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sábado, 8 de abril de 2023

El Karapaixo

Es la temporada así que aquí les compartimos información acerca de esta tradición en Euskal Herria:


Fiestas y tradiciones: karapaixo, garipua, mokotza

Desde el miércoles de ceniza hasta el domingo de Resurrección, hay un imprescindible para el paladar; el karapaixo. La ancestral tradición (desaparecida en muchos lugares), de regalarlo a ahijadas y ahijados sigue gozando de una excelente salud. ¿Quién no ha probado, aunque no sea goloso, la popular versión repostera de bollo y chocolate? «Cuando yo era pequeña, eran típicos los de pan y huevo duro que hacían en casi todos los caseríos, ahora se llevan más los de pastelería, y a mí me gusta mantener las tradiciones», explicaba el viernes una amama que cumplía con los nietos ante la ausencia de padrinos. A su lado dos madrinas y sus respectivos ahijados dilucidaban si optar por el clásico huevo de chocolate con sorpresa o la fauna de animalitos.

Karapaixo es un pan que se hace en algunas zonas de Euskal Herria, durante la cuaresma, como en Oñati, ese lugar privilegiado con fantásticas vistas hacia los montes Kurtzetxiki, Kurtzebarri, Anboto y Udalatx y rodeado de prados verdes, en donde varios caseríos han conservado sus hornos para hacer pan. Y lo que es más importante para los amantes de la gastronomía vasca, las recetas de productos tradicionales como el karapaixo. Pan, que los padrinos regalan a sus ahijados hasta el día que se casan, aunque, sé de gente que aun después lo sigue recibiendo. Ese día (boda), en alguno de los pueblos dejan de regalarles el karapaixo y les regalan zapatos.

El karapaixo más tradicional suele tener forma triangular y como relleno tres huevos y tres chorizos. Y, algo que puede parecer casual no lo es. Todo tiene explicación, aunque a veces hayamos perdido la capacidad de entenderlo. Hay que recordar que el karapaixo floreció y prosperó en un ambiente de profunda fe católica. Una fe que ha ido construyéndose sobre muchos pensamientos anteriores, entre ellos las corrientes filosóficas clásicas. Por tanto, mucho del saber de filósofos clásicos como Platón nos han llegado a través de un punto de vista cristianizado.

Para Platón, y otros muchos sabios de la Antigua Grecia que tenían en la geometría y las matemáticas algunas de las vías para comprender la Naturaleza, el triángulo era un elemento esencial y ladrillo de la base del Universo. Era la estructura básica de la quintaesencia de las cosas, la forma más pura. Por otro lado, ese triángulo se forma con tres lados que se unen, a su vez, en tres vértices. En numerosas culturas el tres representa el inicio de la creación, que no os parezca extraño, por tanto, que un triángulo equilátero sea la representación del ser más puro del cristianismo en sus tres formas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, la cristiana no es la única corriente religiosa con esa concepción del ser supremo y su pluralidad. También se usa el tres como representación de los tres astros mayores: Tierra (Amalur), Sol (Eki) y Luna (Ilargi).

Esta es una tradición antigua y en un tiempo se hacía en muchos caseríos. A pesar de ser muy antigua no se ha llegado a perder, hoy es el día que los niños y no tan niños lo reciben con muchísima ilusión. En un tiempo, los viernes de la cuaresma no se le ponía chorizo para respetar la vigilia. En el alto Deba se le conoce con el nombre de Karapaixo, Garipaua en Elgeta  y Mokotza en el Duranguesado. Dicen, que en su origen se llamaba garapaio y que es una costumbre anterior a la romanización. Se hacia para dar la bienvenida a la primavera y los huevos, simbolizarían la nueva vida. Cuando fuimos cristianizados, la tradición del «karapaixo-garipaua-mokotza» paso a celebrarse en la cuaresma.

Esta especialidad comparte características y tradición con otras “hermanas” de muy diversas zonas geográficas. Después de la temporada de Cuaresma, la Pascua, símbolo de la resurrección de Cristo, ha sido siempre celebrada con dulces especiales: En Santurzi se llama Cornite, en Gipuzkoa Opilla, en Levante Mona en Galicia Roscón o Trenza, en Andalucía Hornazo, en Asturias Frisuelos, en Castilla Bollos… son algunos de los dulces habituales de esta época. Las festividades de pascua, ancladas en los remotos ritos paganos del solsticio de primavera, tienen un símbolo por excelencia en toda Europa: el huevo. Con este símbolo se han identificado durante siglos la fertilidad y la nueva vida que la primavera entrante representa.

La tradición del regalo de pascua está ligada al símbolo del huevo y se celebra prácticamente en toda Europa. En gran parte del centro y norte de Europa eran simplemente huevos lo que se regalaba, y de ahí los huevos de chocolate que se han adoptado como un elemento de pascua también en nuestro país. Pero para nosotros el regalo de pascua ha tomado la forma de pastel o tortas, eso sí, con uno o varios huevos encima, que representan la vida. El hecho de que se ofrezca a los niños por parte de los padrinos, antiguamente era padrino el que tocaba al niño por primera vez, es la representación ritual de la primavera renacida tras el invierno. Por eso están también estos pasteles ligados a las bendiciones de los campos para proteger las cosechas, que se llevan a cabo en San Marcos, el 25 de Abril, y en lugares como Irún o Fuenterrabia las opillas se comen en una procesión por los campos del entorno.

 

 

 

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lunes, 31 de mayo de 2021

Gil de San Vicente | El Asesinato de Santrich (III de III)

Aquí tienen la tercera y última entrega que Iñaki Gil de San Vicente ha dado a conocer en Público con la intención de rendir un homenaje a la figura de Jesús Santrich, el promotor del proceso de paz con Bogotá cuya vida han segado pero cuyo legado de lucha revolucionaria no han detenido, como es el caso con muchos otros luchadores que ha dado su vida por la liberación de la clase trabajadora.

Adelante con la lectura:


3.- Nos matarán pero no moriremos

La infinidad de ejemplos como los cuatro vistos debiera llevarnos por unos instantes a explorar la larga historia de la filosofía dialéctica y materialista que explica el sentido de la vida como la praxis en la que debe incluirse la libre decisión de elegir la propia forma de muerte. Pero no tenemos tanto espacio para ello, así que nos limitaremos a lo esencial. Para el siglo –VIII las matemáticas, la geometría, la astronomía, etc., iban unidas a la escritura alfabética, la moneda metálica y las unidades de pesas y medidas, bajo la presión creciente del comercio y de la guerra, surgiendo las contradicciones que estallarían en la «revolución de la civilización egea». Ciñéndonos al área helénica, la reflexión filosófica sobre la libertad y la vida, surgió en este contexto de «revolución» a la vez que se formó la dialéctica y el materialismo.

En los siglos –VIII y –VII, el término dialéctica hacía alusión a separar, dividir en dos, distribuir… y también trabajar en común con influencia recíproca, establecer algo de común acuerdo, animarse y exhortarse mutuamente. «Dialéctica» es un concepto que surge en respuesta a la complejidad creciente de las relaciones sociales en todos los sentidos, sobre todo para comprender los procesos de interacción colectiva en base a unos objetivos de solidaridad, de apoyo mutuo, porque «el resultado de ese debate (diálogo entre dos personas o grupos de personas) reporte recíproca satisfacción, vaya más allá de los dos puntos de partida». En la Ilíada, dialéctica: «…se repite siempre en los momentos en que el protagonista se halla en una tensión extrema, al límite de tomar una decisión, o bien cuando una deliberación inconsciente no se ha manifestado todavía de modo plenamente consciente, es decir, consciencia de la oposición, de la alteridad del hombre respecto de la situación, así como del hombre respecto a Dios o a un hecho. Se trataría de indicar que surge el concepto de la elección y de la libertad […] Es necesario aceptar la lucha».

Según G. Thomson, la diferencia sustantiva de la dialéctica de Anaximandro (-610/-545) con la china y la egipcia consiste en que el griego introdujo la contradicción del inicio y fin del ciclo: no era una dialéctica «cerrada» funcional a la eternidad monárquica, sino «abierta» a nuevas realidades. La férrea centralización china y egipcia mantuvo el carácter cíclico, cerrado de la dialéctica en estas sociedades tan férreamente controladas, mientras que la dialéctica azteca sí admitía el fin del ciclo, pero sólo lo en la mitología cósmica, no en la materialidad social y natural. Anaximandro abre la posibilidad de que aparezca lo nuevo, el salto cualitativo, lo que implica que, al ser una dialéctica abierta a lo nuevo, debamos y podamos preguntarnos sobre qué será lo nuevo y cómo llegar a ello, sobre si eso nuevo será definitivo o abrirá otros ciclos, etc. Volveremos sobre este punto crítico para definir el sentido de la vida.

Antes de citar en extenso a Heráclito (-540/-480), aristócrata reaccionario, debemos referirnos al contexto de lucha de clases que forzaba el desarrollo de la dialéctica según qué fuerza social la impulsara. G. Thompson compara las opuestas opciones políticas del demócrata Teognis de Megara (-570/-485), de la escuela pitagórica y de Heráclito: «Teognis había denunciado el papel que el dinero había jugado en la mezcla de los opuestos, los nobles y los plebeyos, que él, perteneciente a la nobleza, deseaba mantener desunidos. Esta actitud pertenece a las primeras etapas del movimiento democrático, cuando la esclavitud no estaba desarrollada. Contra esta actitud, los pitagóricos, representando a los hombres el dinero, postulaban la idea de la fusión de los opuestos en el medio. Entonces, la doctrina pitagórica es desafiada por Heráclito, el cual afirma que el mundo se mantiene unido, no por la fusión, sino por la tensión, no por la armonía sino por la lucha […] Para él, entonces, la lucha es absoluta, la unidad relativa. Esta es la verdadera dialéctica».

Leamos a Heráclito: «Conexiones, totalidades-no totalidades: convergente-divergente, consonante-disonante… de todas las cosas, una sola y de una sola, todas. […] No comprenden cómo lo divergente converge consigo mismo; ensamblaje de tensiones opuestas, como el del arco y el de la lira. […] Preciso es saber que la guerra es común; la justicia, contienda, y que todo acontece por la contienda y la necesidad. […] La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres.». Y: «Ha de luchar el pueblo por su ley, igual que por su muralla. […] El hombre necio gusta de pasmarse ante cualquier razonamiento».

Conviene recordar que en esta época aún no se había producido la crisis definitiva del esclavismo griego, con el consiguiente avance de la « «filosofía de la reacción» fundadora de la tradición platónica, por lo que las ideas de Heráclito reflejaban la decisión de la oligarquía a resistir con su violencia el avance de la democracia esclavista, pero también reflejaban la decisión de esta segunda fuerza para imponerse sobre la oligarquía a cualquier precio. Para la oligarquía, el hombre necio era el pueblo que se dejaba influenciar por las ideas democrático-esclavistas, que aprendía a pensar críticamente e intervenir en política con la ayuda de los sofistas, que «sometían a un examen crítico todos los mitos, dogmas y supersticiones».

De hecho, las violencias de uno y otro signo eran muy duras. Por tanto, era comúnmente admitido que el pueblo debe proteger sus murallas, su ley, porque su libertad se decide mediante la lucha y la necesidad: libertad como lucha y necesidad como unidad de contrarios dentro de la totalidad del mundo. Naturalmente, la oligarquía define la «libertad» desde y para sus intereses de clase, intereses antagónicos con la libertad de los demócratas. La libertad popular debe disponer de un sustento objetivo más profundo y abarcador en defensa de los intereses colectivos amenazados por la oligarquía: hay que defender la pólis, centro de la democracia-esclavista.

Esta libertad chocó con la reacción filosófica subjetivista e individualista iniciada por el Sócrates (-470/-399) más conocido, el presentado por el reaccionario Platón. Según esta versión: «El subjetivismo socrático queda puesto de manifiesto cuando, frente al sensismo de los presocráticos naturalistas, el autor opta por una fuente de conocimiento que nadie puede constatar; en Sócrates, en definitiva, la supuesta objetividad, en cuya búsqueda tanto se afana, nos viene dada por una intuición personal e innata, en la que nos habla un demonio privado». La polis democrático-esclavista era muy consciente de que la oligarquía contaba con políticos bien formados filosóficamente: Zenón de Elea (-490/-430) entendía la dialéctica como el arte de comparar opiniones opuestas para llegar a la verdad, era un «gobernador reaccionario, defensor de la aristocracia y enemigo del régimen democrático».

En este contexto, Sócrates fue juzgado acusado de enemigo de la pólis, se suicidó con cicuta. El suicidio no estaba moralmente aceptado, pero con los siglos y el desarrollo del estoicismo, sectores de la élite culta y helenizada de Roma terminó aceptando el suicidio como una forma digna de morir, como fue el caso de Séneca (-4/+65). Mientras tanto, la evolución de la dialéctica y del materialismo se libraba dentro de estos conflictos. N. Abbagnano sostiene que hay cuatro escuelas dialécticas: la platónica, como discusión; la aristotélica, como lo probable; la estoica, como lógica; y la hegeliana, como síntesis de opuestos. Deja fuera la dos fundamentales: la presocrática, que acabamos de ver, y la marxista, además de las desarrolladas por culturas como la india, china, egipcia, azteca, etc. Obviamente, nos resulta imposible ver las relaciones de identidad y cambio de todas y de cada una en el debate sobre el sentido de vida.

Saltando por encima de estas diferencias, debemos detenernos en el final de la dialéctica aristotélica, cuando las contradicciones del esclavismo habían destrozado el poder ateniense y era necesario preguntarse sobre muchas cosas. Epicuro (-341/-270), tan admirado por Marx, dio otro impulso cualitativo al sentido de la vida al atacar la trascendencia con sus cinco principios sobre la inmanencia, sobre el materialismo; en síntesis: «La naturaleza, exactamente como la conciencia moral, debe conquistar su autonomía liberándose de toda trascendencia. Todo aquello que contribuye a introducir una entidad superior al hombre y al mundo, se debe combatir». Comparemos a Epicuro con Aristóteles (-384/-322) que merece esta lapidaria frase de J. D. Bernal: «Al igual que Hitler, Aristóteles nunca habló de nada que no fuera aceptable de antemano».

Era tal este avance sobre la libertad humana, sobre el sentido de su vida, que no debe extrañarnos que «Platón quería quemar la obra de Demócrito, y los cristianos destruyeron la de Epicuro. A pesar de ello el eco del materialismo antiguo persistirá largo tiempo, pese al ensañamiento con que tratará de aniquilarlo la iglesia cristiana», como tampoco debe extrañarnos el culto a Aristóteles. El materialismo ha sido perseguido siempre por la religión, usando la tortura mortal con suma frecuencia. La dialéctica ha sido tergiversada y silenciada. Por eso ambas corrientes se han tenido que esconder en toda clase de florituras para, en sus contextos, sobrevivir.

La recuperación de la economía dineraria desde el siglo XII creaba las condiciones para que la lucha por la libertad diera un salto, siempre enfrentado enormes peligros. La trágica vida de Abelardo (1079/1142), «la voz más preclara de la historia de la dialéctica medieval», así lo indica. Era muy arriesgado defender que «a través de la duda llegamos a la inquisición, inquiriendo percibiremos la verdad». La duda metódica –De ómnibus dubitandum–, recordémoslo, era la divisa preferida de Marx. Pero en el siglo XVI el poder siguió persiguiendo el pensamiento libre que se preguntaba sobre la vida: «Libertas conscientiae diabolicum dogma» aseguraba Teodoro de Beza (1519/1605).

Aquí nos conviene volver a Kuznetsov y la continuidad que establece entre Epicuro, Spinoza (1632/1677) y Einstein. Spinoza sostenía que: «Un hombre libre en lo menos que piensa es en la muerte, su sabiduría no está en la investigación de la muerte, sino de la vida». Él defendía su libertad frente a las duras presiones y aislamientos que sufría. Existía una estrecha relación entre su sentido de la vida resistente y su filosofía porque «Los elementos dialécticos aparecen en la filosofía espinociana no sólo como atisbos, sino también como solución positiva del problema de la necesidad y la libertad». El gobierno holandés comprendió el enorme peligro de estas ideas para sus intereses y prohibió la publicación de sus libros, censurados hasta los siglos XIX y XX.

No es casualidad que uno de los grandes campos de la historia en donde brilla la dialéctica sea el de la guerra, el de la estrategia militar, en donde se decide en cada momento concreto tanto lo particular como lo universal de la lucha permanente entre la justicia e injusticia. Hegel, en una de sus obras decisivas, desarrolla esta cuestión vital. Antes de seguir, debemos insistir en que «La dialéctica hegeliana no tiene sentido más que por el ateísmo […] consiste precisamente en identificar las contradicciones y hacer surgir la diferencia en la unidad misma». No caben dioses en una concepción de la historia regida por la unidad y lucha de contrarios, por la dialéctica entre el azar de la guerra y de la contienda, y la necesidad que surge del contexto objetivo, o así resumido: la unidad entre azar y necesidad. La libertad y el conocimiento viven en este proceso en el que «para Hegel, el error es siempre una etapa de la verdad y que sigue siendo parte de esta última».

Por esto Hegel introducía fuerzas tan groseramente materialistas como el gobierno y la guerra, el terror y la libertad absoluta… en el desarrollo del “Espíritu”. Estas, el terror y la guerra, son las bases materiales sobre las que Hegel, con su peculiar lenguaje que Marx y Engels descifrarían dándole la vuelta, poniéndola de cabeza, escribe lo que sigue: «El saber no se conoce solamente a sí, sino que conoce también lo negativo de sí o su límite. Saber su límite quiere decir saber sacrificarse. Este sacrificio es la enajenación en la que el espíritu presenta su devenir hacia el espíritu, bajo la forma de libre acaecer contingente, […] que se manifiesta en la forma de lo contingente, es la historia, pero vista por el lado de su organización conceptual es la ciencia del saber que se manifiesta, uno y otro juntos, la historia concebida, forman el recuerdo y el calvario del espíritu absoluto, la realidad, la verdad y la certeza de su trono, sin el cual el espíritu absoluto sería la soledad sin vida».

En otro texto posterior, Hegel insiste: «El objeto de la filosofía consiste, por el contrario, en suprimir la indiferencia y en reconocer la necesidad de las cosas de tal modo que un contrario aparezca como opuesto a su contrario […] Todas las cosas son opuestas. […] Lo que mueve al mundo en general es la contradicción, y es ridículo decir que ésta no se puede pensar. Lo que hay de cierto en esta opinión es que no es posible detenerse en la contradicción y que ésta se suprime a sí misma». En otros textos, directa o indirectamente, Hegel viene a decir que el dogmatismo es quedarse detenido en una de las partes de la contradicción, aislándola definitivamente, impidiendo que un contrario aparezca como opuesto a su contrario. Una vida sin sentido, ridícula, es la que cree imposible pensar la contradicción, peor aún, que rechaza asustada que haya que suprimir la indiferencia, porque la indiferencia protege a la ridícula vida sin sentido.

Naturalmente, Hegel no llegó a decirlo tan explícitamente, tal vez lo sugiriera en su primera fase, cuando era vigilado de cerca por la policía prusiana al ser un peligro para el sistema, antes de acomodarse a sus prebendas. Fueron los jóvenes hegelianos de izquierda los que dieron ese salto cualitativo a otra fase de la historia de la dialéctica y del materialismo, y sobre todo Marx y Engels. La mejor síntesis teórica de esta dialéctica aparece en El Capital en un texto breve de comienzos de 1872:

«Claro está que el método de exposición debe distinguirse formalmente del método de investigación. La investigación ha de tender a asimilarse en detalle la materia investigada, a analizar sus diversas formas de desarrollo y a descubrir sus nexos internos. Sólo después de coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el movimiento real. Y si sabe hacerlo y consigue reflejar idealmente en la exposición la vida de la materia, cabe siempre la posibilidad de que se tenga la impresión de estar ante una construcción a priori.

Mi método dialéctico no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él. Para Hegel, el proceso de pensamiento, al que convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre.

Hace cerca de treinta años, en una época en que todavía estaba de moda aquella filosofía, tuve ya ocasión de criticar todo lo que había de mixtificación en la dialéctica hegeliana. Pero, coincidiendo precisamente con los días en que escribía el primer volumen del Capital, esos gruñones, petulantes y mediocres epígonos que hoy ponen cátedra en la Alemania culta, dieron de arremeter contra Hegel al modo como el bueno de Moses Mendelssohn arremetía contra Spinoza en tiempo de Lessing: tratándolo como a “perro muerto”. Esto fue lo que me decidió a declararme abiertamente como discípulo de aquél gran pensador y hasta llegué a coquetear de vez en cuando, por ejemplo, en el capítulo consagrado a la teoría del valor, con su lenguaje peculiar. El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mixtificación, no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre es que la dialéctica aparece en él invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho, ponerla de pie, y enseguida se descubre bajo la corteza mística la semilla racional.

La dialéctica mistificada llegó a ponerse de moda en Alemania, porque parecía transfigurar lo existente. Reducida a su forma racional, provoca la cólera y el azote de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios, porque en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque, crítica y revolucionaria por esencia, enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tienen de perecedero y sin dejarse intimidar por nada».

La dialéctica no se deja intimidar por nada, y ese poder moral fue una de las razones que llevaron a Héctor a enfrentarse a Aquiles. Es cierto que los conceptos actuales de libertad, trabajo, revolución y otros no existían en aquella época, y que la dialéctica se ha enriquecido en fases sucesivas, pero ya antes de Héctor se sublevaba la gente oprimida para recuperar su libertad y dejar de ser esclava, o para no ser asesinada o esclavizada. Marx descubrió la revolución dentro de la evolución de la historia, y ese salto hizo que el sentido de la vida también lo diera. La crisis revolucionaria que revienta la evolución histórica supone, a su vez, una serie de conceptos sin los cuales es imposible saber por qué y para qué se rompe abruptamente la evolución histórica por el impacto de algo nuevo que, sin embargo, se fue gestando en sus entrañas hasta erupcionar como un volcán.

En las Tesis sobre Feuerbach de 1845, Marx sienta las bases de la nueva doctrina del concepto y del nuevo sentido de la vida basado en que la praxis, la lucha, es el ideal de la felicidad porque «Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento […] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria […] el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción […] Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Raya Dunayevskaya demuestra que para la dialéctica marxista «la doctrina del concepto elabora las categorías de la libertad, de la subjetividad, de la razón, la lógica de un movimiento por medio del cual el hombre se hace libre». O de, dicho de otra forma: «El modo en que estos dos movimientos funcionan juntos –el objetivo y el subjetivo, la idea de la libertad, y las personas que luchan por la libertad– es lo que vamos a conocer hoy. A esto se le llama dialéctica». El principio de negatividad, o sin mayores explicaciones ahora, la negación de la negación, es una de las claves decisivas del sentido de la vida en la civilización capitalista, es decir, en el modo de producción que destroza la vida convirtiéndola en una mercancía llamada fuerza de trabajo. Hasta Norberto Bobbio, ideólogo del reformismo progre, que pretendió vaciar el contenido revolucionario de Gramsci, Rosa Luxemburg, etc., no tuvo más remedio que admitir que el significado históricamente relevante de la dialéctica es la negación de la negación.

La dialéctica de la negación de la negación o «el poder de la negatividad» empezó a gestarse en la primera reflexión crítica humana; tomó fuerza con la superación de la dialéctica como ciclo cerrado, eterno, que siempre vuelve al mismo origen, para abrirse a la posibilidad de otro futuro, de una solución novedosa tal como intuyó Anaximandro. Luego y siempre en el fragor de la lucha de clases, el sentido de la vida fue cambiando a la vez que se enriquecían el materialismo y la dialéctica. Hemos visto a Abelardo cómo se hacía preguntas sobre las preguntas, aunque era muy peligroso, y a muchas personas les había costado la vida. Y en esto llegó Lenin con tres sucesivas interrogantes: una directa hecha en 1902 ¿Qué Hacer?; otra indirecta realizada en 1917 sobre por qué había que preparar la insurrección proletaria contra la burguesía en las Tesis de Abril. Y la última, desde al menos 1920: cómo erradicar la burocracia. Las tres provocaron reacciones en contra en círculos influyentes de la izquierda incluida la bolchevique.

Al igual que otras muchas personas, y desde luego al igual que Santrich, con estas preguntas Lenin superó los miedos a los que años más tarde aludiría P. Brückner: «La prohibición colectiva de buscar o preguntar fuera del campo de los problemas abiertos (los que están permitidos por los estilos educativos autoritarios) provoca miedo en el que se atreve a hacerlo, si es que ha llegado ya a proyectar sobre sí mismo aquellas exigencias de prohibición; incluso las desviaciones de un método establecido, llegan a producirle intranquilidad. Aquí es donde termina la formación y comienza la obediencia social». Lenin y Santrich eran dialécticos y por eso sabían que la crítica ha der ser, además de autocrítica, también valiente ante sus consecuencias porque la obediencia social penetra incluso en la izquierda, haciéndola reformista. En esta encrucijada, ambos optaron por la vía aparentemente más dura y minoritaria, pero correcta: crear algo nuevo que recupere lo valioso del pasado. La negación de la negación consiste en eso.

Golpeados por el fracaso y ante la dureza del reinicio ¿merece la pena seguir luchando? Sánchez Vázquez decía que la pregunta sobre si vale la pena luchar por el socialismo, produce desazón a quienes han entregado sus «mejores energías físicas y espirituales». Argumentaba que sí, pero a condición que la praxis diaria por la conquista de derechos concretos inmediatos, por la liberación nacional, por la ecología, etc., sea teóricamente rigurosa en la necesidad, posibilidad y deseabilidad del socialismo, también en la autocrítica de los errores, en la seriedad organizativa y contraria al subjetivismo y al practicismo.

Salvando las distancias, estas propuestas también valen en los momentos en los que parece que el sentido de la vida cotidiana es triturado por los problemas del día a día. Santrich tuvo que enfrentarse a terribles ataques basados en mentiras, por ejemplo, los destinados a encarcelarlo de por vida en una prisión yanqui, como le ocurre a Simón Trinidad. Los superó por la sencilla razón de que la vida es un arma de libertad, que en su propia lucha diaria va ayudándose a sí misma y a la libertad colectiva, aunque haya sido encarcelada. Es innegable que Simón Trinidad y todas las prisioneras y prisioneros políticos, todas las personas que padecen cárcel por su praxis revolucionaria, son ejemplos en los que se identifica la humanidad explotada.

Desde el sentido comunista de la vida en el que la lucha revolucionaria es el ideal de felicidad, la muerte individual es un momento singular de la liberación particular del pueblo trabajador por el que se muere, y simultáneamente, de la liberación universal de la especie humana. El Che escribo: «Mañana cuando yo muera/no me vengáis a llorar/ Nunca estaré bajo tierra/soy viento de libertad». Este poema fue el escogido por Txiki Paredes Manot, militante de ETA para escribirlo en el reverso de su fotografía poco antes de ser fusilado por el dictador Franco en 1975. Ninguno de los dos está “muerto”, tampoco está “muerto” Santrich como no lo están las Heroínas de la Coronilla, Cochabamba, asesinadas por los españoles el 27 de mayo de 1812 cuando defendían con las armas la independencia de Perú. Ellas y Carmen Elizabeth Oviedo Villalba, “desaparecida” en Paraguay con 14 años de edad, también son viento de libertad.

EUSKAL HERRIA, 27 de mayo de 2021 




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domingo, 25 de abril de 2021

Gil de San Vicente | 'Eusko Gudariak' de Lorenzo Espinosa (I de III)

Desde su espacio habitual en el portal de Rebelión traemos a ustedes este texto de Iñaki Gil de San Vicente en el que analiza un libro muy particular pues aborda la lucha contemporánea del pueblo vasco por su emancipación. Como hemos hecho anteriormente, presentaremos el texto a ustedes en tres partes y aquí tienen la primera.

Lean:

 

Presentación del libro Eusko gudariak de Lorenzo Espinosa

Iñaki Gil de San Vicente

“Le aseguro que, por muy poco orgullo nacional que se tenga, la vergüenza nacional se siente hasta en Holanda. Incluso el último holandés es un ciudadano comparado con el primero de los alemanes. [….] Es una verdad que al menos nos confronta con la vaciedad de nuestro patriotismo y la monstruosidad de nuestro régimen político, y nos enseña a cubrirnos la cara de vergüenza. Usted me va a preguntar con una sonrisa: ¿Y qué hemos ganado con esto? Para una revolución no basta con la vergüenza. Yo le respondo: la vergüenza es ya una revolución […] La vergüenza es una forma de ira, ira contenida. Y si una nación entera se avergonzara realmente, sería como un león replegándose para saltar”.

Marx: Anuarios francoalemanes. OME-5. Critica. Barcelona 1978, pp. 165-166.

“El espíritu de resistencia popular intransigente, para lo cual son aptos todos los medios, y cuanto más eficaces mejor […] Pero los inmensos recursos que extrae el país conquistado de la enérgica resistencia popular causaron una impresión tan grande en Gneisenau, que durante varios años estudió cómo organizar mejor esa resistencia […] a fin de prepararse para la lucha sagrada de la autodefensa, en la que todos los medios se justifican”.

Engels: Temas militares. Equipo Editorial. Donostia 1968, pp. 265-274-279.

“Para asegurar la paz internacional, es preciso que cada pueblo sea independiente y señor de su casa. Y, efectivamente, con el desarrollo del comercio, de la agricultura, de la industria y, a la vez, del poderío social de la burguesía, el sentimiento nacional se había elevado en todas partes, y las naciones dispersas y oprimidas exigían unidad e independencia”.

Engels: El papel de la violencia en la historia. Obras Escogidas. Progreso Moscú 1976. T. 3, p. 397.


1.- La vergüenza nacional como fuerza liberadora

Cincuenta y un años transcurren entre estas tres citas. La primera es del joven Marx de 1843; la segunda del maduro Engels de 1870 y la tercera del viejo Engels de 1894. Tienen una coherencia incuestionable: la importancia del llamado «factor subjetivo», de la voluntad, de la vergüenza, del deseo de libertad, de la defensa de país y de su cultura…, y la transformación de ese «factor subjetivo» en una fuerza material objetiva practicada por pueblos oprimidos que se yerguen en movilizaciones masivas y hasta toman las armas para defender o conquistar sus derechos e independencia estatal.

Esta dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo es estudiada por Lorenzo Espinosa en el libro que aquí comento, que viene a completar una especie de trilogía colectiva –incluido Ho Chi Min– publicada por Boltxe desde 2018. Los títulos de los dos anteriores son: uno, Nacionalismo revolucionario: Hermanos Etxebarrieta, Txikia, Argala, y ETA. Y otro, La historia no se rinde. No hace falta decir que es conveniente leer la trilogía para disponer de una visión más profunda y abarcadora, así como, por mi parte, leer el textito Estrategias político-militares. Gure memoria. Nondik gatozen ez ahazteko, del 27 de septiembre de 2020.

Lorenzo Espinosa explica cómo se ha materializado la subjetividad, como ha tomado forma en la lucha de liberación nacional del pueblo trabajador vasco desde la mitad del siglo XX hasta el presente. Lorenzo no hace sino aplicar lo que Lenin denominaba «planteamiento histórico concreto de la cuestión» en uno de sus debates con Rosa Luxemburg sobre el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, o si se quiere y recurriendo a otra máxima de Lenin: «análisis concreto de la realidad concreta». Penetrar en lo histórico-concreto siguiendo el método del materialismo histórico es la única manera de descubrir por qué se equivocó el joven Engels cuando con sus 29 años de edad aseguró que el pueblo vasco estaba condenado a desaparecer porque era uno de los «pueblos sin historia», es decir, una nación que para 1849 no había podido desarrollar las fuerzas productivas materiales y culturales suficientes para aguantar las presiones de los grandes Estados.

La nación vasca, condenada en 1849 a desaparecer, resistió sin embargo y como veremos, en su interior se inició una respuesta múltiple y compleja que en medio siglo llegaría a niveles de lucha insospechables para Engels que justo acababa de morir en 1895. La serie de respuestas represivas, atroces muchas veces, las contradicciones socioeconómicas y lingüístico-culturales, y las presiones internacionales determinadas por la nueva fase imperialista hicieron que para 1949 de nuevo fuera creíble la amarga y derrotista creencia de inminente extinción nacional. Pero una vez más, fue en ese momento de oscuridad asesina cuando la «vergüenza» colectiva inició otra recuperación de la conciencia nacional de clase, que duró hasta finales de ese siglo XX momento en el que, bajo la presión de profundos cambios en la explotación capitalista, empezó una descomposición interna en la fuerza sociopolítica mayoritaria de la izquierda independentista y socialista vasca que ha llevado a la situación actual que veremos en su momento.

2.- Ley del Valor y la opresión nacional

Hemos recurrido a estas tres fechas separadas por medio siglo no porque estemos de acuerdo con alguna de las escuelas pitagóricas sobre el significado de los números, sino para facilitar la crítica del error del jovencito Engels. Sabemos que la historia es la síntesis del choque de contradicciones, azares y lógicas que se mueven a distintos niveles y ritmos, y que por tanto las fechas son válidas en la medida en que en esas fechas se concentran sinérgicamente algunas, muchas o todas ellas, en las que interviene la acción humana más o menos consciente. También sabemos que pese a todo hay fuerzas profundas que marcan las grandes tendencias evolutivas de la historia, fundamentalmente las relaciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Lorenzo Espinosa resume esta complejidad que debe ser analizada en cada fase concreta, con la idea aristotélica del ser humano como «animal político», de la función de la «polis» en la evolución y de las alianzas o guerras en su interior y entre las «polis» para ampliar o defender sus recursos, su libertad.

De este modo la «política», o sea, la economía concentrada, ha pasado al centro del escenario desde entonces hasta ahora. Para las ciudades-Estados griegas, la política era la forma de lograr el máximo beneficio posible del esclavismo, de la explotación de las mujeres como simples paridoras de soldados y fuerza de trabajo doméstica, de la utilización del saber de los extranjeros carentes de derechos, del comercio y de la moneda, de las relaciones interestatales…, y de la guerra. La riqueza de Atenas también se había cimentado en los duros tributos impuestos a otras ciudades-Estado, o en su saqueo devastador. Heródoto, pero sobre todo Tucidides y Jenofonte describen con su lenguaje las relaciones entre economía, política, opresión nacional y guerra. Tras ellos, Aristóteles vislumbró los rudimentos de la ley del valor, lo que indicaba la existencia de una economía de mercado, dineraria, cuya expansión a lo largo de sucesivos modos de producción acarreará otras tantas sucesivas formas de opresión y explotación clánica, tribal, étnica, etno-nacional, nacional, etc.

La referencia a Aristóteles que hace Lorenzo Espinosa al inicio de su libro nos abre las puertas a una investigación radical de la opresión y explotación nacional como unos de los efectos desencadenados por el accionar ciego de la ley del valor. Hemos de saber que el potencial heurístico de la ley del valor, incluso en su versión aristotélica inicial, es tal que Smith y Ricardo la desarrollaron en el capitalismo de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, pero fue Marx el que le dio su forma básica al mostrar que el valor es una relación social que expresa el proceso entero de la producción de la mercancía, o sea, de la totalidad del capitalismo, sacando a la luz sus contradicciones insolubles. Dicho de forma más simple, la ley del valor regula el intercambio de mercancías según la cantidad de trabajo simple, abstracto, socialmente necesario, gastado en su producción, lo que hace que, por término medio, las mercancías que exigen más tiempo de trabajo tengan más valor y cuesten más, que las que exigen menos tiempo de trabajo.

El potencial heurístico y revolucionario de la teoría del valor y su ley es tal que ello mismo explica que sea la parte del marxismo más furibundamente atacada por la burguesía y por el reformismo. Un ejemplo lo tenemos en que el problema de la opresión nacional, que tantos debates suscita, se resuelve desenvolviendo las contradicciones del valor que conducen a la ley tendencial de la caída de la tasa media de ganancia y, desde aquí, a las contramedidas que aplica el capital para detener y revertir esa caída tendencial mediante, entre otras muchas, las múltiples formas de opresión y explotación de los pueblos oprimidos. Más en profundidad, la lógica que subyace en los Estados que explotan y dominan a naciones está magníficamente expresada en el desarrollo de la contradicción expansivo/constrictiva inherente al concepto simple de capital. Simplificando mucho, el capital funciona como el vaivén de sístole/diástole del corazón, expandiéndose y contrayéndose. La opresión nacional es una de las expresiones más salvajes de la sístole, mientras que la diástole es el momento en el que el valor extra saqueado es repatriado al Estado ocupante. La expansión del capital vampiriza la vida de los pueblos, y su constricción insufla esa vida vampirizada en el Estado ocupante.

Naturalmente, la conciencia de las clases explotadas de esos pueblos, o si se quiere, su «vergüenza nacional», siempre está actuando de un modo u otro, directa o indirectamente, en el interior de esas contradicciones cuya tendencialidad está determinada en buena medida por la intervención humana, una de cuyas expresiones más obvias y directas es el conjunto de violencias y guerras, como expresión última del estallido de las contradicciones socioeconómicas, políticas, nacionales, etc. La industria de la matanza de seres humanos, como denominaban Marx y Engels a la industria militar burguesa, ha tenido su fundamental mercado de venta de armas en las guerras de invasión desde el siglo XV.

El desarrollo de la crítica marxista de la economía capitalista desde 1844-45 fue inseparable de los estudios sobre las guerras, su papel socioeconómico y sociopolítico, y de las formas de resistencia de las clases y naciones explotadas prácticamente de todo el mundo del que tenían datos, como lo demuestran el estudio riguroso de los mejores militares, sobre todo de Clausewitz, hasta muy poco antes de la muerte de Engels. Mientras se redactaba El Capital y se organizaba la I Internacional y se intervenía en las luchas sindicales y políticas, también se impulsaba la solidaridad internacionalista para con Irlanda, Polonia, etc. De hecho, lo que se llama «problema nacional» está presente de mil modos en los tomos de El Capital publicados o en borrador. Por ejemplo, en el I Congreso de la I Internacional celebrado en 1866 en Ginebra, se plantearon reivindicaciones elementales para el movimiento obrero que, por ser básicas, eran un peligro para la burguesía como la de suprimir los impuestos indirectos, pero la que nos interesa ahora es la de desmantelar los ejércitos, fundamentales para toda opresión nacional. Marx redactó el programa aprobado en Ginebra a la vez que daba los últimos retoques a El Capital que fue publicado el año siguiente, en 1867. No hace falta hablar de la mezcla de pánico y odio que ese Congreso y El Capital suscitaron en la clase burguesa.

Visto esto, las preguntas claves son: ¿puede una nación oprimida ser verdaderamente independiente y libre respetando la dictadura de la ley del valor, del trabajo abstracto? Es decir ¿puede una nación oprimida alcanzar su libertad dentro del capitalismo? Incluso, o sobre todo, teniendo en cuenta que la violencia injusta, burguesa, está presente por activa o por pasiva tanto en las contramedidas para revertir la tendencia a la caída de la tasa de ganancia como en la contradicción expansivo/constrictiva inherente al concepto simple de capital, partiendo de aquí ¿puede conquistarse la independencia en su significado radical respetando el pacifismo parlamentarista del Estado ocupante, que no es sino la forma política del capital y el sostén del fetichismo parlamentario?

Pues bien, la historia no sólo de ETA como movimiento popular de más de 60 años, y como organización con sucesivas escisiones y direcciones, tal cual lo precisó Argala; sino también la prolongada historia de la izquierda vasca desde sus embriones en la década de 1920, esta historia está esencialmente marcada por las diversas respuestas dadas a tales preguntas, respuestas pensadas desde las corrientes marxistas consideradas por esos colectivos como las más enriquecedoras para sus estrategias en sus respectivos contextos. La categoría dialéctica de lo universal, lo particular y lo singular es aquí, como en todo, decisiva para entender parte de los logros y los errores cometidos por las izquierdas vascas desde la década de 1920 y en especial desde poco antes de 1966. Esta categoría dialéctica es tanto más imprescindible cuanto que una y otra vez reaparece en la práctica la teoría marxista de la violencia defensiva, revolucionaria, que va enriqueciéndose y concretándose desde las tesis iniciales del comunismo utópico, babuvista, de finales del siglo XVIII.

3.- De 1833 a 1872

Como hemos dicho, en 1849 Engels creía que el Pueblo Vasco era uno de los condenados a desaparecer: un «pueblo sin historia» porque carecía de la fuerza suficiente para liberarse de la tenaza franco-española que le partía en dos y le llevaba a la extinción. La teoría de los «pueblos sin historia» era una de tantas formas de expresar la ideología eurocéntrica y mecanicista según la cual la humanidad entera debía seguir los pasos de los grandes Estados europeos que se estaban formando engullendo a pueblos pequeños, como Euskal Herria y otros. Aunque Engels y Marx fueron superando esta visión al descubrir la esencia del capitalismo y su impacto sobre el mundo, no lo hicieron del todo otras personas, organizaciones y partidos de la amplia diversidad de socialismos, e incluso algunos retrocedieron a la justificación de la «tarea civilizadora» de los grandes Estados. Ahora mismo, socialdemócratas, eurocomunistas y “comunistas” franco-españoles creen que las naciones oprimidas por sus burguesías debemos aceptar la superior civilización que nos ofrecen.

No podemos elucubrar sobre el grado de conocimiento que tenían Engels y Marx de la guerra de 1833-40, y sobre la fuerte y masiva resistencia popular a las nuevas leyes españolas dictadas tras la derrota vasca. Por ejemplo, el conjunto de prácticas populares e institucionales que retrasaron la puesta en marcha de la española Ley de Minas de 1825, que facilitaba sobre manera su compra por la burguesía en detrimento de los usos y costumbres forales. Los grandes burgueses tuvieron que esperar a la derrota del ejército vasco en 1837 para empezar a presionar con más fuerza represiva. La primera compra de una mina en base a la ley española de 1825 se realizó sólo a partir de finales de junio de 1842, pocos días antes de que a mediados de julio se suprimieran bajo amenaza militar las Diputaciones Forales. En verano de 1843 la nueva patronal derrotó fácilmente la última lucha de dos días del viejo movimiento obrero minero.

Pero este fracaso no acabó con otras formas de resistencia popular, de los jauntxos menores y de las instituciones que, pese a la derrota militar, seguían defendiendo los bienes comunales y el Sistema Foral que sobrevivía tras la derrota de 1840. Es interesante saber que en Hegoalde la flamante «democracia liberal» era en realidad una tapadera que ocultaba la dictadura burguesa al amparo de la ley electoral de 1836, en la que votó el 0,6% de la población, subiendo al 4,3% con la ley de 1843, pero bajando al 0,8% con la ley electoral de 1846. Habría que esperar hasta las elecciones de 1869 para que votase el 24%, con una arrasadora «victoria» de las fuerzas estatalistas dadas las restricciones político-electorales. En Iparralde, fue muy fuerte la solidaridad popular con la resistencia vasca al sur de los Pirineos, que en la historia del País nunca fueron un muro de incomunicación sino un sinfín de pasos bidireccionales que facilitarían la solidaridad mutua. De hecho, en 1844, un año después de la cita de Marx arriba expuesta, Agustín Xaho (1810-1858) había iniciado en Baiona una exitosa serie de revistas dedicadas a la historia y realidad vasca. De entre ellas destacó la que llevaba el título de Ariel.

Xaho sabía de lo que hablaba porque, además de su acervo cultural, había convivido diez años antes con el ejército vasco, o «vasco-carlista» por la historiografía española, entrevistando a Zumalakarregi y llegando a la conclusión de que existían dos carlismos: el reaccionario de la minoría rica, y el abrumadoramente popular que defendía las libertades del País y su Sistema Foral. El pensamiento de Xaho era idealista en lo filosófico pese a su anticlericalismo, pero radical en lo político asumiendo un socialismo anticapitalista enriquecido por la ola revolucionaria de 1848-1852. No quiso formar ningún partido que divulgara su defensa radical de la nación vasca, todavía mayoritariamente campesina, lo que limitó mucho el conocimiento de su ideario, silenciado por eso mismo por las clases dominantes.

Este era el marco político-electoral en el que, sin embargo, fue tomando fuerza la recuperación de la cultura euskaldun tal cual podía realizarse en la mitad del siglo XIX en un país en el que más del 65% de su población era campesina o semicampesina, y con un artesanado urbano que seguía organizado en gremios con fuertes lazos vivenciales con el campo. Esta recuperación se daba además en un contexto de desprecio y persecución institucional a la lengua vasca agudizado desde finales del siglo XVIII, bajo una dictadura ético-cultural católica obsesionada por mantener en la ignorancia al pueblo e impedir que las experiencias terribles de las continuadas guerras y luchas clasistas desde, al menos, la última matxinada de 1766, pudieran precipitar un salto en la consciencia colectiva. Además, desde finales del siglo XVIII la Iglesia impuso sistemáticamente la lengua española a una feligresía popular frecuentemente monolingüe vascoparlante en los amplios territorios de la Llanada alavesa y la Ribera navarra. Sobre todo en Iparralde, la Iglesia se enfrentó a la cultura euskaldun expresada en obras teatrales –Pastoralak–, persiguiéndolas, pero la resistencia pudo salvar de la destrucción al menos 49 libretos de los siglos XVIII y XIX.

Lo más probable es que en 1849 Engels desconociera la historia de las resistencias vascas y que, impresionado por la masacre represiva que había derrotado la oleada revolucionaria de 1848 en media Europa, incluyera a Euskal Herria en la lista de pequeños pueblos arrasados por la reacción. Sin embargo, su análisis crítico de la derrota extrae lecciones valiosas confirmadas posteriormente: hay que preparar bien las revueltas, luchas e insurrecciones populares, o serán aniquiladas; la conciencia subjetiva teóricamente formada es decisiva en esa preparación; el lumpen organizado por el poder dio la batalla contra el proletariado desorganizado, sentando así una tesis fundamental de la posterior teoría sobre el fascismo; en la revolución como en la guerra hay que tomar la iniciativa y mantenerla; y muy especialmente, ésta que resume parte de lo acontecido entre 1848 y 1852:

«La burguesía no declaró que los obreros fuesen enemigos comunes a los que hay que vencer, sino que los consideró enemigos de la sociedad, a los que se destruye […] la clase obrera representaba los verdaderos y bien entendidos intereses de la nación; en la medida de sus fuerzas, apresuraba el curso de la revolución, que ya se había constituido en necesidad histórica para viejas sociedades de la Europa civilizada, y sin la cual ninguna de ellas podía intentar el desarrollo más tranquilo y permanente de sus fuerzas […] La pequeña burguesía, grande en jactancia, es incapaz de obrar, y teme extraordinariamente arriesgarse en lo más mínimo […] Donde quiera que un conflicto armado llevaba a una seria crisis, los pequeño burgueses se sentían presa de un terrible espanto ante la peligrosa situación que se les creaba: de terror ante el pueblo que había dado crédito a su jactancioso llamamiento a las armas; de miedo ante el poder que había caído en sus manos, y sobre todo, de espanto ante las consecuencias que para ellos mismos, para su posición social y su propiedad podría tener la política en que se habían visto envueltos».

Los verdaderos y bien entendidos intereses de la nación son los que defiende la clase obrera –tal cual existía en las zonas de incipiente industrialización de la Europa de 1848, con una amplia franja de proletarios que aún mantenían lazos cotidianos con su entorno y familia campesina–, una clase obrera que para la burguesía pasaba a ser el enemigo a destruir una vez que el proletariado se erguía como el verdadero representante de la nación. En el Manifiesto del Partido Comunista, escrito en esa misma época por él y por Marx y su compañera Jenny, aparece esta misma idea: bajo el capitalismo, el proletariado no tiene patria, tiene que crearla, pero «no en el sentido burgués» de patria. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de 1852, Marx termina de concretarlo: la «nación trabajadora» se enfrenta en la lucha de clases contra la nación burguesa, que recurre sistemáticamente a su Ejército oficial y a su ejército privado de lumpen reaccionario para vencer a la nación trabajadora. La pequeña burguesía abandona su verborrea y sus aspavientos y se pone a las órdenes del capital.

En este mismo contexto, las ideas de A. Xaho, como hemos dicho, también fueron enriquecidas por las luchas de 1848, lo que puede explicar el silencio impuesto por el poder al radicalismo de Xaho, a sus ideas basadas en las prácticas defensoras de los bienes comunales, en las costumbres de la ayuda mutua y la cooperación que mal que bien, con dificultes, se mantenían vivas como autodefensa. Y este miedo al potencial emancipador de la cultura euskaldun del momento que en aquellas difíciles condiciones impuestas por la derrota militar de 1840 y las revoluciones masacradas en 1848, es también el que explica la ilegalización del canto, del himno Gernikako Arbola, creado por Iparragirre en 1853, y la impresionante y sistemática campaña de desprestigio que ha sufrido. Pero su éxito fue arrollador porque expresaba la profunda identidad popular que aún sobrevivía apegada a las libertades antiguas reflejadas en un sincretismo pagano-cristiano sobre el «árbol sagrado» bajo cuya protección se resolvían los problemas colectivos. Aún estaba fresco en la memoria el esfuerzo cultural realizado en plena guerra carlista para mantener abierta la Universidad de Oñate, lanzada a modernizar la lengua vasca, cerrada en 1839. Sólo 14 años después, Gernikako Arbola revivía simbólicamente aquél logro.

No debemos idealizar aquella forma de representatividad preburguesa que desde su origen defendía más los intereses de los ricos que del campesinado, y que había impuesto el español y el francés como las lenguas oficiales en la vida sociopolítica. Desde el siglo XVII la clase dominante vasca había endurecido su ataque contra la práctica del Biltzar, del Batzar… formas autoorganizativas con las que los campesinos medios y altos, pero sin poder político decisivo podían debatir legalmente cómo resistir a las facciones más poderosas. Los llamados «consejos abiertos» no representaban a los sectores más empobrecidos y explotados, tampoco a las mujeres, pero sí eran pese a sus limitaciones una institución más cercana sobre la que presionaban en defensa de sus intereses. La larga y tensa historia de la lucha de clases en Euskal Herria es inseparable en una tercera fase, aproximadamente desde el siglo XV hasta el XVIII, de la tarea ambivalente de estas instituciones, de los ataques que sufrían desde las poderosas clases dominantes cada vez más unidas a los Estados francés y español, y de las resistencias de las clases explotadas. Gernikako Arbola mostraba cómo estaban destruyendo lo que quedaba en la memoria popular de aquella resistencia de siglos.

Fuerzas democrático-radicales, socialistas utópicas y revolucionarias, burgueses foralistas, carlismo popular, etc., comprendieron al instante la carga emancipadora del himno de Iparraguirre, que había luchado en las barricadas revolucionarias de 1848. Fue prohibido por eso. Desde la mitad de la década de 1850 Marx y Engels ampliaron sus estudios en dos áreas directamente relacionadas con la lucha político-cultural e identitaria que sostenían amplísimos sectores del Pueblo Vasco: por un lado, las resistencias de los pueblos precapitalistas con más o menos amplios bienes comunales, y por otro lado y unido a lo anterior, el estudio de los modos de producción precapitalistas. Marx había conocido la existencia de tierras comunales en su Tréveris natal, y a finales de 1842, con 24 años de edad, salió en defensa del derecho consuetudinario de los campesinos para utilizar los recursos de los bienes comunales, privatizados violentamente por la burguesía. Esta defensa a ultranza se mantendrá durante toda su vida y recorre el desarrollo posterior de sus estudios sobre los modos comunales de producción y sobre la etnografía, estudios que mantuvo con su rigor habitual hasta instantes antes de su muerte.

Según ambos descubrían la historia oculta de las luchas de las naciones oprimidas o atacadas, en sus artículos y cartas sobre el colonialismo y la acumulación originaria, etc., pasaron a admirar la enorme resistencia de estos pueblos que vivían en el amplio espectro que va desde la antigua propiedad comunal preclasista hasta los grandes imperios de lo que llamaron «modo asiático» por la interpretación que hacían de China e India, sin olvidar a los modos antiguo, germánico, incaico, etc., y sus relaciones posibles o no con el llamado modo de producción tributario. En 1857 Engels analizó la «guerra defensiva de montaña que logró renombre últimamente: la de sublevación nacional y la guerrilla» de varios pueblos entre los que citó a la «duración prolongada de la guerra» de los «vascos carlistas», además de a las guerrillas del Tirol, las españolas contra Napoleón, y las tribus caucásicas. Aunque Engels no lo dice, nos interesa dejar constancia de que varias de esas guerras defendían más o menos abiertamente, y con sus contradicciones, los restos de propiedad comunal amenazados por esas invasiones.

Conforme estas reflexiones llegaban a Euskal Herria a finales del siglo XIX sectores socialistas y comunistas explicaban que Gernikako Arbola reflejaba esa dinámica tal cual se había dado en tierras vascas. Las mismas tesis se debatieron en la URSS, China, Japón, Perú, etc., hasta que fueron silenciadas y prohibidas por el stalinismo en ascenso en el llamado Debate de Leningrado de 1932, en donde se impuso la doctrina oficial del tránsito mecánico y obligado del comunismo primitivo al socialismo pasando por el esclavismo y el feudalismo: todo aquello que no cuadraba con el dogma era excomulgado. Sin embargo, en Euskal Herria y por razones que iremos viendo, la práctica de la lucha nacional de clase se sustentaba parcialmente en la memoria colectiva de autoorganización comunitaria que resistía pese a todas las represiones en la cultura popular. Al fin y al cabo, en 1932 no estaban tan lejanas las grandiosas prácticas de autoorganización de violencia defensiva de la guerra de 1872-76, de las huelgas generales desde 1890, de la gamazada de 1893, de la resistencia contra la dictadura militar de 1923-31, e inmediatamente vendrían las luchas desde ese año hasta 1936-45, la oleada de huelgas desde 1947… hasta la irrupción de ETA. Siguiendo esta estela, felizmente se ha iniciado el debate sobre el llamado «modo de producción pirenaico» que debemos profundizar con rigor…

Tras este salto para ofrecer una aclaración básica de un proceso complejo al que tendremos que volver por su trascendencia innegable pero apenas teorizada en la historia de ETA, debemos terminar con el análisis del largo impacto sobre el futuro que tuvo la recuperación de la cultura vasca en las condiciones de la mitad del siglo XIX. Tenemos que adelantar cuatro contenidos que serían decisivos con los años en una dura pelea político-cultural con los Estados español y francés: la revitalización del prestigio de la lengua vasca, tan denostada. La revitalización de elementos claves de la cultura popular como, sobre todo, el bertsolarismo, el folklore, la música… La supervivencia de tradiciones culturales como Pastoralak y otras, y la no extinción de la mitología pagana que algunos curas intentaron integrar sincréticamente en el catolicismo pero que ahora pueden impulsar de algún modo con la lucha contra el sistema patriarco-burgués.

Y, por último, la importancia clave que tuvo la lucha político-cultural en la izquierda independentista. Lorenzo Espinosa dedica varias páginas a glosar la capacidad poética de Txabi Etxebarrieta, quien comprendió que la lucha debía ser en todos los sentidos, también en la poesía, el arte, la cultura… el “uomo totale” renacentista, que era el modelo de ser-humano-genérico de Marx y Engels. Pensamos que Txabi fusionaba en su vida todas las formas de militancia, y que ese logro le hubiera resultado más difícil sin las lecciones del inicial impulso a la cultura vasca a mediados del siglo XIX. Volveremos sobre esta decisiva cuestión.




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martes, 27 de agosto de 2019

Gil de San Vicente | Doce Apuntes sobre Marxismo (VI)

Y llegamos a la sexta entrega de las doce con las que Iñaki Gil de San Vicente ha ido dando a conocer sus apuntes sobre Marxismo en la página de La Haine:


Iñaki Gil de San Vicente

El calificativo de «Marxismo»

Hacemos la entrega VI de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. En esta sexta entrega veremos la aparición de términos como «marxista» y «marxismo», y la dialéctica, en cuanto tal, y de cómo se desarrolla en la crítica de la economía política capitalista. Aunque todavía en 1917 había textos fundamentales del marxismo sin conocerse, ya estaba teorizado gran parte de lo necesario para saber qué era el capitalismo y cómo destruirlo. En la entrega VII terminaremos de exponer el reformismo en su unidad, porque es a partir de 1917 cuando adquiere su identidad esencial, como expusimos básicamente en la entrega V, sobre la II Internacional.

Fue entre 1853 y 1854, durante el debate con Weitling (1808-1871), cuando aparece el calificativo de «marxiano» para designarle a Marx y a los «ciegos seguidores»: ya desde entonces se tildaba negativamente a quienes más tarde serían llamados «marxistas» a secas. Y eran peyorativamente definidos como «ciegos», algo así como dogmáticos e incapaces de ver la realidad, la «luz», casi como fanáticos, precisamente por compañeros que en la Liga de los comunistas defendían posiciones utópicas. En aquellos años, Marx no había elaborado aún el núcleo duro de su crítica del capitalismo –la teoría del valor en su pleno alcance, la plusvalía, la moneda, la distinción entre trabajo y fuerza de trabajo, el trabajo abstracto, valor de cambio…-, aunque sí ya tenía una idea básica de la ley del valor, los cimientos de la teoría de la crisis como efecto de la superproducción, una visión mundial del capitalismo, la teoría de la socialización de los medios de producción, la teoría de la revolución permanente, el programa máximo y el programa mínimo, la crítica de Feuerbach y lo que podríamos llamar algo así como «humanismo marxista»…

Aun así, ningún seguidor del comunismo utópico y del anarquismo, habían desarrollado para esa mitad del siglo XIX algo parecido al logro de los «marxianos cegatos», lo que no era óbice para que arraigara tal descalificación. Durante la I Internacional fundada en 1864, los tres grandes bloques se autocalificaban así: colectivistas, al que pertenecía Bakunin; comunistas, al que pertenecía Marx y Blanqui; y socialistas, que integraba a los radicales pequeño-burgueses. Aunque más adelante, Marx y Engels militarían en la social democracia alemana, siempre se identificaron como comunistas. Las disputas en la I Internacional hace que en el término de «marxista» -que todavía no el de «marxismo»-, adquiera en 1869 una connotación más precisa, más teórica y política, pero con una carga determinista y economicista que será combatida por Marx y Engels hasta el final de sus días. Mientras tanto, no desapareció la amplia diversidad de grupos: en la reunión en Ginebra de la I Internacional de ese 1873 se reúnen marxistas, federalistas, aliancistas, centralistas…, sin olvidar que fuera de la AIT estaban los anarquistas en sus varias corrientes y otros movimientos.

Lo que más nos importa ahora es que para 1873 la Comuna de París ya había aportado lecciones positivas y negativas que exigían, al menos, fortalecer alguna unidad teórica y práctica. Además, ya se había publicado el primer libro de El Capital, Teorías de la plusvalía y se acababan de publicar La Guerra civil en Francia y Contribución al problema de la vivienda,  aunque los Grundrisse, La Ideología Alemana, Revolución y contrarrevolución en Alemania y muchos textos y manuscritos sobre El Capital seguían ocultos en aquél tiempo. Sin embargo y pese a esos vacíos y a pesar del reducido grupo de «marxistas», en lo que queda de década de 1870 su militancia se va haciendo notar en los debates y disputas permanentes, de modo que, también con tono polémico, en 1882 ya aparece el término «marxismo» en un panfleto contra esta corriente política dentro de la socialdemocracia que va extendiéndose en Francia.

Significativamente, este panfleto pertenecía a la denominada corriente «posibilista» que, con el tiempo, terminaría integrada en el gobierno imperialista francés durante la guerra de 1914. Guesde, uno de sus principales representantes, empezó siendo «marxista», luego «socialista» y por último imperialista. Como su propio nombre indica, el «posibilismo» buscaba los avances «posibles» aunque para ello tuviera que aceptar el orden burgués. El reformismo de Bernstein era «posibilista», y el pragmatismo filosófico yanqui de finales del siglo XIX –J. Dewey, etc….-, también. La identidad de fondo de estas tesis tan distanciadas en el espacio, pero unidas por la ideología burguesa, se mostraba de muchas formas diferentes, destacando su sistemático rechazo común de la dialéctica materialista. Cuando Marx dijo aquello de que él no era «“marxista”» se refería a expresiones particulares de esta corriente internacional.

Pensamos que hay, al menos, cinco razones que explican este ataque al «marxismo» que penetraba en el movimiento obrero: una y elemental, los efectos de la Gran Depresión iniciada en 1870 que van mostrando paulatinamente a sectores obreros combativos la urgencia de una respuesta política y teórica a la tremenda crisis. Dos, y unido a ello, las limitaciones crecientes de los anarquismos –Malatesta ya había discutido con Bakunin en 1876 precisamente por eso- y del comunismo utópico cada vez más debilitado por la misma razón: militantes blanquistas se van integrando en el «marxismo». Tres, paralelamente el avance de la idea de la necesidad de otra Internacional, la II, que se crearía en 1889. Cuatro, a la vez, el esfuerzo teórico de Marx y Engels con la aparición siquiera en forma de borrador de Crítica del programa de Gotha en 1875, Anti-Dühring en 1878, Del socialismo utópico al socialismo científico en 1880, varias ediciones del Manifiesto Comunista y una enorme correspondencia, por citar algunos textos que serán seguidos por otros posteriores. Y cinco, como síntesis, la alarma que todo lo anterior causaba en el reformismo posibilista y pragmático.

Como vemos, los términos de «marxista» y «marxismo» fueron creados por corrientes no revolucionarias para denigrar a quienes avanzaban de la utopía a la ciencia crítica, al método dialéctico. La degeneración de la II Internacional desde finales del siglo XIX, que hemos expuesto en la entrega V, fue facilitada por la previa denigración del «marxismo» como doctrina cegata, dogmática, autoritaria…, precisamente todo lo contrario a lo que en realidad es la dialéctica recuperada y actualizada por Marx y Engels. También hemos de tener en cuenta otros factores que facilitaron esas descalificaciones porque los dos amigos, presionados por las urgencias, postergaron la explicación de la dialéctica. Por ejemplo, aunque las vitales Tesis sobre Feuerbach, sin las cuales apenas se entiende el método y de la filosofía entera del marxismo en cuanto tal, fueron escritas por Marx en 1845 pero fueron publicadas en 1888 por Engels. El libro III de El Capital, básico para entender la dialéctica de la crisis, publicado en 1894. Los Manuscritos de París en 1922. La Ideologías alemana, en 1932. Los Grundrisse en 1939, redescubiertos casualmente en 1948, pero estudiados a fondo desde en la década de los ‘50. Muchos borradores se quedaron sin publicar y, sobre todo, nunca se iniciaron textos ya previstos.

En entregas anteriores ya hemos hablado de los enormes obstáculos sociopolíticos y represivos que tenía que superar la pequeña corriente marxista dentro del amplio mundo socialista a finales del siglo XIX. Uno de ellos, que luego reaparecerá una y otra vez con distintos ropajes, era la acción política de grupos de notables académicos reformistas que usaban su fama intelectual burguesa para atacar abierta o solapadamente al marxismo. En Alemania por ejemplo, el llamado «socialismo de cátedra», cuyo mayor representante fue Schmoller (1838-1917), reforzaba las tesis de Lassalle ya vistas, criticaba la reaccionaria teoría marginalista de Menger (1840-1921) inconciliable con la ley del valor de Marx, pero no salía en defensa de éste último sino que adelantaba elementos del que luego sería llamado «Estado Social» o «del Bienestar» (¿?), al que volveremos en la VII entrega.

También a finales del siglo XIX surgió en Rusia el «marxismo legal» que empleaba los diminutos resquicios legales del zarismo para combatir al movimiento revolucionario campesino y obrero: en 1894 Struve oficializó la tesis de que había que aprender del capitalismo conquistando primero la democracia burguesa y luego, sobre esa base, avanzar al socialismo. En Italia, el neohegelianismo progresista fuerte en Nápoles tenía una corriente de derechas, A. Vera, y otra de izquierdas, De Sanctis, Spaventa…, que se enfrentó a la dictadura intelectual de la Iglesia; su ambigüedad academicista le imposibilitaba estudiar la lucha de clases entre el capital y el trabajo, lo que propició la aparición de dos líneas antagónicas: la burguesa con dos vertientes, la fascista de Gentile (1875-1944) y la liberal de Croce (1866-1952); y la marxista representada por Labriola (1843-1904).

Nos hemos limitado a Alemania, Rusia e Italia porque los tres fueron escenarios en los que se enfrentarían a muerte el capital y el trabajo en el primer tercio del siglo XX; también en el Estado español y en otros Estados, pero carecemos de espacio. Al margen de las diferencias secundarias, la casta académica progresista fue más un obstáculo que un impulso para la revolución porque rompió la dialéctica entre la lucha política para destruir el Estado burgués y la crítica teórica radical del capitalismo. Uno de los méritos incuestionables de Rosa Luxemburg fue el de recuperar la dialéctica de la lucha política y teórico-crítica por el socialismo, unidad destruida por la II Internacional en general, y por Kautsky dentro de la socialdemocracia alemana. El «marxismo legal» ruso fue combatido por Lenin en este y otros temas, desde sus primeros escritos socioeconómicos y políticos, especialmente en el Qué Hacer de 1902. Liebknecht, antes de ser asesinado por la socialdemocracia junto a Rosa y cientos de obreros rojos, dejó escritos brillantes sobre la esencia político-militar del capitalismo, que podemos resumir en aquella frase de 1907: «La cuestión socialdemócrata –en tanto en cuanto cuestión política– es, en última instancia, una cuestión militar».

Los jóvenes marxistas que iniciaron su lucha contra el reformismo a comienzos del siglo XX, recuperaron la dialéctica de la lucha de clases, esencia del primer marxismo, en una dinámica siempre unida a y dependiente de los vaivenes de la revolución. Como había sucedido con Marx y Engels, también ahora fueron los ascensos, estancamientos y retrocesos de la lucha desde justo finales del siglo XIX en Rusia, de 1905-1906 en Europa, de nuevo desde 1909 y 1912, y por fin desde la recuperación a partir de 1916 hasta el estallido de 1917, los que forzaron avances teóricos sustantivos en los que no podemos extendernos ahora. La autonomía relativa de lo teórico, visible a simple vista durante la «paz» o «normalización social», volvió a demostrar su estrecha dependencia de la materialidad de la lucha cuando resurgían las contradicciones, en especial en 1905 y desde 1914.

El desarrollo teórico-político que se estaba logrando, no sólo abarcó el conjunto de la obra marxista inicial sino que también abrió muy fructíferas vías para el futuro. La totalidad de la civilización del capital fue sometida a la crítica implacable de la dialéctica en acción, empezando a corregirse errores escandalosos como, por ejemplo, la ausencia casi total de Nuestramérica en la izquierda revolucionaria europea hasta la Internacional Comunista. Pero, muy significativa y premonitoriamente, en el área en la que menos se avanzó y en la que más rápidamente se retrocedió después, fue en la concerniente a la dialéctica marxista, pese a los meritorios esfuerzos de Lenin, Trotsky, Rubín, Deborin, Pashukanis en cierta forma, o de Rosa Luxemburg con alguna debilidad en su visión de la dialéctica, o de Plejanov en sus primeros años, aparte de Lukács, Korsch y poco más.

De entre las varias razones que explican este retraso, resaltamos estas cuatro: una, la dificultad del estudio de Hegel y sus ambigüedades interna que se reflejan en la existencia de un hegelianismo conservador y otro revolucionario; dos, el conservadurismo de la casta académica de entonces, que tenía miedo al Hegel crítico, silenciando esta vertiente; tres, el dominio abrumador del kantismo y del positivismo –y de los economistas vulgares burgueses- en el mundo político-sindical y cultural, en la ideología dominante; y cuatro, los ingentes obstáculos que debía superar el primer marxismo en la popularización de la dialéctica, y el error mismo de no intentarlo hasta bastante tarde, como lo reconoció Engels. En la VIII entrega veremos cómo el stalinismo desnaturalizó la dialéctica.

La evolución de Lenin al respecto es paradigmática porque muestra tanto el potencial creativo de su método propio de pensamiento, como las limitaciones que los sucesivos contextos de lucha de clases ponían a ese potencial. En sus primeros textos, hasta Materialismo y empiriocriticismo de 1908-1909, existe en él una brillante capacidad de penetrar en la dialéctica real, material de las luchas concretas, que coexiste con una visión filosófica bastante pobre de la dialéctica marxista. Sin embargo, este libro de 1908, injustamente tratado y que la ciencia crítica valora cada día más, ya tiene una base heurística muy dialéctica, ascenso que se verá confirmado a pesar de sus límites en el textito Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de 1913: Lenin cita a la filosofía materialista, a la dialéctica, y a las aportaciones de Hegel como constitutivas de la primera fuente del marxismo, siendo la ley del valor la segunda, y la tercera, la organización política independiente del proletariado.

La debacle de la II Internacional con la guerra de 1914 le lleva a Lenin a autocriticarse en todos sus errores e incapacidades. En ese 1914 se sumerge en múltiples estudios entre los que destaca nada menos que la lectura de Hegel de manera sistemática. Lenin termina los Cuadernos filosóficos en 1916, llegando a una conclusión impactante: sin leer la Lógica de Hegel es imposible entender El Capital por lo que muy pocos marxistas entendían esa obra basal. Desde esta visión, es totalmente coherente la insistencia postrera de Lenin en que, por todos los medios, se enseñase la dialéctica a la juventud, al proletariado, al pueblo trabajador soviético.

Los Cuadernos fueron publicados en 1933 por lo que hasta ese año se ignoró esa verdad descubierta por Lenin. Aun peor, los Grundrisse, que según Rosdolsky ahorran la dura lectura de la Lógica de Hegel, sólo empezarán a ser estudiados con rigor a finales de la década de los ’50. Quiere decir esto, que hasta la mitad del siglo XX sólo se tenía una visión muy superficial y mecánica del marxismo porque sin la dialéctica se desconoce el potencial revolucionario de la crítica radical del valor, del valor de cambio y de la mercancía, la fuerza emancipadora de la teoría del valor-trabajo y de la plusvalía, también se desconoce aunque se sufra el inhumano poder del fetichismo de la mercancía y la urgencia de echar al basurero de la historia ese Moloch que es el trabajo-abstracto…, en suma, sin la dialéctica se cree que el capital es una «cosa» que tiene aspectos buenos y malos de modo que desarrollando los primeros y reduciendo los segundos podríamos llegar a la «sociedad justa». En realidad, el marxismo nos demuestra que el capital es una relación social de explotación que sobrevive como los vampiros, chupando a la humanidad su trabajo vivo para convertirlo en trabajo muerto, en cadenas.






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jueves, 30 de mayo de 2019

Gil de San Vicente | Doce Apuntes sobre Marxismo (III)

Lo prometido es deuda y antes de que cierre mayo traemos a ustedes la tercera entrega de las doce que Iñaki Gil de San Vicente nos viene compartiendo en La Haine:


Iñaki Gil de San Vicente

Hacemos la entrega III de la serie de XII escrita para el colectivo internacionalista Pakito Arriaran. Como dijimos, en esta entrega analizaremos el período que va de 1848 a 1871. Avisamos que en la IV trataremos del período que va de la Comuna de 1871 hasta la Segunda Internacional de 1889. En estas dos –III y IV—la exposición del meollo teórico será sucinta porque en la VI expondremos el marxismo en su primera generación más en detalle.

La entrega II exponía los límites del comunismo utópico y la tesis de que el marxismo se constituyó como la matriz teórica de todas las luchas sociales, por muy diferentes que parezcan ser. Tal matriz no se formó instantáneamente, sino que requirió un largo proceso colectivo e individual. Desde mediados del siglo XVIII se forman en Inglaterra las primeras uniones obreras defensivas, sin contenido político de ataque al Estado y menos a la propiedad privada. Entre 1790-91 surgen estas uniones en París; desde 1792 aparecen en Filadelfia, Nueva York, Baltimore…y luego se extienden por donde avanza la industrialización.

Que se sepa, la primera organización clandestina proletaria creada para destruir el poder burgués, se fundó en Glasgow, Escocia, en 1819, dirigiendo la primera huelga política general del mundo en abril de 1820. En 1830 se creó en Lyon una caja de resistencia proletaria, y en 1831 estalló allí la gran huelga de los tejedores que desbordaba la política burguesa y avanzaba hacia la proletaria: así lo entendió la Cámara de Diputados en 1832, reconociendo que lo más peligroso de la huelga era que no se había regido por la política burguesa. Con altibajos, el mismo avance se vivía en el los principales Estados capitalistas: la formación de clubs, ligas y grupos de comunistas utópicos frecuentemente secretos. Entre otras muchas, la huelga general de París de septiembre de 1840, traslucía ya la eficacia del avance político organizativo.

Este contexto de lucha que rozaba ya la estrategia política determinó la evolución primero de Engels y después de Marx entre 1842 y 1845. Pese a su juventud, Engels estudió el capitalismo y abrió la senda por la que luego arrollaría Marx que si bien no tenía la formación económica de su amigo, sí había integrado en su método las tesis de Hegel de 1802 sobre la importancia del trabajo en la historia humana, lo que le permitió ponerse a la altura de Engels en poco tiempo. Para finales de 1843 y comienzos de 1844, Engels ya había descubierto que los desiguales ritmos de Alemania con su filosofía dialéctica, de Francia con su teoría política y de Inglaterra con su teoría económica, eran tres expresiones particulares del capitalismo que entonces sólo ocupaba una pequeña parte de la tierra, pero era imparable.

En el París de 1844 Marx milita en el vórtice del huracán social, entre la huelga general de 1840 y la revolución de 1848, entre las ligas secretas y los debates interminables con las corrientes utópicas. Allí escribe los Manuscritos de París en los que inserta la crítica de la alienación en la crítica superior de la economía política capitalista, que demuestra conocer muy bien gracias a sus estudios de los fundamentales teóricos burgueses. La alienación es un concepto clave que no desaparecerá nunca en la obra de Marx y que dará un salto en calidad crítica con la teoría del fetichismo en El Capital.

En 1845 él y Engels debaten en Londres con la izquierda cartista que se encuentra entre la derrota del pasado y una gran reactivación de la lucha de clases, y en ese clima Engels escribe La situación de la clase obrera en Inglaterra, obra no superada aún por la sociología burguesa. Ese mismo año, ambos amigos redactan La ideología alemana, un adelanto brillante para la época del materialismo histórico; y Marx las vitales Tesis sobre Feuerbach que definen la praxis comunista. Sus esfuerzos por crear un grupo comunista internacional que impulse la conciencia política, en el proletariado chocan de frente con las ideas anarquistas y de parte de comunistas utópicos –Bakunin, Weitling…- que sostienen que no hace falta la militancia paciente y pedagógica entre la clase obrera porque ésta, dicen, ya es radical por la simple dureza de su vida explotada. Surge aquí un debate estratégico entre el marxismo y los reformismos, expontaneísmo y utopismos, que reaparecerá una y mil veces en la lucha de clases.

En 1846 esta discusión adquiría toda su importancia porque se oteaban temporales sociales: por ejemplo, en ese mismo año estalla la insurrección en Cracovia; y en Inglaterra se conquista la jornada laboral de 10 horas en 1847, lo que azuza otras movilizaciones en el continente europeo y en los EEUU. A la vez, aumentan las reivindicaciones nacionales que minan el poder de Estados claves, como Gran Bretaña, Austria-Hungría, Rusia, Alemania, Turquía…, mientras que otros están en decadencia imparable como el Estado español; y el feminismo obrero impulsado por Flora Tristán pese a morir en 1844, penetra poco a poco que la clase obrera, en las utopías socialistas, anarquistas y comunistas, y en lo que más adelante se denominará «marxismo» entre otras cosas gracias a la sistemática tarea de Jenny von Westphalen, Mary Burns y otras tantas revolucionarias que adquiriendo merecida influencia.

Marx y Engels redoblan sus esfuerzos escribiendo el primero de ellos dos textos de combate político urgente y también de profundización teórica en el debate con los utopistas: La miseria de la filosofía en el que hunde al reformismo anarquista, y Trabajo asalariado y capital, destinado a armar teóricamente al proletariado. La decisiva teoría de la plusvalía aún no está desarrollada en estos textos, pero su impacto esclarecedor es innegable. Engels por su parte escribe Principios del Comunismo. Fue durante ese esfuerzo impresionante que en verano de 1847 se reunieron un pequeñito grupo de comunistas en Londres, al que acudió sólo Engels, que redacta un documento de trascendencia histórica porque afirma que la Liga de los comunistas busca destruir el poder burgués, acabar con la propiedad privada y avanzar a una sociedad sin clases sociales. La siguiente reunión fue en noviembre de ese año. Marx explicó con paciencia sus ideas que fueron aceptadas, tomándose la decisión de escribir un Manifiesto.

En enero de 1848, mientras estallaba la insurrección en Nápoles y Sicilia, ambos amigos, con la decisiva ayuda de Jenny, entregaban el Manifiesto Comunista, obra magistral pese a que sus autores todavía no habían desarrollado del todo la crítica radical del capitalismo, esfuerzo que daría sus frutos dos décadas después. El Manifiesto es un paso cualitativo de valor permanente en problemas vitales: la expansión mundial del capitalismo y su dialéctica del desarrollo desde una visión crítica y no mecánica; la lucha de clases como un proceso abierto y no automático; el primer esbozo de la composición orgánica del capital y de la teoría de la crisis; la dialéctica de lo nacional e internacional; la emancipación radical de la mujer; la crítica del reformismo; el papel del Estado burgués; la necesidad de la organización y de la toma del poder; el programa mínimo y el programa máximo….

Pero no dio tiempo a que el proletariado debatiera el Manifiesto para que las aplicara si las aceptase: no es la primera vez ni será la última en la que los pueblos se lanzan a la lucha antes de que la izquierda esté preparara, y casi nunca es un error de precipitación popular, sino casi siempre es incapacidad de la izquierda. En febrero de 1848 estalló la revolución en Francia, en marzo en Alemania, ardiendo como la pólvora por Europa. Marx fue rápidamente a Viena para preparar a las milicias obreras y gastó la herencia familiar en comprar armas. Engels mejoró su estrategia militar en las batallas en Alemania. La oleada revolucionaria fue ahogada en sangre en 1849, precisamente cuando se iniciaba una recuperación de la economía capitalista.

Los dos amigos hicieron un riguroso análisis autocrítico de la derrota. En La lucha de clases en Francia, de enero de 1850 Marx utilizó por primera vez el concepto de «dictadura del proletariado» como única garantía para vencer al capital. En la Circular del Comité Central a la Liga Comunista de marzo de ese año, uno de los textos más odiados por la burguesía, se argumentó la necesidad del proletariado en armas, la independencia política, la desconfianza absoluta hacia la burguesía «democrática», etc., defendiendo la teoría de la revolución permanente. Inquietudes similares latían en La guerra campesina en Alemania de verano de 1850, en Revolución y contrarrevolución en Alemania de 1851-52, y en El dieciocho Brumario de Luís Bonaparte de comienzos de 1852, en donde aparece el decisivo concepto de «nación trabajadora» enfrentada en el mismo país a la nación burguesa dominante: dos modelos inconciliables de nación que corresponden a los dos bloques clasistas antagónicos, el proletariado y el burgués, que se enfrentaban a diario en las calles: entre 1853 y 1855 se realizaron 345 juicios contra huelguistas solamente en el Estado francés. Pura dialéctica de unidad y lucha de contrarios.

En todos los países, una dictadura burguesa de facto, más o menos disimulada, impedía con represiones que se desarrollara el modelo proletario de nación. Como hemos dicho, la economía empezó a recuperarse en 1849. En la pobreza más dura azotando a la familia Marx, éste y Engels –vigilados por las policías- creyeron que pronto volvería la crisis, pero esta se retrasó hasta 1857 aunque su impacto reactivó las contradicciones dormidas y creó otras nuevas. Ya en 1851 Marx tuvo que responder a los compañeros que reducían la importancia de la teoría crítica del capitalismo que él y Engels planteaban como una necesidad. En 1864 se quejaba de la pobreza intelectual de los dos delegados ingleses en la I Internacional. Todavía en mayo de 1868, nueve meses después de publicarse el Libro I de El Capital, los dos amigos comentaban en su correspondencia casi diaria el desdén por la teoría de muchos dirigentes de la izquierda revolucionaria.

Mientras tanto en 1853 estalló la guerra de Crimea obligándoles a analizar los problemas internacionales más en detalle, y en 1857 se produjo la sublevación de la India y la inhumana represión inglesa, lo que unido a la tenaz resistencia argelina a las masacres francesas y a la lucha irlandesa, polaca y otras les llevó a profundizar en la opresión nacional. En 1857 Marx redactó los Grundrisse, un denso borrador imprescindible para entender plenamente El Capital, pero no quedó contento y continuó sus estudios para, en 1859, publicar Una contribución a la crítica de la economía política: poco a poco desarrollaba el contenido y la forma de lo que sería El Capital como se aprecia en los Teorías sobre la plusvalía, de 1862, y en los Manuscritos de 1861-1863, que contienen un poco de todo y más, pero con una visión nueva.

La policía alemana conocía la creciente influencia de Marx y lanzó una campaña de desprestigio contra él acusándole de todo, y contra la izquierda en su conjunto, para reforzar a un reformismo democraticista muy tocado. La respuesta de Marx fue Herr Vogt, texto de 1860, que insufló nuevos bríos al movimiento revolucionario en un momento en el que, por un lado, se cocía en su interior una corriente reformista más peligrosa que la defendida por Vogt: la de Lassalle que anunciaba retrocesos que Bernstein explicaría tres décadas más tarde; por otro lado, crecía la relación entre obreros europeos, sobre todo franceses e ingleses, abriendo la vía para la I Internacional de 1864 e ilegalizada en muchos países; y por último, la emancipación de la esclavitud reforzaba el internacionalismo proletario y exigía profundizar más en la visión mundial del capitalismo y por tanto de la lucha de clases porque aquella guerra, además de plantear lo esencial de la libertad, también afectó negativamente a las condiciones de las clases trabajadoras de Europa.

Aun así, pese a quedar al descubierto la maniobra de intoxicación, la policía alemana infiltraba desde 1863 pacifistas en la dirección del incipiente socialismo, para combatir la influencia creciente del pequeño grupo que seguía a Marx y Engels, pero fracasando. En efecto, además de los escritos sobre la guerra civil en los EEUU, en esos años Marx y Engels militaron intensamente en la organización de la I Internacional, en la lucha sindical, en la lucha contra las opresiones nacionales, etc., buscado cómo divulgar el comunismo: su  Manifiesto Inaugural, redactado por Marx en septiembre de 1864, es brillante. A le vez, no descuidó su crítica de la economía política burguesa como se aprecia en Salario, precio y ganancia de 1865. Se ha dicho con razón que llevaba ya tres intentos de redactar la obra «definitiva», logro que estaba a punto de culminar cuando en 1866 Prusia aplastó a Austria, y en 1867 se extremaron las tensiones franco-prusianas. Por fin en septiembre de este año aparece el Libro I de El Capital pero tampoco será «definitivo». Inmediatamente, un Marx muy agradecido le reconoce a Engels sus importantes aportaciones a la obra que, en sí, es un torpedo bajo la línea de flotación del capitalismo.

La militancia comunista no descansaba porque entre 1866 y 1870 se endurecieron las múltiples expresiones de la lucha de clases. El reformismo organizó en Ginebra en 1867 el primer congreso de la Liga por la Paz y la Libertad, denunciada por Marx que pedía su boicot. En 1868 se reactivaron las disputas entre los anarquistas y el grupo de la I Internacional ya denominado «marxista» lo que no frenó su crecimiento: para comienzos de 1870 actuaba en diez Estados aunque de forma semilegal e ilegal en varios de ellos, y la represión le retrasaba entrar en otros. Si en 1819 se fundó en Glasgow la primera organización política obrera clandestina, en 1869 en Alemania se creó el primer partido con un marxismo muy limitado aún, pero que amenazaba cada vez más a la burguesía porque, entre otras luchas, también dirigía el poderoso rechazo a la guerra contra Francia.

La guerra empezó el 19 de julio de 1870. París, Berlín y otras muchas ciudades vivieron movilizaciones de protesta. Liebknecht y Bebel se abstuvieron de votar el presupuesto militar alemán el 21 de julio de 1870, El primer Mensaje contra la guerra de la I Internacional fue del 23 de julio, redactado por Marx, se tradujo a las lenguas más conocidas y rápidamente llegó a los EEUU. La derrota francesa fue fulminante y Napoleón III se rindió el 2 de septiembre, pero la guerra continuó. La crisis política pre-revolucionaria estalló en París el día 4, derrocando al Imperio e instaurando la Tercera República. El segundo Mensaje fue del 9 de ese mes y era tan duro contra Alemania que Liebknecht, Bebel y otras personas fueron encarceladas hasta marzo de 1871; también llamaba a los obreros ingleses a que apoyasen a Francia, generando una movilización social nunca vista.

El ejército alemán cercó París el 20 de septiembre, exigiendo una rendición casi incondicional que el nuevo gobierno rechazó. Pero el régimen burgués estaba tan podrido que ni pudo ni quiso organizar la resistencia desesperada al invasor y tras fracasar en los pocos intentos que hizo, se postro ante Alemania el 29 de enero de 1871. Mientras, el hambre, el desprecio a la burguesía vendida y el odio al invasor alimentaron la ira popular, campesina y obrera, y el 18 de marzo de 1871 se creó la Comuna de París en la que las mujeres serían fundamentales. Los y las seguidoras de Marx y Engels, eran minoritarias entre el pueblo trabajador, pero tenían la razón…






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