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domingo, 8 de febrero de 2026

El Fotógrafo del Rif

Como ya se ha publicado en este blog, los vascos, por alguna u otra razón, se han visto obligados a combatir en los conflictos bélicos generados por las metrópolis que a la fecha ocupan su territorio.

Tal es el caso de quienes tuvieron que marchar a luchar y morir en la Guerra del Rif.

Pues bien, desde la sección 7K de Naiz traemos a ustedes esta publicación acerca de un vecino de Urretxu que llegó al Rif armado con su cámara fotográfica y un ojo privilegiado, como consta en la calidad de las imágenes que se comparten.

Véanlo por ustedes mismos:


El archivo fotográfico de Eustaquio Berriochoa en la guerra del Rif

La familia del urretxuarra Eustaquio Berriochoa halló en el año 2016 un total de 127 negativos de fotografías tomadas en la guerra del Rif en los años 20 del siglo pasado. Su legado queda conservado con la digitalización de las imágenes, que ofrecen una perspectiva personal de aquella contienda bélica.

Andoni Lubaki

Eustaquio Berriochoa (1899-1988) fue un ingeniero nacido en Urretxu. Desde una edad muy temprana, una cámara de fotos Zeiss importada desde Alemania captó su curiosidad e inició así una estrecha relación con la fotografía. Cuando cursaba sus estudios de Ingeniería en Madrid, su familia de Urretxu recibió la notificación que le ordenaba acudir a la guerra del Rif. En aquella época, el padre de Eustaquio era el alcalde de la localidad guipuzcoana y sabía que su hijo habría de acudir a la contienda bélica en cuanto vio su nombre inscrito en la lista de quintos.

Con 21 años era de obligado cumplimiento realizar el servicio militar, por lo que su padre, Genaro, envió numerosas misivas a los ministerios de guerra de Madrid, intentando así evitar que su hijo fuera trasladado al Rif. En una de sus cartas señalaba que Eustaquio tenía problemas de visión; en otra, afirmaba que sus piernas eran débiles y que era un joven enfermizo. En una tercera aseguraba que era una persona de «espíritu débil».

Después de tantos intentos, parecía que la insistencia daba resultado, al menos por un tiempo, ya que Eustaquio Berriochoa no fue a la guerra en 1921, sino dos años más tarde. De haber acudido en el año que le correspondía, hubiera vivido en primera persona el desastre de Annual, una importante derrota militar española ante los rebeldes rifeños.

La comandancia de Melilla, al saber de sus estudios superiores en Ingeniería, lo envió junto a otros soldados a las tierras donde se encontraba el “enemigo”. Así, y siempre acompañado de su inseparable cámara, tuvo acceso a lugares fuera de la ley marcial, donde pudo realizar numerosas fotografías.

En 2016, la familia de Eustaquio Berriochoa tuvo conocimiento de estas fotografías, que hasta entonces habían permanecido escondidas en casa de otra familia de Urretxu. Sus familiares llevaron a cabo una investigación a fondo en torno a esas imágenes, e iniciaron un proceso de digitalización de las mismas para garantizar su conservación. En total se hallaron 127 negativos, descubriendo así una perspectiva personal de la guerra del Rif jamás conocida.












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jueves, 22 de enero de 2026

Agur eta Ohore María

La localidad de Adamuz se ha colocado en el mapa dada la tragedia ferroviaria ocurrida en horas pasadas.

Desde Naiz nos hacen saber que entre las víctimas mortales se encuentra quien, en su momento, visibilizó a personas represaliadas allá en 1936.

Aquí la información:


La fotógrafa María Clauss, entrevistada por Zazpika, entre las personas fallecidas en Adamuz

La fotoperiodista María Clauss, entrevistada por Zazpika en 2024, y su pareja, el periodista Óscar Toro, son dos de las víctimas mortales del accidente ferroviario registrado ayer en Adamuz. Con su trabajo, Clauss puso rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36.

María Clauss, fotoperiodista que puso rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36, figura entre las personas que han fallecido en el accidente ferroviario de Adamuz, en el que también ha perdido la vida su pareja, el periodista Óscar Toro. Clauss fue entrevistada en Zazpika en 2024.

La muerte del matrimonio, que regresaba de Madrid en este último tren que tenía parada final en Huelva, ha sido confirmada oficialmente este lunes y ha dejado un importante vacío en el sector de la comunicación onubense.

Precisamente, la hija de ambos fue una de los familiares que anoche se acercó hasta la estación de Huelva para tratar de recabar alguna información sobre el paradero de sus padres.

Óscar Toro era doctor ‘cum laude’ en Comunicación por la Universidad de Huelva y un referente en el estudio de la comunicación para el cambio social.

Director de la Fundación Xul e impulsor de la editorial Voces del Sur, Toro dedicó más de dos décadas a la defensa de los derechos humanos y la sensibilización ciudadana; también desarrolló una importante labor docente en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA).

Una mirada comprometida

Y María Clauss, licenciada por la Universidad Complutense, era una de las miradas más lúcidas y comprometidas de la fotografía contemporánea. Su talento fue reconocido recientemente con el prestigioso Premio de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña 2023.

Más allá de su labor en medios como ‘El País Semanal’ o el ‘Diario Huelva Información’, era un pilar cultural en la provincia: directora creativa de WofestHuelva, vicepresidenta del Ateneo de Huelva y fundadora de la Asociación INvisible.

Clauss fue entrevistada en 2024 para la revista Zazpika por Xole Aramendi, que firmó un artículo en el que se recordaba el trabajo de una fotógrafa que ponía rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36 en Huelva, realizando una labor de reconstrucción de la memoria histórica.

Ese trabajo, condensado en la muestra ‘Donde no habite el olvido’, se había podido ver por esas fechas en el centro cultural Okendo de Donostia. Y en el mismo, recorría a través de sus imágenes los espacios de represión en la provincia de Huelva, recuperando los objetos aparecidos en las fosas y haciendo visibles a las personas represaliadas a través de sus hijos e hijas.


Aquí recuperamos la entrevista:


María Clauss pone rostro y voz a los represaliados en la Guerra del 36

Huelva. Mujeres y hombres que siendo niños sufrieron en carne propia la devastación provocada por la sublevación de los fascistas. La fotografía como vía para la reconstrucción de la memoria histórica. María Clauss da su lugar, a través de sus hijos e hijas, a miles de personas invisibilizadas.

Xole Aramendi

Antonio Villanueva Pozuelo. 86 años. Estuvo varios meses viviendo en la prisión de Huelva junto a su madre, Andrea Pozuelo, después de que su padre fuera fusilado. A ella la encarcelaron por el delito de estraperlo. Él sueña con vivir lo suficiente para sacar a su padre de la fosa común del cementerio y se conforma con que le den un solo hueso de su progenitor para poder enterrarlo dignamente.

Dominga Aparicio Márquez. 84 años. En la Iglesia de la Zarza, convertida en cárcel, tuvieron encerrado a su padre Domingo Aparicio la noche antes de su fusilamiento el 22 de agosto de 1936. Lo mataron frente a la puerta, sin juicio previo. Obligaron a la gente que iba de paso a detenerse y presenciar el fusilamiento. No se dejó que le vendaran los ojos, ni volteó el rostro. «Los hombres se matan cara a cara», dijo Domingo Aparicio.

Juan García Rivera. 87 años. Perdió a su abuelo, a su padre y a su hermano entre el 15 y 19 de agosto de 1936. Su padre fue fusilado en un campo a las afueras de Villalba del Alcor, y se cree que está enterrado en una fosa común en la Palma del Condado, cerca de la estación de ferrocarril.

Juana Ramayo Pachecho. 93 años. Su hermana Catalina era adolescente cuando la fusilaron el mismo día en que las tropas sublevadas entraron en Nerva, el 26 de agosto de 1936. La detuvieron porque supuestamente había ido a ver una manifestación. Juana, a sus 93 años, sigue teniendo miedo. Nunca ha dejado a sus hijos ir a una manifestación.

Francisca González Madeiro. 87 años. En el plazo de diez días, en agosto de 1936, perdió a su padre y a su madre. Se los llevaron de su casa sin dar explicaciones y nunca más volvieron. Ella tenía dos años y se quedó sola junto a su hermana. Continúa viviendo en la casa familiar.

Los hermanos Juan y Manuel Rodríguez Castilla. En el cementerio de Hinojos, junto a la actual capilla del Cristo del Perdón, se encuentra la fosa donde está enterrado su padre. A su madre le pidieron firmar un documento que reportaba a su marido como desaparecido o muerto en la guerra, pero ella no lo hizo y por ello no pudo recibir una pensión de orfandad para sus hijos.

Todos ellos son protagonistas de la muestra “Donde no habite el olvido”, de María Clauss. El centro cultural Okendo, en el barrio donostiarra de Gros, acoge hasta el 15 de junio parte del proyecto de la fotógrafa onubense. Nueve imágenes en color y una en blanco y negro. Son diez fotografías las que componen la serie galardonada -«fue dolorosísimo elegir», reconoce- en el 26º Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, promovido por Médicos del Mundo. Junto a la ganadora, fueron seleccionados como finalistas Nazik Armenakyan, Santi Palacios y Federico Ríos, más la mención especial para Sáshenka Gutiérrez, cuyos trabajos fotográficos también se pueden ver en la capital guipuzcoana. Médicos Mundi valoró 733 candidaturas procedentes de 94 países.

Clauss es la primera mujer en obtener este prestigioso galardón de fotografía. «El día que recibí el premio, y aunque es echarme tierra sobre mi propio tejado, dije que me honra y hasta me da vergüenza ser yo la primera mujer. Creo que hay fotógrafas infinitamente mejores que yo. Las fotógrafas de provincias no estamos en el top 10 de las fotógrafas documentalistas españolas, pero este premio nos permite estar e incluso ganar, además. Ha sido un regalazo. Así se lo dije a un compañero fotógrafo que en el momento en que decidí volver a mi tierra me dijo: ‘no te vayas a Huelva, quédate en Madrid’», cuenta con una sonrisa de satisfacción.

Gracias al premio de Médicos del Mundo, el proyecto continúa realizando su camino. «El premio ha sido un regalo. Y venir a San Sebastián también. Las fotografías se han visto hasta en Nueva York, me parece impresionante», señala.

Proyecto de envergadura

Las imágenes -realizadas en 2021 y 2022- son una pequeña parte del ambicioso proyecto llevado a cabo por María Clauss. “Donde no habite el olvido”, respaldado por el Comisionado de la Memoria Democrática de la Diputación de Huelva, fue ganando dimensión poco a poco.

La autora recorre a través de sus fotografías los espacios de represión en la provincia de Huelva, recuperando los objetos aparecidos en las fosas y haciendo visibles a las personas represaliadas a través de sus hijos e hijas. Propone un viaje a un pasado no tan lejano, a la vez que invisibilizado. Lo que genera sufrimiento en cientos de familias cuyo daño está latente, sin ser reparado aún. La fotografía como instrumento para poner el foco a los invisibles, como herramienta para recuperar la memoria y que no exista el olvido.

En el germen del proyecto radica el interés de Clauss por mirar atrás en el tiempo. «Yo no vengo de familia de represaliados, he tenido la suerte de que no me haya tocado. Me encanta trabajar temas del pasado. Empecé a sentir la necesidad de abordar el tema de la memoria histórica. En este caso tenía la posibilidad de trabajarlo también en el presente», recuerda.

La fotoperiodista cree firmemente en que, cuando una se embarca en un proyecto así, es para aprender. «Yo era una gran desconocedora del tema. Me di cuenta de ello cuando empecé a informarme», se sincera. Para Clauss ha sido clave la colaboración de los investigadores locales en su proyecto. La lista es larga: Francisco Espinosa Maestre, Concha Morón Hernández, Guillermo Molina, Manuel Reyes Santana, Omar Romero de la Osa y Rafael Moreno, entre otros muchos. «Contacté con ellos para que me dieran información y, sobre todo, para que fueran mis aliados, porque yo no tenía capacidad de hacer la investigación por mi cuenta. Solo tenía nueve meses -el plazo fijado por la Diputación- para llevar a cabo el proyecto. En un trabajo anterior, ‘Mi abuelo el espía’, me di cuenta de que se trabaja de una manera muy cómoda con los investigadores; te permite tener esos pivotes que hacen que aumente tu conocimiento, es muy interesante», indica.

En primera persona

El primer paso fue ir a ver las catas arqueológicas que estaban en marcha. Fue testigo de la exhumación que estaba en curso en Nerva. Se calcula que en el pueblo minero podrían encontrarse los restos de hasta 800 personas. El arqueólogo Andrés Fernández ha sido su gran aliado en el camino realizado. En Huelva existen más de 120 fosas, reflejo del impacto que tuvo el alzamiento en el territorio.

De pronto lo vio claro. «Decidí cuál era mi meta final: los hijos e hijas de represaliados. ‘Son pocos, se van a morir ya y necesito que sean ellos quienes cuenten a viva voz su experiencia vital. No hay marcha atrás, es ahora o nunca’, pensé. Ese fue mi reto. Fue muy complicado. Algunos no querían participar, otros, muy generosos, me decían que sí. Había otros que habían fallecido o se encontraban mal de salud. Fueron apareciendo nietos, sobrinos... pero preferí no incluirlos, al final me desvirtuaba lo que para mí era el proyecto. Yo soy muy emocional y necesitaba ese vínculo directo», aclara.

Se decantó por los testimonios orales en primera persona. El eslabón de la historia entre progenitores y descendientes. Realizó entrevistas a 16 personas, todas ellas hijos e hijas. Solamente en uno de los casos es la hermana quien habla. «Saben poquísimo, algo que te sorprende. Saben más los nietos y sobrinos que sus propios hijos. Muchos tienen sus recuerdos de lo que sucedió, otros eran bebés... lo poquito que se cuenta en la familia». El proyecto de Clauss ha servido para que los descendientes de los represaliados por el franquismo consigan tener documentación histórica. «De las personas que he incluido en la serie premiada, solamente uno, Antonio [Villanueva Pozuelo], tiene algo de documentación. Existe, pero no la tenían, no sabían dónde tenían que ir a pedirla. Hay que tener en cuenta que ninguno de los antepasados de las personas entrevistadas tuvo juicio sumarísimo. Cuando empiezo a buscar documentación, los investigadores me ayudan a que esas familias tengan documentos. Me parece el mayor regalo que les hicieron. Conocí a una señora a la que le daba miedo ir al cementerio de Río Tinto, nunca le hice fotos, y el investigador le dio pruebas escritas de todo lo que le había ocurrido a su padre. Fue super bonito. Se me ponen los pelos de punta -se emociona-. Me parece bestial, valoro tanto la labor de los investigadores, que de esa manera tan generosa lo daban todo...», continúa.

Las personas y sus testimonios guiaron a Clauss a los escenarios de la represión. «Las fotografías que hice al principio no me transmitían lo que yo necesitaba. Me di cuenta de que tenía que hacerlas en los lugares de represión», cuenta.

Testigos mudos de la atrocidad

El callejón del cementerio de Higuera de la Sierra. Allí fusilaron a 16 mujeres, todas ellas del municipio de Zufre, el 4 de noviembre de 1937. La tapia del cementerio de Huelva. Más de 1.000 personas fueron fusiladas tras el golpe militar en la capital. Son los dos espacios incluidos en la exposición que visita Donostia, y a los que se añaden el cementerio de La Soledad, la antigua prisión provincial de Huelva, Nerva, Río Tinto, Higuera de La Sierra, San Juan del Puerto... en el proyecto general. Testigos mudos de la atrocidad.

«Los lugares tienen memoria de lo que sucedió. A mí me imponen. La tapia del cementerio o la cárcel de Huelva, o el callejón al que llevaron a las mujeres de Zufre y donde las mataron... todos esos lugares para mí también eran importantes. Yo había decidido que mi línea documental eran esos sitios de represión. Fotografié a cada uno de los entrevistados en su lugar de represión. Antonio (Villanueva Pozuelo) estuvo en la cárcel de Huelva con su madre. En el caso de Dominga (Aparicio Márquez), a su padre lo tuvieron en la iglesia de la Zarzala la noche antes de fusilarlo, estuvimos en el descampado donde está enterrado su padre. Francisca (González Madeiro) es la única a la que he fotografiado en su casa, porque a su padre y a su madre los cogieron presos allí. En el caso de Juana (Ramayo Pachecho) no se podía mover de su casa y neutralicé el espacio dejando un fondo negro», explica.

En dos casos, Clauss se sirve de proyecciones. Uno es el del poeta Miguel Hernández. «‘¿Cómo hago para que los muertos estén presentes en los lugares de represión?’, me pregunté. Me planteé llevarme a la cárcel de Huelva -me dieron permiso para entrar- un grupo electrógeno para hacer proyecciones. Era la manera de hacerlos presente y de recuperarlos», cuenta. Pasado y presente unidos.

El visitante también puede ver la proyección de una foto de Balbina Sánchez en la Prisión Provincial de Huelva (2021). Era maestra de primaria de Villanueva de los Castillejos. Fue la única mujer de los 21 maestros fusilados en la provincia. Catalina Gómez, antigua alumna suya, todavía conserva fotografías y cartas que le envió a la cárcel.

La fotoperiodista recalca su obsesión por tener todo el proceso documentado. «No se trataba de limitarme a hacer una fotografía de Miguel Hernández, por ejemplo. Previamente contacté con el investigador que más sabe sobre él. Quería tener el máximo de documentación, que todo estuviese documentado. No sé para qué, pero lo necesitaba -sonríe-. La cantidad de archivos que guardo es bestial», dice.

Asimismo, ha recopilado infinidad de pequeños retratos de los álbumes fotográficos familiares. «‘Estoy fotografiando los espacios, ¿y si le doy una vuelta más?’, pensé. Busqué las fotografías de los represaliados. Recuerdo ir a la cata de Río Tinto y ver llegar a tantas personas con su pequeña foto del familiar fallecido en la mano... Yo aprovechaba para recogerlas con mi cámara. Hice más de cien, quería tener muchas fotografías de las personas represaliadas. La gente venía a mí con una carta, con una foto... una señora me dio una carta de su tío. Quiere que la tenga, pero yo se la quiero devolver», explica.

Elevarlos de la tierra

Los habitantes de la provincia de Huelva han tenido conocimiento del camino recorrido por Clauss gracias a la exposición realizada allí. La fotógrafa tiene previsto exponerlo en Mieres -cuenca minera de Asturias-, en la que será su primera salida de la provincia. En la exposición que muestra el proyecto en su totalidad, junto a las imágenes, tienen una presencia especial los objetos hallados en las excavaciones arqueológicas. «Creé una especie de fosa. Trajimos tierra de la cata y la pusimos en la sala. Dentro, unas peanas negras con unos metacrilatos, donde puse los objetos más interesantes que había fotografiado. Cuando alguien se muere, te agarras a algo físico como si fuera lo más, pero en muchos casos no tenían ese objeto de vínculo. Los objetos hallados en las fosas representaban mucho más que un mechero o una moneda, eran esos objetos preciosos que te vinculan con tu ser querido. Aquellos objetos que estaban bajo tierra los convertimos en joyas gracias a unas peanas. Me pareció una manera de elevarlos de la tierra en la que han estado. Arriba, en el techo, coloqué fotografías antiguas para que llevaran el peso de todo lo sucedido», señala.

La muestra se completa con un audiovisual -en versión reducida en Donostia- que pone voz al sufrimiento de los represaliados en la Guerra del 36. «El audiovisual dura una hora. Hice lo que pude, nunca he hecho nada parecido, soy fotógrafa. Cuando empecé a recabar los testimonios, volvía a mi casa y, al ver las notas, me preguntaba: ‘¿me lo voy a quedar solo para mí?’. Decidí compartirlos con el público. ‘¿Te importaría que te grabe?’, les preguntaba. Tú no sabes la cantidad de veces que he ido a verlos... -sonríe-. Ya estaba a punto de hacerse la exposición cuando me llamaban mostrando su interés por participar en el proyecto, y los incluí en el vídeo. Estoy contenta, la verdad. Ha sido una experiencia super interesante. Ahora me provoca continuar por ese camino del audiovisual en mis futuros proyectos».

Reto y reflexión

«Fotografiar el presente es muy duro, los trabajos fotográficos de todos mis compañeros son espectaculares» -comenta refiriéndose a los compañeros presentes en la muestra-, pero dirigir la mirada al pasado me provoca un reto, a la vez que me genera reflexión. Sí, creo que a través de la fotografía se pueden sacar emociones y traértelas al presente, porque al final para mí la fotografía es emoción; si no consigo engancharte a ti mis fotografías, no tienen sentido».

Las familias de los entrevistados han sido partícipes en el proyecto. «El día que recogí el premio, se vino Antonio con toda su familia, ya que vive en Madrid. En todas las fotos que he hecho, exceptuando alguna muy puntual, la familia ha estado presente. No te digo que lo vayas a engañar, pero a un anciano lo puedes enredar a tu conveniencia. Hay que ser muy honesto y tiene que haber alguien velando por ellos. Sus hijos han estado presentes en todos nuestros encuentros porque así lo he querido», explica.

Muchos de los entrevistados no han podido cumplir el deseo de enterrar a sus allegados. «Algunos han fallecido y lo que más deseaban todos ellos era recuperar a sus familiares, a su padre o a su madre. Por ejemplo, Valeriana Martín Barrero, de 91 años -no está en la exposición pero sí en el proyecto- es la única que ha recuperado los huesos de su padre. Para ella fue el día más feliz de su vida, cuando pudo enterrarlo. El resto de la familia ya no estaba, pero sintió estar viviendo el día más importante de su vida. La gran mayoría nada, muchos no saben ni dónde están los restos de sus allegados».

Ha puesto su granito de arena en la reconstrucción de la memoria histórica. «Muy chiquitito», dice con humildad.

Al preguntarle cómo le ha afectado este proyecto personal y profesionalmente, reconoce que este trabajo es «un antes y un después». «Yo antes llegaba a un sitio, hacía fotos y me iba. En proyectos centrados en temas como la prostitución o la inmigración, por ejemplo. Sabía el nombre del entrevistado -a veces ni eso-, pero no lo conocía. Tenía una charla amigable, me quedaba con una impresión de la persona y ella de mí. Se quedaba ahí la relación. Con este proyecto no, me he quedado. Sí ha cambiado mi forma de trabajar. Y ahora ya no quiero empezar un proyecto en el que no me pueda quedar. Necesito dar un paso más. No es que me cueste despegarme de los proyectos. No soy fría, pero sí tengo esa capacidad. Ahora siento miedo ante lo nuevo. Acabo de comenzar un nuevo proyecto centrado en mujeres migrantes en los asentamientos, y he estado un año en la casilla de salida, sin poder avanzar. Quiero conocer bien a las protagonistas porque forman parte del proyecto... Ahora me exijo más a mí misma y el proyecto en sí también me lo pide», confiesa a 7K.

Tras Sevilla, Huelva es la segunda provincia andaluza más castigada en la Guerra del 36. Trabajadores, campesinos, mineros, pescadores. Y, sobre todo, personas afiliadas a partidos de izquierda fueron objeto de represión. «En la zona rural fue donde más represión hubo», subraya Clauss. Un segundo puesto que también ostenta -tras Granada- en número de víctimas (ascienden a más de 10.000). El 18 de julio de 1936 Huelva y la mayor parte de la provincia se mantuvieron fieles a la República. El 29 de julio las tropas sublevadas entraron para controlar el puerto y evitar que la escuadra, fiel a la República, pudiera dominar el Atlántico y asegurar tanto la desembocadura del Guadalquivir como la comunicación con la Portugal de Salazar, favorable a los golpistas desde el primer momento. “La Guerra Civil en Huelva”, de Francisco Espinosa Maestre, es un título de referencia para quienes desean conocer la realidad que vivió Huelva tras el golpe franquista y la posterior represión. El libro sacó a la luz el pasado oculto aportando numerosos detalles de lugares y nombres de víctimas.

Amenaza seria

El historiador ha solido destacar que esta provincia fue la única que planteó una amenaza seria a Gonzalo Queipo de Llano y sus hombres a menos de veinticuatro horas del inicio de la sublevación, un movimiento iniciado en la zona minera. Todo esto acabó a las puertas de Sevilla, en La Pañoleta, «tras la traición de la Guardia Civil, cuyo responsable, Haro Lumbreras, fue nombrado poco después gobernador militar». Fue responsable directo de la terrible represión ejercida sobre la provincia. Queipo de Llano declaró a mediados de 1937 el estado de guerra en la mitad de la provincia. La represión no acabó hasta 1938, cuando se dio por finalizada la operación con la eliminación de más de 600 huidos documentados hasta la fecha.

En Huelva no hubo guerra civil, sino un plan de exterminio perfectamente organizado desde la cúpula militar golpista. Las cifras son elocuentes. En una provincia que en 1936 tenía poco más de 370.000 habitantes, la represión letal alcanzó -por lo que se ha podido documentar hasta la fecha- a más de 6.000 personas. Sin olvidar el afán por ocultar los crímenes, lo que ha complicado mucho la identificación de víctimas enterradas.

Los fallecidos en la zona no son consecuencia del combate, sino de la represión ejercida por las fuerzas fascistas. Huelva fue un territorio que, a pesar de caer en manos de los sublevados desde el comienzo de la guerra, conoció una represión inusitada. «No hubo combate. Normalmente entraban a un pueblo, en algunos casos había algún escarceo y en otras se alzaba la bandera blanca directamente. Incluso en Nerva. En los pueblos lo tuvieron muy fácil para entrar, no había nadie que los defendiera. Fue todo tan rápido que no les dio tiempo a pensar. No fue el caso de Valencia ni Madrid, en Huelva fue un paseo militar. La gran mayoría de los muertos son represaliados», incide Clauss.

Donde sí hubo cierta resistencia fue en la sierra, debido a la tradición sindicalista de los mineros. «Se lo pusieron más difícil a los sublevados», dice. «A los mineros de la columna que defendían la democracia y que tomaron presos en la Pañoleta les hicieron un juicio y los fusilaron para que la gente supiera lo que les podía pasar si levantaban la cabeza contra el nuevo Estado. Mataron a todos menos a uno, menor de edad. Casi todos procedían de la Cuenca Minera, la zona más sindicalista, y algunos de San Juan del Puerto. El resto, los que quedaron vivos, volvieron a casa corriendo», señala.

Rencillas personales

«Uno piensa que solo es ideología, pero entraban en juego las rencillas personales. Así me lo han transmitido. La alumna de Balbina me contó que un tío suyo fue de los que se montaron en camiones para hacer las matanzas. Su familia lo dejó de lado, nunca le volvieron a hablar. Jamás en la vida. Les pareció de un nivel de maldad bestial. Todos, de alguna u otra manera, estaban vinculados al dolor. Uno nunca sabe qué puede ocurrir hasta que sucede. Yo estoy hablando del pasado, pero mira ahora en Bucha (Ucrania) lo que está pasando. Y no es ni noticia, por desgracia. Ya hemos pasado a Gaza», reflexiona.

En todas las contiendas es la población civil la más damnificada. Y sobre todo las mujeres. Clauss asiente. «En muchos casos las madres fueron las grandes perjudicadas. Algunas perdieron la vida, otras se quedaron sin pareja, y se encontraron con que su sustento había desaparecido y que quedaban señaladas de por vida. Tenían que sacar adelante a su familia en ciudades y pueblos donde no había muchos recursos. Eso es muy complicado. Muchas se dedicaron al estraperlo, porque no tenían formación. En España las mujeres en aquella época no tenían nivel para poder trabajar. La madre de Dominga sí, fue la excepción, entró a servir en casa de unos señores ingleses. El resto se dedicó al estraperlo, con el consiguiente riesgo de que las metieran en la cárcel. Precisamente por eso estaba en prisión Antonio con su madre».

Triple represión ejercida contra las mujeres 

Sobre la mujer existió una triple represión. Una, igual que en los hombres, por su actividad política o sindical durante la República; otra por su relación familiar con hombres significados políticamente que habían sido ejecutados o habían huido; y una tercera por el simple hecho de ser mujeres. «Los hombres huyeron y nadie pensó que la soledad expusiese a las mujeres a hechos tan graves», manifiesta Espinosa Maestre.

Clauss ha creado unos lazos estrechos con las personas a las que ha dado luz a través de su proyecto. Al preguntarle por lo más duro, no duda. «Verlos llorar como niños. Creo que hemos llorado ellos y yo en todas las entrevistas. Muchos de los entrevistados se emocionaban mucho al hablar de sus madres. Guardan un gran dolor. Tú los ves como ancianos, pero yo los veo como niños. Son huérfanos con historias terribles», recalca. ¿Y lo más gratificante? «Que hayan visto que se les da su lugar». Es lo que logran iniciativas como “Donde no habite el olvido”.

 

 

 

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domingo, 18 de enero de 2026

Exposición ‘Odisea 1937’

Desde las páginas de Deia traemos a ustedes información adicional acerca de 'La Roseraie', esa hazaña construida por el pueblo vasco mientras luchaba a muerte en contra del españolismo fascista.

Lean ustedes:


Una exposición para la memoria: ‘La Roseraie’

A raíz de la Guerra Civil, miles de hombres y mujeres de toda edad y condición se vieron abocados a una verdadera odisea que se prolongó durante años. Gracias a los fondos fotográficos y documentales de varias familias ha sido posible rescatar su memoria del olvido colectivo y recogerla en la exposición ‘Odisea 1937’

Aitor Miñambres y Mauro Saravia 

El golpe de estado del 18 de julio de 1936, llevado a cabo por militares y civiles contra el Gobierno de la República y que derivó en un conflicto bélico, irrumpió en la vida vasca de manera contundente y despiadada. En Nafarroa y Araba la sublevación tuvo éxito, mientras que en Gipuzkoa fue sofocada y en Bizkaia no llegó a producirse. En todo el territorio gubernamental hombres y mujeres se movilizaron para hacer frente a la insurgencia, bien en el frente de guerra o bien en el servicio de retaguardia. Durante ese verano Gipuzkoa caía en poder de los rebeldes que amenazaban con apoderarse también de Bizkaia. 

Con la creación del Gobierno de Euzkadi, el 7 de octubre de 1936, bajo la presidencia de José Antonio Aguirre, la organización de la defensa del territorio vasco experimentó un fuerte impulso: se militarizaron las milicias de voluntarios y se llamó a filas a los jóvenes aptos para la guerra; se dotó, dentro de una gran escasez, de armas y pertrechos a los gudaris y milicianos de los batallones vascos; y se decidió levantar un cinturón fortificado en torno a Bilbao para su defensa.

Por otra parte y a fin de atender a los heridos en combate, el Gobierno Vasco, a través de la Sanidad Militar, creó una efectiva red hospitalaria, consiguiendo salvar la vida de la mayoría de ellos.

La guerra arreció con más fuerza a partir del 31 de marzo de 1937, con la ofensiva enemiga sobre Bizkaia. Las tres semanas previstas por los franquistas para tomar Bilbao se convertirían en tres meses, culminando el 19 de junio de ese año. Para entonces, habían sido movilizados los hombres de 19 a 35 años, resultando heridos miles de ellos. Tal fue el caso del galdakaotarra Manuel Arrumbarrena, de 21 años, miembro del Batallón 9 Fulgencio Mateos y herido en Otxandio el 31 de marzo. Manuel fue trasladado al hospital de sangre habilitado en el edificio de la Sociedad El Sitio de Bilbao, donde la amputaron la parte inferior de la pierna izquierda y después, en mayo, fue enviado al Hospital de Valdecilla, en Santander, para continuar su tratamiento. Suerte parecida sufrió semanas más tarde el erandiotarra Federico González, también de 20 años, miembro del Batallón 48 Jean Jaures y herido en Artxanda el 15 de junio. Federico fue trasladado al Hospital de Basurto y, ante la caída inminente de Bilbao, fue evacuado al hospital habilitado en el Hotel Rhin de Santander para ser atendido del balazo que le había recorrido todo el antebrazo izquierdo. Para ellos, la odisea había comenzado.

Por su parte, las enfermeras de la Sanidad Militar vasca también lo daban todo en su puesto. La bilbaína Gotzone Aranzibia, recién titulada, tenía 18 años cuando comenzó a prestar servicio en el hospital de convalecencia Mentxaka de Leioa. Su odisea comenzó pocos días antes de la caída de Bilbao, cuando los heridos, sanitarios e instrumental fueron evacuados a Cantabria. Igual destino tuvo la enfermera bermeana Jone Bustinza, de 22 años y adscrita al hospital de convalecencia Lekumberri de Arrigorriaga, al ser evacuada con el resto del personal y pacientes a Carranza, primero, y al Hospital de Limpias después.

Mientras tanto, la guerra continuaba y la caída del frente norte se avecinaba inminente. Santander resistió solamente 12 días el embate del ejército franquista, cayendo el 26 de agosto. Previamente consiguieron dejar tierras cántabras las enfermeras vascas con 400 heridos, entre ellos Manuel Arrumbarrena, a bordo del mercante británico Bobi, que trasladó a estos refugiados hasta Francia. Por su parte, Federico González fue trasladado al hospital habilitado en la fábrica azucarera de Villaviciosa, Asturias. Con la liquidación del frente norte, Federico hubo de abandonar Gijón precariamente, en una pequeña lancha, siendo rescatados los tripulantes por un pesquero francés que les remolcó hasta Arcachon. El 13 de octubre de 1937 fue operado de su brazo herido en el barco hospital Habana, atracado en las cercanías de Burdeos. 

El 28 de junio de 1937 el Gobierno de Euzkadi en el exilio había alquilado el hotel La Roseraie de Bidarte para destinarlo a hospital y residencia para mutilados de guerra, bajo la dirección del doctor Gonzalo Aranguren. El centro disponía de la plantilla y medios necesarios para su cometido: 70 profesionales, 150 habitaciones, consultas, quirófanos y comedores. Dispuso de todas las especialidades médicas, desde cirugía general a odontología. Por sus instalaciones pasarían cerca de 800 soldados vascos, así como 850 civiles, hombres y mujeres. El centro también ofrecía cursos de formación profesional, desde ebanistería hasta electricidad, y de materias académicas como matemáticas y dibujo. Los pacientes internos tuvieron, así mismo, la posibilidad de ejercitar deportes como natación o pelota, a pesar de sus mutilaciones, ya que el centro disponía de piscina y frontón. También se formó una coral bajo la dirección de Gregorio Urbieta con 75 miembros. Así, a lo largo de los meses sucesivos, nuestros protagonistas permanecieron en La Roseraie: Gotzone y Jone como enfermeras, y Manuel y Federico como pacientes mutilados de guerra, pero no tardarían mucho en retomar su amargo periplo.

Con el final de la Guerra Civil, en abril de 1939, el Gobierno vasco dejó de tener entidad para regir La Roseraie, lo que llevó a tener que licenciar a numerosos heridos y hacerse cargo del centro la Liga Internacional de Amigos de los Vascos. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cinco meses después, muchos de estos hombres pasaron a trabajar para los franceses en las fábricas de armamento cercanas. Finalmente, con la derrota de Francia a manos de la Alemania nazi, en junio de 1940, estos hombres y mujeres exiliadas debieron tomar la decisión de qué camino seguir: los cuatro escogieron, como menor de los males, entregarse a la España franquista antes que arriesgarse a un futuro muy incierto. Manuel y Federico pasaron la muga por Irún y fueron internados en el campo de concentración de Miranda de Ebro, para ser puestos en libertad vigilada en julio de ese año. Por su parte, Gotzone y Jone retornaron a sus domicilios sin sufrir persecución física, pero sin poder ejercer su profesión de enfermeras por no ser personas afectas a la dictadura franquista. Tendría que pasar la larga noche del franquismo para, cuarenta años después, ver reconocidos sus derechos laborales ellas o su estatus de mutilados de guerra ellos. Esta larga peregrinación de dolor marcó para siempre la vida de nuestros cuatro protagonistas y de tantos miles como ellos.

La exposición

Odisea 1937 es una exposición fotográfica que propone un recorrido visual y documental en torno al Hospital de La Roseraie y a la experiencia de miles de heridos, mutilados y refugiados vascos que, procedentes de Euskadi peninsular, llegaron a Iparralde para ser atendidos y poder recuperarse de sus heridas.

El recorrido de la muestra se inicia a partir de la donación de fotografías y documentación al Museo Memorial del Cinturón de Hierro de Berango, realizada por el hijo del combatiente Federico González Santiago. Una vez ordenado el material, este mostraba el periplo de Federico como si se tratase de una odisea, de ahí el nombre de la exposición, en alusión a La Odisea de Homero y a sus 24 cantos. Así, se procede a mostrar 24 fotografías acompañadas de información que contextualiza los hechos.

Odisea 1937 cuenta con dos comisarios –los autores de este reportaje–, cuyos roles se dividen en dos ámbitos. Por un lado, el contexto histórico, que desglosa antecedentes, datos y acontecimientos que marcaron la época y, por otro lado, la edición y presentación de las imágenes fotográficas, planteadas de forma específica para hacer coincidir los hechos históricos a través de un recorrido visual prescindiendo de juicios de valor y siendo un testimonio fiel de lo ocurrido.

Categorización, tratamiento documental y construcción

En primer lugar, toda la documentación recopilada debe ser escaneada para poder apreciar sus detalles y leer correctamente su contenido, respondiendo a diversas tipologías: libros de familia, retratos individuales y familiares, fotografías de residentes heridos, cartas médicas y personales, certificados oficiales e imágenes del personal sanitario, tratándose en todos los casos de documentación original con un valor histórico incuestionable. 

Examinado el conjunto, se procede a su categorización, proceso en el que surgen diversas dificultades técnicas y documentales: tamaños dispares, postales de origen pictórico, reducidas dimensiones y formatos fotográficos de 6 × 10 cm que, junto al paso del tiempo y al deterioro del soporte, dificultan la lectura y reproducción.

La exposición vio la luz, por primera vez, el 22 de octubre de 2024 en el Photomuseum de Zarautz con un único fondo documental. Posteriormente itineró por Erandio y Lemoa, donde comenzaron a aparecer familiares vinculados al hospital que cedieron nuevas imágenes. Gracias a ello, Odisea 1937 adoptó su estructura final, expuesta en la sede de las Juntas Generales de Bizkaia el 4 de septiembre de 2025, organizada en tres fondos documentales diferenciados: Federico González, combatiente del Ejército vasco; Manuel Arrumbarrena, también combatiente; y Gotzone Arancibia, enfermera del Hospital de La Roseraie. Recientemente se ha incorporado el fondo de Jone Bustinza, también enfermera del mismo centro.

La muestra, además de las fotografías de sus protagonistas, se acompaña de diversos recursos visuales y documentales. Entre ellos destaca una línea de tiempo articulada mediante fotografías acompañadas de textos, donde cada imagen se vincula a un texto explicativo que contextualiza un suceso concreto dentro del panorama histórico europeo del momento. 

Los autores

Aitor Miñambres Amezaga (Bilbao, 1969) es Licenciado en Máquinas Navales y director del Museo Memorial del Cinturón de Hierro de Berango. Ha investigado y publicado numerosos trabajos sobre la Guerra Civil en Euskadi. Asimismo, ha impartido numerosas conferencias sobre la misma temática en varias localidades y jornadas.
    
Mauro Saravia (Viña del Mar, Chile, 1982) es periodista, fotógrafo y profesor del Centro de Fotografía Contemporánea de Bilbao. Es especialista en memoria histórica y derechos humanos. Ha realizado diversas exposiciones a nivel estatal e internacional y su trabajo ha sido reconocido en numerosas ocasiones, siendo recientemente galardonado con el Fotopress, 44º Salón de Fotoperiodismo de Chile.

 

 

 

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lunes, 3 de febrero de 2025

Conociendo a los Desconocidos

Desde la sección 7K de Naiz traemos a ustedes este reportaje acerca de una exposición muy particular, una que arroja luz sobre una de las comunidades vascas con una de las historias más complejas, el pueblo roma.

Aquí la información:


Visita al universo del pueblo vasco-gitano, el gran desconocido

Exposición «Pindro Dantzariz» | Llevan casi seis siglos en Euskal Herria y, sin embargo, existe un gran desconocimiento sobre la historia, cultura y costumbres del pueblo gitano. Pocas comunidades han sido y se han sentido tan marginadas. Evitar los estereotipos y las actitudes racistas pasa por un reseteo a fondo. Los gitanos vascos reivindican visibilidad y reconocimiento. Una exposición en la Casa de Cultura de Aiete es un paso más hacia esos objetivos.

Miren Saenz

Rafa Giménez cuenta en bonito caló que, de niño, cuando su padre le mandaba a por algún recado, acababa con el latiguillo “y que no te reconozcan por gitano”. Ocurría en todas las casas, ellos mismos practicaban el antigitanismo aunque fuera por protección. «Cuando yo era pequeño, ser calé era lo más grande del mundo, pero en la escuela, con 8 años, descubres que ser gitano es una mierda, y no solo por parte de tus compañeros, sino que hasta el profesor participa de ese rollo, y entras en conflicto identitario. Entonces, unos se hacen invisibles y otros optan por la otredad, que no te reconozcan por gitano».

Giménez es el presidente de AGIFUGI, Asociación Gitana por el Futuro de Gipuzkoa, con sede en el barrio donostiarra de Intxaurrondo, una entidad de curioso nombre que se puso en marcha en 2002. A AGIFUGI lo que la diferencia de otras asociaciones gitanas, según su presidente, «es que es puramente gitana, tanto la junta directiva como los socios. Somos trabajadores de lo social e integradores sociales. Hemos tenido antropólogo, psicóloga, un equipo potente para visibilizar nuestra historia y cultura dando una imagen positiva, todo desde un frente antifascista y antirracista. Trabajamos el ámbito de lo social, pero también el asociativo, que es importante para reivindicar los derechos humanos. Somos muy activistas».

Y para ir consiguiendo esos propósitos han colaborado en “Pindro Dantzariz. El pueblo gitano en Gipuzkoa”, que parece una exposición pequeña pero es grande por la temática, el material que maneja y todo lo que conlleva. La muestra retrata al pueblo gitano, no solo en Gipuzkoa, sino en Euskal Herria, en un largo recorrido que comienza en 1435 y llega hasta nuestros días. Vale la pena prestar atención y es fácil si la persona visitante se toma el tiempo de observar los detalles y leer los textos que acompañan el material visual.

Organizada por la Dirección de Derechos Humanos y Cultura Democrática de la Diputación de Gipuzkoa como parte del II Plan Foral de la Diversidad, todo empezó en 2020, cuando este departamento inició un proceso participativo convocando a diversos colectivos y asociaciones, entre las que se encontraba AGIFUGI. «Durante un año estuvimos recogiendo propuestas e hicimos un plan para abordarlo los siguientes tres años. Preguntando a las asociaciones gitanas qué veían que se podía hacer, nos respondieron que, después de 600 años, no se les conocía», señala a 7K Ion Gambra, director de este departamento. Les transmitieron que se conoce mucho más a los migrantes que están llegando ahora que a los que llegaron hace casi seis siglos. «Querían que hiciéramos acciones que dieran a conocer su historia, su cultura y su identidad. Es la primera vez que se hace algo así en Gipuzkoa y en Euskal Herria. A nosotros esta iniciativa nos ha permitido acercarnos y conocernos más. Además, este año se cumplen 600 años de la llegada de los primeros gitanos a la península ibérica, mientras que a Euskal Herria la fecha de llegada se cumple dentro de siete años. Seguramente, de esta surgirán otras iniciativas».

Conseguir el material que dotara de contenido a la muestra ha resultado muy complicado. Contactaron con el fotógrafo Juantxo Egaña -con una larga experiencia al frente de otras exposiciones, que nos guía también en esta mientras recomienda que lo mejor es que se vea de izquierda a derecha, respetando los tiempos cronológicos- y con el historiador David Martín, experto en el tema y autor del libro “El pueblo gitano en Euskal Herria” (Txalaparta, 2017), al que dedicó su tesis doctoral. Martín ha confeccionado gran parte de los textos que recogen la historia de los romaníes vascos y algunos se pueden leer en la muestra. Ambos ejercen de comisarios.

Quemar las pertenencias

El primer obstáculo al que se enfrentaron los organizadores fue la dificultad de conseguir fotografías con el añadido de que, en las familias gitanas, una vez que fallece uno de sus miembros, acostumbran a quemar sus enseres personales y también sus fotos. A esta tradición, que algunas familias practican y otras no, se puede añadir la condición de pueblo nómada y perseguido con las dificultades que la itinerancia suele entrañar a la hora de conservarlo todo. Así que Juantxo Egaña llamó a 40 fotógrafos para preguntarles si tenían fotos de gitanos y la primera respuesta fue «un no, porque no se acordaban». Después de rebuscar en sus archivos, 22 de ellos respondieron afirmativamente. La colaboración de Rafa Giménez también les abrió puertas.

La muestra incluye 83 fotografías, seis pinturas del artista Félix Arteta, hermano de Aurelio, «que seguramente retrató a los gitanos porque el tema es habitual en la pintura vasca entre los años 30 y 50 del pasado siglo», menciona Egaña y a los que pinta conversando con los caseros o en actitud festiva, por ejemplo, cantando. No obstante, Félix Arteta no tuvo la pasión de otros pintores vascos por los gitanos. Lo dice Mikel Lertxundi Galiana, historiador de arte e investigador, quien recuerda que un joven Ignacio Zuloaga se hizo amigo de muchos de ellos en sus estancias sevillanas y hasta estudió el idioma caló; también Manuel Losada les pintó con el máximo respeto frente a los que plasmaron aspectos negativos o humorísticos.

Destacan dos grabados de Gustave Doré bajo el título “Provincias vascas”, uno se enmarca en Zumarraga y el otro alude a los gitanos vascos. Asimismo se reflejan sus oficios tradicionales como el de Carmen, de Legaria, restaurando asientos de sillas, ayudada de una estaquilla de madera. Un pasado y, en algunos casos, presente laboral vinculado a la venta ambulante en los que pasaron por situaciones discriminatorias. «Si eras hombre gitano, no podías entrar al pueblo porque el alguacil te llevaba preso. Entonces, se quedaban en el río fabricando canastas y eran las mujeres las que intercambiaban en los pueblos las cestas de mimbre por comida o dinero», interviene Giménez. Completan la muestra revistas, carteles, libros, publicaciones de otros lugares del mundo relacionados con el tema... «Muchos de estos materiales han sido proporcionados por museos, archivos y particulares de toda Euskal Herria, con un enfoque destacado en los objetos y fotografías de Gipuzkoa», señala Egaña.

Para Rafa Giménez, «esta exposición es una visibilización del pueblo gitano, voy a decir normal, buscando un acercamiento, formando parte de la sociedad, que es como debería de ser. Generalmente, por parte de las instituciones más, el acercamiento suele ser desde lo exótico, lo folclórico, una visión estereotipada que nos pone en un sitio fuera de las fronteras de la naturalidad y la convivencia normal».

Hay que cambiar tendencias, sobran prejuicios, ideas preconcebidas y desconocimiento, así que las partes afectadas recomiendan para solucionarlo «conocernos y acercarnos los unos a los otros con experiencias como esta, desde la normalidad de tratar al otro como yo quiero que me traten a mí. En la asociación hablamos de cultura gitana, pero también de aculturación. Hasta 1978 no éramos una figura legal; por ser gitanos teníamos unas consecuencias. Somos un pueblo resiliente, hemos tenido que adaptarnos para sobrevivir en las distintas épocas. En Euskal Herria, doble imposición, las leyes forales y las estatales. Y las dos prohibían ser gitano». Giménez calcula que en toda Euskal Herria viven entre 15.000 y 20.000 gitanos vascos, 2.500 de ellos en Gipuzkoa.

Problemas hasta con el nombre

Incluso la denominación de gitano para sus homólogos de otras partes del mundo es un término despectivo. Con ese nombre se les identifica como vagos, maleantes y peligrosos, «gente que lleva navaja y las mujeres son unas frescas. El término gitano no existe fuera de aquí, es un exónimo y es peyorativo. Gitano quiere decir egipciano. Nosotros lo hemos aceptado, pero hay una Pragmática de Carlos III intentando que desapareciera».

Cuenta David Martín que los primeros registros que mencionan al pueblo gitano en nuestras tierras datan del siglo XV. «El 27 de abril de 1435, la Corte de la reina Blanca de Navarra, en el castillo de Olite, concedió una donación a Tomás, conde de Egipto Menor, quien, acompañado de un grupo de personas, pidió refugio en el reino antes de continuar su peregrinaje a Santiago de Compostela. Este recibo, escrito en romance navarro, es el segundo documento que menciona al Pueblo Gitano en la península ibérica, tras uno anterior en la Corona de Aragón, diez años antes. En Gipuzkoa, el texto más antiguo que alude a una persona gitana es de 1510». Giménez agradece la protección de Blanca de Navarra «porque es el principio del pueblo caló»,afirma. Una reproducción de ese documento está en la muestra, el original se conserva en el Archivo General de Nafarroa.

Realmente lo han pasado siempre mal. Durante la Guerra del 36 muchas familias se refugiaron en el Estado francés huyendo del conflicto, en la Segunda Guerra Mundial la Alemania de Hitler los exterminó sin compasión, ellos lo denominan Samudaripen, «la gran matanza», y entre 1939 y 1946 otros fueron internados en Gurs, un campo de Bearn, cerca de Ipar Euskal Herria. Algunos de los que se fueron en 1936 se quedaron en Baiona, otros regresaron a Nafarroa o se afincaron por la zona de Donostialdea. Ya en los 90, también sufrieron en la Guerra de los Balcanes, respecto a la cual, Rafa Giménez dice que «las partes del conflicto luchaban entre ellos y con la OTAN en medio en plan malo, pero todos tenían en común el antigitanismo».

El título de la exposición, “Pindro Dantzariz”, está sacado de una poema de Jon Mirande, escrito en erromintxela, la lengua que utilizaban los gitanos vascos, y significa “pies danzantes”, esos pies que les llevaron a recorrer distintos lugares convirtiéndoles en nómadas y como tales vivieron también en distintas provincias de Euskal Herria.

Las primeras imágenes son de finales del siglo XIX y principios del XX y se extienden por distintos lugares del territorio, desde el “Jito Alai” -que no “ijito”-, el frontón de los gitanos que todavía se mantiene en Iruñea detrás del Labrit, a las fotografías en Bilbo de Eulalia Abaitua, considerada la primera fotógrafa vasca. El recorrido por la historia de los gitanos vascos comienza por las imágenes más tristes, en Kanpezu, Larraga, Baiona. Y prosigue con los curiosos retratos de dos gitanos de Irun compartiendo pared en Aiete con agotes de Arizkun -otro grupo social que sufrió discriminación- gracias a las fotografías «antropológicas» realizadas en 1918 por Victoriano Juaristi, un médico donostiarra.

Los gitanos y el euskara

Interesantes son también las vitrinas, una de ellas dedicada íntegramente al personaje de Carmen. Surgida de la novela corta de Prosper Mérimée, la protagonista es una gitana euskaldun de Etxalar que hace gala de sus orígenes y de la que se enamora don José Lizarrabengoa, un exmilitar de Elizondo. Esta novela inspiró la ópera compuesta por Georges Bizet -este año se conmemoran 150 años de su estreno- que sigue siendo una de las más representadas del repertorio, como constata Iñigo Alberdi Amasorrain, el que fuera director de Euskadiko Orkestra, en una colaboración escrita para la muestra: «Carmen, su protagonista, gitana y cigarrera, encarna muchas cosas, la fascinación de lo desconocido, la libertad de una mujer fuerte, la riqueza de una cultura diferente y próxima a la vez».

Vistas las cifras, parece difícil no sucumbir a su embrujo. Llevada el cine en 60 ocasiones, hasta 80 contando otras adaptaciones fílmicas, ha habido versiones de todo tipo, desde Chaplin a Cecil B. de Mille en pleno cine mudo, hasta Saura rodaron su Carmen, mientras Rita Hayworth y Glenn Ford interpretaron a los personajes principales en la película “Los amores de Carmen”, de Charles Vidor, estrenada en 1948.

Y, aunque en muchos de esos filmes asignan un origen andaluz a esta gitana, ella lo deja bien claro en el libro de Mérimée. «Nuestra lengua es tan hermosa que, cuando la oímos en tierra extraña, nos hace estremecer», se puede leer en francés tras el cristal.

Esa lengua que apasiona a Carmen tiene más sitio en la muestra, donde hay gitanos euskaldunes de distintas generaciones, como lo demuestra el hernaniarra Antxon Etxeberria, euskaldun y aficionado a los bertsos, que posó a los 92 años junto a su mujer María Dolores en un reportaje de la década de los 90 -imagen que ilustra la portada de esta edición de 7K- o esas generaciones más jóvenes que portan el testigo de la Korrika después de abonar su kilómetro. La relación del euskara con los gitanos viene de atrás, lo documenta David Martín, mientras el periodista Karlos Zurutuza dedica otro texto al erromintxela, la lengua de los gitanos vascos de la que ya no quedan hablantes, pero sí testimonio por las quinientas palabras que la filóloga vizcaina Josune Muñoz logró rescatar hasta mediados de los 90.

En otra de las vitrinas reposan, junto a tres pequeñas fotos originales, la cartilla de racionamiento de María Etxeberria y asoma la famosa pintora Mari Paz Jiménez, que se casó con el nieto del poeta y bertsolari Bilintx, y a la que precisamente la sala Kubo dedicará una exposición que arrancará el próximo jueves y permanecerá en el Kursaal donostiarra hasta el 25 de mayo.

Imágenes distorsionadas

Otro de los aspectos que no elude la muestra y resulta polémico para los afectados es el de las caracterizaciones. Algunas de nuestras fiestas incomodan a los gitanos por la imagen que se da de ellos y por la falta de respeto a un pasado de persecución, marginación y hasta genocidio. Dos ejemplos: Caldereros donostiarras y Maskarada de Zuberoa. Lo equiparan al Black Face (cara negra, en inglés), un fenómeno de tradición racista por el cual personas blancas se caracterizan como negras o hasta sucias. Sienten que se les ridiculiza. «En Ipar Euskal Herria, las mascaradas de carnaval incluyen personajes como los buhameak y kauterak, inspirados en el pueblo gitano. Los buhameak visten con trajes coloridos y pompones, mientras que los kauterak, representando a gitanos del este de Europa, llevan ropajes oscuros y pieles, evocando los caldereros de Donostia. También están los kaskarot de Ziburu y Donibane Lohitzune, que combinan atuendos vascos y de pescadores. La imagen del gitano en estas festividades es una mezcla de alegría, color y libertad, pero también de pobreza y marginalidad, reflejando estereotipos contradictorios y prejuicios en la sociedad vasca», aclara David Martín.

Ellos prefieren las bodas, uno de los grandes acontecimientos en la sociedad romaní, donde creen que se manifiesta más potentemente su identidad, perfectamente retratadas en la subida al barrio donostiarra de Sagües o en Miramon, uno de los sitios típicos de la capital guipuzcoana para el álbum nupcial. «Es un tema muy privado y una de las estrategias para sobrevivir, tener más hijos y casarte con lo que conoces», opina Giménez.

Tampoco se pasa de largo en otros conflictos. Recuerda David Martín que «en los años 80, la heroína y el conflicto político, inmerso en los “años de plomo”, causó estragos en la sociedad vasca, afectando también gravemente al pueblo gitano. La falta de respuesta política llevó el problema de la droga a los barrios periféricos, mientras ETA atentó contra personas consideradas traficantes de estupefacientes, incluidas algunas gitanas. En Hernani, la tensión aumentó cuando se intentó expulsar a familias gitanas, generando un conflicto político y mediático. Al mismo tiempo, la violencia generada por la guerra sucia del Estado en su pugna contra ETA dejó víctimas colaterales como el asesinato de Jokin Altimasberes, gitano de Hernani, a manos del BVE (Batallón Vasco Español)».

Hay quienes ya entonces reivindicaron su origen gitano, aunque solo fuera por parte de un abuelo paterno. Parecía broma, pero resultó cierto. El cantante y compositor Rafa Berrio -fallecido hace cinco años y estos días de actualidad por el anuncio del lanzamiento de un doble álbum póstumo de canciones inéditas- aparece en su época con UHF y su hermano, el periodista Iñaki Berrio, sale entrevistando al grupo punk arrasatearra RIP. Junto a ellos, Sonakay, actual grupo de fusión que lleva una década intercalando la música gitana y euskaldun.

Comenzamos este paseo con imágenes de niños vestidos con harapos en playas y campamentos de Gipuzkoa, algunas hermosas, otras tristes, y terminamos en la onda positiva con, digamos, el pasado reciente de estos gitanos vascos jugando a pelota a mano en el frontón Uranzu de Irun, de una universitaria celebrando su condición con la familia en una facultad de la UPV-EHU, otros trabajando en la radio, en hostelería... y a gitanas de distintas edades disfrutando de un concierto en Illunbe en 2024.

Lo dice Palmira Dual, miembro de la asociación Kera, en una colaboración que se puede leer al final del recorrido: «La juventud gitana queremos representar al pueblo gitano allá donde vayamos, para eso los estudios son la clave. Los estudios no son solo una forma de lograr una carrera profesional, sino también una herramienta para ganar poder en el ámbito social, económico y político. A través de la educación podemos liderar grandes lugares, siempre llevando por bandera a nuestra comunidad. Hablando como mujer gitana, el empoderamiento es la clave, avanzar hacia una sociedad más equitativa y diversa, sin perder nunca nuestra gitanidad, nuestro orgullo por ser gitanas, con nuestro coraje, con nuestra resiliencia y determinación. Muchas mujeres gitanas estamos desafiando los estereotipos, mostrando que la tradición y el progreso no están reñidos».

Juantxo Egaña y Rafa Giménez no se conocían de antes. Cuando se intercambiaron sus números de teléfono, Egaña añadió al nombre del presidente (gitano) y con toda la naturalidad se lo comentó a Giménez, que a continuación registró en su móvil: Juantxo Egaña (payo). «Me pasa siempre, particularmente llevo 30 años haciendo frente a estas cosas. Para mí es normal, aunque no haya que normalizarlo».

Egaña, que percibió la brecha al instante, admite que para él ese momento ha supuesto «un antes y un después. Te das cuenta de lo que has hecho, que no funcionan bien las estructuras mentales, esa distancia y ese agujero». Ambos, junto a Ion Gambra, viajaron a Calahorra para visitar a “Tío Felipe”, pariente de Rafa de Baigorri, que pasó gran parte de su vida en Irun y que ha contribuido a este evento con su sabiduría y sus fotografías. Para los tres, fue algo más que un viaje. Tiempo después, Egaña retrató a unas cuantas mujeres de la asociación tras una merienda en la sede de AGIFUGI. Ese panel en blanco y negro da la bienvenida a cualquiera que se interesa por el pueblo vasco-gitano.




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viernes, 15 de noviembre de 2024

'Odisea 1937'

Desde el portal de Cadena Ser traemos a ustedes esta reseña fotográfica que trae al presente el pasado reciente de lucha en contra del fascismo protagonizado por el pueblo vasco.

Esta es la información:


`Odisea 1937´ la muestra fotográfica que refleja el sufrimiento y el drama de miles de ciudadanos vascos durante la Guerra Civil

Esta exposición de imágenes y documentos inéditos se puede ver hasta el 1 de diciembre en el Photomuseum de Zarautz

Coro Tellechea

El Photomuseum de Zarauz acoge la exposición `Odisea 1937´, una muestra que reúne fotografías y documentos que reflejan el sufrimiento y el drama que miles de ciudadanos vascos sufrieron como consecuencia de la Guerra Civil en Euskadi.

Unos documentos inéditos, que ven por primera vez la luz en esta exposición comisariada por el periodista, fotógrafo y profesor del Centro de Fotografía Contemporánea de Bilbao, Mauro Saravia (Viña del Mar, 1982) y Aitor Miñambres, licenciado en Máquinas Navales y director del Museo Memorial del Cinturón del Hierro de Berango (Bilbao, 1969).

En `Hoy por Hoy San Sebastián´ Mauro Saravia ha subrayado el importante valor histórico de las fotografías y documentos que se exponen en esta muestra, que se convierte en "un puzzle más de nuestra memoria histórica" explica ya que son parte de la vida y vivencias de uno de esos muchos ciudadanos que vivieron una autentica odisea que les llevó hasta lugares inesperados, el combatiente Federico González Santiago. González Santiago fue protagonista de una de estas adversas vivencias y conservó para siempre una completa colección de documentos y fotografías que ahora salen a la luz, por primera vez, gracias a su hijo que las encontró y las donó para conocimiento de la ciudadanía y ejercicio de Memoria Democrática.

Tal y como cuenta Saravia, Federico González fue herido en 1937 durante la defensa de Bilbao. Fue trasladado primero a Santander y después a Asturias, lugar desde donde consiguió hacerse precariamente a la mar para alcanzar la costa francesa, huyendo del avance del ejército franquista.

Allí, cientos de gudaris y milicianos vascos fueron atendidos por los servicios sanitarios del Gobierno Vasco, primero en Burdeos, en el vapor Habana habilitado como barco-hospital, y después en Bidarte (Lapurdi), en la residencia La Roseraie, convertida en hospital para heridos y mutilados de guerra.

Por La Roseraie pasaron más de 1.600 combatientes y civiles. Los primeros también tuvieron ocasión de aprender un oficio. Comenzada la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, estos hombres colaboraron con el esfuerzo de guerra francés en fábricas y arsenales, hasta que sobrevino la derrota y la ocupación alemana del territorio.

A muchos de ellos les esperaba un futuro oscuro, en cárceles españolas o francesas, o en el exilio americano. Hasta años después de la muerte del dictador Francisco Franco, estos mutilados no verían reconocida y compensada su condición.

Todas estas historias que se reflejan en imágenes y documentos, cuenta Mauro Saravia, están con fechas, lugares y en muchas ocasiones con los nombres de los que aparecen en ellas.

`Odisea 1937´ se puede ver en el Photomuseum de Zarautz hasta el 1 de diciembre.

 

 

 

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martes, 29 de octubre de 2024

El Lente de Clemente Bernad

Desde las páginas de El Diario traemos a ustedes este reportaje acerca de una exposición fotográfica muy particular, cuyo autor, ya ha tenido que lidiar con el oscurantismo españolista:


'Hemendik Hurbil', 30 años de memoria histórica sobre la violencia en Euskadi, en la cámara de Clemente Bernad

La exposición trata de ofrecer un fresco de los años más duros en Euskal Herria a través de casi medio millar de instantáneas que cubren la violencia desde todos los ángulos

Jordi Sabaté

“Durante muchos años la violencia se te presentaba con solo abrir el portal de tu edificio”, dice el fotógrafo Clemente Bernad (Pamplona-Iruñea, 1963). Él la descubrió una mañana de 1987 en su ciudad natal tras regresar de estudiar Bellas Artes en Barcelona; tenía 24 años. Cuenta que al salir del edificio vio una pegatina en la puerta reclamando el acercamiento de un preso etarra a prisiones vascas.

“El matiz era que la pegatina estaba totalmente arañada con una llave, lo cual escenifica de un modo muy potente el conflicto en Euskal Herria: alguien puso la pegatina y otra persona, que no estaba de acuerdo con la reivindicación, la desgarró”, explica Bernad para ilustrar la enorme polarización de aquel periodo.

 Fue entonces cuando decidió retratar con su cámara lo que él llama “el conflicto” –“sé que en la mayoría de los medios le suelen poner comillas, pero para mí es un conflicto”, suelta– tratando de mostrar el sufrimiento en ambos lados. “Pasé de preocuparme de la violencia a ocuparme de ella”, agrega. Así lo ha contado durante la presentación de Hemendik Hurbil / Prop d'aquí (Cerca de aquí), su nueva exposición que recala en el Palau de la Virreina de Barcelona y que comprende 470 imágenes tomadas durante 31 años, desde aquella lejana mañana de 1987 hasta el fin del ciclo violento, cuando el 4 de mayo de 2018 se lee en la localidad vascofrancesa de Kanbo la declaración de Arnaga que ponía fin a ETA.

Las imágenes de la exposición están recopiladas, a su vez, en un grueso libro que además contiene textos de significadas personalidades, artistas e intelectuales, como Bernado Atxaga o el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica Emilio Silva. A este respecto, Bernad ha reivindicado que su trabajo “es un acto de memoria histórica”.

“Ha sido muy largo y en ocasiones me ha superado la sensación de hastío y desesperanza”, dice el artista, que explica que entre 2007 y 2015 decidió alejarse de este monumental proyecto. El motivo fue una exposición en el museo Guggenheim para celebrar el décimo aniversario de su creación; estaba comisariada por Rosa Martínez y ella pensó que era interesante que el fotógrafo tuviera un espacio con catorce fotografías.

“Pedimos permiso para usarlas a las personas que aparecían y nos lo otorgaron, salvo en el caso de una imagen, que es la de la radiografía del cráneo de Miguel Ángel Blanco”, relata. La prensa se enteró de la negativa y creó una dinámica contra Bernad que casi termina en enjuiciamiento. “Trataron de acusarme de enaltecimiento del terrorismo”, denuncia. “Aquello me hizo mucho daño”, asegura y proclama que durante los 31 años retratados en la exposición “me he sentido completamente solo”.

El caso Egin como revulsivo

En 2015 ocurre un suceso que reaviva la curiosidad de Bernad por el proyecto: se levanta el cierre del diario Egin, que la Guardia Civil había ejecutado en 2001, y el artista puede entrar en las oficinas y las rotativas. “Todo estaba igual que el día el cierre, solo que muy deteriorado ya, inservible”, relata.

En las oficinas de la redacción se encontró con archivos fotográficos –“estaba todo desperdigado por el suelo en carpetas”–, tanto de imágenes en papel como negativos. “Fotografié todo como un forense que registra los hechos”, apunta y apostilla: “aquello era tremendo, se había cometido una gran injusticia con Egin y al final el Supremo dejó sin efecto el cierre”.

 “A veces la gente me comenta que algunas de mis fotografías les provocan mucho dolor y creo que es normal, porque mis imágenes son retratos del dolor de una sociedad que, como dice Bernado Atxaga en uno de los textos que acompañan al libro, cayó en la abismalidad”, sentencia con gravedad el artista, que seguidamente aclara que “abismalidad” es una palabra inventada por el escritor para definir la sensación que durante demasiado tiempo tuvo la sociedad vasca de que iba hacia el abismo.

Un trabajo delicado, pero necesario

Con las imágenes tomadas en Egin, Bernad decide cerrar el proyecto y preparar el libro, que finalmente ha dado lugar a la exposición, gracias a la labor de su comisario, el crítico y curador Carles Guerra. Este ha destacado en la presentación que el de Bernad “es un trabajo [políticamente] muy delicado, pero también necesario para dar testimonio de lo que fue una época”.

“Son imágenes pensadas para que calen poco a poco en quien las mira”, insiste Guerra sobre unos retratos que, en efecto, están desprovistos en superficie de dramatismo y efectismos, pero que observados reposadamente desprenden tensión, rabia, resignación y, sobre todo, una gran carga de fondo de violencia. Bernad, al estilo de Cartier-Bresson, se fija en los secundarios para dar cuenta de la dimensión de los acontecimientos.

Guerra se ha referido también a la disposición de las fotografías: “En muchas ocasiones la labor del comisario es la de un decorador que decide cómo se distribuyen los espacios en una exposición, pero en casos como este está labor trasciende y obliga a un esfuerzo distinto”. Al respecto, ha explicado que las imágenes no se han dispuesto siguiendo ningún tipo de secuencia temporal “sino que se distribuyen de una manera aleatoria en la pared para reflejar la sensación de caos que fue en realidad el conflicto”.

Museos en crisis ideológica

Así, se mezclan entierros de etarras con los de guardias civiles y ertzainas, y entre medio disturbios, fuego, encapuchados, familiares desolados e incluso algunos paisajes campestres, como si fueran oasis de paz necesarios entre tanto dolor colgado de la pared. De hecho Hemendik Hurbil / Prop d'aquí cuenta con cuatro salas, dos de ellas con varias series de retratos expuestos en papel tratado con emulsiones de plata y selenio. Las otras dos contienen grandes pantallas donde se exponen en bucle el resto de las 470 imágenes que comprenden la exposición.

Finalmente, el director de La Virreina Centre de la Imatge Valentin Roma ha asegurado que tras haber tenido en el centro a Jeff Wall en la exposición anterior, “la de Bernad es tan importante o más si cabe”. El motivo, según Roma, es que con Hemendik Hurbil / Prop d'aquí se abre un periodo nuevo en el museo de crisis ideológica.

 “La mayoría de museos están desarrollando un lenguaje ideologizado, pero a la vez están intentando evitar crear cualquier tipo de tensión política, evitando así entrar en conflictos históricos específicos”, ha opinado para sentenciar: “A eso le podríamos llamar crisis ideológica”. En consecuencia, para Roma esta muestra es “la apertura de la Virreina a un espacio de reflexión sobre esta crisis ideológica”, donde ha augurado que se realizarán más exposiciones de naturaleza política y, seguramente, polémica.

Más allá de las reflexiones de Roma sobre el papel de los museos en el debate político, Hemendik Hurbil / Prop d'aquí resultará para el espectador una sucesión abrumadora de imágenes cargadas de tensión, dolor y violencia. Son instantáneas de un tiempo que a algunas personas de cierta edad nos resultará más familiar y a otras, más jóvenes, ajeno o novedoso. Pero a todos, probablemente, nos embargarán por la carga emocional con la que Clemente Bernad ha sabido impregnarlas. 

 




 




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domingo, 16 de junio de 2024

Honrando la Tximist

Desde Noticias de Araba traemos a ustedes este artículo acerca de aquella mítica expedición vasca al Sagarmatha.

Adelante con la lectura:


En honor a la Tximist

La sala Amárica acogerá del 27 de junio al 30 de septiembre una exposición con 20 imágenes de la expedición vasca de 1974 al Everest

Oscar San Martín 

En este 2024 se conmemora el cincuenta aniversario de la expedición Tximist, financiada por el empresario vasco Juan Celaya Letamendi y cuya primera idea se gestó en la calle Dato de Vitoria. 

Pues bien, en breve arrancarán los festejos para realzar aquel acontecimiento, que originó como continuación la expedición de 1980 en la que se logró alcanzar los 8.848 metros de la cima de la montaña más alta del mundo. Aquella fue la mecha que propició un movimiento espectacular del alpinismo vasco para alcanzar las altas cumbres del Himalaya en expediciones organizadas en muchos pueblos. 

Junto a los propios miembros de la expedición, el Museo del Montañismo Vasco, el Mendi Film Festival, las federaciones vasca y navarra de montañismo y la Fundación Celaya, bajo el amparo del Ayuntamiento de Vitoria, la Diputación Foral de Álava, la Fundación Vital, Euskadi Basque Country del Gobierno Vasco y la Laboral Kutxa, han constituido el grupo de trabajo que servirá para homenajear la labor de las personas fallecidas y también las ocho que siguen vivas de aquella legendaria expedición.

Además, no se quiere dejar de lado la oportunidad de homenajear a Juan Celaya, cuyo aporte económico incondicional fue imprescindible para el éxito, y a su amigo Juan Cortázar, que resolvió los problemas políticos y administrativos que se interpusieron en el camino.

El proyecto consta de varias actuaciones, aunque la más relevante es sin duda una exposición de paneles que relata los hitos más reseñables de aquella expedición. Su inauguración tendrá lugar el 27 de junio y se mantendrá abierta durante hasta el 30 de septiembre antes de su traslado a Bilbao dentro del marco del Mendi Film Festival de 2024.

Dicha exposición constará de 20 paneles, del tamaño 2 m por 1 m según un guión preparado por Antxon Iturriza, el historiador especializado en el montañismo vasco. Para su diseño se ha contado con el equipo del Museo del Montañismo Vasco, que ya ha preparado paneles para otras exposiciones anteriores. 

Las fotografías provienen de una amplia colección propiedad de Ángel Lerma, expedicionario de Tximist, que formó parte del equipo de cine, y está completada por otras colecciones particulares de los miembros de la expedición o sus descendientes. De su diseño se ha encargado Lidia Uribarrena y de su ejecución la empresa Fotoprix/Ikatz.

Acto en el Europa

Sin embargo, antes de la inauguración de la citada exposición el palacio de congresos Europa acogerá el 21 de junio un acto con el objetivo de recordar la vinculación entre la ciudad y la expedición Tximist de 1974. Además, también se proyectará la película Agur Everest, rodada en el transcurso de la expedición por el director Fernando Larruquert, con la ayuda de Angel Lerma, y completada por Juan Ignacio Lorente. 

Por último, está prevista para el mes de octubre una reunión en Gasteiz de ochomilistas vascos –alpinistas que han alcanzado alguna cumbre de más de 8000 metros– y la inauguración de una exposición de cuadros originales de los 14 ochomiles, pintados al óleo expresamente para esta ocasión. 

 

 

 

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martes, 2 de mayo de 2023

El Bilbo Ochentero de Niko Vázquez

Tarde o temprano vamos a tener que hacer las paces con el arte generado actualmente por medio de los programas denominados Inteligencia Artificial.

Definitivamente debemos ir más allá de los empleosaurios.

Desde Deia traemos a ustedes el ejemplo de lo que consideramos creatividad bien encaminada:


El artista Niko Vázquez recrea el Bilbao de los 80 con inteligencia artificial

“Ofrece un mundo de posibilidades a nivel creativo”, afirma el músico bilbaino que va a publicar un libro con un centenar de imágenes generadas por desarrolladores como Midjourney y Leonardo.ai

Ane Araluzea

El artista y músico Niko Vázquez lleva poco más de un año trasteando con los desarrolladores que le permiten llevar sus creaciones más allá. “Es como un campo infinito, me ofrece muchísimas posibilidades”, asevera el artista que ha generado una serie de imágenes que parecen fotográficas ambientadas en el Bilbao de los años 80. Midjourney y Leonardo.ai son las herramientas que le han permitido recrear la atmósfera posindustrial y gris de Make Bilbao Grey Again. “Hay muchísimos fotógrafos que están utilizando la inteligencia artificial para potenciar sus fotografías. No lo veo como un enemigo”, explica el grafista, que va a publicar un libro con un centenar de imágenes de esta serie.

“Empecé el año pasado. Vi que había varios laboratorios que estaban desarrollando sistemas para crear imágenes a través de textos”, relata Vázquez, quien indica que el resultado de esas imágenes mejora muchísimo mes a mes. “Toda mi vida he estado haciendo grafismo, tengo cantidad de bocetos e historias, pero hacerlo en 3D me llevaba mucho tiempo. La creación es muchísimo más rápida de esta manera. Para los que nos gusta enredar es un filón”, agrega.

 Según indica, los desarrolladores que emplea para generar las imágenes, se han alimentado de millones de imágenes, guiones... que se han descompuesto. “A través del texto, en el que defino exactamente lo que quiero, genera una imagen única, que no existe ni se va a volver a repetir. Lógicamente comete bastantes fallos. Después lo paso por Photoshop, y es donde modifico algunas caras, gestos o extremidades raras. Es un ordenador y no sabe lo que es un ser humano ni una fotografía real”, indica Niko Vázquez.

A su juicio, siempre hace falta intervención humana. “Entiendo y apoyo que la gente que ha alimentado los sistemas reciba sus royalties o un pago. Pero si luego las creaciones son genuinas, no le veo ninguna pega”, expone sobre los derechos de esas imágenes el artista, quien recuerda que cuando salió Photoshop también se rumoreaba que iba a suponer el fin de la fotografía. Por otro lado, expone que el sistema no deja generar escenas violentas, ni admite palabras malsonantes ni desnudos. “Es un toma y daca entre la libertad de expresión y la censura”, considera.

Las serie sobre el Bilbao de los años 80 se puede ver en las redes sociales de Niko Vázquez, así como en su página web, Grafixmo. “Ahora estoy trabajando en la generación de más imágenes porque la idea es publicar un libro con un centenar de ellas. Será uno de los primeros trabajos que en lugar de con fotografía, saldrá con fotografía hecha a base de texto”, revela Vázquez sobre el proyecto, por el que directores como Kote Camacho han mostrado su interés. “Quiere hacer animaciones con algunas de las escenas”, apostilla.

 

Algunos ejemplos de su obra:

 







 

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