viernes, 14 de octubre de 2016

La Pesadilla Yanki del Lehendakari Agirre

Si hay algo que nunca le ha interesado a la cúpula política estadounidense es la democracia. 

Pregunten en toda América Latina... en Hawaii, en Filipinas, en Vietnam, en Camboya, en Libia, en Palestina, en Irak, en Siria, en Yemen... 

Pregunten, así aprenderan el lúgubre historial yanki en este rubro.

Los vascos aprendieron esto de la peor manera, aunque aún hoy en día hay quienes se nieguen a reconocerlo.

Les invitamos a leer este reportaje publicado en Deia:

El sueño americano de José Antonio Aguirre

David Mota Zurdo
Por primera vez, el 7 de octubre ha sido un día festivo. La fecha, intrascendente para una amplia mayoría de la ciudadanía, conmemora el 80 aniversario de la creación del primer Gobierno vasco en 1936. Aquel año, se constituyó en Euskadi, en situación trágica, el autogobierno reclamado hasta entonces por una parte importante de la sociedad vasca. La aprobación del Estatuto por las Cortes republicanas el 1 de octubre de 1936, en plena Guerra Civil, trajo consigo la creación del primer Gobierno vasco -de coalición entre el PNV y el Frente Popular- presidido por José Antonio Aguirre, un Ejecutivo que controló un espacio muy limitado porque, en el momento de su constitución, las tropas franquistas dominaban casi toda Araba y Gipuzkoa, y avanzaban de forma inexorable hacia Bizkaia.

En efecto, en junio de 1937, todo el territorio vasco fue conquistado por el ejército sublevado y, en consecuencia, el Gobierno autónomo inició un largo exilio entre Europa y América. Primero, en Barcelona, donde el gabinete Aguirre intentó intervenir en la política republicana con el apoyo de la Generalitat catalana. Posteriormente, en París, donde organizó la política vasca en el exilio y se sumó a la lucha contra el Eje en la II Guerra Mundial. Allí, la esperanza de que una victoria aliada restituyera la democracia en España y, por ende, la Euskadi autónoma, se topó con las complejas circunstancias por las que pasó el Ejecutivo vasco. Los problemas de financiación, la situación de los refugiados o la desaparición del lehendakari Aguirre por la Europa ocupada son algunos ejemplos.

Uno de los puntos de inflexión en la política del exilio vasco se produjo con el inicio de los contactos con EE.UU. La reaparición del presidente Aguirre en 1941 y la instalación del centro neurálgico de su gobierno en Nueva York abrió una nueva etapa en los intentos de recuperación de la democracia en Euskadi y en España. Así, el Gobierno Aguirre estableció contactos con la OSS (precursora de la CIA), el FBI y el Servicio de Inteligencia Militar de EE.UU., para los que realizó labores propagandísticas, informativas y de espionaje en Europa y Latinoamérica a través del Servicio Vasco de Información. El objetivo de EE.UU. era sumar colaboradores en la lucha contra el Eje; el de los vascos, conseguir la ayuda de EE.UU. para derrocar a Franco y retornar a una Euskadi democrática.

El final de la II Guerra Mundial, el ascenso de la URSS y el miedo al comunismo provocaron que Washington se abstuviera de actuar decididamente contra Franco. De hecho, como cabía prever, sucedió lo contrario. A partir de 1947, EE.UU. se acercó progresivamente a la España franquista con el fin de poner freno al comunismo en el Mediterráneo. Un duro varapalo que, contra pronóstico, no supuso el desvanecimiento del sueño americano de Aguirre, sino que le animó a adecuar su estrategia política a los intereses políticos y económicos de su amigo americano. Tocaba, pues, evitar puntos de desencuentro y demostrar que el Gobierno vasco podía ser un útil aliado para el restablecimiento democrático en España. Así, el Ejecutivo de Aguirre pasó del despliegue de una política netamente soberanista, actuando al margen del Gobierno republicano español, a la de la interlocución, intentando convencer a EE.UU. de que había una alternativa no comunista al franquismo. Fue por ello por lo que en 1945 los dirigentes vascos se implicaron con decisión en los debates de la ONU sobre la cuestión española.

La conexión con EE.UU. y con este organismo internacional se presentó así como la mejor opción para combatir al franquismo diplomática y económicamente, ahogándolo hasta su caída. De este modo, entre 1945 y 1953 avalaron la utilidad práctica del Gobierno de la República y del plan monárquico-socialista de Indalecio Prieto como alternativas democráticas viables para la contención del comunismo. José Antonio Aguirre, Antón Irala y Jesús Galíndez iniciaron, de este modo, un giro estratégico que se implementó bajo el optimismo desmedido del lehendakari, quien malinterpretó algunas de las claves de la política internacional al confiar en la posibilidad de que EE.UU. tomara medidas efectivas contra Franco.

La estrategia atlantista de Aguirre, plagada de ensoñaciones utópicas desde su planificación, sobrevaloró la capacidad organizativa y efectiva del Gobierno vasco y colocó a EE.UU. en la hipotética disposición de trabajar por la restauración democrática en España. El lehendakari y los policy planners vascos se equivocaron con la política española de la Casa Blanca pues los contactos con el exilio democrático español no implicaban ni un compromiso moral por parte de EE.UU. ni escondían ninguna jugada maestra para acabar con el franquismo. Es más, el Departamento de Estado siempre consideró la alternativa democrática al franquismo como una opción carente de suficiente realismo.

La firma de los Pactos de Madrid de 1953, el convenio hispano-norteamericano de ayuda económica y militar a España, fue el punto y aparte en las relaciones entre vascos y estadounidenses, al constatarse el definitivo acercamiento de EE.UU. al Gobierno franquista. Pero que EE.UU. mantuviera relaciones amistosas con el principal enemigo de la democracia en España no implicó que los dirigentes vascos desistieran de sus relaciones con Washington. No cejaron en su empeño de tratar de evitar la renovación de los mencionados acuerdos, denunciando la situación socio-política en el interior de España y la represión a la cultura vasca. La estrategia de EE.UU. siempre fue la de mantener el statu quo, con la consecuente merma de las expectativas de los dirigentes vascos que no comprendían la actitud del -para ellos- adalid de la democracia internacional. Un desengaño que les llevó a atravesar distintos estados de ánimo.

Así, a la complicada etapa de la Guerra Civil, en la que los vascos sondearon sus posibilidades para encontrar simpatizantes para la causa antifranquista, siguió la esperanza de los años de la II Guerra mundial, un periodo durante el que creyeron que la entrada de Franco en el conflicto, seguida de una intervención aliada, acabaría con el franquismo. Y de un estado de ánimo optimista se pasó a la progresiva y creciente desilusión que supuso, primero, la pérdida de las expectativas puestas en la ONU, y, segundo, la apuesta de EE.UU. por la continuidad del franquismo. Este desencanto, agravado por la desaparición de Galíndez en 1956, el fallecimiento del presidente Aguirre en 1960 y por la distinta política implementada por Leizaola (1960- 1979), su sucesor al frente de la presidencia vasca, se tornó en una adaptación a los nuevos tiempos.

Esta nueva coyuntura requirió que los dirigentes vascos optaran por otro tipo de estrategia en EE.UU., al margen de las instituciones oficiales y más cercana a congresistas, sindicalistas y periodistas simpatizantes con la causa antifranquista. Un cambio de rumbo que no impidió que continuaran las labores de lobbying vascas en Nueva York y Washington. Síntoma, por otro lado, de que los planificadores de la política proestadounidense del Gobierno vasco no tenían muchas alternativas a las que agarrarse, pues consideraban que una presión constante sobre los medios políticos estadounidenses amigos podría incomodar al régimen franquista y a su política exterior.

En este contexto emergió la figura de Pedro Beitia. Sus labores representativas en EE.UU., hasta ahora prácticamente desconocidas, ponen de relieve su papel de delegado y planificador, desde 1956, de la estrategia política vasca en EE.UU. En Washington, se encargó de trabajar cerca de senadores, congresistas y agentes del Departamento de Estado, a quienes ofreció información sobre la situación de España, consiguiendo interesantes contactos para la causa vasca. Pero, las dificultades económicas de las décadas de 1960 y 1970 hicieron no solo que Beitia se encargara en solitario de mantener los contactos con los estadounidenses, sino que estos descendieran. Una reducción que, por parte vasca, se debió a las sucesivas prórrogas a los convenios de 1953, concedidas por EE.UU. a la España franquista, que acabaría en la ruptura de relaciones en 1970. De hecho, las cosas no cambiaron en un sentido positivo hasta la muerte de Franco en diciembre de 1975. A partir de entonces, los amigos que tenía Beitia en el Capitolio empezaron a exigir medidas democratizadoras en el aparato institucional del Estado español como condición para la renovación de los acuerdos económicos y militares. Pero, para entonces, la rehabilitación de las instituciones democráticas en el País Vasco era un objetivo completamente real y alcanzable.

En conclusión, aunque el sueño americano de Aguirre se desvaneció, el hecho de que el Gobierno vasco se mantuviera durante todo el exilio y que a la altura de la década de 1970 hubiera cierta relación con políticos y personalidades de EE.UU. son aspectos positivos. Por tanto, podría decirse que el regreso de Leizaola y los demás miembros de su Ejecutivo a Euskadi durante la Transición es la consecución de ese sueño que, aunque no fuera americano, sí supuso el retorno de la democracia y la creación de un Gobierno nacido de la libre voluntad de los vascos en 1979.



El último párrafo muestra un desaseo y una falta de ética impresionante por parte del autor. Así que le enmendamos la plana: los jeltzales se han convertido en aliados de Washington a favor del franquismo borbónico, eso es lo que en su pragmatismo, lograron... sin beneficio alguno para Euskal Herria.







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