sábado, 8 de octubre de 2016

Egaña | Primer Gobierno Vasco

Todos los periódicos vascos están publicando notas, artículos y reportajes acerca del 80 aniversario de lo que se puede considerar el primer gobierno de vascos para los vascos.

Nosotros hemos optado por compartir con ustedes el reportaje aparecido en Gara -no podía ser de otra forma dado su rigor histórico y su enfoque ideológico- de la autoría de Iñaki Egaña:


La aprobación del Estatuto originó aquel primer Gobierno Vasco (sin Nafarroa), azotado por vientos de guerra y preludio de una larga dictadura. ¿Cómo ocurrió, quiénes lo formaban más allá del indudable liderazgo de Agirre y cuáles fueron sus destinos?

Iñaki Egaña

Las negociaciones para la formación del Gobierno habían sido aceleradas. Desde el comienzo, el PNV asumió el liderazgo y, en consecuencia, Lehendakaritza. El EBB, con algunas discrepancias, alineó a los suyos y propuso a quien sería lehendakari y a los futuros consejeros. Luego, se reunió con el resto de formaciones que apoyaban el legítimo Gobierno de la República, integradas desde las elecciones de 1936 en el Frente Popular. También con los anarquistas de la CNT, que declinaron la oferta de entrar en el Ejecutivo pero que aseguraron un período de dos meses de «paz social». Como muestra de buena voluntad, tanto unos como otros, PNV y CNT, desplazaron conjuntamente a dos batallones al frente de los Intxortas.

La negociación, en los sótanos del Banco de Bilbao por razones de seguridad ante los bombardeos, fue sencilla. Las prisas apremiaban. Lehendakaritza para el PNV, junto a cuatro consejerías. El PSOE se quedaría con tres, y PCE, ANV, Unión Republicana e Izquierda Republicana con una. La juventud de los consejeros sería notable. De los once titulares, solo tres pasaban de los 40 años.

El proceso de proclamación de aquel 7 de octubre de 1936 tuvo varias fases. La primera en la casa jeltzale. La dirección del PNV quiso atar en corto a sus consejeros y para ello les reunió en un acto mañanero celebrado en Begoña. El Gobierno iba a ser de los llamados de «concentración nacional» pero cada uno se situaba bajo una disciplina determinada. Agirre se arrodilló ante la Virgen y ante una hostia consagrada: «Juro fidelidad a mi patria Euskadi, y en su servicio queda ofrecida mi vida, de la que dispondrá en la medida y momento o circunstancias que señalen las únicas autoridades: PNV y Euzkadi Buru Batzar».

Durante esa misma mañana se celebraron las elecciones para lehendakari. Puro formulismo tras el pacto entre todas las fuerzas republicanas. Concejales y alcaldes votaban en función de las poblaciones vascas a las que representaban. Es decir, habitantes y no votos, tal como lo han realizado recientemente los ayuntamientos de Ipar Euskal Herria para convertirse en mancomunidad única. Agirre obtuvo 291.471 votos.

Tras los resultados, el gobernador civil Echevarría Novoa mantuvo el protocolo y llamó a la proclamación de Agirre como lehendakari, acto a celebrar en la sede de Diputación de Bizkaia, en la Gran Vía de Bilbo. Pero el PNV tenía ya su hoja de ruta. Y la elección, a pesar de los temores a un bombardeo, fue la simbólica: Gernika. La dirección jeltzale se comprometió a velar por la seguridad de la villa a través del Eusko Gudarostea, las milicias abertzales del comandante Cándido Saseta. Y dentro de la Casa de Juntas de Gernika, la guardia de orden público adscrita al PNV y embrión de la futura Ertzaña, para paliar eventuales emergencias.

Agirre se dirigió especialmente a los diplomáticos presentes (Argentina, Bélgica, Checoslovaquia, Dinamarca, Cuba, Ecuador, El Salvador y Portugal): «Nace este Gobierno para gobernar, para imponer inflexiblemente la ley y para conseguir la victoria. Al Cuerpo Consular aquí representado yo le suplico, en nombre de mis compañeros y en el mío, que lleve a los países que tan dignamente representan la voz de un Gobierno que surge del pueblo y que responde a las instituciones democráticas seculares de este país». Luego llegó su famoso juramento al pie del histórico roble, repetido por los lehendakaris del Gobierno autónomo desde 1980, con la excepción de Patxi López.

Echevarría Novoa, como había sugerido el PNV evocando la tradición, entronizó al lehendakari: «En este momento y bajo el roble de Gernika, en nombre del Gobierno de la República, hago entrega del poder del País Vasco a su legítimo representante, el excelentísimo señor don José Antonio Aguirre». Bilateralidad, en lenguaje actual.

El acto tuvo momentos de tensión, no tanto por la presencia de aviones enemigos, sino por la determinación de ciertos sectores independentistas integrados en Eusko Gudarostea. Además de Agirre, José María Lasarte, nombrado días antes comisario general del Eusko Gudarostea, y Cándido Saseta, responsable militar del mismo, se dirigieron a pasar revista a las milicias vascas. Del edificio de Gernika en donde se hallaban acuarteladas las tropas vascas colgaba este mensaje: ‘‘Estatuto no, Independencia sí’’.

Agirre arengó a los jóvenes gudaris alineados. Desde el grupo de milicianos surgieron también gritos con el mismo lema que la pancarta. No hubo más gestos ni palabras en una situación tan tensa que José María Lasarte volvió al cuartel una vez terminado el acto para increpar a los abertzales que gritaron «Independencia». Su enfado llegó a tal extremo que conminó a todos los presentes disconformes con el apoyo al Estatuto y la estrategia jeltzale a que abandonasen el cuartel inmediatamente. Efectivamente, un grupo de mendigoizales (Jagi-Jagi, que más tarde darían dos batallones al Ejército vasco) dejó el acuartelamiento como protesta.

El recorrido del Gobierno Vasco es de sobra conocido. El lehendakari Agirre ejerció también de consejero de Defensa y tuvo no pocas fricciones con el Gobierno republicano de Valencia. De hecho, hubo dos direcciones militares en los nueve meses en los que prolongó la guerra. Una cuestión de fondo que llevó a ANV, en febrero de 1937, a abandonar el Frente Popular. El Gobierno Vasco ejerció provisionalmente, a partir de junio de 1937 y sucesivamente en Santander, Barcelona, París, Nueva York y México DF, para retornar definitivamente a París en 1946, donde ejerció de «Gobierno provisional» hasta 1979.

Tras la guerra y con el paso del tiempo, las imposiciones de la Guerra Fría y, sobre todo, los recortes económicos, el Gobierno Vasco fue menguando y su imagen quedó asociada exclusivamente al PNV, lo que trajo no pocos quebraderos de cabeza a las direcciones del resto de formaciones que lo formaban, que vieron cómo sus líderes en el Ejecutivo eran fagocitados por la dirección jeltzale. Nadie sobrevivió a las críticas y pocos a las expulsiones.

El lehendakari y los consejeros

Agirre murió en su exilio parisino en 1960, provocando una convulsión en el mundo jeltzale, que no tuvo un repuesto a su altura. Hasta aquella primera ETA, en su portada de ‘‘Zutik’’, le llamó «lehendakari maitea». Le sustituyó un gris Jesús Mari Leizaola, consejero de Justicia y Cultura, nombrado directamente por Juan Ajuriagerra, que entonces llevaba las riendas del PNV.

Heliodoro de la Torre, el más veterano de los consejeros, gerente de una sociedad minera y presidente de las Cooperativas Vascas, fue el titular de Hacienda. De la Torre, el hombre fuerte del Gobierno durante la guerra, murió en Pau en 1946, poco después de que se abriera proceso para su extradición solicitado por las autoridades franquistas.

Telesforo Monzón fue el cuarto de los consejeros jeltzales del primer Gobierno Vasco. El enfant terrible dentro del PNV. Protegido por José Antonio Agirre, evitó su defenestración en varias ocasiones. Con la muerte del lehendakari, su presencia en el seno de las estructuras auspiciadas por el PNV fue cada vez más incómoda. En Ipar Euskal Herria acogió a los primeros refugiados de ETA, creó Anai Artea y concluyó su ciclo en Herri Batasuna.

Los representantes del PSOE en el Ejecutivo Agirre tuvieron un recorrido complicado. Los tres fueron desautorizados por Indalecio Prieto cuando se hizo cargo de la dirección del PSOE desde México. Juan de los Toyos, gerente de la empresa Alfa, fue el consejero de Trabajo y Comunicaciones y el primero en dimitir. Murió en México en 1965.

Santiago Aznar, secretario general de UGT de Bizkaia, fue consejero de Industria. En 1940 intentó, sin éxito, transformar el partido, cambiando incluso el nombre: PSOV (Partido Socialista Obrero Vasco). Aznar sería expulsado del PSOE y sustituido por Fermín Zarza. El consejero de Industria se exilió en México y luego en Venezuela, donde murió en 1979. El tercero en discordia, Juan Gracia, había sido inspector de impuestos del Ayuntamiento de Bilbao. Llevó una de las consejerías más activas, la de Asistencia Social. Murió cuando huía de París a la entrada de las tropas de Hitler, en 1940.

Juan Astigarrabia fue el único consejero del PCE en el Gobierno vasco. Era el secretario general de su partido y recibió la consejería de Obras Públicas. Ya en 1937 se le expulsó del PCE, refugiándose en Panamá y Cuba, donde, tras la Revolución, sería asesor del Comité Central del PCC. Sus hijos se exiliaron en la URSS. Murió en Donostia en 1989, habiendo participado en las listas electorales de Euskadiko Ezkerra. Su sustituto en el Ejecutivo Vasco se llamaba Leandro Carro. En 1948, el PCE fue expulsado del Gobierno a petición del PNV y PSOE, tras mandato de Washington.

El bermeotarra Gonzalo Nardiz se encargó de Agricultura, representando a ANV. Ya en el exilio se alejó de la disciplina del partido, que criticó más de una vez su «excesivo seguidismo del PNV». A la muerte de Franco, volvió a Euskal Herria. Falleció en 2003, a los 98 años de edad.

La venganza franquista se cebó en Alfredo Espinosa, médico que dirigió la consejería de Sanidad. Había sido concejal del Ayuntamiento de Bilbo, por Unión Republicana. Fue detenido por traición de su piloto cuando se dirigía de Baiona a Bilbao en avión. Espinosa fue juzgado y ejecutado, en junio de 1937, en Gasteiz.

El tolosarra Ramón Aldasoro, de Izquierda Republicana, fue consejero de Comercio y Abastos. Gobernador civil de Gipuzkoa al comienzo de la Segunda República. De los once consejeros del Gobierno Vasco, era, sin duda, el mejor orador. En el exilio, fue delegado del Ejecutivo Vasco en Argentina y murió accidentalmente en La Habana. Sus restos, que yacen en el Panteón de los Vascos de la capital cubana, serán repatriados en 2017.






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