jueves, 17 de octubre de 2019

Estética Fálica

La sexualidad occidental es -desafortunadamente- a la vez androcéntrica y falocéntrica. En este blog nos hemos declarado abolicionistas y consideramos imperiosa la necesidad de alejar el aspecto lúdico de la sexualidad de los cánones establecidos por la industria de la pornografía que junto con la de la prostitución imponen los dictámenes del capitalismo a los más humano del ser humano.

Por lo anterior, compartimos con ustedes este artículo publicado en Vice:


El 'tamaño ideal' ha crecido y menguado a lo largo de la historia

Mark Hay | traducido por Álvaro Alarcón Bermejo

La sociedad occidental moderna ama los penes grandes. Más allá de los cánones del porno y de la obsesión de la cultura popular, muchos estudios indican que la mujer promedio que practica sexo con hombres prefiere que la tengan más grande que la media, (hay muchos menos estudios sobre el tipo de pene que prefieren los hombres que practican sexo con otros hombres). La idea de que el tamaño realmente importa está tan arraigada que algunos biólogos que estudian la evolución han intentado profundizar en el tema. Pensar que el valor de un hombre se mide por el tamaño y la longitud de su miembro ha llevado a muchos individuos, que tienen de media entre 12 y 15 centímetros, a sentir que, tristemente, no dan la talla (las de 18 centímetros no son difíciles de encontrar, pero más grandes sí). Estos complejos, a su vez, han impulsado el crecimiento de empresas que venden suplementos y cirugía experimental bastante dudosos.

Por ello, es bastante impactante descubrir que los griegos, padres de la cultura y de la estética occidental, aborrecían los penes grandes. “[En la Antigua Grecia], un pene bonito o apropiado sería pequeño”, dijo John Clarke, estudioso del arte erótico antiguo. “Un ser humano con genitales grandes, especialmente masculinos, se consideraba grotesco y era objeto de burla”. Esta preferencia por los miembros pequeños se remonta, por lo menos, a antes del siglo VIII a. e. c., como se puede apreciar en estatuas de la época, indica Timothy McNiven, profesor titular de la Universidad Estatal de Ohio que estudia la representación fálica en la Antigüedad, y que en gran parte se mantiene igual en el arte y la literatura de la época clásica.

Según Clarke, esta preferencia siguió hasta bien entrada la era cristiana y se extendió más allá del núcleo helénico, alcanzando gran parte de las sociedades occidentales. Todo esto nos hace preguntarnos por qué les gustaban tanto los genitales masculinos de menor tamaño y cómo y cuándo exactamente surgió la pasión por los penes más grandes.

Es posible, dice la historiadora de arte Ellen Oredsson, que los griegos valoraran la estética de los penes modestos porque “sus ideales artísticos se basaban en el equilibrio; nada podía ser demasiado grande o desmesurado”. Quizás esta misma búsqueda del equilibrio explique por qué otras sociedades representaban partes del cuerpo más grandes o más pequeñas, incluidos los penes.

También es posible, dice McNiven, que los griego vieran el cuerpo juvenil masculino como el ideal canónico, una representación erotizada y aceptada que estaba culturalmente muy arraigada. “Los genitales aún sin desarrollar se ajustan a la falta de vello corporal, la calvicie de patrón masculino, etc., en el desarrollo de un tipo de cuerpo ideal, incluso para adultos”, dijo.

Sin embargo, la interpretación más aceptada en general, con la que todos los historiadores de arte entrevistados para este artículo están de acuerdo, es que los griegos veían los penes pequeños como un signo de modestia, racionalidad y autocontrol, lo cual valoraban positivamente, y los grandes como un signo de lujuria animal y primitiva, que simbolizaba una falta enorme de control. Puede que asociaran los falos peligrosamente grandes con animales que solo buscan dar placer a sus erecciones, por encima de todo. Algunas criaturas híbridas como los sátiros, que tenían cuerpo de cabra de cintura para abajo, solían aparecer representados con erecciones enormes, a veces del tamaño de su torso, y a menudo borrachos a más no poder. Eran, según McNiven, “la viva imagen del descontrol”.

Sería fácil descartar esta idea como una metáfora artística, o una preferencia de la élite que quizás la mayoría de la población griega no compartía de puertas para dentro. No obstante, señala Oredsson, algunas obras de teatro atenienses —su entretenimiento popular— claramente mostraban esta glorificación de los penes pequeños, como se observa en la adoración de lo que Oredsson traduce como “penes pequeños” en Las Nubes de Aristófanes y el uso de penes grandes y erectos como burla en su obra Lisístrata. Todo esto era conocido y aceptado por la mayoría de griegos a lo largo de los siglos como algo más que una costumbre artística o un recurso literario.

Se desconoce si los griegos eran los únicos de su tiempo con las mismas preferencias fálicas.

Un papiro egipcio famoso representa satíricamente a hombres feos con penes largos en punta, ridiculizando de manera similar lo que hoy en día admiramos tanto, aunque es un caso aislado. En su mayoría, dice McNiven, las culturas vecinas no mostraban tantos desnudos en sus representaciones artísticas ni escribían sobre sus percepciones del cuerpo ideal, al menos en los textos que han sobrevivido.

Sin embargo, sí se extendió esta representación genital en las culturas que siguieron. Un claro ejemplo son los romanos, cuyas élites se inspiraban profundamente en la cultura griega y esculpían estatuas con miembros diminutos. Al igual que los griegos, pensaban que los penes gigantescos eran ridículos. Tallaban amuletos de penes grandes, a veces alados, para que los hombres jóvenes los llevaran, o a veces paseaban esculturas fálicas extremadamente grandes por toda la región para espantar a las fuerzas malvadas con el poder de la risa. Clarke indica que les encantaba especialmente el dios Príapo, “básicamente, un espantapájaros con un falo enorme que en un principio protegía los jardines y huertos […], castigaba a los transgresores penetrándolos con su ridículo miembro descomunal”. Era un cachondo.

Los artistas medievales también usaban ocasionalmente formas fálicas de gran tamaño para representar la maldad o la herejía o, según creen algunos académicos, para provocar risa. Ya en el Renacimiento y el Neoclasicismo, explica Oredsson, seguían apareciendo esculturas de estilo griego de medidas austeras. Kirk Ormand, clasicista, añade que todavía es posible encontrar esa representación satírica de miembros viriles desproporcionados en la cultura moderna, a pesar de que los penes pequeños no aparezcan tan a menudo en el arte (piensa en las caricaturas de la gente que piensa con su pene, pero también en las representaciones estereotipadas y racistas de los hombres negros, como que están bien dotados o como seres infrahumanos salvajes llenos de lujuria, un cliché deplorable, persistente y, en muchos casos, todavía explícito en gran parte de la cultura occidental).

¿Pero en qué momento los penes grandes pasaron de ser objeto de burla y curiosidad a fetiches del deseo y la admiración? Algunos historiadores de arte y críticos culturales han formulado todo tipo de especulaciones, desde el Renacimiento con sus grabados explícitos y eróticos, como el I Modi de principios del siglo XVI, hasta la era moderna con la ética de “cuanto más grande, mejor” que se aprecia tanto en la pornografía.

Puede que no hubiera un momento decisivo de cambio puesto que nuestra concepción del tamaño del miembro viril siempre ha sido fluida y multifacética. Joseph Slade, un historiador que estudia las representaciones culturales del sexo y la sexualidad, señaló que al pene a menudo se le atribuye en el arte y en los mitos una sensación de poder; son símbolos de potencia, fuerza y fertilidad. Incluso cuando son un tanto caricaturescos, a menudo mantienen esa sensación de fuerza admirable. “Hasta en el mundo griego”, dijo Ormand, “se dan casos en los que un miembro más grande podía tener connotaciones positivas”.

Ninguna cultura, dicen los expertos con los que he hablado, muestra un enamoramiento tan claro con los penes pequeños como los antiguos griegos, (en el arte oriental, africano e indígena se ven ejemplos de representaciones opuestas con genitales visiblemente exagerados como vemos en el shunga japonés, en las estatuas de fertilidad del Congo y en las vasijas peruanas de Moche, respectivamente). Los romanos y otras culturas occidentales simplemente juntaron las convenciones de las esculturas griegas, penes incluidos, con el conservadurismo cristiano.

Los romanos, ardientes seguidores de los griegos en muchos sentidos, se reían con las obras de Príapo y esculpían querubines regordetes a la mínima oportunidad, pero, al mismo tiempo, no dudaban en usar imágenes de erecciones grandes como símbolo de virilidad.

David M. Friedman, en su historia cultural del pene, Con Mentalidad Propia, habla de cómo los generales romanos en ocasiones ascendían a los soldados según el tamaño de sus genitales. En privado, algunos romanos parecían apreciar el atractivo sexual de un pene prodigioso: “y hay indicaciones”, comenta Ormand, “de que había prostitutos en Roma a los cuales se les premiaba por el tamaño de sus genitales”.

“La concepción romana del cuerpo difería” de las ideas griegas de tamaño y equilibrio, dice McNiven, “pero la élite romana estaba tan influenciada por la cultura griega que el cambio es muy sutil”.

Esta alternancia entre la noción del pene grande como algo absurdo y repulsivo y como algo poderoso y deseable dentro de la misma cultura se repite a través de la historia. La Edad Media fue testigo de monstruos fálicos perturbadores, pero también de las braguetas que se ponían en las armaduras los caballeros para mostrar su poderoso paquete como signo de virilidad. Hoy en día, los penes grandes pueden ser objetos de humor, temor o deseo dependiendo de cómo los etiquetes. “Incluso, hoy en día, creo que nuestras percepciones culturales sobre el pene son muy complejas”, dice Oredsson.

Es probable, según Clarke, “que siempre haya habido individuos atraídos por los penes grandes, a pesar de las implicaciones negativas que tenían estas tendencias en el pensamiento grecorromano”. Del mismo modo, a pesar de lo que lo que la industria pornográfica o la cultura popular trate de enseñarnos, no todo el mundo hoy en día sueña con tener un miembro inmenso.

Abundan las historias de terror sobre el dolor y los inconvenientes de practicar sexo con un falo extragrande. La anatomía de cada persona está muy relacionado con la atracción que puedan sentir hacía un tamaño u otro, al igual que la sensación que les gusta experimentar cuando llegan al orgasmo, si es que son capaces de ignorar la cultura popular y conectar con sus necesidades reales. El deseo es flexible, no depende tanto del tamaño del pene como muchos hombres temen.

La idea de un pene canónico o culturalmente deseable siempre ha sido compleja. El resultado dependerá de quién posea el poder cultural y de las líneas de pensamiento con las que se identifique. “No es un camino claro”, añadió Oredsson. “No hay un punto en el que la percepción social del pene cambie por completo… Han existido y coexistido muchas percepciones diferentes a lo largo de la historia”.

Teniendo todo en cuenta, no existe una razón real por la que debamos obsesionarnos con el tamaño del pene, o por la que deberíamos darle importancia a los vídeos pornográficos o a las representaciones culturales de penes enormes. No son dogmas, sino etapas culturales pasajeras. No importa el calibre de tu pistola, recuerda que, en un momento u otro de la historia, podría haber sido tan temida y ridiculizada como deseada y admirada. Hoy puede ser también ambas cosas. Todo depende de cómo se mire. O se inmortalice, para la prosperidad.






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