jueves, 28 de marzo de 2019

La Bomba en el Bar Lacalle

Para los que piden suelos éticos e incluso se atreven a perpetuar un componente del conflicto que ya no existe mientras hipócritamente culpan a una institución de no haber hecho más utilizando para ello de forma artera a una casa de estudios, les presentamos este reportaje acerca del terrorismo de estado español en suelo vasco, mismo que llega a nosotros desde las páginas de Naiz:


Hoy se cumplen 40 años del ataque con bomba contra el bar Lacalle de la calle Jarauta de Iruñea. Este sábado, a las 19.00, tendrá lugar un acto de recuerdo en la placica frente a la que se encontraba el local, que hoy alberga al bar Aitzina.

Martxelo Díaz

Joxe Lacalle es conocido por haber sido fotógrafo de “Egin”. Pero previamente regentó el bar Lacalle de la calle Jarauta, un lugar referencial para las personas abertzales y de izquierdas de Nafarroa. El 27 de marzo de 1979 el bar fue objeto de un ataque con bomba.

Apenas siete meses antes se habían registrado los sanfermines de 1978, con la muerte de Germán Rodríguez. Lacalle recuerda que en este contexto ya sufrieron un ataque en el bar. «Después de los sanfermines de 1978 ya tuvimos un ataque de los Guerrilleros de Cristo Rey en el bar. Rompieron todas las puertas, entraron con piedras y botes de humo, con cadenas en la mano, alguna pistola, encapuchados, … Nos dieron muchas hostias. Aquellos botes lacrimógenos tenían el sello del Ejército. Ya sabíamos que algún miembro de Guerrilleros de Cristo Rey andaba en el Ejército», explica.

Lacalle relata cómo descubrió la bomba que le colocaron en su establecimiento. «El 27 de marzo de 1979 era martes. Serían alrededor de las once. Había llevado al hijo mayor a la ikastola. Mi mujer y yo éramos quienes nos ocupábamos del bar. En el establecimiento había cinco amigos míos, cinco jarauteros. En eso, entró un hombre alto, con gafas y bigote, que me dio mala espina. No me gustaba su pinta. Se puso cerca de la puerta del wáter. Me pidió un clarete con gaseosa. Se lo bebió de un trago. Casi sin dejar la botella, me pidió otro. Le puso el segundo. Me preguntó cuánto valía y me dejo 25 pesetas para cobrar los dos vinos, que eran 16 pesetas. Me volví a la caja registradora para cobrarle y en ese momento se metió al water. Tardó un buen rato en salir. En la barra estaban las vueltas y medio vaso de vino. Salió zingando del water y del bar. Era raro porque se dejó las nueve pesetas de vuelta. Poco después apareció mi mujer con dos de mis hijos y yo oía que de la cisterna del water salía agua. Me asomé y desde abajo vi una bolsa de plástico blanca. Cogí una banqueta, me subí y abrí la bolsa. Vi que había cables, que eran rojos y amarillos, y una especie de reloj. También había algo más debajo pero ya no mire más. Pegué un brinco y saqué escopeteado a mi mujer y mis hijos de allí. También saqué a los clientes diciéndoles que creía que habían puesto una bomba. Uno de ellos, Antonio Zugarrondo, aún se volvió y se metió en el water a mirar. ‘Antonio, sal de una vez’, le dije».

Posteriormente le tocó llamar por teléfono a la comisaría para avisar de la colocación de la bomba. «Al lado del bar había entonces una pescadería, con una mujer que se llamaba Sofía, a la que le pedí que me dejar llamar por teléfono. Llamé al 091 para decirles que vinieran al bar porque pensaba que me habían puesto una bomba. Me preguntaron que cómo sabía que era una bomba. Les dije que me parecía que era una bomba, que yo no entendía de eso. -‘¿Y dónde es?’, me preguntaron. -‘En el bar Lacalle’. -‘¿Ese que tiene una ikurriña grande puesta en la pared?’ -‘Ese mismo. Ya saben ustedes dónde es’».

«A los tres cuartos de hora o una hora vinieron dos policías de paisano. Abrí la puerta del water y salieron corriendo al ver la bolsa. Empezaron a cerrar la calle. Luego ya vinieron uniformados, entonces eran marrones, y el jefe del Tedax. Me preguntaban por la luz y el gas. Entró al bar y me preguntó si había gente en las casas de arriba porque me confirmó que era una bomba. Debía tener alguna trampa, más vale que no la toqué. Le dije que tenía a mi hijo pequeño en la cuna en el cuarto piso y me dijo que lo sacara. Subí y lo bajé envuelto en una manta», prosigue.

«A la mujer le metieron en el bar Ongi Etorri, que estaba un poco más adelante. A mí me llevaron donde está la puerta de las Dominicas. Tenía cuatro policías de los marrones delante. También cerraron el otro extremo de la calle y no dejaban pasar a nadie. Estando allí fuera, hacia los dos y media, reventó la bomba y lanzó una hostia contra la pared de enfrente», añade.

Los momentos de tensión no cesaron tras la explosión de la bomba. «Empecé a gritar. ‘Hijos de puta, hijos de puta, me habéis reventado el bar’. La Policía me decía que me callaría. ¿Pero cómo me iba a callar? No podía callarme. El artificiero me dijo que ya podíamos acercarnos al bar. Se me cayó el alma al suelo. Estaba todo patas arriba. Empezó a acercarse la gente. Me contaron que hubo movilizaciones. Tuve que ir a hacer la denuncia a la calle Paulino Caballero, a la antigua comisaría. Lo primero que me preguntaron era dónde había estado mi padre en la Guerra. Les dije que le preguntaran a él, que yo había venido a poner una denuncia por la bomba del bar porque la ley me obligaba a ello. Les conté toda la historia. Firmé un papel. No sé si me dieron copia. Tenía tanta mala hostia que cuando salí de comisaría en vez de ir para Jarauta iba hacia el lado contrario».

Lacalle se emociona cuando recuerda los momentos de solidaridad que vivió tras el ataque al bar. «Cuando llegué al bar había un montón de gente. Llamé al seguro, no me cubría nada. Llegaron los periódicos, ‘Egin’, ‘Deia’, ‘Diario de Navarra’. La Asociación de Vecinos se implicó muchísimo, abrió una cuenta corriente. En los bares se pusieron cajas de resistencia. El dueño del Iruñazarra, el señor Aparicio, me dio unos dinericos. Comercios pequeños también me llevaron algunos dinerillos. Algunas vecinicas traían huevos o choricicos para que comeríamos. Aquello fue mundial. Empezamos a organizarnos en auzolan. Había pintores, carpinteros, albañiles… A mí me dejaron aparte. Duró todo como unos dos meses. El amplificador estaba reventado, al igual que muchas botellas. Todo se fue arreglando poco a poco. La gente se portó estupendamente. Cuando volvimos a abrir el bar se organizó una txistorrada. Vinieron camareros de otros bares, de la Plaza del Castillo, llevaban chaleco y chaquetilla. Era alucinante. Llevo todo eso en el corazón».

En el otro lado de la balanza, destaca que tras la bomba continuaron las amenazas. «Luego por teléfono recibimos muchas amenazas, diciéndonos que teníamos que quitar la ikurriña. Decían que no representaba a los navarros. Es el mismo lema que dicen ahora. Eso era también lo que decían en la reivindicación de la bomba del bar. Debía ser un grupo del Batallón Vasco Español, según publicó ‘El País’. Me siguieron amenazando más veces. He tenido follones por la noche muchas veces con guardias civiles y policías de paisano. Se presentaban cuando estaba solo. A raíz de eso empecé a notar que unos chavales de Jarrai se quedaban todas las noches conmigo. Me hacían compañía, me ayudaban a recoger el bar, a barrer. Cenábamos los pintxos que sobraban. Me hicieron aprender las canciones de Silvio Rodríguez. ¿Por qué se quedaban? Para hacer guardia conmigo, para protegerme, para que no estuviera solo. En cuanto pasaba algo por Iruñea el fin de semana, que siempre pasaba algo por Lo Viejo, el Lacalle era el primer bar que desalojaban siempre. Con las buenas maneras de siempre, claro. Tuve que acabar aparcando lejos del barrio porque me encontraba las ruedas del coche rajadas todas las semanas. Fueron muchas noches sin dormir».

El bar Lacalle era un referente para mucha gente en la Iruñea de esa época. «Poníamos música euskaldun, El primer disco que compré creo que era de un grupo que se llamaba Argia Taldea. Creo que eran de Donostia. En la cara A eran todo txistus. Eso me llamaba menos la atención. Creo que relacionaba con otros partidos eso de tanto txistu. Pero la cara B eran zortzikos, de Lantz, … era muy bonita. Poníamos esas canciones y se fomaban unas filas de gente bailando que eran acojonantes. Enseguida empezamos a poner a Oskorri, a Gorka Knörr. Los primeros rockeros serían Hertzainak. Dábamos algunos conciertos. Barricada estuvo tocando en el sótano del bar Lacalle antes de grabar el disco. Luego vino el ‘Sarri Sarri’ de Kortatu. Se creaba un ambiente euskaldun en el bar, de gente muy maja. No había solo gente abertzale. También venían trotskistas, anarquistas. Se juntaba un montón de gente interesante».







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