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domingo, 21 de junio de 2015

Cronopiando | Los Formularios Verdes

Koldo Campos no podía dejar pasar la oportunidad de decirle sus verdades a los gigantes con pies de barro, tras la más reciente masacre con claros tintes raciales perpetrada en los Estados Unidos por un supremacista blanco en contra de los feligreses de una iglesia negra.

Aquí lo tienen:
Koldo campos Sagaseta

Los formularios verdes
El múltiple asesinato en Charleston ocurrido en estos días en Estados Unidos ha vuelto a poner de actualidad una de las carencias más dolorosas, especialmente para las comunidades negras y latinas, de la sociedad estadounidense, la de los formularios verdes. Temo que esa carencia en sus aduanas de formularios realmente eficaces para poder descubrir terroristas sea una de las causas que mejor explica la insania mental de esa sociedad. Los famosos formularios verdes que aplicar a los extranjeros que llegan a los Estados Unidos con preguntas tan sutiles como: “¿Es usted terrorista? ¿Trae armas o explosivos en su equipaje? ¿Tiene previsto atentar contra nuestro presidente?”, no parece que hayan dado buenos resultados.

Curiosamente, la historia de Estados Unidos, que cuenta con el récord de más presidentes asesinados, nunca ha registrado un magnicidio cometido por un latino, musulmán o ciudadano “tercermundista”. Ni siquiera sus presidentes han sido asesinados por organizaciones criminales como Kaos, Fu-Man-Chú o Al Qaeda, verdadero prodigio como multinacional del terror con sucursales en todo el mundo, que pasó de la nada al infinito en apenas unos meses de gestión en los medios de comunicación. Los presidentes estadounidenses siempre han sido asesinados por “hombres perturbados que actuaban solos y al servicio de nadie”.

Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1865 por John Wilkes, un "hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie".

James Garfield, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1881 por Charles Guiteau, un "hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie".

William McKinley, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1901 por León Czolgosz, un "hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie". John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos, fue asesinado en 1963 por Harvey Oswald, un "hombre perturbado que actuaba solo, al servicio de nadie".

Otros presidentes, como Andrew Jackson en 1835; Franklin Delano Roosevelt, en 1933; Harry Truman, en 1950; Gerald Ford, en 1975; y Ronald Reagan en 1981, sobrevivieron a atentados contra sus vidas, siempre a manos de "hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie".

Políticos como Robert Kennedy, líderes como Martin L. King, artistas como John Lennon, fueron asesinados por "hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie".

Estados Unidos, porque no todo han de ser carencias, dispone del mayor arsenal en la historia de la humanidad de "asesinos perturbados, que actúan solos y al servicio de nadie". El caso más llamativo es, sin duda, el de John Kennedy, magnicidio que, todavía se insiste, fue cometido por un único "perturbado", autor de tres disparos en un tiempo imposible que, en insólita trayectoria, mataron a un presidente e hirieron a tres personas. Ningún expediente de un país "tercermundista", ni proponiéndoselo, podría dar cabida a tal cúmulo de irracionales disparates, pruebas desaparecidas, testigos muertos, testimonios silenciados, informes perdidos y demás turbias manipulaciones, como el que todavía pasa por informe oficial en relación a lo que fue un golpe de Estado. Hasta el año 2029 no se desclasificarán todos los documentos secretos en poder de las autoridades de los Estados Unidos y que no se permite sean conocidos por el pueblo norteamericano, supuestamente, el mejor informado y con más derechos del mundo. Habrán pasado 66 años (curiosa cifra) cuando, si así lo considera el gobierno de Estados Unidos y su afamada justicia, se conozca quien o quienes estaban detrás del "perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie".

El militar estadounidense Thimoty McVeigh, de anglosajón nombre y apellido, blanco para más señas y condecorado tras la primera guerra de Iraq, el mismo que voló por los aires el edificio federal de Oklahoma provocando centenares de muertos, era también un "hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie".

Eric Robert Rudolph, veterano del Ejército de Estados Unidos, autor de la bomba en Atlanta en 1966 que provocara un muerto y más de un centenar de heridos, responsable también de otro atentado con bomba en 1998 contra una clínica que realizaba abortos en Alabama y en el que un policía resultó muerto, y autor de otros atentados con bomba contra clubs frecuentados por homosexuales y oficinas públicas, también era “un hombre perturbado que actuaba solo y al servicio de nadie”.

Jeff Weise, estudiante estadounidense de diecisiete años, antes de seguir el ejemplo de su padre y suicidarse, se llevó por delante a diez escolares. Weise, quien al parecer era constantemente vejado y hostigado en la escuela, admiraba a Hitler "y su coraje para ir a la conquista de las grandes naciones", admiración sin duda preocupante cuando ocupa la Casa Blanca quien también se afana en ir a la conquista de las otras naciones. Pero al margen de estos detalles, oportuno es resaltar que no se llamaba Bin, ni Ben, ni Ho-Yan-Chu, ni Mohamed, ni López, sino Jeff Weise.

Tampoco era originario de Afganistán, ni de Irak, ni de Irán o de Corea del Norte, sino de Estados Unidos. No había permanecido oculto en ninguna remota cueva de Tora Bora, ni en un inexpugnable refugio de Bagdad o Damasco. Jeff asistía a una escuela secundaria de Red Lake. No profesaba la religión musulmana, ni la ortodoxa, ni la hinduista, ni siquiera se dedicaba a los cultos satánicos. Jeff era feligrés de la Iglesia protestante. No era miembro de Al Qaeda, ni de la Jihad Islámica, ni del Frente Moro de Liberación filipino o Hamas, sino admirador de Adolf Hitler. No vestía babuchas, ni túnicas, ni se ponía turbantes. Jeff prefería los clásicos "jins" y la típica gorra con el emblema de los Timberwolves. No sintonizaba el canal de Al Yazeera, sino la CNN. No comía quipes, ni tipiles, ni dátiles, sino sanwichs y corn-flakes. Tampoco bebía té, sino cola. Y no usaba sandalias sino zapatillas "Converse". No celebraba el Ramadán, ni el año nuevo chino, sino el 4 de julio. No fue estudiante meritorio de ninguna madraza talibana o escuela coránica, sino de una simple y común escuela secundaria estadounidense y de un espacio online en Internet frecuentado por neo nazis.

No había peregrinado nunca a La Meca, ni se había bañado en el Ganges, ni había subido al monte en el que oró el profeta. Muy al contrario, Jeff solía ver por televisión los juegos de béisbol del equipo local mientras comía galletas Prezler.

Jeff tampoco fue detectado por ningún formulario verde de los que utiliza migración en Estados Unidos para prevenir las amenazas que temen de afuera y les llegan de adentro.

A los escolares que, cada cierto tiempo, compiten por ver quien asesina más compañeros de clase y profesores en escuelas e institutos de Estados Unidos, probablemente, Santa Claus les dejaba por Navidad uniformes de combate, rifles automáticos, pistolas de todos los calibres para que aprendieran a apuntar y a disparar. Y antes de que aprendieran a hablar ya habían tenido la oportunidad de ver en televisión toda clase de guerras, escaramuzas, batallas, combates, con sus correspondientes e intrépidos comandos que nunca retroceden y siempre llegan a tiempo de salvarnos. Con ocho años ya se maquillaban con pinturas de guerra para tender emboscadas a los perros y gatos de la vecindad. Sus habitaciones estaban decoradas con gigantescos afiches a todo color de Rambos de gélida mirada, ametralladora en mano, exhibiendo bíceps y pesadas cartucheras alrededor del desnudo y musculoso torso. Probablemente eran habituales consumidores de comics que ensalzan hazañas militares, o de revistas donde se trafican mercenarios, armas, guerras de alta y de baja intensidad. Probablemente se pasaban el día en bélicos videojuegos. A no dudar que, antes de salir con la primera novia, ya tenían claro que los enemigos deben ser exterminados, que existe un perverso eje del mal que amenaza su estilo de vida, que ciertas odiosas minorías han tomado las calles y ponen en peligro su natural supremacía blanca, que hay que actuar ya...

Y los padres de estos apenas destetados pistoleros tampoco entienden la conducta de sus hijos. Los habían educado con arreglo a los más sólidos valores patrios y familiares. Para protegerlos, por supuesto, les habían enseñado desde muy temprana edad a manejar armas y hasta algunos buenos trucos de defensa personal para que ningún otro niño fuera a abusar de ellos: “No permitan que les peguen”, les habían enseñado. También habían sido instruidos, como la mayoría de los niños, en su natural supremacía sobre las niñas, para que no fueran a tolerarle a ninguna que los desconsiderase o cometiera la equivocación de rechazarlos: “No permitan que les dejen” les habían enseñado.

Y como buenos estadounidenses también se habían preocupado porque los pequeños aprendieran a honrar país y bandera y a defenderse de toda clase de amenaza extranjera: “No permitan que los amenacen” les habían enseñado. Por si fuera poco siempre les habían celebrado sus cumpleaños, con sus imprescindibles velas, globos y cantos. A Dylann Roff, el joven blanco que asesinara a 9 personas negras en Charleston y que, al parecer, estaba obsesionado con la posibilidad de que los negros se adueñaran de los Estados Unidos o violaran a las mujeres blancas, su amado padre le había regalado al cumplir los 21 años la pistola calibre 45 con que perpetró la matanza. Sus padres, tal vez también habían compartido con él, como ejemplares padres norteamericanos el St. Thank Living Day y Halloween. Siempre habían cumplido con sus deberes ciudadanos votando una vez por los demócratas y otra por los republicanos, y habían respaldado la pena de muerte porque la sociedad debe protegerse de las hordas criminales.

Su encomiable y pedagógica labor tuvo su desenlace antes de tiempo, cuando sus hijos erraron el día y el disparo. Ahora no saben qué hacer. ¿Condecorarlos? No sería, tampoco, la primera vez. En 1998, el niño Adam Walter, enojado por quién sabe qué agravios padecidos en su escuela y que había decidido volar por los aires la escuela en general y su profesora de Ciencias en particular, fue descubierto a punto de realizar su sueño y condenado a 8 años de probatoria. Tal vez porque como aseguraba el abogado del niño “Walter es un buen chico, más allá de la histeria provocada por el incidente”, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos le ofreció una de sus mejores becas para ingresar a su academia una vez cumpliera el castigo.

Ni Jeff, ni Rudolph, ni Mc Veigh, ni Adam Walter, fueron detectados por los muchas agencias de información, centrales de inteligencia y formularios verdes que preservan la seguridad de los ciudadanos estadounidenses, porque sólo se aplican a ciudadanos extranjeros y, curiosamente, todos los citados asesinos que actuaban solos y al servicio de nadie eran ciudadanos estadounidenses y vivían en Estados Unidos. Tampoco los citados formularios detectaron en el pasado a los nazis alemanes que encontraron en Estados Unidos refugio, cargos y proyectos como el del Apolo y la NASA. Ningún formulario verde sorprendió nunca a un terrorista anticubano, entrando o saliendo de Miami.

Sólo el senador Edward Kennedy fue, hace ya algunos años detenido en un aeropuerto estadounidense por sospecha de terrorismo el tiempo que duró el error, además del revuelo que levantó en su día la inspección y registro del pasaporte del entonces candidato Obama, cuyo nombre y apellidos despertaron sospechas y que costó el empleo a tres funcionarios acusados de “curiosidad imprudente”.

Si a los problemas que tiene el gobierno estadounidense para descubrir pistoleros en ciernes le sumamos la demencial proliferación de armas, pronto no van a necesitar como enemigos ni al qaedas ni estados islámicos.

Estados unidos, como escribía días atrás y ellos mismos han reconocido, también necesita psiquiatras con que tratar dolencias mentales que casi siempre tienen su acomodo en el bolsillo y que, también explican el porqué de tantos niños pistoleros en las escuelas ametrallando maestros y compañeros; o el trastorno obsesivo-compulsivo que ha mantenido el bloqueo a Cuba durante tantos años; o los constantes errores y daños colaterales provocados por la esquizofrenia militar estadounidense y la demencial ambición de sus gerentes.

La preocupación de los gobiernos estadounidenses por la salud en general, y la mental en particular, suele ser inversamente proporcional a su interés por la “vida”, lo que da lugar a curiosas contradicciones como, por ejemplo, que a un condenado a muerte, antes de ejecutarlo, se le niegue su última voluntad ya que el penal prohíbe fumar para preservar la salud de los reclusos.

El propio Donald Rumsfeld reconoció en rueda de prensa su preocupación por la salud de los 500 secuestrados en Guantánamo hasta el punto de admitir que se les cubrían las orejas “para que no les molestara el ruido del despegue y aterrizaje de los aviones de la base”, que se les tapaban los ojos “para que no se deprimieran con lo que veían” y que se les encadenaban los pies “para evitar que fueran a tropezarse”.

Y es que desde pretéritos tiempos, la salud de los contribuyentes ha sido una de las primeras preocupaciones del gobierno estadounidense. Eso de que “los ciudadanos de los Estados Unidos merecen tanta protección como los de la antigua Roma”, antes y después de que el senador Shortdridge, en 1928, lo hiciera público, al margen de las imperiales alusiones pronunciadas en el senado del Imperio, dejaba para una segunda lectura los acápites relacionados con los ciudadanos patricios y los ciudadanos plebeyos, de los que los cementerios y las cárceles de los Estados Unidos son generosos y surtidos ejemplos. De hecho, rescatar patricios siempre fue un buen pretexto para invadir naciones y ha creado en el Caribe, desde entonces, cierto predispuesto temor a la visita de cualquier turista rescatable.

De donde los marines no pudieron rescatar plebeyos fue de Nueva Orleáns…y hay quien dice que, precisamente, por plebeyos. De hecho, la catástrofe de Nueva Orleáns, que provocó más muertos que el derrumbe de las torres gemelas de Nueva York, es lo más parecido a una crónica amable de eso que en Estados Unidos y Europa llaman despectivamente “repúblicas bananeras”.

Entre otros aspectos, diez graves circunstancias respaldaban la semejanza:

1.- A pesar de saberse la trayectoria y dirección de la tormenta Katrina desde siete días antes, sólo a última hora comenzaron a activarse los mecanismos de seguridad y socorro.

2.-Sólo fueron trasladados los ciudadanos que pudieron costearse su salvación, que pudieron pagar su socorro.

3.-Los guardias nacionales encargados de preservar las vidas en las ciudades y comarcas inundadas, no estaban en ese servicio, sino empleados en otros afanes y oficios, a 12 mil kilómetros de distancia, en Iraq.

4.- Buena parte del material de socorro que debió servir para resguardar la vida de la población amenazada por la tormenta, ya transformada en huracán, tampoco estaba donde debía sino en Iraq.

5.-No había habilitados refugios en condiciones ni dotados de comida, linternas, mantas o agua potable.

6.-La población más pobre y más negra fue la más perjudicada y la que más muertos y desaparecidos aportó a la tragedia.

7.-Turbas armadas asaltaron algunos supermercados y policías provocaron más víctimas disparando sobre alborotadores y personas desesperadas.

8.-A las zonas de desastre llegaron antes los periodistas que los médicos y las cámaras de televisión antes que los botiquines.

9.- Todavía se ignora el número de muertos y desaparecidos.

10.- El presidente estaba de vacaciones.

Lejos estaba yo entonces de imaginar hasta qué punto iban a seguir apareciendo sangrantes coincidencias entre la administración estadounidense y una vulgar y bananera república, pero tres años más tarde nos enterábamos de que parte de los ridículos mil millones de dólares que el Gobierno de Estados Unidos destinó como ayuda para las víctimas de los huracanes Katrina y Rita, fueron gastados en vacaciones en República Dominicana y Hawai y en otras festivas actividades, no precisamente de emergencia.
Los cálculos de la Oficina de Contabilidad de la Casa Blanca indican que las malversaciones de fondos alcanzan más del 16 por ciento del total de la ayuda.

Sobre los gastos en República Dominicana no hay detalles, pero se supone que fueron hechos en hoteles y playas del Este.
Según la auditoria, los usos irregulares de esos fondos incluyen a un hombre que utilizó el dinero para cambiarse de sexo y un funcionario que compró una botella de champán de US$200 en un club de "strip-tease". Otra empleada, gastó US$300 en vídeos pornográficos. Otro funcionario habría gastado miles de dólares para pagar los servicios de un caro y efectivo abogado en un proceso de divorcio.

El diario digital Rebelión publicó que entre las personas que solicitaron ayuda a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (Fema), algunas usaron direcciones falsas, incluyendo una que resultó ser un cementerio de Nueva Orleans.

Otras personas utilizaron el dinero para adquirir entradas para el fútbol americano, irse de vacaciones al Caribe o comprar joyas. Quien se decidió por conocer Hawai se pasó 70 días en un hotel de aquel centro turístico.

Y todo ello porque un país que gastaba 5,600 millones de dólares al mes en la invasión de Iraq y vendía 12,400 millones en armas, no tenía recursos para evacuar a sus habitantes; porque 6.000 miembros de la Guardia Nacional de Lousiana y Mississippi, en lugar de estar donde debían, asistían a la catástrofe desde 11,200 kilómetros de distancia, en Iraq; porque el equipamiento de esa misma Guardia Nacional, como vehículos anfibios, jeeps Humvee, unidades abastecedoras de aeronaves, generadores, estaba en Iraq y no podría servir para prevenir los efectos del huracán.

Rumsfeld, Shortdrigde, George Bush, no han sido los únicos patricios estadounidenses preocupados por la salud mental de sus ciudadanos. De hecho, pocos terapeutas mostraron más inquietud e interés por defenderla que Al Capone cuando disertaba en las universidades, en olor de multitud: “América debe permanecer incólume e incorrupta. Debemos proteger a los obreros de la prensa roja y de la perfidia roja y cuidar de que sus mentes se mantengan sanas.”

Y por la mente sana de la infancia y su inocencia se preocupaba John Ashcroft, secretario de Justicia, cuando declaraba: “Hay que preservar la inocencia de América”, tras el descubrimiento en Texas, a finales del siglo pasado, de una red dedicada a la pornografía infantil. “El recurso más preciado de nuestra nación son los niños”, insistía el ministro que, tal vez, aún no sabía, que los menores que aparecían en los vídeos mientras eran violados, eran niños rusos, indonesios y filipinos, y los únicos estadounidenses implicados eran los 250 mil suscriptores adultos que adquirían los vídeos y el matrimonio que había montado el negocio.

Numerosos han sido los casos entre los inquilinos de la Casa Blanca de demencia senil, así fuera responsable la genética o la cocaína. Lo de Ronald Reagan, posiblemente, era genético o, tal vez, la más viva expresión del típico humor estadounidense: “Hemos intervenido en Granada porque ese país es el principal productor de nuez moscada; porque está próximo a celebrarse en Estados Unidos el día de Acción de Gracias; porque ese día manda la tradición familiar comer pavo; porque el pavo se hornea con nuez moscada; y porque no podíamos permitir que la nuez moscada acabara en manos de los comunistas”.

Nunca se supo la verdad, si era cierto que el presidente tenía algo más que un ninfoma en la nariz o si era la sociedad estadounidense la que realmente padecía el cáncer.

Las siguientes intervenciones de Reagan confirmaron las dos posibilidades: “Conciudadanos, tengo el gusto de informarles que he firmado una ley que prohíbe a Rusia para siempre. El bombardeo empieza en cinco minutos.”

El anuncio hecho por radio a la nación en agosto de 1984 dejó al mundo sin habla, especialmente, a los rusos.

No por casualidad la sociedad estadounidense apunta tantos rasgos paranoicos, dentro y fuera de la Casa Blanca y el Pentágono. La historia de su vida es la historia de un amor truncado, de una infeliz traición, de un enemigo nuevo que constituye la última amenaza declarada a su seguridad y del que deben defenderse. Para encontrarlo sólo deben repasar su nómina de viejos amigos y socios.

Lo extraño es que una sociedad tan paranoica como la estadounidense, registre al mismo tiempo tantas muestras de patética ingenuidad.





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