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domingo, 8 de diciembre de 2024

Egaña | Protocolo Zabalza

Una mirada al terrorismo de estado practicado por Madrid así como de la resistencia del pueblo vasco ante todo ello en este texto cortesía de Iñaki Egaña:


Protocolo Zabalza

Iñaki Egaña

El 30 de julio de 2003, agentes de la DNAT francesa detenían en Cahors a tres militantes vascos. Uno natural de Baiona, que fue condenado a dos años de prisión. Los otros dos de Hego Euskal Herria. Kandido Sagarzazu, de Itsasondo que, tras 12 años en cárceles españolas y francesas, falleció este enero pasado. El otro Mikel Illarramendi, de Oñati que, después del presidio, se estableció y trabajó en Panamá, donde una noche fue asaltado y muerto por una cuadrilla de maleantes, en 2013. En el piso de Cahors, la DNAT encontró 448 kilogramos de clorato sódico, un compuesto químico que se usa como desinfectante y herbicida. También en combinación con el azufre y la sal se forma el explosivo conocido como cloratita, usado desde la década de 1960 por grupos guerrilleros, armados y de liberación de todo el planeta. Incluido ETA.
Esta semana pasada, el grupo policial del que salieron las planchas que ganaron las elecciones sindicales tanto en la Guardia Civil como en la Policía Nacional, ha modificado el relato, para señalar que en aquella operación de 2003 estuvo detenido e implicado Mikel Zabalza, el chofer de autobuses municipales de Donostia que murió en 1985 ahogado en una bañera del cuartel de la Guardia Civil en Intxaurrondo cuando estaba siendo torturado. Zabalza llevaba muerto 18 años, pero las policías lo resucitaron para cuadrar un relato negacionista que va más allá de las ejecuciones extrajudiciales, torturas, malos tratos o controles con el lema “disparar a matar”. El objetivo no es lograr únicamente esa impunidad judicial que la tienen asegurada, sino mantener su estatus de presión, por encima de cualquier institución democrática. ¿Qué informes policiales, peritajes, etc. han realizado en estas últimas décadas esa pléyade de agentes que hoy tergiversan la realidad hasta tal punto de resucitar a un muerto que mataron compañeros suyos?
Me dirán que la aseveración última, que se corresponde con la muerte de Mikel en el cuartel de Intxaurrondo, no tiene soporte jurídico y por consiguiente, tal y como afirmaron ministros del Interior, tanto del PP como del PSOE, y grupos policiales, aquella rocambolesca versión de su huida de Endarlatsa a través del Bidasoa sigue en pie. La versión, sin embargo, ha sido desestimada a pesar de que 12 jueces han sobrevolado sobre el caso. Lo ha sido por dos instituciones del Estado, el Gobierno de la CAV y el Gobierno foral navarro, que reconocieron a Mikel Zabalza como víctima del Estado. Recordar, para los olvidadizos, que según la Ley 7/1981, el lehendakari ostenta la representación ordinaria del Estado en el territorio de la CAV. Es decir, dos máximas instituciones del Estado, reconocen la muerte de Mikel Zabalza. Una tercera, la judicial, la desconoce, al menos de momento, con el aval de la Ley de Secretos Oficiales.
En 2005 y 2021, las conversaciones grabadas entre Juan Alberto Perote, jefe de operaciones especiales de los servicios secretos españoles y el agente Pedro Gómez Nieto en las que reconocían la muerte en Intxaurrondo de Zabalza, no fueron suficientes para desatascar judicialmente el caso. Tampoco lo habían sido las declaraciones de los que fueron detenidos y torturados junto a Mikel. Tampoco el pinchazo en uno de sus pulmones que sugería la inyección de alguna sustancia. Agua con alta dosis de trietanolamina y diatomeas, procedentes de una fábrica 13 kilómetros arriba de donde apareció el cadáver. En Endarlatsa, las trietanolamina y diatomeas eran casi inexistentes. Tampoco las revelaciones de un cazador que vio los movimientos previos a la aparición del cadáver. Tampoco las declaraciones del presidente del PNV que supo un día antes del lugar donde aparecería Mikel Zabalza. Tampoco…
Sin embargo, todas estas cuestiones han servido tanto al Gobierno vasco como al foral navarro para aceptar lo que una tercera institución del Estado se niega a hacerlo. Esta negativa última insufla de impunidad a la muerte de Zabalza (“un crimen que jamás ha existido” decía un usuario de la red X). Salvaron los muebles los que presuntamente acabaron con la vida de Zabalza (los mismos que secuestraron y ejecutaron a Josean Lasa y Joxi Zabala. Enrique Dorado Villalobos habría sido quien sumergió la cabeza del detenido en el agua), los tres agentes que teatralizaron la huida de Endarlatsa (Gonzalo Pérez García, Arturo Espejo y Fernando Castañeda), los médicos del cuartel (Juan Nagore y Eduardo Gómez Pastrana), el responsable del cuartel (Enrique Rodríguez Galindo), el gobernador de Gipuzkoa (Julen Elgorriaga, condenado a 67 años por el secuestro y muerte de Lasa y Zabala), el delegado del Gobierno en la CAV (Ramón Jauregui), el ministro del Interior (José Barrionuevo)…
Pero impunidad significa “falta o ausencia de castigo frente a un hecho delictivo”, lo que, según las organizaciones de derechos humanos, provoca la ausencia de reparación. Sin embargo, esa reparación en el caso de Mikel Zabalza, ha existido cuando los que gestionaron su muerte pertenecían a las instituciones democráticamente elegidas. Su familia fue resarcida económicamente, el reconocimiento social hace tiempo que se dio, el político va camino (con el acto organizado por el Ayuntamiento de Donostia fue el último)… Hay una verdad avalada -tortura y muerte- institucionalmente. Y hay una mentira gigantesca, con resurrección incluida, fiada por los autores y cómplices del asesinato.
Esa mentira se repite una y otra vez cuando se trata de la tortura. Gobierno vasco y navarro han confirmado el hecho sistemático de los malos tratos. Miles de torturados según informes oficiales e institucionales negados por la mayoría de los sindicatos policiales, incluidos los de la Ertzaintza. Cuando Mikel Zabalza fue detenido se estaba celebrando un juicio contra dos agentes acusados de torturas. El juez que las investigó sufrió un atentado parapolicial. Y a Mikel le aplicaron el protocolo habitual para señalar que, por encima de jueces y políticos, la verdad tiene un papel secundario.

 

 

 

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sábado, 9 de noviembre de 2024

Egaña | Cuba: Gaza sin Bombas

En este texto magistral nuestro amigo Iñaki Egaña equipara muy acertadamente lo que ha estado sucediendo durante décadas en Palestina y en Cuba.

Por ahí entremezcla la solidaridad internacionalista que tanto ha caracterizado a la izquierda vasca.

Lean ustedes:


Cuba: Gaza sin bombas

Iñaki Egaña

Hace unos días, Naciones Unidas votaba por enésima vez la condena al bloqueo económico, financiero y humano de Washington sobre Cuba. Sabemos que, con la excepción del Consejo de Seguridad, el pleno de la ONU es simplemente simbólico, que las votaciones no son vinculantes y que las mismas son el reflejo de un sentir general. Aun así, esas votaciones nos dan una muestra de en qué planeta vivimos, quienes manejan las normas y quienes las sufren. En esta última votación, 187 estados votaron a favor de levantar el bloqueo, dos en contra (EEUU e Israel) y una abstención (Moldavia). Imperialistas y sionistas que se aferran a su estatus en un mundo multipolar. Desde 1962, han sido 34 las ocasiones en las que la comunidad internacional se ha mostrado contraria al bloqueo. EEUU ha hecho caso omiso. Su apuesta, la de la guerra económica, sustituyó a la abierta (invasión de Playa Girón), a los intentos de magnicidio y a las campañas para destruir cosechas y alentar hambrunas.

En este bloqueo ningún presidente norteamericano se ha destacado por aflojar. Quizás detalles de Obama, pero, en el fondo, republicanos y demócratas han manifestado su único desafío, devolver a la isla a la sumisión norteamericana, la de la era de Fulgencio Batista, aquel dictador-demócrata apoyado por Eisenhower, que concluyó sus días, tras la Revolución de los barbudos, en Marbella, junto a la jet-set mundial, amparada por la reivindicada «madre-patria», España.

La situación de Cuba, a estas alturas y tras seis décadas de bloqueo, es extrema. Simultáneamente a la votación de Naciones Unidas, se produjo un apagón general (tres a cinco días), consecuencia de la falta de combustible. Vivir en La Habana (25% de la población cubana, sectores económicos, estratégicos, administrativos...) había evitado estos largos apagones, no tanto en el resto de la isla. Ahora, la carencia ha afectado a toda la isla, sin excepciones, lo que ha visibilizado en el exterior una situación muy compleja. La huida de jóvenes es masiva, el descontento afecta al disco duro de la Revolución y las señas de identidad revolucionarias (salud, educación...) están cayendo en picado. El bloqueo está consiguiendo los efectos deseados. Lo que no pudo Washington con una invasión, lo está logrando con otro tipo de vías, tan violentas y radicales como las bombas.

Y esa situación, por encima de las críticas con mayor o menor sentido sobre cómo ha gestionado el Partido Comunista cubano las crisis, nos duele a la comunidad internacional que apostamos por voltear el orden injusto del reparto de la riqueza. Porque los barbudos y jóvenes cubanos, abrieron en su tiempo una época de esperanza revolucionaria que sirvió de faro para decenas de insurgencias mundiales. No solo aquella teoría del dominó vietnamita que impactó en Latinoamérica. También a entidades pequeñas como la nuestra, que suspiraba y luchaba por despegarse del dictador. La Habana acogió a comienzos de la década de 1970 al hombre más buscado de España, un vasco al que sus amigos llamaban Makauen y que había huido del tiroteo de Artekale, que llevó a los detenidos a ser juzgados en el mítico Proceso de Burgos. Antes, en la Tricontinental de La Habana, los vascos tuvimos nuestro espacio con el reconocimiento del derecho de autodeterminación y en otra década, la de 1980, Cuba volvió a acoger a un puñado de refugiados vascos que fueron expulsados por Francia, mientras se ponían en marcha los GAL, primero a Panamá y luego, con la invasión, a La Habana. Luego llegaron otros refugiados, en silencio. Desde el Malecón habanero, nuestro Joseba Sarrionandia, fugado de Martutene en un bafle musical, escribió sobre una guerra lejana, la del Rif, donde se mezclaban las proclamas de Abd el Krim con los versos de nuestros soldados euskaldunes.

La isla tiene entre 10 y 11 millones de habitantes, el doble de población que Palestina. Gaza y Cisjordania, al margen de los desplazados con la última invasión y genocidio de Israel, tenían cinco millones de exiliados. Cuba tiene 1, 8 millones de migrantes, lo que se acerca al 16% de su población. Puede parecer una cifra enorme, pero es de las más bajas de los países del Caribe y Centroamérica. Lo que no deja de ser un indicador. Y las remesas de esos migrantes, junto al turismo que llegó hasta la pandemia, permitieron una supervivencia que hoy está en entredicho. La inflación es exagerada por la desaparición del CUC, la inducción externa y otras variables. Aquellos que no reciben remesas viven con grandes deficiencias. Huracanes y depresiones tropicales parecen haberse conjurado para acogotar la subsistencia.

Y así, se ha llegado a una escasez generalizada de lo necesario para la vida cotidiana. Es el bloqueo económico y financiero. EEUU que está apenas a 140 kilómetros de la isla, ha extendido las sanciones al resto del planeta. Cualquier empresa que comercie con Cuba es susceptible de ser condenada por Washington. Los «criminales» no son únicamente los cubanos, sino cualquier ciudadano del planeta que trueque con ellos, ya sea con libros, con patatas o con medicamentos. Incluso escribir opinión sobre el bloqueo. Hace unos meses, José Manzaneda, coordinador de la Asociación Euskadi-Cuba, se enfrentó a seis años de cárcel por un artículo solidario.

Hay bombas de racimo, de hidrógeno, termobáricas, de neutrones... convencionales. Pero hay otro tipo de bombas igual de letales. Fueron aquellas «bombas dormidas» implementadas desde 1962, las que caen sobre Cuba. Porque como ha escrito el editorial de “La Jornada” recientemente: «En el presente siglo, salvo Israel sobre el pueblo palestino, ningún país has sido tan sistemática y duraderamente sádico con la población civil como Estados Unidos en su embate contra los cubanos. El sufrimiento humano y el despojo de toda perspectiva de vida digna en su propia tierra son el testimonio del total desprecio de la clase política estadunidense hacia el bienestar de las personas y la libertad en nombre de la que hablan».

 

 

 

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viernes, 25 de octubre de 2024

Recordando a Monseñor Laboa

Desde Naiz traemos a ustedes esta semblanza biográfica de uno de sos vascos que pertenecen por derecho propio en el libro de Mark Kurlansky titulado 'La Historia Vasca del Mundo".

Adelante con la lectura:


Monseñor Josetxo Laboa, embajador del Vaticano y de su amada Euskal Herria

El 24 de octubre de 2002 moría en Donostia monseñor José Sebastián Laboa, pasaitarra y nuncio apostólico del Vaticano en diversos países y anfitrión de jefes de Estado en su última etapa. Una larga enfermedad ponía fin a la vida intensa de uno de los más prestigiosos diplomáticos de la Santa Sede.

Fermin Munarriz

Conocí a monseñor Laboa en vísperas de la invasión estadounidense de Panamá en 1989 en la Nunciatura -embajada del Vaticano- que él dirigía en la capital centroamericana. Eran momentos de mucha tensión e incertidumbre en el país. Y la Nunciatura vaticana era uno de los centros neurálgicos de la información. Según se hablaba en la ciudad, por allá pasaban todos los canales. El nuncio era una institución.

Como periodista enviado de 'Egin', solicité un encuentro con las lógicas reservas, que se deshicieron en el momento que atravesé la puerta verjada de la embajada y vi a un señor menudo en el porche con guayabera y un crucifijo al cuello con los brazos abiertos como quien recibe a su hijo después de largo tiempo: «iBienvenido, paisano!»

No era nada personal. Con el tiempo y nuevos encuentros pude constatar que aquel Josetxo –para los cercanos– Laboa era así, pero, especialmente, con los suyos, los de su tierra. «Gente de palabra», decía.

Efectivamente, por aquella embajada pasaban todos los circuitos de los mensajes –eso que se llaman últimos intentos antes de una guerra– que se cruzaban el gobierno del general Manuel Antonio Noriega –la presa que se quería cobrar EEUU–, los opositores de todo calibre, los enviados de EEUU, los diplomáticos...

Invasión de Panamá

Llegó la invasión anunciada y con ella uno de los momentos más críticos de la carrera de monseñor, nacido en Pasai Donibane en 1923 y con una vocación de «cura de pueblo» que se torció al ejercer estudios de Teología y de Derecho en las más prestigiosas universidades pontificias y una inteligencia privilegiada que le llevaron hasta el lugar donde se cuece la diplomacia vaticana. Esa tan reputada que no tiene prisa, porque se considera una institución «ad eternatis», eterna. Fue el entonces cardenal Montini, posteriormente Papa Pablo VI, quien lo ubicó en las tareas para internacionalizar el cuerpo diplomático.

De nuevo en Panamá, el Comando Sur de EEUU, que estaba dentro, en la zona del canal, lanzó a sus marines a invadir el país y apresar al incómodo Noriega al precio que fuera. El 20 de diciembre de 1989 tomaron Panamá por las bravas en un baño de sangre en busca del general, pero no lo encontraron. ¿Dónde estaba? Cuatro días más tarde, se supo: refugiado en la Nunciatura, con el beneplácito de monseñor Laboa. Tomó una decisión que él mismo consideraba arriesgada y hasta cuestionable desde el punto de vista de la diplomacia: enviar un coche para recoger a Noriega y llevarlo al lugar seguro de la embajada, territorio del Vaticano. Siempre defendió esa actuación desde el sentido pastoral de querer evitar una tragedia mayor. Solo en los dos primeros días de invasión ya habían muerto más de 1.200 personas.

Los estadounidenses se tomaron a mal el atrevimiento y rodearon el recinto con tanques y francotiradores y la amenaza de arrasar. No les funcionó y optaron por emitir a todo volumen música rock heavy las 24 horas del día en torno a la Nunciatura para ablandar la frágil resistencia.

Si la situación era de por sí delicada, faltaba un detalle no menor para la historia: ante la inminencia de una situación caótica en la que peligraban las vidas de todo el mundo, el nuncio invitó a refugiarse el primer día de la invasión a los deportados vascos que se encontraban en el país. Debía protegerlos y así se lo hizo saber por teléfono a su amigo y presidente español, Felipe González, que no salía de su asombro. «Son paisanos».

«Los cojones bien puestos»

El asedio a la embajada duró diez días y dejó una imagen memorable: el general Marc Cisneros, jefe del Ejército de EEUU y comandante de la invasión, ante la entrada verjada de la Nunciatura rodeada de tanques, exigiendo a un Josetxo Laboa vestido con guayabera clara y su crucifijo que entregara a Noriega y sus leales ante el pretexto de una toma de rehenes. La alternativa era asaltar el recinto. El nuncio se negó en rotundo y le dijo que el Vaticano solo facilitaría la salida de Noriega mediante un acuerdo legal que garantizara su vida y siempre que se entregara por voluntad propia. La respuesta de Cisneros fue en tono castrense: «Monseñor, tiene usted los cojones bien puestos».

Noriega se entregó el 3 de enero y días más tarde los deportados vascos pudieron salir a un tercer país. Monseñor Laboa siempre lo recalcó: «Hice todo con el Evangelio en la mano». Y así se lo reconoció el Papa Juan Pablo II, que le felicitó por su tarea y encomendó nuevos retos…

Quienes conocieron a Laboa coinciden en destacar su humanidad, su astucia, su habilidad… Seducía con la inteligencia, con su dominio de las situaciones y su liderazgo, con su cultura, con la capacidad de hacer sentirse cómodos a sus interlocutores: el más alto estadista o el más humilde de los paisanos. Y siempre mostraba el orgullo de pertenecer a su patria lejana. Todos los días leía algún fragmento en euskara después de caminar 12 kilómetros.


Según sus palabras, el secreto de la diplomacia era el «sentido común» y «ser auténtico». Lo decía un embajador de alto nivel que nunca pasó por la Escuela Diplomática vaticana y salía airoso de las misiones delicadas. Llegaba aprendido.

Tenaz, afable y con un refinado sentido del humor, igualaba al grande y al menor. Todos apreciaban la figura protectora de un Laboa que detallaba con precisión en un diario los avatares de su vida y que hoy reposa, seguramente, en alguna estantería familiar de Pasaia a la espera de la luz.

Panamá no fue la única prueba de fuego para el diplomático vasco. De allá fue destinado a un Paraguay convulso tras la dictadura de Stroessner y, más tarde, tras pasar por Malta, recaló en otra plaza difícil, la Libia de Gadafi. Contra lo previsto, el líder de la revolución lo recibió con admiración y respeto. Una antigua conversación casual con bebidas del país sobre Donostia y Pasaia con el embajador libio en Panamá había allanado el camino. Meses después, el pequeño y sonriente Laboa consiguió abrir la primera representación vaticana en el país de Gadafi.

Pero Laboa no se olvidaba de los suyos. Además de los altibajos de la Real Sociedad, seguía los acontecimientos de su país con la nostalgia del viajero errante. Siempre sacaba en su conversación aquel Pasaia de sus amores que dejó atrás de joven. Localidad a la que llevó de visita en 1954 al entonces cardenal Angelo Roncali, futuro Papa Juan XXIII, que se alojó en la casa familiar de los Laboa.

Propuesta de mediación en la autovía

Presumiblemente, alguna gestión discreta le llevó a hablar con el lehendakari Ardanza en la Navidad de 1990 sobre el cariz que tomaba el tema de la autovía entre Nafarroa y Gipuzkoa, que ya dejaba muertos. Unos meses más tarde, en mayo de 1991, desde Paraguay, Laboa hacía pública su disposición a mediar en el conflicto. Puso condiciones técnicas de viabilidad y de autorización de la Santa Sede. La Coordinadora Lurraldea aceptó días más tarde la mediación. Fue la parte española, con González a la cabeza, la que desechó esa opción de esperanza. En declaraciones a 'Egin' aquel mes, Laboa dejó su sello de identidad: «Por el País Vasco estaría dispuesto a hacer lo que sea».

La última vez que vi a monseñor fue en el Vaticano, unos meses antes de su muerte. El longevo obispo y entonces miembro de la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos estaba pletórico y se manejaba con maestría en el recinto pontificio. «No hago milagros, pero sé quien los hace», decía con su fina ironía en aquella corte en la que era también el encargado de recibir a los jefes de Estado de todo el mundo que llegaban a la Santa Sede.

Lo de los milagros quizás era verdad, o al menos lo parecía. Pero una vez despachada la agenda oficial, se volvía a sentir a gusto con los paisanos. Lo decía con ojos vivaces ante la mirada sobria de otro vasco universal, el jesuita y director de Radio Vaticano Inazio Arregi: «¡Vamos a comer los mejores espaguetis del Vaticano!». En la comida no podía faltar otra de sus aficiones, contar anécdotas de una vida intensa. Vaya este pasadizo relatado por él como muestra de consideración a un personaje inigualable:

Laboa trató en persona al general De Gaulle cuando era presidente de la República francesa. «Altanero y arrogante», decía. Y también al que entonces era su primer ministro y luego presidente, George Pompidou. Un día de agosto, en plena canícula, Pompidou entró en el apartamento presidencial de De Gaulle y se encontró a este completamente desnudo. «¡Mon dieu!» (¡Dios mío!), exclamó. Y De Gaulle le contestó: «En la intimidad puede llamarme 'mi general'».

 

 

 

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martes, 20 de agosto de 2024

Fidel Castro y los Refus

Isidro Esnaola se ha ido a la hemeroteca y ha rescatado esta entrevista al Comandante Fidel Castro que fue publicada por Egin allá en 1985. En la misma, le preguntan acerca de los militantes de ETA que se encontraban refugiados en la isla.

Aquí el artículo para su lectura desde las páginas de Naiz:


Fidel Castro sobre los refugiados vascos en Cuba: «Los etarras no son mercenarios»

En 1985, ‘Egin’ publicó una serie de reportajes sobre el exilio que tituló «Las nuevas rutas del exilio vasco». Como colofón a esa serie, en la última entrega reprodujo parte de una entrevista que la agencia EFE hizo al comandante Fidel Castro, en la que desgranaba el modo en el que los militantes vascos llegaron a Cuba, las condiciones que puso el Gobierno de Cuba o la relación con el PCC.

Isidro Esnaola

Con el PSOE en el Gobierno de Madrid, el Estado francés empezó a colaborar más estrechamente con el Estado español en la persecución de los refugiados vascos en Ipar Euskal Herria. Eran tiempos de los GAL y en septiembre de 1984 se produjeron las primeras extradiciones de refugiados al Estado español. Además, el Gobierno galo añadió la práctica de las deportaciones que llevó a muchos militantes vascos a países lejanos.

En 1985, ‘Egin’ publicó una serie de reportajes sobre el exilio que tituló «Las nuevas rutas del exilio vasco». El 20 de agosto, como colofón a esa serie, en la última entrega el diario reprodujo –en un artículo firmado por el director de ‘Egin’, José Félix Azurmendi– parte de una entrevista que la agencia EFE hizo al comandante Fidel Castro.

Fidel describía a los militantes vascos como «gentes tenaces, persistentes y militantes» y señalaba que entre las condiciones para acogerlos estaban que debía ir voluntariamente y comprometerse a estar un mínimo de seis meses.

Castro reconocía que los acogió por humanidad, porque ellos también fueron perseguidos y sabían lo que significa. También señalaba que el PCC no había tenido reuniones políticas con ellos porque Cuba no tenía intención de ser parte del conflicto entre Euskal Herria y el Estado español.

Cuando en la entrevista se mencionó a Menoyo, un agente de la CIA que estuvo organizando una insurrección contra el Gobierno de Cuba, Fidel lo calificó como traidor, y dijo que no era comparable a los militantes vascos «porque los etarras no son mercenarios, los etarras luchan por convicciones, creen en su nacionalidad y creen en su derecho a la autodeterminación; desde el punto de vista moral ni político, usted no puede despreciar a alguien que luche por esas motivaciones».

Las nuevas rutas del exilio vasco (y 20) | ¿Qué pasa con los etarras, comandante?

José Félix Azurmendi

El 13 de febrero de este año, bautizado en la República de Cuba como el «Año del Tercer Congreso», Fidel Castro concedió una entrevista al director de la agencia española de noticias «Efe», Ricardo Utrilla, y a la periodista de la misma agencia Marisol Marín. En su día, «Efe» proporcionó a sus abonados un resumen de la misma, que fue difundida, entre otros diarios, por este mismo EGIN.    

La conversación ocupaba doce apretadas páginas de «Gramma», órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, que lo dio en versión completa y taquigráfica el 21 de febrero, una semana después. Posteriormente, con el titulo de «Sobre la deuda impagable de América Latina, sus consecuencias imprevisibles y otros temas de interés político e histórico», la Editora Política la hizo pública en un libro de 132 páginas.

Dentro de la «conversación», que es como la denomina «Gramma», hay varias preguntas y respuestas relacionadas con los deportados vascos y con ETA, que recogemos de ella y las transcribimos en su totalidad. Concretamente, lo reproducido ocupa desde las páginas 22 a la 36 del citado libro, y dice así:

RICARDO UTRILLA: ¿Qué pasa con los etarras, comandante?  Parece que ya llevan mucho tiempo aquí, ¿no?

COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO: Bueno, hace días le expli­qué a Cebrián la cuestión de los etarras

R.U.: Sí, pero pasó por encima, no dio detalles de...

F.C.: Sí. Y yo le puedo explicar lo que usted quiera.

Los etarras están aquí a solicitud del Gobierno español. Nosotros no te­níamos interés de ninguna clase en vernos involucrados en eso, pero los franceses arrestaron a algunos etarras y los deportaron a distintos países; se suponía que distintos países de Amé­rica Latina los iban a recibir, entre ellos Panamá. Me parece que Panamá se comprometió a tenerlos allí unos días. Ocurrió después que ningún otro país estaba dispuesto a recibir este grupo de etarras. Entonces, tanto los españoles como los panameños nos so­licitaron insistentemente que los reci­biéramos. Esto para nosotros, de todas formas, entrañaba riesgos porque, como yo decía, no queremos aparecer ni cómplices ni carceleros de los eta­rras.

Los etarras, naturalmente, son gentes que tienen sus ideas; son gentes tenaces, persistentes y militantes. No­sotros no los podemos tener aquí presos. Nosotros no queremos convertirnos en guardianes ni en centinelas de los etarras; tampoco queremos ser cómplices. La posición nuestra es no inmiscuirnos para nada en ese pro­blema de España, es la posición que hemos adoptado y que seguimos rigu­rosamente. Incluso, los etarras han solicitado contactos con nuestro Partido para exponerle sus posiciones, sus puntos de vista, y nosotros, acorde con esa po1ítica, hemos evitado ese tipo de contacto.

R.U.: ¿Entonces no ha habido contactos entre la ETA y el PCC?

F.C.: No, no ha habido contactos entre la ETA y el PCC, como no sean los contactos realizados cuando ellos iban a venir, que se habló de que vinie­ran para acá, ya que una de las condi­ciones que plantearon fue que si ve­nían a Cuba debía ser voluntariamente y no por la fuerza. Se les explicó la situación que había, y que ellos decidieran. Ellos debían decidir libremente. Nosotros no estábamos dispuestos a aceptar los etarras traídos por la fuerza. Planteamos, además, que en ese caso ellos debían comprometerse a per­manecer en Cuba seis meses. El Gobierno español quería un compromiso de mayor tiempo. Incluso se habló de dos años, pero nosotros aceptarnos proponerles a los etarras solo seis meses.

R.U.: Que ya han transcurrido larga­mente, ¿no?

F.C.: Sí, han transcurrido los seis meses.

Es decir, hubo compañeros del Go­bierno que hablaron con ellos y hay funcionarios que mantienen la aten­ción a ellos en el terreno de sus necesi­dades prácticas, o de sus trámites legales, o de cualquier tipo; pero lo que no ha habido es contactos de tipo político, discusiones de tipo político con ello, aunque ellos han planteado sus deseos de exponer su problema.

Eso, desde luego, no tendría nada de particular, e incluso no constituye una falta, ni constituye una agresión a España, que nuestro partido escuche la exposición de sus ideas y puntos de vista, pero nosotros, incluso hemos evi­tado ese tipo de relaciones políticas, para no incurrir en los riesgos de que se nos pretenda implicar en ese pro­blema de España.

Ahora se han cumplido ya los seis meses, efectivamente, pero ellos no han incumplido su compromiso de perma­necer un mínimo de seis meses; tampoco los vamos a expulsar del país. Hay una situación de hecho; no vamos a expulsarlos. Cuando ellos quieran salir del país, tampoco les vamos a prohibir que salgan, ni mucho menos. Si no tienen otro lugar donde estar, por un elemental sentido de humanidad estarán aquí y serán tratados con todo respeto; cuando quieran mar­charse del país, podrán marcharse, es su libertad. Yo no sé lo que ellos piensan en realidad, pero son libres de marcharse del país si lo desean, y si no tienen a dónde ir, nosotros no los vamos a expulsar, ni les vamos a negar la hospitalidad que fue concedida, pre­cisamente, a solicitud de otros gobier­nos; no fue una iniciativa nuestra. Eso es lo que puedo explicarle con relación a este problema.

MARISOL MARIN: ¿Había alguna otra condición de ustedes, aparte de la de estar seis meses?

F.C.: Bueno, seis meses, y que vinie­ran voluntariamente. Es decir, que no los trajeran por la fuerza era la otra condición. El compromiso de estar esos seis meses era el tiempo que les había­mos propuesto. Han pasado ya los seis meses. Les propusimos un breve pe­riodo para que no fueran a pensar que nosotros queríamos tenerlos retenidos aquí. Nosotros les dijimos que los reci­bíamos con la condición de que ellos aceptaran el compromiso de permane­cer seis meses en Cuba.

R.U.: ¿Ellos lo aceptaron?

F.C.: Ellos lo aceptaron, no vinieron aquí por la fuerza, y yo no he tenido noticias desfavorables sobre su comportamiento  en Cuba.

No están presos, me imagino que tengan visitas. Aquí vienen muchos es­pañoles; aquí vienen muchos turistas españoles y me imagino que tengan contactos con los españoles. Nosotros­ no los andamos vigilando, lo que nos interesa es que respeten las leyes de nuestro país, pero todos nosotros hemos sido perseguidos de alguna ma­nera o de otra, hemos estado exiliados o hemos estado presos, y sabemos lo que hacemos todos en esos casos: si es­tamos exiliados, tratamos de mantener los contactos, y cuando estamos presos, tratamos de mantener los contactos, y cuando estamos clandestinos también. Son cosas que no las puede evitar nadie; en realidad, ni es nuestra obli­gación. No son funciones que nos corresponden a nosotros. Me imagino que en otros países vivan algunos de ellos, no sé si por fin México aceptó algunos, si Venezuela aceptó otros.

M .M.: Los están mandando a África. Mandaron los últimos a Togo y Cabo Verde.

F.C.: Si los etarras y también el Go­bierno lo solicitan, nosotros no tene­mos inconveniente en que estén aquí o vengan aquí en las mismas condiciones que vinieron los otros. En eso no creo que haya problemas insalvables.

R.U.: ¿Recibirían más?

F.C.: Miren, yo no me atrevería a darle una respuesta categórica en este momento. Tendríamos que analizarlo, porque siempre hay riesgos políticos. Si de repente todos los etarras vinieran para Cuba, los enemigos de nuestras relaciones con España van a empezar a intrigar y a decir que nosotros somos cómplices de los etarras, o somos res­ponsables de cualquier cosa que hagan los etarras. En realidad, debemos tener en cuenta que tal cosa se  prestaría a una propaganda calumniosa y falsa con nuestro país.

Lo que yo decía: bueno, si no tienen dónde los lleven y fuera necesario un lugar donde se les trate con respeto y las debidas consideraciones humanas, en condiciones de voluntariedad y compromiso mínimo de estancia, pu­diera pensarse en esa solución. No lo estamos ofreciendo, lo digo como una posibilidad. A mí me dicen: quieren mandar a los etarras y no tienen nin­gún  lugar del mundo donde mandar­los, y los van a mandar a Sudáfrica o a cualquier otro lugar por la fuerza, yo analizaría otras alternativas. Sí, he oído decir que los van a mandar a Cabo Verde, yo no sé cuáles serán las condiciones en que estarán allí.

El problema no nos conviene a no­sotros, pero no les tenemos miedo a los problemas, y la razón por la que toma­mos aquella decisión fue por conside­ración a España, consideración a Pa­namá y consideración a los etarras también, porque si bien con los go­biernos de Panamá y de España tene­mos consideraciones políticas, con los etarras podemos tener consideraciones humanas.

Pero no tenemos ninguna responsabilidad con este tipo de problemas, y creo que nadie pueda acusarnos, ni po­drán acusarnos; si lo hacen, lo harán gratuitamente, como de tantas otras cosas que nos acusan a nosotros, pero no tendrán fundamento serio para decir que nos inmiscuimos en asuntos de esta naturaleza en España, porque no pensamos inmiscuirnos.

R.U.: Si le parece, Comandante, pa­samos entonces a los temas latinoamericanos, y empezar  por...

F.C.: No... sí, sí, la respuesta fue un poco extensa, pero usted puede escoger materiales. Quise dar detalles.

Los lemas éstos, ya usted sabe lo polémicos que van a ser, se lo imagina y lo de la OTAN...

R.U.: Sí, el de la OTAN es muv polémico.

F.C.: Yo se lo digo con toda franqueza, ya que usted me lo preguntó.

M.M.: Falta un tema en el apartado de España, que yo creo que es inevitable.

R.U.: ¡Ah! Gutiérrez Menoyo.

F.C.: No se vayan a olvidar de Gutierrez Menoyo, porque se van a buscar un dolor de cabeza.

R.U.: A mí se me había olvidado.

F.C.: ¿Qué quieren que les diga?

R.U.: Bueno, diciéndolo un poco brutalmente, en España se ha llegado a decir incluso, que usted lo retiene como rehén para un eventual viaje España o para un viaje de Felipe aquí...

F.C.: Le voy a decir con toda franqueza: lo de Menoyo no tiene nada que ver con que viaje a España o no viaje a España. Sería absurdo, y estaría contra nuestra dignidad, no le voy a decir solamente contra nuestros principios; contra nuestra dignidad, ponernos a negociar la libertad de alguien con el propósito de hacer una visita, de que me inviten a España.

Ese tipo de acciones que pueden atribuirnos nuestros enemigos, y es lógico que tengan que hacerlo, son completamente ajenas a la historia, al estilo de nuestra Revolución y de su propio estilo. Si nosotros consideramos que un individuo debe estar cumpliendo una sentencia  porque hay razones absolutamente justificadas para ello, ese principio, ese punto de vista no lo cambiamos por nada, ni por todo el dinero del mundo, ni por cien viajes a España, por  supuesto.

Más fácil es que nosotros resolvamos un problema de esta naturaleza por razones de consideración con el Gobierno español, de consideración personal con Felipe, puesto que sabe­mos que atacan a Felipe injustamente, presionan, lo tratan de poner en si­tuación embarazosa con motivo del asunto de Menoyo; únicamente por consideraciones personales a Felipe es que nosotros incluso hemos estado dis­puestos a discutir el asunto. Y a decir verdad, me gustaría en esta cuestión la posibilidad de dar una prueba de consideración personal a Felipe, como hicimos con los etarras que, como le expliqué, fue una prueba de consideración con Felipe, con el Gobierno español, también con el Gobierno de Panamá y, por último, con las personas que han sido objeto de estos arrestos y expulsiones de Francia.

Ahora, hay una razón perfectamente clara por la que nosotros no podemos ceder en la libertad de Menoyo, y, créame, que con relación a Menoyo nosotros no albergamos el más mínimo espíritu de revancha ni de venganza.

Ahí en España está Cubela, por ejemplo, que fue arrestado y sancionado a muchos años por uno de los deli­tos más serios: por haber sido agente la CIA y haber introducido en Cuba las armas, de  acuerdo con la CIA para realizar un atentado contra, es un hecho realmente grave; y hace ya más de cinco años que está en libertad, como muchos otros, y sin que lo haya pedido nadie, les hemos reducido la sanción; los hemos puesto en libertad y están en España o en Estados Unidos o en otros países.

Ahora, Menoyo es el jefe de una or­ganización contrarrevolucionaria, Alfa 66 que actúa desde Estados Unidos, desde Miami, que ha realizado infinidad­ de ataques piratas a nuestras embarcaciones, instalaciones portuarias, que ha filtrado en numerosas ocasiones violentos mercenarios armados en otro país para realizar atentados y sabotajes a lo largo de muchos años. La gente vinculada Alfa 66 fue responsable del repugnante sabotaje al avión de la linea aérea cubana en Bar­bados, que costó la vida a más de 70 personas, entre ellos, el equipo juvenil nacional de esgrima, y Menoyo es el jefe de esa organización. Puedo tener el deseo personal de tener una conside­ración con Felipe, pero ¿debo olvidar los intereses de Cuba y los intereses de nuestro  pueblo? Cuando Menoyo de­sembarcó aquí con un grupo de merce­narios armados, procedente de Estados Unidos y en las inmediaciones de la Base Naval de Guantánamo, cometió con ese solo hecho un delito suma­mente grave.

Yo le advierto que lo que hizo Me­noyo merecía una sanción mucho más alta, sencillamente merecía el fusila­miento; merecía que los tribunales lo hubieran sancionado a la pena capital, porque esos delitos de traición al país, y las cosas que hizo Menoyo contra Cuba y al servicio de una potencia ex­tranjera, son sancionados con las penas más severas. Tenga usted la se­guridad de que fue una expresión de generosidad el hecho de que Menoyo, no obstante la gravedad  de los hechos, la gravedad de su traición, no hubiera sido sentenciado a una pena más rigu­rosa. No hemos sentenciado a un indi­viduo por disidencia política, ideoló­gica, sino a un individuo que desde territorio de Estados Unidos –¡desde territorio de Estados Unidos!– orga­nizó numerosas acciones contra el país, incluso invadirlo; con elementos armados.

Yo puedo tener deseos de ser amis­toso con Felipe y darle pruebas de amistad, pero no a costa de hacer algo que sería difícil de entender por nues­tro propio pueblo. Cuando Estados Unidos nos está amenazando a noso­tros de agresión, y de modo tal que nos ha obligado a movilizar y preparar a toda la población para defender el país a cualquier costo, seria en verdad una tontería incomprensible y sin sentido liberar a Menoyo y enviarlo a Estados Unidos a realizar nuevas fechorías contra Cuba. ¿Qué le explicaríamos después a nuestro pueblo cuando Alfa 66 y Menoyo envíen una infiltración que le cueste la vida a un miliciano, a un obrero, a un soldado cubano? En tanto existan peligros de agresión contra nuestro país por parte de los Estados Unidos, no podemos darnos el lujo de poner en libertad a Menoyo, ex­cepto que haya cumplido su sanción.

Creo que el pueblo español, al que se trata de engañar y manipular bur­damente con este tema, puede entender perfectamente nuestra posición. ¿Qué dirían los españoles si yo le planteara al Gobierno español que pusiera en li­bertad a los etarras que están presos? Ya que vamos a hablar de este tema, vamos a hablar con amplitud. ¿Qué di­rían?

R.U.: Porque fueran de origen cubano...

F.C.: ¿Qué diría el Gobierno español si nosotros le insistiéramos en que pusiera en libertad a los etarras que están presos? A decir verdad, el Gobierno es­pañol puede decir que los etarras son españoles; pero el problema es ese pre­cisamente, que los etarras dicen que ellos no son españoles; que ellos son vascos. Y más todavía: desde el punto de vista moral, un militante etarra es mucho más respetable que Menoyo, porque los etarras no son mercenarios, los etarras luchan por convicciones, creen en su nacionalidad y creen en su derecho a la autodeterminación; desde el punto de vista moral ni político, usted no puede despreciar a alguien que luche por esas motivaciones.

No voy a analizar los métodos que se empleen, si es un método u otro; estoy analizando simplemente las mo­tivaciones. En cambio, Menoyo actúa al servicio de una potencia extranjera, y eso es un acto de traición; Menoyo es algo más que un preso político. Me­noyo es un traidor al país, porque actuó desde Estados Unidos y al servicio de los intereses de Estados Unidos contra Cuba, y los etarras –que yo tenga entendido– no están asistidos por niguna potencia extranjera, ni trabajan al servicio de ninguna poten­cia extranjera, ni son mercenarios. Menoyo es mercenario, ha actuado al servicio de Estados Unidos, al servicio de una potencia extranjera contra el país que lo acogió desde muy joven, contra el país donde vivió, y cuya na­cionalidad y cuyas leyes aceptó y acató.

No se puede comparar a Menoyo moralmente con un etarra. Y si vamos a hablar de esto, y si hay que hablar sobre esto y discutir este tema, estoy dispuesto a discutir con amplitud y profundidad.

Yo creo que a los españoles no les agradaría, ni al Gobierno ni a nadie, que nosotros presionáramos y organi­záramos campañas para que pusieran en libertad a los etarras presos en Es­paña. En eso se ha traducido el caso de Menoyo, con el pretexto de que es descendiente de españoles, en un ins­trumento de presión y campañas contra Cuba, y digo, categóricamente, que a Cuba no se le puede presionar. Si un día la hostilidad y las amenazas de Estados Unidos desaparecen, nosotros estaríamos en más libertad, podría tener más lógica ponerlos en libertad, a él y a otros, porque, repito, no se trata de un acto de venganza o de ani­madversión personal contra nadie. Nunca hemos visto las sanciones de la Revolución como un medio de ven­ganza, sino como un instrumento de defensa de nuestro país.

Menoyo tiene una larga sanción, y le reitero que fue generosa. Se ha que­rido convertir este caso en un medio para presionarnos como una supuesta prueba de amistad. Sí, nosotros tenemos una gran amistad con Felipe, por­que yo, personalmente, le tengo afecto y respeto a Felipe; pero le tengo más amistad a la Revolución Cubana, le tengo mas amistad a nuestro país, y le tengo más amistad y respeto a mi Pa­tria que a cualquier otra persona o país en el mundo.




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sábado, 13 de agosto de 2022

"La Orden de la Espada"

Con respecto a la espada del libertador Simón Bolivar, esa ante la que no se levantó el monarca borbónico franquista Felipe, desde La Jornada traemos a ustedes algunas precisiones, entre las que se destapa esa vena misógina que tanto caracterizó a la izquierda latinoamericana el siglo pasado y que el autor pudo haber obviado, datándose al no hacerlo.

Adelante con la lectura:


La espada de Bolívar

Fabrizio Mejía Madrid

Tras la toma de protesta de Gustavo Petro como presidente de Colombia, leí distintas críticas a su decisión de ordenar devolver al pueblo la espada de Bolívar que su organización política, el M-19, había decidido extraer hace casi medio siglo. De los oligarcas, leí que los guerrilleros habían "robado una pieza del patrimonio nacional", que eran terroristas, y que Petro se preparaba –desde el primer día de asunción– para perpetuarse en una dictadura. De los liberales leí que no se podía llamar a la paz y a un acuerdo nacional si se usaba como símbolo un arma. De los monárquicos, que el rey de España no tenía por qué levantarse de su silla al ver pasar una espada "que era del dictador Simón Bolívar". Algunas feministas criticaron el carácter "fálico" de quien tiene una vicepresidenta afroamericana y que anunció un plan contra la violencia a las mujeres. Me parece que, quien ignora la historia de la espada de Bolívar, cae con facilidad en una incomprensión presentista. No es la espada. Es lo que significa hoy para los colombianos. Esta es su historia.

La idea de sacar de su letargo la espada de Bolívar en Colombia y "devolverla a la lucha" provino del ejemplo de los Tupamaros que habían expropiado la bandera del libertador de Uruguay, José Artigas. Fue un 16 de julio de 1969. En Colombia, entre el 14 y el 17 de enero de 1974, Jaime Bateman y Luis Otero Cifuentes pagan unos anuncios publicitarios en El Tiempo de Bogotá con un mensaje que parece de una medicina: “¿Parásitos… gusanos?… espere, M-19.” La última inserción pagada en el diario coincide con la extracción de la espada de la Quinta Bolívar a la hora del cierre, a las cinco de la tarde. Al tomarla, El Turco, Álvaro Fayad se sorprende de lo pequeña que es ya en su mano, en comparación a cómo la imaginaba. Antes de llevársela, deja un mensaje: "Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora a los explotadores del pueblo". Fue el nacimiento del M-19, una guerrilla bolivariana, anti-imperia-lista, pero no necesariamente marxista ni guevarista. Bateman y Otero habían pertenecido al Partido Comunista colombiano, pero se habían salido. De hecho ellos se decían, más bien, "comuneros". Al tomar la espada de Bolívar y retenerla durante 17 años, sin que la policía pudiera jamás reapropiársela, el M-19 la regresó al espacio popular: primero estuvo "donde unas putas", envuelta en una jerga; luego, estuvo guardada por el casi octogenario poeta León Grieff, en su casa del barrio de Santa Fe, en carrera 16-A, número 23-35. Grieff era un personaje del "gótico tropical", del "vanguardismo académico", que decía de sí mismo que su estado civil era "casado, bígamo y trigémino" y que: Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa / dicen que soy poeta… cuando no / porque iluso /suelo rimar –en verso de contorno difuso– /mi viaje byroniano por las vegas de Zipa. Con él estuvo la espada de Bolívar hasta 1976, año en que el poeta murió:

–¿Sufre mucho, don León?–, le pregunta una comandante de la guerrilla.

–Sufre mucho el hombre hace 2 mil años.

Después del 23 de abril de 1976, la espada pasa a ser el fondo de un sofá que se construye en torno a ella. Sobre ella se sienta a escribir otro viejo poeta, Luis Vidales: Este solar de tierra de Colombia nos duele / con un dolor de aquellos que no es grito ni grita (…) Usamos este amor para tomar fuerza en la vida, / porque no hay mayor belleza que la utilización de las cosas. / Lo usamos como se ama la aparición del día / y porque no le estamos pidiendo explicación a la aurora.

Vidales había dirigido el Partido Comunista colombiano entre 1932 y 34 pero se alejó decepcionado de su dogmatismo para apoyar con el periódico Jornada al candidato Jorge Eliécer Gaitán. Cuando el líder es asesinado aquel 9 de abril de 1948, Vidales escribe, al día siguiente: "¡Se les cayó el muerto encima! Era pesado el cadáver, y cayó como el inmenso cedro, dejando un gran boquete en la selva." El boquete se haría más y más grande, con una violencia que duraría casi medio siglo. Vidales entra en la clandestinidad para seguir publicando pero termina por exiliarse durante 11 años en Chile, después de que un militar de apellido Huerta lo lleva vendado a una mazmorra militar para interrogarlo sobre la espada.

A inicios de 1979, recuperar la espada se convierte en una prioridad de la contrainsurgencia colombiana. Torturado, el dirigente del M-19, Cali Iván Marino Ospina, les relata el mito que el ejército cree a medias: que la fraguaron en un bloque de cemento y la tiraron al río Magdalena, es decir, al caudal que cruza todo el país de sur a norte. No es así: envaselinada, envuelta en estopa con alquitrán –para evadir el olfato de algún perro policía–, es llevada por los dirigentes del M-19, en un Renault fuera de Bogotá. Bateman, El Turco Fayad, y Carlos Toledo Plata, el "médico del pueblo", se toman una sesión fotográfica con ella. Pero la represión que se viene contra los civiles que la han cuidado, que incluye a un político prominente en su jardín, decide a los guerrilleros a sacarla del país para esconderla en Cuba. Por eso la enigmática frase de Navarro Wolf: "Sabemos llegar a ella, pero no dónde está". Como instrumento simbólico, y tras el desastre de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, los comandantes deciden que debe estar en la patria de Bolívar, es decir, por toda América Latina. Hacen 12 copias y las reparten por todo el continente: a México llega para el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo; a Argentina con las Madres de la Plaza de Mayo; a Panamá con la familia de Omar Torrijos. Mario Benedetti y Eduardo Galeano no la reciben, aunque están en la lista de lo que se llamó "la Orden de la espada", que incluía un pergamino, la idea de unos centros culturales, y una promesa que no alcanzan a ver los que creen que es un objeto "robado" o un "falo patriarcal" o símbolo de guerra.

No lo es: regresa la espada a Colombia cuando el M-19 decide deponer las armas y hacerse partido político. El último día de enero de 1991 queda resguardada en el banco de la República, por órdenes del presidente César Gaviria. La entrada del movimiento armado a la vida político-electoral se firma junto con una Constitución que incorpora los derechos sociales en ese año. Es la Constitución de la que Petro leyó el primer artículo en su toma de posesión, porque nunca se aplicó.

La espada es disidencia de izquierdas, poetas comprometidos, signo de los latinoamericanos, ofrenda de paz y derechos. Pero hay que conocer su viaje para poder empuñarla.

 

 

 

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lunes, 21 de marzo de 2022

Juanca el Corrupto

En la que promete ser la primera entrega de más información por venir, el autor -quien no es en lo absoluto lo que pudiéramos llamar un improvisado- de este texto que traemos a ustedes desde La Haine ha procedido a exponer en toda su crudeza la corrupción del régimen español, tanto en su etapa con el genocida Francisco Franco en su papel de figura prominente como en la posterior, con Juan Carlos Borbón a cargo de llevar las riendas de un estado paria que como estrategia para validarse ante la comunidad internacional ha recurrido a la vulgar trampa del bipartidismo, ahora desdoblado con la aparición de Podemos y más recientemente Vox.

Y es que a menudo se olvida que durante el reino de terror de Francisco Franco no solo se segó la vida de decenas de miles de personas sino que también se dio vía libre para que tanto el mismo Franco como muchos de sus allegados amasaran grandes fortunas producto del despojo a los "enemigos de la Sacrosanta Unidad de España".

Así que, aclarado lo anterior, les invitamos a la lectura del escrito:


Retrato de un rey corrupto (I)

Las conclusiones de la Fiscalía destruyen el prestigio del que fuera Jefe del Estado impuesto por Franco. La impresión es que no se ha profundizado en la investigación

José Antonio Martín Pallín    

La lectura de los dos informes de la Fiscalía General del Estado sobre el resultado de las investigaciones abiertas para dilucidar si los tejemanejes económicos del rey honorífico eran o no constitutivos de delito, mientras reinó y después de su abdicación, proporciona un retrato realista y coral de su persona y de los acompañantes que le ayudaron en su tarea de enriquecerse sin límites económicos ni éticos.

En el retrato ocupa, como es lógico, un lugar preferente la figura de Juan Carlos de Borbón y Borbón, acompañada, como en El entierro del Conde Orgaz, de personajes que actúan como oficiantes en la ceremonia de la corrupción y el fraude fiscal.

La historia de los acontecimientos se desarrolla en paraísos fiscales –las islas del Canal de la Mancha Jersey, Guernsey y Panamá– y en entidades bancarias de países tan poco propicios a proporcionar detalles sobre el secreto de operaciones financieras como Suiza. No hace falta ser un sagaz sabueso para llegar a la conclusión de que todo el dinero que pasa por esos parajes es, en principio, sospechoso de alguna actividad irregular. Pero vayamos a los hechos, y nada mejor que resumir los pasajes más llamativos de este minucioso y clarificador informe de la Fiscalía General del Estado.

Todos sabemos que, para disponer de una cobertura económica, en el caso de necesitarla por razón de jubilación o cualquier otra eventualidad, lo más adecuado es acudir a un banco nacional y concertar un fondo de pensiones o cualquier otra cobertura semejante. Los asesores del emérito podían haber realizado esta operación con un banco de nuestro país, pero consideraron que era más seguro y opaco realizarla en paraísos fiscales, para sustraerla a la fiscalización de las autoridades financieras españolas.

Para resguardarse de indiscretas investigaciones, los asesores del rey honorífico utilizaron un instrumento económico y jurídico del derecho anglosajón que se conoce como trust. No se alarmen, este artefacto económico no tiene excesivas complicaciones. Se crea un patrimonio separado, en este caso una cantidad en metálico, que se ingresa en un banco; se administra por unos gestores y existen unos beneficiarios a los que se destinan las cantidades depositadas. Me imagino, sagaz lector, que ya habrá adivinado quién era el beneficiario: Juan Carlos de Borbón y Borbón. Para desentrañar la madeja de los sucesivos fondos que pasan de mano en mano tendremos que remontarnos al periodo comprendido entre los años 50 y 70, según el informe del Servicio Ejecutivo de la Comisión de Prevención del Blanqueo de Capitales e Infracciones Monetarias (SEPBLAC).

El hilo conductor que puede ayudar a comprender el enrevesado relato del Ministerio Fiscal comienza precisamente en la época que indican los investigadores. En los años 50, Juan Carlos de Borbón ya había iniciado sus estudios en España en virtud de un acuerdo entre su padre, don Juan de Borbón, y Franco, en una reunión celebrada el 25 de agosto de 1948. Después de una serie de acontecimientos políticos, Franco designó a Juan Carlos como su sucesor, a título de rey, en julio de 1969. Es un hecho suficientemente conocido que don Juan se quejaba a sus amigos y visitantes de su “penuria económica”. Muchos fieles monárquicos y otras personas, por razones diversas, aportaron cantidades de dinero y hasta le regalaron un barco para que disfrutase de su afición favorita.

Entre los años 50 y 70, comienza a constituirse un fondo para asegurar a Juan Carlos un respaldo económico ante las vicisitudes políticas que pudieran derivarse de su inestable condición política como sucesor del dictador. Me parece razonable que, ante las estrecheces que había vivido, decidiera imitar a Escarlata O'Hara en Lo que el viento se llevó, cuando juró ante Dios que “jamás volvería a ser pobre”. El juramento surtió efecto y la hucha de solidaridad monárquica, denominada “Nadine Limited” y administrada por Manolo Prado y Colón de Carvajal, acumuló cantidades cuya cuantía se desconoce. Esta operación, en principio, no tiene naturaleza delictiva. Sin embargo, tiempo después se intenta justificar la entrega de 80 millones de dólares americanos al señor Prado y Colón de Carvajal, en concepto de “pagos de guerra”. La procedencia es tan sospechosa y repugnante que merecía la pena haber agotado la investigación sobre esta cuestión. ¿Podría tratarse de tráfico de armas?

Carrusel de trusts

Alrededor de finales del siglo pasado comienza a gestarse la creación de un verdadero carrusel de trusts que, bajo una única denominación, acogen una importante suma de dinero que administra una persona, ayudada por gestores encargados de rentabilizar los capitales y cumplir sus fines. En todos los entramados que aparecen en el informe de la Fiscalía existe un “tercer beneficiario”, al que se destinan generosamente parte o la totalidad de los fondos. Y siempre, directa o indirectamente, el agraciado es S.M. Don Juan Carlos de Borbón y Borbón. La aparición, desaparición o trasvase de los fondos son tan vertiginosos que pueden marear al lector. Trataré de resumir el acelerado vals de los dineros, fijando mi atención en los aspectos que me parecen más llamativos y reveladores.

Las investigaciones del SEPBLAC se centran en la constitución de un trust denominado “The JRM (Joaquín Romero Maura) 2004 Trusts”, al que, como los ríos que van a dar a la mar, se vierten una serie de cantidades procedentes de otros trusts anteriores. Fue constituido en Jersey, el 9 de marzo de 2004, por D. Joaquín Romero Maura, historiador de nacionalidad española, nacido en Niza, profesor en Oxford y nieto del político Miguel Maura. Los fondos iniciales del trust ascendieron a 14.923.604 euros (dos millones de euros de una aportación inicial y otra adicional de 12.923.604 euros) y se depositaron en Barclays. El administrador Romero Maura fue clasificado por el banco como persona expuesta políticamente (PEP) en atención a su perfil de riesgo, fundamentalmente al ser próximo a una “importante figura política española”. Según los analistas financieros de Barclays, en 2004 la situación política en España era estable: el heredero, hoy rey Felipe VI, acababa de contraer matrimonio, la monarquía gozaba de prestigio y el conocimiento público de la existencia de los trusts y la presencia en ellos de D. Manuel de Prado y Colón de Carvajal era evidente.

Una de las cantidades que se ingresan en este fondo procedía de una aportación de 9 millones de dólares realizada por Simeón de Bulgaria, que, a su vez, tenía su origen en una serie de inversiones financieras en la banca J.P. Morgan en Suiza. A juicio de los investigadores, diversos indicios apuntan a que el exjefe del Estado español era el propietario último de esos fondos. Simeón de Bulgaria contrajo matrimonio en 1962 con Simoneta Gómez-Acebo, y la infanta Pilar, hermana de Juan Carlos, se casó el 5 de mayo de 1967 con Luis Gómez-Acebo. Es sobradamente conocido que los Gómez-Acebo eran los mayores accionistas de la entidad financiera Banesto, que a su vez tenía relaciones estrechas con JP Morgan. ¿Podemos deducir, amable lector, de dónde procedían esos fondos generosamente donados?

Existe un pasaje en el informe del Ministerio Fiscal que reproduzco, casi en su integridad, porque me parece de interés informativo. En el fondo JRM 2004 Trust aparece un llamado tercer beneficiario cuyas señas de identidad son fácilmente identificables. Se trata de un “beneficiario contingente”. El señor Romero Maura condiciona la entrega de cantidades del fondo al “tercer beneficiario” al hecho de que ocurran ciertos acontecimientos improbables, en circunstancias que califica de “tiempos problemáticos”. Sería la persona o personas que hubieran cesado en la Jefatura del Estado de España, a causa de un golpe anticonstitucional u otra similar circunstancia inhabilitante. Aclara que la expresión Head of State debe interpretarse ampliamente, incluyendo no sólo al monarca sino a otros servidores públicos reconocidos en ese momento por “una Constitución liberal democrática”. No era necesario que esa persona hubiera sido literalmente destronada, derrocada, depuesta o exiliada. Bastaría que le ocasionara una pérdida de estatus implícita en los acuerdos que hubieren sido aceptados en aras de la armonía civil. ¿Se estaría refiriendo a la abdicación?

Todo suena muy inglés, muy sutil. Romero Maura pide a los gestores del fondo que, cuando se tenga que hacer efectivo el dinero del trust, le asesoren para determinar la identidad y condición del “tercer beneficiario”. ¿De verdad necesitaba ayuda? Para despejar tan enrevesada duda, el trust podría consultar con los editores de los cinco principales periódicos del Reino Unido. Durante mucho tiempo, nosotros hemos estado en la inopia. Pero vayamos al grano. El señor Romero Maura manifiesta igualmente su deseo de que los trustees “reserven 10 millones de dólares estadounidenses para el caso de que se llegue a designar a este llamado tercer beneficiario”. Por fin, las cosas claras.

Por si alguien decidiera atar cabos, otro de los responsables del fondo aclara que este generoso depósito nada tiene que ver con el regalo de 100 millones de dólares regalados por el rey de Arabia, ni con los fondos Torres Kio. Según el informe de la Fiscalía, más allá de la procedencia de los fondos del JRM 2004 Trust, “que tienen una indudable conexión con quien fuera Jefe del Estado español”, lo relevante a los efectos de esta investigación penal es determinar si desde que se constituyó dicho trust en 2004 y, especialmente, desde junio de 2014 (fecha de la abdicación), es posible establecer alguna vinculación entre los fondos del mismo y Juan Carlos de Borbón.

En todo caso, las conclusiones de la Fiscalía destruyen el prestigio y la valoración, en el concepto público, de la persona del que fuera Jefe del Estado, en su condición de rey de España, durante el desempeño de su cargo. En mi opinión, no se ha profundizado suficientemente en la investigación. Había muchos más cabos de los que tirar. Es posible que no nos llevasen a buen fin desde el punto de vista de la construcción de una sólida acusación penal. El último servicio para blindar la irresponsabilidad e impunidad de Juan Carlos de Borbón lo presta la Agencia Tributaria, al dictaminar que las prebendas procedentes de JRM 2004 Trust, con posterioridad a la abdicación, lo han sido en unas cuantías que, en ningún caso, alcanzarían la cuota correspondiente a un delito contra la Hacienda Pública, aun cuando tales fondos hubieran sido eventualmente entregados a un contribuyente español. ¿La Agencia Tributaria hubiera procedido de igual manera si se tratase de cualquier otro ciudadano español? En sus manos dejo la respuesta.





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sábado, 22 de enero de 2022

José Andrés Álvarez Lastra

Desde las páginas de El Independiente traemos a ustedes esta detallada reseña literaria del libro de Ingo Niebel dedicado al lehendakari José Antonio Agirre y su muy particular así como accidentada saga:


El 'lehendakari panameño' que gobernó 'Euzkadi'... desde Berlín

El historiador alemán Ingo Niebel publica 'A la caza del primer lehendakari' en el que relata la larga huída y los años de exilio de José Antonio Agirre desde 1937 y hasta su muerte en París en 1960.

Mikel Segovia

Euskadi tuvo un lehendakari panameño. Vivió en Bélgica, en Berlín, en Suecia, en Brasil y en París. Con gafas, bigote poblado y una carrera como abogado. Lo fue por apenas un año, en mitad de una guerra y mientras nazis y franquistas le pisaban los talones. Vivió escapando, en busca de un lugar seguro para él y su familia desde el que recomponer su Gobierno. Pocos vascos lo conocen. Se llamó José Andrés Álvarez Lastra. ‘Gobernó’ desde junio de 1940 y hasta septiembre de 1941. La suya fue la Euskadi de la ‘Z’, como él la escribía, la ‘Euzkadi’ que tuvo que salir al exilio a finales de la Guerra Civil.

En realidad, fue una ficción. José Andrés Alvarez Lastra nunca presidió ningún gobierno. Ni siquiera existió. No en la vida real. Tan sólo figuró en documentos falsos con los que poder huir. Apenas las siglas ocultaban quién era en realidad aquel hombre de 1,65 de estatura. Nadie lo hubiera adivinado. Sin gafas ni bigote, el entuerto de aquellas iniciales -J. A. A. L.- se hubiera desvelado al instante. Aquel falso panameño era en realidad José Antonio Agirre Lekube, primer lehendakari del Gobierno vasco.

La elección de su identidad inventada respondía a algo mucho más peregrino que un plan meticulosamente ideado, una estrategia de resistencia bélica o la supervivencia a un exilio. Todas las camisas de Agirre estaban bordadas con las iniciales de su nombre y dos apellidos. No era tiempo para desprenderse de ellas y mejor hacer coincidir la nueva identidad, las iniciales del ‘falso lehendakari’, con las suyas. Tras revisar algunos de los apellidos más comunes en Panamá, nació José Andrés Álvarez Lastra.

Aquel viaje de supervivencia y de nueva identidad comenzó cuando estaba todo por terminar, cuando las tropas franquistas irrumpían sin oposición en tierras vascas. El Gobierno presidido por aquel treintañero católico del PNV inició el viaje al exilio del que no regresaría. José Antonio Agirre (Bilbao, 6 de marzo de 1904) simbolizaba la institucionalización de Euskadi. Él, como primer lehendakari, y su Gobierno como Ejecutivo símbolo del autogobierno vasco. Aquella Euzkadi con ‘Z’ que presidía contaba ya con bandera, con lengua, con himno, con una suerte de ‘ejército’ propio de gudaris y milicianos e incluso con moneda propia.

La clandestinidad

“La legión Cóndor ayudó a Franco a conquistar la Euzkadi de Agirre”, asegura Ingo Niebel. Este historiador alemán, amante del País Vasco, no olvida el día que su padre le llevó por primera vez a Gernika. En 1960 había trabajado un año en la Villa vizcaína, donde hizo grandes amistades. Años después la familia acudió a visitarlos. Mientras el Mediterráneo español se llenaba de compatriotas germanos, los Niebel optaban por visitar la localidad bombardeada en 1937. Antes del viaje su padre se lo contó. Rompió el tabú familiar y le reveló que aquel pueblo al que iban lo habían destruido con sus bombas aviones alemanes.

“Me sorprendió mucho. Tenía nueve años y cada vez que salía el tema de Hitler me mandaban salir de la sala. Tenía prohibido ver fotos de la guerra. Años después, esa curiosidad infantil la canalicé como historiador”. Su tesis final la dedicó a indagar qué ocurrió, cómo sucedió todo aquello. En ese escenario, la historia de José Antonio Agirre, su exilio y vicisitudes por Europa y América para escapar del Franquismo primero y el nacismo después le maravillaron. Ahora, Niebel publica ‘A la caza del primer lehendakari. Franco, Hitler y la persecución del primer presidente vasco’ (Ediciones B).

Este historiador y periodista alemán, casado con una mujer de Gernika, visita Euskadi con asiduidad. Sigue fascinado por la historia que se esconde tras la figura de Agirre y que descubrió en la biografía ‘De Gernika a Nueva York pasando por Berlín’ que escribió el propio lehendakari. Tras una ardua labor de investigación y documentación histórica, Niebel saca a la luz muchos detalles de aquella huida que durante años tuvo a Agirre oculto bajo una falsa identidad y residiendo en Bélgica, Alemania, Suecia, Uruguay, Nueva York y París, donde falleció en 1960 sin haber podido regresar a Euskadi.

De Berlín a Suecia

La toma de Bilbao se produjo el 19 de junio de 1937. Agirre huyó por Santoña (Cantabria) y desde allí a la Cataluña de Lluís Companys, al que dos años después acompañaría en su marcha al exilio cruzando la frontera a Francia. Instalado en París, intentó reconstruir su Gobierno desde el exilio. Al mismo tiempo buscó el reencuentro con su familia, exiliada en Bélgica. Aquella cita de mayo de 1940 para volver a ver a su mujer, Mari Zabala, tras mucho tiempo, y sus dos hijos salió mal. La invasión alemana de Bélgica le dificultaría regresar a París y terminaría optando por la clandestinidad. El lehendakari, el que muchos habían conocido, amado u odiado en función del bando de la guerra, pasaba al lado oscuro.

Mientras, las tropas nazis y las autoridades franquistas continuaban tras sus pasos. A su hermano Juan Mari ya lo había detenido y temía que pronto hicieran lo mismo con él. Es ahí donde nace la figura de José Andrés Alvares Lastra. La conexión y complicidad lograda con Guardian Jaén, cónsul de Panamá en Amberes (Bélgica) y en Hamburgo (Alemania), sería su tabla de salvación. Pese a las diferencias ideológicas, “él era ‘filonazi’ y ‘filofranquista’”, señala Niebel, ambos conectaron: “Venían del mismo ámbito social, burgués. A él le impresionó la personalidad de Agirre y consideraba que era un error el modo en el que se había tratado a los vascos, por eso decidió ayudarle”.

El plan inicial era abandonar Europa vía Moscú. Una vez en Vladivostok, cruzar en barco el Atlántico para llegar a las Filipinas o a algún país de América Latina. Pero la Unión Soviética no dispensaba papeles a ciudadanos panameños al no tener este país representación diplomática en Moscú. El plan tenía que cambiar. Ahora el destino sería Suecia. Para obtener los permisos era imprescindible viajar a Berlín, ciudad en la que se encontraba la embajada de Panamá. En plena contienda bélica aquel paso suponía meterse en la boca del lobo.     

Fueron seis meses de espera. En Berlín, Guardia Jaén lo presentó como un compatriota, como un abogado panameño que acudía a la capital alemana a trabajar. Aquel hombre de falsas gafas y bigote sobrevenido se alojó en su misma pensión, en uno de los mejores barrios de la ciudad controlada por los nazis. “No se metió en los barrios obreros, hacerlo era adentrarse en el foco que vigilaba la Gestapo, donde perseguía a los comunistas. Hubiera sido un suicidio”. La manutención corrió a cargo de otro amigo de Agirre, el empresario vasco Manuel Intxausti, millonario residente en Estados Unidos.

Muerte en París

La espera de los papeles se hizo interminable. Agirre salía y entraba de su pensión, simulaba que su actividad profesional le mantenía muy ocupado. “En realidad, como otras muchas personas que vivían en clandestinidad, pasaba muchas horas en el cine, un lugar oscuro donde pasar desapercibido”. Por fin, y con la colaboración de otros consulados y embajadas como Venezuela y República Dominicana, la falsa documentación con la que abandonar Alemania llegó. También los permisos para que su mujer Mari y sus dos hijos, Gloria y José, -que viajaban con identidad venezolana- saldrían desde Bélgica a Berlín y desde allí, todos juntos, camino de Suecia.

El 23 de mayo de 1941 un ferry que une Alemania y Suecia ponía fin a la primera parte de la huida iniciada en 1937. Quedaba la segunda. El país nórdico resistía aún a las garras del nazismo, lo hacía rodeado de países ya ocupados como Dinamarca y Noruega. Tras dos meses, el 31 de julio, festividad de San Ignacio y aniversario de la fundación del PNV, la familia Agirre-Zabala parte rumbo a Brasil en un largo viaje de 28 días.

Pronto su amigo Intxausti vuelve a tenderle la mano al inscribirlo en la Universidad de Columbia de Nueva York. Era octubre de 1941 y por primera vez en muchos meses su verdadera identidad figuraría de nuevo en un documento oficial: José Antonio Agirre Lekube. El lehendakari ‘resucita’, abandona la clandestinidad, y su figura puede ya presentarse ante la diáspora vasca, numerosa en Latinoamerica.

Al finalizar la guerra, Agirre regresó a París con la esperanza de que también los días de régimen franquista estaban contados. Se equivocó. Aún se prolongaría los 15 años de vida que le restaban. José Antonio Agirre Lekube, el primer ‘lehendakari panameño’ de Euskadi, moriría en París en 1960 sin haber podido regresar a la tierra a la que juró fidelidad. 




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domingo, 17 de mayo de 2020

Los Represaliados Olvidados

De los muchos crímenes de lesa humanidad cometidos por Madrid en contra del pueblo vasco definitivamente uno de los más lacerantes es el de la deportación, mecanismo utilizado para castigar por igual a los militantes independentistas que a sus familias.

En ese tenor les invitamos a leer este reportaje y entrevista publicados en 7K:


Desaparecidos en vida, sin causa justificada

Mikel Zubimendi

Deportación. Quizá, lo primero que viene a la cabeza, la primera idea que evoca, es Auschwitz, un complejo de campos de concentración y exterminio al que más de un millón de personas, en un 90% judíos, fueron enviados a la muerte industrial. Pero antes que Auschwitz, cientos de gudaris y antifascistas vascos ya habían sido deportados a Mauthausen, un infernal campo de trabajo nazi en el que la mayoría fueron fusilados por las SS, murieron por extenuación o a manos de los kapos del campo que hacían el trabajo sucio.

Más atrás en la historia, en 1893, cerca de 4.000 vascos de doce pueblos de Ipar Euskal Herria fueron deportados a Las Landas por los seguidores de la Revolución francesa. Más de 1.600 murieron en el trayecto por el trato recibido o en los pantanos de Las Landas, que estaban infectados de insectos que provocaron numerosas enfermedades.

La historiografía vasca apenas investigó al respecto, casi no hay una línea sobre lo que vivieron y padecieron aquellos compatriotas en Mauthausen o en los pantanales de Las Landas. La historia de los deportados vascos es una realidad trágica casi desconocida, invisibilizada. Una herida que supura, que necesita ser contada y ser transmitida a las nuevas generaciones. Y, sobre todo, que urge ser curada.

«Mercancia en depósito»

Hoy damos a conocer otra ola de deportación, otra ruta del destierro de vascos que, además de un castigo sin aparente final, creó espacios colectivos de vida y resistencia llenos de tragedia y esperanzas.

Hablamos de la historia de unos militantes vascos que fueron desaparecidos en vida sin juicio previo, sin derecho a defenderse, que fueron detenidos por las autoridades francesas y expulsados a distantes países africanos y americanos para mantenerlos alejados de la lucha de liberación nacional, para controlarlos en todo momento. En palabras de un ministro de Justicia del PSOE que impulsó la dispersión de los presos vascos, para hacer de ellos «mercancía en depósito».

A principios de la década de los 80, varias decenas de vascos fueron deportados. A finales de esa misma década, tras el fracaso de las negociaciones de Argel entre representantes de ETA y del Estado español, le siguió una segunda oleada. Panamá, Venezuela, República Dominicana, Togo, Cabo Verde, Ecuador, Gabón, Sao Tomé, Argelia, Cuba, formaron parte de la geografía del destierro. 113.794 kilómetros de ida y vuelta desde Euskal Herria, casi tres veces la vuelta al mundo, para poder hacer una visita, que muchas veces, en el mejor de los casos, solía ser anual.

Herramientas de un mismo maletín

Las deportaciones de militantes vascos se complementaron con los atentados de los GAL y las entregas en caliente de la Policía francesa a la española. Fueron herramientas de un mismo maletín: unos fueron deportados, otros, abatidos y otros, entregados a la Guardia Civil para que fueran torturados e interrogados antes de terminar en la cárcel.

En aquella coyuntura dramática de los años 80, se instaló en el imaginario lo que podríamos denominar la «teoría del mal menor»; a saber, entre la balas del GAL y el tormento de Intxaurrondo y la cárcel, la deportación era algo «que ni tan mal». Estaban a miles de kilómetros pero, muy erróneamente, se creyó que por lo menos «vivían en libertad».

Nada más lejos de la realidad. La deportación fue un castigo terrible, distinto al de la cárcel, cierto, pero un castigo en mayúsculas. En un principio, en medio de oscuras transacciones económicas y políticas, a cambio de mantener controlados a aquellos militantes vascos, Madrid y París hacían importantes desembolsos económicos a los países africanos o americanos, que cargaban a sus erarios públicos disfrazados de «ayuda al desarrollo».

Una deportación y muchas deportaciones

Hubo una deportación de militantes vascos y hubo también muchas deportaciones, múltiples casuísticas, diferencias enormes entre países de historia, lengua y cultura tan diferentes. Los deportados tuvieron también finales diferentes. Trece murieron en la deportación, algunos regresaron a Euskal Herria para vivir sus últimos días y poder morir en la tierra que los vio nacer.

Algunos fueron secuestrados y torturados salvajemente, otros rompieron la deportación y cayeron en combate en Euskal Herria, bajo las balas de la Guardia Civil o reventados por el explosivo que llevaban. Algunos siguen presos, tras ser entregados a las autoridades españolas tras haber pasado años deportados, otros iniciaron el retorno, la vuelta, tras un debate colectivo, creando las condiciones para que lo que tenía que pasar, pasara. Pero la deportación aún sigue siendo una realidad para ocho vascos que no han podido pasar página y dejar atrás la pesadilla.

Limbo jurídico

La situación que han vivido esos deportados vascos ha sido la de un verdadero limbo jurídico. Han sido, y son, rehenes a los que se les ha aplicado una razón de Estado sin base jurídica alguna. Desde el momento de su detención en Ipar Euskal Herria, aunque muchos tuvieran papeles que reconocían su condición de refugiados políticos, nunca tuvieron la oportunidad legal de oponerse a la deportación, una medida que, en sí misma, no existe en el ordenamiento jurídico internacional. Esta excepcionalidad legal se hizo extensible a muchos –no a todos– países receptores, que respondían a los acuerdos que firmaron con París y Madrid. Y esto hizo que durante décadas los deportados vascos no tuvieran documentación de residencia en los países que los «acogieron».

Esta excepcionalidad, la prevalencia de los intereses de Estado sobre las leyes, obligó a los deportados a adaptarse, a sobrevivir, siempre al límite, en situaciones complicadísimas. El apoyo de las familias, la resistencia como colectivo y el espíritu de camaradería les ayudó a aguantar, mes a mes, año a año, la caída de las hojas del calendario, que cada vez se hacían más pesadas.

Hacer para que ocurra

Hasta que, tras un debate colectivo, decidieron que había que dar un paso, que para que algo ocurra hay que demostrar que se está dispuesto a hacer, que podían poner en marcha el proceso –que de hecho ya había dado sus primeros pasos en la década de los 90– de romper con la deportación y de volver a Euskal Herria, unilateralmente, preparándose para aprovechar la oportunidad si esta aparecía.

Anticipando, de hecho, con el ejemplo, una pedagogía política que desplegó todo su potencial en el cambio de estrategia tras la decisión unilateral de ETA de retirarse del escenario político vasco, de cerrar una fase para abrir otra nueva en la lucha de liberación de Euskal Herria.

No fue un camino fácil. Nunca lo fue para ellos. Los problemas judiciales y administrativos fueron innumerables. Los deportados quisieron conocer, caso a caso, cuál era su situación judicial y la Audiencia Nacional dificultó esos pasos al denegar a sus abogados los informes judiciales. En muchos casos, las fechas de prescripción de los delitos atribuidos a los deportados se prolongan artificialmente, lo que para muchos suponía una pena «a la deportación perpetua». Muchos de los procesos judiciales en su contra fueron construidos bajo tortura, como reconoce el propio Instituto Vasco de Criminología en su informe sobre la tortura, y habría, hay, motivos más que suficientes para anularlos.

No es pronto, que no sea demasiado tarde. Por desgracia, aunque no por sorpresa, los estados no han asumido su responsabilidad en todo esto. No han resarcido, y ya es hora, los daños causados a decenas de personas condenadas a la desaparición en vida sin causa justificada. Se dice que los traumas colectivos se heredan, que pasan de generación en generación y su espectro siempre se hace presente en un futuro más o menos cercano. Es hora de sacar la realidad de los deportados vascos de la oscuridad a la luz. Es hora, por justicia y por humanidad, de que vuelvan a sus casas. Hay nuevas condiciones políticas, nuevas mayorías parlamentarias, no hay razón, nunca la ha habido, para que se sigan ensañando con ellos. No es pronto para ello, que no sea demasiado tarde.

Koldo Zurimendi Oribe: «Uno nunca deja de ser lo que es»

Koldo Zurimendi (Amurrio, 1959) volvió a su localidad natal tras 35 años, poco antes de la cuarentena por la crisis del coronavirus. Dice llevarlo bien, «en otras circunstancias he pasado por situaciones de encierro, por más tiempo y en peores condiciones», y lo toma como una oportunidad, «para ordenar ideas, ponerse al día con mi aita, reflexionar sobre lo que nos viene y cómo acometerlo con estilo».

Le deportan a Argelia en el 87 y de allí a Venezuela en el 89. De continente a continente...

La deportación es fundamentalmente un castigo, sin juicio ni proceso, con bastantes elementos de rencor y cierto sadismo y con la característica de no tener fecha de finalización. Además es fácil perderla de vista, pues no tiene jurisprudencia de ningún tipo que nos permita hacerle un seguimiento público, más allá de los afectados y su entorno familiar y político. Al no tener sustentación jurídica, todos quedamos sine die con precariedad en la documentación (entramos al país sin nuestros documentos, los cuales, además, nos han sido negados durante años). Esto, en la práctica, nos dificulta hacer una vida normal a todos los niveles. Los cambios de países y de continentes, Argelia-Venezuela, trataban de sumergirnos aún más en una gran impotencia e incertidumbre. Es como desmembrar un cuerpo y colocar las partes en diferente sitios para que no se vuelvan a juntar y, una vez roto, conseguir tu aniquilación aunque sigas vivo.

¿Cómo definiría algo que no existe en las leyes, un castigo que puede ser perpetuo, hasta que la biología cumpla su ciclo?

La deportación es un adefesio, inserto solamente en dos principios: el odio y la posibilidad de atomizar al máximo a los militantes (presos, refugiados, deportados) en un sinfín de posibilidades sobre el principio de dividir e individualizar al colectivo, en diferentes escenarios físicos, jurídicos, que diesen la idea de que éramos diferentes y, por lo tanto, podíamos tomar salidas diferentes.

¿Cómo ha vivido personalmente estas tres largas décadas de destierro? ¿Cómo se amoldaba?

Hace un mes falleció Txetxu (Jesus Ricardo Urteaga), hace 4 años falleció Angelín (Ángel Aldana Barrena) y, si vamos más atrás, nos encontramos con más compañeros que dieron su último aliento en tierras venezolanas. En lo personal, cuando nos enviaron a Venezuela, lo pasé bastante mal, no por el país o la distancia, sino porque me di cuenta de nuestra precariedad. En Argelia fuimos muy bien tratados y por las características del país, en ese momento, uno creía que de Argelia y en el contexto político que estábamos, pues…. “casi a casa”. Pero el ver cómo a un país soberano como Argelia se le puede “maniobrar” para nuestra salida, personalmente, me deprimió.

En Venezuela estuve seis meses sin deshacer un petate, donde tenía todas mis cosas, usando lo mínimo, convencido que de ahí nos llevarían a España en cualquier momento. Pasado un tiempo, la necesidad de subsistir me llevó a abrir espacios y comencé a trabajar y a llevar una vida más parecida a lo normal, a pesar de la dificultad de los papeles. Trabajé en una empresa donde todos sus trabajadores eran invidentes o discapacitados visuales. Esta condición me dio un empuje especial, un sentido físico de vivir y de servir. Tan es así que he trabajado durante 31 años con ellos y me siento feliz.

Con el tiempo conocí a una venezolana, que es mi mujer y con la que tengo dos hijos. Nunca dejé de pensar o dejé de querer volver a casa, pero las hojas del calendario caían inexorablemente y cada hoja pesaba más.

¿Y cómo fortalecía el cordón umbilical con Amurrio, con Euskal Herria, en un tiempo en el que no existían las tecnologías de comunicación  actuales?

Uno nunca deja de ser lo que es. Es como una delgada línea de equilibrio entre ambas condiciones y ambos países, el tuyo y el país en el que vives, que te mantiene genuino, en medio de lo novedoso. El trato con Euskal Herria nunca se ha perdido, sería como vivir sin el oxígeno que te da, no la vida, sino tu vida. Hoy la tecnología te permite el tiempo real. El cada mes se convierte en cuándo y cuánto quieras y eso también ayudó a hacer más real el empezar a visualizar una salida. La cercanía da calor y este renueva tu vida. Atrás quedaron muchos días sin muchas fiestas, muchas navidades, muchas conversaciones….. pero también es verdad que, en medio de todo eso, los compañeros se convirtieron en amigos, en familia y eso nos mantenía virtualmente en cualquier paisaje o fiesta del país. Mis compañeros han sido fundamentales para mantener el nexo, la cohesión y la esperanza.

Volvió el año pasado a casa. Para que las cosas pasen tienen que hacerse pasar, desde la decisión propia, en el marco de una decisión colectiva, unilateralmente que se dice ahora. ¿Cómo tomó la decisión?

Sí, regresé el año pasado, y centraste muy bien la pregunta, la decisión fue individual, dentro de la decisión colectiva. Después de tres  décadas y media , todo lo planificado sobre la base de vivir en Venezuela por siempre queda a un lado y se ensaya el retorno. Comienzan los preparativos del cómo hacer, cómo coordinar los tiempos, pues no soy solamente yo, la familia es de cuatro miembros. Cómo y de qué vamos a vivir... Varias cuestiones que no tendrán respuesta hasta que no se dé el retorno.

Y se produce el retorno. Lo hice en compañía de mi hija. Todo ha sido muy positivo, he recibido cariño, solidaridad y respeto, muy por encima de lo que yo esperaba.

Estaba preocupado por la pervivencia de la empresa donde trabajé, sus fundadores habían fallecido y quedaba solamente yo. En las circunstancias actuales y dadas sus características (trabajadores ciegos o invidentes), estaba bastante complicada. Al final logré negociar con una nueva compañía con la que tengo relación y todos los puestos de trabajo quedaron garantizados. Eso me dio bastante paz. 




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