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domingo, 1 de febrero de 2026

Un Monumento al Desacato

Navarra es el corazón mismo de Euskal Herria.

Es el ente pre-estatal que dio a los vascones unidad territorial, cultural, política, administrativa e identitaria, algo que no supo ver Mark Kurlansky cuando escribiese su obra 'La Historia Vasca del Mundo', algo que ya hemos comentado anteriormente.

Así como también ya hemos publicado anteriormente acerca de ese potente movimiento de reivindicación conocido como la Gamazada.

Pues bien, desde Noticias de Navarra, traemos a ustedes este interesante reportaje acerca del Monumento a los Fueros ubicado en el Paseo de Sarasate sito en Iruñea, capital de todos los vascos:


El Monumento a los Fueros

Situado en el paseo de Sarasate de Iruñea, se erigió en los primeros años del siglo XX, en respuesta al desacato que supuso la pretensión del gobierno de España de suprimir lo poco que quedaba de la antigua soberanía de Navarra, hecho que generó una masiva protesta de la sociedad. Nacido como monumento reivindicativo, para muchos su vigencia continúa como tal. Financiado inicialmente por suscripción popular, aún está pendiente de inaugurar

Víctor Manuel Egia Astibia

Como consecuencia de la aplicación de la ley incorrectamente llamada paccionada, Navarra perdió en 1841 su estatus de reino independiente, con sus propias cortes, gobierno, tribunales y administración, para pasar a ser una provincia española. Apenas conservó un poco de autonomía, su propio régimen fiscal y algunas instituciones, como la Cámara de Comptos. En mayo de 1893 el ministro de Hacienda del gobierno de Madrid, Germán Gamazo, trató de eliminar cualquier resquicio del pasado de Navarra como estado y en el artículo 17 de su proyecto de presupuestos, trataba de aplicar a Navarra las mismas contribuciones que al resto de las provincias españolas. La reacción de la sociedad navarra fue inmediata y comenzaron a llegar protestas de todos los rincones del territorio, tanto de diferentes entidades políticas, como de personas particulares; muchas también afincadas fuera de Navarra.

De esta forma, el 4 de junio de 1893 hubo una multitudinaria manifestación que, a los gritos de ¡Viva Navarra! y ¡Vivan los Fueros!, abarrotó las calles de Pamplona, terminando en la sede del Gobierno Civil, que en aquel año se encontraba en la Casa Alzugaray del paseo de Valencia. Prácticamente la totalidad de ayuntamientos, asociaciones, partidos y periódicos navarros apoyaron la protesta.

En una población total que rondaba los 300 000 habitantes, se recogieron hasta 125 000 firmas, en un documento al que se dio el nombre de Libro de Honor de los navarros. La protesta, conocida como Gamazada fue, de esta forma, absolutamente generalizada y movilizó a gran parte de la población de Navarra. Un ejemplo, puntual pero muy significativo, de dicha protesta fueron los versos que el poeta popular José Jarauta Joselico escribió para la representación festiva anual del paloteado en la localidad ribera de Monteagudo y que muchos años después recogió y publicó el historiador Jimeno Jurío, versos musicados y grabados posteriormente por el grupo de música popular Ortzadar kantari taldea.

Pocos días después de la gran manifestación, el escritor y dramaturgo pamplonés residente en Madrid Fiacro Iraizoz Espinal publicó en prensa un artículo en donde proponía la realización “de un monumento que a la vez que sirva de ornato a la capital, sea el altar donde nuestros hijos aprendan a adorar las sagradas libertades de nuestras veneradas instituciones…”. Y planteaba que, si la idea era del pueblo, también la financiación debía ser por suscripción popular. De la misma forma y el mismo día, el médico agoizko Manuel Jimeno solicitaba, al menos, la colocación de una placa conmemorativa en la fachada del Palacio de Diputación. Tanto la Diputación Foral como el Ayuntamiento de Iruñea recogieron la idea de Iraizoz y para el 16 de junio anunciaron que debía llevarse a efecto la realización del monumento, que sería financiado por suscripción popular.

Financiado por aportación popular

Reunidos en el Nuevo Casino de la capital, presidentes de sociedades recreativas, de centros culturales, directores de periódicos, representantes de Diputación y de diversos consistorios, decidieron apoyar el proyecto y abrir la suscripción popular. La cuota mínima establecida fue de 25 céntimos y la máxima de 25 pesetas, con la intención de que pudieran participar en la misma individuos de cualquier condición. Solo se admitían donativos mayores a sociedades, entidades bancarias, ayuntamientos o a residentes en el extranjero, a los que se suponía más adinerados. 

Otro momento de gran apoyo popular fue cuando, en la soleada mañana del 12 de febrero de 1894, representantes de Diputación se dirigieron en comitiva a la estación del Norte, para tomar el tren y llevar a Madrid la protesta y el libro de Honor con las 125.000 firmas. La población de Pamplona se echó a la calle, aplaudiendo y vitoreando al cortejo, y la prensa local tituló la crónica del momento como 'Un día solemne'.

Rápidamente se promovió un concurso de proyectos para el monumento y, finalmente, se aprobó el presentado por el arquitecto pamplonés Martínez de Ubago en junio de 1894. Aunque inicialmente se pensó colocarlo en la plaza de la Constitución, actual Plaza del Castillo, finalmente se decidió hacerlo delante de la fachada principal del Palacio de Diputación. El 27 de noviembre de 1895 se retiró la fuente-surtidor existente en el lugar y se comenzaron las tareas de cimentación, tareas que resultaron dificultosas pues en el lugar, fosos de las antiguas murallas, todo era material de relleno y no se encontraba la base sólida para apoyar los cimientos.

El arquitecto Manuel Martínez de Ubago

Manuel Martínez de Ubago Lizarraga, el diseñador de la obra, nacido en Pamplona en 1869, había estudiado arquitectura en la Escuela Superior de Madrid, titulándose en 1892. En los apenas once años que residió en Iruñea, además del Monumento a los Fueros, hizo algunas hermosas viviendas, siempre en estilo ecléctico, con toques modernistas, como las de la calle General Chinchilla 6, José Alonso 4, San Nicolás 72, o fachadas de comercios, como la farmacia Blasco o la joyería Idoate, todos ellos actualmente en aceptable estado de conservación.

Sin embargo, una vez destituido en Madrid Germán Gamazo como ministro de Hacienda, y una vez eliminada la amenaza de extensión a Navarra de los impuestos y fiscalidad vigentes en provincias, el interés por la obra se desvaneció un poco. La suscripción popular fue decayendo en cuantía y no obtuvo la recaudación esperada, liquidándose lo conseguido con las primeras obras. Al no contar con fondos, el proyecto tuvo que ser paralizado a finales de 1898. Se discutía quien debía continuar con la financiación, si el Consistorio de la ciudad o la propia Diputación. En abril de 1900 ya se hablaba en prensa del “monumento inacabable”. Finalmente, fue Diputación quien decidió reanudar las obras, con el apoyo en la dirección de obra del arquitecto Florencio Ansoleaga. 

La Diputación aportó, en su presupuesto de 1900, diez mil pesetas, en el de 1901, veinte mil y setenta mil en el de 1902. El incremento del coste previsto se debía especialmente a las distintas estatuas que adornaban el monumento. En concreto, solo la estatua de la matrona, que iba a culminar el monumento, estaba presupuestada en 27.000 pesetas. Para los Sanfermines de 1903 se desmontó el andamiaje y, aunque aún faltaban algunos remates, en la columna superior del monumento quedó grabada una inscripción con el año de 1903 como fecha de acabado. El coste total había sido de 200.000 pesetas. Ya en la primavera de 1904 ya la opinión pública exigía una fecha para su inauguración, pero Diputación daba largas, diciendo que debía elegirse una fecha clave, aniversario de algún hito importante de la historia de Navarra. Además, las placas de bronce con los distintos textos reivindicativos a colocar en cada frente estaban tardando más de lo debido y Diputación consideraba que aún no se había terminado todo. Se barajó como fecha el aniversario del 4 de junio de 1893, día de la gran manifestación contra las medidas del ministro Gamazo y que dio comienzo a todo el proceso, proponiéndose incluso como día de celebración permanente: la Fiesta Anual de los Fueros.

Finalmente, el 17 de marzo de 1905 fueron colocadas las cinco placas de bronce, considerándose como terminada la obra, doce años más tarde del inicio de los acontecimientos que habían originado su construcción. Sin embargo, la inauguración oficial no llegaba, numerosos escritos en la prensa local lo requerían, pero nunca había respuesta. Tampoco se prestó demasiado interés en su mantenimiento y las cinco estatuas de su base pronto comenzaron a ennegrecerse, con las consiguientes protestas ciudadanas. También hay quien se quejaba de que las personas se sentaran en su base haciendo tertulia o los niños se columpiaran en las cadenas de sus escaleras, considerándolo como algo inapropiado, costumbre que, por cierto, permanece un siglo más tarde. En marzo de 1909 y cuando estaba en proyecto el adecentamiento de la plaza del Castillo, que costó la supresión de la hermosa fuente de la Beneficencia diseñada por Paret a finales del siglo XVIII, el teniente de alcalde del Consistorio pamplonés, Eustaquio de Echave, hizo una propuesta formal de trasladar el Monumento a los Fueros al centro de la citada plaza. La idea no contó con el apoyo necesario para llevarse a efecto.

De 23,40 metros de altura y con una base realizada en piedra de Tafalla

El estilizado monumento tiene una altura total de 23,40 metros y está apoyado sobre una base o zócalo pentagonal de 18 metros de diámetro y uno de altura, realizado en piedra de Tafalla, contando con cinco escalinatas entre las cuales penden férreas cadenas que simbolizan el escudo de Navarra. En el centro de esta base se apoya el primer cuerpo, pentagonal, de cinco metros de altura, realizado en mármol de Almandoz y que posee en cada uno de sus ángulos columnas coronadas por sendas esculturas, que simbolizan el trabajo, la paz, la justicia, la autonomía y la historia. Las esculturas fueron realizadas en piedra de Angulema (Angoulême) por el escultor marmolista pamplonés Ramón Carmona Urrutia, que precisamente había aprendido su oficio en un taller situado junto al monumento, en el número 4 del paseo.

Como curiosidad decir que esculpió las figuras en el improvisado taller del coso de la plaza de toros de la ciudad. Además, en cada uno de los frentes de este primer cuerpo hay una placa en bronce con un pequeño texto explicativo, quizás mejor, reivindicativo. Tres son en castellano, uno de ellos en vasco y otro también en lengua vasca, pero en alfabeto ibérico. Precisamente la realización de este último texto, encargado al jesuita Padre Fita y que era algo más complicado de realizar, fue lo que demoró casi un año la terminación del monumento, recibiendo, además, muchas críticas por el resultado final. Todas las placas fueron fundidas en la fundición Masriera y Campius de Barcelona. El valioso y explícito mensaje escrito en nuestro idioma dice: Gu gaurko euskaldunok gure aitasoen illezkorren oroipean bildu gera legea gorde nai degula erakusteko, en castellano Nosotros los vascos de hoy nos hemos reunido aquí en memoria (recuerdo) de nuestros antepasados inmortales, para proclamar (mostrar) que queremos guardar nuestra ley. 

Por encima de este cuerpo, una columna pentagonal en piedra de la cantera de Lete, muestra en sus caras los escudos de las capitales de merindad, Estella, Sangüesa, Olite, Tudela y Pamplona/Navarra. Una columna de mármol rojo de Aizkorbe, con capitel está ornada con una pequeña placa en bronce que señala el año de construcción 1903 y sostiene la figura que culmina el monumento: la matrona foral. La estatua de bronce, también fundida en la barcelonesa Masriera, de cinco metros y medio de altura y tres mil kilos de peso, muestra a una mujer vestida al modo clásico, alegoría de Navarra, coronada en recuerdo al reino que fue. Lleva en su mano diestra una cadena rota, símbolo de la libertad conquistada y en la izquierda un pergamino que proclama la Ley Foral.

Su autor fue José María Martínez de Ubago, hermano de Manuel, que había diseñado el conjunto del monumento. Para ello utilizó como modelo a la joven pamplonesa Rosa Estefanía Oteiza que, se dice, fue pareja del autor, con el que tuvo tres hijos extramatrimoniales y a la que posteriormente abandonó. La rocambolesca historia de Rosa y el autor de la figura, ha sido contada y publicada por autores como Patxi Abasolo o Joseba Asiron, con algunas pequeñas variantes sujetas a sendas interpretaciones. En cualquier caso, la joven modelo, no reconocida como tal y olvidada durante muchos años, está ahora recuperando su protagonismo y dignidad. 

Y como decíamos, tras su finalización, solo quedaba pendiente que las autoridades procediesen a su inauguración. Se llegó a preparar la ceremonia, se acuñaron medallas conmemorativas, pero el tiempo pasaba y no se llevaba a cabo. Los avatares políticos a lo largo de todo el siglo XX hicieron que las autoridades navarras y pamplonesas nunca mostraran un interés especial en hacerlo. Al cumplirse su centenario, ya iniciado el siglo XXI, se sometió el monumento a un remozado, limpieza y restauración. Hubiera sido el momento de retomar el tema de su inauguración. Pero el gobierno de UPN, con su entonces presidente Miguel Sanz al frente o la alcaldesa Yolanda Barcina del mismo partido, nunca lo tuvieron entre sus intenciones. Con la llegada en 2015 del nuevo gobierno de Geroa Bai se pensó que había llegado el momento... pero tampoco se hizo. Sigue sin ser inaugurado, aunque para muchos no por eso sea menos valorado, como símbolo de lo que fuimos y aún luchamos por recuperar.

 

 

 

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lunes, 26 de enero de 2026

Lertxundi | Soberanía, Autodeterminación y Violencia Selectiva

Los jeltzales están muy molestos porque, según ellos, Sortu no desplegó la ikurriña en un acto reciente, mostrando solo la bandera navarra y el Arrano Belta, siendo lo anterior una mentira pues en todos sus actos la izquierda abertzale coloca las tres banderas en lugares bien visibles. 

Como lo dijimos anteriormente en este blog de la diáspora vasca y para la diáspora vasca, Euskal Herria tiene una historia de identidad y resistencia tan rica y tan profunda que a diferencia de otros pueblos buscando autodeterminación, el nuestro tiene banderas de las cuáles escoger.

También andan muy molestos los sociatas, quienes esgrimen como argumento que la izquierda abertzale no ha contribuido al avance de los derechos sociales y laborales de la clase trabajadora vasca, lo cual resulta falso pero no por lo que Eneko Andueza quiere dar a entender, sino por no ha sido solo el pueblo vasco el beneficiario del avance de dichos derechos, sino todos los pueblos del estado español, algo de lo que no pueden presumir los sociatas.

Así que, aclarado lo anterior, les presentamos este artículo de opinión publicado en la sección Iritzia de Naiz:


Soberanía, autodeterminación y violencia selectiva: una lectura nabarra del derecho de los pueblos 

Nestor Lertxundi

I. Nabarra y la confusión contemporánea

Existe una confusión profundamente arraigada en el lenguaje político y mediático cuando se habla de Nabarra. Para unos es una comunidad autónoma o una provincia española; para otros, una provincia más dentro de Euskal Herria. Ambas definiciones, sin embargo, comparten un mismo error de base: ninguna responde a lo que históricamente ha sido Nabarra.

Nabarra no nace como una provincia ni como una entidad cultural subordinada, sino como un Estado europeo con continuidad histórica, instituciones propias, derecho público y una proyección territorial definida durante siglos.

La desaparición de Nabarra del mapa político no fue el resultado de una decisión democrática ni de un proceso natural, sino de una ocupación progresiva y compartida por las monarquías española y francesa, con la legitimación ideológica del Vaticano, que fragmentó su territorio y anuló su soberanía.

El espacio histórico nabarro, documentado en fuentes medievales y modernas, se extendía desde Calatayud hasta Foix, desde Toulouse hasta las cercanías de Bordeaux, y alcanzaba el litoral occidental hasta Castro Urdiales. Reducir hoy Nabarra a una comunidad administrativa contemporánea es un ejercicio de amnesia histórica deliberada.

Nombrar correctamente a Nabarra no es un gesto identitario ni folclórico: es un acto de precisión histórica y de honestidad política.

II. Nabarra como sujeto político preestatal

Antes de la consolidación del Estado moderno centralizado, el espacio baskón-nabarro desarrolló formas de organización política basadas en la comunidad vecinal. El auzo no era únicamente una unidad social, sino una institución con significado jurídico y político. La auzokrazia (termino que surge dentro del paradigma nabarro en sustitución del conocidísimo democracia prostituido y corrompido), constituía un sistema de autogobierno en el que las decisiones fundamentales eran adoptadas por la comunidad, y los cargos −como el auzapeza− eran elegidos por los propios vecinos, sin mediación de poderes externos.

Este modelo no responde a una idealización romántica del pasado, sino a una constatación histórica: la soberanía no residía en un centro abstracto, sino en la comunidad organizada.

La ruptura de este sistema no se produce de forma natural, sino como consecuencia de procesos de imposición externa: la cristianización apostólica romana, la introducción de estructuras patriarcales jerárquicas y, posteriormente, la conquista militar y jurídica. A partir de ese momento, la fragmentación comunal se consolida también en el plano legal, desplazando la soberanía del auzo al aparato estatal.

Lejos de desaparecer, el sujeto político baskón se rearticula históricamente. Tras las invasiones visigodas y otros procesos de presión externa, emerge primero en el ámbito pirenaico, luego en el Reino de Iruñea y finalmente bajo el Reino de Nabarra. No se trata de fundaciones ex nihilo, sino de reconfiguraciones sucesivas de un mismo cuerpo político que conserva una lógica propia diferenciada del Estado moderno homogéneo.

III. Lengua, prohibición y poder

La primera prohibición conocida y documentada del uso del uskara en Nabarra ocurre en Huesca y data del año 1349. En ese año, el concejo o ayuntamiento de Huesca emitió unas ordenanzas municipales que prohibían a los intermediarios del mercado (los corredores o corredors) usar el uskara (llamado entonces basquenç) en las transacciones comerciales en el mercado de la ciudad, junto al árabe y al hebreo, imponiendo el uso del romance aragonés bajo multa de 30 sueldos si no se cumplía.

Esta ordenanza de 1349 es considerada la primera regulación explícita contra el uso de la lengua de Nabarra en un ámbito público documentado en la historia europea.

Este trabajo propone una lectura crítica de dicha paradoja desde un marco histórico y político específico: Nabarra, entendida no como una invención decimonónica ni como un residuo folclórico, sino como un sujeto político preexistente, dotado de formas propias de organización comunitaria, jurídica y territorial.

IV. Euskal Herria como espacio plural

A partir de este marco, se plantea una reflexión sobre Euskal Herria no como Estado homogéneo, sino como espacio lingüístico, cultural y político plural, históricamente compuesto por múltiples comunidades con denominaciones, instituciones y grados de autonomía diferenciados.

Euskal Herria ha sido frecuentemente reducida a un mapa etnográfico o administrativo, especialmente desde las clasificaciones lingüísticas del siglo XIX. Sin embargo, en términos históricos y filológicos, Euskal Herria designa ante todo la tierra del euskara, no un Estado unitario ni una nación homogénea. Esta distinción es fundamental para comprender la pluralidad interna del espacio vasco.

Las fuentes literarias y testimoniales muestran una diversidad de denominaciones territoriales que coexisten sin anularse: Gipuzkoa es nombrada como Euskel Herria, la Alta y Baja Nabarra como Uskal Herria, Lapurdi como Heskual Herria, Zuberoa como Üskal Herria. Estas denominaciones no son meras variantes dialectales, sino expresiones de comunidades políticas concretas insertas en un mismo continuo lingüístico.

Autores como Axular, al referirse a «Euskal herria da; Araba, Bizkaia, ipuzkoa... eta bertze aunitz gehiago», o expresiones populares como el bertso atribuido a Xempelar −gu gara Euskal Herriak− apuntan a una concepción plural del sujeto colectivo. Euskal Herria no aparece como un Uno indivisible, sino como una constelación de pueblos y territorios unidos por la lengua, pero no subsumidos en una soberanía nacional única.

Esta pluralidad entra en tensión con los proyectos nacionalistas modernos, que tienden a homogeneizar símbolos, relatos y fronteras. La identificación entre nación, Estado y símbolo produce una neutralización de la diversidad interna y una despolitización de las formas comunales históricas.

V. La autodeterminación como ficción jurídica y la violencia interna

El llamado «derecho de autodeterminación de los pueblos» se presenta habitualmente como un principio jurídico universal, pero en la práctica funciona como una falsedad puesta sobre el papel, un enunciado vacío destinado a contentar a no se sabe bien quién, sin voluntad real de aplicación coherente.

Si un pueblo pretende autodeterminarse de forma efectiva −da igual la vía concreta, porque el derecho a hacerlo es previo− y aplicar políticas sociales y económicas propias, necesariamente distintas de las de las supuestas «democracias» que lo mantienen sometido, entra de inmediato en una zona de conflicto real.

La experiencia histórica demuestra que la autodeterminación solo es tolerada cuando no altera las estructuras económicas, geopolíticas y de poder preexistentes. Un pueblo puede ser autorizado a independizarse si mantiene las mismas políticas esclavistas de su antiguo colono; pero si pretende salirse de la rueda, romper con el negocio y alterar los equilibrios materiales, será aplastado.

Por ello, la autodeterminación no se decide en el plano moral ni jurídico, sino en el plano de la correlación de fuerzas. Para autodeterminarse de verdad no basta con la razón ni con el derecho: se necesita capacidad material de defensa, un ejército potente y apoyos internacionales fuertes y leales, es decir, compañeros de lucha.

En ausencia de estos elementos, el derecho de autodeterminación queda reducido a una consigna retórica.

En este marco, el ejercicio histórico de la autodeterminación revela un patrón selectivo: Estados que acceden a la independencia invocando dicho derecho tienden, una vez constituidos, a negarlo a sus propias minorías internas. Esta contradicción no es accidental, sino estructural: el Estado moderno requiere homogeneidad territorial, lingüística y política para su funcionamiento.

VI. Experimento mental: autodeterminación y dominación interna

En este contexto, cabe plantear un experimento mental: supongamos que Nabarra reconoce la soberanía de un nuevo Estado de Euskal Herria. En el interior de este Estado recién creado, determinadas comunidades −por ejemplo, Roncal o Trebiñu− reclaman su propia autodeterminación o son objeto de represión por razones políticas, culturales o lingüísticas.

Si dicha represión deriva en crímenes de lesa humanidad contra población civil, la cuestión deja de ser territorial y pasa a ser ética y política.

El problema central no es la legitimidad inicial de la independencia, sino la conducta del nuevo Estado frente a sus comunidades. Cuando la autodeterminación se convierte en instrumento de dominación interna, pierde su carácter emancipador y reproduce las lógicas que pretendía superar.

VII. Soberanía, protección de civiles y límites del Estado

La soberanía estatal no puede ser entendida como un escudo absoluto frente a la responsabilidad política. La protección de la población civil constituye un límite material a la soberanía. Cuando un Estado no solo es incapaz de proteger a su población, sino que se convierte en agente de violencia sistemática, se rompe el fundamento mismo de su legitimidad.

Desde esta perspectiva, el papel de Nabarra no sería el de un poder intervencionista que niega la soberanía de Euskal Herria, sino el de un actor político que reconoce que la soberanía no puede ejercerse contra las personas. La prioridad no es la integridad territorial ni la coherencia simbólica del Estado, sino la vida, la dignidad y los derechos de las comunidades concretas.

Este enfoque desplaza el eje del debate: no se trata de decidir quién tiene razón histórica sobre un territorio, sino de establecer si un proyecto estatal puede justificarse cuando se sostiene sobre la violencia contra parte de su propia población.

Si hacemos un análisis de la autodeterminación selectiva muestra que la independencia, por sí sola, no garantiza ni la justicia ni la libertad. Sin estructuras políticas que reconozcan la pluralidad interna y sin límites efectivos al poder estatal, todo nuevo Estado corre el riesgo de convertirse en un nuevo opresor.

La soberanía, en última instancia, no puede situarse por encima de las personas. Allí donde un Estado −viejo o nuevo− ejerce violencia contra sus propias comunidades, pierde la legitimidad que dice defender. Desde esta premisa, la tradición política nabarra ofrece no una nostalgia del pasado, sino una herramienta crítica para repensar el futuro de los pueblos y sus derechos.

 

 

 

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martes, 13 de enero de 2026

El Bronce del Príncipe

Aprendamos detalles interesantes de la historia del Reino de Navarra recurriendo a este reportaje que nos ofrece una visión más clara de la estatua del Carlos de Trastámara, el Príncipe de Viana, en Eriberri.

Aquí lo traemos a ustedes desde las páginas de Naiz: 


Los enigmas de la escultura de bronce del Príncipe de Viana en Erriberri

El Príncipe de Viana es la figura más singular del independentismo navarro. Un hombre de letras llamado a encarnar la pena de la pérdida del reino. Erriberri ha colocado su retrato en bronce junto al Palacio. Un viejo profesor le ha dado forma y lo ha cargado de enigmáticos símbolos.

Aritz Intxusta

La plaza de Erriberri tiene un viandante más, una figura broncínea de metro ochenta que viste ropajes renacentistas y que lleva en una mano un libro y en la otra, una máscara de carnaval. También lleva un galgo, una extraña cruz con flores de lys y un curioso símbolo en el gorro. Parece –y lo está siendo– un atractivo turístico más, pero lo más interesante es cómo y por qué llegó hasta ahí. 

Primero, lo prosaico. La alcaldesa de Erriberri Maite Garbayo (2019-2023) tanteó a Jesús Ukar sobre la posibilidad de una estatua así, después de ver el busto a Sancho Garcés que el escultor tiene en Villamayor de Monjardín. La escultura ha costado 40.000 euros, 10.000 de los cuales han salido del ayuntamiento y el resto, de una enmienda presupuestaria de Geroa Bai.

A partir de aquí, lo interesante. Todo ese dinero se ha destinado a la compra de materiales y, principalmente, a la fundición. El escultor ha trabajado gratis.

Lo significativo es que el representado nunca fue el gran señor del palacio que tiene detrás, pues quien engrandeció el castillo y lo convirtió en sede real es Carlos III. La escultura se corresponde con la del Príncipe de Viana, Carlos de Trastámara y Évreux, nieto del anterior y que también habitó el palacio.

Ukar nunca había esculpido una figura realista tan grande. La de Villamayor es a tamaño natural también, pero solo un busto, no una figura de cuerpo entero.

El encargo suponía un reto, pero el artista tenía tablas. Estudió escultura en Valencia, pero pronto se sacó las oposiciones como profesor de Instituto y, ocho años después, la cátedra. Luego vino una tesis doctoral sobre estelas discoideas y una especialidad en Leioa en Conservación y restauración.

Las clases le llevaron al instituto de Barañain, Iturrama, Zangoza, Martzilla, ocho años como inspector de Educación y, después, la Escuela de Arte de Iruñea. Finalmente, la jubilación. 

En este tiempo, Ukar había ido dejando de lado los cinceles por las pinturas. «La escultura es un lenguaje bastante caro. Cualquier cosa necesita una infraestructura bastante grande. Si quieres trabajar en tamaño real, fíjate lo que tienes que invertir solo en materiales. Aunque sea piedra, ya necesitas una gran nave, un puente grúa...», comenta el escultor.

De ahí que, para expresar algo, los artistas recurran al pincel. En el caso de Ukar, la realista o hiperrealista con alguna que otra excepción (el citado Sancho Garcés, un busto de Einstein para el instituto de Marcilla...). Porque la escultura de gran formato, prácticamente, solo se ejecuta cuando hay un encargo. 

Dando por bocetados artista y propuesta, lo primero que hizo fue documentarse. «Tuve que estudiar a fondo al personaje, conocerlo bien. Hay que elegir un momento vital y despreciar otras situaciones: puede ser un joven, un niño. La decisión es difícil». 

Carlos nunca fue rey de Nafarroa, pues a la muerte de su madre, Blanca, su padre se lo impidió para poder continuar como monarca consorte. El Príncipe de Viana tardó en plantar cara a su padre, Juan II el Usurpador, y cuando por fin reclamó el trono, perdió la guerra civil entre partidarios de uno y de otro.

Nafarroa inició así un declive que acabaría facilitando la conquista del reino por parte, precisamente, del hijo de la segunda esposa del Usurpador, Fernando el Católico.

«El Príncipe de Viana tenía una biblioteca con más de 120 libros, que es un dato altísimo para la época. Era un gran lector y, además, tradujo 'Ética de Artistóteles'», indica Ukar que se sirvió, entre otros trabajos, de 'El hombre que pudo reinar' de Mikel Zuza o las investigaciones de Manuel Iribarren y Eloísa Ramírez. 

La figura de este humanista desgraciado, su mujer murió joven y sin dejarle descendencia, siempre ha fascinado a los amantes de la historia, pues encarna ese trágico final de la independencia navarra. Murió a los 40 años, supuestamente envenenado por su propio padre. 

El proceso escultórico nació, tras los primeros diseños, en forma de esqueleto de acero corrugado que, con la ayuda y apoyo del herrero Carlos Pascual, sostuvo la malla sobre la que surgió, en arcilla, el Príncipe. 

La figura se llevó a Madrid, donde una fundición especializada hizo por partes un segundo Carlos de Evreux, pero en cera. Para ello se crearon dos moldes, interior y exterior, para verter sobre ellos el bronce líquido. Porque la figura está hueca.

El bronce derritió a la cera y dio así origen a la figura que, desde el 11 de diciembre, simula pasear por la plaza de Erriberri. 

Ukar lo ha reivindicado al príncipe-rey con algunos de los elementos que lo distinguen. Lleva un libro en la mano derecha que lo señala como intelectual. Viste un traje renacentista trabajado al detalle, pues el de Nafarroa no es un reino que se extinguiera en el medievo. «Cuando muere Carlos, Leonardo da Vinci tiene nueve años», precisa el autor. 

En lugar de corona, lleva la cabeza cubierta con un gorro con el símbolo que le gustaba emplear, el lazo eterno.

Otro detalle que revela el artista es el del lebrel que luce en una cinta bajo un escudo pomelado. Era común que se le representara junto a este animal, debido a que su abuelo Carlos III, había creado la orden del Lebrel Blanco. «Sale acompañado de lebreles, pero la mayoría están tumbados. Yo he querido incluir uno, pero que estuviera de pie».

En la parte inferior de esa banda aparece la cruz de una de las monedas que llegó a acuñar, que hoy son codiciadísimas por coleccionistas del mundo entero, pues en ellas no se reivindica como rey, sino como Príncipe y eso es insólito en numismática.

En particular, la escultura de la plaza de Erriberri está pensada para dialogar con el retrato más conocido del Príncipe de Viana, el de Moreno Carbonero.

«Él lo representó sentado, con la vista perdida, cansado, derrotado. Hay un libro delante, en un facistol, pero ni siquiera lo lee. Parece casi al borde de la locura. Artísticamente, a ese retrato no le quito nada, pero es una visión del Príncipe desde Madrid. Casi parece que los navarros deberíamos de dar las gracias a Fernando el Católico por quitarnos de encima un rey así», comenta. 

Frente a un loco alicaído, el Príncipe de bronce de la plaza de Erriberri luce decidido y diferente. Y porta, además, un segundo e intrigante elemento: la máscara. 

«Quizá esta sea la idea más bonita. Sabemos que, con 16 años, hizo una pieza teatral para su madre, Blanca. Los historiadores han encontrado los apuntes de los gastos en los que incurrió. Y sabemos, además, de otra segunda obra teatral. Esta todavía más trascendente», indica Ukar.

«Al morir su madre, invitó a su padre y a su nueva esposa Juana Enríquez [la madre de Fernando el Católico, hija de un almirante castellano] al Palacio Real de Tafalla. Ahí, representó una obra teatral que hablaba de los doce pares de Francia, varios de ellos de la misma sangre que Carlo Magno y familia de la que provenía el propio Príncipe», explica el escultor.

El Usurpador, sin embargo, debió de enfadarse mucho pues, de algún modo, el hijo reivincaba que su sangre real no era la de los Trastámara, sino la navarra, y que estaba por encima de la de Enríquez. «En la guerra no ganó a su padre, pero con el teatro le humilló. La desgracia es que los poderes bélicos siempre se imponen a los culturales».

Queda, pues, solo ya por resolver por qué la máscara del Prínicipe es como es. «Elegí una de las máscaras del carnaval de Unanu, pues se estima que son del siglo XII y, ya que había que elegir una máscara, quise que fuera una que representara la cultura propia».

 

 

 

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jueves, 8 de enero de 2026

Matrimonios Medievales Estratégicos

En ocasiones anteriores, en este mismo blog, hemos expresado nuestro agradecimiento al escritor Mark Kurlansky por haber puesto a Euskal Herria en el mapa con la publicación de su libro "La historia vasca del mundo" (The Basque History of the Wolrd). 

Sin embargo, como también ya hemos hecho antes, volvemos a presentar evidencia histórica con respecto a su aseveración de que los vascos nunca en su devenir han contado con una entidad político-territorial propia.

En expresar lo anterior, el buen Kurlansky se saltó por completo la historia del Reino de Navarra, antes Ducado de Pamplona, constructo político al que diesen vida los vascones, gentilicio con el que se denominaba al pueblo hoy conocido como vascos.

Dicho lo anterior, recomendamos la lectura de este reportaje publicado por Naiz:


Alianzas matrimoniales, la estrategia política de Nafarroa para tener un lugar propio en Europa

Las alianzas matrimoniales que concertaron los últimos reyes de la dinastía Jimena fueron la estrategia política del reino de Nafarroa para encontrar un lugar propio en Europa, según recoge el historiador Francesco Puzzo en la tesis doctoral que ha defendido en la UPNA.

Pello Guerra

Con el objetivo de encontrar un lugar propio en Europa para Nafarroa, los últimos reyes de la dinastía Jimena aplicaron una política de alianzas matrimoniales que les permitió establecer lazos con los reinos de Sicilia e Inglaterra, y el condado de Champaña, según recoge el historiador Francesco Puzzo en la tesis doctoral que ha defendido en la UPNA.

¿Qué empujó a un siciliano a dedicar su tesis a las redes familiares normandas y sicilianas en la monarquía navarra entre los siglos XII y XIII? Según explica a NAIZ, todo comenzó hace nueve años, cuando encontró «por casualidad un artículo de la investigadora siciliana Laura Sciascia sobre la regencia siciliana de Blanca, futura reina de Navarra, entre 1402 y 1415», y que incluía «un breve pero sugerente preámbulo dedicado a una ‘historia en femenino’ de la monarquía siciliana».

En ese texto, Sciascia exploraba «el comienzo de las relaciones históricas entre Navarra y Sicilia a través de la figura de Margarita, hija de García Ramírez ‘el Restaurador’, reina consorte de Sicilia por su matrimonio con Guillermo I de Hauteville y posteriormente regente del reino en nombre de su hijo, Guillermo II, en la segunda mitad del siglo XII».

Siendo Puzzo siciliano y al estar casado con una navarra, «me sentí inmediatamente atraído por el tema y decidí entonces escribir a la profesora Eloísa Ramírez Vaquero, catedrática de la Universidad Pública de Navarra».

Y así se embarcó en una investigación doctoral centrada en las alianzas matrimoniales establecidas por Nafarroa en el periodo que va de 1134 a 1234, es decir, el correspondiente a los reinados de los tres últimos soberanos de la dinastía Jimena: García Ramírez, Sancho VI el Sabio y Sancho VII el Fuerte.

Fue un siglo en el que se establecieron unas alianzas a través de bodas que el historiador considera que tenían «un hilo común: la necesidad del reino de Navarra de encontrar su propio lugar, una razón de ser dentro del contexto ibérico y europeo».

Esa política fue iniciada por García Ramírez, soberano de la Nafarroa que había conseguido separarse de Aragón a raíz de la muerte de Alfonso el Batallador en 1134 y que por ese motivo fue conocido como ‘el Restaurador’.

El nuevo rey «comprendió la dificultad de mantener un equilibrio político con las potencias ibéricas, Castilla y Aragón», y que «el débil reino que gobernaba se presentaba como una presa fácil para las ambiciones territoriales y de prestigio de sus vecinos, entonces en plena expansión».

Ante esa situación, «la única solución viable parecía ser doble. Por un lado, reforzar los vínculos familiares y de vasallaje con las casas reinantes ibéricas, en particular con Alfonso VII de Castilla. Y por otro, proyectar al reino hacia un horizonte más amplio, más allá de los equilibrios locales, que legitimara la autonomía de Pamplona y su papel dentro de un marco europeo y mediterráneo».

Un matrimonio diseñado por Rotrou de Perche

En ese empeño, Puzzo señala que «la proximidad geográfica y familiar de García Ramírez con el mundo ultrapirenaico, ya que su primera esposa era la noble normanda Margarita de L’Aigle, sobrina del tenente de Tudela Rotrou II, conde de Perche, orientó naturalmente esa apertura hacia el reino franco, de donde también procedían los nuevos señores de Sicilia, los normandos Hauteville». Y de ese entramado, nació «la vocación ‘europea’ del reino de Navarra».

Siguiendo ese modo de proceder, García Ramírez casó a su hija Margarita con Guillermo, hijo del rey siciliano Roger II de Hauteville. Un matrimonio que el historiador considera que «no fue fruto de una simple coincidencia dinástica, sino la culminación de una estrategia cuidadosamente diseñada y cuyos orígenes se remontan a la figura de Rotrou de Perche».

¿Quién era el cerebro de esa operación? El historiador explica que este noble normando, tío político del rey, «actuó como su principal aliado y artífice del proyecto que permitió restaurar la monarquía pamplonesa en 1134, tras la muerte sin herederos de Alfonso I de Aragón».

Rotrou había combatido en la Primera Cruzada y mantenía una red de contactos con los linajes normandos establecidos en el sur de Italia, los Hauteville. Y comprendió que «la supervivencia de la monarquía restaurada dependía de su capacidad para tejer alianzas que garantizaran protección y reconocimiento, tanto en la península como en el ámbito europeo».

De ahí que, siguiendo sus consejos, la política matrimonial de García Ramírez tuviera una doble lógica. Por un lado, consolidar lazos con Castilla, a través de los matrimonios de sus hijos Sancho y Blanca con descendientes de Alfonso VII. Y por otro, «el matrimonio de Margarita Garcés con Guillermo de Sicilia respondía a una segunda estrategia, profundamente anclada en los equilibrios dinásticos del momento».

Este matrimonio de la princesa Margarita reportaba grandes ventajas a la Corona navarra, ya que «Sicilia, convertida en reino por concesión papal en 1130, gozaba de la protección de la Santa Sede y de una posición privilegiada en el Mediterráneo». Y para García Ramírez, estrechar lazos con Palermo,  «significaba acercarse a Roma, que había negado la legitimidad de su acceso al trono navarro. Así, el matrimonio de su hija no solo fortalecía la dinastía Jimena, sino que también devolvía a Navarra un papel activo en el tablero político europeo».

La operación diplomática de la boda de Berenguela

Cuando Sancho VI el Sabio se hizo con el trono de Nafarroa en 1150 como sucesor de García Ramírez, mantuvo esa política de alianzas matrimoniales internacionales casando a su hija Berenguela con Ricardo Corazón de León, duque de Aquitania y rey de Inglaterra.

Puzzo destaca que este enlace fue el punto culminante de «un largo proceso de acercamiento entre la monarquía navarra y la casa Plantagenet, que compartían intereses estratégicos en la frontera pirenaica y en el suroeste francés», ya que en esa época, los dominios continentales de Londres llegaban hasta la muga navarra.

Así que la unión de Ricardo, duque de Aquitania antes que soberano inglés, con la princesa navarra «ofrecía una oportunidad única para asegurar la estabilidad en las tierras de Ultrapuertos y garantizar el reconocimiento navarro en la gran política europea».

En virtud de la misma, «Navarra ofrecía apoyo militar y control sobre los pasos pirenaicos —clave para la defensa de Aquitania—, mientras que Ricardo aportaba prestigio y protección internacional. No es casual que la dote de Berenguela incluyera precisamente los castillos de San Juan de Pie de Puerto y Rocabruna, símbolo tangible de la autoridad navarra en Ultrapuertos».

Por todo ello, el historiador considera que la alianza alcanzada a través de ese matrimonio fue «una operación diplomática cuidadosamente calculada que situó de nuevo al pequeño reino pirenaico en el centro de la política europea y marcó la entrada definitiva de Navarra en el juego de las grandes potencias europeas del siglo XII».

Un enlace para acercarse a Francia

Como en los casos de su abuelo y su padre, Sancho VII el Fuerte, cuando se hizo con las riendas del reino en 1194, continuó con los enlaces políticos. En su caso, se trató de su hermana Blanca, que terminó casándose con el conde Teobaldo III de Champaña, un matrimonio que Puzzo apunta que «debe entenderse dentro del nuevo equilibrio político europeo tras la muerte de Ricardo Corazón de León», ocurrida en 1199.

Ese fallecimiento conllevó «la inestabilidad de Aquitania y el progresivo debilitamiento del poder angevino en el continente», lo que obligó a Nafarroa «a reorientar su diplomacia hacia Francia, que bajo Felipe II Augusto se había consolidado como la potencia hegemónica».

Esa alianza matrimonial con Champaña ofrecía múltiples ventajas, según explica el historiador. En primer lugar, «acercaba la monarquía navarra a la órbita francesa sin romper del todo los lazos con la casa de Aquitania, ya que Teobaldo era nieto de Leonor de Aquitania y, por tanto, mantenía viva la conexión con la red político-familiar que Sancho VI había cultivado».

Y en segundo lugar, «la unión reforzaba el prestigio internacional de Navarra al vincularla con uno de los condados más prósperos, cohesionados y culturalmente influyentes del reino de Francia». Por lo tanto, fue «un movimiento diplomático prudente y visionario».

Tras conocer los motivos políticos de los enlaces, queda por analizar qué papel llegaron a jugar esas princesas navarras en sus respectivos dominios. Y al respecto, Puzzo explica que «no fue pasivo. Al contrario, trataron de influir directamente en la escena política, dentro de los límites que se les impusieron, contribuyendo a la construcción de una ‘memoria familiar de la realeza’ en la que la reivindicación de sus orígenes ocupaba un lugar destacado. Su influencia en la política y sociedad de los territorios a los que fueron destinadas parece mucho mayor de lo que dejan entrever las fuentes directas».

La llegada de ‘reyes de lejanas tierras’

Aunque a través de estos matrimonios Nafarroa logró situarse en el tablero europeo, esta política tuvo un efecto especialmente directo y que fue la llegada a la monarquía navarra de ‘reyes de lejanas tierras’. Así se acuñó el advenimiento de la dinastía de Champaña a Iruñea tras fallecer Sancho VII el Fuerte en 1234 sin un heredero directo. Así que «lo que inicialmente fue una política de fortalecimiento internacional, terminó facilitando la entrada de una nueva dinastía extranjera en el trono navarro».

El historiador considera que la llegada de los Champaña y posteriormente de los Evreux «reforzó la influencia francesa en la corte y en la administración del reino», lo que «limitó la autonomía de Navarra, que pasó a verse cada vez más implicada en los intereses y conflictos de la política francesa, alejándose en parte de sus propias dinámicas internas y de su entorno ibérico».

Sin embargo, tuvo como efectos positivos no solo fortalecer la posición de Nafarroa en el continente, sino que favoreció «los intercambios culturales y económicos, contribuyendo a una cierta apertura del reino hacia Europa occidental».

Por lo tanto, los cien años que van entre 1134 y 1234 supusieron «el inicio de un proceso político y cultural hacia Europa» al situar al reino de Nafarroa en «una red de relaciones internacionales más amplias que comenzó a reflejarse también en la vida cultural» y que le integró, además, «en las corrientes comerciales del mundo mediterráneo».

 

 

 

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viernes, 18 de abril de 2025

El TAN Españolísimo

El españolismo navarrico lo vuelve hacer.

Dos instituciones - ambas con la nomenclatura Navarra en su designación - lanzan otra embestida en contra de la simbología de Euskal Herria, sin interesarles el pasado histórico y la identidad navarra de las otras cinco herrialdes que se muestran en el escudo; Araba, Gipuzkoa, Bizkaia, Lapurdi y Zuberoa.

Aquí lo que nos informa Gara:


El TAN ordena a Gares retirar una talla con el emblema de Euskal Herria

El Tribunal Administrativo de Nafarroa (TAN) ha ordenado al Ayuntamiento de Gares retirar una talla con simbología de Euskal Herria tras una denuncia de UPN. El mismo tribunal ordenó borrar el escudo de Euskal Herria al Consistorio de Atarrabia y también quitar banderolas de los presos en Etxarri Aranatz.

El Tribunal Administrativo de Nafarroa (TAN) ordenó ayer al Ayuntamiento de Gares retirar una talla de madera con el emblema de Euskal Herria y un lauburu ubicados en las dependencias municipales, tras un recurso que interpuso UPN.

En una nota, el partido de Cristina Ibarrola celebró esta resolución al considerar que se estaba vulnerando «el principio de neutralidad y objetividad de las administraciones públicas». A juicio de UPN, la colocación de esos símbolos suponía «utilizar mobiliario y medios públicos para proclamar una idea partidista».

Pese a que el Consistorio de Gares, en manos de EH Bildu alegó que no había tal connotación política al ser obsequios y recuerdos, el TAN ha resuelto que «su simbología política trasciende a la proyección ornamental, cultural o deportiva que se puede atribuir a una pequeña talla de madera expuesta en un rincón en el suelo de las instalaciones municipales».

De esta manera, el TAN ha llegado a la conclusión de que la colocación del emblema y el lauburu «constituye una manifestación como posicionamiento en favor de una posición política» que, argumenta el tribunal, «supone vulneración del deber de neutralidad política que resulta exigible a los poderes públicos».

«Las dependencias del Ayuntamiento de Puente La Reina deben contener solo los símbolos oficiales que nos representan a todos y no aquellos que nos pretenden dividir e imponer una nación que no existe», señaló UPN.

Antecedentes

En marzo de 2022, el TAN ordenó al Ayuntamiento de Atarrabia que borrara el escudo de Euskal Herria colocado en el frontón municipal de esta localidad de Iruñerria, al admitir un recurso presentado por UPN.

La colocación del escudo en el frontón fue recurrida por el comité local de UPN de Atarrabia «al entender que vulnera el deber de neutralidad política de los poderes públicos y de servir con objetividad los intereses generales».

Dos años después, en concreto en marzo del año pasado, el Tribunal Superior de Justicia de Nafarroa rechazó el recurso presentado por el Ayuntamiento de Atarrabia contra una sentencia dictada en septiembre de 2023 por el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo nº 2 de Iruñea, que a su vez había avalado una resolución del TAN.

El TSJN utilizó entonces el mismo argumento, al considerar «una manifestación como posicionamiento en favor de una determinada posición política que supone la vulneración del deber de neutralidad política que resulta exigible a los poderes públicos», para confirmar la sentencia, e impuso al Consistorio la supresión o el borrado del escudo.

Así, el tribunal señaló que enviaba un mensaje visual «cargado de significados». y una parte de ellos «se encuentra muy lejos de limitarse a una designación de realidades meramente históricas, culturales o deportivas».

Además, la semana pasada, el propio TAN estimó otro recurso presentado por el concejal de UPN en Etxarri Aranatz, Juan Frommknecht, contra la colocación de banderolas por los derechos de los presos vascos en farolas del alumbrado público del municipio.

Según aseguró UPN en una nota de prensa, estas banderolas «llevaban un lema de apoyo a los presos vascos», en referencia al término «etxera», y estaban instaladas en las farolas de entrada a la localidad.

 

 

 

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sábado, 1 de marzo de 2025

Un Bosque que Protege y Aísla

De la mano de la Mano de Irulegi el autor de este texto publicado en el portal de El Confidencial explora la identidad vasca.

Disfruten la lectura:


La Mano de Irulegi o la oralidad ancestral: el enigma del pueblo vasco

Explorando la profundidad de la historia vasca: un viaje a través de sus ancestrales bosques, rituales y el enigmático hallazgo de la Mano de Irulegi que revela los secretos de una cultura milenaria

Á. Van den Brule A

Entre la enorme masa boscosa que se extiende desde el norte de Navarra, abarcando lo que hoy es Guipúzcoa y una buena parte del Este de Vizcaya, con la frontera natural del Río Bidasoa, el bajo Pirineo Atlántico y, si se quiere incluir, la parte vasca inserta en el país galo; había varios miles de kilómetros cuadrados poblados por unos señores – y señoras – que de vez en cuando celebraban unas fiestas tremebundas en las que unos leñadores especializados en arrasar bosques (aizcolaris) a golpe de hacha, siempre con buenas intenciones por supuesto, levantadores de colosales piedras (Harrijasotzea) y, macizas muchachitas de sonrojados pómulos bailando aurreskus y zortzikos; celebraban rituales de paso, casamientos, equinoccios y, todo lo que se pusiera a tiro.

Tras estas fiestas paganas, en principio, tras una severa ingesta de chuletones como camiones, txakoli, txistorras, sardinas como ballenas y, los generosos condumios que brotan en aquellas mágicas tierras; esas nobles gentes se retiraban un poco perjudicados y, hasta la siguiente.

Desde tiempos inmemoriales, la rotundidad de la inmensa foresta que, actuaba como una enorme muralla verde, sirvió como protección natural ante cualquier intención aviesa de malvados invasores. Entre esta defensa de impracticable acceso para el turismo militar, los especialistas de la txapela, expertos en arrear pedradas al por mayor, apoyados por el que probablemente sea el primer “teléfono” conocido; la txalaparta, instrumento hoy musical, pero antaño dedicado a convocar a los morroskos en un punto determinado por el que algún malintencionado invasor osaba penetrar; caso de las legiones romanas (Guerras Sertorianas) los del turbante o los francos en Roncesvalles; lograron mantenerse amparados por el medio, con una relativa tranquilidad.

Es sabido que todo lo relativo a la aparición del pueblo vasco ancestral es una incógnita. De tal magnitud es el asunto de sus raíces en el tiempo que antropólogos, historiadores, arqueólogos y especialistas en hurgar en los entresijos de la historia, se quedan pasmados cuando encuentran algo que no sea pedruscos de un par de toneladas o más. Este el caso sorprendente de la famosa Mano de Irulegi que se le debió de perder a algún chavalote con txapela tras una festichola importante.

Un hallazgo que se antoja crucial para intentar hilar un poco el enigma de este pueblo, habitante de las tempranas nieblas y de sus fantásticos bosques, de su antiquísima relación con el mar y de su fuerte cohesión identitaria en torno al idioma; donde la alquimia y los poderes de las brujas (sorguina) campaban a sus anchas; es la mano perdida y hallada en Irulegi, en las cercanías de Pamplona.

Un pueblo con muchas incógnitas

Poco se sabe al respecto y su descubrimiento revela más dudas que certezas. Para dato, un botón. De la lectura del texto adherido a la palma de la mano, se infiere que por las desinencias comunes a la extinta lengua muerta celtibérica, hay elementos comunes que se supone hacen alusión a gentilicios; lo cual, nos indica que los vascones primigenios pudieron recibir algo parecido a un alfabeto de los primeros, por lo que asimismo se puede deducir que los vascos de aquel tiempo no conocían la escritura y funcionaban por la inercia de la oralidad repetitiva, muy frecuente hoy antaño entre los versolaris, tan presentes en el acervo cultural tradicional de este ignoto pueblo.

El arqueólogo Guillermo Gómez, en una labor detectivesca que le honra frente a este reto aparentemente imposible y, a la luz de lo que hoy se sabe sobre este intrincado tema, manifiesta que, para una aproximación más intensa a la famosa Mano de Irulegi, se hace necesario apelar a la simbología que, por parentesco, nos conduce a una hipotética relación con otra tésera en Palencia. La tésera en cuestión (o ambas), tienen un significado amable, pues, son la representación de un trato de amistad y los compromisos de respeto y asistencia mutua que se derivan de ello.

 En el caso de la Mano de Irulegi, se ve reforzada esta teoría, pues se ha comprobado que existía una segunda mano que encajaba con la primera y que viene a probar que no era un mero instrumento ornamental, sino que tenía “aditivos”. La propia inscripción nos conduce hacia un objeto ritual que de forma habitual preside la puerta de entrada de las viviendas -sobre todo en el entorno rural-, creando una profilaxis contra los “malos espíritus”.

La famosa Sociedad de Ciencias Aranzadi, gran promotora de investigaciones relacionadas con todo lo que afecta al histórico del pueblo vasco, descubrió que el texto en cuestión en vascónico, un lenguaje antecedente del euskera, queda reflejado en un grabado inserto en el bronce que soporta la confección de la mano. A día de hoy se sabe que su descubrimiento data de un par de siglos antes de nuestra era y que fue tan accidental como que la cuchara de una retroexcavadora buscaba un vaciado de tierras para certificar la existencia de viviendas antiquísimas en una de las cumbres del Valle de Aranguren. Todo esto nos lleva a la conclusión de que los vascos pretéritos podían tener un alfabeto simple, pero bastante para sus necesidades y posiblemente vinculado a la cultura protohispánica con mayor aproximación al lenguaje ibérico.

Hoy no hay duda de que la inercia de los intercambios mercantiles, llevó a los vascones a conocer el lenguaje escrito sin, por ello, abandonar la oralidad típica de aquella cultura arraigada en la noche de los tiempos.

Siempre se ha hablado de que el euskera era un lenguaje “pobre” comparado con el castellano y a la vista de la evolución de ambos lenguajes, es obvio que el castellano o comúnmente, llamado español, tiene una articulación y mimbres lingüísticos enormes; pero lo bonito del euskera es que probablemente sea uno de los lenguajes más poéticos que han existido jamás. Al decir amonak (abuela) estamos hablando de una madre buena, cuando se dice erditu (parir) se alude a algo tan alegórico como dividirse por la mitad; la voz maitemindua (enamorado) significa herido por amor; y así, una suma y sigue interminable. Es la belleza amable de un lenguaje ancestral que se resiste a morir

Lo que da de sí un bosque; protege, pero también aísla. 




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lunes, 3 de febrero de 2025

Miguel de Iturbide y Zuría

Este texto histórico de la autoría de Joseba Asiron, mismo que ha sido publicado en Noticias de Navarra, arroja luz sobre un personaje vinculado a uno de los consumadores de la independencia de la Nueva España, posteriormente llamado México, del cual el golfo deriva su nombre.

Agustín de Iturbide Aramburu, quien era vasco por los cuatro costados, no es una figura bien ponderada en la actualidad en México, aunque los cargos de los que le acusan tanto historiadores como revisionistas no dan para que haya sido defenestrado y suenan más a mala prensa.

Tampoco debemos de olvidar que un paisano suyo, Xabier Mina Larrea, también desafió a la monarquía española y que su incursión en la Nueva España sirvió para mantener viva la llama de la insurrección en los momentos más aciagos para los insurgentes.

Ahora bien, más allá de los personajes, es interesante ver la cantidad de movimientos independentistas en contra de la corona espñola que existían en el siglo XVII.

Lean ustedes:


Miguel de Iturbide y Zuría: De héroe de los tercios de Flandes a traidor “independentista”

En 1648, la monarquía española enfrentó una gran crisis, con revueltas y una dura represión que alcanzó a muchos, incluidos navarros hoy olvidados

Joseba Asiron

Los Iturbide de Gartzain

Hoy en día el caserón conocido como Iturbidea de Gartzain (Baztan) tiene la fisonomía de uno más de los caseríos vascos de la zona, y no permite adivinar su origen medieval. Y es que el paso de los siglos ha desfigurado lo que en inicio debió ser una torre defensiva, casa solar de los Iturbide y lugar de nacimiento, en 1607, de Miguel de Iturbide y Zuría Mayor, hijo de Sancho de Iturbide y Rafaela de Zuría. Los Iturbide formaban parte de la más antigua nobleza del reino, y como tal su escudo, tres fajas verdes sobre fondo plateado, figura en el Libro de Armería del Reino de Navarra, donde se recogían los escudos de los más importantes clanes nobiliarios del reino. Es seguro que en su infancia Miguel escucharía mil veces las viejas historias de la familia, las mismas que, años más tarde, sirvieron para que fuera nombrado caballero de la Orden de Santiago. Historias seguramente fantásticas y difíciles de comprobar, como aquellas que aseguraban que sus antepasados habían servido a los reyes de Navarra en las batallas de Valdejunquera (920), Calatañazor (1002) y Navas de Tolosa (1212). Mejor documentada está la colaboración de los Iturbide en las empresas de la monarquía española, y así, Juan de Iturbide, tatarabuelo de Miguel, fue banderizo beaumontés que colaboró en la conquista de Navarra, participó en el asedio de Amaiur y murió preso de los franceses en Dax. Le sucedió su hijo Sancho, bisabuelo de Miguel, y a este su hijo, llamado también Sancho. Cinco hermanos de este último, tíos-abuelos de Miguel, murieron sirviendo a Felipe II: dos luchando contra los turcos en la batalla de Lepanto, uno en Francia, en el tercio del guipuzcoano Alonso de Idiáquez, otro en Flandes y otro en Nápoles. Su tío, el maestre de campo Pedro de Vicuña, murió de dos arcabuzazos en Vervins (Francia), y hasta su propio padre perdió un brazo tras despeñarse con su caballo en acto de servicio.

Soldado heroico en los tercios

Con estos antecedentes a nadie extrañará que Miguel eligiera la carrera de las armas. Sabemos que se enroló en el ejército de Flandes en 1625, con 18 años, y sirvió en el tercio de Alonso Ladrón de Guevara. Sus superiores lo describen entonces como “principal, particular y valiente soldado”, habiéndose distinguido en el asedio de la ciudad de Brujas. En 1931 un teniente coronel del ejército español, Eufrasio Munárriz, escribió una novela histórica sobre Miguel de Iturbide donde se pone mucho acento en sus hazañas militares, aunque ignora casi por completo su faceta política y su relación con Pamplona. Sabemos, eso sí, que en 1631 tuvo que regresar de Flandes por la muerte de su padre, y que posteriormente se integró en la compañía de Alonso de Cosgaya para combatir a los franceses en Hondarribia. Informado el virrey de que Miguel hablaba euskara y francés, lo envió a espiar los movimientos de tropas y las fortificaciones de San Juan de Luz, Bayona, Dax y otros lugares, trabajo que le ocupó varios años. Regresó en 1635 y marchó a Madrid para informar, siendo alabado por el mismísimo conde-duque de Olivares e ingresando en la Orden de Santiago. En 1636 forma parte del contingente que invade Francia, tomando Ziburu, Sara y Ainhoa al frente de 500 baztaneses. En septiembre de 1638 colabora en el desbaratamiento del asedio francés de Hondarribia, y acto seguido marcha a Cataluña, donde será herido de un mosquetazo. Regresa entonces a Navarra para recuperarse, poniendo final a su carrera militar, con el rango de capitán de “caballos corazas”, es decir de la caballería pesada o “acorazada”. Es muy posible que en este tiempo estableciera su residencia en Pamplona, casándose con Clara de Argaiz, con la que tuvo al menos una hija, llamada Magdalena de Iturbide.

Regidor y diputado en Pamplona

En 1643 y cuando Miguel cuenta 36 años es nombrado regidor (concejal) por el burgo de San Cernin. Durante un año desempeñará funciones de índole representativa, militar y logística en el ayuntamiento, desde desfilar por las calles encabezando la milicia o participar en la marcha “en cuerpo de ciudad”, hasta apadrinar al hijo del virrey, pasando por custodiar las armas depositadas en la armería o supervisar el suministro de pan, vino y aceite de Pamplona. Por ello su firma aparece con asiduidad en el Libro de Actas del Ayuntamiento de Pamplona. La carrera política de Miguel culminará cuando en 1644 sea nombrado diputado por Pamplona en las Cortes del Reino, convirtiéndose en el político navarro más carismático e influyente del momento. Es en este tiempo cuando, declarando como testigo en un litigio, afirmaba que “la lengua matriz de este Reyno (...) desde Tafalla hasta los Pirineos (...) es la bascónica o bascongada (...) que es la que hoy se practica en toda gente ordinaria...”

Mientras tanto, la situación política se ha complicado muchísimo. En 1640 Cataluña y Portugal se habían alzado en armas para conseguir su independencia, y la corona quiso convertir Navarra en centro de reclutamiento para el frente catalán, contraviniendo lo que dictaba el Fuero. El virrey español, conde de Oropesa, presiona a unas Cortes que, lideradas por Iturbide, se resisten a los reclutamientos forzosos y amparan y protegen a los navarros que desertan. En febrero de 1645 el conde de Oropesa manda a galeras a ocho desertores navarros, y las protestas alcanzan cotas de escándalo en Pamplona. Iturbide, abiertamente enfrentado al conde de Oropesa, viaja a Zaragoza, donde se encontraba el rey, y consigue algo inaudito y sin precedentes, la destitución y traslado del virrey.

Un asesinato de estado

Pero Miguel de Iturbide se estaba acercando demasiado al abismo. En 1646 Felipe IV se desplaza a Pamplona, acompañado del príncipe heredero Baltasar Carlos, para jurar los fueros de Navarra e intentar calmar la revuelta situación política, pero en la práctica nada se consigue. A las rebeliones secesionistas de Portugal y Cataluña se añaden conspiraciones en Aragón y Andalucía, y surge entonces la sospecha de que Iturbide es en realidad el cabecilla de un intento por recuperar la independencia de Navarra. Y el hecho de que en las conversaciones que se llevaban a cabo con Francia el estado vecino comenzara a introducir la “cuestión navarra” aumentó aún más los recelos. En el invierno de 1646 Iturbide recibe la orden de marchar a Madrid, únicamente con la intención de alejarle de Pamplona, núcleo de una eventual conspiración. Permanece allí en situación de libertad vigilada y, todavía un año después, el 19 de julio de 1647, en la correspondencia mantenida con Navarra se aseguraba que no le habían comunicado la razón de su destierro, aunque no constaban cargos contra él. Por fin, de manera fulminante, Miguel de Iturbide es detenido e inmediatamente asesinado el 15 de agosto de 1648. En una carta que se ha podido conservar, escrita por el militar Carlos Padilla a su hermano, se dice: “A un caballero llamado Don Miguel de Iturbide y a otro letrado, ambos navarros, prendieron esta noche. Ya son muertos, dicen que de repente. El pretexto fue conjuración en Navarra, eran de allí entrambos”. Esta es la única pista que existe sobre el destino final de Miguel de Iturbide. Cómo murió, dónde fue enterrado y quién era el otro navarro asesinado con él, constituye un misterio. Lo único seguro es que el baztanés pasaba así a engrosar una larga lista de navarros que, a través de los siglos, intentaron preservar la personalidad y el autogobierno de Navarra, siendo víctimas de la monarquía hispánica. 174 años después de la muerte de Miguel de Iturbide un familiar suyo, descendiente del mismo tronco baztanés y llamado Agustín de Iturbide y Aramburu, se convertirá en líder de la independencia mejicana e incluso llegará a ser nombrado emperador de Méjico pero, como suele decirse, esa es otra historia... 




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sábado, 23 de noviembre de 2024

Entrevista a Peio Monteano

Esta entrevista acerca de la lingua navarrorum que traemos a ustedes desde las páginas de Noticias de Navarra no le va a gustar ni a los supremacistas lingüísticos ni a los acólitos de la falacia denominada "vasconización tardía".

Adelante, disfruten:


"El euskera no fue una más de las lenguas de Navarra, el 80% de los navarros y navarras lo hablaba"

“A principios del siglo XVII ocho de cada diez navarros hablaban el euskera”. El nuevo libro de Monteano, a la venta el domingo con el periódico, ofrece “historia cuantitativa”

Jesús Barcos

Peio J. Monteano (Villava-Atarrabia, 1963), licenciado en Sociología y doctor en Historia, entre otros jalones curriculares, publica Del euskera al castellano, a la venta por 16,95 euros este domingo 24 de noviembre junto al periódico. El ensayo, editado por Mintzoa, aborda la pérdida de la hegemonía del euskera en Navarra, la Alta y la Baja. Monteano ha recurrido al estudio de interrogatorios fiscales de entre 1550 y 1600 donde participaron dos millares y medio de navarros y navarras de testigos, extrapolando su competencia lingüística como en una investigación demoscópica. “Es lo más parecido que podemos tener a una grabadora para oír la voz de la mayoría social” de aquella Navarra, señala. Este libro se presenta como “un viaje a la Navarra del Renacimiento imprescindible para quienes desean conocer nuestro pasado y entender nuestro presente. “Por volumen demográfico e importancia económica Navarra fue el buque insignia del mundo vasco”, destaca el autor.

“A principios del siglo XVII, ocho de cada diez navarros y navarras hablaban el euskera y al menos cinco de ellos ni siquiera entendían el castellano”. Datos muy relevantes sobre nuestra historia.

Uno de los aspectos más relevantes del libro es que indaga en la historia cuantitativa. Dice qué pasó y con qué intensidad. Una lengua que era la propia para el 80% de la población era prácticamente la lengua de Navarra. Ha habido más, pero el euskera era la hegemónica. Esa cuantificación nos hace reflexionar. Si a principios del siglo XVII Navarra era vascohablante, ¿qué pasaba aquí en la Edad Media? Tenemos la distorsión de equiparar lenguas escritas con lenguas habladas.

Desglosa Navarra por zonas y ámbitos sociales. En la Ribera lo que había eran comunidades de vascohablantes por razón de trabajo.

Efectivamente. El libro tiene un gran contenido demográfico. La Ribera recibió aportes del norte de Navarra, vascohablante, y también de otros territorios vascohablantes que no pertenecen a Navarra, que se fueron instalando allí, donde lo siguieron hablando en lugares de arraigo por lo menos en una o dos generaciones más y en determinados ámbitos. La lengua de la calle era el castellano en esas zonas, pero en los procesos judiciales se detectan grupos que sabemos que hablaban entre ellos en euskera, y además se encuentran monolingües, cosa que es sorprendente, sobre todo en el ámbito ganadero y también de la construcción.

El castellano era un elemento de poder, aunque no solo el euskera fue de las clases populares.

Los pamploneses que hablaban castellano en este periodo hablaban también euskera, según ámbitos de uso. El euskera no tenía ningún tipo de desprestigio social. Simplemente en estas clases sabían que para ciertas cosas había que utilizar una lengua, y para ciertas otra. Aquí también había un prestigio del euskera, una lealtad a la lengua por parte de las clases populares que explica cómo teniendo un conjunto de desventajas, por así decirlo, como la falta de un apoyo institucional o político, la carencia de una estandarización de la lengua y de un sistema educativo, un sector de la población sentía la lengua como propia y se resistió al cambio. El euskera siguió muy vivo y muy potente hasta finales del siglo XVIII, hasta cuando se ponen en marcha los sistemas educativos, la escolarización masiva.

Vivimos en un contexto histórico donde el euskera está recuperando parte del pulso, pero ese proceso fue inverso. Debió ser duro para los euskaldunes monolingües.

También ocurrió en Irlanda, Bretaña u otros países, el proceso se aceleró muchísimo por el deseo de los padres de proporcionar un futuro mejor a sus hijos pasaba por que aprendieran otra lengua. El bilingüismo era un estado intermedio en el proceso de cambio, y prácticamente se vieron forzados a hacer eso. Había una coerción social que empujaría a esa gente al cambio de lengua. Cuando el proceso se aceleró el euskera iba prácticamente al colapso a ese ritmo, y se produjeron reacciones, y aunque no lo trabajo en el libro, nos encontramos con que la clase social que primero abandonó la lengua, como la burguesía, fue la que al menos en parte recogió el testigo de la recuperación de la lengua.

Habla de un episodio en 1645 en Pamplona sobre la elección del párroco de San Cernin. El paisaje se dividió entre partidarios o no del euskera como requisito. Inevitable trazar paralelismos...

Algunos de los argumentos entonces los he oído repetidos en mi vida particular. El proceso es muy revelador en un ambiente urbano y lo han trabajado mucho otros autores. Yo recurrí al original por aquello de ver si se habían dejado algo, y efectivamente había aspectos para mí muy significativos sobre los que otros historiadores no repararon. No se dice que la gente no sepa euskera. Se decía que como ya entendían castellano, para qué se les iba a atender en su lengua...

Enunciados escuchados también en este siglo XXI...

Sí, sí, esa actitud la hemos visto y conocido. Estos procesos funcionan como un termómetro social, y vemos la resistencia y la lealtad a la lengua de ciertas clases y otras características que a mí me recordaban a los padres que tienen angustia por que sus niños ahora aprendan inglés como sea, porque parece que les abre las puertas de un futuro mejor.

“Los navarros de la Alta y de la Baja Navarra constituían casi la mitad de todos los hablantes que tenía el euskera en la época”. Casi nada...

Es un aspecto que ya desarrollé en un libro previo, El iceberg navarro, que puede servir para contextualizar este. Por su volumen demográfico e importancia económica, Navarra fue el buque insignia del mundo vasco, y eso se reflejó en un montón de cosas. Los intentos de estandarización de la lengua se dieron en Navarra, en las dos Navarras, siguiendo dos modelos distintos. En la Baja Navarra fundiendo dialectos y en la Alta Navarra elevando a dialecto estándar el que se hablaba en Pamplona.

El suyo parece un trabajo de una vida. Debe ser muy satisfactorio generar memoria sobre nuestro pasado lingüístico, con una mirada también al presente.

A veces a los historiadores nos da la sensación de que estudiamos cosas que no le interesan a la gente. Concibo la historia como una mirada desde el presente al pasado para hacernos preguntas, y nuestra sociedad se pregunta y debate sobre nuestro pasado lingüístico.

El tema es de calado...

Por lo tanto aportar datos objetivos o por lo menos contrastables con la disciplina histórica me parece importante, independientemente de que la capacidad de penetración argumental donde hay cierta polarización depende un poco de la importancia que le dé la gente. Yo creo que en el presente uno puede mantener las ideas que quiera, dependen de muchas más cosas que los argumentos históricos, pero eso no te puede llevar a obviar o a distorsionar lo que has sido. En Navarra el euskera ha sido muy importante, un signo de identidad, y en su momento Navarra, navarro y vascohablante eran equivalentes. Cada uno en el presente puede posicionarse sobre la recuperación de la lengua, pero no olvidar ni distorsionar el pasado.

Una reflexión final.

Este libro es una mezcolanza al hilo de mi formación de historiador y sociólogo. Es decir, procesos sociales, área de estudio que aquí no se ha practicado, pero que tiene mucho trote sobre todo en el mundo anglosajón, sobre comunidades que cambian de lengua como Finlandia o Irlanda. Es historia cuantitativa, porque a veces hay que dimensionar las cosas. El euskera no fue una más de las lenguas de Navarra, el 80% lo hablaba.

 

 

 

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viernes, 25 de octubre de 2024

Entrevista a Aritz Otazu

Les recomendamos altamente la lectura de esta entrevista para que así la maraña de mentiras creadas por el españolismo con respecto a la historia de Nabarra sea disipada.

Disfruten:


“Las raíces del Reino de Navarra están en Vasconia. Vasconia fue el comienzo de Navarra”

Aritz Otazu Lujanbio  Director de Mintzoa | Este domingo por 14,95 euros más DIARIO DE NOTICIAS, se puede adquirir el libro ‘Vasconia y sus reyes’, escrito por Manuel Ilarri Zabala, autor ya fallecido

Jesús Barcos

Aritz Otazu (Irun, 1975) es el director de Mintzoa, el sello que ha editado el libro Vasconia y sus reyes. Una crónica sintética sobre las monarquías de Iñigo Arista, García Iñiguez, Fortún Garcés y Sancho Garcés I, en un texto de 215 páginas. El libro cuenta además con dos capítulos iniciales sobre el expansionismo vascón, la lengua, antropología e historia, las relaciones con Roma, la confianza romana en los vascones o las invasiones de los bárbaros, y un segundo capítulo sobre cómo Vasconia se hizo reino.

Háblenos de Manuel Ilarri, el autor de este libro, ya fallecido.

–Manuel Ilarri era muchas cosas, hizo estudios de Teología, y se licenció en Ciencias Sociales y en Filosofía y Letras. Publicó La tierra natal de Iñigo Arista en 1980, con la Universidad de Deusto.

Y ahora llega este título: Vasconia y sus reyes.

–Las raíces del Reino de Navarra fueron Vasconia. Vasconia fue el comienzo de Navarra, más o menos la Navarra actual. Cuando se les llama vascongados a las gentes de Euskadi es precisamente porque fueron vasconizados. El libro va desde Iñigo Arista y se adentra desde finales del siglo VIII a primeros del X, donde tenemos cuatro reyes vascones, llamados por las crónicas árabes ‘emires barskunes’. Esa teoría que daba Manuel Ilarri de las raíces vasconas de los navarros de ahora nos interesó. Editamos con él un primer libro en 2003, ahora ampliado y corregido.

Ahondando en cuatro reinados.

–En esas raíces vasconas que tenemos los navarros y que él trata de una forma muy sencilla con una cantidad de datos con fuentes árabes y cristianas. A veces se dice que en esos reinados no hubo batallas. Por supuesto que hubo y bastantes, no solo la de Roncesvalles, que es la que ha pasado a la historia, sino bastantes más que el lector irá viendo. Con esa voluntad de difundir a otros reyes y épocas muy desconocidos. Navarra salió de ahí, y no por arte de magia. ¿Los territorios eran los mismos? No. Parece que pretendemos que el territorio de la Navarra actual sea el mismo que en el siglo VIII. No, evidentemente no.

Mintzoa tiene más de 40 años. Una historia increíble donde el mundo del libro ha cambiado sobremanera desde los ochenta.

–En los ochenta, después de Franco, se demandaban colecciones. Era lo que se llevaba, el ansia de cultura. En los noventa ya empezó a bajar. Mis padre abrió la línea facsímil. Vio en ferias internacionales que era desarrollable sobre Navarra y sus mil años de historia. Le llamaron loco, pero esa línea se vende y mucho, porque los navarros tenemos joyas y las joyas como hay que presentarlas así. También está la línea del libro antiguo original. Yo soy tasador documental, y en Francia y Alemania he rescatado obras navarras.

La tercera línea es la divulgativa.

 –Con libros como Vasconia y sus reyes. Muchas veces nos preguntan si Navarra da para tanto. Y respondemos que para más. Hemos publicado cientos de títulos y la gente sigue demandando historia de Navarra. Si no, con 40 años ya habríamos cerrado. Hay gente muy fiel a nuestros títulos. Hay muchísima curiosidad histórica, pero a gente de 25, 30 o 35 años le cuesta más comprar un libro. Nuestro público igual no sube mucho pero tampoco baja.  

¿Reciben muchos manuscritos?

–Al año entre 50 y 60, y publicamos entre 8 y 10 títulos. Prácticamente un 50% de lo que recibimos son tesis universitarias, y luego hay un tanto por ciento de novela. Nosotros con Begoña Pro, y una trilogía que está escribiendo sobre Enrique III de Navarra, hemos comenzado con novela histórica. En cuarenta años habíamos publicado alguna a modo testimonial. Hemos abierto esa línea, que tenga que ver con Navarra, para intentar atraer a la gente, y también la vía del cómic con César Oroz , para intentar llegar a la historia con rigor histórico. El cómic de Oroz, por ejemplo, está basado en Monteano. Nosotros estamos encantadísimos de publicar a gente nueva. Si tiene rigor no nos importa que tenga 25 años o 70.

Siempre en torno a Navarra.

–Tenemos una historia hiperrrica. Ahora se cumplen 1.200 años desde el 824 de Iñigo Arista, por eso hemos sacado este libro, desde que se fundó el Reino de Pamplona. Este libro está sacado para celebrarlo. Quiero animar a la gente a que lea historia de Navarra. No nos damos cuenta de lo que tenemos en casa. Así que animo a que se enamore de esta rica historia, porque descubrirá un mundo nuevo. No conocemos la historia de nuestro pueblo, y es importantísmo conocerla.

Ahora la Feria de Edición de Navarra les proporciona contacto directo con los lectores.

–Para nosotros las ferias son básicas, porque es la única manera que tenemos los editores y las editoras de tener ese contacto directo. En las ferias nos hablan mucho, te hacen una crítica de un libro, a veces buena, a veces mala... estas iniciativas nos acercan al público y nos valen para pulsar en un tanto por ciento si tus libros han gustado, y otras informaciones sobre el sentir de la gente.

Vasconia antes de ser reino, tes extractos

Relaciones con Roma

“Cuando (Sertorio) combatió contra Pompeyo en una guerra civil romana, el pueblo vascón se sintió más cerca de Sertorio y luchó en sus filas. Su lealtad se haría universalmente famosa con motivo de la defensa de Calahorra, ciudad vascona sitiada por Pompeyo, donde resistieron hasta la desesperación llegándose a alimentarse los vivos de la carne de los muertos.

Pompeyo reprimió con dureza la resistencia de los últimos focos que aún se le oponían en la península. Sin embargo, y a pesar del trágico episodio de Calahorra, su actitud en Vasconia, donde dio el nombre a la ciudad de Pamplona, no debió de ser desacertada, pues cuando en la nueva guerra civil luchó contra Julio César, los vascones se pusieron de parte de Pompeyo”.

Confianza romana

“Les tocó nuevamente perder a los vascones, al ser vencido Pompeyo por Julio César, y una vez más la generosidad del vencedor consiguió de ellos una actitud amistosa que llegó a ser auténtica colaboración tras las liberales medidas que tomó con los vencidos. Tan notoria fue a partir de entonces la lealtad vascona a los romanos, que Octavio Augusto, además de introducir vascones en su guardia personal, les confió la custodia de la ciudad de Roma mientras él se ocupaba en la guerra que terminaría con la derrota de Marco Antonio”.

“Mientras Roma conservó su autoridad en la península, Vasconia mantuvo su actitud de buenas relaciones en general, asimilando el proceso de romanización, que fue bastante intenso en las tierras meridionales. La administración romana era eficaz y garantizaba seguridad y subsistencia”.

Invasiones de los bárbaros

“Fue a partir del siglo V, al hundirse el sistema romano con la descomposición del imperio, cuando la estabilidad social desapareció para dar paso a la inseguridad y al temor. La vida en las ciudades resulta peligrosa para quienes poseen algo (...)”.




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domingo, 15 de septiembre de 2024

Guía Medieval Vascófoba

Este artículo de El Diario Vasco revisita al tatarabuelo de todos los vascófobos, Aymeric Picaud.

Adelante con la lectura:


La guía turística que describía a vascos y navarros del siglo XII como invasores escoceses «innobles y desleales»

El Códice Calixtino, datado en 1137, dedica varias páginas a una descripción llamativa de los habitantes de Navarra, cuyas costumbres califica como «bárbaras» y a los que considera descendientes de los invasores escoceses

Jesús Falcón

Antes de la era de internet e incluso de la imprenta, el conocimiento se difundía a través de libros manuscritos o códices que aunaban el saber de la época y tomaban forma pacientemente a través de las manos y las plumas de los monjes. Así podemos saber hoy en día cómo se veía el mundo en la Edad Media e incluso cómo nos veían a los vascos en una de las primeras guías turísticas de la historia, pese a su obvia falta de neutralidad.

El Códex Calixtinus o Códice Calixtino, manuscrito iluminado del siglo XII, constituye una pieza fundamental para comprender la historia y la cultura de la peregrinación a Santiago de Compostela. Esta obra es considerada como la guía más antigua del Camino de Santiago, ofreciendo una visión detallada de la ruta, sus tradiciones y su significado religioso... aunque en vista de la descripción que realiza de los vascos y navarros, la objetividad es más que dudosa. Entre sus secciones se incluye el 'Liber Sacti Iacobi', una guía para los peregrinos que se detiene a explicar cómo eran los pobladores que se encontró al cruzar el Bidasoa con una descripción que aún asombra hoy en día.

Los expertos consideran que este libro pudo ser obra de varios autores. Entre textos litúrgicos, narraciones de milagros de santos y piezas musicales hay consenso en pensar que fue el monje francés Aymeric Picaud quien dedicó unas páginas a recordar su paso por el reino de Navarra y a difundir su visión de estas tierras.., o a compilar lo que le contaron otros viajeros. Queda claro el interés especial del autor en explayarse sobre este área geográfica no solo por sus palabras sino por el espacio que le dedica, ya que ocupa tres cuartas partes del capítulo dejando muy poco espacio al resto de pueblos que conoció.

Antes de entrar en la descripción, hay que tener en cuenta que el autor habla tanto de navarros (los habitantes del reino de Navarra) como de vascos (los pobladores de lo que ahora conocemos como Iparralde). Este mapa del año 1134 elaborado por Nabarlur nos permite ver más claro cómo era la división de la época, ya que el autor considera a las actuales Bizkaia y Álava como comarcas de Navarra:

Volviendo al códice, entre referencias al paisaje y s la lengua, el autor se detiene ampliamente en describir a los habitantes de la zona con una clara intención de ridiculizarlos desde el principio. «Son feroces y la tierra en que moran es feroz, silvestre y bárbara: la ferocidad de sus caras y los gruñidos de su bárbara lengua aterrorizan el corazón de quienes los ven», comienza el texto. A partir de ahí no queda duda de que alguien no trató bien a este pionero del turismo a juzgar por el mal recuerdo que tiene de vascos / navarros. Según recuerda, nada más pisar estas tierras se encontró con unos malvados portazgueros (oficiales encargados de cobrar peajes de paso). «Saliendo al camino a los peregrinos con dos o tres dardos cobran por la fuerza injustos tributos. Y si algún viajero se niega a darles los dineros que les han pedido, le pagan con los dardos y le quitan el censo, insultándole y registrándole hasta las calzas».

Está claro que el peregrino y escritor no empezó con buen pie su paso bajo los Pirineos (y que las críticas a los peajes son centenarias), así que no se ahorra su rabia a partir de ese momento y también se queja de algo que nos parece muy moderno, el hecho de que se cobre más a los viajeros que llegan de fuera que a los autóctonos, mencionando para ello a quienes observó dicha conducta, como barqueros y sacerdotes.

También recuerda el paso por los montes del norte de Navarra, donde «los impíos navarros y vascos solían no solo robar a los peregrinos sino también cabalgarlos como asnos y matarlos». Más adelante se detiene en descripciones físicas: «Los navarros y los vascos son muy semejantes en cuanto a comidas, trajes, y lengua, pero los vascos son algo más blancos de rostro que los navarros. Estos se visten con paños negros y cortos hasta las rodillas solamente, a la manera de los escoceses, y usan un calzado que llaman albarcas, hechas de cuero con pelo, sin curtir, atadas al pie con correas, que sólo resguardan la planta del pie, dejando desnudo el resto».

El autor del centenario texto aún tiene más que añadir sobre su mala experiencia: «Comen, beben y visten puercamente. Pues toda la familia de una casa navarra, tanto el siervo como el señor, lo mismo la sierva que la señora, suelen comer todo el alimento mezclado al mismo tiempo en una cazuela, no con cuchara, sino con las manos, y suelen beber por un vaso. Si los vieras comer, los tomarías por perros o cerdos comiendo. Y si los oyeses hablar, te recordarían el ladrido de los perros, pues su lengua es completamente bárbara».

Al menos hay que agradecerle que rescate del olvido el euskera de la época y nos recuerde algunas palabras: «A Dios le llaman urcia, a la Madre de Dios, andrea Maria, al pan, orgui, al vino, ardum, a la carne, aragui, al pescado, araign, a la casa, echea, al dueño de la casa, iaona, a la señora, andrea, a la iglesia, elicera, al presbítero, belaterra, al trigo, gari, al agua, uric,..».

Así mismo reconoce la singularidad de un pueblo «bárbaro, distinto de todos los demás en costumbres y modo de ser», pero no en sentido positivo. «Un pueblo colmado de maldades, oscuro de color, de aspecto innoble, depravado, perverso, pérfido, desleal y falso, lujurioso, borracho, en toda suerte de violencias ducho, feroz, silvestre, malvado y réprobo, impío y áspero, cruel y pendenciero, falto de cualquier virtud y diestro en todos los vicios e iniquidades; parecido en maldad a los getas y sarracenos, y enemigo de nuestro pueblo galo en todo». En ese supuesto odio a los galos se extiende aún más: «Por sólo un dinero mata un navarro o un vasco, si puede, a un francés».

Qué vería este monje para dejar escrito sobre las costumbres de vascos y navarros tantas lindezas: «En algunas de sus comarcas, sobretodo en Vizcaya y Alava, el hombre y la mujer navarros se muestran mutuamente sus vergüenzas mientras se calientan. También usan los navarros de las bestias en impuros ayuntamientos. Pues se dice que el navarro cuelga un candado en las ancas de su mula y de su yegua, para que nadie se le acerque, sino él mismo. También besa lujuriosamente el sexo de la mujer y de la mula. Por lo cual, los navarros han de ser censurados por todos los discretos».

Algunas de las cualidades más valiosas en la Edad Media eran las desplegadas en batallas y en iglesias y ahí sí que salimos mejor parados.... en parte. «Se les considera buenos en batalla campal, malos en el asalto de castillos, justos en el pago de diezmos y asiduos en las ofrendas a los altares. Pues cada día al ir los navarros a la iglesia, hacen una ofrenda a Dios, o de pan, vino o trigo, o de algún otro producto. Siempre que un navarro o un vasco va de camino se cuelga del cuello un cuerno como los cazadores y lleva en las manos, según costumbre, dos o tres dardos que llaman azconas (...) Y cuando estando escondido en lugares apartados o solitarios para robar, desea llamar silenciosamente a sus compañeros, o canta a la manera del búho, o aúlla igual que un lobo». ¿Serían irrintzis?

Curiosamente el monje peregrino se hace eco de teorías que había en la época sobre el origen de los vascos, que sitúa en Escocia. La teoría resumida es que Julio César trajo a escoceses para «someter a los hispanos», que posteriormente fueron rechazados por los castellanos «hasta los montes costeros que hay entre Nájera, Pamplona y Baiona» en donde se dedicaron a matar a todos los varones «a cuyas mujeres raptaron y en las que engendraron hijos que después fueron llamados navarros por sus sucesores». De ahí concluye que el término navarro «equivale a no verdadero, es decir, engendrado de estirpe no verdadera o de prosapia no legítima».

Testimonio de una época

El valor del Códice Calixtinus, pese a sus inexactitudes, tiene un valor incalculable y refleja el auge de la cultura románica, la importancia de Santiago de Compostela como centro religioso y cultural, y la influencia de las peregrinaciones en la Europa medieval. Aunque su autoría se atribuye tradicionalmente a Aymeric Picaud, clérigo francés, su identidad sigue siendo objeto de debate entre los especialistas. El manuscrito, realizado bajo el papado de Calixto II (1119-1124), ha sido objeto de numerosas copias y estudios a lo largo de los siglos, y ha sufrido diversos avatares, incluyendo robos y pérdidas. Actualmente, se conserva en la Catedral de Santiago de Compostela, bajo rigurosas medidas de seguridad.

El robo más famoso ocurrió en verano de 2011, cuando un electricista que trabajaba en la Catedral de Santiago de Compostela se lo llevó y lo escondió durante un año en su garaje como venganza contra los responsables del templo por su despido tras 25 años trabajando en el mismo. Tras su puesta en libertad provisional en 2013 en espera del juicio, finalmente fue condenado a ocho años y dos meses de cárcel, sin embargo en 2019 quedó en libertad por padecer una enfermedad incurable y falleció poco después.




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