domingo, 9 de octubre de 2016

Feliciano Iribarren y Alexander Fleming

El extenso reportaje que les compartimos a continuación es el epítome de nuestra sección Kurlansky-Arzalluz.

Ha sido publicado en la página Vanguardia, aquí lo tienen:

La historia detrás del busto de Sir Alexander Fleming

Don Feliciano Iriabarren, el español migrante y laborioso que hizo la América y se asentó en Sabinas, Coahuila; erigió al descubridor de la penicilina un obelisco honrando su memoria

Jesús Peña
Qué raro, pensé cuando alguien me lo platicó.

Hacía algún tiempo que había escuchado de ese monumento a la orilla de la carretera 57, en el tramo que va de Monclova a Sabinas, Coahuila, y se me ocurrió que ciertamente las personas acostumbran, desde siempre, a levantarle estatuas a los políticos, a los deportistas, a los poetas, a los toreros, a los hombres ilustres, a los militares que murieron por la patria, ¿pero a los científicos…?
A los científicos no.

Qué raro.

Seguro, me dije, habría sido algún chiflado, o un excéntrico con dinero, el que osó ponerle una escultura a un tal Sir Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, al lado de un camino más solitario que otra cosa.
La historia no dejó de serme interesante, claro. ¿Por qué?, ¿a qué se debía ese honor?, ¿a qué tanto despilfarro de gratitud?, me parecía que era la pregunta central, clave del asunto.

Meses más tarde, la voz al otro lado del teléfono no dejaría lugar a dudas:

“Mucha gente cree que porque mi papá tuvo una enfermedad venérea y así lo han publicado los periódicos, pero no es cierto”. Me dijo un mediodía que la llamé para concertar una entrevista, María Cristina Iribarren Madrigal, una de las hijas de don Feliciano Iribarren Arrese, el hombre, ganadero él, vasco él, de la provincia de Navarra, España él, que mandó erigir la imagen.

Yo había pasado mil veces por esa carretera aburrida y trasquilada de matorrales, como tanta gente; sin reparar en la escultura, como tanta gente, y pensé que tenía que ir y mirar.

Días después, una tarde llorosa, de ventolera, estoy, en casa de Cristina Iribarren la hija de don Feliciano, en Sabinas:

“Porque él vio que millones de gentes se salvaban, cuando el descubrimiento de la penicilina, que se curaban neumonías, enfermedades infecciosas, y él siempre admiró a Fleming y dijo que le iba a erigir un monumento”, y punto, dice Cristina.

Y luego remata con una anécdota que apunta a matar toda sospecha: “le decía yo ‘papá, ¿por qué hizo eso?’, dijo ‘porque yo admiraba mucho a Fleming, por todas las vidas que salvó’ y dijo ‘cuando yo me muera van decir de mí, (era) un vasco loco que hizo un monumento’”.

Cristina no se altera, está serena, un poco inquieta por la presencia del grabador y la cámara de fotografía, pero nomás.

Estamos en un su sala de sillones esponjados con Aída Araceli Iribarren Madrigal, una de las  hermanas de Cristina, Javier, otro hermano y su esposa María de los Ángeles Valderrama.
Y yo sigo pensando que qué extraño que un español, venido a más como don Feliciano Iribarren, le haya levantado una figura a Fleming en medio de la nada.

Infancia entre ovejas

Pero este monumento tiene su historia y la historia de este monumento empezó en Abaurrea Baja, Valle de Aezkoa, en la provincia de Navarra, España, al pie de las frías montañas de Los Pirineos, donde nació don Feliciano Iribarren Arrese, un 23 de octubre de1895, en el seno de una familia de 10 hermanos dedicada a la crianza de ovejas.

Antes todavía, 14 años, el 6 de agosto de 1881, Alexander Fleming había visto la luz por primera vez en la granja de Lochfield, cerca de Darvel, en las llamadas Tierras Bajas, condado de Ayrshire, en el sureste de Escocia, un sitio de clima duro, donde la agricultura era imposible debido a la elevada latitud y escasez de suelos fértiles.

Con todo y eso el padre de Fleming había sido un granjero que trabajaba con ahínco en la cría de ganado y la siembra de avena y otros cereales a prueba de frío.

Por su parte don Feliciano, dice Cristina, había tenido una infancia feliz allá en su pueblo, a pesar de la pobreza y los 25 grados bajo cero de Los Pirineos.

El pueblo de Abaurrea Baja, Valle de Aezkoa, en Navarra, España, es un cañada de sierras azules,  llena de verde y salpicada de casitas blancas con techos a dos aguas forrados de tejas rojas, lo sé por la fotografía que está en la mesa de centro de la sala de Cristina.  

La niñez de Feliciano había transcurrido entre la escuela y la montaña, haciendo sus tareas, bailando la Jota, pastoreando borregas.

Fleming pasaba sus primeros cinco años en la granja de su padre, disfrutando del contacto con la naturaleza y el paisaje rural, pescando, cazando.

Asistiría después al Colegio de Loudoun Moor y luego, cuando cumplió 10 años, a una escuela en Darvel que estaba ubicada a siete kilómetros de su casa, no obstante, el científico brillante en ciernes y futuro mayor benefactor de la humanidad, acudía diariamente a pie.

Sus biógrafos dicen de Fleming que era un alumno aplicado, disciplinado, observador y sobresaliente por su habilidad en los deportes.

Mientras tanto la peste de la pobreza seguía azotando en Abaurrea y en casa de los Iribarren Arrese.

“La vida era muy difícil en España, había mucha pobreza y más que eran 10 hermanos…”, me cuenta Cristina, de vuelta a su casa en Sabinas, Coahuila, Don Feliciano había estudiado solamente hasta tercer año de primaria.

“Pero fue una persona muy inteligente y hablaba dos idiomas que es el español y el eusquera”, dice Cristina.

Dejando la tierra natal

Cuando tenía 20 años, a principios de 1916, Iribarren marchó de Abaurrea con algunos de sus hermanos a buscarse la vida en América, que entonces era para los europeos la tierra de la promisión y de la esperanza.
La despedida con sus padres, sus hermanos más pequeños y su novia, Susana de Machingo, fue triste.

Antes de la partida su abuela Juana María le había dado a Feliciano un regalo que jamás olvidaría.

Era una bolsita, como de seda, color verde aceituna y estas palabras:

“Le dijo que cuando regresara a España se la llevara llena de dinero. Que nunca volviera ni pobre ni viejo. Pienso que ella le dio a entender que tenía que triunfar en América”, dice Cristina.

Feliciano no volvería más a Abaurrea. Para entonces, Sir Alexander Fleming, que había migrado a Londres, cumplidos 14 años y estudiado comercio en el Polytechnic School; y luego la carrera de medicina en el Saint Mary’s Hospital, gracias a una pequeña herencia que le dejó un tío soltero, era ya un investigador eminente en el campo de la microbiología.

Por aquella época las enfermedades más temidas eran las infecciosas.

“Una de las enfermedades que más incidía, que más problemas daba, era la sífilis. Una enfermedad de transmisión sexual que tenía sus complicaciones tanto en deformidades a nivel de huesos; infección a nivel del área genital o incluso a nivel del sistema nervioso central, o sea meningitis”, me explica Omar Humberto Castañeda Renderos, médico internista, oncólogo, jefe de la Unidad de Quimioterapia Ambulatoria del Hospital Universitario de Saltillo y maestro de la materia de Farmacología en la Facultad de Medicina de la UAdeC.

El 6 de agosto de 1906, el día de su cumpleaños 25, Fleming empezó a trabajar en el Departamento de Inoculación del Saint Mary’s Hospital, donde pasaba jornadas de 16 horas.

Allí permanecería el resto de su vida, desarrollando fructíferas investigaciones.

Quien iba a decir que un dependiente de muebles en Inglaterra se convertiría en un científico de renombre.

En 1914, tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, Fleming fue comisionado, junto con la plana mayor del Departamento de Inoculación del Saint Mary’s, a un hospital de guerra en Boulogne, Francia, para estudiar sobre las heridas de guerra y desarrollar posibles terapias de curación contra las infecciones de combate.

Otra tarde platico de Fleming con Gerardo de Jesús Sosa Santillán, doctor en microbiología y profesor investigador de la Facultad de Ciencias Químicas de la UAdeC.

“En la Primera Guerra Mundial no existían los antibióticos y muchas bajas fueron por las infecciones posteriores a las heridas”.

De vuelta a Londres, terminada la guerra, Fleming publicó una serie de artículos con el resultado de sus hallazgos en Boulogne, trabajos que lo situaron como uno de los más experimentados bacteriólogos del momento.

Hacia 1918, en las postrimerías de la guerra, se había presentado en el mundo una epidemia de gripe, quizá la más grave de todas las conocidas de esta enfermedad, que dejó entre 15 y 20 millones de muertos.
Entonces Fleming lamentó que no existiese un remedio milagroso con qué combatirla.

“Antes del descubrimiento de la penicilina cualquier persona que sufriera una herida, por más pequeña que fuera, estaba en riesgo de muerte, por la infección que se provocaba. Antes de las penicilinas, las cirugías eran un riesgo tremendo de muerte porque las heridas se infectaban.  La gente moría por una gripa mal cuidada, moría por una infección estomacal”, me cuenta el doctor Gerardo de Jesús Sosa Santillán.

Don Feliciano y su viaje a América

El 19 de mayo de 1916, Feliciano Iribarren se embarcó en Burdeos, Francia, con destino a Nueva York y de ahí a Modesto, California, en el oeste americano, donde se dedicaría al oficio que había aprendido de su padre cuando niño en su natal Abaurrea: la crianza de ovejas.

“En esa época, del norte de España, en Navarra, dos mil 17 habitantes emigraron a Argentina y muchos a Estados Unidos, al oeste americano, que es California, Nevada, Hubo mucha migración a México, Paraguay, papá prefirió California, Los vascos siempre se han distinguido por ser los mejores ovejeros y en todo el oeste americano se dedican a la cría de ganado lanar”, dice Cristina.

Al cabo de cinco años, por azares de la vida, dice su hija Aída Araceli Iribarren “Chely”, Feliciano se mudó a México, concretamente al mineral de Agujita, municipio de Sabinas, en la Región Carbonífera de Coahuila.
Allí, él y su hermano Domingo, abrieron una panadería, con el dinero que habían ahorrado de ordeñar vacas y criar borregas en Modesto, California.   

“Siempre dijo que los vascos son los mejores ovejeros del mundo”, dice Cristina.

A la vuelta de los días y los años, don Feliciano Iribarren se hizo con las tierras de la antigua Hacienda Milmeña, en San José de Aura, municipio de Progreso, Coahuila, y estableció allí dos ranchos con 22 mil o 23 mil cabezas de ganado lanar.

Entonces Feliciano bautizaría a uno de sus ranchos con el nombre de “Los Pirineos”, en añoranza a las recias montañas situadas en la frontera entre Francia y España, donde pasó su niñez y juventud.

Era 1926.

Recuerdo de España... siempre presente

Feliciano se había puesto a radicar en Sabinas.

“Jamás olvidó a su amada tierra ni a sus gentes, - dice Cristina -, Nunca regresó porque no quería dejar el rancho, por eso fue, pero siempre estuvo en contacto económicamente con ellos, por cartas y cartas y les regalaba dinero. No los olvidó”.

En cambio Fleming visitaría España en 1949 y emprendería una gira por distintas ciudades como Barcelona, en cuya universidad fue nombrado Doctor Honoris Causa, Andalucía y Madrid.

Entonces Fleming era ya el subdirector del Departamento de Inoculación del Saint Mary’s Hospital, y gozaba de una situación económica holgada que le permitía no tener que preocuparse en adelante por la plata.

La vida le había sonreído.

A miles de kilómetros de distancia don Feliciano, que era lector insaciable de periódicos, seguía con interés, en El Porvenir de Monterrey, las hazañas del científico.

Su descubrimiento de la lisozima, una sustancia natural presente en ciertos fluidos, secreciones y tejidos del cuerpo, (moco, lágrimas, saliva, leche, suero sanguíneo), capaz de matar ciertos microbios, había dado la vuelta al mundo.

Don Feliciano no era muy alto, de nariz grande, la típica nariz de los vascos, ojos azules, mentón saliente, orejón, que le gustaba vestir de sombrero y bailar jotas españolas.

“Había una boda o algo y ya sabía todo mundo. Decía mi papá ‘de casualidad traigo aquí las castañuelas’, y comenzaba a bailar la Jota. Hay una Jota aragonesa que se llama ‘La Madre del Cordero’ y él la bailaba, siempre traía sus castañuelas”,¿Cómo era de temperamento?

Explosivo, pero demasiado bueno, se enojaba por cualquier cosa y a los cinco minutos se calmaba, te decía ‘ya sabes que me enojo, pero te quiero mucho. Ya, ya, ya. Ya pasó todo’. Era muy alegre.

Dice Cristina y me enseña una fotografía de don Feliciano vestido de corbata, camisa blanca, pantalón de casimir, zapatos relucientes, bailando la Jota con sus castañuelas en las manos.

Y yo recuerdo haber leído en alguna parte que Fleming era un gran tirador y apasionado de la pintura, la natación, el polo acuático, el golf y el snooker, una complicada variante del billar.

“Muchos probablemente no habrían reconocido a un Fleming que acudía a las fiestas de carnaval del Chelsea chirigoteramente disfrazado de negro o en compañía de su colega el doctor Porteus, vestidos ambos de chiquillas”, dice José Camacho Arias, en su libro “La prodigiosa penicilina”.


Trabajador y religioso

Un día en la vida de Feliciano era así: levantarse a las 3:00 ó 4:00 de la mañana, almorzar en el “Casa Blanca” de Sabinas, asistir a misa, cosa que hacía casi a diario, y de ahí a trabajar en sus ranchos.

“Veía que nos levantábamos a las 8:00 de la mañana y nos decía: ‘levántense flojos, mi hermana Francisca Iribarren ya andaba cuidando las borregas en California a las 5:00 de la mañana y ustedes todavía están acostados’, era su refrán de toda la vida, ‘yo no quiero gente floja’”, dice Cristina.

Hombre desprendido, filántropo, era don Feliciano, que acostumbraba obsequiar un novillo  a los presos de la cárcel distrital todas las navidades y ayudar al sostenimiento del asilo de anciano.

“Hacía unos lonches de huevo con jamón, envueltos en papel periódico. Íbamos para el rancho, miraba gente sobre la carretera y se paraba y les daba ‘tenga’. Siempre se paraba a darle un lonche  a la gente”, dice Javier Iribarren, uno de los hijos de  Feliciano.

Don Feliciano Iribarren era piropeador, tenía ojos para las mujeres.

“Era muy piropeador, como todo español, pero piropeador. Hasta a los señores guapos les decía, ‘qué guapo eres, qué  buen mozo’, como decían en España. A las muchachas a todas las piropeaba”, dice Cristina. “Aunque estuvieran feas”, suelta Aída Araceli “Chely” y nos carcajeamos.

El prodigioso descubrimiento

Corría el año de 1928 cuando don Feliciano Iribarren Arrese se enteró por los periódicos de un suceso inaudito, insólito, extraordinario:

El descubrimiento de la penicilina por el sabio científico escocés Alexander Fleming.

Ocurrió cuando unos cultivos de estafilococos que Fleming había dejado en el laboratorio, antes de irse de vacaciones de verano, se contaminaron con un hongo llamado penicillium notatum.
A su regreso en septiembre, Fleming observó que alrededor del moho se habían formado zonas circulares en las cuales no se detectaba presencia de bacterias, un hallazgo que décadas después revolucionaria la medicina de siglo XX.

“Fleming tuvo la visión de investigar más allá porque a lo mejor otro en su lugar simplemente hubiera desechado esa caja de cultivo como una contaminación, ‘ya no me sirve, la tiro’, pero a él le llamó la atención eso y empezó a investigar más y fue cuando llegó a la conclusión de que ese tipo de hongo podía producir algo, evitar el crecimiento de esas bacterias”, dice Gerardo de Jesús Sosa Santillán, doctor en microbiología y profesor investigador de la Facultad de Ciencias Químicas de la UAdeC.

Millones, o quizá billones, de personas en el mundo se salvaban de morir de diversos tipos de  enfermedades causadas por bacterias, que se consideraban incurables o muy difíciles de sanar, gracias a la penicilina.
“La medicina evolucionó mucho, el nivel de vida se incrementó en la población y por eso se considera a Fleming un héroe”, dice Sosa Santillán.

Por su descubrimiento Fleming recibió en 1945 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, que compartió con el patólogo británico de origen australiano H. W. Florey y el químico británico de origen alemán E.B. Chain, los científicos que lograron aislar y producir el antibiótico.

Hoy Fleming es considerado uno de los 100 hombres más importantes del siglo XX.

“Admirado por el mundo entero, Fleming, continuó siendo un modesto investigador científico y desdeñaba su proeza declarando que había hecho su descubrimiento gracias a la suerte: ‘no hice nada. La naturaleza hace la penicilina, yo sólo le encontré’”, se lee en el libro biográfico “Cien grandes científicos”.

Después del Nobel, el monumento

Feliciano había quedado maravillado, encantado, con tal descubrimiento y decidió que le pondría un monumento a Fleming a las afueras de su rancho “Pirineos”, a orillas de la carretera 57, en el tramo que va de Monclova a Sabinas, Coahuila.   

Y es eso es todo.  

“La gente ha murmurado mucho que fue por una enfermedad infecciosa de papá. Yo pienso que fue un testimonio de amor y de gratitud hacia Fleming”, dice Cristina.

Aunque en marzo de 1978 Feliciano Iribarren declaró a la famosa Revista Impacto que durante 18 meses había padecido una enfermedad infecciosa crónica. Habiéndose sometido a infinidad de tratamientos médicos sin resultados satisfactorios, Feliciano prometió erigir un monumento a la persona que lograra curarlo. Se aplicó entonces varias dosis de la sustancia descubierta por Fleming, la penicilina, recobrando casi enseguida la salud.

Años después Feliciano hubo de cumplir su promesa.

Diferentes versiones de los motivos del homenaje

Rufino Iribarren Moreno, hijo de don Feliciano, médico especialista en cirugía plástica, dice que sobre esta historia hay varias versiones:

“Una que me comentó el doctor Julio Scheib, un médico de Sabinas, era que mi papá tenía una pielonefritis, (infección del riñón), y que fue curado con ese antibiótico que fue traído de Estados Unidos por la ruta de Laredo. Y la otra que me contó el profesor Óscar Flores Tapia, era que mi papá le había comentado a él que un hermano mío había estado gravemente enfermo y que se había salvado con el uso del antibiótico. Obviamente que la presencia de esta escultura, como una forma de agradecimiento al trabajo del doctor Alexander Fleming, pues puede estar sujeta a interpretaciones de carácter humorístico, relacionadas con las enfermedades venéreas, pero realmente el agradecimiento y reconocimiento a la labor de un gran hombre no tiene discusión”.

En 1962 el busto de cemento, obra del fotógrafo y escultor sabinense Dámaso Rodríguez, quedó instalado, sin ceremonia ni acto protocolario alguno, en mitad del desierto, en medio de la nada con unas placas que decían.

“Viajero, este monumento se dedica a la memoria del doctor Sir Alexander Fleming, gloria de la ciencia médica, descubridor de la penicilina y benefactor de la humanidad, a quien se le rinde este homenaje de gratitud. Abril de 1962”.

A Gerardo de Jesús Sosa Santillán, doctor en microbiología y profesor investigador de la Facultad de Ciencias Químicas de la UAdeC  se le hizo raro cuando se le conté:

“Puedo decirle que para mí los grandes héroes de la ciencia son Darwin, Pasteur y Mendel, pero no me nace decir ‘voy a poner un monumento para ellos tres’. No tenemos esa cultura de glorificar a los científicos, glorificamos a los deportistas, por ejemplo, y debe de haber más esculturas de deportistas que de científicos”.

Las otras obras que honran a Fleming

Hoy la escultura de Fleming, colocada en el rancho “Los Pirineos” de Coahuila, es quizá la única en toda Latinoamérica, hecha por un particular.

Por supuesto que en el mundo hay otras más, como la de la plaza de toros de las Ventas, en Madrid, con la que los toreros agradecían a Fleming su descubrimiento de la penicilina, porque hasta entonces muchas cogidas eran mortales, debido a la posterior infección séptica.

O como la de Puertollano, mandada hacer por los mineros como símbolo de gratitud a Fleming porque hasta antes del descubrimiento de la penicilina cuando se accidentaban las manos o los pies terminaban amputados por las infecciones.

Al mediodía del 11 de marzo de 1955 murió Sir Alexander Fleming, víctima de un colapso cardiaco en su casa de Chelsea, Londres.

23 años después, el 28 de marzo de 1978, el vasco Feliciano Iribarren Arrese, falleció de una embolia, en un hospital de Nueva Rosita, Coahuila.

Tenía 82 años.

“Cuando ya lo veía muy malito, muy enfermito, le decía ‘papá te tienes que aliviar. Vamos a poner el monumento de Fleming muy bonito y vamos a poner muchas flores’, y nada más levantaba la mano, como que aceptando”.

La relación epistolar con su familia española

Cristina me muestra algunas de las cartas que mandaba su abuelo, Telésforo Iribarren, desde Navarra, España a sus hijos, exiliados en América. Feliciano su padre se las regaló, antes de su muerte, dentro de una castaña.

Eran 250 cartas, pero la mayoría se perdieron tras la inundación que dejó en Sabinas el huracán Alex en 2010.

El agua había irrumpido en casa de Cristina a más de un metro de altura.

“Eran unas cartas muy tristes, porque el abuelo les decía que todos los días salía a Los Pirineos, o sea a las montañas navarras, para ver si veía venir a uno de sus hijos de América. Les mandaban decir de la muerte de la abuela Fernanda, de todas las novedades de allá, de los que se casaban, les preguntaba que cómo estaba México, que a qué se habían dedicado, que cuánto ganado tenían, que le mandaran unos guantes de piel, una chaqueta. Eran cartas muy hermosas las que les escribía en 1922 que me da mucho sentimiento, porque cuando la inundación de Sabinas en el 2010 se perdieron todas. Fue muy triste para mí, yo recogiendo todo, me las ponía en el corazón, porque se me había ido una parte de mí, de tanto que había querido a papá y de tanto que me había platicado”, dice Cristina y llora.

¿Usted las leía?

Mmmm todas. Me decía papá, calla mujer, ya no las leas que me haces llorar.   

Con una obra, luchar contra el paso del tiempo

Una mañana nublada estoy con Javier Iribarren, hijo de Feliciano, en el rancho “Pirineos”, ante el monumento tipo obelisco de Alexander Fleming, que a golpe de vista parece como abandonado, olvidado, descuidado.
Javier me está contando que hace ya varios años se robaron de aquí las placas de bronce y unas adelfas que la familia había sembrado alrededor para adornar el sitio.

Mientras contemplamos el monumento veo a los perros del rancho correteando por el obelisco de Fleming, sobre el que manos sacrílegas han inmortalizado su amor a punta de plumón “Sara y Víctor”.

¿Nada que ver con la penicilina?, pienso.

“Mi papá quería invitar al embajador inglés para que viniera a ver el monumento a Fleming, pero como que nunca se pudieron contactar”.

Dice Javier que hasta hace algunos años, durante la administración de Carolina Morales Iribarren, ex alcalde de Sabinas, se realizaba aquí un homenaje en honor a los galenos del pueblo todos los 23 de Octubre, fecha en que se celebra el “Día del Médico” y curiosamente el nacimiento de don Feliciano, pero que ya no…

Y la única vez que se efectuó un acto oficial con autoridades y toda la cosa, fue cuando se reinauguró la escultura, tras ser removida para la ampliación de la carretera 57, en tiempos del ex gobernador Enrique Martínez.

Entonces, no sé por qué, recuerdo la charla que tuve con el médico internista y oncólogo Omar Humberto Castañeda Renderos:

“Alexander Fleming está así como que… un poquito olvidado por la historia, aunque su contribución fue muy grande…”.


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Flemming en el desierto

Feliciano Iribarren nació en un pueblito en medio de las Sierras Navarras, en España, sin embargo siempre será recordado por un legado que dejó en medio del desierto coahuilense...



No podemos negar que nos incomoda el gratuito intercambio de los gentilicios vasco y español a lo largo del texto, pero bueno, ese es precisamente uno de los objetivos de este blog, lograr que la gente entienda el diferencial vasco.






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