domingo, 18 de diciembre de 2016

Hegoalde al Margen de la UE

Como blog de izquierda quienes participamos en la elaboración del mismo vemos con requemor ese ejercicio orwelliano denominado Unión Europea, sobre todo por la clara inclinación de dicha estructura supraestatal a los preceptos del imperialismo neoliberal.

Por eso nos son indiferentes las amenazas por parte de la casta política borbónico franquista que establecen que de ganarse una hipotética independencia la resultante república vasca quedaría fuera de la UE.

Establecido lo anterior, les compartimos este texto dado a conocer por Deia:


Iñigo Bullain

Los pueblos que se han organizado como una nación democrática se han configurado en Estados. Otros que no cuentan con un Estado propio y que, como el vasco, tampoco han sido reconocidos como nación en el interior de un Estado, en nuestro caso en el interior de España o Francia, hacen frente a la globalización en precario. Pero en el marco de la Unión Europea la cuestión política relevante no es tanto el ser reconocido como nación sino contar con instrumentos asociados al Estado, fórmula que posibilita a una nación ser un sujeto político relevante y tener visibilidad y participación internacional.

Sin embargo, y hasta la fecha, el autogobierno vasco está desconectado de la UE y en el sistema de gobernanza europeo ocupa una posición marginal. La autonomía vasca se configuró antes de la adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea y desde entonces no se ha actualizado. Hace tres décadas que formamos parte de la UE, pero el Estatuto de Autonomía de Euskadi, como el de Nafarroa, no se ha reformado para adaptar el autogobierno al marco jurídico-político de los tratados europeos. Aunque muchas de las materias autonómicas se comparten con las instituciones europeas, la posición vasca en el proceso de decisión comunitario es periférica. Las instituciones vascas no cuentan en Europa con representación propia y solo puntual y esporádicamente tienen presencia y representación institucional. No hay una circunscripción vasca en las elecciones europeas; la presencia en el Consejo de Ministros es testimonial y el Comité de las Regiones es un órgano meramente consultivo. Al interior del Estado, la participación en asuntos comunitarios es irrelevante. Las instituciones vascas se ocupan básicamente de dar aplicación a normas y políticas europeas en cuya elaboración apenas han participado.

Dado que la democracia funciona en el ámbito de los Estados-nacionales, el carecer de un Estado (propio) significa que la población vasca solo dispone parcialmente de un espacio democrático (propio). En el marco autonómico la democracia vasca solo se puede ejercer como criterio de decisión política en relación a las materias de competencia autonómica, e incluso en esos ámbitos solo de manera provisional, ya que se encuentran sometidos a la tutela de diferentes órganos del Estado (español). En las materias que se comparten o que dependen del Estado (español), la voluntad política dominante no es la vasca. El autonomismo adolece de una debilidad sistémica que además está agudizada por el tutelaje al que le somete la recurrente intervención del Estado (español) que siempre tiene la última palabra.

Una continua intervención normativa y jurisdiccional ha precarizado la autonomía vasca. Un sistema de poder en donde al nacional-constitucionalismo le basta con recurrir a la interpretación del Tribunal Constitucional, cuya configuración controla, para validar incumplimientos estatutarios, invadir o negar competencias y/o recortarlas. Los señores de la constitución española cuentan con sólidas mayorías para que la legislación estatal desborde a la autonómica y el Ejecutivo central dispone de un vasto arsenal normativo para disciplinar la autonomía. La experiencia estatutaria, acumulada durante décadas, demuestra que el ámbito competencial vasco ha sido frecuentemente corregido conforme a la voluntad de la España española, donde reside la mayoría del electorado que es la fuente democrática de la legalidad estatal. En todas las materias que no sean de su exclusiva competencia, la voluntad del electorado vasco es suplantada por voluntades ajenas. Bien por la voluntad española, mayoritariamente castellana y andaluza, o bien europea, en las numerosas materias que se comparten con la UE.

Además, al no contar con un Estado propio, la visibilidad de Euskadi en la sociedad de naciones es reducida y su capacidad de negociación frente a los actores corporativos está limitada. En la globalización neoliberal, el poder público de los Estados se ha reducido y privatizado en favor de grandes corporaciones transnacionales. El dominio económico que ha alcanzado el capitalismo financiero significa que los bancos de inversión han asumido una posición hegemónica y que para el capitalismo corporativo la especulación bursátil o en los mercados de futuro se ha convertido en la fuente más importante de beneficios. Un contexto en el que la falta de una estatalidad propia y la invisibilidad vasca que procuran la diplomacia estatal española y francesa acarrea grandes costes. Porque en el triángulo de relaciones: estados-corporaciones-organizaciones internacionales en donde gira el eje de la sociedad mundial globalizada, Euskadi, que no cuenta con un Estado, no tiene presencia en organizaciones internacionales ni tampoco tiene grandes corporaciones. Las más importantes, BBVA o Iberdrola, son vascas solo a efectos fiscales y MCC, Kutxabank o Petronor no alcanzan ni de lejos un tamaño asimilable al de las cien más grandes según su cotización en Bolsa. Ninguna de las quince empresas vascas que cotizan en el Ibex-35 figura en una lista copada por empresas de Estados Unidos. Solo Viscofan, líder en envolturas comestibles para productos cárnicos; Tubacex, segundo productor mundial en tubos de acero inoxidables sin soldadura; o CAF, en ferrocarriles; figuran en el top ten de sus respectivos sectores.

Ahora, cuando parece que se va a acometer un proceso de reforma del autogobierno, la experiencia acumulada durante décadas permite afirmar que la autonomía vasca se caracteriza por los siguientes rasgos: debilidad frente a las instituciones centrales, desconexión con la Unión Europea, invisibilidad internacional y bloqueo a la voluntad mayoritaria de renovar y aumentar el autogobierno. Me gustaría estar equivocado y que el proceso de reforma estatutaria fuera un éxito, pero a mi juicio resulta muy dudoso que una mera reforma autonómica sirva para corregir esos defectos. La experiencia catalana demuestra que los límites constitucionales bloquean la posibilidad de una mejora sustancial del autogobierno y que tanto la voluntad parlamentaria española como la interpretación jurisdiccional han sido barreras infranqueables. Confiar en que desde Madrid no se impulse un cepillado constitucional a lo acordado en Euskadi, en que se vaya a aceptar la bilateralidad o a establecer garantías judiciales que protejan frente a la desautonomización normativa, me parece una fantasía. Además, no termino de entender por qué Euskadi debiera renunciar a asumir determinadas competencias u obligarse a compartir otras. No creo que fueran a administrarse peor por las instituciones vascas ni que la voluntad política mayoritaria en la España española deba prevalecer sobre la de la ciudadanía vasca. Compartir materias con España o reservar otras en favor de las instituciones centrales del Estado significa asumir que los criterios del PPSOE, mayoritarios en España, tendrán que ser incorporados por Euskadi y servirán para orientar las políticas vascas. Y no veo las ventajas en desautorizar la voluntad de la ciudadanía vasca que se expresa con mayorías políticas diferentes. La virtualidad del modelo autonómico tanto en el marco europeo como en la globalidad es hoy muy escasa, en particular cuando su aplicabilidad depende de la voluntad de un Estado que, como el español, lo emplea como un recurso para minorizar a otras naciones y sus ciudadanos.






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