viernes, 7 de octubre de 2016

Egaña | Mariposas Amarillas

Les invitamos a leer este imprescindible texto de Iñaki Egaña inspirado en los recientes acontecimientos en Colombia:

Mariposas amarillas

Iñaki Egaña
Describía Gabriel García Márquez cómo las mariposas amarillas precedían a Mauricio Babilonia. En "Cien años de soledad": "Eran las mariposas. Meme las vio, como si hubieran nacido de pronto en la luz, y el corazón le dio un vuelco". Editó su libro en 1967. Más recientemente, en 2010, Eusko Ikaskuntza, abrió una consulta para elegir la palabra más “bonita” en euskara. Venció pinpilinpauxa, la mariposa a la que Louis Lucien Bonaparte encontró nada menos que 80 nombres diversos en lengua vasca y los envió a la Philological Society de Londres, para su asombro, allá por 1866.
Joxantonio Ormazabal, que murió el mismo año del concurso que triunfó pinpilinpauxa, dio la letra a "Tximeleta mendian", musicada por ese gran Imanol Urbieta que nos ha dejado recientemente. Otra de las acepciones para mariposa recogidas por Bonaparte. Inguma, marisorgin, pinpirin, mitxeleta... mariposas de nuestra tierra. Acaso aquella de García Márquez, por el color, sea nuestra "makaon tximeleta" que acotan científicamente los biólogos euskaldunes.

¿Qué tienen las mariposas que son capaces de preceder a Mauricio Babilonia, de enrevesarse en el estómago cuando nos alcanza la brisa (o el huracán) del amor? Qué tienen las mariposas para condesar tanto encanto en unas pocas letras, en esa lengua peregrina de un pueblo bárbaro como el nuestro, según Nebrija? ¿Qué tienen las mariposas amarillas para ser convocadas en los discursos de la paz en Cartagena (Colombia) por dos actores antagónicos como Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, Timochenko, hace sólo unos días?

Pablo Neruda nos dejó aquel antológico poema otoñal de mariposas, "todo se va en la vida, amigos, todo perece". No es, a pesar, el sentido de esas pinpilinpauxas amarillas de Cartagena, el de aquel joven Txabi Etxebarrieta que azuzó nuestras conciencias y que, armado, también escribía poemas: "Saltaban mariposas que corrían a borbotones por mi sangre, gritaban las estrellas". La rebeldía.

La lírica, la prosa desenfadada, no parecen, sin embargo, apropiadas para estos días. El "No" al acuerdo entre las FARC-EP y el Gobierno de Santos ha triunfado, por escaso margen, en el plebiscito colombiano. Las razones expuestas estos días son válidas, la escasa participación, el acuerdo de las elites a espaldas del pueblo, la distancia entre los frentes de guerra y la opinión popular... Parece como si las mariposas amarillas se hubieran convertido en viudas negras, esas arañas cuya picadura puede llegar a ser mortal.

Desde la distancia, y como en tantas y tantas ocasiones, los europeos nos habíamos dejado llevar por lo que transmitían las agencias. El "Sí" tendría un fácil recorrido y su victoria sería aplastante. Ni siquiera atisbábamos dudas al respecto. Somos producto de lo que nos inducen a creer. En la cercanía, en cambio, no parecía tan sencillo. Timochenko siguió los resultados desde La Habana.

La violencia en Colombia tiene una profunda raíz histórica. Incluso cuando hablamos de violencia y brutalidad, su significado se retrae o se expande en función del escenario. Violencias y violencias. No sólo estructurales. También sub-estructurales. Las AUC utilizaban motosierras para descuartizar a sus víctimas a las que por centenares hacían desaparecer en hornos crematorios que recordaron a los de los nazis en la Segunda Guerra mundial. Las minas antipersonales dejaron miles de lisiados. Los desplazados por la guerra, millones.

La decepción para quienes veíamos una singularidad excepcional en el acuerdo colombiano fue enorme. Sin embargo, me sosegó la reacción de los actores en litigio, desde quienes habían firmado los pactos, hasta la oposición de Uribe. ¿Quién puede mostrarse como adalid de la guerra frente a las cámaras de televisión? Hasta el mayor guerrero, hasta el mayor represor reivindica la paz, bien es verdad que con contenidos diferentes. Aquí nos queda en la retina aquellos "25 años de Paz" de la campaña franquista en 1964, cuando publicar en euskara era una quimera y abrir la boca para pensar sinónimo de subversión.

El desencanto colombiano de estos días me ha traído a la memoria, inevitablemente como a muchos de ustedes, la época posterior a la Declaración de Aiete de 2011, cuando miles de mariposas amarillas sobrevolaron el espacio aéreo vasco y auguraron un proceso de paz que no se produjo. Y si las diferencias entre Colombia y Euskal Herria son abismales, en todos los aspectos excepto en el del sufrimiento humano, hay un apartado que tiene ciertas similitudes. Menos de las que puedan pensar, pero algunas a fin de cuentas.
Me refiero a la dificultad que entraña un proceso de paz gestionado desde las elites políticas o diplomáticas. Bien es cierto que Cartagena tuvo un previo largo y profundo en La Habana, con apoyo de cancillerías latinoamericanas, situación inédita en el caso vasco. Pero Cartagena, con mucha más pompa e implicación diplomática y con dos actores, Gobierno y guerrilla de acuerdo en las formas, tuvo una gestación ajena al pueblo colombiano. Y eso que se veía venir, que contaba con la colaboración de medios, locales y ajenos.
Aiete tuvo también un formato espectacular en cuanto a dimensión política. Fue gestado con discreción, y su puesta en escena tuvo muchos quilates. Para la población vasca, y no me refiero a sus elites (excepto quizás Patxi López entonces lehendakari que viajaba por ferrocarril en EEUU y conoció la noticia por sms), la Declaración y la presencia de semejante delegación diplomática, incluida Naciones Unidas, avalando la paz, fue una sorpresa. Un cambio radical, de la noche a la mañana. La sociedad no estaba preparada para semejante expectativa y, por ello, resultó sumamente frágil a la hora de recibir los mensajes. La mayoría negativos.

Tal y como Uribe en Colombia, los halcones salieron de cacería, las asociaciones de víctimas adquirieron protagonismo y dirección política y los aliados naturales, el universo jeltzale, se acogotaron. Porque fueron capaces de atisbar antes que la izquierda abertzale que el proceso de paz sería unilateral (la izquierda abertzale lo haría dos años después, en 2013, tras la espera de Oslo). Y porque temieron un sorpasso de la izquierda revolucionaria en las siguientes citas electorales, tal y como había sucedido en Irlanda del Norte con el Sinn Féin y el SDLP.

Cuando los grandes temas se gestionan y “solucionan” desde la cúpula de la pirámide, por muchos galones y estrellas que tenga la misma, su imbricación social va a sugerir disfunciones sociales. Ocurrió durante el Proceso de Lizarra-Garazi en 1998, al igual que durante las Conversaciones de Loiola-Ginebra de 2006. Al parecer, ha sido una de las razones de la victoria del “No” en Colombia. La apuesta por la paz necesita un trabajo de base, continuado en el tiempo, con la implicación de actores secundarios que socialicen la aspiración popular.

La paz es demasiado preciada para desdeñarla como objetivo principal. Una paz que en Euskal Herria se mantiene como propósito político y que, desgraciadamente, parece estar alejada de las agendas sociales. Seguimos con un índice de militarización extraordinario como si el escenario fuera únicamente bélico. Impunidad para un sector, relatos sin compartir y prohibidos, presos como rehenes. Desarme penalizado.

A pesar de ello, las mariposas siguen siendo parte de la fuerza que nos imprime la primavera. Lo entendemos y lo entenderemos la mayoría de quienes conformamos nuestro país. A pesar de los adjetivos de desasosiego vital que transmitió Neruda. Hagamos reverencia a Louis Lucien Bonaparte: miles de mariposas descritas con decenas de nombres, cada cual más sugerente. En pos de la paz. “Paciencia estratégica” la han llamado. La paciencia la ponen las mariposas convertidas cada primavera en crisálidas. La estrategia nosotros, el pueblo vasco, que tiene que implicarse hasta el tuétano por la paz. Entonces triunfará finalmente, como cantaba Imanol Urbieta.





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