jueves, 29 de septiembre de 2016

Retratando el Alma Vasca

Todo mundo ha leído acerca de la aportación vasca a la fotografía por parte de Louis Daguerre y sus daguerrotipos.

Louis era hombre, pero hay una precursora vasca de gran importancia y, por ser mujer, ha sido relegada al olvido, como es costumbre.

Para restañar un poco esa herida en la historia de neustro pueblo, les presentamos este interesante reportaje publicado en Deia:

Eulalia Abaitua: la retratista del alma vasca

Dos exposiciones recuerdan estos días en Getxo y Bilbao a Eulalia Abaitua, la primera fotógrafa vasca. Maite Jiménez, autora de su biografía, repasa para DEIA la figura de esta pionera que plasmó con una mirada sensible y espontánea a las gentes y lugares de la Euskal Herria de 1900

Leyre Eguskiza

Tres mujeres frente al mar. A su lado, las estatuas de una sardinera y un arrantzale que velan por ellas. Ese mar, y sus gentes, tantas veces capturados por el ojo de Eulalia Abaitua (Bilbao, 1853-1943), que trazó a través de la fotografía un rico y complejo mapa visual del modo de vida y las costumbres vascas de principios del siglo XX.

La fotografía de gran formato Madre e hijas, perfil de edades recibe estos días a quienes se acercan al Puerto Viejo de Algorta. A su lado, seis instantáneas más -y una proyección audiovisual-, con las que el festival Getxophoto, en colaboración con el Museo Vasco, recuerda a la considerada por los historiadores como la primera fotógrafa vasca. Bajo el título Orain 100 Urte (Hace 100 años), la exposición viaja un siglo atrás para mostrar algunos de sus trabajos más representativos y además establecer “un diálogo entre la contemporaneidad y ese tiempo pasado del que ella fue testigo en primera persona”, desvela Maite Jiménez Ochoa de Alda, técnica del Museo Vasco y autora de numerosas publicaciones sobre la figura de Eulalia Abaitua.

A tan solo una decena de kilómetros de la localidad costera, en pleno corazón de su amado botxo, el Museo Vasco muestra desde ayer y hasta el 29 de enero otra faceta del trabajo de esta artista bilbaina. Un nuevo diálogo o, mejor dicho, dieciséis nuevas conversaciones tejidas con otras tantas escritoras vascas que han puesto voz (e incluso música) a imágenes inéditas en las que Abaitua congeló muchos de los paisajes de la geografía vizcaina, ahora casi irreconocibles.

Una temprana pasión

Estas dos exposiciones, coincidentes en el tiempo, rinden homenaje a una auténtica pionera de la fotografía que nació un 25 de enero de hace 163 años en Bilbao, bajo el nombre de María Elvira Juliana. Tras el fallecimiento de su madre, la familia comenzó a llamarla Eulalia en memoria de su progenitora, un cariñoso apelativo que la acompañaría durante el resto de su vida. Comenzó entonces a forjarse la personalidad de “una niña con mucho carácter” que desde sus primeros años estuvo estrechamente ligada a la fotografía. “La primera imagen que conservamos de ella es de cuando tenía unos cinco o seis años; por tanto, desde pequeña ya mantenía contacto con la fotografía, algo no muy común en aquella época”, explica Jiménez.

Otro de sus posteriores recuerdos fotográficos data de la época de estudiante en el colegio barcelonés del Sagrado Corazón de Jesús de Sarrià, donde la retrató un artista francés. Unos años más tarde, la familia Abaitua trasladó su residencia a Liverpool, dando inicio a una época que marcaría la vida de Eulalia. En esa ciudad contrajo matrimonio con Juan Narciso de Olano y Picavea de Lesaca, y allí mismo fue donde parece entró en contacto con la fotografía, adquiriendo los aparatos y aprendiendo las técnicas que más tarde aplicaría. “Es una de las hipótesis que se barajan. Pero lo cierto es que no se sabe, y no sé si nunca lo sabremos, de dónde le vino el gusanillo de hacer fotos porque no dejó documentado nada al respecto”. No obstante, resulta fácil imaginar a una Eulalia Abaitua fascinada por el mundo fotográfico que por aquel entonces bullía en las tierras inglesas.

Dejando Liverpool atrás, el matrimonio y sus cuatro hijos regresaron a Bilbao alrededor del año 1878, donde construirían y fijarían su residencia. En la que fuera Anteiglesia de Begoña, junto al santuario, se erigía el Palacio del Pino en cuyo sótano Eulalia instaló el laboratorio fotográfico que le permitió disfrutar de una de sus grandes pasiones.

Sencillez y sonrisas

Su cámara, fiel testigo del convulso periodo histórico que vivió, inmortalizó el día a día de un tiempo de entreguerras, de un Bilbao cada vez más industrial y de la transformación que sufrió la Euskal Herria más rural. Con una especial predilección por el retrato, en su trabajo abundan las imágenes familiares ligadas a la vida privada y aquellas que reviven el recuerdo del mundo rural y urbano vascos de 1900. Bilbao, los dos márgenes de la ría, los puertos de Lekeitio y Mundaka, la playa de la Concha... Postales de mar y tierra en las que los protagonistas, gente humilde y en muchos casos anónima, destilan fuerza y naturalidad: “En las fotografías se aprecia una sencillez rozando con la pobreza que es terrible, pero al mismo tiempo transmiten una paz interior... llama la atención que en muchas de ellas te encuentras una sonrisa de su protagonista, y es algo precioso”.

Esas mismas sonrisas y la sencillez que emana de la atmósfera creada por Abaitua cautivaron al fotógrafo Alberto Schommer, que la definió como “un ojo sensible que ama a su pueblo y se dedica a interpretarlo”. Sus campesinas, lavanderas, sardineras, lecheras, celebraciones de procesiones y fiestas... En todas permanece grabada la peculiar mirada de esta fotógrafa amateur, “una auténtica antropóloga visual”, como la define Jiménez, “cuyo principal propósito era hablar a través de sus fotografías”.

Un extenso legado

Durante años recorrió en innumerables ocasiones una ría salpicada de embarcaciones, de la que brotaba la vida a borbotones, pero también quiso fotografiar los recovecos de su querida Begoña y se dejó deslumbrar por el encanto del Valle de Arratia, el tercero de sus paisajes predilectos. Estos centenares de recuerdos vieron la luz por primera vez en 1990, cerca de cincuenta años después de la muerte de Eulalia Abaitua. Fue entonces cuando el Museo Vasco organizó la primera exposición temática dedicada a la autora bilbaina. En ese caso, el eje central fueron las mujeres vascas, cuya presencia resulta realmente significativa a lo largo de su trayectoria artística.

Tras ella llegaron las dedicadas a los temas de la ría (Imágenes de otro tiempo), los retratos (Miradas del pasado), Begoña (República y Santuario) y la familia (Senitartea - La Familia). En 2010, coincidiendo con la publicación de su biografía, se mostró una pequeña recopilación del extenso legado que actualmente el Museo reúne entre sus fondos: unas 2.500 instantáneas que allá por la década de los 80 los descendientes de Eulalia Abaitua decidieron ceder. “Se pusieron en contacto con nosotros porque eran conscientes del valor de lo que tenían guardado y vimos que era un tesoro, una joya de valor incalculable”, se felicita la técnico del Museo bilbaino. Ahora, más de un siglo después de su nacimiento, su obra vuelve a ver la luz y Eulalia vuelve a hablar en sus fotos. 






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