jueves, 22 de diciembre de 2005

Egaña | Memoria Contra los Verdugos

Aquí les presentamos un escrito de Iñaki Egaña que nos habla acerca de las víctimas de los fusilamientos por parte de el régimen de Franco y el por qué los vascos no nos podemos permitir el lujo de olvidar. El escrito nos llega gracias al correo Fitxak de Euskal Diáspora.

Leanlo y saquen sus propias conclusiones:


Memoria contra los verdugos

Iñaki Egaña

El fracaso del golpe de Estado, del 18 de julio de 1936, contra la Segunda República española trajo una guerra civil. Las consecuencias son más o menos conocidas y distorsionaron varias generaciones. Algunos historiadores se atreven a decir, incluso, que las secuelas han llegado hasta nuestros días.

La publicación de la obra 1936. Guerra civil en Euskal Herria ha servido para conocer el primer resultado de aquel golpe militar: los fusilamientos. Los cronistas del franquismo negaron sus propias razias y lo despiadado y terrorífico de su método. Por eso, y como ya lo hizo en Navarra y en 1986, el grupo Altaffaylla, la investigación de los ajusticiados por los verdugos a las órdenes de Franco ha sido un trabajo meticuloso y concienzudo, salvando todo tipo de impedimentos y trabas. Los resultados están ahí.

Según la indagación, al menos cinco mil vascos fueron ejecutados por el franquismo en los meses y años posteriores al inicio del golpe militar. A pesar de las grandes dificultades para componer una lista en la que aparecieran todas las víctimas ejecutadas de la Euskal Herria peninsular, el resultado de la investigación se acerca a lo que fue la trágica realidad: 351 fusilados en Álava, 914 en Vizcaya, 1.004 en Guipúzcoa y 2.728 en Navarra. Todos los fallecidos, excepto 88 de ellos, han sido plenamente identificados. Como en todos los temas relativos a la represión franquista, los documentos relacionados con la ejecución de personas se han esfumado de los archivos españoles. Quienes los hicieron desaparecer siguieron órdenes muy estrictas. Las sedes de los Gobiernos Civiles y Militares de Bilbo, Donostia, Gasteiz e Iruñea quemaron, entre 1975 y 1980, las listas que, cuarenta años atrás, habían llevado a miles de ciudadanos vascos al cadalso. Entonces, Rodolfo Martín Villa ejercía el cargo de ministro de Interior.

En Álava, habitualmente se ha dado por hecho que los fusilamientos comenzaron un mes después de la sublevación militar. Sin embargo esta afirmación sólo fue cierta para la capital Gasteiz. Al contrario, en los pueblos alaveses, las sacas se iniciaron en Biasteri, Beranturi, La Puebla de Arganzón y Gaubea, unos días después de la rebelión.

El modus operandi de las partidas facciosas en Álava fue el mismo en todos los casos. Las detenciones y fusilamientos no eran nunca realizados por gentes del mismo pueblo. Los ejecutores provenían de Navarra, principalmente eran de Olazti, de Rioja, en el caso de Rioja Alavesa, de Miranda de Ebro en el caso del sur del territorio alavés y de Gasteiz, en el resto de los casos. Los verdugos, pese a ser foráneos, conocían perfectamente los pueblos y disponían de un listado de las personas a ejecutar.

El registro era confeccionado por los fascistas locales, quienes lo transmitían al Requeté provincial sito en Gasteiz y desde allí se enviaba a los comandos ejecutores. En todo el territorio existieron diversos lugares donde fueron depositados los cadáveres de las víctimas, localizados en las proximidades de los pueblos de Zanbrana, Aramiñon, La Puebla de Arganzón, Langraitz y Gasteiz, entre otros.

En Vizcaya, las ejecuciones dieron comienzo inmediatamente después de la entrada de las tropas fascistas en cada población. A un número determinado de fusilamientos irregulares hubo que sumar el resto, mayoría, tras juicios militares que más fueron una pantomima dedicada a cubrir los expedientes frente a las presiones internacionales que vistas con garantías procesales.

Desde el 19 de junio de 1937, fecha de la entrada de las tropas de Mola en Bilbao, hasta los primeros fusilamientos que tuvieron lugar en Santoña el 15 de octubre del mismo año, tras la rendición del Ejército vasco, cerca de 170 personas fueron ejecutadas, algunas de ellas en extrañas circunstancias, desde el ahorcamiento hasta la asfixia por inmersión en el agua. A partir de la muerte de dos responsables políticos de cada formación vasca en Santoña, los fusilamientos se convirtieron en una práctica pública, hasta el punto que, caso único en Euskal Herria, fueron anunciados por la prensa.

En Guipúzcoa, los asesinatos se cometieron paralelamente a la entrada de las tropas fascistas en cada localidad, siendo el primer exterminio colectivo el sucedido el 26 de julio de 1936, cuando las compañías rebeldes entraron en Beasain. Antes, sin embargo, se produjeron dos hechos aislados de gran trascendencia social, puesto que las localidades en las que se produjeron los fusilamientos, Donostia y Orereta, quedaron luego en poder de los milicianos leales con motivo del contraataque de sus compañías.

El primero de los sucesos tuvo lugar en la capital guipuzcoana, cuando la oficialidad del cuartel de Loiola ocupó un caserío contiguo a sus instalaciones, matando a su propietario Miguel Alkiza. El segundo fue unos días más tarde, al llegar las tropas rebeldes a las puertas de Orereta, en donde fueron rechazadas. En esta retirada, los mandos militares pretendieron llevarse a los hermanos Domingo, Enrique y Sebastián Usabiaga Oiarzabal, de 24, 21 y 17 años. Como no lograran su objetivo, los tres fueron fusilados en el acto, así como su madre María Oiarzabal Lecuona, quien murió a machetazos al intentar impedir las ejecuciones.

En Navarra, fueron las merindades de Tudela y Olite las que tuvieron el mayor número de ejecutados entre sus vecinos, siendo agosto de 1936 el mes más sangriento. En cifras absolutas, las poblaciones de Pamplona, Lodosa, Mendavia, Sartaguda, Corella y Peralta fueron las más castigadas.

La represión tuvo las mismas características en la mayoría de pueblos de Navarra: los piquetes de Falange y del Requeté se encargaron de llevarse a los detenidos de sus domicilios o lugares de trabajo. En la elaboración de las listas la Falange tuvo un criterio de selección estrictamente político, mientras que los carlistas tuvieron en cuenta también aspectos religiosos. En Pamplona, los destinos de los detenidos fueron el Fuerte San Cristóbal, la cárcel provincial y la improvisada prisión de los Escolapios, lugar donde era más probable que fueran inmediatamente fusilados.

Los asesinatos colectivos de mayor envergadura tuvieron lugar el mismo año del golpe militar: en las Bardenas el 23 de agosto, en Monreal el 21 de octubre, en Ibero el 26 de octubre, en Balsaforada el 12 de noviembre y con motivo de la fuga de la cárcel de San Cristóbal el 22 de mayo de 1938. En el conjunto de Euskal Herria peninsular, hubo fusilados entre los militantes de todas las formaciones políticas.

Incluso en Guipúzcoa, hubo varios carlistas ejecutados por pelotones falangistas al no haber secundado ardientemente la rebelión. La represión en Guipúzcoa tuvo como centro a militantes y simpatizantes del PNV, al contrario que en Álava y Navarra, en donde las víctimas fueron mayoritariamente comunistas, socialistas, ugetistas y anarquistas. La razón de esa mayoría jeltzale en Guipúzcoa, al margen de las directrices que traían los rebeldes, estuvo en que el PNV no movilizó a sus milicianos hasta que la mayor parte del territorio guipuzcoano pasó a poder de los fascistas. Este hecho, unido a la defensa activa de los símbolos religiosos y a la protección de ilustres personajes relacionados con la rebelión, hizo concebir esperanzas al PNV en el sentido de que sus militantes serían respetados por los fascistas, lo que originó que no huyeran a la entrada de los sublevados. En Vizcaya, por el contrario, fueron también comunistas, socialistas, ugetistas y anarquistas los primeros objetivos de la represión.

Los motivos de los verdugos para llevar adelante las ejecuciones fueron muy diversos, desde las rencillas personales hacia el acusado, hasta las más estrictas consideraciones políticas. En Arrasate, Isidoro Iturbe Elcorobarrutia fue detenido y torturado por la Guardia Civil en plena calle por hablar en euskara a su esposa. Fue fusilado en Hernani el 22 de octubre de 1936.




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