctica de «pega y escapa», cegaban y envenenaban pozos, pudrían la comida, emponzoñaban sus armas y sobre todo aplicaban su propia ética de uso de la violencia defensiva.

Otro método era, además de aprender las tácticas del invasor, el uso de sus armas y hasta su fabricación: un ejemplo lo tenemos en la rapidez con la que los aztecas aprendieron a montar a caballo en la defensa de Tenochtitlan y de otros territorios, teniendo en cuenta el pavor que sintieron las primeras veces que vieron a españoles sobre caballo. Las naciones indias desde México para el norte, aprendieron pronto a usar fusiles comprados a los comerciantes de armas y a usarlos según tácticas que ellas mismas inventaron, matando muchos invasores hasta que estos introdujeron el revólver y otras armas de repetición. Lo mismo hizo la nación mapuche en el sur de América resistiendo a los incas y españoles, hasta que el ejército chileno introdujo, entre otras innovaciones, los carros con llantas de hierro de buena calidad. En el Pacífico, los maoríes también integraron los fusiles en sus tácticas militares. Al final del XIX el Senegal resistió a los europeos con flechas envenenadas y fusiles daneses comprados a los traficantes de armas. La guerrilla malgache resistió quince años con estos métodos al ocupante francés que exterminó a centenares de miles de habitantes.

El siglo XX y lo que va del XXI confirma lo aquí visto. La ley del desarrollo desigual y combinado enseña que los pueblos más «atrasados» aprenden de los más «avanzados» sobre todo en el arte de la guerra, porque, como hemos dicho al principio, ésta se mueve dentro de la dialéctica objetiva de la naturaleza, plasmándose en la dialéctica de la sociedad y del conocimiento. Bastantes de las tácticas básicas de la guerra ya fueron desarrolladas empíricamente en el reino animal, sobre todo en la pugna entre herbívoros y carnívoros: una dialéctica objetiva de la naturaleza en la que a medio y largo plazo se impone el ahorro de energía, la unidad de contrarios entre defensa y ataque, la ley de la ruptura del orden defensivo, camuflaje e intimidación, sorpresa, métodos de agotamiento, cerco y envolvimiento… Los depredadores observan hasta descubrir la víctima que menos resistencia puede ofrecer, y la destrozan. La especie humana fue añadiendo tres desastres cualitativos: armas y máquinas de destrucción; propiedad privada y mercancía; y planificación estratégica, económica y sociopolítica. China, Roma, Gengis Khan… mandaban «comerciantes» y «viajeros» –espías expertos– que estudiaban las debilidades y las fuerzas de los Estados, propagaban rumores y sobornaban traidores.

Las llamadas «guerras irregulares», guerrillas de pueblos oprimidos y también autodefensa obrera y popular urbana y fabril, así como el arte de la insurrección y sus relaciones con la guerrilla urbana y la guerra campesina, son desarrollos creativos y adaptativos que la inteligencia oprimida hace de las tácticas y métodos básicos derivados de la objetividad de las contradicciones naturales y sociales. Del mismo modo, pero por el extremo antagónico, la contrainsurgencia, las guerras híbridas y de cuarta generación, las convencionales, etc., son los desarrollos que el Estado, centralizador estratégico de las violencias opresoras, actualiza mediante especialistas y aplica con sus fuerzas de represión física, psicológica y ético-religiosa.

Las clases dominantes han respondido negando el derecho a armarse a las clases y naciones oprimidas. En la Antigüedad llevar un arma era signo de libertad. Los persas prohibían a los pueblos rebeldes que enseñaran el uso de las armas a su juventud. Roma cortaba las manos de los jóvenes de muchos pueblos vencidos para que no pudieran combatir por su libertad. Pero la prohibición más cruel e inmoral fue la del II Concilio de Letrán en 1139 excomulgando a los campesinos y artesanos que utilizasen la ballesta, otra «arma democrática» y mortífera contra la nobleza, pero permitiendo a esta que la usase en la represión de las revueltas populares y en las cruzadas contra el islam. La ballesta, creada en su modelo inicial en -399 como hemos visto, podía ser construida entre un carpintero y un herrero campesinos, ejecutaba a un caballero acorazado sin exponer apenas al tirador y podía ser utilizada por gente sin formación militar y por las mujeres, lo que le convertía en diabólica.

Robert Muchembled ha escrito «una historia de la violencia» en Occidente sobre todo desde el siglo XIII, poco después del II Concilio de Letrán; cuando llega a las violencias sociales desatadas desde el siglo XVI con las guerras de la burguesía en ascenso, no tiene más remedio que reconocer el esfuerzo de los Estados para controlar la agresividad y las violencias de sus súbditos rentabilizándolas en los ejércitos que creaba. Pero quedan pendientes las coerciones que la burguesía imponía cada vez más para desarmar material, psicológica y moralmente a las clases trabajadoras y a los pueblos que expoliaba. La prohibición mediante diversas violencias del derecho a la autodefensa, en concreto del derecho a la revolución, se intensificó en la mitad del siglo XIX y sobre todo después de la Comuna de París de 1871. Tomás de Aquino, los primeros filósofos de la burguesía revolucionaria y el Preámbulo de la Declaración Universal de la ONU, por citar unos pocos defensores, reconocen el derecho a la rebelión con grandes diferencias entre ellos, pero le ponen tantas condicionantes que lo reducen prácticamente a papel mojado.

El imperialismo está haciendo esfuerzos titánicos que expropiar este derecho común privatizándoselo para ella y para su industria de la matanza de seres humanos. El ejemplo de la ballesta, que podemos extender a las presiones del poder contra el uso del arco, es muy valioso porque ahora mismo existen otras tecnologías de armas defensivas que, por su baratura y relativa simplicidad, tienen el mismo potencial: misiles y cohetes, drones, minas, armas ligeras, sistemas de comunicación, etc. Pero su efectividad defensiva se multiplica cuando son empleadas según estrategias y tácticas «irregulares», que escapan a la lógica del opresor y, como se ha hecho desde antiguo, permiten al pueblo llevar la ofensiva en el terreno y en el momento que él ha escogido: por lo general, quien pega primero pega dos veces, y muchas veces la mejor defensa en un buen ataque.

Desde la Antigüedad ha existido una «guerra de inteligencias» que recorre la dialéctica entre defensa y ataque, en la que la guerra propagandística y psicológica es fundamental. Lecciones que también deben ser aplicadas a la lucha de clases en el centro imperialista, a las resistencias en fábricas, talleres, escuelas, domicilios… Como se aprecia en cualquier conflicto entre el capital y el trabajo en un hospital, escuela y universidad, empresa, barriada popular, explotación doméstica, la «guerra de inteligencias» es clave para la burguesía porque desorienta, divide y rompe la unidad obrera y sus objetivos, estrategias y tácticas. Lo mismo, pero al contrario busca la clase trabajadora con respecto a la burguesía. Una de las grandes debilidades de todas las variantes de la «hegemonía» gramsciana es que olvidan que, en el fondo, ésta sólo es efectiva si se mueve dentro de la estrategia político-militar orientada a la práctica del derecho/necesidad de la revolución.

Los métodos burgueses para vencer en la «lucha por la hegemonía», eufemismo que oculta la realidad objetiva de la «guerra social» y que funge de caramelo envenenado que engatusa al reformismo, se centran desde la década de 1970 en acusar de «terrorismo» a toda violencia defensiva y justa. Recordemos aquí cómo hemos citado arriba a Alfonso Sastre: llaman terrorismo a la guerra de los pobres, y guerra al terrorismo de los ricos. Según Michael Walzer en su estudio sobre las guerras justas e injustas, la década de 1970 marca el momento en el que el imperialismo empieza a ganar la guerra psicopolítica y propagandista en la creación de un concepto de «terrorismo» tan laxo, manipulable y abstracto que justifica la represión carcelaria para cualquier resistencia justa.

Según esto, Engels estaría hoy en prisión acusado de apología del «terrorismo» por su cercanía personal a la lucha armada irlandesa, por su impecable justificación ético-política de los estremecedores métodos de guerra defensiva del pueblo chino contra los invasores europeos, por su defensa a ultranza de la violencia argelina contra los ocupantes franceses… También lo estarían Marx y Jenny porque gastaron su herencia en comprar armas para las barricadas proletarias de 1848, porque tenían contactos con grupos clandestinos, teorizaron la necesidad de las revoluciones y del pueblo en armas. etc.




°

No hay comentarios.:

Publicar un comentario