martes, 23 de enero de 2018

Feminismo Deglutido

Con los ecos del hipócrita discurso recetado por Oprah Winfrey aún en nuestros oídos, les dejamos con esta reflexión dada a conocer en la página de Contexto y Acción:


La cultura pop y el feminismo confluyen y dan como resultado lo que muchos critican como feminismo descafeinado, cómodo y despolitizado. ¿Tienen sentido estas críticas?

Eva Ferreras | periodista especializada en igualdad de género. Actualmente trabaja en divulgación científica

Que el capitalismo tiene el poder de deglutirlo todo lo sabemos desde que los hippies se convirtieronen Steve Jobs e Iggy Pop anuncia refrescos. Nada escapa a su voracidad, pero, ¿y nuestros feminismos? ¿Qué ocurre con uno de los movimientos sociales y teorías críticas más incómodos desde hace siglos?(…)

Sangre Fucsia. El feminismo… ¿Está de moda?

Un problema inherente a los movimientos que nacen o evolucionan en un contexto de capitalismo salvaje es que todos ellos son susceptibles de ser absorbidos por el mercado para sus propios fines: toda revolución es potencialmente un objeto de consumo, con su consiguiente despolitización. Un ejemplo especialmente sangrante fue la conversión en camisetas del eslogan No tinc por, la que nació como una respuesta popular ante el horror vivido tras los atentados de agosto en Barcelona. Ha pasado recientemente también con Dior, la marca que ha comercializado camisetas con icónicas proclamas como The future is Female (popularizado en la foto de la activista y lesbiana Alix Dobkin) o We should all be Feminists (título del libro de la autora nigeriana Chimamanda Ngozi) al módico precio de 710 euros. Esto, junto a la venta de pintalabios feministas o campañas de empoderamiento lideradas por marcas de cosmética centran la crítica de lo que Andi Zeisler denomina Feminismo de mercado, un proceso en el que corporaciones, celebrities y otras entidades comerciales se estarían sirviendo de la revolución para fines comerciales, logrando una caricatura del movimiento original.

La reacción ha sido una crítica contra este feminismo de moda que se ha instalado cómodamente en nuestras televisiones, nuestras tiendas y nuestras redes sociales. Para Zeisler, determinar si la utilización de consignas revolucionarias en campañas comerciales es oportunismo o un consumismo bienintencionado y consciente resulta clave. Argumenta que las corporaciones, empresas o celebrities no existen para cambiar la mentalidad colectiva, sino para satisfacer a inversores, recortar costes y maximizar la eficiencia. En la misma línea, Laura Estrada se pregunta cuándo comenzó a despolitizarse el feminismo para empezar a ser un producto más de la industria capitalista. La autora ejemplifica este movimiento de feminismo trivial en una de sus representantes más paradigmáticas: Beyoncé. La cantante se proclama feminista allá donde va y posa como Rosie la Remachadora. Se rodea de mujeres instrumentistas para poner banda sonora a sus espectáculos, coronados por un inmenso letrero con la palabra “Feminist”. Visibiliza los argumentos de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi en sus conciertos. De todos estos debates parece extraerse una cuestión central: ¿es Beyoncé feminista o solo intenta sacar provecho de un movimiento que cotiza al alza?

El foco de debate es, en mi opinión, erróneo. Desde el momento en el que Beyoncé comienza a pasear con orgullo la palabra feminismo cuando sigue siendo tabú incluso en círculos académicos, lo que en realidad ella pretenda me parece irrelevante. Una intencionalidad comercial no impide que millones de chicas estén naturalizando que ser feministas no las convierte en feminazis; mientras tanto, medios de comunicación con la responsabilidad de conformar opinión pública dan voz a figuras que repiten la cantinela de ni machismo ni feminismo sin que los consejos editoriales se preocupen lo más mínimo por sacarles del error y poner contexto a sus afirmaciones. Beyoncé, Dior o Campofrío pueden convertirse, aun sin quererlo, en mejores aliados de los que actualmente tenemos, así que ¿qué nos importa, en un plano puramente práctico, que sean o no sean feministas? Recogiendo las palabras iniciales, el capitalismo tiene la capacidad de deglutirlo todo, pero ¿qué nos impide a nosotras deglutirlo a su vez?

Nada de lo que estas marcas o celebrities hacen nos impide utilizar el camino que dejan abierto para posicionar nuestro discurso convirtiéndolo en un espacio de transgresión. Las feministas necesitamos asumir que, aunque la lógica capitalista sea tramposa y perjudicial, a día de hoy campañas publicitarias que utilicen consignas revolucionarias van a tener mayor influencia y repercusión que las de los movimientos marginales y “más puros” van a tener jamás. Si rechazamos el espacio mainstream por el hecho de incurrir en contradicciones estaremos desaprovechando la que hasta ahora ha podido suponer la mayor oportunidad de que cualquier persona, sin importar el contexto social ni el bagaje cultural, pueda sentirse orgullosa de ser feminista. ¿Existe el riesgo de que la sociedad consuma estos mensajes y se quede con un mensaje trivial e incompleto del feminismo? Evidentemente sí, pero no a costa de otros debates más complejos. Este feminismo cómodo no está sustituyendo a un feminismo incómodo, sino que existe de forma paralela y llega a lugares en los que discursos más radicales no son tenidos en cuenta o son completamente rechazados.

Un artículo de Vanity Fair explica que Jennifer Lawrence, imagen de la campaña de Dior, desmonta la idea de que nos encontramos en un momento de post-feminismo y advierte del peligro de tales afirmaciones. Lady Gaga declara llevar atuendos estrafalarios para romper con el mandato de la belleza normativa, y dice sentirse halagada por los rumores sobre su intersexualidad por visibilizar la diversidad. Para la youtuber española Ter, el show Keeping up with the Kardashians supone un modelo de matriarcado, y su protagonista, Kim Kardashian, habría logrado grandes avances para el feminismo en tanto que visibilizó y reivindicó un tipo de belleza no heteronormativa. Las compañeras de Píkara Magazine han reivindicado en sus artículos la importancia de figuras como Ylennia, la exconcursante del reality show Gandía Shore, que ha creado un canal llamado Femylenia en el que hace continuas llamadas a la sororidad y afea comportamientos micromachistas. Todas estas cuestiones derivadas del mundo mainstream suponen una buena excusa para tratarlas con un público poco especializado; pueden servir como pretexto para hablar sobre estos temas con gente más predispuesta a escuchar. Por ejemplo, con el público adolescente, en una sociedad en la que el número de menores atendidas por violencia de género ha aumentado un 50%.

Aceptar el mainstream y aprovecharlo no implica dejar de lado una actitud crítica ante las incoherencias, ni tampoco hacer concesiones sin tener en cuenta ningún límite. Significa mirar más allá de nuestras narices y aprender a compatibilizar las posturas más transgresoras con el marco de referencia en el que vivimos con el objetivo de que los mensajes lleguen al mayor número posible de personas, de mujeres (y hombres) que lo necesitan, aunque no lo sepan. Significa aprovechar la fuerza y el impulso de la cultura mayoritaria, ya que hoy por hoy es lo que puede permitir que en algunos sectores se cuelen algunas consignas feministas en lugar de ninguna en absoluto; necesitamos tener en cuenta que sin este feminismo más mainstream corremos el riesgo de que movimientos abiertamente antifeministas consigan rellenar ese mismo espacio donde no hay nada; necesitamos entender esto porque, a pesar de las contradicciones, podemos salir ganando.






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