sábado, 23 de diciembre de 2017

Egaña | Trofeos de Guerra

Les presentamos este texto de Iñaki Egaña dado a conocer en Naiz:


Iñaki Egaña

Levantiscos como nadie, los vecinos que tenemos al sur del Ebro y al norte del Aturri gustan alardear de los trofeos que van confiscando al enemigo. Incluso el enemigo mismo puede ser exhibido como trofeo, como en el caso del cadáver del bosquimano de Botsuana, disecado por un taxidermista francés y exhibido en un museo de Bañolas hasta que intervino Naciones Unidas en el año 2000 y el botín humano fue retirado y devuelto a su tierra.

Franceses exhibieron en fotografías hoy al alcance de cualquiera sus atrocidades cometidas en Argelia, en la guerra de descolonización. Mujeres desnudas y violadas, torturados humillados. Las imágenes de los soldados españoles sonriendo junto a las cabezas seccionadas de sus enemigos en el Rif abrieron portadas de la prensa europea, antes que el dictador Franco mandase a sus verdugos limpiar étnica y políticamente el Estado al sur de los Pirineos. Sus trofeos de guerra fueron expuestos en exposiciones itinerantes que comenzaron en Donostia y concluyeron en Bilbo.

La parte macabra de aquella historia, fue amputada de las vitrinas, y ocultada en cunetas y trincheras cubiertas de fango y lodo. Centenares de nuestras abuelas y abuelos continúan desaparecidos, negados en su existencia porque, ya se sabe, los museos exponen lo más distinguido de las culturas. Y la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, las atrocidades cometidas en nombre de Dios y de la Patria de unos supuestos Reyes Católicos reencarnados en Borbones de seda y badajo ligero no son tan excelsas para merecer un lugar de museo. Aunque sea el del terror. Porque, a decir de algunos, ni siquiera existieron.

Hace ya algunos años que Joseba Elosegi, ya fallecido, viajó a Madrid en tren, se alojó en el hotel habitual, era senador, y al día siguiente, se trasladó al Museo del Ejército. Cuando estaban a punto de cerrar, penetró en la sala de trofeos y se dirigió a la esquina donde bajo el epígrafe de “Banderas capturadas al enemigo”, lucía una ikurriña. Arrancó del pedestal la bicrucífera vasca, con la mala fortuna de que arrastró al resto, provocando un ruido que retumbó en las paredes del museo. Los vigilantes accedieron de inmediato, pero no sospecharon del «anciano» Elosegi. Días más tarde, al ver las imágenes, fue identificado.

La ikurriña como trofeo de guerra se exhibía en un museo público en tiempos que Felipe González presidía el Gobierno, Barrionuevo era titular de Interior y Narcís Serra de Defensa. De un partido de izquierdas, o mejor como suele decir Julio Anguita, «marca blanca de la derecha». Todavía pueden entrar en foros de la red para comprobar cómo esa derecha levantisca y propensa a exhibir sus trofeos guerreros, aún se escandaliza porque Elosegi no fuera juzgado por unos hechos que el código penal castigaba con 12 años de prisión. Por cierto, antes de saltar al siguiente párrafo. El PNV, en cuyas filas agonizaba Elosegi (se fue con la escisión de EA), señalaría, para que el acontecimiento no le afectara, que el «robo» (requisa) de la ikurriña, que pertenecía al batallón Itxarkundia, se había realizado a «título personal» y era ajeno a su voluntad. El espíritu del «no molestar» es eterno.

Hoy, las generaciones recientes apenas lo sienten pero entre tantos símbolos aplastados y exhibidos como trofeos de guerra, la ikurriña se ha llevado la palma. El Nodo, ese informativo que crearon los del pensamiento único, para adoctrinar a los culturetas que iban a las salas de cine, decía textualmente que el mayor valor de la «bandera separatista» era haber servido de alfombra en el desfile de los redentores de la patria de Lola Flores & company. Humillar y escanciar el eructo de la victoria ha sido todo uno.

Todavía cuando escribo estas líneas y que sepa, dos ikurriñas siguen expuestas como trofeos de guerra. Una de ellas en el archivo de la guerra civil de Salamanca, rebautizado con el nombre de Centro Nacional de la Memoria Histórica, incautada al batzoki de Gautegiz en 1937. Más de 80 años después, sigue reivindicándose como una victoria sobre los separatistas. La otra en África, en Ceuta para más señas, en el Museo de la Legión. Junto a cabras disecadas, una ikurriña arrebatada a los separatistas, también en los inicios del franquismo. ¿Es de recibo semejante afrenta?

Jon Idigoras, el hijo de Juanita Gerrikabeitia, ya fallecido como Elosegi, fue detenido hace un par de décadas cuando ETA anunciaba su Alternativa Democrática. Idigoras no era de ETA, sino de la dirección de Herri Batasuna. Pero para el juez Garzón todo aquello, incluso los hospitales en los que nacían niños vascos, pertenecían al mismo conglomerado político-militar. No tiene gracia porque centenares de vascas y vascos sufrieron las consecuencias de semejante delirio. Idigoras relataba en sus memorias que fue exhibido como trofeo de guerra (del enemigo), desnudado y en medio de una fuerte tormenta de nieve introducido en un avión de pasajeros para su traslado a la Audiencia. El hijo de Juanita Gerrikabeitia fue muy conciso: «me exhibieron como trofeo de guerra para humillarme los que, por indignos, no pueden hacerlo».

Hace unas semanas se ha conocido que la Guardia Civil también guarda en sus salas y entrañas recuerdos de sus andanzas. La noticia no es nueva, en absoluto. Trofeos de guerra de casi todos los comandos detenidos por las fuerzas policiales y militares adornan las casernas y cuarteles. Los muestran en sus publicaciones. Pero en esta ocasión el trofeo era más peliagudo, un peto de la Korrika. La respuesta de los beneméritos ciudadanos dejó ojipláticos a sus seguidores: eran recuerdos de la participación de sus agentes en las marchas a favor del euskara. Cuando este mismo año el PSN sacó una durísima nota contra la Korrika, va y resulta que el Instituto Armado es participe habitual de ella. Respuesta para incautos.

Los trofeos de guerra ya han aparecido en centenares de fotos que nos han ido mostrando ministros del Interior desde la época de Martín Villa. Entre los mismos, descubrimos camisetas del Che Guevara, bolígrafos BIC con caperuzas rojas, pegatinas de la costa vasca no nuclear o a favor de la Universidad Vasca (que por cierto pusieron en Gipuzkoa a todos sus coches de «secretas» con lo que fue sencilla su identificación), libros con depósito legal, banderolas contra el Tren de Alta Velocidad, discos de “Gu gera Euskadiko gaztedi berria”, txapelas de las de "buruan ibili munduan" y periódicos como “Egin”.

Decenas de personas denunciaron en su día la falta de enseres particulares que no aparecieron tras registros en los que, supuestamente, un secretario judicial anotaba las incautaciones. A cuenta de los petos de la Korrika, las redes han mostrado muchos de esos ejemplos, relojes, sumas de dinero, ordenadores, juegos, incluso zapatos. ¿En qué lugar de la cuerda se desviaron para no llegar a su destino? Fueron los trofeos secundarios, aquellos que no tendrán cabida en el museo dedicado al enemigo.

Al margen de estas cuestiones, aunque íntimamente relacionadas, habría que ubicar el botín como anexo al trofeo. Lo expuesto en museo es trofeo, lo expoliado y escondido es botín. El solemne botín de guerra de estas últimas décadas han sido los fondos reservados y las concesiones de dinero público a empresas privadas para gestionar la intervención del Estado. Lo que ha provocado esa masiva respuesta de sectores relacionados con empresas de seguridad, agentes que ven sus pluses retirados, escoltas en paro, compañías retiradas sus compras e inversiones. Un botín astronómico que necesita de trofeos para mantener su estatus. Y una respuesta que señala aún aquello de la «tregua trampa».

Los trofeos y los botines de guerra continúan mostrando un contencioso que comenzó hace décadas, más de las que nos hacen creer. Y que hay un sector que sigue sin bajarse del burro. Que se mostró vencedor y aún lo reivindica a los cuatro vientos. Aunque fuera bajo la sombra del fascismo, condenada en Nuremberg pero apoyada desde Madrid.






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