miércoles, 29 de julio de 2015

Placer | Pedagogía Política

Les compartimos este muy interesante texto dado a conocer en las páginas de Gara:


Félix Placer | Teólogo

Cuando las fiestas de tantos lugares invaden las calles de las ciudades y la tranquilidad de los pueblos, el tiempo veraniego sumerge a la sociedad en un ritmo diferente de relaciones y encuentros. Los problemas que parecen quedar ocultos en medio del bullicio y silenciados por el estruendo de las charangas, sin embargo no están olvidados. En medio de festejos populares se reivindican en carreteras y playas los derechos de quienes dispersados en cárceles estatales sufren las consecuencias de una política represiva. Las angustiosas situaciones económicas de quienes no pueden permitirse ningún gasto superfluo y hasta carecen de lo imprescindible para vivir, los estratos de marginación que relegan a personas y colectivos, negándoles sus derechos de ciudadanía y sistemas de protección urgen respuestas de justicia social. Se pide avanzar en el proceso de paz y normalización política. Se propone, ante las próximas elecciones generales, llegar a programas y candidaturas conjuntas en defensa de todos los derechos.

Por ello el espacio del verano no es un paréntesis para olvidar, sino para ver y sentir de otra manera la realidad que nos envuelve. Con formas de solidaridad festiva que se expresan en txosnas, en manifestaciones, en símbolos, en encuentros, en actividades que hacen de la fiesta un espacio de compromiso liberador, una expresión de esperanza de lo que a lo largo del año se reivindica, y de alegría compartida que celebra lo que se va consiguiendo a pesar de tantos obstáculos y dificultades.

A mi modo de ver, el tiempo festivo es también otra forma de aprendizaje, de interiorización de convencimientos, de renovación de motivaciones, que están latentes en lo más profundo de Euskal Herria y que se expresan en estos acontecimientos populares con especial libertad y espontaneidad. Porque la fiesta es, en muchas circunstancias, la forma que el pueblo tiene para manifestarse como es, para ser sujeto activo ante tanta manipulación e imposición. Por eso en las culturas de los pueblos, la fiesta se ha defendido, mantenido y practicado con sus símbolos más representativos y reivindicativos, expresiones múltiples, manifestaciones plurales. Porque no hay pueblo sin fiesta.

Por supuesto, también la fiesta ha sido invadida por el consumismo, los tópicos, los estilos de diversión estándar, los espectáculos sin contenidos. En definitiva por una política que invade cualquier espacio de libertad para imponer sus normas, ritmos, expresiones, sus superficiales modelos evasivos.

Por ello es preciso reivindicar la fiesta como espacio privilegiado de libertad popular. Porque al pueblo no se le puede imponer nada. Es el pueblo soberano quien debe expresar lo que siente y quiere, de forma autodeterminada y libre, desde sus derechos colectivos, desde la ética solidaria.

Modelos educativos magisteriales y directivos, políticas impositivas de formalidad representativa, incluso controles eclesiásticos moralizantes, han tratado de impedir al pueblo pensar por sí mismo y le han inoculado un pensamiento único, reforzado por el sistema capitalista con medios tecnológicos que invaden todos los espacios y edades. Las actuales formas de gobierno, las leyes dictadas contra la libertad de expresión, el control judicial y policial han estructurado una política ante la que hoy parece levantarse una oposición que, tras los éxitos alcanzados en las urnas, quiere ofrecer un cambio en profundidad, otra manera de convivencia ciudadana para lograr objetivos consensuados de forma participativa. Así lo ha expresado, al menos, el nuevo gobierno de la Comunidad Foral de Navarra. Es el modelo a buscar y la línea a seguir.

Para ello se requiere una nueva actitud pedagógica. Pienso que es el primer cambio político para recuperar convicciones olvidadas o que han sido relegadas y hasta suprimidas por las formas de gobierno hasta ahora impuestas.

Recordando a Inmanuel Kant es preciso incentivar, impulsar a las personas, a la sociedad, al pueblo hacia lo que el pensador alemán definió como clave de la ilustración: «sapere aude», es decir, tener valor para servirse de su propio entendimiento, pensar por sí mismo, sin dependencias. Fue Horacio, quien propuso este lema; ya Sócrates había insistido en la necesidad de conocerse a sí mismo, como mayeútica de la verdad, de la ética y decisión libres. Por tanto cualquier política que imponga un modelo único de referencia o impida esa libertad emancipadora, es falsa y manipuladora, anuladora de la personalidad.

Por supuesto, muchas personas así lo practican o, al menos, lo intentan a pesar de los múltiples condicionamientos y de la falsa cultura impuesta que recorta formas de pensar o dicta el pensamiento único y hasta pretende imponer la identidad uniforme. Bastantes más ni siquiera se lo plantean y se dejan llevar o se sienten incapaces de reaccionar ante la imposición política, ideológica e identitaria que incluso llega a convencerles de que lo que les hacen pensar y les dicen que son es lo que libremente deciden. El espejismo de la libertad es, en nuestra sociedad, lo que conduce a las masas para hacerles creer que siguiendo esa apariencia encontrarán satisfacción a sus necesidades económicas, sociales, culturales y hasta existenciales. Para comprobarlo basta referirse al modelo económico de recuperación de la crisis impuesto por el capitalismo y aplicado por el gobierno.

Una nueva política requerirá además medios pedagógicos nuevos. No sólo en la enseñanza. Debe alentar y facilitar la expresión popular en una democracia auténtica que nunca puede ser suplantada por la representatividad de una clase política desacreditada.

La auténtica pedagogía es creativa, generadora de nuevos estilos, formas, modelos, relaciones. Frente a un modelo político pedagógico único, alejado de la sociedad, de sus necesidades, impositivo y directivo es preciso crear estilos y formas nuevas de participación donde, por ejemplo, los movimientos sociales, grupos vecinales, asociaciones, iniciativas populares tengan participación real y decisoria. Ante la anulación de muchas de estas presencias activas, por la sencilla razón de que no interesaban a los políticos de turno o a sus partidos, una nueva política será tal si logra recuperar ese potencial perdido que se expresa en una pedagogía del diálogo abierto, plural y crítico.

Es necesario recuperar esta relación pedagógica en amplios sectores sociales donde se ha perdido la conciencia política, es decir, la convicción de que nosotras y nosotros somos el sujeto político fundamental y no los políticos profesionales en quienes se ha delegado hasta el pensamiento que, sin embargo, es personal e intransferible. Se ha intentado despersonalizarnos políticamente para reducirnos a sujetos dependientes y, con nosotras y nosotros, a Euskal Herria.

Decidirse a ser quienes somos en ideas, relaciones, comportamientos, decisiones, es un ejercicio de independencia dialogante, de existencia libre, de personalidad propia. La nueva política prometida debe devolver al pueblo, a Euskal Herria, su derecho a ser sujetos de decisión con la convicción de que solo una persona que piensa con independencia podrá optar por la independencia.

Un decisivo y festivo desafío pedagógico.






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