viernes, 12 de agosto de 2016

Egaña | La Banda

Si les ha gustado nuestra publicación donde compartíamos el texto de Marc Pons titulado "El origen de la nación vasca" les recomendamos mucho leer este de nuestro amigo Iñaki Egaña que ha compartido en su cuenta de Facebook:

La banda

Iñaki Egaña
Hay una banda, no sé si precisamente musical, que un día sí y otro también nos atiza con sus interpretaciones de aquello que ha vivido nuestro país en las últimas décadas. Una banda perfectamente organizada que en épocas se nutrió de los fondos reservados y hoy, cuando los tiempos del cólera parecen superados por una de las partes, sorben directamente del erario público.

Una banda que nunca se fue, que trincó a borbotones de planes como el Udaberri, el Zen, para adiestrar a un entorno domesticado, imbuido hoy por los efluvios santísimos de la Virgen de los Dolores o la del Amor, fuente de inspiración del titular del Ministerio del Interior. Una banda que ve en el grafiti de "Romani ite domun" (Romanos, marchaos a casa) de "La vida de Brian", copiado cien veces como castigo por el palurdo Brian Cohen, el origen de su mística misión. Los romanos no pueden retornar a su casa. Porque les pertenece también la ajena.

Los vascos somos un pueblo patológico, cavernícolas sin poder de redención como vociferaban a su minoría en las Cortes españolas cuando aún los quesos se envolvían en papel de periódico, hoy al vacío. Sin remedio, a los que hay que reeducar siguiendo la senda polpotiana, porque tenemos nuestro hipocampo, refugio de la memoria en el cerebro, desarrollado deficientemente, al parecer por una consanguinidad consentida y una instrucción tardía.

Una tendencia que anteayer afirmaba que a Santiago Brouard lo mataron sus propios compañeros, en una disputa entre "txoministas" y "txiquierdistas" (sic), para entrevistar 30 años después con sarcasmo al mercenario Luis Morcillo, el asesino confeso, e insuflarse de autoestima por la trama que "confundió" a jueces y opinión pública.

Una banda que ha recibido para el siguiente curso más de un millón de euros para que pueda concitar un relato oficial, que por mor de las circunstancias que obligan a guardar ciertas formas, ahora se dice "relato definitivo" (sic). Y como se trata de una cantidad relevante en un escenario donde un 28,6% de la población vive en riesgo de pobreza, justifican con eso de que, al parecer, la izquierda abertzale ha lanzado una ofensiva de proporciones gigantescas para "imponer su relato" de un conflicto "inexistente". Ya lo dijo aquel otro ministro del Interior, hoy profesor de Química Orgánica de la Complutense madrileña, supongo que por estas fechas de vacaciones: "ahora toca ganar la batalla del relato".

Una batalla que afecta a la trastienda del abertzalismo. A unos y otros, derechas e izquierdas. Porque no crean que los objetivos de la banda son únicamente los de desmontar los que llaman mitos nuevamente patológicos de la historia combativa del país, desde la lucha de Lemoiz hasta la participación en las milicias antifascistas contra el dictador. El objetivo es anular la letra a quienes llaman a su territorio Euskal Herria. Txabi Etxebarrieta comparte el mismo virus que Sabino Arana, Argala es la reencarnación de Sacamantecas. Los objetivos son los de demostrar que todo lo vasco está infectado de fanatismo y, por ende, lo español de cordura. Un “laudes hispaniae”, orgullo y patriotismo español que se remonta a la noche de los tiempos, cuando el apóstol Santiago pregonaba la civilización, mientras los vascos se alimentaban de bellotas y leche de cabra.

Una banda que, entre sus obcecaciones, avanza más allá de la propia línea que marcaron una vez sus antecesores, poniendo el año 1960 como inicio enfermizo de la “deriva vasquista”, para lanzarse hasta las ruinas humeantes de Gernika y afirmar contundentemente que es una falsedad que el Gobierno del lehendakari Agirre luchara contra el fascismo. Regodeándose en que la guerra civil en nuestra tierra fue liviana, “suave” (sic), nada comparable con la represión en el Estado, donde el coraje atávico de los dos bandos mostró la gallardía del ser español. Quejicas estos vascos, vienen a decir.
Como si la ejecución del 1% de la población navarra en 1936, donde por cierto no hubo guerra, fuera una anécdota. Resentidos también, por eso de que queremos destripar cunetas para devolver dignidades y apuntar verdugos. Continuamente removiendo un pasado que ya lo tenían resuelto, con eso del “régimen anterior” y que ahora las visiones de huesos ajados por la tierra, partidos a culatazos, agitan las conciencias de jóvenes y viejos. ¡Ahora que lo tenían tan bien atado con eso de “vencedores y vencidos”! Ni siquiera la Segunda República española es símbolo democrático “porque allí campeaban la intolerancia y la exclusión” (sic). Vamos que Franco tuvo razón al subvertir el sistema.

Y que no se nos ocurra ligar desmanes propios de una guerra, exilios breves al parecer, con las nuevas generaciones. Porque las nuevas generaciones nacían vírgenes, sin contexto, sin familia, sin ideología, según el sumario que nos adjudicaron. La brisa combativa llegó por vía bucal, por contagio intravenoso, como sugería aquel equipo de la Universidad de Maryland que descubrió un factor de desviación en un gen de nombre chino entre los vascos encarcelados y no, como tozudamente repetían en sus publicaciones los citados, una influencia de intransigencia hispana.

Y así, como escriben generalmente en los medios del grupo Vocento, las víctimas de ETA y las del franquismo no tienen los mismos derechos. Ni siquiera las víctimas ocasionadas por los grupos paramilitares porque estos grupos plagados de mercenarios pagados con los impuestos de todos nosotros, “no tenían como objetivo subvertir el orden democrático” (sic). Muertes dulces, necesarias parece ser, para equilibrar balanzas. Un fin loable, la inefable unidad de la patria, justificaba.

Como esos casos excepcionales de tortura (a la mejor dama se le escapa un pedo), insignificantes, intrascendentes para esa lectura de la patología vasca. Avaladas en el estado de derecho cuyos jueces inmaculados no ven en un moratón más de lo que es, un cardenal que irá modificando su color hasta diluirse en el amarillo. Incluso con nota a pie de página con signos de admiración recordando el eterno Manual que los subversivos han distribuido por todos los rincones de nuestro país para que, en caso de detención, los afectados denuncien rabiosamente a los abnegados agentes como maltratadores. Con la sagacidad que se les supone, lo han descubierto. El Santo Grial.

Una hueste que dictamina dictámenes, que escribe escritos, que informa de informes, que busca la retórica como hilo argumental de que el castellano tiene recursos lingüísticos suficientes, al contrario que esa lengua bárbara que imponen los que ahora, “científicamente probado” recibieron el euskara, al igual que la instrucción, también tardíamente.

Una banda que se reúne en torno a una mesa de caoba con ribetes señoriales y prepara calendarios, con muescas y espacios en los medios habituales, incluso en los públicos vascos, a modo de orquesta. Hoy aquí, mañana allí. Que se aplauden los unos a los otros, que se lisonjean mutuamente sin rubor, “el sumun de la sapiencia académica”, y que extienden su manto hacia la sociedad con adjetivos como “definitivo”, “absoluto”, “total”.

Una charanga cuyos sonidos no traen tonos nuevos y que si no fuera por la disciplina que tocan, apenas prestaría atención. Ortodoxa como las esencias clásicas de esa España cuya unidad, sacramentalidad y buen nombre, siempre está por encima de cualquier otra veleidad. Sea mentira flagrante, interpretación fraudulenta o corta-pega de lo que alguien con intención manifiesta, diseñó en un despacho de esos que proliferan por los bajos de la Castellana. Y lo concluyo con desgana. Porque es el cuento de nunca acabar. El mismo que padecían y narraban mis abuelos.





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